Vampiros Diurnos 01: Destino Irresistible
Capítulo 2
Maya
suspiró, llevaba toda la mañana sentada detrás del mostrador de su tienda,
esperando que los clientes se dignaran a entrar, pero parece que hoy no habría
suerte, el tiempo tampoco acompañaba. Los dos primeros días le fueron bastante
bien, aunque la novedad siempre ayudaba, así que no podía confiarse, sin
embargo hoy no había parado de llover en todo el día, y se había incrementado a
partir de las cuatro de la tarde. Su vecino parecía no estar en casa, así que
no había música ambiente en la tienda, lo única que podía escuchar eran las
gotitas de agua estrellándose violentamente contra el cristal del escaparate.
Tampoco podía quejarse, era un ruidito que le gustaba bastante, le relajaba y
con el libro que tenía entre manos para matar el tiempo, estaba echando un buen
día. Si alguien entrara y comprara algo que le dejara algo de beneficio ya le
compensaría, aunque con su suerte, eso no pasaría.
La
puerta se abrió de repente, apareciendo dos mujeres de mediana edad, parecían
bastantes interesadas en cuchichear por toda la tienda, y la mayoría de las
veces, esa clase de clientas se iban sin llevarse nada, estupendo. Maya observó
las cuatro pisadas embarradas sobre la alfombrilla de bienvenida y arrugó la
nariz, igual que con el reguero de agua que habían dejado la punta de los
paraguas hasta que estos cayeron al paragüero. Estupendo, ahora tendría algo
que hacer hasta que alguien más se dignara a entrar.
Atendió a las mujeres, que por suerte, se decidieron
por velas aromáticas, no dejaban mucho pero algo era. Poco después entró un
muchacho joven, que miraba con demasiado interés las katanas que tenía
guardadas en una vitrina detrás del mostrador. Estuvo replanteándose el si
debía tenerlas en la tienda o no, porque aunque la vitrina fuera segura, si
algún loco le daba por robarlas ella no podría hacer nada. El porcentaje de delincuencia
en Caria no era muy alto, aun así, todavía no estaba segura de si había hecho
lo correcto o no.
La
única cosa buena que se llevaba de ese día, a falta de un par de horas para
cerrar, sería que no había entrado ninguna de esas tipas que le hacía sacar y
poner por en medio toda la mercancía de la tienda. ¡Podían pedirle el catálogo
y ya está! Pero por supuesto, eso pasaba pocas veces. Cogió una de las
piruletas que le habían sobrado del día de apertura y se la metió en la boca,
lamiendo despacio mientras pensaba en la llamada que le hizo a su abuelo al día
siguiente de ir al hospital.
El
adorable viejo cascarrabias se escuchaba un poco mejor de su tos, pero cuando
ella empezó a relatarle su pequeño accidente con la maldita escalera, su voz se
tornó ronca y un ataque de tos empezó a costarle respirar. Puede que solo fuera
sensación suya, pero… su abuelo empezó a empeorar mediante escuchaba lo
transcurrido en el hospital. Es verdad que intentaba no hablar de sus
pesadillas delante de él, pues cuando lo hacía se tensaba y cambiaba de
conversación. No sabía si era preocupación por ella o por su hijo. Maya
recordaba que su tío estaba con su padre el día en el que murió, pero nunca
encontraron su cadáver, y no se sabía nada más de él.
Aunque
la policía había hecho todo lo posible para buscarlo durante meses no hubo
ninguna pista de su paradero. Al año, su abuelo dijo haber recibido una llamaba
de su tío, que se encontraba bien y que no volvería. Habló con la policía y
Maya nunca supo que sucedió, solo que su nombre fue quitado de la lista de
personas desparecidas. Intentó hablar con su abuelo innumerables veces para que
le explicara lo sucedido, pero no había habido forma.
Maya
dio otra chupada a la piruleta y cerró el libro que estaba leyendo, cogiendo la
tarjeta del hospital que le había dado el médico el otro día. La había dejado
allí tirada al lado del lapicero sin prestarle mucha atención, pero suponía que
la guardaría en su cartera para futura necesidad. Conociéndose, le daría
utilidad.
Eso
le recordaba a aquella noche, donde ambos, el médico y ella, habían acompañado
a la pobre anciana a su casa. Estaba sorprendida de tanta causalidad, no
esperaba que vivieran en el mismo bloque de pisos, pero bueno… no llevaba mucho
tiempo allí y tampoco le había dado tiempo a hacer amistades con los vecinos.
La verdad, es que ni siquiera los conocía.
Cuando
llegaron al piso, la anciana les había forzado a entrar, ofreciéndoles galletitas
caseras a media noche. Maya intentó reusarse todo lo posible, pero fue
imposible, sobre todo cuando su inútil apoyo, se fue a avisar a la hija de la
anciana de lo que había pasado. No tardaron más de unos pocos minutos en
volver, y Maya se sintió realmente malvada cuando soltó una risita al ver como
la anciana le metía a la fuerza un par de galletas en la boca a Adam. Por
supuesto, eso la hizo sentirse mejor, la cara que había puesto el médico era para
haberla grabado. ¿Hubiera sido cruel sacar el móvil? Se contuvo.
Una
vez que terminaron con el asunto –nunca supo que habló Adam con la hija de la
anciana, pero poco le importaba en esos momentos-, derrochando amabilidad, ya
que en ese momento lo único que quería Maya era una cama, acompañó al médico
hasta el portal, casi para asegurarse el verlo de marchar. El tipo, en vez de
despedirse, va y le suelta “que si lo invita a subir”, la sonrisita graciosa
con la que acompañó la pregunta le aclaró que estaba bromeando, pero Maya no le
encontró la risa por ningún sitio, así que cogió a mala gana la tarjeta que le
ofrecía y le dio puerta con un “hasta luego”. De verdad, que para esa hora, ya
tenía el cupo de bromas vencido.
Ahora
al volverlo a recordar, reconocía que tan mal no le había caído aquel médico.
En un principio tanta seriedad, esa preocupación extraña, todo ese rollo con el
hermano, le pareció muy raro. No quería volverse paranoica pero prefería no
tener esa clase de confianza con ningún médico. Iba cambiando de parecer
mediante pasaba el tiempo, la dulzura con la que trató a la anciana y como con
tanta amabilidad le había acompañado a su casa, le fue formando una imagen
distinta de él.
No
sabía qué diablos hacía pensando en un tipo que lo más seguro es que no volviera
a ver nunca más. Era tan tonta.
—¿Es usted
la que atiende?
Maya levantó
la vista de la tarjeta, sintiendo un tirón en el brazo que aun llevaba en
cabestrillo. Frente a ella había una mujer de unos cuarenta años, bien vestida
y con el bolso cogido con más fuerza de lo normal. Desvió la mirada hacia el
muchacho de las katanas, su ropa era un poco rockera y estaba algo desaliñado,
pero la mujer exageraba.
—Sí, soy yo.
¿Qué desea?
La señora se
apoyó en el mostrador de cristal, señalando con la mano derecha una de las
estanterías.
—Quiero un
quemador de incienso. Que pueda llevar de viaje.
Maya quedó
pensativa, recordaba que le habían entrado el día anterior un pedido atrasado,
de lo que no estaba segura es de si lo había colocado todo. Se acercó a la
estantería del centro y empezó a buscar.
—Creo
recordar que nos llegaron unos en forma de caja —indagó entre los quemadores y suspiró
cuando encontró lo que buscaba, no tenía ganas de tener que entrar en la
trastienda y dejar a ese chico solo frente a la vitrina de las katanas. Volvió
de nuevo al mostrador, dejándolo sobre la mesa—. Como verá, mide
aproximadamente unos 30 centímetros —con dos dedos abrió la caja por la mitad—.
Aquí tiene un compartimento para guardar las varitas y en este otro… —metió las
uñas en la capa curvada que había sobre la caja y la levantó despacio—. Es
donde se queman, si se acerca un poco verá que en este agujero va clavada la
varita —lo cerró de nuevo con su mejor sonrisa de vendedora—. Es muy práctico,
he idóneo para llevarlo de un sitio a otro sin que se caiga nada y todo junto,
en una sola caja.
La mujer se
recogió un mechón negro que le había caído sobre los ojos, y después de
colocárselo tras la oreja agarró con manos cuidadosas la caja. Pasó los dedos
por los adornos dorados en forma de luna que había tanto en la tapa como en el
frontal, parecía interesada.
—Es bonita
—miró el precio que rezaba en una pequeña pegatina y rápidamente cogió el
bolso—, y no está mal —seleccionó unas monedas y las dejó sobre la mano de
Maya—. Tome muchacha, tiene una tienda preciosa, ya me pasaré en otra ocasión.
—Gracias.
Maya le
sonrió mientras se marchaba, con el quemador de incienso metido en una pequeña
bolsita blanca. Tal vez tendría que hacerlas personalizadas con el nombre de la
tienda, con el mismo logotipo que en la puerta. Pero esperaría un poco, a ver
qué tal iba con la amortización de los gastos. Por lo menos asegurarse de pagar
el alquiler antes de gastar más. Veríamos al terminar el mes.
Dos mujeres
más entraron, parecía que la cosa se animaba. Maya pudo atisbar unos cabellos
rubios tras ellas. Un cuerpo pequeño pero ágil se hizo camino entre las dos
robustas señoras y se aproximó al mostrador, chasqueando molesta la lengua.
Bien, ahí estaba Clara nuevamente enfadada por algo.
Decidiendo
que mejor obviar su temperamento, le sonrió abiertamente mientras recogía unos
cuantos catálogos del mostrador y los colocaba en un armario tras de ella.
—Hola,
Clara, me alegro de verte. Después de tres días sin noticias tuyas, ya estaba a
punto de llamar a la policía.
Los ojos
verdes de Clara se enfocaron en Maya, observándola con hastío. Sin saludar, se
metió detrás del mostrador y agarró un taburete, sentándose al lado de su amiga
con una mueca nada agradable. Maya suspiró cuando Clara apoyó un codo en el
cristal y bajó la cabeza antes de hablar.
—Lo siento,
pero he tenido problemas en la universidad. Algunos trabajos importantes y poco
más.
Si, claro.
Maya estaba segura de que le diría algo así. Desde que le había contado lo
sucedido en el hospital, no la había llamado. Clara se había pasado toda la
conversación gruñendo por no haberla avisado, alterándose bastante cuando le
explicó lo del tal Adam y demás. Su amiga siempre hablaba como si todos los
hombres del mundo fueran enemigos, no lo entendía. Después de aquello, había
desaparecido sin dar señales de vida por tres días, no la llamo ni la visitó y
Maya se decidió por tampoco hacerlo. Esperó pacientemente a que apareciera, ya
había hecho la misma actuación otra veces, desparecía por un par de días y
cuando volvía…
Le echó una
buena mirada, sin prestarle atención a la tensión que se había adueñado del
pequeño cuerpo de su amiga. A primera vista no veía nada fuera de lo común,
aunque ella sabía que estaba, en algún sitio pero estaba. Se inclinó un poco
más cerca y suavemente con una mano, levantó el mechón rubio que le caía a
Clara sobre el ojo derecho.
Notó la
rigidez que se adueñó del cuerpo de su amiga, y como fruncía la boca al quedar
descubierto el moratón que le cubría todo el ojo. Con un movimiento brusco,
Clara le apartó la mano y deslizó rápidamente sus dedos entre el cabello para
volver a colocarse bien el flequillo.
—Clara…
—Desaparecerá
en unos cuantos días más —escupió, sin querer mirarla a la cara.
Maya
resopló, masajeándose la frente.
—Esa no es
la cuestión, Clara… —una mujer la interrumpió de golpe, poniendo sobre el
mostrador unas cuantas hierbas que vendía en pequeñas bolsitas y un bonito
colgante egipcio. Le miró el precio total y los metió en una bolsa, después de
que cobrara esperó a que la mujer se alejara para volver a hablar—, lo que
estaba diciendo, siempre que desapareces vienes con algún golpe. Eso lleva
pasando desde que eras una niña, y si te digo la verdad, no lo entiendo. ¿Por
qué no me dices quién lo hace? ¿Es tu padre?
—¡Basta!
—gritó, arrepintiéndose después por la cara que había puesto Maya—. Lo siento, perdona, pero ya te he dicho que
es solo una coincidencia, yo… tuve una discusión con un chico en la universidad.
Ya sabes cómo protejo a mi hermano, y tiene problemas de dinero… es un asunto
muy largo y que no tengo ganas de contar.
Maya la miró
con desconfianza. ¿Cómo podía pensar que se tragaría eso? ¿Cuántas
coincidencias podía haber durante tantos años? Siempre ocurría lo mismo, su
amiga desaparecía y volvía con un golpe u dos. Debía haber una razón para eso,
y aunque Clara nunca quiso hablar de su familia más allá de su hermano, ella
sospechaba que ahí radicaba el problema.
—Entiendo,
si no quieres contármelo estás en tu derecho, pero creía que éramos amigas.
Hermanas casi.
Clara rodó
los ojos, cansada de la insistencia de Maya.
—No empieces
con el chantaje emocional porque no te va a funcionar esta vez. Soy una
muchacha fuerte. ¿Por qué no confías en mí?
Maya asintió
irónicamente con la cabeza, para después ofrecerle a su amiga un apretón de
apoyo en el hombro.
—Confío en
ti, Clara, pero no en la persona que te hizo esa desgracia en el ojo.
Y ahora Maya
callaría, no quería molestar más a su amiga, pero tenía que hacerle entender
que no iba a darse por vencida con ella. No iba a obligarla a contarle algo que
no quisiera, por supuesto, pero un día descubriría quién demonios hería a
Clara, y cuando llegara ese momento, podría las cartas boca arriba. ¡Vaya si lo
haría!
Un largo
silencio se hizo entre ambas y Clara comenzó a dar golpecitos rítmicamente con
las uñas sobre el cristal del mostrador. Maya la observó de reojo, se veía
preocupada y mantenía la mirada perdida. Parecía que en cualquier momento
hablaría pero cambiaba la expresión y volvía a sumirse en sus pensamientos.
Maya no podía estar más sorprendida, callar no era algo propio de su amiga.
Después de
algo más de cinco minutos, Maya no pudo aguantar más.
—Dios Clara,
si vas a decir algo, dímelo ya. Me pones nerviosa.
La rubia la
miró de reojo.
—Creía que
la hiperactiva era yo.
—Y lo eres
—se quejó Maya—. Sin embargo, no la indecisa. Es raro que tú pienses más de una
vez lo que vas a soltar por la boca.
—Tú siempre
has dicho que era un defecto —dijo, arqueando los labios en intento de sonrisa.
Maya entrecerró
sus ojos púrpuras y se masajeó las sienes, pretendiendo tranquilizarse.
—Sí, y lo es,
depende del momento. Aun así tampoco tienes que irte al otro extremo, mujer. Di
lo quieras decir, maldición. Me estoy atacando —se dijo a sí misma.
Clara se rio
y Maya la acompañó con una risita. Maya era una persona tranquila, casi
demasiado para su amiga, seguramente, verla con ese ataque de preocupación le
causó ternura. Pero es que estaba demasiado preocupada por ella, y Clara lo
entendía, es más, parecía sentirse halagada por ello.
—Solo me
preguntaba si habías visto a ese médico de nuevo —su voz sonó un poco apagada, casi
indecisa, como si en realidad no quisiera saber la respuesta.
¿Eso era lo
que le provocaba esa cara contrariada? No entendía que diantres les preocupaba
tanto a su abuelo y a Clara del asunto del médico. Con un suspiro, le regaló un
suave apretón en el hombro, poniendo su cara más comprensiva.
—Si sentías
algo así por mí me lo deberías haber dicho antes. Pero no tienes que estar
celosa, entre ese médico y yo no hay nada.
Clara
levantó el rostro y la miró como si hubiera perdido un tornillo. Arrugó su
pequeña nariz y arqueó los labios en una mueca de disgusto.
—Basta de
tonterías, Maya. De verdad, que la próxima vez que me salgas con una de las
tuyas….
Maya levantó
las cejas, arqueándolas, haciéndose la agraviada.
—Pero que
agresiva eres —escupió de golpe y se quedaron mirando durante unos minutos,
terminando ambas riéndose como tontas. Maya se apoyó en el hombro de amiga,
inclinándose un poco sobre ella y mirándola de reojo—. Solo quería cambiar un
poco el ambiente de la conversación, así que tranquila, que no me voy a
abalanzar sobre ti.
—Eso espero
—soltó Clara, intentando parecer malhumorada pero sin evitar que tanto su boca
como sus ojos sonrieran—. Pero ahora en serio. ¿Te has vuelto a ver con ese
médico?
Maya bostezó
un poco y apoyó un codo cómodamente sobre el mostrador, entrecerrando sus ojos
púrpuras mientras metía los dedos entre sus oscuros cabellos. Es que no
entendía que obsesión tenían con ese médico, maldita sea.
—Ya te he
dicho que no. Creo que aún me queda mucho para volver al hospital o eso espero,
vamos. Y dudo mucho que lo encuentre comprando el pan.
Esas
palabras parecieron tranquilizar a Clara, pues relajó el semblante y alzó una
mano, para acariciar los rizos oscuros de su amiga que le caían sobre el
hombro. Ambas se miraron, sonriéndose. Las dos habían necesitado una
conversación como la actual en los últimos días. Revitalizada, Clara se levantó
con rapidez de la silla, ayudando a Maya a recolocarse bien sobre el taburete.
Después, se
dispuso a pasear por la tienda, mirando las estanterías.
Conociéndola,
seguramente ahora le vendría con otra de sus geniales ideas para olvidarse un
poco de los problemas y pasarlo bien. No la había visto así desde antes de irse
del pueblo. Tal vez, ambas se estuvieran acostumbrando a vivir en aquella
Ciudad.
—Nino me ha
hablado sobre un pub que está muy bien, está en las afueras de Caria, pero no
se tarda en llegar más de diez minutos. En coche claro —agregó—. Mi hermano
esta noche está ocupado, pero puedo preguntar a dos amigas mías de la
universidad, a ver si alguna quiere acompañarnos. Así que… ¿qué te parece? ¿Nos
vamos esta noche a dar una vuelta?
Maya se
encogió de hombros y levantó su brazo vendado como respuesta. Los ánimos
tampoco la acompañaban.
Clara alzó
una ceja, sin darle mucho crédito a su rápida e ineficaz excusa. Sacudiendo las
manos como para quitarle importancia, se fue hacia Maya para –antes de que la
otra muchacha pudiera evitarlo-, quitarle el cabestrillo y toda la venda del
brazo.
—Ey, Ey.
¿Qué haces? —preguntó Maya, demasiado sorprendida para resistirse.
Cuando
terminó y el brazo de Maya quedó descubierto, Clara la invitó a que lo moviera,
totalmente complacida cuando esta comenzó a levantarlo, doblarlo y encoger
fácilmente todos los dedos.
—Veo que
está curado.
—Sí, eso
parece —miró su mano y la cerró en un puño. Sentía algunos leves tirones en el
músculo de su brazo, pero creía que era más por la postura en la que lo había
tenido que por el golpe. Qué extraño.
Los dedos de
Clara se presionaron contra la barbilla de Maya, obligándola a mirarla mientras
esta le sonreía un poco entusiasmada.
—Entonces,
¿qué? ¿Nos vamos esta noche? Desde que llegaste aquí te has mantenido
encerrada, no eres una monja. Vámonos a disfrutar, mujer.
Maya
suspiró, rindiéndose. Cualquiera le negaba algo a su amiga cuando se ponía en
ese plan y después de lo sucedido, esa salida más que a ella, le vendrían mejor
a Clara.
—Si eso es
lo que quieres. Esta noche seremos las reinas de la alegría. —dijo con cierto
sarcasmo.
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Si se paraba a pensarlo, no tenía muchas ganas de
salir esa noche, se tenía que repetir una y otra vez que lo hacía por Clara,
para animar a su amiga, para hacer vida social y conocer gente en aquella
ciudad. Había puesto un negocio, no tenía previsto salir de aquel lugar en
mucho tiempo, así que tendría que acostumbrarse pronto a aquel ambiente.
Encendió el secador y lo colocó debajo de la mata de
rizos negros, mandándolos volar violentamente contra su cara. Intentó hacerlo
despacio, para que se los moldeara y no quedaran encrespados, pues entonces no
habría peine en el mundo que consiguiera darle un aspecto decente. Después de
varios minutos, levantó la cabeza y se miró al espejo, una melena de cabellos
bellamente rizados en elásticas ondulaciones caía sobre sus hombros,
responsando un poco en la curvatura de su cuello. Todavía no estaba segura del
porqué había decidido cortárselo a una media melena, cuando ella siempre lo
había tenido por el final de la espalda. Tal vez el poco tiempo o esos
descompensados bochornos que solía tener últimamente, tuvieran algo que ver.
Pero no quería pensarlo mucho, si no seguro que se arrepentiría.
Se sentó en la cama y suspiró, ahora solo le quedaba
terminar de vestirse antes de que viniera Clara, no tenía ganas de escucharle
gruñir por su eterna tardanza, aunque sabía que su amiga llevaba razón.
Inclinándose, metió las manos debajo de la cama y sacó una caja de zapatos. Los
colocó a un lado y observó el color, verificando que fueran los plateados. No
es que tuviera muchos, ni nada por el estilo, pero quería esos para que
hicieran juego con los adornos también de ese tono que mantenía su camisa de
tirantes.
Colocándose
el izquierdo, dejó caer el pie a suelo para meterse la parte de atrás del
zapato. El tacón era algo ancho, y aunque parecieran tal altos, al ser de
pulsera y tener una ligera plataforma delante, los hacía bastante cómodos para
andar, a diferencia de lo que pudiera parecer a simple vista.
Cuando
estuvo completamente vestida, se levantó de la cama, alisándose la minifalda
negra e intentando reacomodar los dos volantes que la adornaban. Observó el
móvil que tenía encima del comodín de su dormitorio, faltaba un minutos para
las diez, así que se apresuró a coger la chaqueta negra de cuero del armario y
bajar las escaleras. Era momento de contar, faltaban segundos, contempló la
pantalla del teléfono fijamente.
—3, 2, 1
—unos ligeros golpecitos musicales se escucharon en la puerta, sacándole una
pequeña risita—. Lo sabía —con dos pasos, abrió la puerta y dejó a Clara
entrar.
La chica no
la miró mucho, dispuesta a irse al sillón de cuero marrón que ya tenía la forma
de su trasero al tener que esperar siempre a su amiga en él. Cuando giró para
encaminarse hacia el salón, observó cómo Maya la esperaba con una sonrisa.
¡No podía
creérselo, pero si ya estaba vestida!
—El fin del mundo…
—soltó estupefacta.
Maya chisteó
con la lengua en señal de fingida molestia y se acercó a Clara, colocando las
manos en sus hombros mientras la miraba maravillada. Es que no se podía estar
más hermosa.
—Estás
guapísima, Clara, pareces un ángel… —tosió teatralmente—, hasta que abres la
boca, claro.
Clara lanzó
un bufido, cruzándose de brazos. Maya supo que no iba a entrar en una tontuna
discusión, así que ambas se miraron, evaluando la ropa contraria. Clara iba
preciosa, mantenía el cabello alisado y suelto, cayéndose al final de la
espalda, no sabía que champú utilizaba pero tenía un brillo que cegaría hasta a
un ciego. Su camiseta blanca con la palabra «Sexy» en realidad, le daba un
toque inocente, igual que la minifalda azul claro, estrecha y pegada que
acompañaba el conjunto. Clara siempre había sido modesta vistiendo, pero vaya,
aquello era demasiado dulce para ella. Lo único que le gustaba a Maya del
conjunto de su amiga, eran esos botines blancos de tacón que aun viéndose
elegantes, ella podría darles una infinidad de usos. Qué pena que no tuvieran
el mismo número de pie.
Maya se
volvió y agarró un estuche que había en el mueble de la entrada, acercándose
con él al espejo de la galería.
—¿Qué haces
ahora? —preguntó Clara.
—Maquillarme,
por supuesto.
Clara
chasqueó los dientes, si por supuesto, nada nuevo. ¿Cómo iba a estar arreglada
a su hora? El fin del mundo tendría que esperar un poco más.
Colocándose
bien el bolso sobre el hombro, esperó a un lado de Maya a que terminara, su
habitual viaje al sillón tendría que esperar para otra ocasión. Su amiga se
había aplicado un negro ahumado por todo el ojo, dándose luminosidad con un
pigmento plateado. No podía más que asombrarse por el resultado, sus ojos
púrpuras refulgían como dos llamaradas ardientes, haciéndole una seductora
mirada. Sus labios tomaron un rojo amoratado, y ahora parecía que buscaba el
brillo.
Después de
mirarla durante un tiempo, no pudo resistirse a hacer un simple comentario.
—Arrebatadora,
Maya, pero no vamos a una fiesta de Halloween.
Maya le
chistó para que callara, no molesta, más bien intentando controlar lo que sus
manos hacían. Mantuvo sus labios quietos hasta que el brillo los cubrió,
dándole un volumen que en realidad por naturaleza no necesitaban, aunque se
veían aún más apetitosos. Lo guardó todo y cerró el estuche, colocándolo de
nuevo en el mueble de la entrada.
—No sé qué
encuentras de malo en que me guste ir sutilmente gótica y no creo que llegue ni
a eso.
Clara
suspiró, mirándola con unos amplios ojos verdes.
—Mírame,
Maya, tú solo mírame y encontrarás la respuesta.
Cuando ésta
se volvió, la contempló sin entender a primera vista. Se centró en su mirada,
con una sombra blanca y en sus labios con reflejos rosados. Después de unos
segundos, Maya no pudo evitarse echarse a reír.
—Parezco un
vampiro y tú mi ovejita. La gente creerá que te he raptado para poder darme una
buena cena.
Maya se echó
a reír por la ocurrencia, a la que no parecía haberle hecho la misma gracias
era a Clara, que había adoptado una expresión seria, con un rictus severo en
los labios. Justo cuando empezaba a arrugar la nariz, gesto que desembocaba en
una retahíla de improperios, la bocina de un coche se escuchó impaciente a las
puertas del bloque de pisos.
Sin más
preámbulos, Clara cogió la mano de Maya y estiró de ella hasta la puerta.
—Vámonos,
vaya a ser que venga alguien y tengamos que buscar a ver dónde han podido
aparcar.
Maya asintió
con una sonrisa, dejándole paso para que se adelantara.
—Claro,
claro, venga, tu delante, que si te caes con esos pedazos de tacones no me
mates a mí en el camino —dijo, intentando guardarse otra sonrisa, parece que la
idea de salir sí que había conseguido alegrarla un poco, que después de todo era
lo que Clara buscaba y se lo agradecía.
—Muy
graciosa y considerada. Un bonito amor fraternal el tuyo —gruñó.
—Sabes que
es broma, tonta —le volvió a sonreír.
Sin añadir
nada más, ambas bajaron deprisa la escalera, intentando no caerse en el proceso
pero llegando todo lo rápido posible al coche. Desde allí Maya no podía decir
mucho quién había dentro del coche, pero parecían ser dos muchachas una edad
cercana a la suya. De repente, una de las chicas, con una sonrisa bastante
agradable, sacó la cabeza por la ventanilla y saludó a ambas con un ligero
movimiento de manos.
Clara
asintió con la cabeza y abrió la puerta de atrás, empujando a Maya para que
entrara, como si fuera un criminal que pudiera huir en cualquier momento. Lo
único que le faltó fue atarle las manos a la espalda y empujarle la cabeza.
—Hola… —la
chica de la sonrisa bonita se dio la vuelta y le envió una curiosa pero amable
mirada a Maya—. Encantada de conocerte, me llamo Fátima y esta de aquí es Sara,
ambas somos amigas de Clara.
Maya se
colocó un mechón de pelo tras la oreja, con algo de incomodidad. Había estado
un poco a la expectativa por esta salida, pero aun así se sentía algo insegura.
—Hola —fue
lo único que añadió a lo que todavía no podía llamarse conversación.
—La gente
que puede reunir la universidad, impresionante —soltó la otra chica, tenía un
semblante más serio y parecía menos amable, además que la forma en la que la
escrutaba con la mirada no aliviaba el estado de incomodidad en el que se
encontraba. Después de unos segundos en silencio, la chica bajó la vista hacia
su pecho, observando con lo que parecía ser interés, el collar que siempre
llevaba—. Bonito colgante, es raro, me gusta.
Maya sonrió,
un poco más tranquila, puede ser que por fin tuviera un tema de conversación.
Pensando que decir, se lo cogió para mirarlo ella misma.
—Es de mi
madre, lo llevo desde pequeña —dijo simplemente, intentando que las otras dos
interactuaran también, cuando callaron esperando que añadiera algo más, Maya
sonrió en forma de disculpa—. Perdonad por ser de pocas palabras, supongo que
en el trascurso de la noche se me pasará. Aunque Clara nunca haya sido un
derroche de sociabilidad, creo que me ayudará —avergonzada, le dio un par de
graciosos codazos a Clara, a lo cual recibió una naricita arrugada como
respuesta. Muy propio de ella.
Las de otras
dos soltaron un par de sonrisitas.
Fátima
arrancó el Ford Focus, que comenzó a deslizarse con suavidad, miró por el
retrovisor y momentos después ya iba calle abajo.
El silencio
que se había formado era agradable. Le permitía a Maya observar a sus dos
nuevas acompañantes y de alguna manera analizarlas. Empezó con la copiloto,
tenía un cabello castaño rojizo, los reflejos suponía que eran de peluquería,
si no ya sabía que genes envidiar. Sus ojos eran de un negro profundo que
sumados a la delicadeza de sus rasgos le daban un aire de belleza latina. Sara
al sentirse observaba le sonrió, mirándola de reojo mientras tarareaba una
canción pachanguera que sonaba en la radio. No era muy del estilo de Maya, que
en realidad odiaba ese género musical, suponía que la muchacha tampoco la
apreciaba en realidad, casi parecía que le estuviera indicando que le era
indiferente su curiosidad. No sabía cómo tomar esa actitud, en principio empezaría
por ser positiva, pues ya tendría tiempo cuando volviera a su casa para
recrearse en sus miedos escénicos.
Por el
contrario, Fátima parecía una persona más agradable. Cuando percibió su
escrutinio esta le ofreció una sonrisa comprensiva por el cristal retrovisor.
Maya se relajó y la miró más detenidamente, deteniéndose durante unos segundos
en el original peinado. El cabello de color café le caía liso en la cara,
mientras la parte posterior se mantenía más corta, dando la sensación de dos
picos perfilándole el rostro. Le hacía ver estilizada y elegante. Sus ojos eran
castaños con bellos toques verdes que los iluminaban, o puede que tal vez fuera
esa enorme y agradable sonrisa que acompañaba a su personalidad.
Lo que más
gracia le hacía es que Sara llevaba un vestido burdeos estrecho y algo
relevador, mientras Fátima portaba una camiseta de red negra y unos leguis de
cuero rojo. Miró a Clara sin poder esconder su sonrisa, pues parecía que no era
la única que iba a una fiesta de Halloween, el único corderito perdido parecía
ser su querida amiga.
Un poco,
ahora más motivada, intentó romper el silencio con el tema más obvio que se le
ocurrió y que supondría era una terreno seguro entre las cuatro.
—¿Y cómo os
conocisteis las tres? —soltó de golpe, captando la atención de las dos chicas.
Fue Sara la
que, dejando de tararear y de parecer indiferente ante su incomodidad, bajó el
volumen de la radio y se volvió en su asiento a mirarla. El brillo pícaro en
sus ojos le indicó que había acertado con el tema.
—Pues, Fati
y yo nos conocemos desde pequeñas, vivimos en el mismo bloque de pisos y fuimos
juntas a la secundaria. Con Clara, pues… un día fui a la cafetería de la universidad,
todas las mesas estaban ocupadas menos la de ella. Así que dejé los libros y me
senté —rio al recordarlo—. Ella me miró como si quisiera acribillarme a
balazos, sin embargo la ignoré, ni siquiera le pedí permiso. Me sentaba allí o
tendría que saltarme el desayuno, y te juro que no soy persona sin él.
Se podía
escuchar como Clara bufaba por lo bajo, no muy entusiasmada de que le
recordaran ese momento.
—Y entonces
fue cuando llegué yo —intervino Fátima dando golpecitos rítmicos en el volante
negro—. Me disculpé con Clara y arrimé una silla, sentándome con ellas. Sara,
con todo el descaro del mundo, no solo se adueñó de la mayoría de la mesa, si
no que le quitó el bolígrafo que estaba usando, para escribir unas notas en el
borde de su carpeta. Eso fue cuando nuestra queridísima Clara, se levantó y
cogiendo el estuche, se lo lanzó en plena cabeza.
Maya se tapó
la boca sorprendida. No dudaba que esa fuera la reacción de Clara, o puede que
hasta se hubiera imaginado algo peor, lo que no entendía es como todo resultó
bien con ese panorama. Cuando las demás rompieron en carcajadas ella no dudó en
unirse también.
—Me lo puedo
imaginar, buenísimo. Tendría que haber estado allí para verlo. ¿Y qué pasó
después? ¿Te fuiste cabreada, Sara? —aunque viendo su carácter suponía que no.
Sara negó
con la cabeza, escondiendo una sonrisita orgullosa.
—Pues no, no
salió corriendo —le corrigió Fátima, dejando que sus cabellos cayeran hacia
adelante cuando giró el volante para entrar en otra calle—. Agarró el estuche,
se lo entregó y con una sonrisa que no le cabía en la cara, le preguntó cómo se
llamaba. Felicitándola después por reaccionar como una persona normal. Le soltó
algo así como… «Me alegro de que por fin hables, creía que eras autista». Te lo
aseguro, Maya, fue impresionante.
—Y ahí es
donde se metió ella —Sara no podía dejar de mirar de reojo la cara enrojecida
de Clara—. Cuando vio que se había quedado demasiado sorprendida para abrir la
boca, Fati se presentó y la ayudó a sentarse, pues parecía que quería saltarme
a la yugular. Y desde ese día, siempre que la veíamos sola en la cafetería nos
sentábamos con ella, hasta que al final se rindió y habló, diciéndonos como se
llamaba y todo eso.
Clara gruñó
entre dientes y se cruzó de brazos, echando la cara hacia la ventanilla y
frunciendo su nariz, Maya no sabía cómo no se le quedaba de esa forma de tanto
que lo hacía.
—Sois las
peores amigas del mundo. Ah, y muy pesadas… -escupió Clara, intentando parecer
más molesta de lo que estaba.
Maya sonrió
por el enfado teatral de su amiga, acostumbrada a sus reacciones exageradas.
Saber algo más sobre Clara que desconocía le hizo sentirse mejor, aunque le
preocupaba todas las cosas que esta le ocultaba. A pesar de ser las mejores
amigas, estaba seguro de que Clara era un mundo de secretos para ella y eso le
dolía. Le hubiera gustado que fuera un poco más abierta con ella, pero la
coraza de su amiga era difícil de romper, hasta para ella.
—Me caéis
bien. Me alegro de que seáis amigas —comentó Maya dulcemente, antes de darse
cuenta.
—Que seamos,
desde ahora —agregó cariñosamente la conductora antes de que Maya pudiera
añadir nada, aunque el color de sus mejillas declaró el placer que había
sentido ante tal declaración de intenciones. El coche disminuyó la velocidad y
Fátima aparcó—. El viaje ha terminado, señoritas. Quitaros los cinturones con
rapidez y sacad vuestro culo de mi Focus.
Sí,
definitivamente, le gustaba esas dos chicas. Después de unas sonrisitas
cómplices, salieron del coche, asegurándose de no olvidar nada y dejándolo todo
bien cerrado. Caminaron unos pocos metros hasta que llegaron ante una doble
puerta negra. La fachada estaba pintada de rojo y sobre esta se podía leer un
cartel plateado que decía «Lunaria» Maya se sorprendió ante el nombre, era una
gran coincidencia.
—Vaya, mi
tienda se llama igual, no me lo puedo creer.
Sara se
acercó y apoyándose con toda la confianza del mundo en su hombro, curvó la
cabeza para mirarla a los ojos.
—¿Tienes una
tienda?
—Una gótica,
tanto como ella —agregó Clara, pasando delante de los dos guardias de seguridad
con total calma y arrastrando a Fátima con ella, bien agarrada de la mano.
—Es
esotérica, no gótica —le susurró a Sara, intentando parecer ofendida. Pero esta
únicamente se rió y le animó con unos rápidos movimientos a seguir a las otras
dos chicas.
Allí nadie
pidió ningún carnet de identidad ni nada, así que pasaron libremente. Cuando la
oscuridad chocó contra ellas, Maya tardó unos segundos en acostumbrarme,
después alzó la mirada y no pudo más que abrir la boca sorprendida por lo que
veía. Aquello no era un pub, era una discoteca en toda regla. La entrada
formaba un pequeño rectángulo, donde había varios asientos de metal colocados a
ras de la pared, con sus mesas redondas delante y en frente la barra. Si
pasabas de aquella estancia, había una enorme pista de baile, y deducía que habría
más al ver puertas dobles, una en el fondo y otra subiendo las escaleras.
Maya esquivó
unas cuantas personas para poder llegar a la esquina donde habían ido las
demás, como siempre, se había quedado atontada observado a su alrededor, así
que se había separado del grupo y ahora solo le quedaba serpentear entre el
gentío para llegar a ellas. Se adelantó y dejó su chaqueta de cuero sobre los
abrigos de las demás, no entendía por qué con lo grande que era la discoteca no
tuviera guardarropas. Se sentó en la esquina, con Clara a su derecha y las
otras dos frente a ellas. Las cuatro tenían una mesa en el medio, y suponía que
era un pensamiento general el tomarse algo antes de ponerse a… a lo que fuera
que se hiciera cuando una chica joven iba a una discoteca, vamos.
—Iré a por
algo —propuso Fátima bajándose con un pequeño salto del taburete—. ¿Qué os
apetece?
Sara parecía
pensativa, con la vista fija en la barra, contemplando a las personas que se
encontraba en ella pero sin hacerlo realmente, seguramente pensando en que
quería de la noche para saber que tomar. Contra más fuerte fuera la bebida antes
acabaría la juerga. Por el contrario, Clara y Maya lo tenían claro, ya que
ambas se dedicaron una mirada de complicidad
—Vodca con
lima.
—Yo otro
—Maya sonrió apoyándose sobre la rubia—. Siempre pedíamos eso en el pueblo, se
hizo una costumbre.
Fátima se
encogió de hombros y miró a la otra chica que faltaba, esperando impaciente,
era una simple bebida, tampoco le había pedido que escribiera un libro.
—Sara, que
no tengo toda la noche, jolines.
—Bueno,
pues…. —se llevó las manos a la barbilla y sus ojos negros parecieron sonreír
ante la mueca de disgusto que había puesto su amiga—. Un dic con cola.
—Oído cocina
—bromeó—. Vengo en un momento.
Maya observó
a Fátima de alejarse y dirigirse con pasos seguros hacia la barra. Muchas
miradas se movieron automáticamente a su culo, y por la sonrisa satisfecha que
llevaba, supo de inmediato que la chica lo disfrutaba. Bueno, suponía que todo
el mundo le gusta de alguna manera ser el centro de atención, siempre que fuera
de una manera correcta, claro está.
Miró por la
pista, buscando algo con la mirada, no podía encontrarse muy lejos de allí. ¿Dónde
diablos estaba?
—Clara, ¿dónde
está el servicio? —¿y porque diablos tenía que estar todo tan oscuro? Ay, que
ella se conocía…
La respuesta
de Clara fue un gruñido bajo, por dios, cualquiera sabría hasta cuando le
duraría el mosqueo a la pequeñaja, y eso que sus amigas solo quisieron poner a
Maya en situación para romper un poco el ambiente incómodo que la falta de
confianza había creado. Supuso que Clara no iba a contestarle, aun así, no le
dio tiempo de girarse hacia Sara y hacerle la misma pregunta, cuando su amiga
ya se había bajado del taburete y a estirones la sacaba de la entrada,
llevándola a la pista y señalándole una pequeña puerta que había en un rincón.
Vaya… ella había creído que esa era la puerta de emergencia, no pensó que sería
un baño. ¿Por qué lo colocarían allí, donde el diablo se dejó los zapatos?
—Ahí. ¿Lo
ves?
—Joder… podría
estar un poco más escondido. Será para ahorrar lejía o algo.
Maya escuchó
la risita de Clara, pero siguió el camino sin añadir nada más. Tuvo que
esquivar a algunos chavales que bailaban desenfrenados, saltando y dando
volteretas por el suelo. Puede que meterse tanta mierda no les hiciera nada
bien, evidentemente. Cuando por fin llegó al servicio entró, apoyándose en la puerta
y relajándose cuando se encontró en soledad. Casi quiso respirar de alivio.
Hizo sus necesidades despacio, sin apurarse, disfrutando un poco de esa
relativa tranquilidad. Todavía no se acostumbrada a todo ese jolgorio, ella no
era mucho de esos sitios, se sentía como fuera de lugar. Cuando salió del
servicio, la oscuridad volvió a molestarle los ojos, que entrecerró para
intentar ver mejor por donde iba. Se estaba viendo en el suelo… lo veía….
En menos de
diez minutos la discoteca se había llenado de gente. Desde ahí ya no podía ni
ver donde estaban sus amigas sentadas. Otro suspiro no tardó en escapar de sus
labios mientras intentaba hacerse camino entre el gentío, lo que no esperaba era
que alguien descaradamente le tocara el culo cuando quedó atascada entre un
grupo de muchachos. Tenía dos opciones, seguir empujando para lograr
atravesarlos o volverse y plantarle una bofetada al descarado ese. Roja como un
tomate, entre vergüenza y furia se giró hacia aquel tipo, no sabía que iba a
hacer, pero por lo menos un resumen de todas las palabrotas que sabría se
llevaría de seguro. Aunque la oscuridad no le dejaba ver con total claridad,
llegó a observar como un tipo poco más alto que ella y más bajo que el que le
había sobado el trasero, le cogía de la mano al tipo y le decía unas cuantas
cosas al oído. Por supuesto, desde su posición le era imposible escuchar que
decía, pero la cara de espanto que puso el tipo y lo poco que tardó en alejarse
de ellos, le dejó hacerse una ligera idea.
Suponía que
solo le quedaba darle las gracias al hombre que había acudido en su ayuda.
—Hola, vaya,
no esperaba encontrarte aquí —dijo el extraño, su voz era profunda pero a la
vez suave, creía haberla escuchado en algún sitio.
Cuando alzó
la vista y vio de quién se trataba sintió como si los engranajes de su cabeza
se conectaran. La realidad le golpeó en la cara como una bofetada, hasta sintió
como sus pies se tambalearon hacia atrás. ¿Qué hacía ese médico allí? ¿Y cómo
demonios con lo grande que era Caria se lo tenía que encontrar otra vez? ¡Y a
los pocos días!
—Eso debería
decírtelo yo. ¿Hoy no estás en Urgencias? —alzó todo lo que pudo la voz, pues
no quería tener que inclinarse sobre él para hablar. La distancia que mantenían
era perfecta.
Adam se
encogió de hombros, dando un largo trago a su bebida.
—No, esta
noche no. Los viernes los tengo libres, y algún que otro día que me venga bien.
Además, no me dedico solo a Urgencias.
Y ahí
estaban hablándose como si fueran conocidos o algo. Se sentía rara y con ganas
de salir corriendo de allí. Puede que la parte de ella que se resistía y no
paraba de mirarlo a los hermosos ojos azul pálido la tuviera un poco inquieta.
—Oh… bueno,
claro. Gracias por lo de antes —señaló hacia una esquina y tragó saliva,
nerviosa—. Tengo que… tengo que ir con mis amigas, si tardo mucho pueden
preocuparse.
El médico
asintió, llevándose de nuevo el vaso a la boca. En los pocos minutos que habían
estado juntos y el tipo se había tomado media bebida ya. ¿Estaba nervioso por algo?
Puede que no hubiera tenido un buen día.
Cuando
estaba a punto de darse la vuelta para marcharse, la agarró del brazo,
volteándola con violencia hacia él. Maya trastabilló y estuvo a punto de caerse
si Adam no la hubiera ayudado a estabilizarse. La mirada recriminatoria en esos
ojos morados hizo que el médico bajara la cabeza algo avergonzado.
—Perdona…. —soltó
a Maya y la observó desde abajo, como incómodo por lo que iba a decir, o tal
vez estaba arrepentido del involuntario zarandeo anterior—. He venido con mis
dos hermanos, estamos un poco solos. ¿Te importaría si nos unimos a vosotras?
Maya no se
dio cuenta cuando se lamió los labios. Dudaba en que debía hacer, Clara no
tendría una buena reacción al ver a tres tipos desconocidos acercarse a ellas,
aunque estaba seguro de que a las otras dos sí que les gustaría, sobre todo si
los dos hermanos eran tan guapos como Adam. Ouch… ¿acababa de pensar eso?
Estaba tan
metida en sus pensamientos que un tipo que pasaba acelerado por su costado casi
la tira al suelo. Adam la sujetó en el último momento, de una forma casi
imposible, levantándola con el simple estirón de su mano. Ella se quedó
tambaleándose como un péndulo sobre la pista durante unos instantes. ¿Qué había
pasado? Había sido demasiado rápido, vayas reflejos se gastaba aquel médico.
—Gracias —susurró,
justo a la vez que Adam la soltaba.
Sintió un
escalofrío al notar todavía los dedos fríos agarrotados en la tierna carne de
su brazo, aun después de soltarla había quedado una sensación helada sobre su
piel. No podía entender como alguien podía tener esa temperatura corporal en un
lugar con tanta gente, donde la mayoría se encontraban sudando. Estaba
ridículamente frío, era inaudito. No, no creía que fuera buena idea pasar el
tiempo con él ni conocerse mejor. Clara no recibiría bien la idea así que… los
ojos blanquecinos se clavaron en los suyos y Maya se tragó las palabras de
rechazo que estaban empezando a formarse en sus labios. Si tuviera quince años,
aceptaría que le hubiera dado un vuelco al corazón con aquella penetrante
mirada, pero como no lo era, intentó controlar la extraña excitación que había
cubierto su ser. Había pasado del más primitivo miedo y rechazo que había
sentido la primera vez que lo vio, al más indiscutible deseo. No dudaba que el
hombre fuera su tipo pero no entendía a que venía el calor incontrolable que invadía
su cuerpo.
Intentó no
mirarle a los ojos, esos ojazos azules que como dos bloques de hielo
derritiéndose la estaban llevando a ese estado de estupor. No fue una buena
idea, por primera vez, se paró a mirar el cuerpo de aquel hombre. A pesar de
ser un poco bajo para su gusto, tenía unos hombros fuertes, grandes manos, y un
cuerpo bien formado pero no en exceso, cosa que también apreciaba. Lo peor es
lo guapo que era, ¡endemoniadamente guapo! O por lo menos, según sus gustos.
No supo si
fue porque la encontró dubitativa o era para romper un poco el hielo, pero Adam
le sonrió cálidamente, mostrando los dos preciosos hoyuelos que se le formaban
a ambos lados de sus mejillas cuando lo hacía. Eso fue la gota que colmó el
vaso, Maya se alejó como si le hubieran acechado con una antorcha, demasiado
nerviosa para pensar muy bien qué decir.
—Haz lo que
quieras —soltó antes de darse cuenta, intentando mantener oculta su
entrecortada respiración.
Adam asintió
y se volvió para marcharse en dirección a la barra, donde le esperaban sus dos
hermanos. Maya se apresuró a cruzar lo que le quedaba de pista, llegando donde
estaban sus amigas y sentándose pesadamente. Gracias a que por lo menos ya
tenía su bebida sobre la mesa. Necesitaría un poco de alcohol para lo que iba a
enfrentar. Sobre todo agradecía el fresco que bajó por su garganta, un frescor
parecido al que había sentido en su brazo cuando el médico la tocó y que se
había ido tornado en un calor infernal.
—Mira esos
tres —pidió Clara, sorprendiéndola. Maya siguió la dirección que le indicaba—.
Me gusta el moreno, el que tiene el cabello como despeinado y larguito. Parece algo
serio pero es muy guapo, indudablemente mi tipo.
Maya tragó
saliva cuando enfocó la mirada. Clara tenía un buen sentido de la
inoportunidad. Allí, se encontraban Adam y sus dos hermanos, hablando entre
ellos y mirando de vez en cuando hacia ellas, no cabía duda de que eran el
centro de la conversación.
Sara se
acercó un poco para no tener que gritar tanto.
—Pues a mí
me mola el rubio, tiene un aire jovial y divertido que me gusta. Además… ¡Vaya
sonrisa! Tiene los dientes más bonitos que he visto en mi vida.
—Que buena
vista tienes, amiga —se quejó Fátima, intentando entrecerrar los ojos para
agudizar su visión—. Yo no veo un pijo desde aquí.
Maya se
mordió el labio, nerviosa. Clara parecía muy concentrada en su próxima víctima.
Si, se podría decir que era el tipo de su amiga. Alto, moreno, con el cabello
rebelde a la altura de su cuello, muy serio, casi se veía peligroso. No
entendía los gustos de su amiga, y nunca los compartía, aunque suponía que
aquel chico era bastante atractivo, es más, algo en él le llamaba la atención.
Por otro lado, ya conocía al hombre rubio, era Ian, el hermano que
anteriormente le había presentado Adam en la consulta. No sabía si el moreno
también era adoptado, lo que estaba claro es que físicamente no se parecían y
sin embargo los cubría más o menos el mismo aura misteriosa. ¡Vaya peligro de
hermanos!
Al ver que
ambos grupos parecían interesados, Maya se rindió, informando de lo que iba a
pesar.
—Pues estáis
de suerte, chicas —dejó caer Maya, las tres la miraron, sin entender—. Dentro
de poco tendréis a los tres aquí, para que los devoréis, buenos todos menos al bajito
moreno, ese es mío.
No lo quiso
decir de aquella manera, pero por algún motivo quería especificar cuál era la
pieza que le correspondía a ella. Tal vez siquiera la mordiera, pero tampoco
dejaría que ninguna de las otras intentara hincarle el diente, suponía que era
un poco egoísta, pero no tenía las ideas muy claras en ese momento y prefería
no arrepentirse después.
—No lo
entiendo. ¿Conoces a esos tres pedazos de… de…? —Sara no terminó la pregunta,
pero estaba bien claro lo que pensaba. Lo mismo que todas las demás.
—Se podría
decir que conozco a uno de ellos —al acordarse de Ian rectificó—. Bueno, dos.
A Clara no
le hizo falta más pistas para saber de quienes se trataban, Maya estaba segura
de eso, además, que no había estado tanto tiempo en Caria para conocer a nadie
más y después de la regañina que le echó, suponía que su amiga se acordaba
bastante bien del médico, sobre todo por la descripción tan detallada que le
dio.
Clara la
cogió del brazo, llamando su atención, sus ojos verdes parecían inquietos
cuando habló:
—Creo que es
mejor que nos marchemos, yo…
—Hola —la
voz de Adam retumbó clara por encima de la música. Maya se giró como un resorte
hacia el hombre, olvidándose de la extraña petición de su amiga—. Te dije que
vendría, ¿no? —dijo sonriéndole. Con amabilidad, se giró hacia las otras dos
chicas—. Soy Adam, un conocido de Maya, ellos son mis hermanos, Ian y Ángel.
—Encantados
de conoceros —se entrometió Ian, que con todo el descaro del mundo se fue
haciendo un hueco entre Fátima y Sara, sentándose en la superficie de metal sin
mucho esfuerzo mientras les sonreía—. ¿Me permitís que me siente, verdad?
Ambas
asintieron, un poco sorprendidas. Fátima se apartó un poco, para que los tres
cuerpos no estuvieran tan pegados. Por el contrario, Sara se envalentonó por la
actitud socarrona de Ian, -la verdad es que ella tampoco necesitaba mucho
estímulo para sacar su carácter picarón-, apoyó un codo en la mesa que había en
el centro y le sonrió de forma sexy.
—Eso y
muchas cosas más… —murmuró seductoramente, guiñándole un ojo.
Ian se rió,
echándose el largo flequillo rubio hacia atrás. Por sus gestos incómodos, no
esperaba que la chica reaccionara de esa forma. Se sintió un poco acorralado,
pero a los pocos minutos ya estaba charlando amigablemente con las dos.
Por ahora
todo parecía ir bien, o eso creía. Con un movimiento de cabeza invitó a Adam a
que se sentara a su derecha. Lo quería cerca, porque viendo como reaccionaba
Sara a los tipos guapos, era mejor mantener al médico a su vera. Por lo menos,
hasta que se decidiera que pensar realmente de él.
Frente a
ella estaba el otro hermano, Ángel creía recordar que había dicho Adam. Se
mantenía muy quieto, con una postura muy recta, al principio creyó que el
hombre no estaba muy cómodo, pero después de seguir su mirada supuso que lo que
le molestaba era algo relacionado con los otros tres. Maya intuyó que el tipo
miraba a Ian, pero la cara de póquer que tenía no indicaba mucho, que digamos.
Fátima se
movió hacia atrás y Maya se asomó un poco sobre Clara para ver qué pasaba. Ian
parecía querer quitarle algo del pelo a la chica que se había enrojecido hasta
las orejas.
—Ay esas
confianzas, veo que son de familia —dejó caer Maya socarrona.
Ian le lanzó
una mirada burlona, enseñándole los dientes blancos. Esos que tanto había
deslumbrando a sus dos nuevas amigas.
—Por
supuesto.
Maya notó
como Clara se tensaba a su derecha, no se sentía a gusto con la situación y no
podía comprenderlo. Al principio había tenido sus dudas, pero cuando evidenció
su claro interés hacia Ángel, supuso que al final, había tomado la decisión
correcta. Pero ahí estaba, a su derecha y tiesa como un palo, su pecho subía y
bajaba bruscamente, como si estuviera intentando controlar su respiración. Sin
embargo, sus ojos seguía fijos en Ángel, puede que no fuera incomodidad si no
nerviosismo contra lo que batallaba su amiga. El hombre por su parte, seguía
contemplando las acciones de su otro hermano, sin inmiscuirse en la escena.
Tal vez si
ella…
—Oye, Ángel,
¿verdad? —gritó Maya para que se le oyera, desde su posición podía escuchar el
suave murmullo de la conversación que mantenían los otros tres en el extremo
contrario del asiento—. ¿Porque no te sientas a aquí, entre Clara y yo? No te
quedes de pie hombre, que no creo que crezcas más.
Intentó
parecer simpática, pero la mirada que le dirigió el moreno le borró la sonrisa.
Los ojos azul violeta del hombre se posaron sobre ella con firmeza, cosa que la
hizo tragar saliva, no supo si era miedo lo que sentía, pero era extraño. Al
instante Ángel le dedicó una escueta sonrisa, cambiando todo el aspecto de su
cara, asintiendo conforme a la petición de la chica.
—Sí, claro
—contestó, con una voz bastante dulce comparada con su aspecto, no le pegaba
para nada, pero resultaba confortante—. Siento ser… soy un poco reservado,
perdona.
Maya no
entendía por qué le ardía la cara, pero no necesitaría un espejo para saber que
se había sonrojado. Ángel se sentó entre ellas con cuidado, intentando no rozar
a ninguna de las dos mujeres. Era un caballero, o por lo menos eso dictaba su
comportamiento, vaya, Maya creía que ese tipo de hombres ya se habían
extinguido. Lo miró a la cara, la tenía alargada y sus mechones negros caían
desordenadamente por ella, de forma atractiva al ser de diversos tamaños,
resbalándole arbitrariamente sobre el cuello. Sus ojos… ¡Dios que ojos! Eran
redondos como los suyos, y del mismo color púrpura, pero por el contrario, eran
más pequeños, con el tamaño exacto para su cara masculina.
Tardó unos
momentos en reaccionar, con un ligero color en sus mejillas. Parecía estúpida.
—No tienes
que disculparte, en serio. Por dios, tanta educación me pone nerviosa.
Ángel,
asintió con la cabeza pero no volvió a sonreír. Maya descubrió que miraba de
reojo a Clara, y meneaba un poco la nariz. ¿Qué demonios hacia? Una suave
caricia en su mano desvió su atención y giró la cabeza hacia su izquierda,
donde Adam esperaba pacientemente a que le llegara su turno.
—Te olvidas
de que sigo aquí, no es muy cortés por tu parte —dijo con tranquilidad, aunque
se podía percibir un toque desaprobatorio.
Maya volvió
a sonrojarse, por dios, aquellos hombres harían que le explotara la cara.
—Perdona,
aunque tampoco tengo porque hacerte más caso a ti que a lo demás, ¿verdad?
—picó, lanzándole una mirada satisfecha—. Además, no te conozco casi nada, lo
mismo que a ellos. ¿O es que quieres que me dedique toda la noche a ti? —preguntó
burlona, sin conocerse en ese momento, ella nunca había sido tan lanzada.
Adam la
observó desde arriba, endureciendo la mandíbula. Maya creyó ver como se
tensaban los músculos de su cuello. Sus ojos púrpuras quedaron allí, en esa
curva perfecta, en esa nuez que se movía bruscamente cada vez que tragaba. El
cuello de la camiseta terminaba en pico, haciéndole una forma demasiado
exquisita.
—Por
supuesto que no, y no deberías preguntarle eso a la gente, es como si los
estuvieras incitando a… ¿Qué haces? —preguntó sorprendido.
Maya pasó un
dedo por aquel cuello, rozando la curvatura de este, bajando delicadamente por
él. Le dejaba una sensación fría en la yema del dedo que contrastaba con el
calor que sus manos desprendían. Estaba demasiado ensimismada en lo que hacía,
no podía escuchar la voz de Adam, ni las de sus otros acompañantes, ella solo
podía ver aquel músculo tenso baso su mano, frotar esa piel.
Adam gruñó
entre dientes cuando sintió la calidez del dedo de Maya, no entendía que pasaba
ni que le había dado a la chica, pero un relámpago de placer se hizo dueño de
sus sentidos, su corazón apresuró su bombeo, normalmente iba mucho más despacio
de lo humanamente posible, pero ahora, ahora parecía haberse vuelto loco. Ella
pasó la uña por su nuez y la presionó, haciendo que él diera un pequeño salto
de la impresión.
—Maya, te
pido que pares en este momento. Si sigues haciendo eso, yo…
—¡No me
toques!
El chillido
hizo que Maya saliera de su estupor, quitando rápidamente la mano y mirando a
Adam como si fuera el mismísimo diablo. A los pocos segundos pudo concentrarse
lo suficiente como para identificar a la persona que había dado el grito.
—¡Clara! —se
volvió con urgencia y examinó a su rubia amiga con la mirada, buscando la
posible causa de su reacción—. ¿Qué ocurre, Clara, porque gritas?
Los demás
también miraban en su dirección, pero Clara lo único que hizo fue retirarse un
poco más de Ángel, como si pudiera infectarla de algo con una simple mirada.
—Solo la he
rozado sin querer en el brazo —intentó disculparse, tan sorprendido como el
resto de esa reacción tan extrema.
—Lo
suficiente, sanguijuela. No quiero que ninguno de ustedes se me acerque, es
asqueroso.
¿Qué
demonios le pasaba a Clara? Ella siempre había sido un poco borde pero aquello
se estaba saliendo de control.
—¡Clara!
—Maya se levantó de un salto, aun sin acercarse a ella, demasiado impactada por
sus crueles palabras—. No entiendo porque actúas así, pero deberías
disculparte, yo nunca te había visto…
De repente,
Ángel agarró a Clara de los brazos y con una fuerza brutal la presionó contra
el asiento. La rubia realmente asqueada, pataleaba y gruñía diversas amenazas e
insultos no actos para los oídos más sensibles. Maya no podía cerrar la boca de
lo sorprendida que estaba, cuando fue a defender a su amiga de lo que fuera que
estuviera sucediendo, Ian pasó por encima de Sara, retirándola del camino con
un brazo y apartó el flequillo rubio de Clara, lanzando un largo silbido de
asombro cuando observó sus ojos.
—Vaya, vaya,
una chica del C.V aquí. Esto jode un poco la cosas… ¿no crees, Adam?
Maya no
parecía saber que hacer o decir, igual que las otras dos. Pero… ¿C.V? ¿Qué
diablos era eso? Por supuesto, eso ya lo averiguaría después, lo primero era
ayudar a Clara… de aquella ridícula situación que no había por dónde cogerla. Antes
de poder acercarse lo suficiente, otra mano la empujó, quitándola del camino,
¡pero qué demonios! Adam, avanzando hacia ellos, separó a sus dos hermanos de Clara
y les echó una mirada bastante amenazante.
—Que sea de
donde quiera. Nosotros no tenemos nada que ver con eso —se giró hacia la chica
con una expresión contrariada—. Lo siento mucho… ¿Clara?, perdona a mis
hermanos. Son un poco… demasiado impulsivos.
Clara se
echó el cabello hacia atrás y se levantó, poniendo distancia entre los tres
hombres y ella.
—Me da igual
lo educado que seas, monstruo —echó mano a Maya y estirando de ella la puso a
su lado—. Nos vamos, no es bueno que estemos junto a estas… estas sanguijuelas
asquerosas.
¿Pero porque
los llamaba así? ¿Qué diablos estaba pasando? ¡Su cabeza iba a explotar!
—Clara, yo
creo… creo que deberíamos…
—¡Tu no
crees nada! —chilló Clara, estirando con más fuerza, haciendo que por fin Maya
se resignara y se pusiera a andar con ella. Después de todo, no le veía
solución a aquella situación.
—¡Maya! —la
voz de Adam la retuvo, como si una cadena estirara de su cuerpo frenándola.
Aquel tono delicado la invadió, evitó con esfuerzo los estirones de su amiga y
giró la cabeza con decisión—. Toma, te dejas esto.
Maya se
deshizo del agarre de Clara para poder alzar las manos y recoger su pequeño
bolso plateado. Se despidió con un gesto de cabeza y comenzó a andar detrás de
la rubia. A sus espaldas y casi pisándoles los talones iban las otras dos chicas,
que habían recogido tanto su chaqueta como el abrigo gris de Clara.
¡Vaya noche!
¡Se había convertido en un auténtico desastre! Miró a Clara para ver si podía
descifrar algo en su expresión. Bueno, que estaba enfadada era algo evidente,
pero ¿por qué? Se supone que ella no conocía a ninguno de esos hombres, al
interesarse previamente por Ángel lo había demostrado, entonces… ¿Qué había
cambiado? ¿Por qué se hablaban como si se conocieran? Pero lo que realmente le
interesaba, era a que se referían con eso del C.V, ¿en qué demonios estaba
metida su amiga? Le venían a la cabeza una y otras vez todos esos moratones con
los que a veces aparecía, ¿tendrían algo que ver con aquel C.V?
Adam las
observó de marchase, su vista fija en Maya, en el nerviosismo que desprendía,
en los descontrolados latidos de su corazón que podía escuchar aun a pesar de
la distancia. Maldita sea… ¿Cómo había ocurrido algo tan poco oportuno? El solo
quería empezar a mantener un ligero contacto con ella, hacerlo más fácil para
lo que tendría que venir.
Ian se sentó
donde había estado Maya, situándose entre sus dos hermanos. No podía dejar de
sonreír, a pesar de la cara preocupada que tenían los otros dos.
—Vaya, vaya,
esa chica rubia tiene demasiada influencia sobre nuestra Maya. ¿No crees, Adam?
—se giró hacia Ángel y le tocó la mejilla enrojecida, la cual había sido
abofeteada cuando dio el primero grito—. Esa puta me pagará el haberte
golpeado.
Ángel negó
con la cabeza, sin cambiar la inexpresividad de su rostro.
—No es nada,
ni siquiera lo sentí.
Aunque Ángel
no dijera más e intentara ocultar sus pensamientos, se podía percibir una
ligera tensión en su cuerpo, la cual mostraba siempre que algo le preocupaba o
bien se enfurecía.
—Más le
vale, porque si no… la próxima vez que la vea, la dejaré seca.
—Basta ya,
Ian. Si Ángel dice que está bien, pues bien está —Adam apretaba un teléfono
móvil en su mano, toqueteando algunos botones y registrándolo—. Nada
importante, no encuentro nada que nos sirva. Si Maya sabe algo de nosotros como
bien quiere hacernos creer Rubí, es muy buena actriz.
Ian deslizó
la cabeza hacia los lados, en una negación rotunda.
—Nuestra
Maya no sabe nada. Aunque la otra está más que informada. Un miembro del C.V,
lo que nos faltaba.
—Pero no
parece una amenaza. —intervino Ángel, calmado—. Es más, parecen tener una
amistad muy estrecha. Esa chica no está esperando que suceda algo para matarla,
más bien parece querer protegerla… de nosotros.
—Hmm… de
nosotros —el móvil seguía bailando en las manos de Adam—. Somos los únicos que
podemos protegerla. No puedo creer que piensen que tienen el suficiente poder
como para luchar contra nosotros. Deberían recordarle a los nuevos miembros
quienes fueron los que crearon el C.V y para qué.
Ian apoyó el
codo en la mesa, sujetándose la mejilla e inclinándose para poder observar la
cara de Adam. Aunque quisiera que sus palabras sonaran bruscas, Ian sabía que
no había maldad en ninguna de ellas.
—No te
entiendo, Adam. No quieres hacerte cargo de Maya, y sin embargo la sigues
cuidado como si te perteneciera —lanzó una de sus burlonas sonrisas—. Escucha
esto, tío. Porque es una realidad. Te has encariñado con ella, y no permitirás
que otra persona se la quede, por mucho que tengas decidido hablar con Esteban
y pedirle que te quite la responsabilidad. Al final esa chiquilla se quedará
contigo, parece que ella también te ha escogido a ti —suspiró pesadamente,
echándose el flequillo rubio hacia atrás—. Y después dices que a Rubí y a mí se
nos ha olvidado que no somos humanos –de repente guardó silencio, pareciendo
entretejer algo en su mente-. Humanidad… es realmente irónico.
Adam hizo
una mueca agria. Soltó el móvil en la mesa y acarició la pantalla hasta que la
luz de esta se apagó.
—No voy a
echarme hacia atrás, la decisión está tomada. Pero no puedo deshacerme de ella
hasta que no llegue Esteban. Así que la seguiré cuidando —arqueó una sonrisa a
desgana—. ¿Humanidad? —bruscamente volvió a coger el móvil y se lo metió en el
bolsillo. Se levantó con una agilidad sorprendente y comenzó a andar hacia la
salida, escuchando como sus hermanos lo seguían a corta distancia—. Humanidad…
eso no existe en la naturaleza de un vampiro —susurró para sí.