CAPÍTULO
14
Entrada: xx/xx/xxxx
Me arrepiento de haber explotado así, me
arrepiento de haberlo golpeado. Pero ya no soporto más su pena.
Estoy tan frustrado, tan cabreado conmigo
mismo. No quiero que mis cachorros lo busquen, no quiero que vuelvan a acercarse a él.
Pero… no puedo alejarlo de mí. Solo pensar
en él, mirarlo, olerlo, algo en mi ángel activa mi cuerpo, lo estimula como
nunca antes creía que fuera posible.
No puedo vivir con él… no puedo vivir sin
él.
A veces pienso que lo mejor sería que
ambos muriéramos, que desapareciéramos y dejáramos de sufrir, de padecer este
maldito tormento.
Ayer, después de que volviera de una de
sus escapadas, lo tiré al suelo y lo violé. No le dejé hablar, no le dejé
moverse, solo podía pensar en tomarlo, en borrar el rastro de ese asqueroso ser
y reclamar con mi esencia mi territorio.
Maldito ángel del infierno, estás haciendo
que pierda los cabales, que cometa un error…
Vas a hacer que te mate.
No es un pensamiento que no me haya
recorrido la mente alguna vez.
Tener una dulce muerte.
Tomarte con fuerza para después cortarte
el cuello mientras estás chillando de éxtasis, así morirías en mis brazos, te
extinguirías en mi placer. Pero lo más importante, cuando yo terminara con mi
vida sobre ti, te daría lo que tanto ansías.
Mi sangre.
Mi sangre bañaría tu rostro y tu pelo,
inundaría tu boca y surcaría por tu cuerpo, uniéndose con la tuya donde
físicamente nosotros ya lo estaríamos.
Y entonces, nuestros sufrimientos,
acabarían.
* * * *
Dayira sujetó el pomo indecisa,
demasiado asustada para enfrentar lo que estaba casi segura había detrás de esa
puerta. Además, la mirada fija del Beta sobre su espalda tampoco la ayudaba.
Maldita sea, a lo mejor
debería haber contado desde un principio todo lo que sabía. Pero el solo
pensamiento de hacerle daño a Neo le hacía reacia a abrir la boca. Ahora, según
había escuchado en la manada, un vampiro familiar de Raven se encontraba
alojado allí.
Necesitaba saber si era
él.
Cogiendo aire y
echándole valor, giró el pomo y entró en la estancia. La puerta chirrió tras
Izan al cerrarse, haciendo que Dayira se sobresaltara unos segundos antes de
fijar su mirada en la cama.
Allí estaba su vampiro,
con la misma cara pálida y elegante, con su largo cabello de media noche
bañando sus hombros. Podía recordar esos intensos rubís brillando cuando la acariciaba.
Nerviosa, se colocó el
cabello rojizo tras la oreja mientras terminaba por acercase lentamente a la
cama. Podía escuchar la respiración de Izan por encima de la del vampiro, pero no
conseguiría incomodarla, le daba igual que estuviera observándola. Sí creía que
iba sacar cualquier información de ella que pudiera perjudicar a Neo, podía
esperar sentado. No podía arriesgarse a que Izan cometiera algún error, que
toda la verdad se descubriera por culpa de alguno de sus jueguecitos.
No tenía pensado ni
molestar a Ángel, solo se conformaría con tocarlo un poco, mirarle mientras
dormía y susurrarle dulce sueños, para después volver a coger el camino fuera
del dormitorio.
Deslizó el revés de su
mano sobre la suave mejilla, desplazando algunas hebras negras de sus ojos.
Estaba igual de hermoso que como lo recordaba.
Dos lentas lágrimas se
derramaron de sus ojos, Dayira las recogió suavemente con un dedo, fijando la
humedecida vista en las sábanas. Delicadamente las levantó, pasando su fría
mano por su pecho, bajando por su estómago y rodeando despacio las líneas
negras de su estrella.
—Ángel… —sollozó,
tocándose ella misma la ingle también—, todo está bien, descansa.
No se atrevió a
despertarlo, no se veía capaz de enfrentarse a sus tristes ojos. El aura
melancólica que envolvía al vampiro cuando lo conoció seguía rodeando su
cuerpo, su expresión. Su pena seguía allí y no quería luchar contra eso, no
ahora. No cuando él se echaría otro pecado más a sus espaldas.
Su corazón no podría
soportarlo.
—¿Y entonces? —preguntó
Izan, esperando de brazos cruzados frente a la puerta.
Dayira lo miró negando
con la cabeza, sin querer regalarle ni una sola palabra. Sentía la impetuosa
necesidad de salir de allí, de alejarse durante unas horas de aquella
habitación. Sus piernas pesaban toneladas, aun así, consiguió llegar hasta
donde estaba el Beta y apartarlo bruscamente con el brazo.
Tenía que salir de
allí.
—¿Dayira?
El corazón de la loba
se paralizó, podría reconocer esa voz hasta en el fin del mundo. Lentamente,
giró su cuerpo de nuevo hacia la cama y allí se encontró con lo que más temía,
con esos ojos escarlata fijos en ella. Su expresión serena con un halo de
tristeza.
—Ángel, me alegro de
que te encuentres bien.
El vampiro sonrió
escuetamente, invitándola a sentarse a su lado con un elegante movimiento de
brazo. Dayira se acercó despacio, sentándose en la silla y obligándose a
mirarlo sin obedecer a la urgencia que sentía por salir corriendo de allí.
—Te fuiste y no volví a
verte. Tú también te ves bien, me alegro de que pertenecieras a esta manada.
Aquí te cuidarán bien para que no vuelva a pasar lo mismo otra vez.
La loba se apretó las
manos, estrujándoselas con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—Sé que mis actos hace
unos meses no fueron los más indicados, pero la manada no tiene nada ver que
con eso. Gracias por todo lo que hiciste por mí en ese entonces. Si no hubieras
estado allí, yo no sé…
—¿El resultado hubiera
cambiado? —preguntó Izan, alzando una ceja con incredulidad—. Yo creo que todo
hubiera terminado igual.
Dayira sabía a qué se
refería, a su enfermedad. Al poco tiempo que le quedaba. Pero esa era una de
las últimas cosas de las que quería que Ángel se enterara. Como ese Beta del
demonio no se callara, le arrancaría la garganta de un mordisco. Lo único que
le molestaba a ese bastardo era no saberlo todo, que algo en su manada escapara
de su rango de previsión.
Ella no estaba para
juegos en ese momento.
—¿A qué te refieres? —preguntó
Ángel, con serenidad. Si sospechaba del lobo, su expresión no lo demostraba.
—Izan, sal —ordenó
Dayira, seria y concisa. Sin ninguna duda en su voz.
El Beta se lo pensó dos
veces, pero al final tras un asentimiento salió por la puerta, obligándose a
dejarles algo de intimidad, fuera lo que fuera que estuviera pasando entre
ellos.
—¿Dayira? —volvió a
preguntar Ángel, mientras acariciaba la mano de la loba despacio, casi con una
ternura fraternal.
—Ellos no saben nada, solo
que me escapé y desparecí durante unos días. No le des muchas vueltas, sabes
cómo son los Betas —y fue terminar la frase y arrepentirse de lo dicho.
Ángel encogió la
expresión, cruzándole un ramalazo de dolor por toda la cara. Se veía igual de
miserable que siempre, Dayira podría sentir las ganas de morir del vampiro a
una legua. Todo estaba igual que cuando se fue.
La conversación ya no
le merecía la pena. Nada iba a cambiar. No mientras Ángel siguiera pensando en
su primera alma.
—Pero… —siguió Ángel
indeciso, frotándose las sientes con gesto cansado—, no entiendo. ¿Te ha pasado
algo desde que volviste? ¿O se refiere a Neo? A vuestra… ¿relación?
Dayira le sonrió con
ternura, seguía preocupándose por ella, al igual que todas esas horas durante
la semana que estuvieron juntos. Entre ellos hubo tantas confidencias y
sentimientos encontrados que ahora todo le parecía un mal sueño.
Un sueño, que a su
pesar, nunca debió suceder.
—Tranquilo, Neo y yo
estamos bien. Lo amo y siempre lo amaré —la sonrisa de Ángel ante su confesión
solo le hundió un poco más la espinita que mantenía clavada en su corazón—.
Gracias por todo. Déjale este asunto a Raven, se solucionará.
Ángel la observó de
marchar, como la loba giraba gracilmente su cuerpo para dirigirlo hacia la
puerta. Se mojó los labios, sintió la necesidad de detenerla, de suplicarle que
se quedara un poco más con él.
Lo único que escapó de
su boca fue un agradecimiento.
—De verdad, muchas
gracias por escucharme, Dayira. Por haber estado ese tiempo conmigo y por
aguantar todas mis penas. Gracias por aceptar mi historia y consolarme,
entiendo porque te fuiste, por qué me dejaste allí. Tu lugar está aquí junto a
Neo. De verdad, te deseo lo mejor.
Dayira cerró con fuerza
los ojos y se forzó a sonreír, aun de espaldas a Ángel.
—No, no creo que lo
entiendas —suspiró y abrió la puerta—. Vendré a verte otro día… adiós.
El ruido de la puerta
fue todo lo que Dayira dejó atrás. Ángel desde la cama se sintió hundirse un
poco más en el colchón. No entendía por qué ese adiós le había parecido tan
firme, como si hubiera sido la conclusión final a una difícil decisión. Y lo
que menos entendía era porque sentía un cierto dolor en su estrella.
Se tocó la ingle
despacio, sorprendiéndose al ver caer gotitas carmesí sobre la sábana. Alzó
ambas manos para tocarse la cara, estaba llorando.
—Esto es… pero… ¿por
qué?
* * * *
Raven se colocó de
lado, acariciando lentamente las hebras doradas, haciéndose cosquillas en la
palma de su mano. Neo dormía tranquilamente, con un respirar lento y profundo.
Desnudo sobre la cama, dejaba al vampiro admirar cada músculo de su pecho
contraerse al respirar. Su estómago subía y bajaba, afirmando cada zona.
Como le gustaría tener
un cuerpo como el de su lobo, era tan duro, tan bien formado. Pasó una mano por
su muslo, el cual mantenía flexionado y contraído. Tragó saliva ante el
extremado calor, aun así, sus manos siguieron subiendo, acariciando el suave
vello rubio.
Por fin consiguió que
Neo soltara una sonrisita y se estirazara, dando un amplio bostezo. Se veía tan
complacido por el sexo anterior, tan sumamente satisfecho que el ego de Raven
no pudo más que crecer.
Tener a su macho
estirazado apaciblemente en la cama, después de haber estado retozando con él
durante horas, le provocaba una subida de lívido indescriptible.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó
Raven, acariciándole ahora el flequillo rubio y echándoselo hacia atrás.
Neo sacó su lengua
graciosamente, relamiéndose los labios.
—Podría estar mejor. Me
lo pasé muy bien pero… joder con nuestro vampirito —y soltó una suave
carcajada.
Neo ignoró la mueca
disgustada de Raven y le rozó el rostro, pasando el dorso de sus dedos por la
suave mejilla. Con el cabello negro revuelto por las horas desenfrenadas de
antes, solo se veía más atractivo. Si tuviera las fuerzas necesarias no
tardaría ni dos segundos en echarse sobre él. Su vampiro no podía ser más sexy,
más atrayente, Dios... no sabía qué diablos le estaba pasando.
—¿Te puedes mover? Deberíamos
bajar a comer o puedo ordenar que te suban algo —dudó Raven, más atento en la
mirada azul de su lobo que en lo que realidad estaba diciendo.
—¿Deberíamos? —preguntó
Neo con incredulidad—. Maldita sea, ¡como si tú no hubieras comido suficiente!
Creo que tengo marcas de mordisco hasta en la-
—No, ahí no —se
apresuró a cortar Raven, con un toque picarón brillando sobre su vergüenza—.
Pero puede que muy cerca… —y sus ojos fueron directamente sobre la ingle del
lobo, donde dos claras marcas sobre un pequeño chupetón hacían acto de
presencia.
Neo siguió la mirada
hasta tocar la zona, con la sonrisita tonta en la cara.
—No me hagas
recordarlo, podría animarme y no tengo fuerzas para devolverte el favor —antes
de que Raven pudiera contestar algo sagaz según la expresión que estaba
poniendo, Neo se incorporó en la cama y echó la cabeza sobre el respaldar de
esta, pensativo—. ¿Qué pasó al final con lo de tu hermano? Con tanto calentón
al final no me contaste nada y de verdad que tengo curiosidad. Cuando llamó a
mi padre… —el Alfa se mordió el labio, indeciso—, no sé cómo explicarlo, pero
se veía tan… desesperado. No sé qué coño les unía a ambos, pero seguro como un
demonio que más de lo que dejó a entender.
Raven tragó saliva y
giró su cabeza. No se atrevía a enfrentarse a esos ojos azules, pues estaba
seguro que si ambas miradas se encontraban, Neo podría ver con facilidad que lo
próximo que iba a salir de sus labios era mentira.
El vampiro se acomodó
el pelo mientras se sentaba al lado de Neo en la cama. Bostezó también y
desinteresadamente se rascó una pierna. Tenía que disimular lo suficiente para
darse tiempo para prepararse.
—No es nada a lo que
tengas que darle muchas vueltas, en realidad, Ángel y tu padre llevaban todo lo
relacionado a los vampiros y tu manada. Al no haber un acuerdo como ahora, se
juntaban varias veces para hacer tratados de paz y demás. Había la suficiente
confianza entre ellos como para tratar asuntos importantes y tener la seguridad
de que se cumplirían —se aclaró la garganta antes de seguir—. Mi hermano se
sorprendió mucho cuando te vio, admiraba mucho a tu padre y su muerte le afecto
bastante.
Neo asintió largamente,
con un ruidito de aceptación que poco convencía a Raven. Lo miró de reojo,
observando como el lobo vagamente alzaba los brazos y los colocaba tras su
cabeza, parecía tener la vista fija en algún punto de la pared de enfrente. Su
rostro no mostraba sospecha, ni eso ni nada realmente.
Raven no sabía si
sentirse aliviado o era demasiado pronto para ese pensamiento.
—Mis lobos me han
dicho, que tu hermano protegió a mi hermana a riesgo de su propia vida. Me
sorprendió mucho cuando lo escuché pero si dices que apreciaba a mi padre puedo
hacerme una idea de sus razones —Neo le miró con una amplia sonrisa en donde
podía verse todo sus dientes—. Recuérdame darle las gracias. ¡Ahora bajemos a
comer!
El vampiro asintió, sin
querer abrir más la boca, lo suyo no era mentir y encima la confianza que había
demostrado Neo en él solo le hacía que le doliera más el pecho. Pero no podía
decir nada más, no podía arriesgar la vida de su hermano. Neo sabría perdonarle
con el tiempo si alguna vez llegase a enterarse. Solo estaba haciendo lo mejor
para la manada y su clan, lo mejor para todos.
Observó como el Alfa se
alzaba de la cama, dándole la espalda y dejándole ver toda su gloriosa
desnudez. Sus hombros redondos, su espalda bien formada, esa cintura fibrosa
que desembocaba en un duro y cuadrado trasero. Quería seguir bajando por sus
muslos de acero y recrear su vista en esas pantorrillas, pero su vista seguía
fija en su culo, en el recuerdo de esos apretados músculos apretando su…
—¿Raven? —preguntó Neo,
indeciso.
Raven pegó un salto,
todo lo elegantemente que pudo, y se puso de pie. Buscando su ropa sin añadir
nada.
—Debemos apresurarnos,
tienes que alimentarte para recuperar fuerzas.
Neo le guiñó un ojo,
dejándole saber que le había pillado mirándole el trasero. Al no obtener la sonrojes
que esperaba en la cara del vampiro, se encogió de hombros y siguió
vistiéndose. Estaba claro que su marido empezaba a madurar y que cosas que
antes le hubiera cubierto de timidez, ahora las veía con mucha más normalidad.
Era agradable, saber
que él había conseguido ese cambio en Raven le hacía sentirse poderoso.
Su pequeño vampirito se
había convertido en todo un hombre, y joder si ayer no se lo demostró. Todavía
podía sentir el calor en cada mordida, el dolor en su trasero y esa sensación
de placer que le había recorrido todo el cuerpo. No sabía que se había sentido
mejor, aunque nunca olvidaría esa primera vez en los aseos de la discoteca. Los
sonidos que produjo su vampiro cuando se lo folló duro contra la puerta del
lavabo.
Una sonrisita picarona
se formó en su cara y miró de reojo a Raven, este ya estaba completamente
vestido y contemplándolo con hastío. Era verdad, tanto perderse en sus
pensamientos iba a tardar un siglo en vestirse.
Pero prefería pensar en
su sexo con el vampiro y no en las dudas en su cabeza. Porque algo… estabas
seguro, había detrás de todo ese silencio de Raven. A él no podía engañarlo,
aunque tampoco tenía prisa porque su nene le explicara, le daría su tiempo y esperaría
como un niño bueno, o ese era su plan.
Una vez vestido, agarró
el pomo de la puerta y la abrió. Invitando a Raven a pasar frente a él para
salir de la habitación rumbo al comedor. Bajaron las escaleras de cemento y
atravesaron el patio de albero hasta llegar al gran salón custodiado por las inmensas
columnas de piedra.
Un poco más allá, en
una de las primeras mesas y como era habitual, se encontraba el grupo de Neo.
Eric parecía estar contándole algo divertido a las chicas, porque tanto Aisha
como Dayira se reían como locas. Zoe mantenía la cabeza baja mientras su mano
apretaba constantemente el muslo de Abel. Se veía nerviosa, como si quisiera
mantenerse lista por si en cualquier momento tendría que salir corriendo. El
olor a miedo llegaba hasta ellos, cosa que ha Neo no le hizo ni la más mínima
gracia.
—¿Te encuentras bien? —preguntó
Neo, sentándose recto al lado de su hermana y apartándole la mano de la pierna
de su marido.
Abel solo lo miró de
reojo pero no dijo nada, poniendo la misma cara inexpresiva de siempre. Además,
Raven supo que si el gesto le hubiera molestado, a Neo le hubiera dado
absolutamente igual.
—Yo solo… —susurró Zoe,
no muy segura de seguir, miraba a todos lados con ojos asustadizos—, tengo
miedo de que algún lobo de la manada se lance sobre él, o que ese lobo blanco
aparezca y se lo lleve. Por favor hermano —suplicó con ojitos vidriados—,
tienes que traspasarle de manada lo más rápido posible. No, ahora mismo.
Neo puso cara de
disgusto, y no solo por la súplica de su hermana, ya que por ella haría
cualquier cosa, y lo primero no permitir que nunca más tuviera que poner esa
clase de expresión. Sino que la idea de poseer a otro lobo le molestaba de
indudable manera. Había varias formas de convertir a un lobo. De transferirlo
de una manada a otra y aunque el final siempre sería doloroso el camino hasta
él podría ser más… placentero. El Alfa se golpeó interiormente por ese
pensamiento. Ni aunque todos sus muertos se levantaran él haría algo así.
—Tengo que pensarlo un
poco más, Zoe. Déjame unos días para asimilarlo todo y verás que lo
solucionaré.
—¡Unos días! —gritó
horrorizada la joven—. Ni hablar, no podemos esperar tanto, tiene que ser ya.
¡Hoy o mañana pero ya!
Neo apretó los dientes
y miró de reojo a Raven, sin dejar muy claro la razón de ello. Cuando parecía
que el vampiro iba a intervenir se volvió hacia su hermana con la vista oculta
por el flequillo rubio.
—Zoe, en realidad, no
quiero hacerlo. Vas a sufrir más que él durante el procedimiento y no quiero
hacerte daño.
La joven cogió la mano
de Abel con fuerza, compartiendo una mirada de confianza antes de girarse hacia
su hermano. Sus ojos ahora más seguros, con un brillo azul resplandeciendo en
ellos. La pequeña estaba madurando. Neo se sorprendió al tener otra vez ese
mismo pensamiento, parecía que todo el mundo a su alrededor evolucionaba
mientras él seguía en el mismo sitio.
—Haremos lo que sea
para que Abel esté a salvo. Yo… lo soportaré. Lo prometo —y la expresión firme
de su cara así lo demostraba.
—Bueno… ¿y si no lo
haces mediante el dolor? —preguntó Eric, mientras le daba un buen mordisco a su
bocadillo de jamón —Neo lo miró de golpe como si quisiera matarlo, haciendo que
Eric se atragantara con el pan—. Bueno, el traspaso solo se produce si posees
al lobo y cuando pase sufrirá. Pero en vez de poseerlo a la fuerza con una
paliza, también se puede hacer mediante… ¡auch! —gritó el lobo, tocándose la
cabeza con evidente dolor.
Todos giraron la cabeza
hacia Neo, pues no hacía falta ser muy listo para saber que el Alfa lo estaba
rayando para que se callara. El que más incrédulo estaba era Raven, que sentía
un cierto nerviosismo subiéndole por el estómago ya que podía hacerse una idea
de lo que vendría a continuación.
—¿De qué manera?
¡Hermano, por favor, deja que termine! —suplicó Zoe.
—De ninguna, me niego —gruñó
Neo, levantándose de la silla con tanta fuerza que terminó tirada en el suelo—.
No voy a follarme al lobo ese, de ninguna de las formas. No me lo voy a tirar
solo para que al desgraciado le duela un poquito menos. ¡A la mierda con todo
esto!
Los presentes se
quedaron con la boca abierta, hasta Abel, que tampoco parecía muy atraído por
la idea. Zoe en cambio, pegó un salto y se levantó de su asiento, agarrándose
al brazo de su hermano y mirándolo de nuevo con ojos llorosos.
—Si lo haces de la otra
forma, tendrás que luchar con él, dejarlo medio muerto y después morderlo,
¿verdad? Me lo contó Izan, me dijo que era la única manera. Pero si se puede
hacer también de esa… por favor, no quiero verlo de sufrir más…
A Neo se le atragantó
la palabrota que tenía en la punta de la lengua. Todos lo miraban como si se
estuviera comportando como un idiota insensible, así que lo último que le
quedaba era el apoyo de Raven, su vampiro no dejaría que él tuviera sexo con
nadie más, aunque de todas formas no pudiera culminar. No, no le dejaría.
Sus ojos se centraron
en los grises del vampiro, que parecía estar sumamente relajado, sentado en su
silla con brazos y piernas cruzados.
—¿Por qué no? Conmigo
no tuviste tantos miramientos y eso que fue por una mierda de apuesta, esto por
lo menos, es por un razón de peso —dijo, conciso y sin un ápice de expresión en
su rostro.
Neo sintió su quijada
de caer hasta el suelo. ¿Cómo? ¿A su vampiro le daba igual? ¡Eso era imposible!
Aunque poco le importaba, ni aunque Raven estuviera en su contra aceptaría tal
opción. Nunca.
—Me da absolutamente
igual. Me niego. Raven, por favor, no pienso acostarme con un tío ni muerto —antes
de que el vampiro abriera la boca, continuó—: Tú eres diferente, desde el
primer día que te vi sentí algo que, bueno, mi cuerpo no se sentía reacio a
estar contigo, y mierda, un hombre sabe eso. Estoy seguro que ni siquiera se me
levantará si lo intento, ¡joder! —terminó, pegándole un puñetazo a la mesa y
haciendo temblar toda la vajilla que había sobre esta.
Raven se levantó, serio
y frío, se acomodó su largo pelo azulado y justo cuando estaba pasando al lado
de Neo, le dejó ver una burlesca sonrisa. Después sus pasos se dirigieron hacia
Abel, apartando a Zoe con una mano y enfrentándose con el lobo de la manada del
Norte.
—Lo siento, Abel, pero
mi Alfa va a rozarte lo justo y necesario para golpearte y hacer que te
arrodilles frente a sus pies. Si eres el hombre indicado para pasar su vida al
lado de Zoe, el indicado para amarla y protegerla, el hombre indicado para dar
hasta su último aliento para verla sana y salva, levántate y enfrenta todo este
asunto, demuestra que lo eres.
Abel saltó de su silla,
dando un rugido tan fuerte que todos los lobos de las demás mesas se giraron
hacia su dirección. Agarró a Raven del cuello del jersey y se lo acercó tanto a
la cara que parecía que le mordería.
—Lo haré, después de
enfrentarme a tu Alfa y darle una pelea de la que se acordará por el resto de
su vida, demostraré que no hay nadie en este mundo que se merezca más a Zoe que
yo. ¡¿Entendido?!
Raven solo sonrió,
palmeándole la mano al lobo con tanta fuerza que este la encogió y trató de
esconderla detrás de su cuerpo. Sin darle ni un segundo más de su tiempo, el vampiro
se giró con la suficiente rapidez de evitar que Neo se lanzara sobre su cuñado,
sus ojos azules parecía querer asesinarlo allí mismo.
Vaya, Raven solo pudo
agrandar más la sonrisa, ay su Alfa…
—Mañana por la noche —con
un rápido movimiento, le metió uno de los bocadillos en la boca a Neo—. Aquí en
el patio, con todos presentes, solucionaremos este pequeño inconveniente.
Para sorpresa de todos,
Raven se fue seguido muy de cerca por un Neo que no sabía muy bien que decir.
Cogió bien el bocadillo y se dispuso a devorarlo en pocos bocados, de todas
formas, no había tenido que ser él el que se enfrentara a su hermana y con solo
unas cuantas palabras de Raven todo había salido más o menos como él quería así
que… un palmadita en la espalda para su vampiro.
* * * *
Neo se desperezó,
alzando lo brazos y abriendo la boca lo más que podía. Llevaba un ahora
esperando echado sobre una de las columnas que bordeaban el patio. Su manada se
había estado juntando poco a poco y se podría decir por la gran multitud que ya
faltaban pocos.
Apoyó la cabeza sobre
el hombro de Raven y le sonrió de forma socarrona cuando la afilada mirada gris
se centró en su cara. Sentía como su vampiro se iba poniendo más y más alerta a
cada segundo que pasaba, casi podía asegurar que estaba más nervioso que él
mismo.
Aunque bueno, estaba
seguro de poder darle la paliza de su vida al bastardo de Abel. Así se quitaba
también la espinita porque se llevara a su pequeña y linda hermanita. ¡¿Cuándo
habría ocurrido lo de ellos y como no se dio cuenta de que su pequeño lucero se
estaba acostando con un tío?! Maldita sea, todavía le ardía la sangre por ello.
Raven podía escuchar el
alboroto que estaba armando Neo a su lado, aunque intentó ignorando, tenía
cosas más importantes de la que preocuparse ahora. Como el por qué diablos
estaba Izan mirando a Zoe de esa manera mientras la chiquilla inquieta esperaba
a que apareciera su marido. Y sobre todo, ¿dónde diablos se había metido Abel?
Cuando ya empezaba a
sospechar que podría haber huido, el lobo bajó lentamente las escaleras, con
todas las miradas de la manada clavadas en él. Cruzó el patio rápidamente,
llenándose las botas de albero e ignorando completamente la atención que había
levantado, hasta llegar donde su mujer lo esperaba. Abrazó a Zoe y la besó en
la frente, con una devoción más que evidente por la pequeña joven.
Raven estaba seguro que
Abel amaba a Zoe y por consiguiente todo saldría bien. Lo que no tenía claro es
porque la mirada del Beta se había endurecido y miraba al otro lobo como si
quisiera arrancarle de un mordisco la garganta. El vampiro se acarició el
cabello mientras intentaba identificar sus expresiones. Sus ojos cambiaban
mediante iba sopesando a Zoe y a Abel, como si estuviera procesando o tramando
algo. Como si fuera algo más profundo.
—Ah… —soltó el vampiro
sorprendido.
—¿Qué? —preguntó Neo,
rascándose la cabeza y volviendo a bostezar.
Raven dudó durante unos
segundos pero al final se acercó más al Alfa, susurrándole en el oído.
—¿Te has dado cuenta
que Izan lleva un tiempo fijo en tu hermana?
—Bueno… fíjate bien.
Neo con un poco de
hastió por las ocurrencias de su vampiro en momentos como ese, se concentró en
Izan, siguiendo su mirada hasta centrarse en su hermana. La observaba con
dulzura, con ternura, hasta con un cierto calor y sin embargo, cuando este se
giraba hacia Abel, sus ojos se oscurecían, convirtiéndose en dos piedras huecas.
—¿Sospechas que Izan
esté trajinando algo nuevo? Es verdad que se ve un tanto… extraño.
Raven rodó los ojos
antes la inocencia de su Alfa en depende qué asuntos.
—Eso es todo lo que… —de
repente, Izan se dio cuando de que lo estaban mirando, con un poco de reparo,
el Beta saludó con un movimiento de cabeza a su Alfa y se retiró entre la
multitud, con una premura poco convincente—, ¿y ahora?
—Parece como si lo
hubiéramos pillado haciendo algo indebido… —después, su mirada se centró en su
hermana, en su amplia sonrisa y en el brillo reluciente de sus ojos—. Oh… no
puede ser.
Raven asintió con sus
cejas.
—Yo creo que sí…
—Joder… —masculló—.
Todo son problemas. Maldita sea.
El vampiro le palmeó la
espalda conciliadoramente y le señaló el centro del patio, donde Abel se había
colocado, mirando al Alfa y desafiándolo. El cuerpo de Neo se tensó ante la
amenaza y un gruñido estremecedor escapó de sus fauces, su cara ya empezaba a
transformarse. Raven se sorprendió, su instinto estaba reaccionando al reto, el
influjo del Alfa estaba emanando de cada poro de su piel.
Raven se acomodó bien
en la columna, pues sabía que vería una buena pelea, a su lobo desenfundando
poder por todo su cuerpo. Mediante Neo se acercaba, su cuerpo iba cambiando. Su
cara parecía la de un lobo, su torso se cubrió de pelo, sus garras crecieron y
una cola grande y espesa bailó tras su espalda. La ropa iba reventando a cada
paso, a cada contracción de sus músculos.
Todo lo que Raven podía
ver era poder, fuerza, dominación, y por algún motivo, su cuerpo reaccionaba a
él. A diferencia de los demás miembros de la manada que sentían la urgente
necesidad de retirarse, él se sentía más y más atraído. Su respiración empezó a
acelerarse, como si sus pulmones se vieran obligados a coger ese aire que no
necesitaba, su pecho subía y bajaba y la sangre de su cuerpo parecía
calentarse.
¿Qué era lo que estaba
sintiendo? No podía entenderlo.
De repente, Neo se
frenó en seco. Olió el aire y se dio la vuelta, buscando, rastreando algo.
Cuando centró la vista en Raven, el lobo en primera fase corrió a dos patas
hasta él, saltando encima y mordiéndole el cuello. El vampiro lanzó un chillido
agudo que despertó más de un gritito agudo entre los presentes.
—¿Neo? —preguntó,
estirando de las orejas del lobo para poder levantarle el hocico. Los ojos ámbar
se centraron en él y aunque no habló, los pensamientos de Neo parecieron
conectados a los suyos. Podía sentir sus emociones, como la primera necesidad
del Alfa había sido volver a reclamarlo ante los presentes, demostrando que
aunque él estuviera ocupado, su amante seguía bajo su protección, bajo su posesión.
Había sido su necesidad por aclarar a su manada que se mantuvieran lejos de su
vampiro—. Neo, tienes que irte —el Alfa aulló largamente, metiendo su amplia y
larga lengua en la boca del vampiro. Raven sonrió, para después morderla y
deslizar la puntita de la suya por cada gotita de sangre—. Ahora, ¡vete!
El lobo saltó hacia
atrás, corriendo a cuatro patas, ahora en segundo fase contra el lobo que lo
esperaba en el centro del claro. El pelaje dorado tapó completamente al negro
cuando se abalanzó sobre él. Un zarpazo y un mordisco le valieron a Neo para
que el lobo negro sintiera la necesidad de correr.
Abel cruzó todo el
patio, intentando poner distancia de la fuerza del Alfa. Sus gruñidos un poco
más agudos, dejaban claro su inseguridad, sabía que iba a perder pero lo que
más temía, es que iba a doler como el infierno.
Golden saltó sobre un
tramo lleno de miembros de su manada, para caer sobre Abel, ambos se revolcaron
por el suelo, lanzándose mordiscos, arañándose mutuamente, hasta que un pequeño
zarpazo lanzado sobre el morro de Neo lo hizo trastabillar hacia atrás por el
dolor. La sangre no tardó en bajar por su ojo, que mantuvo cerrado.
El cuerpo de Raven se
tensó, todos sus músculos es pusieron en alarma. Sangre, ese bastardo de Abel
le había hecho sangrar a Neo. Sintió como sus dientes empezaron a crecer, como
sus uñas se clavaban en sus palmas, no podía resistirse, no podía controlarse,
iba a saltar sobre ese lobo y arrancarle la cabeza. Si Neo perdía un ojo, si su
Alfa terminaba herido permanentemente, no sabía lo que haría, no sabía…
—Cálmate —un pequeña
mano se colocó sobre su hombro, con un agarre inesperadamente potente—. Las
heridas no se pueden evitar en estos casos, así que cálmate y no intervengas,
puedes despistar a Neo y que entonces sí se hiera con gravedad.
Raven se giró hacia
Dayira, que mantenía la vista fija sobre los dos lobos que seguían luchando
enzarzados en una batalla desesperada. Se veía segura y con una confianza plena
en Neo. El vampiro sintió celos en ese momento, ¿Cómo podía alguien tener una fe
tan indudable sobre otro ser? Sintió admiración e impotencia. Si alguien
tendría que confiar así en Neo, era él y nadie más.
Después sonrió y se tapó
la cara con una mano, tranquilizándose eventualmente. Puede que lo que su hermano
hubiera necesitado era una persona como Dayira. Alguien que confiara en él, lo
apoyara y le diera una verdadera razón para seguir con vida. Su vida había sido
una verdadera mierda y el maldito padre de Neo tampoco había ayudado mucho.
Un golpe a lo lejos le
sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza lo justo para ver como Neo había
atrapado al lobo negro con un mordisco en el cuello, arrancándole la mitad de
la piel en el proceso. La sangre bañaba el suelo a su alrededor y una especie
de llamarada dorada empezó a envolverlos a ambos.
Neo se retiró,
volviendo a su forma humana y dejando espacio para que un rayo de luz se
centrara sobre la frente del lobo. Abel parecía desmayado, cuando su cuerpo
volvió a la normalidad sus ojos permanecieron cerrados, solo quedaba un
resquicio de pelo en su frente, el cual se borró con las líneas de una estrella
brillando en él.
A los pocos segundos,
Raven ya estaba sosteniendo a Neo, acariciándole la cara y retirando su
flequillo rubio para poder verle el ojo, a su vez, Zoe había corrido para
llegar hasta Abel, llorando su temor sobre el pecho de su amante, pues parecía
que el lobo negro estaba muerto.
Dayira se acercó para
tomarle la tensión, colocó dos dedos en el cuello de Abel y le sonrió a la
joven. Su lobo estaba bien, cansado pero bien. Su sonrisa se borró cuando miró
la cara de Neo. Con cuidado arrastró al lobo con la ayuda Raven hasta una de
las mesas del salón, donde tenían preparado un kit de primeros auxilios. Limpió
la zona y le abrió el ojo, el gran suspiro que dio le levantó hasta el flequillo.
—¿Qué? —preguntó Raven,
asustado. Con la ira apretada en sus puños.
Dayira asintió,
cosiéndole la herida sin que Neo produjera ni un solo sonido. Después se
dispuso a tapárselo con cuidado.
—No te preocupes, no
perderá el ojo —acarició la cabeza de Neo para que lo mirada—. Eso sí, creo que
ya no te verás tan sexy.
La carcajada del Alfa
se pudo escuchó hasta en el patio, desde donde llegaba el murmullo de los demás
miembros de la manada. Negó con la cabeza y se abrazó a la cintura de Raven,
apoyando la cabeza en su estómago.
—Me da igual, solo
tengo que parecerle sexy a una persona.
Raven se arrodilló a su
lado, acariciándole la cara para darle después un profundo beso.
—Para mí eres el hombre
más sexy del mundo —murmuró, brillando en su voz el respeto que sentía por su
lobo.
—Vaya… es bueno
saberlo.
Ambos sonrieron,
mirándose lentamente, intercambiando una intimidad que no dejaba espacio para
nadie más. Dayira cogió silenciosamente su maletín, dejándolos solos y cruzando
la estancia hasta las escaleras. Allí se encontró de frente con Izan, que la
miraba fijamente, con la misma cara de pocas pulgas que llevaba desde hace unos
días.
—Hubieras deseado que
Abel muriera, ¿no? —murmuró Dayira, justó cuando se cruzaron, sin mirarse.
—Lo que uno desea y lo
que sucede no siempre se corresponde. Además… yo sabía que no pasaría.
—Pero nunca perdiste la
esperanza.
Izan sonrió
tristemente, dándole una melancólica mirada de reojo y echando a caminar hacia
el patio.
—La esperanza es lo
último que se pierde.
Dayira lo observó
intranquila de marcharse. Después levantó la cabeza hacia la ventana de la
habitación donde dormía Ángel, cerró los ojos y se mordió el labio, apretando
hasta que sintió la sangre correr por su barbilla. Todo estaba cambiando
rápidamente y lo único que ella deseaba, es que no tuviera un trágico final.