lunes, 1 de septiembre de 2014

Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 15) [Parte 1/2]

CAPÍTULO 15

Entrada: xx/xx/xxxx
He fantaseado muchas veces con el día de mi muerte. Siempre asumí que ese día llegaría a mí, a mi mente, antes de que sucediera. Nunca me podría tomar por sorpresa.
Pero lo ha hecho, o por lo menos, la manera en la que pereceré.
Después de analizar la visión, intenté pensar en varias formas de evitarla, modificarla. Usé mi don para analizar posibles rutas de escape, pero ninguna era satisfactoria.
Me siento ridículo, frustrado, tan furioso que sería capaz de destruir medio hogar.
Estoy tan defraudado…
Sé que no le he entregado a mi ángel el suficiente cariño, no le he demostrado ni una sola vez lo que me importa. Nunca me he inmutado por nada a su alrededor. He vivido indiferente a cualquier cosa que nos involucrara a ambos.
Pero no puedo engañarme… ni engañarlo. El cariño, deseo o pasión está bien, pero… no lo amo y nunca lo amaré. No puedo ofrecerle algo que no tengo, algo que ya se esfumó cuando murió mi alma.
Sin embargo, no entiendo por qué mi ángel actuará así, porqué quiere ponerme a prueba, qué busca con esa reacción.
Moriré, rechazando todas mis creencias, tirando por la borda un futuro con mis cachorros, todo por él. Por un compañero al que no amo. Al que le tengo lástima.
Mi ángel, cómo quisiera que te cuidaras más a ti mismo, que te preocuparas un poco más por lo que significas para los demás. Huye lejos como en mi visión, corre y no mires atrás. Busca una cura para ese dolor y renace.
Renace como el ser carmesí y hermoso que eres. Lucha por enmendar una vida amarga y sin sentido. Madura y conviértete en alguien que pueda sonreír en su último aliento.
Mi pobre y patético ángel.
Y entonces, nuestros sufrimientos, acabarían. 

* * * *
¿Y ahora que hacía?

Sentado en la cama, Raven se encogió y agarró sus piernas, hundiéndose un poco más en el colchón. Dios… se sentía demasiado culpable para mirar a Neo a la cara. Hace apenas diez minutos, el lobo lo había invitado a compartir la ducha y él se había negado, adjudicándoselo a una clara muestra de escrúpulos. Su Alfa solo lo miró de reojo, con un sonrisita de "estirado" y dejándolo allí sin darle más importancia.

Sus razones eran bastante contradictorias. Por un lado, era verdad que no le apetecía meterse con Neo en la ducha, sobre todo por la gran cantidad de barro que cubría al Alfa después de haber querido correr bajo la lluvia para demostrarle a su manada que seguía en forma y con los cinco sentidos alerta. Se obligaba constantemente a exponer su superioridad frente a su gente. Por lo visto, desde que la Luna lo eligió como Alfa, nunca lo aceptaron. Al parecer, por ser hijo de un beta. Él no lo entendía, es verdad que entreveía un cierto desagrado por parte de la manada hacia Izan, pero siempre creyó que era por su persona y no por su posición. A lo mejor con el anterior beta sucedía algo parecido, tendría que preguntarle a su hermano más adelante o a Dayira tal vez, pues no quería involucrar a Neo y traerle malos recuerdos referentes a su padre o su infancia.

Volviendo al tema de la ducha… por otro lado, estaba esa culpabilidad que le carcomía el pecho. Sus sentimientos hacia Neo lo traían de cabeza. Estaban casados, eso era correcto, se habían hecho una promesa de fidelidad mutua, también era cierto… pero no lo amaba. Sentía pasión por su cuerpo, deseo por poseerlo, pero eso no era amor. Desde que se conocieran, ningún pensamiento romántico pasó por su mente. Más bien todas las sensaciones se acercaban más a la obligación, el deber, y porque no admitirlo, al conformismo.

A él lo habían criado como a un vampiro noble, un caballero sofisticado nacido en un antiguo y prestigioso linaje que debía alimentarse del rebaño, respetándolo lo suficiente como para intentar conservar sus vidas después de la suculenta cena. Por su parte, nunca sintió que estuviera bien el acabar con la existencia de un humano, pero si ocurría tampoco era la gran pérdida, solo había que tener cuidado con los corderitos. Además, según sus padres, "ellos" vendrían a por los vampiros malos, lo más cercano al hombre del saco que tenían cuando niños.

Ellos… los que ahora sabía que mantenían la paz entre sus razas, respetando un maltratado tratado con alguna que otra concesión. Y aunque en un principio los viera como el enemigo, algo le decía que en cierta forma los protegían… de sí mismos, de su propia cruel naturaleza.

Todos los vampiros habían sido aniquilados por las manadas de licántropos, y sin embargo, ellos aún seguían vivos. Aun matando a su primer humano, aun contagiando de muerte a las lobas, ¿pero por qué? ¿Qué había esperado el anterior Alfa de ellos? ¿Ahora que Neo era Alfa, mantenía los mismos planes que su antecesor, o solo estaba siendo benevolente? ¿Su gente lo odiaba un poco más por ello? Recordaba que no les dejaba tomar venganza por los asesinatos y contagios… y no lo entendía, ¿quería evitar una confrontación entre ambas razas? ¿Por qué?

Raven recordaba que su padre siempre estuvo receloso de los licántropos, siempre les tuvo mucho miedo. Había visto como con cada guerra mermaban sus números, sin la necesidad de añadir la dificultad que tenían para procrear, en conclusión, todo los estaba llevando hacia la extinción. El clan lo formaba solo un puñado de familias encerradas en los confines de esa mansión, la cual estaba situada en las tierras de la manada del Este y fuera de los límites de otras manadas.

Puede que su padre hubiera apartado su orgullo como vampiro y se dejara llevar por el temor a que su propia raza desapareciera, que se pusiera a disposición de los lobos al creerlo el mal menor. Sin embargo, según su punto de vista, los licántropos los vigilaban pero a su vez los protegían. Al mantenerlos bajo control, también los mantenían alejados de otras manadas.

¿Debía sentirse agradecido con Neo? ¿Debería luchar por su familia y manada pensando en ambas por igual? Se sentía tan culpable… no amaba a Neo, pero sentía una conexión irremplazable con él. Al ocultarle algo tan importante sentía que lo traicionaba, aunque su sentido común le dijera que hacía lo correcto.

¿Iba a poner en peligro a su propia familia, a la manada, a su relación con el Alfa, a la vida de su hermano? ¿Se arriesgaría a perderlo todo, hasta su propia vida? No, no podría soportar verse lejos de Neo, aunque no lo amara se sentía demasiado unido a él. A su lado había encontrado esa paz, esa libertad, ese poder de decisión y conocimiento que siempre se le había negado. No podía imaginarse una vida sin el lazo que lo unía a su Alfa.

Maldita sea… pero se sentía tan mal.

Podía escuchar el agua correr, imaginarse ese cuerpo brillante, como le resbalada cada gotita por la duras formas de sus músculos, y aun así… sus piernas no se movían. No le dejaban restar la distancia que le separaban de su amante y envolverlo entre sus brazos.

¿Qué era lo próximo? ¿Comprarle flores y bombones como los maridos que han sido infieles a sus mujeres?

Antes de darle tiempo a reaccionar de ninguna manera, Eric entró como una tromba de aire fresco al dormitorio después de llamar con dos golpecitos casi imperceptibles. Su fuerte cuerpo cruzó la entrada colocándose frente a Raven con una mirada extrañada.

—Estoy harto de llamar a la puerta pero no contestaba nadie. ¿Ocurre algo? —la mirada suspicaz no hizo nada más que poner a Raven aún más nervioso.

Intentando aparentar, se levantó con toda la serenidad que le era posible y se cruzó de brazos.

—Lo siento, estaba pensando sobre los últimos sucesos que han ocurrido, estoy algo… preocupado.

—Oh, entiendo —fue lo único que añadió Eric, agradeciendo la sinceridad.

Ahora el que se sentía incomodo era el lobo, el cual parecía pretender empezar una verborrea que nadie quería escuchar. Raven se mantuvo en silencio, pues aunque sería una retahíla de palabras sin significado ni finalidad aparente, puede que su ahora amigo le pudiera despejar un poco los problemas de la cabeza. Eric siempre había sido bueno para eso.

Al ver que no soltaba prenda, le preguntó:

—¿Has venido por algo en particular?

El lobo alzó ambas cejas, acordándose de la finalidad de la visita, por fin. Ante la atenta mirada de Raven, se metió la mano en el ceñido bolsillo de sus vaqueros, teniendo que hacer varios intentos antes de poder sacar la carta que mantenía bien guardada. Sin más miramientos se la entregó al vampiro.

—Han dejado esta carta con tu nombre en el buzón público que tenemos a la entrada de la Propiedad. Solo viene tu nombre en el sobre así que supuse que era de una amante —soltó con una sonrisita socarrona—, o bien, y lo más seguro, de tu-

—¿Amante? —se escuchó detrás de él. Cuando Eric se volvió y vio llegar a Neo con su fuerte cuerpo mojado y solo una toalla se encogió, esperando que su bromita le costara unos cuantos latigazos en la cabeza, aunque solo fueran una muestra de cariño por parte de su amigo, molestaban un montón. Al no sentir nada, levantó la cabeza hacia su Alfa, observándolo a lado de Raven y mirando de reojo a la cara para después centrarse en él—. Una letra muy femenina para ser la de un amante…

El vampiro se sintió un poco ofendido ante la suposición de Neo.

—Claro, como estoy con un tío no tengo lo suficiente para complacer a una mujer. Se supone que el que no se puede acostar con una eres tú.

Neo sonrió ante el arrebato de orgullo masculino, aunque tuvo la precaución de dejarlo en una leve mueca.

—Se te olvida que si puedo acostarme con una, que yo no sienta placer no quiere decir que no pueda hacer que ella sí.

A Eric se le abrió la boca cuando los observó de mirarse. Dios… parecía que en cualquier momento iban a empezar a arrojarse cuchillos por doquier.

—Un momento —intentó llamar su atención agitando ambas manos—, era una broma estúpida, no entiendo como a llegado a-

—Lo sabemos —dijeron ambos con gesto divertido, guiñándose un ojo.

¿Eric se iba a volver loco o era al único que aquello no le había parecido divertido? Le había cogido demasiado aprecio a la parejita y no le agradaba verlos pelear por tonterías, aunque a veces solo lo hicieran para reírse de él.

Raven abrió la carta y la miró por encima, no había duda de quién era el remitente y que quería.

 Ahora era el turno de ellos para acudir al otro bando.

Neo se quitó la toalla, sin darle demasiada importancia a su desnudez y comenzando a vestirse.

—Bueno, mientras tú lees lo que tu madre tiene que contarte en esas 200 páginas, yo voy a hacer algo que llevo retrasando por algunos días.

Raven alzó los ojos de esas letras elegantes y femeninas que tantos recuerdos le traían, los enfocó en los movimientos de Neo sobre sus piernas, como pasaba la toalla despacio por ellas, pero sobre todo prestaba verdadera atención al trasero de lobo contrayéndose, endureciéndose cada vez que arqueaba su espalda.

—¿A dónde vas? —logró decir una vez que se permitió quitar la mirada de aquella zona. Aunque Eric no habló, su cara casi expresaba la misma pregunta.

—¿Qué a dónde voy? —preguntó Neo como si fuera obvio—. A agradecerle a tu hermano el arriesgar su vida por proteger la de mí hermana. Desde que despertó no he vuelto a visitarlo.

Con tanta premura que no pudo más que sorprender a los lobos, Raven arrojó los folios en la cama y se giró hacia Neo, sus pulmones volviendo a coger ese aire que no necesitaba y que relevaba cuando se ponía nervioso.

—Puedo acompañarte, todavía tengo mucho tiempo que recuperar con mi hermano —soltó intentando nefastamente no atropellar las palabras.

Neo giró la cabeza, arrojándose la chaqueta de cuero al hombro. Podía oler el nerviosismo de su compañero a kilómetros, aun así, no se decidió a comentarlo, dándole a Raven la oportunidad de explicarse si lo veía conveniente.

—Quédate y lee la carta de tu madre con tranquilidad. Abril es una persona muy singular, seguro que tienes un montón de cosas interesantes que contarte. No te preocupes, ¿vale? No voy a permitir que tu hermano vaya a ninguna parte, estará esperando en el mismo sitio. Así que, lee esa carta con tranquilidad y ahora vuelvo —sin darle tiempo a Raven de responder, se giró hacia Eric—. Dile a Izan que en cuanto pueda, se reúna conmigo en la biblioteca.

—Por supuesto, ahora en el desayuno. ¿Vas a bajar? ¿Te guardo algo?

Neo se encogió de hombros, mostrándole a su amigo un círculo con los dedos. Eric lo entendió, un donut marchando para el Alfa.

Raven se volvió a sentar en la cama, los folios crujían bajo la presión de sus dedos. ¿Debía dejarlo ir solo? ¿Podría su hermano encubrir los hechos con la suficiente eficacia? ¿Se acordaría Neo de la parte de su infancia en la que Ángel lo cuidaba? Maldita sea, no podría asegurar nada.

—Neo —se apresuró a decir, esperando a que el lobo se volviera antes de abrir la puerta—, vuelve pronto, tenemos que hablar de la cena en la mansión.

—Vaya problemón —se frotó el entrecejo y bufó—. Supongo que es otro problema que tendremos que solventar. Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Hagámoslo paso a paso, ¿confías en mí, no?

Raven bajó la mirada, apretando aún más los papeles entre sus manos.

—Y tú… —dijo de pronto, consiguiendo la atención de su lobo—, ¿confías en mí?

Neo después de unos segundos, le devolvió una enorme sonrisa.

—Por supuesto —fue lo único que dijo antes de salir.

El vampiro quedó allí, sentado sobre la cama y con la carta de su madre perdiendo interés bajo la afirmación del lobo. ¿Por qué no le había sonado del todo sincero cuando su Alfa había acompañado la aceptación con una enorme sonrisa de dientes blancos? Neo se caracterizaba por su humildad, por su sonrisa bondadosa y su expresión masculina bañada de ternura.

¿Entonces? Tantas dudas… ¿sería su culpabilidad hablando?

Cuando Neo salió con un confundido Eric pisándole los talones, Raven se echó sobre la cama y acomodó la cabeza en la blandita almohada. Conociendo a su madre, tendría un par de horas de lectura y esperaba que en verdad así fuera, pues sentía la irrefrenable necesidad de despejar su mente durante un tiempo, de ponerla en blanco y dejar de pensar.

Le gustaría que el tiempo se detuviera para que los engranajes de su cabeza pudieran descansar.

La inquietud y culpabilidad lo iban a volver loco.


* * * *

Neo avanzó por el pasillo escuchando sus pasos resonar por todo el trayecto. Intentó no pensar en todas las dudas que el nerviosismo de Raven le causaban. No quería montarse películas y esperaría a que todo se esclareciera con el tiempo. Ahora tenían que tratar con la fiesta en la mansión Shadow, llena de vampiros que estarían deseando arrancarle la cabeza, seguro que iba a ser una velada magnífica.

Suspiró antes de coger el pomo y abrir la puerta, iba tan tranquilo esperando encontrarse de frente con el vampiro causante de otro de sus quebraderos de cabeza, que la imagen de Dayira tapándole la visión lo dejó un poco impactado.

La pelirroja estaba echaba sobre el pecho de Ángel, que parecía dormir plácidamente. Al ruido de los goznes de la puerta, la chica alzó su cuerpo con premura, contrayendo la cara cuando sus ojos se encontraron con los de Neo.

—¿Debo venir en otro momento? —preguntó Neo indeciso—, aunque… me gustaría saber ¿qué diablos de relación tienes tú con ese vampiro para tirarte sobre él? —ante la cara contrariada de Dayira, rectificó—. No tienes que decírmelo si no quieres, aunque me gustaría ordenártelo como tu Alfa, no lo haré. Ahora mismo estoy demasiado desconcertado, lo notarás porque no sé ni lo que digo.

—Lo siento, no tengo ninguna relación con él. Solo estaba… haciéndole una pequeña revisión médica para quedarme más tranquila. Se lo debo a Raven… por ofrecerse con la… cura —soltó indecisa, con las palabras bailándole en la lengua.

Neo alzó una ceja.

—Dayira, a los vampiros no les late el corazón, o por lo menos no involuntariamente…

La loba se puso de pie con premura, colocando bien las sabanas de Ángel y arreglándole con una rápida pasada los cabellos que se habían enmarañados sobre su pecho.

—Solo estaba revisando su temperatura y algunas cosas más… nunca he tratado a un vampiro así que...

—Fría, ¿qué temperatura van a tener? —Neo se acercó, colocándole una mano en la cara con una ligera caricia—. ¿Qué pasa, preciosa? ¿Hay algo que te preocupe… aparte de… eso?

Neo se negaba a mencionar su enfermedad, para él su amiga estaba bien, su amiga no iba a morirse. Todavía no quería procesar esa información, tener que hacerse a la idea. Viviría todo lo inconscientemente que pudiera en referencia a ese tema, era demasiado doloroso.

Dayira se abrazó a él, colocó el mentón entre la curvatura de su cuello y se tragó todas las lágrimas que punzaban por escapar de sus ojos. Se sintió más aliviada y protegida, porque su cuerpo se relajó apretado al del Alfa. Este la envolvió con sus brazos y le besó el pelo incontables veces, acariciándole la espalda de arriba abajo, como si estuviera consolando a un niño pequeño.

—Gracias… —susurró, alejándose mientras le dedicaba una suave sonrisa.

—Nena… ¿Qué pasa? Nunca nos hemos escondido nada desde que éramos unos críos. De verdad, no podré estar tranquilo hasta saber qué diablos te preocupa. ¿Ha pasado algo? —su voz se hizo más estrangulada—. Por favor, Dayira, habla conmigo —le alzó delicadamente la barbilla con su mano—. ¿Qué te ocurre?

—Neo yo… —Dayira cerró los ojos, mordiéndose el labio—, no pasa nada —soltó por fin, sorprendiendo a Neo con una expresión sumamente triste que a su vez desprendía una extrema dulzura—. Te amo, Neo. Te amo con todo mi corazón, pero la solución de lo que me está pasando solo la tengo yo. Es mi responsabilidad, mi obligación, por favor, no te involucres como Alfa.

Neo dio un paso hacia atrás, mirándola con seriedad, inconscientemente buscó una salida para sus manos, colocándolas prudentemente en los bolsillos de su pantalón, quería evitar por todos los medios que su humor se descontrolara y terminará por sacudirla sin contemplaciones hasta que soltara prenda.

—No quiero saberlo por ser el Alfa, maldita sea, Dayira. Estoy preocupado por mi mejor amiga, por la mujer que más he querido en mi vida después de mi hermana, joder… entiéndeme. Yo… —carraspeó un poco la garganta, sintiéndose culpable por lo que iba a decir—, te dejé sola cuando más me necesitabas, solo por guardar la distancia como todo Alfa tiene que hacer. Al saber que no somos ni seremos nunca compañeros, te dejé huir desamparada durante días, intentando mantenerme en mi lugar y no dar rienda suelta a que todas las mujeres con las que me acostaba reaccionaran de la misma forma. Si yo hubiera salido detrás de ti, la manada me hubiera… mi posición no me permitía… ¡joder! —gruñó, dando un puñetazo en la pared—. Por mi culpa, maldita sea, por mi culpa te pasó todo eso. No fui a por ti, no te cuidé cuando más lo necesitabas, no te consolé y te apacigüé con palabras de esperanza como tanto necesitabas. ¡No, te dejé sola para que esos bastardos chupasangre te hicieran todas esas cosas…! —Neo calló al suelo, de rodillas frente a Dayira, alzó las manos con desesperación y las apretó en los pantalones de la chica, hundiendo la cabeza entre sus piernas, entrelazando los dedos desesperadamente con la tela. Las lágrimas escaparon de sus ojos, la culpabilidad sangrando desde sus labios al morderlos fuertemente—. Perdóname, Dayira. Sabes que yo te quiero, nunca volveré a cometer el mismo error, nunca más te dejaré sola, perdóname por favor.

Dayira no tenía palabras para lo que acababa de pasar. Sus ojos, más abiertos de lo que nunca los había tenido, se inundaron de lágrimas. Desde su posición solo podía ver el cabello rubio de su amigo restregarse sobre sus pantalones mientras negaba con la cabeza una y otra vez, sentía sus manos temblorosas irritándole la piel bajo la tela. Su cuerpo se convulsionaba por el llanto contenido.

Llanto que ella no evitó, llorando como una niña, se arrodillo frente a Neo y lo abrazó, arropándolo bajo sus brazos como una madre haría con su hijo. Dayira solo había visto llorar a Neo unas pocas veces, no podía creer que por ella dejara su orgullo de Alfa y se entregara a su tristeza. Que demostrara abiertamente que la quería, que sufría por ella.

Sus brazos se apretaron más alrededor de Neo, cobijándole y dejando que ambos cuerpos se agitaran a la vez, mientras compartían un lloro necesitado por ambos.

—No hay nada que perdonarte. Tú no tienes la culpa de nada —ambos se miraron y Dayira besó lentamente sus labios, con ternura—. Tú tenías una responsabilidad con la manada. Yo admiro tu sentido del deber, tu fuerza de superación, tu devoción hacia tu familia. El amor que nos ofreces a todos los que somos de alguna manera cercanos a ti. Todos te amamos, Eric, Aisha, Zoe, Raven, yo… hasta Izan. Todos haríamos cualquier cosa por protegerte.

Neo negó con la cabeza, sin importarle que los ríos cristalinos de lágrimas, corrieran con más furia por sus mejillas.

—Estas equivocada. Soy yo el que tengo que protegeros. ¡Yo el que tengo que manteneros a salvo! Sois parte de mi manada, mi responsabilidad… yo soy el que tengo que…

—¿Solo por eso? —preguntó Dayira, sonriéndole con ternura—. ¿Somos iguales que el resto? ¿Nos proteges solo por eso?

—¡No! —gritó Neo poniéndose de pie, Dayira lo siguió tranquila, colocándose frente a él pero sin tocarlo—. Vosotros sois diferentes, yo os quiero tanto, no podría seguir viviendo indiferente si os pasa algo. Sería como si perdiera alguna extremidad, como si me dieran a elegir que dedo quiero que me corten. Vosotros sois mi familia, yo no podría…  

—¿Ves? —preguntó Dayira, ahora sí, tocándole la mejilla para apartar con sus dedos esas lágrimas rebeldes que habían marcado un camino en su rostro—. No tienes por qué sentirte culpable. Yo debí quedarme aquí, haber compartido mi tristeza con vosotros, dejar que me consolarais como la familia que todos somos. ¿Quién tuvo la culpa aquí? ¿Quién despreció y desentendió los sentimientos de quién? Por favor, Neo, no te sigas amargando por esto. Yo fui la culpable.

Neo volvió a negar con la cabeza, esta vez más tranquilo, apretando ambas manos hasta formar un tenso puño.

—Puede que todos nos equivocáramos en sobrellevar la situación, pero si esos asquerosos chupasangres no existieran, si esos asquerosos bichejos no….

Dayira volvió a sonreír cálidamente.

—Entonces tú no hubieras conocido a Raven, no sería tu compañero y ahora no estaríais juntos. Siempre has tenido presente lo que te dijo tu padre poco antes de morir, siempre lo has respetado, no puedes ahora echarte hacia atrás, tú eres más fuerte que todo eso.

Neo no estaba seguro de eso…

—Puede que si me hubiera desecho de esa maldita mansión como toda la manada quería cuando murió el anterior alfa, la Luna te hubiera elegido a ti como mi compañera. Estaríamos juntos y no tendrías que…

La loba se encogió de hombros, poniéndose una mano en la cintura. Su rostro se había vuelto mucho menos expresivo que hacía unos segundos.

—¿Qué te hace pensar eso? A lo mejor hubieras matado a tu alma sin saberlo. Te habrías desecho de la única manera que tendrías de ser feliz.

—Yo no sé nada ahora mismo, Dayira. Lo único que deseo es que todo sea un mal sueño y que dentro de unos años sigas a mi lado. Daría media vida de la que me queda para hacerlo realidad.

El crujido de la cama sobresalto a ambos confidentes, que se volvieron hacia esta con la misma expresión de un niño pillado robando un chicle en una tienda. Ángel se incorporó, colocando la cabeza en el respaldar de madera sin querer mirarlos a la cara. Con la tranquilidad que siempre había representado al vampiro, y ahora mismo todo su cuerpo estaba tenso, como si quisiera saltar sobre ellos y destrozarlos.

El único movimiento que vino de Ángel fue cuando alzó el brazo echándose el pelo hacia atrás para despejar su mirada. Ojos carmesí que se centraron en Neo como dos candentes llamas.

—¿Estás decepcionado de que tu alma haya sido mi hermano? ¿Un vampiro, un hombre?

Neo sintió un crujido, tardando varios segundos en darse cuenta que era el rechinar de sus dientes. Se había puesto a hacer una escena con Dayira sin acordarse de donde estaba y quién dormía en la cama a menos de unos centímetros de ellos.

Era una pregunta difícil de responder y ahora no tenía ganas de descargarse con el vampiro. Estaba tan lleno de dudas que no quería hablar sin aclararse un poco, sin cuidar sus palabras y que después no tuviera que arrepentirse de ellas.

—Creo que lo mejor es que vuelva más tarde, estoy aquí para agradecerte por proteger a mi hermana, no para confesarme, maldita sea.

—Parece que los lobos nunca estáis contentos con el Alma que os toca. No sé si os gusta sufrir o encontráis placer al sentiros desgraciados.

La frase no pasó desapercibida para ambos licántropos. Neo dio un paso hacia delante, parecía desbocado, Dayira logró pararlo a tiempo, colocándose frente a él y empujándolo hacia atrás. Tuvo que usar tanta fuerza que sintió los músculos de su brazo entumecerse.

—Piensa en Raven… —le suplicó.

Neo ni siquiera pareció escucharla.

—¿A qué te refieres? ¿Qué mierda sabrás tú sobre nuestras almas y lo que compartimos con ellas? ¿Quién te crees que eres? ¡Por muy hermano de Raven que seas no oses hablarme así! ¡Aquí yo soy el Alfa! —gruñó, enseñando los dientes pero conteniéndose, manteniendo todos los músculos en tensión pero estáticos.

Ángel no demostró ningún signo de temor, Neo lo hubiera olido. Pero la serenidad que sobrepasaba la poca rabia del vampiro no hacía más que sorprenderlo, y por qué negarlo, cabrearlo. Aunque no tanto como la frase que pronunció a continuación.

—Dayira, sal. Tengo que hablar con Neo —cuando ambos no se movieron, Dayira por dudas y Neo por estupefacción, Ángel apremió a la muchacha con una voz seca y contundente—: Sal, ahora.

—¿Quién te crees que eres para echar a nadie? ¡Demonios! —volvió a gritar Neo, faltaba lo justo para que perdiera el control.

Dayira le apoyó una mano en el hombro, sonriéndole, después se dirigió hacia Ángel, mandándole una mirada de furia contenida.

—Me iré, lo de vosotros va a ser largo. De todas formas, a nosotros también nos queda algo pendiente.

La cara de Ángel dejaba claro que no sabía a qué se refería, aunque tampoco se inmutó mucho, como si no le diera demasiada importancia a lo que la chica tuviera que decir. Solo asintió con la cabeza acordando un encuentro futuro y ambos, lobo y vampiro, se quedaron en silencio hasta que vieron a Dayira salir por la puerta con un contoneo de caderas que a ninguno dejó indiferente.

Tras el sonido de la puerta al cerrarse, el silencio invadió la habitación. Ángel seguía sentado en la cama, aun con la mirada fija en la puerta, un sentimiento contradictorio pasando por su cara. Neo sin embargo, seguía quieto, mirándolo fijamente y con todo su cuerpo en tensión. No quería moverse, perder el control con su cuñado. No sabía qué diablos había sido todo eso de hace unos minutos, pero lo que tenía seguro es que no estaba dispuesto a que nadie le hablara de esa manera.

—Siéntate —escuchó Neo, sin recibir nada más a parte de la orden, cuando no contestó, Ángel lo miró con mucha más suavidad—. Por favor.

Neo asintió con la cabeza, reconociéndole la educación y arrimó la silla donde antes había estado Dayira, dándole la vuelta y sentándose a horcajadas. Contra más distancia hubiera entre ellos en ese momento mejor. Ya estaba calentito por cualquiera que fuera la cuestión que Raven le ocultaba, triste por la conversación con Dayira, y ahora no estaba de ánimos para enfrentarse a otro vampiro.

—Solo venía a agradecerte por salvar a mi hermana, pero antes… ¿Qué diablos fue eso? —gruñó, apoyando los brazos en el cabezal de la silla y su barbilla sobre ellos.

Ángel lo miró de reojo, con una haz carmesí en sus ojos que Neo no pudo más que encontrarlo sumamente atractivo… atractivo y peligroso. Ese vampiro era interesante y sexy, por qué negarlo.

—No tienes que agradecérmelo, yo apreciaba a tu padre. Estuve mucho tiempo aquí en la Propiedad, en la casa de tu padre tratando varios acuerdos. Durante… muchos años.

Que voz tan melancólica, ¿porque si había hablado con un tono prudencial, a Neo le había parecido un lamento? El lobo se rascó la cabeza y suspiró, Ángel se parecía mucho a Raven, tenían esa aura de realeza a su alrededor. Esa elegancia tan típica en un vampiro. Su belleza de media noche, esos penetrantes ojos afilados que hacían tan sexy su cara. Y sin embargo, algo había diferente… Ángel a diferencia de su hermano, desprendía tristeza, casi agonía… era una sensación bastante espeluznante.

Pero a quién quería engañar, no se iba a conformar con esa respuesta.

—Mira, yo no soy mi Beta pero tampoco soy imbécil. Ningún vampiro daría la vida por un licántropo, ningún vampiro de tu edad que ha estado en la guerra antigua, expondría su vida a una muerte segura por salvar a un lobo. Por el amor de Dios… no me subestimes. Sin que mis soldados me hubieran informado de tu "No toques a mi hija", yo ya habría sospechado de que algo pasaba —la expresión de Neo cambió a una más seria, más letal—, Por favor, no me subestimes y contéstame antes de que pierda la paciencia, olvide quién eres y te arranque la cabeza de un mordisco, ¿sí?

Ángel sonrió escuetamente, sorprendiendo al Alfa, la serenidad del vampiro seguía intacta, nada del miedo que Neo creía que podría oler en el ambiente apareció. Solo estaba aquel vampiro, mirándole con tranquilidad, casi con ternura. No lo entendía, pero en vez de saber la respuesta, de lo que tuvo ganas es de salir corriendo, huir, alejarse de él. ¿Pero porqué? ¿Qué tenía ese tipo que lo trastornaba tanto?

—Bueno… —Ángel se acarició el pelo, entrelazando los dedos por cada hebra oscura—, como sabrás, hija mía, no lo es. Pero estuve mucho tiempo metido en la casa de tu padre, era el único vampiro al que dejaban entrar en la propiedad. Para crear cierta confianza hacia nosotros, se me permitió convivir con vosotros mientras tratábamos ciertos asuntos referente a… todos nosotros.  

Neo no podía estar más sorprendido, ¿ese vampiro había estado viviendo durante años en su casa? No lo recordaba y eso era raro… si estuvo con Zoe, él tendría que tener al menos cinco o seis años y debería mantener algún recuerdo en la memoria que se relacionara con él. Por favor, un niño recordaría si hubiera estado viviendo con otra persona que no fuera miembro de su familia. Porque la única persona que estuvo en su casa… la única…

La respuesta que le llegó a su mente lo golpeó con tanta fuerza que se levantó de la silla, casi trastabillando hacia atrás y no cayendo por poco sobre la cómoda. Su mente se negaba a relacionar esa persona con el vampiro frente a él. No podía ser, tenía que estar confundido. No podía… se negaba a admitirlo. Pero entonces… ¿qué clase de broma le estaba jugando el destino? Mejor preguntaba con precaución.

—Mi padre tuvo una amiga. Una mujer muy guapa, tenía grandes ojos oscuros y un pelo muy largo. Era cariñosa y hasta ingenua en alguna ocación. Siempre fue muy amable con nosotros, hasta en cierta manera, por cariño, le llamábamos mamá, pero claro… eso no puede estar relacionado contigo… yo debo estar confundido.

Ángel apretó las sábanas, retorciendo la tela como si sus dedos quisieran rasgar el tejido. La sonrisa se había borrado, ahora sus labios formaban un rictus severo, entre el odio y la angustia, mezclados con grandes dosis de desconsuelo. Había tanta amargura en aquel hombre que Neo dio otro paso hacia la puerta. Parecía que sus pies actuaban antes que su cerebro.

—Esa mujer era yo, solo que al ser un crío supongo que te equivocaste un poco con el género. Puede que con esa edad no vieras posible que tu padre metiera en tu casa a nadie que no fuera una mujer, siempre y cuando creyeras que manteníamos ese tipo de relación —Ángel alzó ahora la mirada, impactando sobre la cara de un Neo que se alejaba paso a paso de la cama—. No me unía nada a tu padre, solo lo que te dije antes. Pero estuve mucho tiempo con vosotros, crie a tu hermana por tres largos años hasta que tu padre falleció. Para mí, fue y será siempre como una hija para mí. Apreciaba mucho a tu padre, siento lo que pasó.

Neo frenó sus pies en seco, apretando ambos puños y levantando la cabeza.

—¿Y qué pasó? —preguntó, con aspereza en la voz.

—Su fallecimiento.

La espalda del lobo chocó con la puerta, golpe que le hizo reaccionar. Agarró el pomo e intentó sonreír amistosamente al vampiro.

—Entiendo, entonces parece que nos une más que el hecho de que seamos cuñados —apretó con fuerza el pomo, aunque no tanto como el otro puño que tenía oculto tras su espalda—. Vuelvo a agradecerte el salvar a mi hermana, puedes quedarte entre nosotros cuanto gustes y siempre serás bienvenido, también te debo todo esos años que nos cuidaste. No tengo recuerdos muy claros sobre aquella época pero si conservo sensaciones… creo que yo estaba feliz de tenerte aquí. Y también… —su expresión se enterneció, una escena pasando por su mente—, creo que mi padre lo estaba igualmente. Fueron unos años tranquilos. Gracias —respondió entre sinceridad y confusión.

Ángel le devolvió la sonrisa, asintiendo y llevándose una mano al pecho. Parecía complacido con la exposición de Neo, y eso solo desconcertó más al lobo.

—No tienes que agradecerme nada, yo os protegería a ambos, vosotros y Raven sois lo único que me queda.

Los labios de Neo temblaron antes de añadir la siguiente petición.

—Por favor, quédate todo el tiempo que quieras. Seguro que Zoe y Raven estarán encantados de tenerte con nosotros.

—¿Y tú? —susurró, casi imperceptiblemente.

El Alfa forzó una sonrisa, terminando de abrir la puerta. Sentía una urgencia tan grande que casi no le salían las palabras.

—Por supuesto… yo… vendré otro día con Raven. Seguro que todavía tenéis mucho de lo que hablar… yo, esto… me voy, nos vemos.

Sin esperar respuesta, Neo salió por la puerta, cerrándola con un poco más de fuerza de lo que pretendía. Apresuró sus pasos hasta que salió del apartamento, recibiendo el resquicio de alguna luz procedente de las lámparas del pasillo. Desde allí podía observar el amplio cielo, totalmente negro sin una sola estrella que admirar. Las nubes se juntaban en pequeños grupos que cubrían todo a su paso, debajo, el patio se encontraba despejado, solo algunas personas lo cruzaban, saliendo del gran salón hacia los departamentos del otro lado de la propiedad.

Neo se acercó a la baranda para que le diera un poco el aire, observando el ir y venir de la gente sobre el albero, casi como si esa secuencia le distrajera de lo que su cabeza no podía pensar de especular. ¿Qué diablos había pasado en aquella habitación? No entendía nada.

Ángel, un vampiro, el hermano de su ahora marido, era esa mujer que aun por poco tiempo, lo había cuidado con tanto cariño, como si fuera su hijo. Esa mujer que él siempre había creído, era la segunda alma de su padre. ¿Estaba equivocado? ¿Puede que todos esos años hubiera creído algo que era falso? Pero entonces… ¿Por qué nunca nadie de su manada le sacó de ese error? ¿Por qué le dejaron pensar desde crio que había sido así?

Neo sonrió amargamente, golpeando la barandilla con tanta fuerza que se hizo daño en el puño. No le importó. La ira que lo invadía le cegaba cualquier cosa que sucediera a su alrededor, solo podía pensar en una cosa.

—Un amigo… viviendo juntos por obligación… ¡una mierda! —gruñó entre dientes, agarrándose al metal y pateando los barrotes—. Tú no te encierras en una habitación con un amigo y gimes como una perra mientras te folla. Malditos bastardos… ¿Qué coño me están ocultando todos? Izan, Raven y ahora este otro bastardo… todos me están ocultando algo. ¡Maldita sea!

Una cosa tenía segura, iba a callarse. Iba a esperar a ver como trascurría los acontecimientos, si Raven le confesaba la verdad. Quería que fuera su marido quién le pusiera al corriente, que le hablara en confianza sobre lo que estaba pasando. Porque estaba seguro que Raven lo sabía todo, que lo sabía y no le había contado nada. Que temía su reacción, que le asustaba su proceder cuando supiera la verdad. No concebía la idea de que su nene le pudiera estar ocultando algo importante solo por puro egoísmo o conveniencia. No… tenía que estar protegiendo algo… ¿a quién? ¿A su clan? ¿A la manada? O puede que todo tuviera que ver con su hermano… pero si es verdad que era el amante de su padre y este les había cuidado a él y a su hermana, ¿Por qué Raven sentía la necesidad de proteger a Ángel de él? No lo sabía y ahora mismo tampoco quería pensar en ello. Esperaría, era lo único que le quedaba para proteger su unión con Raven, para mantener ese hilo delgado y frágil de confianza que estaban forjando poquito a poquito.

Neo era muy tolerante, podría perdonárselo todo, todo salvo la traición. Si Raven ponía en peligro con su silencio a su familia, a su manada, a la estabilidad en la que vivían ahora… a su relación. No sabía cómo podría reaccionar, lo que podía hacerle. Si su vampiro huía de él, por cualquier razón, no sabría que podía hacer… no quería pensarlo, pero antes de dejarlo escapar libre… él podría cometer una locura.

Maldita sea, si no lo amaba, ¿porque sentía esa posesión tan grande? Esas ganas de encerrarlo en su habitación, de atarlo al mobiliario y mantenerlo como un animal enjaulado que lo esperara a él y solo a él. Para amarlo, para poseerlo, hasta que solo recordaba su voz, el tacto de su piel, sus miradas y órdenes. Hasta que solo fuera suyo y completamente suyo.

Este dominio que los licántropos sentían por sus parejas sobrepasaba los límites de lo que pudiera considerarse razonable. Pero era algo superior a ellos, algo que la Luna les incrustaba bien fuerte en sus mentes. Esa posesividad que mantenía a la manada unida y forjaba un hilo de confianza y fidelidad irremplazable.

¿Sería con su vampiro algo imposible de forjar? ¿Le contaría Raven la verdad? Tenía que hacerlo, antes de que su paciencia llegara al límite. Antes de que su instinto de Alfa le hiciera cometer una locura. Su vampiro no sabía dónde se estaba metiendo. Estaba seguro que no lo supo tampoco cuando accedió a ir con él, a ser su marido.


Ahora le pertenecía, su Raven, su amado vampiro.

jueves, 7 de agosto de 2014

Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 14)

CAPÍTULO 14

Entrada: xx/xx/xxxx
Me arrepiento de haber explotado así, me arrepiento de haberlo golpeado. Pero ya no soporto más su pena.
Estoy tan frustrado, tan cabreado conmigo mismo. No quiero que mis cachorros lo busquen, no quiero que vuelvan a acercarse a él.
Pero… no puedo alejarlo de mí. Solo pensar en él, mirarlo, olerlo, algo en mi ángel activa mi cuerpo, lo estimula como nunca antes creía que fuera posible.
No puedo vivir con él… no puedo vivir sin él.
A veces pienso que lo mejor sería que ambos muriéramos, que desapareciéramos y dejáramos de sufrir, de padecer este maldito tormento.
Ayer, después de que volviera de una de sus escapadas, lo tiré al suelo y lo violé. No le dejé hablar, no le dejé moverse, solo podía pensar en tomarlo, en borrar el rastro de ese asqueroso ser y reclamar con mi esencia mi territorio.
Maldito ángel del infierno, estás haciendo que pierda los cabales, que cometa un error…
Vas a hacer que te mate.
No es un pensamiento que no me haya recorrido la mente alguna vez.
Tener una dulce muerte.
Tomarte con fuerza para después cortarte el cuello mientras estás chillando de éxtasis, así morirías en mis brazos, te extinguirías en mi placer. Pero lo más importante, cuando yo terminara con mi vida sobre ti, te daría lo que tanto ansías.
Mi sangre.
Mi sangre bañaría tu rostro y tu pelo, inundaría tu boca y surcaría por tu cuerpo, uniéndose con la tuya donde físicamente nosotros ya lo estaríamos.
Y entonces, nuestros sufrimientos, acabarían. 

* * * *

Dayira sujetó el pomo indecisa, demasiado asustada para enfrentar lo que estaba casi segura había detrás de esa puerta. Además, la mirada fija del Beta sobre su espalda tampoco la ayudaba.

Maldita sea, a lo mejor debería haber contado desde un principio todo lo que sabía. Pero el solo pensamiento de hacerle daño a Neo le hacía reacia a abrir la boca. Ahora, según había escuchado en la manada, un vampiro familiar de Raven se encontraba alojado allí.

Necesitaba saber si era él.

Cogiendo aire y echándole valor, giró el pomo y entró en la estancia. La puerta chirrió tras Izan al cerrarse, haciendo que Dayira se sobresaltara unos segundos antes de fijar su mirada en la cama.

Allí estaba su vampiro, con la misma cara pálida y elegante, con su largo cabello de media noche bañando sus hombros. Podía recordar esos intensos rubís brillando cuando la acariciaba.

Nerviosa, se colocó el cabello rojizo tras la oreja mientras terminaba por acercase lentamente a la cama. Podía escuchar la respiración de Izan por encima de la del vampiro, pero no conseguiría incomodarla, le daba igual que estuviera observándola. Sí creía que iba sacar cualquier información de ella que pudiera perjudicar a Neo, podía esperar sentado. No podía arriesgarse a que Izan cometiera algún error, que toda la verdad se descubriera por culpa de alguno de sus jueguecitos.

No tenía pensado ni molestar a Ángel, solo se conformaría con tocarlo un poco, mirarle mientras dormía y susurrarle dulce sueños, para después volver a coger el camino fuera del dormitorio.

Deslizó el revés de su mano sobre la suave mejilla, desplazando algunas hebras negras de sus ojos. Estaba igual de hermoso que como lo recordaba.

Dos lentas lágrimas se derramaron de sus ojos, Dayira las recogió suavemente con un dedo, fijando la humedecida vista en las sábanas. Delicadamente las levantó, pasando su fría mano por su pecho, bajando por su estómago y rodeando despacio las líneas negras de su estrella.

—Ángel… —sollozó, tocándose ella misma la ingle también—, todo está bien, descansa.

No se atrevió a despertarlo, no se veía capaz de enfrentarse a sus tristes ojos. El aura melancólica que envolvía al vampiro cuando lo conoció seguía rodeando su cuerpo, su expresión. Su pena seguía allí y no quería luchar contra eso, no ahora. No cuando él se echaría otro pecado más a sus espaldas.

Su corazón no podría soportarlo.

—¿Y entonces? —preguntó Izan, esperando de brazos cruzados frente a la puerta.

Dayira lo miró negando con la cabeza, sin querer regalarle ni una sola palabra. Sentía la impetuosa necesidad de salir de allí, de alejarse durante unas horas de aquella habitación. Sus piernas pesaban toneladas, aun así, consiguió llegar hasta donde estaba el Beta y apartarlo bruscamente con el brazo.

Tenía que salir de allí.

—¿Dayira?

El corazón de la loba se paralizó, podría reconocer esa voz hasta en el fin del mundo. Lentamente, giró su cuerpo de nuevo hacia la cama y allí se encontró con lo que más temía, con esos ojos escarlata fijos en ella. Su expresión serena con un halo de tristeza.

—Ángel, me alegro de que te encuentres bien.

El vampiro sonrió escuetamente, invitándola a sentarse a su lado con un elegante movimiento de brazo. Dayira se acercó despacio, sentándose en la silla y obligándose a mirarlo sin obedecer a la urgencia que sentía por salir corriendo de allí.

—Te fuiste y no volví a verte. Tú también te ves bien, me alegro de que pertenecieras a esta manada. Aquí te cuidarán bien para que no vuelva a pasar lo mismo otra vez.

La loba se apretó las manos, estrujándoselas con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Sé que mis actos hace unos meses no fueron los más indicados, pero la manada no tiene nada ver que con eso. Gracias por todo lo que hiciste por mí en ese entonces. Si no hubieras estado allí, yo no sé…

—¿El resultado hubiera cambiado? —preguntó Izan, alzando una ceja con incredulidad—. Yo creo que todo hubiera terminado igual.

Dayira sabía a qué se refería, a su enfermedad. Al poco tiempo que le quedaba. Pero esa era una de las últimas cosas de las que quería que Ángel se enterara. Como ese Beta del demonio no se callara, le arrancaría la garganta de un mordisco. Lo único que le molestaba a ese bastardo era no saberlo todo, que algo en su manada escapara de su rango de previsión.

Ella no estaba para juegos en ese momento.

—¿A qué te refieres? —preguntó Ángel, con serenidad. Si sospechaba del lobo, su expresión no lo demostraba.

—Izan, sal —ordenó Dayira, seria y concisa. Sin ninguna duda en su voz.

El Beta se lo pensó dos veces, pero al final tras un asentimiento salió por la puerta, obligándose a dejarles algo de intimidad, fuera lo que fuera que estuviera pasando entre ellos.

—¿Dayira? —volvió a preguntar Ángel, mientras acariciaba la mano de la loba despacio, casi con una ternura fraternal.

—Ellos no saben nada, solo que me escapé y desparecí durante unos días. No le des muchas vueltas, sabes cómo son los Betas —y fue terminar la frase y arrepentirse de lo dicho.

Ángel encogió la expresión, cruzándole un ramalazo de dolor por toda la cara. Se veía igual de miserable que siempre, Dayira podría sentir las ganas de morir del vampiro a una legua. Todo estaba igual que cuando se fue.

La conversación ya no le merecía la pena. Nada iba a cambiar. No mientras Ángel siguiera pensando en su primera alma.

—Pero… —siguió Ángel indeciso, frotándose las sientes con gesto cansado—, no entiendo. ¿Te ha pasado algo desde que volviste? ¿O se refiere a Neo? A vuestra… ¿relación?

Dayira le sonrió con ternura, seguía preocupándose por ella, al igual que todas esas horas durante la semana que estuvieron juntos. Entre ellos hubo tantas confidencias y sentimientos encontrados que ahora todo le parecía un mal sueño.

Un sueño, que a su pesar, nunca debió suceder.

—Tranquilo, Neo y yo estamos bien. Lo amo y siempre lo amaré —la sonrisa de Ángel ante su confesión solo le hundió un poco más la espinita que mantenía clavada en su corazón—. Gracias por todo. Déjale este asunto a Raven, se solucionará.

Ángel la observó de marchar, como la loba giraba gracilmente su cuerpo para dirigirlo hacia la puerta. Se mojó los labios, sintió la necesidad de detenerla, de suplicarle que se quedara un poco más con él.

Lo único que escapó de su boca fue un agradecimiento.

—De verdad, muchas gracias por escucharme, Dayira. Por haber estado ese tiempo conmigo y por aguantar todas mis penas. Gracias por aceptar mi historia y consolarme, entiendo porque te fuiste, por qué me dejaste allí. Tu lugar está aquí junto a Neo. De verdad, te deseo lo mejor.

Dayira cerró con fuerza los ojos y se forzó a sonreír, aun de espaldas a Ángel.

—No, no creo que lo entiendas —suspiró y abrió la puerta—. Vendré a verte otro día… adiós.

El ruido de la puerta fue todo lo que Dayira dejó atrás. Ángel desde la cama se sintió hundirse un poco más en el colchón. No entendía por qué ese adiós le había parecido tan firme, como si hubiera sido la conclusión final a una difícil decisión. Y lo que menos entendía era porque sentía un cierto dolor en su estrella.

Se tocó la ingle despacio, sorprendiéndose al ver caer gotitas carmesí sobre la sábana. Alzó ambas manos para tocarse la cara, estaba llorando.

—Esto es… pero… ¿por qué?

* * * *

Raven se colocó de lado, acariciando lentamente las hebras doradas, haciéndose cosquillas en la palma de su mano. Neo dormía tranquilamente, con un respirar lento y profundo. Desnudo sobre la cama, dejaba al vampiro admirar cada músculo de su pecho contraerse al respirar. Su estómago subía y bajaba, afirmando cada zona.

Como le gustaría tener un cuerpo como el de su lobo, era tan duro, tan bien formado. Pasó una mano por su muslo, el cual mantenía flexionado y contraído. Tragó saliva ante el extremado calor, aun así, sus manos siguieron subiendo, acariciando el suave vello rubio.

Por fin consiguió que Neo soltara una sonrisita y se estirazara, dando un amplio bostezo. Se veía tan complacido por el sexo anterior, tan sumamente satisfecho que el ego de Raven no pudo más que crecer.

Tener a su macho estirazado apaciblemente en la cama, después de haber estado retozando con él durante horas, le provocaba una subida de lívido indescriptible.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Raven, acariciándole ahora el flequillo rubio y echándoselo hacia atrás.

Neo sacó su lengua graciosamente, relamiéndose los labios.

—Podría estar mejor. Me lo pasé muy bien pero… joder con nuestro vampirito —y soltó una suave carcajada.

Neo ignoró la mueca disgustada de Raven y le rozó el rostro, pasando el dorso de sus dedos por la suave mejilla. Con el cabello negro revuelto por las horas desenfrenadas de antes, solo se veía más atractivo. Si tuviera las fuerzas necesarias no tardaría ni dos segundos en echarse sobre él. Su vampiro no podía ser más sexy, más atrayente, Dios... no sabía qué diablos le estaba pasando.

—¿Te puedes mover? Deberíamos bajar a comer o puedo ordenar que te suban algo —dudó Raven, más atento en la mirada azul de su lobo que en lo que realidad estaba diciendo.

—¿Deberíamos? —preguntó Neo con incredulidad—. Maldita sea, ¡como si tú no hubieras comido suficiente! Creo que tengo marcas de mordisco hasta en la-

—No, ahí no —se apresuró a cortar Raven, con un toque picarón brillando sobre su vergüenza—. Pero puede que muy cerca… —y sus ojos fueron directamente sobre la ingle del lobo, donde dos claras marcas sobre un pequeño chupetón hacían acto de presencia.

Neo siguió la mirada hasta tocar la zona, con la sonrisita tonta en la cara.

—No me hagas recordarlo, podría animarme y no tengo fuerzas para devolverte el favor —antes de que Raven pudiera contestar algo sagaz según la expresión que estaba poniendo, Neo se incorporó en la cama y echó la cabeza sobre el respaldar de esta, pensativo—. ¿Qué pasó al final con lo de tu hermano? Con tanto calentón al final no me contaste nada y de verdad que tengo curiosidad. Cuando llamó a mi padre… —el Alfa se mordió el labio, indeciso—, no sé cómo explicarlo, pero se veía tan… desesperado. No sé qué coño les unía a ambos, pero seguro como un demonio que más de lo que dejó a entender.

Raven tragó saliva y giró su cabeza. No se atrevía a enfrentarse a esos ojos azules, pues estaba seguro que si ambas miradas se encontraban, Neo podría ver con facilidad que lo próximo que iba a salir de sus labios era mentira.

El vampiro se acomodó el pelo mientras se sentaba al lado de Neo en la cama. Bostezó también y desinteresadamente se rascó una pierna. Tenía que disimular lo suficiente para darse tiempo para prepararse.

—No es nada a lo que tengas que darle muchas vueltas, en realidad, Ángel y tu padre llevaban todo lo relacionado a los vampiros y tu manada. Al no haber un acuerdo como ahora, se juntaban varias veces para hacer tratados de paz y demás. Había la suficiente confianza entre ellos como para tratar asuntos importantes y tener la seguridad de que se cumplirían —se aclaró la garganta antes de seguir—. Mi hermano se sorprendió mucho cuando te vio, admiraba mucho a tu padre y su muerte le afecto bastante.

Neo asintió largamente, con un ruidito de aceptación que poco convencía a Raven. Lo miró de reojo, observando como el lobo vagamente alzaba los brazos y los colocaba tras su cabeza, parecía tener la vista fija en algún punto de la pared de enfrente. Su rostro no mostraba sospecha, ni eso ni nada realmente.

Raven no sabía si sentirse aliviado o era demasiado pronto para ese pensamiento.

—Mis lobos me han dicho, que tu hermano protegió a mi hermana a riesgo de su propia vida. Me sorprendió mucho cuando lo escuché pero si dices que apreciaba a mi padre puedo hacerme una idea de sus razones —Neo le miró con una amplia sonrisa en donde podía verse todo sus dientes—. Recuérdame darle las gracias. ¡Ahora bajemos a comer!

El vampiro asintió, sin querer abrir más la boca, lo suyo no era mentir y encima la confianza que había demostrado Neo en él solo le hacía que le doliera más el pecho. Pero no podía decir nada más, no podía arriesgar la vida de su hermano. Neo sabría perdonarle con el tiempo si alguna vez llegase a enterarse. Solo estaba haciendo lo mejor para la manada y su clan, lo mejor para todos.

Observó como el Alfa se alzaba de la cama, dándole la espalda y dejándole ver toda su gloriosa desnudez. Sus hombros redondos, su espalda bien formada, esa cintura fibrosa que desembocaba en un duro y cuadrado trasero. Quería seguir bajando por sus muslos de acero y recrear su vista en esas pantorrillas, pero su vista seguía fija en su culo, en el recuerdo de esos apretados músculos apretando su…

—¿Raven? —preguntó Neo, indeciso.

Raven pegó un salto, todo lo elegantemente que pudo, y se puso de pie. Buscando su ropa sin añadir nada.

—Debemos apresurarnos, tienes que alimentarte para recuperar fuerzas.

Neo le guiñó un ojo, dejándole saber que le había pillado mirándole el trasero. Al no obtener la sonrojes que esperaba en la cara del vampiro, se encogió de hombros y siguió vistiéndose. Estaba claro que su marido empezaba a madurar y que cosas que antes le hubiera cubierto de timidez, ahora las veía con mucha más normalidad.

Era agradable, saber que él había conseguido ese cambio en Raven le hacía sentirse poderoso.

Su pequeño vampirito se había convertido en todo un hombre, y joder si ayer no se lo demostró. Todavía podía sentir el calor en cada mordida, el dolor en su trasero y esa sensación de placer que le había recorrido todo el cuerpo. No sabía que se había sentido mejor, aunque nunca olvidaría esa primera vez en los aseos de la discoteca. Los sonidos que produjo su vampiro cuando se lo folló duro contra la puerta del lavabo.

Una sonrisita picarona se formó en su cara y miró de reojo a Raven, este ya estaba completamente vestido y contemplándolo con hastío. Era verdad, tanto perderse en sus pensamientos iba a tardar un siglo en vestirse.

Pero prefería pensar en su sexo con el vampiro y no en las dudas en su cabeza. Porque algo… estabas seguro, había detrás de todo ese silencio de Raven. A él no podía engañarlo, aunque tampoco tenía prisa porque su nene le explicara, le daría su tiempo y esperaría como un niño bueno, o ese era su plan.

Una vez vestido, agarró el pomo de la puerta y la abrió. Invitando a Raven a pasar frente a él para salir de la habitación rumbo al comedor. Bajaron las escaleras de cemento y atravesaron el patio de albero hasta llegar al gran salón custodiado por las inmensas columnas de piedra.

Un poco más allá, en una de las primeras mesas y como era habitual, se encontraba el grupo de Neo. Eric parecía estar contándole algo divertido a las chicas, porque tanto Aisha como Dayira se reían como locas. Zoe mantenía la cabeza baja mientras su mano apretaba constantemente el muslo de Abel. Se veía nerviosa, como si quisiera mantenerse lista por si en cualquier momento tendría que salir corriendo. El olor a miedo llegaba hasta ellos, cosa que ha Neo no le hizo ni la más mínima gracia.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Neo, sentándose recto al lado de su hermana y apartándole la mano de la pierna de su marido.

Abel solo lo miró de reojo pero no dijo nada, poniendo la misma cara inexpresiva de siempre. Además, Raven supo que si el gesto le hubiera molestado, a Neo le hubiera dado absolutamente igual.

—Yo solo… —susurró Zoe, no muy segura de seguir, miraba a todos lados con ojos asustadizos—, tengo miedo de que algún lobo de la manada se lance sobre él, o que ese lobo blanco aparezca y se lo lleve. Por favor hermano —suplicó con ojitos vidriados—, tienes que traspasarle de manada lo más rápido posible. No, ahora mismo.

Neo puso cara de disgusto, y no solo por la súplica de su hermana, ya que por ella haría cualquier cosa, y lo primero no permitir que nunca más tuviera que poner esa clase de expresión. Sino que la idea de poseer a otro lobo le molestaba de indudable manera. Había varias formas de convertir a un lobo. De transferirlo de una manada a otra y aunque el final siempre sería doloroso el camino hasta él podría ser más… placentero. El Alfa se golpeó interiormente por ese pensamiento. Ni aunque todos sus muertos se levantaran él haría algo así.

—Tengo que pensarlo un poco más, Zoe. Déjame unos días para asimilarlo todo y verás que lo solucionaré.

—¡Unos días! —gritó horrorizada la joven—. Ni hablar, no podemos esperar tanto, tiene que ser ya. ¡Hoy o mañana pero ya!

Neo apretó los dientes y miró de reojo a Raven, sin dejar muy claro la razón de ello. Cuando parecía que el vampiro iba a intervenir se volvió hacia su hermana con la vista oculta por el flequillo rubio.

—Zoe, en realidad, no quiero hacerlo. Vas a sufrir más que él durante el procedimiento y no quiero hacerte daño.

La joven cogió la mano de Abel con fuerza, compartiendo una mirada de confianza antes de girarse hacia su hermano. Sus ojos ahora más seguros, con un brillo azul resplandeciendo en ellos. La pequeña estaba madurando. Neo se sorprendió al tener otra vez ese mismo pensamiento, parecía que todo el mundo a su alrededor evolucionaba mientras él seguía en el mismo sitio.

—Haremos lo que sea para que Abel esté a salvo. Yo… lo soportaré. Lo prometo —y la expresión firme de su cara así lo demostraba.

—Bueno… ¿y si no lo haces mediante el dolor? —preguntó Eric, mientras le daba un buen mordisco a su bocadillo de jamón —Neo lo miró de golpe como si quisiera matarlo, haciendo que Eric se atragantara con el pan—. Bueno, el traspaso solo se produce si posees al lobo y cuando pase sufrirá. Pero en vez de poseerlo a la fuerza con una paliza, también se puede hacer mediante… ¡auch! —gritó el lobo, tocándose la cabeza con evidente dolor.

Todos giraron la cabeza hacia Neo, pues no hacía falta ser muy listo para saber que el Alfa lo estaba rayando para que se callara. El que más incrédulo estaba era Raven, que sentía un cierto nerviosismo subiéndole por el estómago ya que podía hacerse una idea de lo que vendría a continuación.
—¿De qué manera? ¡Hermano, por favor, deja que termine! —suplicó Zoe.

—De ninguna, me niego —gruñó Neo, levantándose de la silla con tanta fuerza que terminó tirada en el suelo—. No voy a follarme al lobo ese, de ninguna de las formas. No me lo voy a tirar solo para que al desgraciado le duela un poquito menos. ¡A la mierda con todo esto!

Los presentes se quedaron con la boca abierta, hasta Abel, que tampoco parecía muy atraído por la idea. Zoe en cambio, pegó un salto y se levantó de su asiento, agarrándose al brazo de su hermano y mirándolo de nuevo con ojos llorosos.

—Si lo haces de la otra forma, tendrás que luchar con él, dejarlo medio muerto y después morderlo, ¿verdad? Me lo contó Izan, me dijo que era la única manera. Pero si se puede hacer también de esa… por favor, no quiero verlo de sufrir más…

A Neo se le atragantó la palabrota que tenía en la punta de la lengua. Todos lo miraban como si se estuviera comportando como un idiota insensible, así que lo último que le quedaba era el apoyo de Raven, su vampiro no dejaría que él tuviera sexo con nadie más, aunque de todas formas no pudiera culminar. No, no le dejaría.

Sus ojos se centraron en los grises del vampiro, que parecía estar sumamente relajado, sentado en su silla con brazos y piernas cruzados.

—¿Por qué no? Conmigo no tuviste tantos miramientos y eso que fue por una mierda de apuesta, esto por lo menos, es por un razón de peso —dijo, conciso y sin un ápice de expresión en su rostro.
Neo sintió su quijada de caer hasta el suelo. ¿Cómo? ¿A su vampiro le daba igual? ¡Eso era imposible! Aunque poco le importaba, ni aunque Raven estuviera en su contra aceptaría tal opción. Nunca.

—Me da absolutamente igual. Me niego. Raven, por favor, no pienso acostarme con un tío ni muerto —antes de que el vampiro abriera la boca, continuó—: Tú eres diferente, desde el primer día que te vi sentí algo que, bueno, mi cuerpo no se sentía reacio a estar contigo, y mierda, un hombre sabe eso. Estoy seguro que ni siquiera se me levantará si lo intento, ¡joder! —terminó, pegándole un puñetazo a la mesa y haciendo temblar toda la vajilla que había sobre esta.

Raven se levantó, serio y frío, se acomodó su largo pelo azulado y justo cuando estaba pasando al lado de Neo, le dejó ver una burlesca sonrisa. Después sus pasos se dirigieron hacia Abel, apartando a Zoe con una mano y enfrentándose con el lobo de la manada del Norte.

—Lo siento, Abel, pero mi Alfa va a rozarte lo justo y necesario para golpearte y hacer que te arrodilles frente a sus pies. Si eres el hombre indicado para pasar su vida al lado de Zoe, el indicado para amarla y protegerla, el hombre indicado para dar hasta su último aliento para verla sana y salva, levántate y enfrenta todo este asunto, demuestra que lo eres.

Abel saltó de su silla, dando un rugido tan fuerte que todos los lobos de las demás mesas se giraron hacia su dirección. Agarró a Raven del cuello del jersey y se lo acercó tanto a la cara que parecía que le mordería.

—Lo haré, después de enfrentarme a tu Alfa y darle una pelea de la que se acordará por el resto de su vida, demostraré que no hay nadie en este mundo que se merezca más a Zoe que yo. ¡¿Entendido?!

Raven solo sonrió, palmeándole la mano al lobo con tanta fuerza que este la encogió y trató de esconderla detrás de su cuerpo. Sin darle ni un segundo más de su tiempo, el vampiro se giró con la suficiente rapidez de evitar que Neo se lanzara sobre su cuñado, sus ojos azules parecía querer asesinarlo allí mismo.

Vaya, Raven solo pudo agrandar más la sonrisa, ay su Alfa…

—Mañana por la noche —con un rápido movimiento, le metió uno de los bocadillos en la boca a Neo—. Aquí en el patio, con todos presentes, solucionaremos este pequeño inconveniente.

Para sorpresa de todos, Raven se fue seguido muy de cerca por un Neo que no sabía muy bien que decir. Cogió bien el bocadillo y se dispuso a devorarlo en pocos bocados, de todas formas, no había tenido que ser él el que se enfrentara a su hermana y con solo unas cuantas palabras de Raven todo había salido más o menos como él quería así que… un palmadita en la espalda para su vampiro.


* * * *

Neo se desperezó, alzando lo brazos y abriendo la boca lo más que podía. Llevaba un ahora esperando echado sobre una de las columnas que bordeaban el patio. Su manada se había estado juntando poco a poco y se podría decir por la gran multitud que ya faltaban pocos.

Apoyó la cabeza sobre el hombro de Raven y le sonrió de forma socarrona cuando la afilada mirada gris se centró en su cara. Sentía como su vampiro se iba poniendo más y más alerta a cada segundo que pasaba, casi podía asegurar que estaba más nervioso que él mismo.

Aunque bueno, estaba seguro de poder darle la paliza de su vida al bastardo de Abel. Así se quitaba también la espinita porque se llevara a su pequeña y linda hermanita. ¡¿Cuándo habría ocurrido lo de ellos y como no se dio cuenta de que su pequeño lucero se estaba acostando con un tío?! Maldita sea, todavía le ardía la sangre por ello.

Raven podía escuchar el alboroto que estaba armando Neo a su lado, aunque intentó ignorando, tenía cosas más importantes de la que preocuparse ahora. Como el por qué diablos estaba Izan mirando a Zoe de esa manera mientras la chiquilla inquieta esperaba a que apareciera su marido. Y sobre todo, ¿dónde diablos se había metido Abel?

Cuando ya empezaba a sospechar que podría haber huido, el lobo bajó lentamente las escaleras, con todas las miradas de la manada clavadas en él. Cruzó el patio rápidamente, llenándose las botas de albero e ignorando completamente la atención que había levantado, hasta llegar donde su mujer lo esperaba. Abrazó a Zoe y la besó en la frente, con una devoción más que evidente por la pequeña joven.

Raven estaba seguro que Abel amaba a Zoe y por consiguiente todo saldría bien. Lo que no tenía claro es porque la mirada del Beta se había endurecido y miraba al otro lobo como si quisiera arrancarle de un mordisco la garganta. El vampiro se acarició el cabello mientras intentaba identificar sus expresiones. Sus ojos cambiaban mediante iba sopesando a Zoe y a Abel, como si estuviera procesando o tramando algo. Como si fuera algo más profundo.

—Ah… —soltó el vampiro sorprendido.

—¿Qué? —preguntó Neo, rascándose la cabeza y volviendo a bostezar.

Raven dudó durante unos segundos pero al final se acercó más al Alfa, susurrándole en el oído.

—¿Te has dado cuenta que Izan lleva un tiempo fijo en tu hermana?

—Mmm… ¿no? —Neo se sobó la oreja, ya que el aliento del vampiro le hacía cosquillas, aunque intentó que pareciera que seguía concentrado en la conversación—. ¿Tendría por qué?

—Bueno… fíjate bien.

Neo con un poco de hastió por las ocurrencias de su vampiro en momentos como ese, se concentró en Izan, siguiendo su mirada hasta centrarse en su hermana. La observaba con dulzura, con ternura, hasta con un cierto calor y sin embargo, cuando este se giraba hacia Abel, sus ojos se oscurecían, convirtiéndose en dos piedras huecas.

—¿Sospechas que Izan esté trajinando algo nuevo? Es verdad que se ve un tanto… extraño.

Raven rodó los ojos antes la inocencia de su Alfa en depende qué asuntos.

—Eso es todo lo que… —de repente, Izan se dio cuando de que lo estaban mirando, con un poco de reparo, el Beta saludó con un movimiento de cabeza a su Alfa y se retiró entre la multitud, con una premura poco convincente—, ¿y ahora?

—Parece como si lo hubiéramos pillado haciendo algo indebido… —después, su mirada se centró en su hermana, en su amplia sonrisa y en el brillo reluciente de sus ojos—. Oh… no puede ser.

Raven asintió con sus cejas.

—Yo creo que sí…

—Joder… —masculló—. Todo son problemas. Maldita sea.

El vampiro le palmeó la espalda conciliadoramente y le señaló el centro del patio, donde Abel se había colocado, mirando al Alfa y desafiándolo. El cuerpo de Neo se tensó ante la amenaza y un gruñido estremecedor escapó de sus fauces, su cara ya empezaba a transformarse. Raven se sorprendió, su instinto estaba reaccionando al reto, el influjo del Alfa estaba emanando de cada poro de su piel.

Raven se acomodó bien en la columna, pues sabía que vería una buena pelea, a su lobo desenfundando poder por todo su cuerpo. Mediante Neo se acercaba, su cuerpo iba cambiando. Su cara parecía la de un lobo, su torso se cubrió de pelo, sus garras crecieron y una cola grande y espesa bailó tras su espalda. La ropa iba reventando a cada paso, a cada contracción de sus músculos.

Todo lo que Raven podía ver era poder, fuerza, dominación, y por algún motivo, su cuerpo reaccionaba a él. A diferencia de los demás miembros de la manada que sentían la urgente necesidad de retirarse, él se sentía más y más atraído. Su respiración empezó a acelerarse, como si sus pulmones se vieran obligados a coger ese aire que no necesitaba, su pecho subía y bajaba y la sangre de su cuerpo parecía calentarse.

¿Qué era lo que estaba sintiendo? No podía entenderlo.

De repente, Neo se frenó en seco. Olió el aire y se dio la vuelta, buscando, rastreando algo. Cuando centró la vista en Raven, el lobo en primera fase corrió a dos patas hasta él, saltando encima y mordiéndole el cuello. El vampiro lanzó un chillido agudo que despertó más de un gritito agudo entre los presentes.

—¿Neo? —preguntó, estirando de las orejas del lobo para poder levantarle el hocico. Los ojos ámbar se centraron en él y aunque no habló, los pensamientos de Neo parecieron conectados a los suyos. Podía sentir sus emociones, como la primera necesidad del Alfa había sido volver a reclamarlo ante los presentes, demostrando que aunque él estuviera ocupado, su amante seguía bajo su protección, bajo su posesión. Había sido su necesidad por aclarar a su manada que se mantuvieran lejos de su vampiro—. Neo, tienes que irte —el Alfa aulló largamente, metiendo su amplia y larga lengua en la boca del vampiro. Raven sonrió, para después morderla y deslizar la puntita de la suya por cada gotita de sangre—. Ahora, ¡vete!

El lobo saltó hacia atrás, corriendo a cuatro patas, ahora en segundo fase contra el lobo que lo esperaba en el centro del claro. El pelaje dorado tapó completamente al negro cuando se abalanzó sobre él. Un zarpazo y un mordisco le valieron a Neo para que el lobo negro sintiera la necesidad de correr.

Abel cruzó todo el patio, intentando poner distancia de la fuerza del Alfa. Sus gruñidos un poco más agudos, dejaban claro su inseguridad, sabía que iba a perder pero lo que más temía, es que iba a doler como el infierno.

Golden saltó sobre un tramo lleno de miembros de su manada, para caer sobre Abel, ambos se revolcaron por el suelo, lanzándose mordiscos, arañándose mutuamente, hasta que un pequeño zarpazo lanzado sobre el morro de Neo lo hizo trastabillar hacia atrás por el dolor. La sangre no tardó en bajar por su ojo, que mantuvo cerrado.

El cuerpo de Raven se tensó, todos sus músculos es pusieron en alarma. Sangre, ese bastardo de Abel le había hecho sangrar a Neo. Sintió como sus dientes empezaron a crecer, como sus uñas se clavaban en sus palmas, no podía resistirse, no podía controlarse, iba a saltar sobre ese lobo y arrancarle la cabeza. Si Neo perdía un ojo, si su Alfa terminaba herido permanentemente, no sabía lo que haría, no sabía…

—Cálmate —un pequeña mano se colocó sobre su hombro, con un agarre inesperadamente potente—. Las heridas no se pueden evitar en estos casos, así que cálmate y no intervengas, puedes despistar a Neo y que entonces sí se hiera con gravedad.

Raven se giró hacia Dayira, que mantenía la vista fija sobre los dos lobos que seguían luchando enzarzados en una batalla desesperada. Se veía segura y con una confianza plena en Neo. El vampiro sintió celos en ese momento, ¿Cómo podía alguien tener una fe tan indudable sobre otro ser? Sintió admiración e impotencia. Si alguien tendría que confiar así en Neo, era él y nadie más.
Después sonrió y se tapó la cara con una mano, tranquilizándose eventualmente. Puede que lo que su hermano hubiera necesitado era una persona como Dayira. Alguien que confiara en él, lo apoyara y le diera una verdadera razón para seguir con vida. Su vida había sido una verdadera mierda y el maldito padre de Neo tampoco había ayudado mucho.

Un golpe a lo lejos le sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza lo justo para ver como Neo había atrapado al lobo negro con un mordisco en el cuello, arrancándole la mitad de la piel en el proceso. La sangre bañaba el suelo a su alrededor y una especie de llamarada dorada empezó a envolverlos a ambos.

Neo se retiró, volviendo a su forma humana y dejando espacio para que un rayo de luz se centrara sobre la frente del lobo. Abel parecía desmayado, cuando su cuerpo volvió a la normalidad sus ojos permanecieron cerrados, solo quedaba un resquicio de pelo en su frente, el cual se borró con las líneas de una estrella brillando en él.

A los pocos segundos, Raven ya estaba sosteniendo a Neo, acariciándole la cara y retirando su flequillo rubio para poder verle el ojo, a su vez, Zoe había corrido para llegar hasta Abel, llorando su temor sobre el pecho de su amante, pues parecía que el lobo negro estaba muerto.

Dayira se acercó para tomarle la tensión, colocó dos dedos en el cuello de Abel y le sonrió a la joven. Su lobo estaba bien, cansado pero bien. Su sonrisa se borró cuando miró la cara de Neo. Con cuidado arrastró al lobo con la ayuda Raven hasta una de las mesas del salón, donde tenían preparado un kit de primeros auxilios. Limpió la zona y le abrió el ojo, el gran suspiro que dio le levantó hasta el flequillo.

—¿Qué? —preguntó Raven, asustado. Con la ira apretada en sus puños.

Dayira asintió, cosiéndole la herida sin que Neo produjera ni un solo sonido. Después se dispuso a tapárselo con cuidado.

—No te preocupes, no perderá el ojo —acarició la cabeza de Neo para que lo mirada—. Eso sí, creo que ya no te verás tan sexy.

La carcajada del Alfa se pudo escuchó hasta en el patio, desde donde llegaba el murmullo de los demás miembros de la manada. Negó con la cabeza y se abrazó a la cintura de Raven, apoyando la cabeza en su estómago.

—Me da igual, solo tengo que parecerle sexy a una persona.

Raven se arrodilló a su lado, acariciándole la cara para darle después un profundo beso.

—Para mí eres el hombre más sexy del mundo —murmuró, brillando en su voz el respeto que sentía por su lobo.

—Vaya… es bueno saberlo.

Ambos sonrieron, mirándose lentamente, intercambiando una intimidad que no dejaba espacio para nadie más. Dayira cogió silenciosamente su maletín, dejándolos solos y cruzando la estancia hasta las escaleras. Allí se encontró de frente con Izan, que la miraba fijamente, con la misma cara de pocas pulgas que llevaba desde hace unos días.

—Hubieras deseado que Abel muriera, ¿no? —murmuró Dayira, justó cuando se cruzaron, sin mirarse.

—Lo que uno desea y lo que sucede no siempre se corresponde. Además… yo sabía que no pasaría.

—Pero nunca perdiste la esperanza.

Izan sonrió tristemente, dándole una melancólica mirada de reojo y echando a caminar hacia el patio.

—La esperanza es lo último que se pierde.

Dayira lo observó intranquila de marcharse. Después levantó la cabeza hacia la ventana de la habitación donde dormía Ángel, cerró los ojos y se mordió el labio, apretando hasta que sintió la sangre correr por su barbilla. Todo estaba cambiando rápidamente y lo único que ella deseaba, es que no tuviera un trágico final.