CAPÍTULO 4
Entada: xx/xx/xxxx
Es una locura, nunca antes se ha escuchado algo igual en la manada.
¿Cómo es posible? No se puede tener dos almas. Bueno
si, pero… es tan improbable, y si lo consigues, siempre transcurren muchos años
de diferencia.
Pero no puedo negarlo, el escozor en el pecho, el deseo que siento,
todo grita por ese hombre.
Mi ángel oscuro tiene que estar cerca de los límites de la manada.
Puedo olerlo, puedo sentirlo, deseo correr y encontrarme con él. Arrancar la
ventana y saltar a la espesa niebla, buscando un manto de noche, unos rubís y
unos diamantes.
Mi ángel es mucho más hermoso que todo eso… que todo junto.
Lo deseo tanto que… no puedo soportarlo.
El Alfa me está vigilando, si lo descubre, si halla a mi ángel oscuro y
averiguaba nuestra relación… no quiero ni imaginarlo.
Ansío tanto ver a mi ángel…
* * * *
El pasillo era
interminable. Neo ya harto de correr sin saber que demonios ocurría, se agachó
cuando la cola de un enorme lobo pasó por encima, rompiendo la mitad del corredor
superior y dejando que todos los escombros cayeran sobre él. Dio un largo
salto, en su primera fase. Sus orejas y cola asomaron, igual que las afiladas
uñas y pupila.
Él que estaba durmiendo
tan ricamente y lo atacaban. Si hubieran esperado dos horas más ahora estaría
como una rosa. ¿Por qué tendría todo el mundo que despertarse tan temprano?
Bueno, mirando la oscuridad del exterior, se diría que era casi de noche. Vale
fallo suyo, pero podrían haberlo debajo entonces para mañana, maldición.
—Alfa —escuchó una voz a sus espaldas.
Venía desde un pequeño
cubículo escondido entre dos habitaciones. Neo se acercó, olisqueando para
averiguar quién era.
—¿Beta? —preguntó,
no lo reconoció solo por el aroma, si no también por el filo de aquella larga
capa que solía llevar y que ahora se había dejado un poco fuera—. Sin duda, la
infiltración y la pelea no es lo tuyo —se
burló.
—Soy un erudito, ya lo sabes. Prefiero quedarme al margen y pensar. Así
los mozos de cuadra pueden darme tiempo mientras pienso en una estrategia.
Neo arrugó el ceño.
¿Mozos de cuadra? ¿Qué quería decir con eso? Mejor ni lo preguntaba, seguro que
terminaba aun más enfadado.
Sintió un estirón e
Izan lo metió con él en la abertura.
—No sabía que te sintieras así, Beta —bromeó
al quedar totalmente pegado al otro hombre—. Pero lo siento, con un amante masculino en la
vida me basta y me sobra —y se rió,
como si a pocos metros de él no se estuviera liando la mundial.
El consejero se llevó
una mano a la cabeza, harto de aquel amigo suyo tan idiota. Suspiró, echando
hacia atrás los pequeños pelitos que se habían salido de su alta coleta.
—Son la manada del Norte y el Oeste. Seguramente la petición de asilo solo
era una mera distracción. Mientras nosotros pensábamos que hacer, estaríamos
seguros de que no atacarían. Así que…
—Nos engañaron. Porque si de verdad existiera algún problema entre las dos
manadas, no estarían solo un día después luchando juntas y atacándonos a
nosotros, ¿cierto?
Izan se sorprendió.
Incrédulo de que hubiera llegado a esa suposición solo. Después de todo no era
tan idiota. Se rió.
—Eso es, era un complot. Se han unido las dos manadas más fuertes después
de la nuestra y no creo que quieran una batallita amigable.
Neo chasqueó los
dientes, pensativo.
—No nos duraran mucho. Aunque no luche. Tampoco creo que tiren todo su
potencial hoy. Aprovecharan los daños e irán atacando una y otra vez, hasta que
las filas estén lo suficientemente dañadas como para cargar contra la villa.
—Eso pienso yo. ¿Para que me quieres a mí si tú lo averiguas solo? —bromeó el Beta.
Neo no pudo evitar
echar unas risitas.
—No te olvides que soy el protagonista de la novela.
El ruido de los
destrozos los asaltó de nuevo, acallando cualquier comentario que Izan fuera
hacer. Neo decidió salir de aquel cubículo, con tan mala suerte que chocó con
alguien, haciendo que la otra persona, por supuesto, cayera al suelo.
Dayira alzó la vista,
tenía los ojos inundados en lágrimas. A Neo se le paró el corazón. La chica
corrió hacia él, agarrándose a su cintura y hundiendo la cabeza. Pero, no… no
lloraba desconsolada como una niña cualquiera, ella estaba maldiciendo a todos
los muertos de aquellos bastardos.
—Hijos de su madre… —gruñó, enrabietada y con su larga cola rojiza agitándose
violentamente, estaba en la primera fase.
—¿Dayira? —preguntó Neo, mirándola por todos lados para ver si tenía alguna herida
grave. Estaba visiblemente bien.
—¡Aquellos bastardos nos atacaron! —aulló furiosa—. Estaba tranquilamente con nana, en el bosque,
intentando encontrar algunas hierbas que me sirvieran, cuando de repente, dos
enormes lobos se lanzaron contra nosotras… ella… ella…
El corazón del Alfa se
aceleró. Nana, su nana y la de Dayira. Esa mujer mayor y agradable que los
había criado desde pequeños. Esa anciana que tanto amaba. No podía ser…
—No, ella no puede…
—Esta muerta —lloriqueó bruscamente Dayira,
mordiéndose el labio. Su frustración creció por la negación de Neo—. ¡Estoy diciendo
que está muerta!
—¡Mierda! —fue la única respuesta de Neo al grito de su amiga. La separó de sí y se
quedó pensativo. Esto merecía una venganza, una cruel venganza, y la tendría.
De repente volvió a mirar el cielo, era de noche, entonces…—. ¿Dijiste que
estabas en el bosque? —preguntó
apresuradamente.
Dayira asintió,
agarrándole con fuerza la mano.
—Es por eso que he venido tan rápido. Si tu vampiro acudió a la cita,
ahora mismo podría estar muerto.
Los ojos del Alfa ardieron.
Eran vivas llamas azules. Su expresión tan terrorífica, que hasta Izan y Dayira se alejaron
de él.
Neo apretó un puño.
—Si le hacen algo a mi nene —soltó una
maliciosa risita—, No quedará ni uno de pie.
Y dicho esto, salió
corriendo, como alma que lleva el diablo. Ambos presentes se quedaron
estupefactos.
—¿Nene? —preguntó
horrorizado Izan.
Dayira, quitándose las
lágrimas, sonrió de una forma un tanto triste.
—Así es que como lo llama. No ve eso de decirle vampiro, y decir su nombre
le causa reparo. Así que…—se llevó una mano a
la frente, volviendo a su estado frustrado—. Espero que no vuelva a pasar lo mismo que
hace trece años.
Izan la miró de reojo,
apretando los labios.
—No lo creo. El Beta de aquel tiempo y el Alfa que tenemos ahora son muy
distintos. Pueden tener la misma sangre pero… son diferentes.
—Pues yo no lo veo así. Y ya lo verificarás con tus propios ojos. No hay
hombre más posesivo que Neo. Te lo aseguro. Todo… —Dayira se sorbió la nariz, suspirando—. …todo está por
empezar, en este mismo momento.
* * * *
Raven se echó contra el
árbol, nervioso. Daba igual su posición en el bosque, seguramente su olor, tan
cerca de la manada de los lobos, sería fácilmente detectable.
Sin embargo… ¿Por qué
diablos no había llegado ya? No es que estuviera ansioso ni nada por el estilo.
Pero, se suponía que Golden era el más interesado en esta unión y ahora lo
dejaba esperando como si fuera un cualquiera.
Eso le molestó y mucho.
—¡Maldito chucho! —carraspeó irritado.
Instantes después, varios
movimientos a unos metros le llamaron la atención. No eran pisadas, eran
zarpazos. ¿Venía su Alfa transformado en lobo? Nunca había visto ninguno en la
segunda fase, así que le causaba curiosidad.
No, después de olfatear
bien estaba claro que no. Ese lobo o de lo que se tratase no era Neo.
Se retractó un poco de
su posición, pegando todo lo que podía la espalda contra la corteza. Delante de
él, aparecieron dos enormes lobos. Tan grandes que la parte superior de sus lomos
llegaban justo sobre la frente del vampiro. Las patas de aquellos seres tenían
la misma estatura que él. Un metro setenta y pico.
No pudo evitar sentir
cierto temor. ¿Los mandaba el Alfa?
No, se contestó de
nuevo. Por el contoneo de los lobos delante de él, por el paseo intimidatorio
mientras le enseñaban las fauces, estaba claro que no.
—¿Qué hace un vampiro por aquí? —se escuchó.
Raven los observó
atentamente. Aquellos lobos no habían abierto la boca, es más, era imposible
que ellos pudieran articular esas palabras. Pero habían resonado en su cabeza,
como si alguien a su lado las estuviera pronunciando. Así que… ¿Se comunicaban
de esa forma? ¿Mentalmente?
—Estoy esperando a alguien —acotó. Ni
siquiera sabía si todos los lobos de aquella zona estaban al mando de Neo.
—Hermoso —dijo el lobo blanco. Un
tanto más grande que el otro.
Raven encogió el ceño
ante aquel susurro. Por que así es como lo escuchó en su cabeza. No le hacía
mucha gracia que otro lobo pensara eso. Aunque tampoco estaba seguro de si era
un lobo o una loba. Lo único que tenía claro, es que debía estar atento.
Aquel lobo era
realmente atrayente. Su melena parecía suave y al ser complemente blanco le
daba un aspecto de estar nevado. Sin duda, era imponente. Desprendía poder por
cada poro su piel.
El lobo se acercó y Raven
intentó tirar de nuevo hacia atrás, pero el árbol ya no le dejaba. Se quedó
quieto, casi sintiendo el aliento de aquella enorme boca sobre él, el vaho que
dejaba escapar por ella, los enormes puñales que tenía por dientes. Tragó
saliva, asustado interiormente, pero con una pose totalmente tranquila en el
exterior.
Le devolvió la mirada,
clavando sus afilados ojos negros en los púrpura que lo contemplaban.
—¿Deberíamos matarlo? —gruñó el otro, adelantándose un poco.
El vampiro no dijo
nada, optó por esperar la reacción del lobo blanco.
—Sería un desperdicio. Nunca me han gustado los vampiros, pero este es…
sexy.
De nuevo esa palabra.
Al próximo que le llamara sexy le retorcería el pescuezo. Raven miró con odio
al lobo marrón, centrándose en esos pequeños ojillos almendrados. Escuchó un
gruñido de advertencia por su parte.
—Déjame demostrarte que este asqueroso vampiro no es digno de tu interés.
La risa del lobo blanco
llegó hasta la mente de Raven, resultándole crispante. Pero no más que su
gesto. Agachó la cabeza y se retiró de él, dejando paso al otro lobo. Vale, eso
era un permiso. Seguramente el de melena clara sería un jefe o algo así.
Pero ese permiso no le
beneficiaba mucho. Casi hubiera preferido que siguiera pensando que era sexy.
Si tanto miedo les tenía sus padres, eso quería decir que él solo no podría
hacer nada contra ellos. O puede que con uno…
Se encogió un poco,
agazapándose y dejando que sus uñas crecieran. Unos enormes y mortales
colmillos se mostraron tras sus labios tirantes, y su mirada, completamente
carmesí, se clavó en el lobo que lo amenazaba.
Raven lo escuchó sisear
nervioso para su satisfacción. Así que, de cierta forma le había incomodado.
Era buena señal.
Antes de poder
esquivarlo tenía al lobo sobre él, intentando agarrarlo con los dientes. Raven
saltó, dándole un zarpazo en toda la cara y dejando que la sangre le cayera
sobre el ojo. Dio una vuelta sobre sí en el aire y le propinó una patada en el
hocico, distanciándolo unos metros de él.
—No creas que un cordero no puede dar coses —le escupió.
El lobo lo miró con
odio. No podía creer que un simple vampiro hubiera estado a punto de sacarle un
ojo con tanta facilidad. Y no solo eso, si no que lo estaba humillando delante
de… de…
Un aullido terrorífico
se dejó escuchar, poniendo a Raven alerta. Ahí venía de nuevo. Volvió a
intentar morderle y el vampiro, adivinando su movimiento saltó como antes,
intentando golpearle. La enorme pata delantera del lobo se lanzó contra él,
dejándolo clavado dolorosamente en el árbol.
Raven intentó moverse
pero aquella zarpa lo tenía inmovilizado. Bien, ahora sí estaba algo asustado.
Le gruñó, enseñándole los comillos y clavándoselos con fuerza en uno de los enormes
dedos. La sangre salió a borbotones, mientras Raven agarraba la zarpa y la
lanzaba junto con el lobo al suelo, dolorosamente.
Había faltado muy poco.
—No creas que eso es suficiente para dejarme K.O.
Y antes de que se diera
cuenta, aquel lobo lo había cogido por el brazo, mordiéndole con fuerza y
tirándolo hacia arriba. Estaba completamente atrapado. Chilló de dolor, tan
agudamente que los lobos bajaron las orejas, molestos.
Lo estaba balanceando
violentamente entre sus fauces. Por primera vez en su vida se sintió
vulnerable. ¿Cómo podría ser de poderoso un lobo? Ahora comprendía el terror de
sus padres.
Con toda su furia, le
clavó las uñas de su mano libre en la cara, ahora sí, arrasando con el ojo que
antes casi le arranca.
Tras un aullido de dolor
consiguió que lo soltara, salió disparado y Raven cerró los ojos, esperando
estrellarse contra algo y partirse algunos huesos. Nunca ocurrió.
Cuando se dio cuenta
estaba siendo cogido por otro lobo, agarrándolo por la camisa sin hacerle
ningún daño y colocándolo de pie en el suelo. Se volvió con el corazón en un
puño. Incomprensiblemente nervioso.
Se quedó con la boca abierta
ante lo que vio. Aquello era impresionante. Comparado con los otros dos lobos,
era sin duda increíble. Este licántropo tenía el pelaje dorado, de un tono
brillante y despidiendo brillos anaranjados. Tenía un aura de combate tal, que
compaginada con aquel color de pelo, sin duda, lo hacía parecer arder. No, lo
estaba. Pero lo más terrorífico no era eso, era por lo menos medio metro más
grande, y sus ojos, de un tono ámbar brillante parecían completamente
enrabietados.
Se le cortó la
respiración, sin duda se hubiera echado a correr si su corazón no le dijera
quién era en realidad aquel lobo. Ahora lo entendía, ahora comprendía porque le
decían Golden. Aun siendo un lobo, era dorado y parecía arder, sin contar con
aquella pupila rasgada, parecida más a la de un felino.
Era un lobo hermoso,
millones de veces más hermoso e impresionante que el blanco.
—Alfa de la manada del Norte —gruñó Neo,
colocándose completamente delante de Raven—, no sabes con quién te estás metiendo —el vampiro se agachó un poco. Ahora gracias al alivio de la
presencia de Neo y empezando a notar el profundo dolor que punzaba en su
sangriento brazo. El lobo dorado al mirarlo, aulló enfebrecido—. Pagarás por
hacerle eso a mi vampiro. Y por atacar a mí manada.
El lobo blanco miró a
Golden unos segundos. Finalmente se echó hacia atrás. Ni siquiera compartió
palabras, a sabiendas que estar con un solo soldado frente al Alfa de la manada
del Este era un simple suicidio.
Con un chasquido de
dientes ambos lobos salieron corriendo, dejando que sus zarpazos se escucharan
por todo el bosque. Corrían con una desesperación evidente.
Neo escupió a un lado,
volviéndose hacia Raven. Levantó una zarpa, bajándola después al darse cuenta
de la fase en la que encontraba. Disolvió la transformación.
—Lo siento —susurró acercándose al
vampiro y tocando superficialmente su hombro—.
Debe dolerte como mil demonios.
Raven arrugó la cara
por la quemazón, pero de momento volvió a su porte serio.
—¿Porqué diablos tardaste tanto? —le recriminó, mirándolo con odio—. Tú eres el que te
vas a quedar inservible, maldición.
Neo sonrió
abiertamente, agarrándolo por la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—¿Así es como tratas a la persona que ha perdido el culo corriendo para
venir a salvarte?
—Si no hubieras corrido tanto, también hubieras perdido la polla —le contestó, bueno perder, perder… por lo menos si él
muriera no le funcionaría, claro está.
Neo le sujetó con más
fuerza, riéndose ahora.
—Si tú hubieras muerto a manos que no fueran mías, yo conseguiría otro
compañero, aunque tardara años en encontrarlo. Así que… ahora que lo pienso,
podría haber venido un poco más despacio.
—¿Es eso cierto? —preguntó Raven confuso—. Si yo muero tú puedes conseguir otra pareja —se afirmó él solo. Enfadándose sin comprenderlo.
El Alfa bostezó, aun
tenía sueño. Por fin le soltó la barbilla.
—Algo así. A menos que fuera yo quién te matara. Entonces si me quedaría solo
para toda la vida.
El vampiro hizo un
ruidito indiferente con la boca. Le dio la espalda y comenzó a caminar, ya
estaba todo hecho, ahora se iría a su casa y esperaría noticias nuevas.
Maldición, estaba completamente irritado y sin saber por qué.
Unas manos pasaron
alrededor de su cintura, paralizándolo en el lugar. La respiración caliente de
Neo en el cogote le hizo alterarse, poniéndolo nervioso.
—¿Qué? —dijo
simplemente, aun con aquel duro y fuerte pecho pegado a su espalda.
Podía sentir la
desnudez del lobo presionada contra su cuerpo. Su pecho, su ingle, sus piernas,
la calidez de sus brazos. Raven estirazó los labios en una mueca contenida.
—¿Eso es un sí? —susurró con calidez, rozándole con los labios la oreja.
Raven maldijo a ese lobo
por ser tan asquerosamente encantador.
—Solo hay un camino. Intentaré sacarle todo el provecho posible. Solo te
pongo una condición.
—Dime.
—Si me ca… —tosió un poco, avergonzado pero serio—, si me caso contigo,
quiero que la vigilancia de mi clan quede bajo mi mando. Yo me encargaré de
mantenerlos seguros y que ninguno se desvíe.
Neo se quedó pensativo.
Aquello no es que le importara mucho, pero…
—Eso solo será posible cuando termine el mandato de Nel —respondió con total
pasividad—. Pero después, tendrás que aterrorizar y ganarte el respeto del siguiente
jefe del clan. Tiene un hijo al que cuida mucho. Me gustaría conocerlo y darle
un par de bocados —bromeó, de esa misma
forma había amenazado al actual jefe.
Raven se mordió el
labio ante la risa que escuchaba a sus espaldas. Si no tuviera tal control
sobre sí mismo, se hubiera vuelto y liados a puñetazos con ese maldito Alfa. Le
ponía de los nervios. Después de unos años viviendo con él terminaría calvo por
el estrés.
—Ya le conoces y le has dado más que un par de bocados.
Neo confuso encogió la
frente, separándose un poco de aquel cuerpo para que Raven se diera la vuelta y
lo encarara.
—Creo que me he perdido —dijo Neo,
mirándolo con la duda plasmada en la cara.
Raven suspiró. Que él
estuviera perdido no era algo nuevo.
—Yo soy el hijo del jefe.
Vale, ahora solo
quedaba que Neo reaccionara a esa noticia. Pero éste simplemente lo miraba, con
una seriedad que no era muy propia de él. El lobo dio unos pasos hacia delante,
alzando la mano y posándola en su mejilla. Parecía pensativo.
—Así qué… ¿así andan las cosas, eh? —lanzó un suspiro y volvió a retirarse—. Da igual, un
problema menos.
Raven aun no estaba muy
confiado y menos con Neo tomándoselo todo con tanta parsimonia. Antes de darse
cuenta sus ojos ya se habían desviado hacia el cuerpo de su ahora prometido. Tuvo un escalofrío. No sabía si era por la marca que llevaba en el cuello, o
por el simple recuerdo de lo acontecido con anterioridad, el caso es que aquel
tío estaba realmente bueno.
Tosió de nuevo, ahora
con un leve sonrojo en las mejillas.
—Tengo que volver y curarme este brazo. Entonces, nos —las siguientes palabras murieron en su boca cuando su
cuerpo se elevó, siendo cogido en brazos por Neo—. Pero… ¿Qué diablos? ¡Suéltame!
—gruñó.
¡Era humillante! ¡Ser
cogido así en brazos por el lobo era completamente humillante! Pataleó un poco,
se revolvió entre el fuerte agarre y gimió de dolor cuando su brazo quedó algo
retorcido.
—Estate quieto, idiota —se quejó Neo,
sujetándolo mejor y apretándolo contra su pecho. Para su asombro le costaba
mantenerlo así—. ¿Que leches tienes en el estómago para pesar tanto? ¿Piedras?
Raven frunció el ceño,
golpeándole con el puño. No lo suficientemente fuerte como para hacerle daño
pero si para dejarle ver su indignación.
—Soy un vampiro… ¡Y un hombre! Por supuesto que peso, imbécil —masculló algo por lo bajo, no muy agradable—. De todas formas,
¡¿a dónde demonios me llevas?! —le
espetó, con agresividad pero en un tono grave.
Neo simplemente se
encogió de hombros con una de esas sonrisitas suyas que le crispaban los
nervios a cualquiera.
—A mi casa, por supuesto. Dayira podrá curarte mucho antes que en esa
mansión tuya.
—Bájame —le
ordenó el vampiro, completamente serio.
El Alfa arrugó la cara,
su mirada le decía a Raven que estaba comenzando a enfadarse.
—Mira, solo te lo diré una vez. Te vas a casar conmigo, vas a vivir
conmigo, vas a hacer lo que yo diga. Y esta noche vamos a firmar de una vez el
contrato cuando Dayira te arregle el brazo.
Raven se le quedó
observando completamente estupefacto. ¿Cómo se atrevía a hablarse con esa falta
de respeto? Apretó la mandíbula y giró la cara hacia otro lado, ofendido.
—Di lo que quieras. Sobre mí no manda nadie. Haré lo que me de la gana.
Sí, pero no se movió.
Se quedó en sus brazos, dejando que lo llevara hacia la villa de la manada del
Este. Neo aprovechó que no lo veía para sonreír. Así rebelde, le gustaba mucho
más.
—Esta noche me suplicarás —soltó burlón.
Raven se tensó,
volviéndose rápidamente hacia el lobo. ¿Cómo? ¿Esta noche? Si no se perdía, estaba
hablando claramente de…
—Se suponía que era mi turno —comentó con
una ceja alzada.
Neo ahora sí, rió
abiertamente.
—Lo siento, pero el contrato solo se cerrará si el macho está encima.
Antes de poder
resistirse, Raven le pegó un puñetazo en la cara. Neo se lamió el hilito de
sangre que cayó de su labio, para nada parecía enfadado. Más bien, excitado.
—Si no te olvidas, yo también soy un hombre, imbécil.
—Pero no un macho licántropo. Que es de lo que se trata.
Raven abrió la boca
para contestar, terminó cerrándola y girando la cabeza. Vale, había metido la
pata. Pero la culpa la tenía ese estúpido Alfa por no aclarar las cosas. De
reojo observó la raja del labio, y apretó de nuevo la mandíbula.
—Es tu culpa —farfulló
a modo de disculpa.
Neo se sorprendió un
poco y terminó sonriéndole. Lo alzó más contra él, hasta que su cara quedó
delante de la suya y le dio un leve beso en las comisuras de los labios.
Lanzó un pequeño
quejido.
—Ahora me duele la boca —se rió.
Raven no dijo nada. Se
mantuvo callado hasta que llegaron a la entrada de un pequeño… ¿cortijo? ¿Qué
era eso? Se veía como un edificio largo y grande. Donde parecía haber muchas
residencias. Por lo que él podía deducir por lo menos treinta.
Neo lo bajó con
cuidado. Yendo hacia un lado de los portones y cogiendo unas prendas que
estaban atadas a él. Empezó a colocárselas. Parecía que ya estaba bastante
acostumbrado a ello.
Se giró para no verlo.
Tenía que reconocer que su vista trasera era realmente un espectáculo, aun así
no tenía ganas de terminar el día aguantando algo duro y doloroso por varias
horas.
A pesar de estar de
espaldas, todo aquel ruido que se escuchaba le dejó claro que allí dentro aun
había una pequeña escaramuza por zanjar. Se puso un poco nervioso. Lo último
que quería era tener que vérselas de nuevo con aquellos lobos enormes. Aunque…
miró a Neo, ahora lo tenía a él, así que suponía que no le ocurriría nada.
Rápidamente se
recriminó por ese pensamiento. ¿Estaba loco? ¿Y su orgullo? ¡No podía depender
de nadie y menos de él! Se golpeó la frente con la palma de su mano. Se estaba
volviendo demasiado patético. Se creía tan fuerte que ver el poder superior de
aquel lobo lo estaba convirtiendo en un completo imbécil.
Mirando hacia delante
vio algo moverse entre unos escombros. Pronto un llanto se hizo audible. Su
cuerpo reaccionó solo, ni siquiera avisó a Neo, simplemente atravesó como un
rayo las puertas y empujó a la pequeña.
La dejó atrapada entre
dos grandes pedazos de cemento y se colocó frente a ella. Un lobo de color
chocolate, estirazó sus fauces en lo que se suponía que era una sonrisa. Raven
lanzó un silbido amenazante, mirándole ahora con unos afilados ojos carmesí.
Varios lobos que aun
luchaban a su alrededor se volvieron al escuchar ese sonido tan poco frecuente.
Y cuando el lobo chocolate se lanzó contra él, Raven levantó las manos,
agarrándose a su cara y aplastándola con todas sus fuerzas. Esquivó el mordisco
y le golpeó la quijada, levantando al lobo unos metros más arriba. El pecho de este
quedó frente a él y Raven le clavó el brazo, metiéndolo profundamente en aquel
caliente cuerpo y destrozando con sus uñas el enorme corazón.
No tardó ni dos
minutos. El lobo cayó muerto al suelo.
Cuando se pudo dar
cuenta, ya no había mas peleas. Los pocos lobos que quedaban lo miraban completamente
asombrados. Él terminó cayendo al suelo de rodillas, observando con sumo asco
la sangre que quedaba en su mano derecha.
La niña, para su
sorpresa, se abalanzó sobre él, sujetándose firmemente a su cuello en un abrazo.
De repente, en lo único
que pensaba era en poder esconder sus dientes, aunque claro, no era muy difícil
saber que era después de la forma en la que había acabado con aquel lobo
.
Aun así, la pequeña no
parecía tenerle ningún miedo. Sus dos moños se balancearon cuando agitó su
carita hacia ambos lados de su mejilla para besarlo, después sonrió.
—¡Gracias, señor vampiro!
¿Señor? ¿Qué pasaba con
aquella niña? Seguramente, Neo ya había comunicado a su manada quién era su
compañero. Vaya, por lo menos aceleraba las cosas. No había perdido el tiempo.
—¡Raven! —gritó
Neo, llegando a su lado y quitándole a la niña de encima—. ¿Estás bien? —el vampiro se impresionó
ante la voz preocupada. Después el Alfa se volvió hacia la pequeña—. ¡Ilian! —gritó—. ¿Qué diablos hacías aquí fuera?
La chiquilla empezó a
sollozar, agarrándose a los pantalones de Raven como si él pudiera hacer algo
para evitar aquella regañina. De todas formas, Neo llevaba razón.
—Yo, estaba buscando a Noel, no lo encontraba por ningún lado y…
—¡Ilian! —una
mujer totalmente pálida, agarró a la niña y la abrazó contra sí—. ¡No puedes
asustarme así! —regañó, ambas llorando—. Gracias, Alfa, no
sabes lo que-
—No fue él.
Ahora Raven se fijó en
otro hombre más que apareció en escena. Era alto, con un cabello grisáceo y una
sonrisa un tanto boba. Llevaba un parche en el ojo.
—Ese vampiro la salvó. Se colocó frente a ella, la protegió y después se
las arregló con una facilidad admirable para matar a ese licántropo —inclinó un poco la cabeza, ahora serio—. Tienes tantos los
respetos de mis filas como los míos.
No hacía falta aclarar,
que Raven no sabía de qué diablos le hablaba. Recibió de nuevo el
agradecimiento de la madre, pero está no se acercó como la hija. Seguramente
aun le costaba un poco aceptarlo. Era normal.
—Bueno, bueno. Entonces ya que están aquí todos los oficiales y demás,
aprovecho para presentároslo —y con toda la
familiaridad del mundo, Neo se apoyó en hombro del vampiro—. Este es mi nen…
—se rió circunstancialmente ante la ojeada tétrica
que le había echado Raven—, esta es la persona que comparte mi marca de
emparejamiento —se corrigió. Ninguno de
los presentes pareció sorprendido, verificando así la conclusión de Raven de
que ya estaban enterados—. Se llama Raven y… es el próximo jefe del clan
Shadow.
Ahora si que todos pusieron
una mueca extrañada, hasta alguno lo miraba con cierta hostilidad.
—Eso podrías habértelo ahorrado —susurró Raven,
casi sin mover la boca.
Neo simplemente le
sonrió, con total confianza. Se adelantó un poco y le dio unas palmas en la
espalda a un joven que estaba frente a ellos.
—Él es Eric, mi mejor amigo. La chica que me acompañaba el otro día era Dayira,
mi amiga de la infancia. Ahora… —se acercó a un chico un poco más alto que él. Castaño
oscuro, con una coleta alta y ojos escrutadores—, este es mi Beta. Elegido por nacimiento como
el erudito de la manada. Vulgarmente se podría decir que es mi consejero.
—Aunque nunca me hace caso —agregó el
aludido para fastidio del Alfa—. Me llamo Izan —aportó por si mismo, mientras seguía escudriñándolo con la mirada,
comenzando a poner nervioso a Raven.
Neo siguió hasta aquel
hombre alto y con el cabello gris que le había hablado antes.
—Este con cara de pervertido —el pobre hombre sonrió como pudo—, es Taix. Mi Omega,
es decir, el jefe de mis filas de combate. O más bien de defensa, pero bueno…
ese es otro asunto.
Raven asintió, en forma
de saludo. Pero no dijo nada más. ¿Si ofrecía un –encantado- no sería hipócrita
de su parte? Le daba igual si quedaba como un maleducado.
—Esto, no es por nada Neo pero… —el vampiro se tambaleó un poco. La pérdida de sangre lo
estaba mareando—. Si no me… el brazo… yo…
Neo tuvo el tiempo
justo de cogerlo antes de que cayera de bruces. Lo sujetó contra sí y gritó:
—¡Llamad a Dayira!
* * * *
Dayira cruzó el pasillo
oscuro, iluminado escasamente con varias velas que colgaban de las paredes.
Giró dos veces y se paró frente a una pequeña puerta.
Respiró hondo antes de
golpear un par de veces. Después de un suave asentimiento desde el interior, se
adentró y la cerró tras de sí.
—¿Cómo está el vampiro? —preguntó Izan.
Estaba sentado en una
mesa de madera un tanto vieja. Manejaba un par de mapas y un pequeño libro, muy
viejo, que se encontraba ante él. Se acercó un poco más la vela que tenía sobre
la mesa, para que iluminara mejor el papel.
—Solo ha perdido un poco de sangre. Una vez que lo he curado, solo
necesita descansar y cuando despierte beber un poco. Seguramente, Neo se
encargue de ello.
—Es su responsabilidad, después de todo.
—Eso es. —Dayira se acercó hasta colocarse
detrás del hombre—. Beta, eso es… el diario del…
—¿Del anterior Beta? Sí —aclaró, pasando
unas cuantas páginas, buscando algo—. Lo he estado leyendo desde el mismo día en el
que te comenté lo extraño que me pareció. No solo está escrita su vida, si no
que también, hay unas cuantas profecías y demás...
La chica se colocó el
cabello rojo detrás de la oreja y se asomó sobre el hombro del consejero.
—Parece favorable que todos los Betas puedan ver el futuro.
Izan carraspeó la
garganta.
—Para lo que le sirvió… —ironizó, llegando a la parte que quería—. Aquí cuenta como
sucedió su muerte. Es decir que ya la había visto.
Optando al final por
sentarse. Dayira arrastró una silla cerca de su confidente y leyó por encima
esas páginas.
—Si lo sabía… ¿Por qué no lo evitó?
—No lo sé —un encogimiento de hombros
acompañó la frase—. Puede que también viera lo que ocurriría si llegara a evitarlo y decidió
entre ambos caminos por el que le había deparado el destino.
Dayira encogió la cara,
sonriendo.
Izan pasó de ella,
volviendo a buscar en el libro. Llegó a una página que tenía el texto subrayado
de rojo. Colocó un dedo sobre la primera palabra, siguiendo la línea mediante
leía.
—Escucha esto —ordenó—. Cuando el sol
caiga y la noche se alce entre las tinieblas, un lobo de oro morirá,
arrastrando a la soledad a un ser oscuro. Cuando el trueno suene, un ser
carmesí aullará por el trono. Terminará el equilibrio tal y como lo conocemos y
dos nuevas líneas se crearan en el horizonte.
Dayira se quedó con la
boca abierta.
—¿Qué se supone que significa eso? Es horrible.
El Beta volvió a
encogerse de hombros.
—Tampoco lo sé. Pero suena realmente problemático —se pasó una mano por la barbilla, pensativo—. Aun así, no
sabemos si es realmente malo.
La chica se inclinó,
leyendo de nuevo la primera línea.
—Un lobo de oro… —se mordió el labio inferior—.
Solo hay un lobo dorado que conozcamos…
y ese es Neo.
Izan asintió.
—Que conozcamos en esta generación. Tampoco sabemos si más adelante habrá
otros igual a él.
Dayira lo comprendió.
Aun así no creía que las tuviera todas consigo. Más bien lo tomaría como un
consuelo para no ponerse nerviosa.
—Y… —se
replanteó—, ese ser carmesí que aullará por el trono… —puso cara de consternación, no sabía a que diablos se refería
con eso de aullar—. ¿Crees que puede referirse a él?
—Puede ser. Definitivamente el derecho es suyo. Pero dudo que vuelva,
desde esa noche en la que se marchó, bastante tuvo con cargar con la pena.
Tampoco lo veo como alguien vengativo. Y… no —terminó
por decir—. No creo que sea él.
Vaya, eso complicaba
las cosas. La loba ya no sabía a quién más tener en mente. Ni siquiera aclaraba
si un ser, como la profecía los llamaba, se refería a un vampiro.
—Lo único que nos queda… —suspiró Dayira—, es esperar acontecimientos. Veamos como se desarrolla
todo esto. Por lo pronto… —pasó las manos por encima del libro—, lo mejor será
esconder este diario.
Izan puso un papelito por
donde iba leyéndolo y levantó dudoso una ceja hacia la chica.
—Tú conoces mejor a Neo que nadie. Así que eres la más indicada para
preguntarle esto. ¿Debería enseñarle este diario al Alfa? —volvió a mirarlo y cerró
los ojos unos instantes—. Después de todo, es el diario de su padre.
—No creo que fuera buena idea —se quejó Dayira—. Entiendo que para
él sería muy importante saber la verdad tras la muerte de su padre. Y aunque
ahí venga todo bien explicado, nunca olvides quién fue el que lo asesinó. ¿Cómo
crees que resultaría la convivencia con su actual compañero?
El Beta asintió,
rascándose la nuca.
—Entiendo lo que quieres decir, pero él debería comprenderlo. Me refiero a
que está viviendo una experiencia parecida. Puede que llegara a…
—¿Y el vampiro? —preguntó Dayira—. ¿Cuál crees que sería la forma en la que se
lo tomaría él? Es demasiado arriesgado. Dejemos que todo siga su curso. Creo
que cuando llegue el momento nosotros lo sabremos.
Izan puso una larga
mueca de fastidio.
—Aquí todos queréis quitarme mi trabajo, maldición —se quejó, de forma pesada.
La chica se echó a
reír. Por supuesto que no llevaba razón. Todo iba bien por su buena
supervisión. Él había encontrado el diario y lo estaba investigando. También
controlaba las salidas, las estrategias de supervivencia, toda la defensa de la
manada estaba a su cargo. Se quejaba por quejarse y eso era algo que a ella le
hacía mucha gracia.
—Bueno, si ya está todo hablado, voy a ver como anda el enfermo.
Izan miró su reloj,
casi cubierto por la larga manga de su capa blanca.
—También es hora de comer.
—Si, le subiré algo a Neo. No creo que quiera separarse del vampiro por el
momento.
El Beta la miró por
unos segundos, replanteándose cierta idea. Todavía quedaban días de plazo antes
de que la marca desapareciera, aunque no creía que el Alfa no aguantara más.
Era hora de que él se entrometiera.
—Haz que baje a comer. Yo me quedaré con el vampiro. Quiero comentarle
algo, por supuesto, a espalda de nuestro Alfa.
Dayira lo miró
fijamente, intentando averiguar que tramaba, pero la cara de Izan seguía inexpresiva,
así que terminó resignándose.
—Bien, se lo diré. Me marcho.
Y con el asentimiento
de Izan, Dayira salió y se dispuso a deshacer el recorrido que la había llevado
hasta allí. No entendía la manía que tenía el Beta de vivir en esa especie de
bodega. Siempre decía que había un silencio delicioso, algo por lo que él
mataría por tener más de dos horas seguidas al día. Le pareció gracioso en un
principio, pero ya estaba harta de tener que bajar esos pasillos fríos y
húmedos.
Subió ahora varias
escaleras y entró en la segunda planta de pisos. El último y más grande era sin
duda el del Alfa. Sacó la llave de su bolsillo, que tenía desde hacia ya
muchísimos años, y pasó con total tranquilidad.
Escuchando algunas
voces cruzó varias habitaciones hasta llegar al dormitorio. Entró, llevándose
una sorpresa al ver allí a Eric y Aisha, acompañando a Neo.
—Ya me imaginaba que no estarías solo —sonrió
Dayira.
Neo bostezó, sentado en
la cama. Se restregó los ojos y miró soñolientamente a su amiga. Ya era más de
media madrugada y él era de los que dormían mucho. Estaba deseando que Raven
despertara para no sentirse mal por meterse en su propia cama. Sabía que era
una estupidez, pero también había otro asunto pendiente que quería solucionar
antes.
—Yo solo vine a comentarle algo sobre el ataque a Neo, pensaba hacerlo
mañana pero Aisha se empeñó en que quería ver al vampiro y aquí estamos.
Aisha se sonrojó.
Agachó la cara y se acomodó mejor en la silla. A lo mejor creía que si se hacía
un ovillo desaparecía de la habitación.
—L-lo siento. No pude aguantar la curiosidad.
Dayira se rió.
—Te entiendo muy bien. Yo tampoco pude aguantarme y acompañé a Neo en su
segundo encuentro con él. Así que no tienes de que preocuparte.
Aisha sonrió,
acercándose ahora con más confianza a la cama y asomándose con la pelirroja. Esta
le miraba el pulso y le abrió los ojos, observando. Sin duda estaba
recuperándose.
—Es… guapo —dijo Aisha, llevando un dedo
a la mejilla de Raven para tocarla—. Y su piel es lisa y dura. Pero también suave.
Es… —se rió suavemente—, extraño.
Neo jugó con un vaso de
agua, dándole vueltas mientras ponía atención a la conversación de ambas
mujeres.
—Y eso no es lo que tiene más suave, te lo aseguro. Pero el tío pesa como
mil demonios —bromeó.
Aisha se puso más seria
ante ese comentario. Miró a su Alfa y después al vampiro que estaba tendido
entre las sábanas. Ambos ya…
—Y-yo… no lo veo… muy femenino —se
atrevió a decir, confundida.
Dayira asintió, dándole
la razón.
—Cierto, para este tipo de… —buscó la palabra adecuada—,
relación, no es muy delicado que
digamos. Este tío es más bien, atractivo, sexy… esto…
—Oye, oye, que te emocionas —se rió Neo—. Es más delicado
de lo que pensáis, y bastante sensible.
Las chicas se miraron,
alzando una ceja.
—¿Delicado? —preguntó Dayira, mirando al hombre inconsciente de arriba
abajo.
—Yo… creo que es muy masculino, aunque tenga esa belleza excesiva. Además
su cuerpo…
Neo bufó.
—¿Qué pasa con su cuerpo? —esta conversación ya lo estaba poniendo nervioso.
Dayira le tocó el
hombro al vampiro.
—Pues… puede que no sea tan musculoso como el tuyo, pero está muy bien
formado, y sin duda parece un hombre fuerte. No tiene nada por lo que pudiera
parecer…
—Marica —ayudó
Eric, con una sonrisita en la cara—. A lo mejor dentro
de poco vemos a Neo sin poder andar. Ya sabéis, corriendo con un dolor en los cuartos traseros —y se rió maliciosamente. El Alfa le envió otro de sus
ataques mentales, haciendo que sacudiera la cabeza dolorosamente por unos
segundos—. Eso ha dolido, bastardo.
Neo lo miró ahora con
el sarcasmo pintado en la cara.
—Si no duele no tiene gracia —se volvió
hacia Dayira, con mala cara—. Me gustaría saber a donde queréis llegar.
Estas mujeres… —masculló.
Ambas ignoraron ese
último comentario, hasta Dayira dejó escapar una risita.
—Bueno, si fuera un hombre con toques femeninos y demás, sería más fácil
para ti tener… —tosió un poco, ahora avergonzada—, relaciones sexuales con él.
—Al ser tan masculino —siguió Aisha—, y a ti que te gustan las mujeres, puede que
te resulte un tanto… difícil que… —su
mirada bajó por el cuerpo de Neo hasta cierta zona. Las mejillas de Aisha se
pusieron granates.
Al principio Neo estaba
confuso, después pasó a sorprendido y ahora que ya lo entendía no podía dejar
de reírse. Se apoyó en la mesilla de noche mientras las carcajadas salían
libremente de su boca, una y otra vez.
—Esto es muy bueno —comentó quitándose
alguna lagrimilla graciosa de los ojos—. Puede que mi nene sea bastante hombre, pero
eso no tiene nada que ver. El tío es… sexy. Asquerosamente y horriblemente
sexy. Tiene algo que… —se puso serio,
mirándolo a la cara y conteniendo la respiración—, que puede hacer
que cualquier hombre sienta deseo por él. No creo que eso le haga mucha
ilusión, ni siquiera pienso que lo admitiera, pero hay algo que desprende, que
es totalmente irresistible.
Aisha no dijo nada,
simplemente no le venía nada a la cabeza. Tampoco era un hombre para probar esa
teoría. Dayira sin embargo, se acercó a Raven y volvió a acariciarle la cara.
Ella lo veía guapo pero no le transmitía ningún deseo.
—Puede que sea simplemente por ser tu compañero. Creo que tú sientes deseo
por él porque está predestinado que así sea. Tu teoría de que todos los
hombres…
—¿Quieres una demostración? —preguntó Neo muy seguro de sí mismo.
—¿Cómo? Bueno, yo no…
El Alfa alzó una mano
para que se callara y acercó a Eric, atrayéndolo al borde de la cama y
levantándose él. Ambos quedaron con las rodillas pegadas en el filo, mirando al
vampiro que seguía durmiendo.
—Eric será nuestro conejillo de indias.
—¡¿Qué yo, qué?! —gritó este, horrorizado—. Oh, no, ni hablar. De todas formas, yo no
puedo… Aisha…
Neo lanzó un suspiro.
—No puedes tirarte a otra persona pero sí que se te levanta, que es de lo
que se trata. Aunque tampoco hace falta ir tan lejos —había cierta advertencia
brillando en sus ojos.
—Es un tío, por Dios, Neo. Todos no somos como tú.
¡Uh, oh! Aquello dio
directamente en su orgullo masculino.
Evitando las miradas
inquietas de las dos mujeres para con su reacción, simplemente, agarró la
sábana y tiró de ella, destapando al vampiro.
Eric lo miró de reojo,
totalmente tranquilo. ¿A dónde quería llegar el idiota de su amigo?
—Bien, vamos a ver si eres capaz de mantener esas palabras —ante la mirada de todos, Neo apoyó la mano en el estómago
de Raven, levantando lo justo su camisa para que su estómago quedara al descubierto.
Pasó lentamente sus manos por aquella blanca piel, metiéndola por el filo del
pantalón. Desabrochó con suavidad la correa, abriéndole los pantalones lo justo
para enseñar su ingle. Neo sonrió—. Tócale, solo ahí. Un momento, solo un roce.
Eric tragó saliva. ¿Por
qué diablos, en solo esa secuencia de movimientos, su corazón se había
acelerado? Tomó aire y se acercó un paso, bajando la mano hasta el lugar donde
su Alfa le pedía. La sintió temblar. Comenzaba a sudar con fuerza. La aproximó
un poco y solo le tocó durante unas milésimas de segundo.
Se retiró como si se
hubiera quemado, apoyándose contra la pared y con la cara totalmente roja. Su
respiración estaba alocada.
—Pero… ¿Qué demonios? —preguntó, sintiendo claramente que se había excitado.
Eric no podía creerse
que aun teniendo una compañera, hubiera estado a punto de ponerse duro como una
piedra.
—¿E-Eric? —preguntó Aisha, acercándose a él.
El lobo la miró,
notando como aquello comenzaba a subir y a subir. La agarró por la cintura y
comenzó a besarla con fuerza. ¡Oh Dios, estaba muy caliente!
Neo se echó a reír.
—¿Llevaba razón? —preguntó, con una sonrisa de suficiencia.
—Mierda, sí —gruñó Eric, antes de coger a
su compañera y sacarla de esa habitación. Estaba clarísimo a donde iban y para
qué.
Dayira se tapó la boca
para no reírse, aquello había sido muy gracioso.
—Eres malo —le recriminó—. Desde que erais
pequeños siempre te ha gustado reírte del pobre Eric.
—Es él el que me tienta. De todas formas, sabía que tenía razón. Para un
hombre, Raven resulta endemoniadamente sexy. Y no me preguntes por qué. Es
simplemente algo que sé.
La chica asintió.
Arreglando los estropicios que había echo el Alfa con las ropas del vampiro y
dejándolo de nuevo calentito bajo las sábanas.
Se dirigió hacia la puerta.
—Ven. Comemos y después subes. No se moverá de ahí.
Neo arrugó el ceño,
pensativo.
—No quiero que se despierte y se encuentre solo. Recuerda que es un vampiro
dentro de una manda de licántropos. Puede sentirse…
—Muy condescendiente, Alfa —agregó Izan,
entrando con los ojos fijos en Raven—. Puedes irte, yo me quedaré, si despierta
mandaré a alguien a avisarte.
Neo observó la cama y
después al hombre que había atravesado el umbral de su habitación. Terminó por
rendirse.
—Está bien, Beta. Pero a la mínima sospecha de despertar, me avisas.
Izan asintió,
apartándose de la puerta para que ambos salieran de la estancia y así pudieran
bajar al salón principal y cenar. Cerró la puerta tras ellos y se acercó a la
cama, cogiendo la silla donde había estado sentada Aisha y aproximándose.
Estaba deseando que
despertara. Quería ver su reacción a lo que le iba a contar, sería…
interesante.
Eneas estaba nervioso. Todo había pasado muy rápido. Simplemente estaba buscando algunas hierbas cuando sintió el jaleo armado en mitad de la plaza. Había acudido a poner orden creyendo que alguien había cometido algún desliz, eso era bastante típico en días festivos. La magia estaba prohibida en los siete reinos de Gea, el Rey Supremo Angus, la había prohibido después de varios años de miseria, violaciones, secuestros, robos, y varios usos más que todos reconocían eran a causas del peligro que causaba la total libertad de tales facultades.
Los días festivos eran totalmente molestos para Eneas. Controlar a una gente que podía usar magia por fin después de tanto tiempo, no era fácil. Lo peor de todo es que su hermano había ido a cazar con Karel y todavía no había vuelto. Odiaba a ese maldito capitán, siempre se las apañaba para liar a Eros cuando más falta le hacía a Eneas. Parecía que el hombre existía solo para hacerle la vida más difícil.
Todo aquello pronto voló de su cabeza cuando halló al extraño chico arrimándose hacia la frente y la cara extremadamente pálida. Nunca había visto a nadie con los ojos de ese color. Era un azul hermoso, tanto como el cielo, tanto como ese enorme mar que los separaba de aquella otra lejana tierra. Un vistazo a la situación y a la ropa del chico le hizo darse cuenta rápidamente de que pasaba algo. Puede que no fuera de allí. Puede que fuera alguien de las dos personas que tanto su hermano como él habían esperado durante casi toda su vida.
Puede que se equivocara, que en aquel extraño mundo de donde tenían que venir, las mujeres tuvieran esa apariencia. O puede que simplemente hubiera alguna equivocación. Daba igual, esos ojos eran… realmente hermosos.
Estaba tan ensimismo con esa persona que no percibió el verdadero peligro de la situación. No pudo reaccionar a tiempo y varias piedras, demasiadas, chocaron contra él. Se puso delante, defendiendo claramente lo que sabía que le pertenecía.
Ahora, recordando todo esto, se sentía confundido. Estaban en el enorme salón de su castillo. Tenía al chico sobre un largo asiento de piedra. La camisa que le cubría el pecho había sido cortada con su puñal para ver las heridas. No era grave si no llegaban a infectarse.
Podía sentir la mirada de Eros, sentado en el otro extremo del banco con Beatriz. Ella si que parecía una mujer, y estaba claro que Roberto no lo era. No entendía que coño estaba pasando aquí.
—¿Estás bien? —preguntó su hermano, acariciándose la barbilla como siempre hacía cuando estaba preocupado.
Eneas asintió.
—Todo lo bien que puedo estar —susurró, avisando un pequeño movimiento en la cara de Roberto. Éste encogió el ceño y comenzó lentamente a abrir los ojos. Eneas se inclinó y le colocó una mano en la frente—. Tiene un poco de fiebre.
Roberto, sintió la calidez de una mano, era tranquilizadora, y aunque tuvo ganas de volver a dormir, lucho contra la impotencia y consiguió enfocar la mirada. Su gigante rubio estaba sobre él, rozando sus largos y ásperos dedos contra la suave piel de su frente.
—No me encuentro bien —murmuró intentando levantarse.
Eneas volvió a empujarlo contra el banco, ordenándole con la mirada que siguiera tumbado.
—Quédate ahí, tengo que cuidar de esas heridas —Roberto asintió, demasiado atontado como para ponerse a discutir—. Ábrete eso y déjame bajarte los pantalones.
No pudo evitar que se le abriera la boca.
—¿Qué, qué? —preguntó, quería chillar pero sonó más como un gemido. Sintió una mano de Beatriz en su hombro. Quería tranquilizarle pero él podía notar que su hermana pequeña estaba temblando.
Eneas se encogió de hombros.
—Tengo que revisar también tus piernas, pero no sabía como abrirte eso —dijo señalando los vaqueros—. Date prisa —gruñó.
Roberto suspiró bruscamente. ¿Qué remedio le quedaba? Le daba algo de vergüenza desnudarse delante de todos pero… allí solo estaban los dos gigantes y su hermana. Las puertas del salón estaban cerradas y las escaleras parecían aun más solitarias que el mismo salón.
Tampoco le había pedido que se quitara los calzoncillos, gracias a Dios. Cambió de idea cuando quedó en ropa interior y de golpe y porrazo, como si alguien la hubiera llamado, una hermosa mujer apareció por la puerta de su derecha. Ni siquiera se había percatado de que había otra puerta allí.
Se sonrojó como si se hubiera metido una cornetilla picante en la boca e intentó taparse las piernas con los mismos vaqueros.
La hermosa pelirroja se paró frente a ellos, echándole una oscura mirada con esos enormes ojos verdes esmeralda. Lo veía como si fuera un insecto que tenía que aplastar cuando nadie se diera cuenta, aunque él si que probó en su boca la llama de sus ojos. Dios, esa mujer le odiaba y él no sabía por qué.
—Aquí, la infusión de Albahaca —la mujer dejó una taza en el extremo del banco de piedra, donde hace unos segundos habían estado los pies de Roberto—. Comprensas de Salvia y el ungüento de Árnica.
Eneas asintió bruscamente con la cabeza, despachándola después con la mano. Se sentía extraño al enfadarse por el sonrojo de aquel muchacho extranjero. Por un lado el pensar que podría ser por la belleza de Kazla lo cabreaba y por otro, que el chico admirara a otra persona que no fuera él… ¿pero que diablos pensaba?
Suspiró, cogiendo las compresas y colocándolas en los rajuñones de los brazos y piernas de Roberto. La puerta de su derecha volvió a cerrarse y todo quedó en silencio.
Beatriz miraba a su hermano, que parecía demasiado impactado para hablar. Miraba hipnotizado las compresas sobre su cuerpo, todavía manteniendo un poco del sonrojo en sus mejillas. Su hermano era un tonto, avergonzándose por las cosas más insignificantes. Echó un vistazo a Eros, que parecía estar pensando en algo, para después girarse hacia Eneas, otro que parecía concentrado en su tarea para no tener que comenzar una conversación.
—¿Qué es eso? —preguntó Bea, señalando las compresas.
Eneas, volvió a presionarlas, esta vez sobre el muslo derecho de Roberto.
—Salvia. Viene bien para desinfectar las heridas. Ahora le aplicaré un ungüento de Árnica que tendrá que juntarse tres veces al día. Eso bajará la hinchazón de los golpes.
Eros cogió la infusión y se la ofreció a Beatriz, justo cuando la taza rozó las pequeñas manos, le acarició el pelo, recogiendo un mechón café tras su oreja. Era un gesto tan delicado que la chica no pudo más que desviar los ojos, sabía que si no evitaba el contacto terminaría diciendo una de sus tonterías a causa de la incomodidad.
—La albahaca te vendrá bien para calmarte —Eros dejó claro que sabía, que Bea intentaba aparentar tranquilidad para no preocupar a su hermano..
Roberto agarró la mano de su hermana, apretándola fuertemente. Ella no tenía que preocuparse por esas cosas, pues él conseguiría sacarlos de este problema. Tendría que haber alguna forma de salir de allí, y reconocía que desesperarse no llevaría a nada, la actitud que había tomado Beatriz desde el principio era la indicada.
—Eso no era para ella —gruñó secamente Eneas, mirando de refilón a su hermano.
Eros se rió, aun más cuando vio a Roberto alzar una ceja extrañado. Su hermano gemelo siempre había sido una persona extraña, silenciosa, posesiva. Disfrutaría de ver como transcurrían las cosas, lo estaba deseando.
Roberto no las tenía todas consigo. No solo le extrañaba que ese gigante rubio se preocupara tanto por él y lo protegiera, si no que el apretón de los recios dedos le estaban magullando el muslo. ¿Estaba curándolo o haciéndole más cardenales?
Pronto Eneas pasó a aplicar la pomada. Sus manos se deslizaron suavemente sobre el tobillo hinchado de Roberto, y este no entendió porque el simple roce de aquellas manos le ponía nervioso. Cerró los ojos y respiró hondo, pero el movimiento de arriba a bajo, ahora por su pantorrilla, lo alteraba, tanto o más de lo que su respiración se encontraba ahora. ¿Por qué?
—No soy una mujer —advirtió de repente, llamando la atención de toda la habitación.
Eneas siguió su trabajo, sin parecer reaccionar a esa afirmación.
—Me doy cuenta.
—Pues será ahora —acusó Roberto, sacando su pierna de las enormes manos de Eneas. Gimió cabreado cuando el gigante simplemente se dedicó a embadurnar la otra—. ¿Por qué sabíais quienes éramos? —giró con rapidez su cabeza hacia Eros—. ¿Y que demonios te traes con Beatriz? No voy a permitir-
Eros le cortó.
—Tú no me tienes que permitir nada —agarrando a Bea del brazo, la cual procuró sujetar bien la taza que estuvo a punto de caer al suelo, la apretó contra él, en un signo claro de posesión—. Ella es mi mujer, lo ha sido desde siempre y ahora que la tengo no permitiré que nadie me la quite. Si tengo que matarte para ello, entonces-
Roberto quedó con la boca abierta. ¿Su mujer? ¿Matarlo? ¿Qué? No sabía que hacer, aunque tampoco tuvo mucho tiempo para pensar. Un gruñido impresionante, que resonó en todo el lugar, y un cuerpo enorme se pusieron delante de él.
Eneas encaró a su hermano gemelo, rugiendo nuevamente.
—No te atrevas.
Roberto se sorprendió, y por algún motivo que no entendía, se sintió feliz, extraño pero feliz. Cuando vio a Eros encogerse de hombros y volver a sentarse en el banco, con aun Beatriz apretada contra él, Roberto giró su mirada hacia Eneas. Llegó un momento que no había nadie en la sala, solo aquel gigante rubio que aun no se atrevía a mirarlo.
—¿Por qué? —le preguntó, con la voz insegura—. ¿Por qué desde que he llegado aquí no dejas de protegerme? Ya te he dicho que no soy una mujer, ni siquiera somos de este mundo. Entonces…. ¿por qué?
Eneas apretó tanto el tarro del ungüento que esté se desquebrajó, cayendo al suelo en grandes trozos. Sin embargo, la robusta mano del gigante seguía intacta.
—Tú me perteneces, igual que Beatriz le pertenece a Eros. Si él quiere tomarla como esposa está bien, yo no pienso tratarte de esa manera. Ya estoy casado con Kazla. Sin embargo, me sigues perteneciendo y haré contigo lo que me plaza. Por que ahora, tú eres mío.
—¡¿Qué?! —gritó Roberto, intentando levantarse pero fracasando miserablemente. Cuando acabó de nuevo con el culo en la fría piedra, volvió a gritar—: ¿Qué? ¿Yo tuyo? ¿De qué mierda estás hablando? ¡Y Beatriz tampoco te pertenece! —le gritó a Eros, que lo miró como si quisiera despellejarlo vivo, aunque no lo hizo, seguramente teniendo en cuenta la anterior amenaza de Eneas—. Yo soy un hombre, no puedo pertenecerte de ninguna manera —le dijo de nuevo a su gigante rubio—. Además, si tú ya estás casado con Kazla, simplemente déjame en paz. Nosotros buscaremos una forma de regresar, no podemos quedarnos aquí, está mamá, la universidad, y… mi vida. No… yo… —su voz se iba haciendo cada vez más baja, más insegura. Había algo en aquel lugar que lo confundía.
Beatriz solo podía mirar los ojos afilados y oscuros de Eneas, después a la confusión de su hermano. Si ella no paraba eso, iba a acabar muy mal. Tragando saliva y sintiéndose extrañamente segura en los brazos de Eros, se atrevió a hablar.
—Nosotros no pertenecemos a este mundo… ¿Cómo nos conocéis?
Eneas giró su enorme cuerpo y salió del salón ante el asombro de todos, poco después apareció con una tabla y un pequeño cepillo. Recogió el destrozo que había provocado.
Eros tomó esa acción como una aprobación a la pregunta de la chica.
—Esto es Gea —empezó a explicar el jefe de Granmor—. Este mundo está divido en dos tierras separadas por el impresionante mar de Alf. A su derecha se encuentra Gaia, es una tierra desconocida para nosotros, solo sabemos que tienen grandes fortificaciones que flotan misteriosamente sobre el agua. No dudo que tiene que tratarse de magia. Después se encuentra esta, donde estamos. Gea.
¿Fortificaciones sobre agua? Roberto alzó una ceja.
—¿Te refieres a barcos? —se rió—. Eso no es magia.
Beatriz silbó sorprendida al darse cuenta de la veracidad en las palabras de Ricardo.
—¡Claro, barcos! —ella asintió, mirando a su alrededor—. Esto parece algo así como la edad media. Pero… ¿en aquella época no había barcos?
Roberto se quedó pensando unos momentos, mirando después a su hermana.
—Esto es visiblemente diferente. Ya sabes, la magia no existe, o bueno, aquí sí. Se podría decir que viven más o menos parecidos a esa época. Es extraño —y ahora a parte de todos los golpes también le dolía la cabeza.
Eros y Eneas se miraron, sin seguir la conversación de los hermanos. El primero en el banco de piedra y el segundo acuclillado en el suelo y terminando de recoger los cristales. Después Eneas, echó la cara hacia otro lado, y Eros supo que no encontraría respuesta a la pregunta de su mirada. Decidió seguir su explicación como si los otros dos no hubieran hablado.
—Cuando el príncipe heredero de cada Reino Menor cumple los nueve años, es llevado al templo de Fanghial, donde las sacerdotisas vírgenes de la Diosas le pronostican el futuro. Ellas ponen a prueba el poder del heredero y le imponen la persona con la que el destino a decidido enlazarla.
Roberto, miró a Eneas, había algo que aun no le quedaba del todo claro.
—Vosotros sois gemelos, ¿cierto? ¿Cómo decidieron cual sería el heredero al trono? ¿Por el primero que nació?
Supo de inmediato que aquella no era una pregunta bienvenida. Eneas gruñó y habiendo por fin terminado, volvió a salir por la puerta de la derecha. Esta vez no regresó de inmediato. Roberto pensó… ¿había algo que no quería escuchar en la respuesta que daría Eros? A no volver a verlo, supuso que sí.
Eros se acarició la barbilla lentamente.
—La verdad es que el poder en Gea, se dispone a partir de la magia que contenga cada uno. El elemento que se posee también se tiene en cuenta.
—¿Elemento? —preguntó interesada Beatriz.
—Eso es —asintió Eros—. Los Elementos corrientes son Agua, Viento, Fuego y Tierra. Después hay algunos otros que se han visto una o dos veces en la historia. Y la mayoría eran complementarios.
—¿Te refieres a que los tenían como segundo Elemento? Es decir, primero uno de esos cuatro y después otro diferente… —indagó Roberto.
Eros asintió, sorprendiéndose de lo buenos estudiantes que eran esos dos hermanos. Después giró su mirada hacia la puerta y bajó la cabeza. La expresión triste en la que se transformó su cara no pasó desapercibida para ninguno de los presentes.
—Hay veces, sin contar el nivel de poder de cada uno, que nacen personas sin ningún Elemento. Ese fue el caso de Eneas. Aun siendo el primogénito, y criado como el heredero, pronto se dieron cuenta, cuando yo empecé a practicar con mi Elemento, que él no tenía ninguno. Quedó reducido a un segundo lugar.
Beatriz se mordió el labio.
—Y entonces tú fuiste proclamado heredero al trono.
—¿Ningún elemento? —preguntó a su vez Roberto, confuso—. ¿Y no puede ser que no puede hacerlo funcionar? —se cayó, corrigiéndose rápidamente—. Digo que… ¿no puede ser que no sepa como utilizarlo? ¿Qué algo se lo impida?
Eros lamentablemente negó con la cabeza.
—No, eso es algo que está en nosotros, no hay manera de que no pudiera utilizarlo si realmente lo tiene. Se dice, que por lo menos una vez en cada familia Real, se ha producido un caso de estos. Es por eso que…
—Soy curandero —Eneas se abrió paso, acercándose a Roberto, agachándose y echando un vistazo a su tobillo, parecía que la hinchazón empezaba a remitir—. No hay ningún Elemento para el proceso de curación, así que… aunque exista la magia, estamos igual de desprotegidos. Yo puedo no poseerla, pero tengo mis dones. Soy el mejor curandero de todo Gea y me enorgullezco de ello.
Roberto sonrió, asombrado y sintiendo una plena admiración por aquel hombre. En cierto modo, podía entender el desconcierto de verse diferente a todos los demás, que por ello te destronen de algo que por derecho era tuyo. Y sin embargo, Eneas había salido victorioso, siendo necesitado por toda su tierra gracias a facultades conseguidas y que ningún otro, a pesar de su magia, podía igualar.
—Lo que estaba diciendo —empezó de nuevo Eros, había pasado una hora de charla y todavía no llegaba al asunto que les concernía—, cuando fui, calcularon mi poder, y me aceptaron como heredero. Después me dijeron que mi alma estaba en otro mundo diferente a este, y que la diosa Fanghial me la traería cuando cumpliera los veintiséis años.
Beatriz le cogió alegremente la mano, sorprendiendo a Eros, que alzó una ceja y la miró expectativa.
—¡Feliz cumpleaños! –le sonrió a también a Eneas-. A ti también.
Roberto le dio un ligero guantazo a su hermana en el brazo con el revés de la mano.
—Estúpida no es momento de felicitaciones, ¡que están hablando de ti!
La chica después de pensarlo seriamente durante unos segundos, se volvió hacia Eros.
—¿De verdad?
Eneas se pasó una mano por la cara, cansado, pero Eros no pudo evitar soltar una carcajada. Amaría a esa chica sin ninguna duda. Que diablos, ya lo estaba empezando a hacer.
—Eso es —le confirmó a Bea—. Me dijo que se llamaría Beatriz y que vendría de otro mundo gracias al poder de la diosa Fanghial. No es la primera vez que hemos oído que gracias a ella, varias personas de aquí o de allí han viajado de un mundo a otro. Entonces le pregunté sobre-
—¡Espera! —gritó Roberto, intentó levantarse del asiento de piedra, pero las fuertes manos de Eneas lo volvieron a dejar sentado. Lo miró a punto de quejarse, pero la seriedad en aquellos ojos junto a algo parecido a la preocupación le hicieron desistir, no le costaba nada complacerlo. Sin pensarlo más, se volvió hacia Eros y le dijo—: Esa Diosa… Fanghial, ¿puede regresarnos a nuestro mundo?
Eneas levantó una mano para que Eros no contestara, haciéndose él con la pregunta.
—Ella nunca hace nada sin recibir algo a cambio. Lo de Eros estaba previsto por el destino, cuando las tres diosas Phinxies, escriben el futuro, ella solo puede acatarlo. Sin embargo, estoy seguro que en algún momento, vendrá a pedir algún favor a Eros. Pero tú no tienes nada en tu poder que puedas entregarle a la diosa a cambio del viaje. Si acudes a ella, puede ser que acabes mal.
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar, no muy seguro.
Eneas negó con la cabeza.
—Hay veces que las exigencias de Fanghial no tienen límite. Es capaz hasta de pedirte el alma de tu hermana a cambio de tal deseo.
—¡No! —gritó Roberto, ahora sí, poniéndose de pie y agarrándose a la camisa de Eneas—. No por favor… —dijo asustado—. Beatriz no… no permitas que nadie le haga daño. Tienes que ayudarme a sacarla de aquí tienes que… —su respiración dolía y su cuerpo débil chocó contra el de Eneas, quién lo sujetó por la cintura y lo apegó más a él. Con su otra mano le acarició el cabello negro, acariciándole la nuca con ligeros círculos. Roberto suspiró.
—Yo no tengo que permitir o no permitir algo como eso. Beatriz es la mujer de Eros, y él defiende lo que es suyo hasta la muerte. Cuando tu hermana sea oficialmente también mi hermana, yo la protegeré también con mi vida. Porque seremos familia, y aquí esos lazos lo son todo.
Roberto se separó de golpe, un poco más tranquilo y sin creerse el ataque de pánico que había tenido. ¿Por qué de todas las personas en la sala, él había acudido a Eneas? ¿Por qué se había sentido a salvo y seguro en sus fuertes brazos? Tragó saliva y se sentó de nuevo, él había corrido a los brazos de un hombre. ¡Se estaba volviendo loco! Sintió tanta humillación ante ese hecho que podía sentir las lágrimas escocerle tras los párpados, pero nunca les daría el placer de verlo llorar. ¡Era un hombre adulto, hecho y derecho! Nadie lo iba a tratar como un muchacho imberbe y desvalido.
Sin embargo, tener a Eros protegiendo a Beatriz en ese mundo cuando él no podía, era tal consuelo que casi le dieron ganas de llorar de verdad. Él por su parte tenía a Eneas… mierda, y ahí iba de nuevo. ¿Qué le pasaba? ¡Estaba empezando a preocuparse!
—Deja a Beatriz a mi cuidado, tú no puedes hacer nada, en cambio yo, puedo protegerla de cualquier cosa. Ella será tratada como la Reina de Granmor, con todo el respeto que ello conlleva. Nadie se atreverá a ponerle un dedo encima, mientras eso sea así.
Para sorpresa de Bea, Roberto asintió. Podía repatearlo el hecho de verse inferior a Eros, pero quién negaría lo evidente. Lo primero era la seguridad de su hermana, aunque ello la llevara a tener que casarse con ese gigante rubio. Mientras estuviera a salvo y ella no se opusiera, Roberto no diría o haría nada para impedirlo.
—Entiendo —dijo completamente rendido—. Sigue con lo que estabas contado.
Eros apretó a una Beatriz completamente impactada contra su pecho y se apresuró a terminar la historia.
—Normalmente, después de obtener la aprobación y el nombre de mi alma, debería haberme marchado pero decidí-
—¿Alma? —preguntó Bea, ya era la segunda vez que la llamaba así.
Eros hubiera gruñido de frustración si fuera sido Roberto el que nuevamente le hubiera cortado, pero al ser su mujer, simplemente respiró hondo y le dijo:
—Según la religión Otix, los seres humanos que vivimos en este mundo carecemos de Alma. Sin embargo, nos unimos a otras personas para poder sobrellevar la soledad y calmar el deseo de la carne. Sin embargo, a los reyes se nos permite completar nuestra naturaleza, y unirnos a nuestra Alma que reside en el otro mundo. A veces, también se le asigna este regalo a otro miembro de la familia real, sobretodo si este había nacido con el derecho a ser el heredero, aunque por bajo poder o la falta de este, se le había sido retirado.
Beatriz asintió, sintiéndose algo avergonzada. Ella se suponía que era el Alma perdida de Eros, y el conocimiento de ello le causo un calorcito en el pecho. Aquel hermoso hombre, alto, varonil, un impresionante guerrero, estaba unido a ella, la necesitaba. Era impactante pero tan malditamente agradable que no tenía palabras para definirlo.
Por su lado, Roberto no podía evitar tener la boca abierta. Si eso era verdad, significaba que él era el Alma de Eneas. ¿A eso se refería con que le pertenecía aun cuando estaba casado?
No le dio tiempo a preguntar, pues Eros continuó:
—Decidí preguntar por mi hermano —explicó, volviendo de nuevo a cuando con nueve años fue al templo—. No era justo que fuera destronado, y por lo menos, quería darle ese pequeño regalo. Las sacerdotisas me confirmaron que su Alma vendría junto a la mía, que serían hermanos como nosotros y que le cambiaría la vida. Le pronosticaron un futuro de fuertes disputas y sufrimiento, pero que al final después de luchar contra ello, conseguiría la felicidad y la tranquilidad que toda su vida había deseado.
Roberto sintió que sus mejillas, en contra total de su voluntad, se sonrojaban. ¿Él le traería a Eneas felicidad y tranquilidad? ¿A ese hombre serio, distante y sombrío? Roberto encogió la cara al pensarlo. Eneas parecía un hombre con el interior rasgado, ¿tal había sido su sufrimiento para haberlo dejado escondido tras esa enorme coraza? ¿Podría descubrir al hombre suave y cariñoso que estaba seguro se enconaría tras ella?
De repente, se llevó una mano al pecho, mirando hacia abajo impactado. ¿Por qué volvía a pensar de nuevo en esas cosas? ¡Era un hombre! ¡No tenía que hacer feliz a Eneas! Además… su gigante ya estaba casado con esa pequeña y hermosa pelirroja. Su cara se deformó en una sonrisita irónica. Por supuesto que la mujer quería asesinarlo, no era para menos. Que tu marido fuera robado por otra fémina ya era una desgracia, ¿pero por otro hombre? Rayaba lo desesperante.
¡Un momento! ¡Él no iba a robarle el marido a nadie! Dios… necesitaba una buena siesta para que esos estúpidos pensamientos se fueran de su cabeza.
—Eso no importa —Roberto alzó los ojos ante la sorpresiva agresividad en el tono de Eneas. Por supuesto, iba dirigida a él—. Primero se me es retirado el derecho a un Elemento, después el destino se ríe de mí al darme un hombre como Alma, me rindo. Yo seré quién escriba mi propio destino. Yo formaré mi familia junto a Kazla, aunque mantenga a mi Alma conmigo, no seguiré el hilo que haya tejido las Phinxies.
Antes de que Roberto pudiera quejarse ante tal desprecio, Eros se levantó, separándose por primera vez de Beatriz desde que ésta había llegado a ese extraño y loco mundo.
—¡Eneas! —gritó encorajado—. ¡Está escrito que debes casarte con él! ¡Tú lo sabías cuando Kazla se entregó a ti, sabías que tendrías que cumplirle a ella aun cuando estabas prometido a otra persona! —respiró hondo, mirándolo con las mejillas coloradas de la furia—. Podrías haberla mantenido como amante sin casarte. Ahora nunca tendrás a Roberto, aun cuando cambies de idea. Nunca.
La palabra golpeó la cabeza de Roberto como un mazazo. ¿Nunca? ¿Y por qué diablos le importaba eso? Se tocó la frente, el dolor se incrementaba.
Beatriz se agarró al brazo de Eros, mordiéndose el labio.
—¿Una matrimonio no se puede separar para casarse con otra persona?
Eros negó bruscamente con la cabeza.
—No hasta que la muerte los separe o el Supremo Rey Angus lo anule.
Bea miró a su hermano, que parecía frustrado. Ella estaba segura de que Roberto no tenía esas inclinaciones, le había conocido dos novias oficiales, con la última estuvo a punto de casarse. Pero, por algún motivo que ella no comprendía, él parecía dolido por todo esto.
—Quédate entonces con esa Kazla. –gruñó de repente Roberto, levantándose y mirando a Eneas con ojos gélidos. El azul se había vuelto un poco más claro de lo que Eneas recordaba—. Yo volveré a mi mundo y… ¿crees que me importa que pierdas tu Alma? —se giró, dejando al gigante rubio sin palabras y encaró a Eros—. Sé que suena irrespetuoso, aun cuando estoy en tu castillo pero… ¿podrías dejarme alguna cama, colchón, o donde diablos duerman, para echarme? Siento que si no descanso se me va a caer la cabeza a pedazos.
Eros suspiró bruscamente, harto de todo aquel problema, Gracias a Fanghial que él tenía a la pequeña Bea, y por su comportamiento cerca de él, dudaba que ésta le rechazara. Se dio la vuelta y echó a andar hacia la escalera que había en un rincón de la sala, próxima a los dos grandes portones de la entrada.
—Sígueme. Ya había preparado con antelación dos habitaciones.
Roberto sonrió a su hermana y movió la cabeza, indicándole que ella también los siguiera. Un diablo si pensaban que la iba a dejar allí sola, Bea iría con él a su cuarto y dormiría a su lado hasta que él tuviera la aceptación de ella para esa loca boda con Eros. Si no fuera el único modo de protegerla se negaría de lleno.
Sus pies no dieron dos pasos cuando un brazo lo agarró con fuerza, dio una vuelta y se vio estrellado contra algo duro.
Cuando abrió los ojos volvió a cerrarlos ante el dolor de su nuca. Estaba apretado contra Eneas y este tenía una mano sujetando fuertemente su cabello para que alzara la cabeza y lo mirase.
—No voy a permitir que te escapes de mí. ¡Tú eres mío, ¿me oyes?!
Roberto abrió la boca para protestar, pero solo salió un pequeño quejido. Sus ojos volvieron a aclararse un poco, como cada vez que se cabreaba.
—Yo no pertenezco a nadie. Tú tienes tu mujer y me da igual si soy tu Alma o no, yo seré posesión de la persona que elija —cerró los labios y los alargó en una mueca irónica—. No niego que pueda enamorarme en este mundo, pero me entregaré solo a quién yo escoja. Seas tú o… no.
Eneas rugió ante tal declaración. ¿Ese pequeño hombrecito le estaba diciendo lo que él creía?
—¿Estás tratando de amenazarme? ¿Crees que no puedo mantener a mi lado lo que me pertenece? —estiró más fuerte del cabello de Roberto, alzándolo hasta que amabas cara quedaron una sobre la otra. Los pies de Roberto no tocaban el suelo, Eneas sujetaba su peso con una sola mano en su cintura—. No permitiré que te acerques a ningún hombre que no sea yo, si alguna vez que veo-
La risita cínica de Roberto, que de repente parecía otra persona, le tronó en los oídos.
—¿Si me vez qué? —provocó Roberto—. Tú tienes a tu mujer y pretendes que yo me quede a tu lado, ¿como si fuera un perro para hacerte compañía? —su voz se fue volviendo más alta, hasta que rugió—: ¡Soy un hombre! ¡Necesito deseo, pasión, sexo!
Eneas quedó tan sorprendido por unos momentos que aflojó el agarré, dándole la oportunidad a Roberto de deshacerse de él y alejarse. Echó a caminar justo tras Eros que al ver la conversación terminada decidió acelerar la marcha para prevenir que esta volviera a resurgir y por supuesto, a empeorar.
Por el camino, Beatriz se mantuvo silenciosa, y Roberto sabía que lo estaba mirando sin saber que decirle. Era gracioso, pues casi podía asegurar que era la primera vez que su hermana se quedaba sin palabras. Pero… él tampoco entendía el por qué de su actitud. Siempre había sido alguien mas o menos tranquilo, pero la llegada a aquel mundo, el cambio radical que había dado su vida, el ser el Alma de otro hombre… ¡eran tan ridículo e increíble! Necesita descansar y meditar todo el asunto. Era de locos, y loco se estaba volviendo él también.
Claramente, esto no podía seguir así.