jueves, 7 de agosto de 2014

Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 14)

CAPÍTULO 14

Entrada: xx/xx/xxxx
Me arrepiento de haber explotado así, me arrepiento de haberlo golpeado. Pero ya no soporto más su pena.
Estoy tan frustrado, tan cabreado conmigo mismo. No quiero que mis cachorros lo busquen, no quiero que vuelvan a acercarse a él.
Pero… no puedo alejarlo de mí. Solo pensar en él, mirarlo, olerlo, algo en mi ángel activa mi cuerpo, lo estimula como nunca antes creía que fuera posible.
No puedo vivir con él… no puedo vivir sin él.
A veces pienso que lo mejor sería que ambos muriéramos, que desapareciéramos y dejáramos de sufrir, de padecer este maldito tormento.
Ayer, después de que volviera de una de sus escapadas, lo tiré al suelo y lo violé. No le dejé hablar, no le dejé moverse, solo podía pensar en tomarlo, en borrar el rastro de ese asqueroso ser y reclamar con mi esencia mi territorio.
Maldito ángel del infierno, estás haciendo que pierda los cabales, que cometa un error…
Vas a hacer que te mate.
No es un pensamiento que no me haya recorrido la mente alguna vez.
Tener una dulce muerte.
Tomarte con fuerza para después cortarte el cuello mientras estás chillando de éxtasis, así morirías en mis brazos, te extinguirías en mi placer. Pero lo más importante, cuando yo terminara con mi vida sobre ti, te daría lo que tanto ansías.
Mi sangre.
Mi sangre bañaría tu rostro y tu pelo, inundaría tu boca y surcaría por tu cuerpo, uniéndose con la tuya donde físicamente nosotros ya lo estaríamos.
Y entonces, nuestros sufrimientos, acabarían. 

* * * *

Dayira sujetó el pomo indecisa, demasiado asustada para enfrentar lo que estaba casi segura había detrás de esa puerta. Además, la mirada fija del Beta sobre su espalda tampoco la ayudaba.

Maldita sea, a lo mejor debería haber contado desde un principio todo lo que sabía. Pero el solo pensamiento de hacerle daño a Neo le hacía reacia a abrir la boca. Ahora, según había escuchado en la manada, un vampiro familiar de Raven se encontraba alojado allí.

Necesitaba saber si era él.

Cogiendo aire y echándole valor, giró el pomo y entró en la estancia. La puerta chirrió tras Izan al cerrarse, haciendo que Dayira se sobresaltara unos segundos antes de fijar su mirada en la cama.

Allí estaba su vampiro, con la misma cara pálida y elegante, con su largo cabello de media noche bañando sus hombros. Podía recordar esos intensos rubís brillando cuando la acariciaba.

Nerviosa, se colocó el cabello rojizo tras la oreja mientras terminaba por acercase lentamente a la cama. Podía escuchar la respiración de Izan por encima de la del vampiro, pero no conseguiría incomodarla, le daba igual que estuviera observándola. Sí creía que iba sacar cualquier información de ella que pudiera perjudicar a Neo, podía esperar sentado. No podía arriesgarse a que Izan cometiera algún error, que toda la verdad se descubriera por culpa de alguno de sus jueguecitos.

No tenía pensado ni molestar a Ángel, solo se conformaría con tocarlo un poco, mirarle mientras dormía y susurrarle dulce sueños, para después volver a coger el camino fuera del dormitorio.

Deslizó el revés de su mano sobre la suave mejilla, desplazando algunas hebras negras de sus ojos. Estaba igual de hermoso que como lo recordaba.

Dos lentas lágrimas se derramaron de sus ojos, Dayira las recogió suavemente con un dedo, fijando la humedecida vista en las sábanas. Delicadamente las levantó, pasando su fría mano por su pecho, bajando por su estómago y rodeando despacio las líneas negras de su estrella.

—Ángel… —sollozó, tocándose ella misma la ingle también—, todo está bien, descansa.

No se atrevió a despertarlo, no se veía capaz de enfrentarse a sus tristes ojos. El aura melancólica que envolvía al vampiro cuando lo conoció seguía rodeando su cuerpo, su expresión. Su pena seguía allí y no quería luchar contra eso, no ahora. No cuando él se echaría otro pecado más a sus espaldas.

Su corazón no podría soportarlo.

—¿Y entonces? —preguntó Izan, esperando de brazos cruzados frente a la puerta.

Dayira lo miró negando con la cabeza, sin querer regalarle ni una sola palabra. Sentía la impetuosa necesidad de salir de allí, de alejarse durante unas horas de aquella habitación. Sus piernas pesaban toneladas, aun así, consiguió llegar hasta donde estaba el Beta y apartarlo bruscamente con el brazo.

Tenía que salir de allí.

—¿Dayira?

El corazón de la loba se paralizó, podría reconocer esa voz hasta en el fin del mundo. Lentamente, giró su cuerpo de nuevo hacia la cama y allí se encontró con lo que más temía, con esos ojos escarlata fijos en ella. Su expresión serena con un halo de tristeza.

—Ángel, me alegro de que te encuentres bien.

El vampiro sonrió escuetamente, invitándola a sentarse a su lado con un elegante movimiento de brazo. Dayira se acercó despacio, sentándose en la silla y obligándose a mirarlo sin obedecer a la urgencia que sentía por salir corriendo de allí.

—Te fuiste y no volví a verte. Tú también te ves bien, me alegro de que pertenecieras a esta manada. Aquí te cuidarán bien para que no vuelva a pasar lo mismo otra vez.

La loba se apretó las manos, estrujándoselas con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Sé que mis actos hace unos meses no fueron los más indicados, pero la manada no tiene nada ver que con eso. Gracias por todo lo que hiciste por mí en ese entonces. Si no hubieras estado allí, yo no sé…

—¿El resultado hubiera cambiado? —preguntó Izan, alzando una ceja con incredulidad—. Yo creo que todo hubiera terminado igual.

Dayira sabía a qué se refería, a su enfermedad. Al poco tiempo que le quedaba. Pero esa era una de las últimas cosas de las que quería que Ángel se enterara. Como ese Beta del demonio no se callara, le arrancaría la garganta de un mordisco. Lo único que le molestaba a ese bastardo era no saberlo todo, que algo en su manada escapara de su rango de previsión.

Ella no estaba para juegos en ese momento.

—¿A qué te refieres? —preguntó Ángel, con serenidad. Si sospechaba del lobo, su expresión no lo demostraba.

—Izan, sal —ordenó Dayira, seria y concisa. Sin ninguna duda en su voz.

El Beta se lo pensó dos veces, pero al final tras un asentimiento salió por la puerta, obligándose a dejarles algo de intimidad, fuera lo que fuera que estuviera pasando entre ellos.

—¿Dayira? —volvió a preguntar Ángel, mientras acariciaba la mano de la loba despacio, casi con una ternura fraternal.

—Ellos no saben nada, solo que me escapé y desparecí durante unos días. No le des muchas vueltas, sabes cómo son los Betas —y fue terminar la frase y arrepentirse de lo dicho.

Ángel encogió la expresión, cruzándole un ramalazo de dolor por toda la cara. Se veía igual de miserable que siempre, Dayira podría sentir las ganas de morir del vampiro a una legua. Todo estaba igual que cuando se fue.

La conversación ya no le merecía la pena. Nada iba a cambiar. No mientras Ángel siguiera pensando en su primera alma.

—Pero… —siguió Ángel indeciso, frotándose las sientes con gesto cansado—, no entiendo. ¿Te ha pasado algo desde que volviste? ¿O se refiere a Neo? A vuestra… ¿relación?

Dayira le sonrió con ternura, seguía preocupándose por ella, al igual que todas esas horas durante la semana que estuvieron juntos. Entre ellos hubo tantas confidencias y sentimientos encontrados que ahora todo le parecía un mal sueño.

Un sueño, que a su pesar, nunca debió suceder.

—Tranquilo, Neo y yo estamos bien. Lo amo y siempre lo amaré —la sonrisa de Ángel ante su confesión solo le hundió un poco más la espinita que mantenía clavada en su corazón—. Gracias por todo. Déjale este asunto a Raven, se solucionará.

Ángel la observó de marchar, como la loba giraba gracilmente su cuerpo para dirigirlo hacia la puerta. Se mojó los labios, sintió la necesidad de detenerla, de suplicarle que se quedara un poco más con él.

Lo único que escapó de su boca fue un agradecimiento.

—De verdad, muchas gracias por escucharme, Dayira. Por haber estado ese tiempo conmigo y por aguantar todas mis penas. Gracias por aceptar mi historia y consolarme, entiendo porque te fuiste, por qué me dejaste allí. Tu lugar está aquí junto a Neo. De verdad, te deseo lo mejor.

Dayira cerró con fuerza los ojos y se forzó a sonreír, aun de espaldas a Ángel.

—No, no creo que lo entiendas —suspiró y abrió la puerta—. Vendré a verte otro día… adiós.

El ruido de la puerta fue todo lo que Dayira dejó atrás. Ángel desde la cama se sintió hundirse un poco más en el colchón. No entendía por qué ese adiós le había parecido tan firme, como si hubiera sido la conclusión final a una difícil decisión. Y lo que menos entendía era porque sentía un cierto dolor en su estrella.

Se tocó la ingle despacio, sorprendiéndose al ver caer gotitas carmesí sobre la sábana. Alzó ambas manos para tocarse la cara, estaba llorando.

—Esto es… pero… ¿por qué?

* * * *

Raven se colocó de lado, acariciando lentamente las hebras doradas, haciéndose cosquillas en la palma de su mano. Neo dormía tranquilamente, con un respirar lento y profundo. Desnudo sobre la cama, dejaba al vampiro admirar cada músculo de su pecho contraerse al respirar. Su estómago subía y bajaba, afirmando cada zona.

Como le gustaría tener un cuerpo como el de su lobo, era tan duro, tan bien formado. Pasó una mano por su muslo, el cual mantenía flexionado y contraído. Tragó saliva ante el extremado calor, aun así, sus manos siguieron subiendo, acariciando el suave vello rubio.

Por fin consiguió que Neo soltara una sonrisita y se estirazara, dando un amplio bostezo. Se veía tan complacido por el sexo anterior, tan sumamente satisfecho que el ego de Raven no pudo más que crecer.

Tener a su macho estirazado apaciblemente en la cama, después de haber estado retozando con él durante horas, le provocaba una subida de lívido indescriptible.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Raven, acariciándole ahora el flequillo rubio y echándoselo hacia atrás.

Neo sacó su lengua graciosamente, relamiéndose los labios.

—Podría estar mejor. Me lo pasé muy bien pero… joder con nuestro vampirito —y soltó una suave carcajada.

Neo ignoró la mueca disgustada de Raven y le rozó el rostro, pasando el dorso de sus dedos por la suave mejilla. Con el cabello negro revuelto por las horas desenfrenadas de antes, solo se veía más atractivo. Si tuviera las fuerzas necesarias no tardaría ni dos segundos en echarse sobre él. Su vampiro no podía ser más sexy, más atrayente, Dios... no sabía qué diablos le estaba pasando.

—¿Te puedes mover? Deberíamos bajar a comer o puedo ordenar que te suban algo —dudó Raven, más atento en la mirada azul de su lobo que en lo que realidad estaba diciendo.

—¿Deberíamos? —preguntó Neo con incredulidad—. Maldita sea, ¡como si tú no hubieras comido suficiente! Creo que tengo marcas de mordisco hasta en la-

—No, ahí no —se apresuró a cortar Raven, con un toque picarón brillando sobre su vergüenza—. Pero puede que muy cerca… —y sus ojos fueron directamente sobre la ingle del lobo, donde dos claras marcas sobre un pequeño chupetón hacían acto de presencia.

Neo siguió la mirada hasta tocar la zona, con la sonrisita tonta en la cara.

—No me hagas recordarlo, podría animarme y no tengo fuerzas para devolverte el favor —antes de que Raven pudiera contestar algo sagaz según la expresión que estaba poniendo, Neo se incorporó en la cama y echó la cabeza sobre el respaldar de esta, pensativo—. ¿Qué pasó al final con lo de tu hermano? Con tanto calentón al final no me contaste nada y de verdad que tengo curiosidad. Cuando llamó a mi padre… —el Alfa se mordió el labio, indeciso—, no sé cómo explicarlo, pero se veía tan… desesperado. No sé qué coño les unía a ambos, pero seguro como un demonio que más de lo que dejó a entender.

Raven tragó saliva y giró su cabeza. No se atrevía a enfrentarse a esos ojos azules, pues estaba seguro que si ambas miradas se encontraban, Neo podría ver con facilidad que lo próximo que iba a salir de sus labios era mentira.

El vampiro se acomodó el pelo mientras se sentaba al lado de Neo en la cama. Bostezó también y desinteresadamente se rascó una pierna. Tenía que disimular lo suficiente para darse tiempo para prepararse.

—No es nada a lo que tengas que darle muchas vueltas, en realidad, Ángel y tu padre llevaban todo lo relacionado a los vampiros y tu manada. Al no haber un acuerdo como ahora, se juntaban varias veces para hacer tratados de paz y demás. Había la suficiente confianza entre ellos como para tratar asuntos importantes y tener la seguridad de que se cumplirían —se aclaró la garganta antes de seguir—. Mi hermano se sorprendió mucho cuando te vio, admiraba mucho a tu padre y su muerte le afecto bastante.

Neo asintió largamente, con un ruidito de aceptación que poco convencía a Raven. Lo miró de reojo, observando como el lobo vagamente alzaba los brazos y los colocaba tras su cabeza, parecía tener la vista fija en algún punto de la pared de enfrente. Su rostro no mostraba sospecha, ni eso ni nada realmente.

Raven no sabía si sentirse aliviado o era demasiado pronto para ese pensamiento.

—Mis lobos me han dicho, que tu hermano protegió a mi hermana a riesgo de su propia vida. Me sorprendió mucho cuando lo escuché pero si dices que apreciaba a mi padre puedo hacerme una idea de sus razones —Neo le miró con una amplia sonrisa en donde podía verse todo sus dientes—. Recuérdame darle las gracias. ¡Ahora bajemos a comer!

El vampiro asintió, sin querer abrir más la boca, lo suyo no era mentir y encima la confianza que había demostrado Neo en él solo le hacía que le doliera más el pecho. Pero no podía decir nada más, no podía arriesgar la vida de su hermano. Neo sabría perdonarle con el tiempo si alguna vez llegase a enterarse. Solo estaba haciendo lo mejor para la manada y su clan, lo mejor para todos.

Observó como el Alfa se alzaba de la cama, dándole la espalda y dejándole ver toda su gloriosa desnudez. Sus hombros redondos, su espalda bien formada, esa cintura fibrosa que desembocaba en un duro y cuadrado trasero. Quería seguir bajando por sus muslos de acero y recrear su vista en esas pantorrillas, pero su vista seguía fija en su culo, en el recuerdo de esos apretados músculos apretando su…

—¿Raven? —preguntó Neo, indeciso.

Raven pegó un salto, todo lo elegantemente que pudo, y se puso de pie. Buscando su ropa sin añadir nada.

—Debemos apresurarnos, tienes que alimentarte para recuperar fuerzas.

Neo le guiñó un ojo, dejándole saber que le había pillado mirándole el trasero. Al no obtener la sonrojes que esperaba en la cara del vampiro, se encogió de hombros y siguió vistiéndose. Estaba claro que su marido empezaba a madurar y que cosas que antes le hubiera cubierto de timidez, ahora las veía con mucha más normalidad.

Era agradable, saber que él había conseguido ese cambio en Raven le hacía sentirse poderoso.

Su pequeño vampirito se había convertido en todo un hombre, y joder si ayer no se lo demostró. Todavía podía sentir el calor en cada mordida, el dolor en su trasero y esa sensación de placer que le había recorrido todo el cuerpo. No sabía que se había sentido mejor, aunque nunca olvidaría esa primera vez en los aseos de la discoteca. Los sonidos que produjo su vampiro cuando se lo folló duro contra la puerta del lavabo.

Una sonrisita picarona se formó en su cara y miró de reojo a Raven, este ya estaba completamente vestido y contemplándolo con hastío. Era verdad, tanto perderse en sus pensamientos iba a tardar un siglo en vestirse.

Pero prefería pensar en su sexo con el vampiro y no en las dudas en su cabeza. Porque algo… estabas seguro, había detrás de todo ese silencio de Raven. A él no podía engañarlo, aunque tampoco tenía prisa porque su nene le explicara, le daría su tiempo y esperaría como un niño bueno, o ese era su plan.

Una vez vestido, agarró el pomo de la puerta y la abrió. Invitando a Raven a pasar frente a él para salir de la habitación rumbo al comedor. Bajaron las escaleras de cemento y atravesaron el patio de albero hasta llegar al gran salón custodiado por las inmensas columnas de piedra.

Un poco más allá, en una de las primeras mesas y como era habitual, se encontraba el grupo de Neo. Eric parecía estar contándole algo divertido a las chicas, porque tanto Aisha como Dayira se reían como locas. Zoe mantenía la cabeza baja mientras su mano apretaba constantemente el muslo de Abel. Se veía nerviosa, como si quisiera mantenerse lista por si en cualquier momento tendría que salir corriendo. El olor a miedo llegaba hasta ellos, cosa que ha Neo no le hizo ni la más mínima gracia.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Neo, sentándose recto al lado de su hermana y apartándole la mano de la pierna de su marido.

Abel solo lo miró de reojo pero no dijo nada, poniendo la misma cara inexpresiva de siempre. Además, Raven supo que si el gesto le hubiera molestado, a Neo le hubiera dado absolutamente igual.

—Yo solo… —susurró Zoe, no muy segura de seguir, miraba a todos lados con ojos asustadizos—, tengo miedo de que algún lobo de la manada se lance sobre él, o que ese lobo blanco aparezca y se lo lleve. Por favor hermano —suplicó con ojitos vidriados—, tienes que traspasarle de manada lo más rápido posible. No, ahora mismo.

Neo puso cara de disgusto, y no solo por la súplica de su hermana, ya que por ella haría cualquier cosa, y lo primero no permitir que nunca más tuviera que poner esa clase de expresión. Sino que la idea de poseer a otro lobo le molestaba de indudable manera. Había varias formas de convertir a un lobo. De transferirlo de una manada a otra y aunque el final siempre sería doloroso el camino hasta él podría ser más… placentero. El Alfa se golpeó interiormente por ese pensamiento. Ni aunque todos sus muertos se levantaran él haría algo así.

—Tengo que pensarlo un poco más, Zoe. Déjame unos días para asimilarlo todo y verás que lo solucionaré.

—¡Unos días! —gritó horrorizada la joven—. Ni hablar, no podemos esperar tanto, tiene que ser ya. ¡Hoy o mañana pero ya!

Neo apretó los dientes y miró de reojo a Raven, sin dejar muy claro la razón de ello. Cuando parecía que el vampiro iba a intervenir se volvió hacia su hermana con la vista oculta por el flequillo rubio.

—Zoe, en realidad, no quiero hacerlo. Vas a sufrir más que él durante el procedimiento y no quiero hacerte daño.

La joven cogió la mano de Abel con fuerza, compartiendo una mirada de confianza antes de girarse hacia su hermano. Sus ojos ahora más seguros, con un brillo azul resplandeciendo en ellos. La pequeña estaba madurando. Neo se sorprendió al tener otra vez ese mismo pensamiento, parecía que todo el mundo a su alrededor evolucionaba mientras él seguía en el mismo sitio.

—Haremos lo que sea para que Abel esté a salvo. Yo… lo soportaré. Lo prometo —y la expresión firme de su cara así lo demostraba.

—Bueno… ¿y si no lo haces mediante el dolor? —preguntó Eric, mientras le daba un buen mordisco a su bocadillo de jamón —Neo lo miró de golpe como si quisiera matarlo, haciendo que Eric se atragantara con el pan—. Bueno, el traspaso solo se produce si posees al lobo y cuando pase sufrirá. Pero en vez de poseerlo a la fuerza con una paliza, también se puede hacer mediante… ¡auch! —gritó el lobo, tocándose la cabeza con evidente dolor.

Todos giraron la cabeza hacia Neo, pues no hacía falta ser muy listo para saber que el Alfa lo estaba rayando para que se callara. El que más incrédulo estaba era Raven, que sentía un cierto nerviosismo subiéndole por el estómago ya que podía hacerse una idea de lo que vendría a continuación.
—¿De qué manera? ¡Hermano, por favor, deja que termine! —suplicó Zoe.

—De ninguna, me niego —gruñó Neo, levantándose de la silla con tanta fuerza que terminó tirada en el suelo—. No voy a follarme al lobo ese, de ninguna de las formas. No me lo voy a tirar solo para que al desgraciado le duela un poquito menos. ¡A la mierda con todo esto!

Los presentes se quedaron con la boca abierta, hasta Abel, que tampoco parecía muy atraído por la idea. Zoe en cambio, pegó un salto y se levantó de su asiento, agarrándose al brazo de su hermano y mirándolo de nuevo con ojos llorosos.

—Si lo haces de la otra forma, tendrás que luchar con él, dejarlo medio muerto y después morderlo, ¿verdad? Me lo contó Izan, me dijo que era la única manera. Pero si se puede hacer también de esa… por favor, no quiero verlo de sufrir más…

A Neo se le atragantó la palabrota que tenía en la punta de la lengua. Todos lo miraban como si se estuviera comportando como un idiota insensible, así que lo último que le quedaba era el apoyo de Raven, su vampiro no dejaría que él tuviera sexo con nadie más, aunque de todas formas no pudiera culminar. No, no le dejaría.

Sus ojos se centraron en los grises del vampiro, que parecía estar sumamente relajado, sentado en su silla con brazos y piernas cruzados.

—¿Por qué no? Conmigo no tuviste tantos miramientos y eso que fue por una mierda de apuesta, esto por lo menos, es por un razón de peso —dijo, conciso y sin un ápice de expresión en su rostro.
Neo sintió su quijada de caer hasta el suelo. ¿Cómo? ¿A su vampiro le daba igual? ¡Eso era imposible! Aunque poco le importaba, ni aunque Raven estuviera en su contra aceptaría tal opción. Nunca.

—Me da absolutamente igual. Me niego. Raven, por favor, no pienso acostarme con un tío ni muerto —antes de que el vampiro abriera la boca, continuó—: Tú eres diferente, desde el primer día que te vi sentí algo que, bueno, mi cuerpo no se sentía reacio a estar contigo, y mierda, un hombre sabe eso. Estoy seguro que ni siquiera se me levantará si lo intento, ¡joder! —terminó, pegándole un puñetazo a la mesa y haciendo temblar toda la vajilla que había sobre esta.

Raven se levantó, serio y frío, se acomodó su largo pelo azulado y justo cuando estaba pasando al lado de Neo, le dejó ver una burlesca sonrisa. Después sus pasos se dirigieron hacia Abel, apartando a Zoe con una mano y enfrentándose con el lobo de la manada del Norte.

—Lo siento, Abel, pero mi Alfa va a rozarte lo justo y necesario para golpearte y hacer que te arrodilles frente a sus pies. Si eres el hombre indicado para pasar su vida al lado de Zoe, el indicado para amarla y protegerla, el hombre indicado para dar hasta su último aliento para verla sana y salva, levántate y enfrenta todo este asunto, demuestra que lo eres.

Abel saltó de su silla, dando un rugido tan fuerte que todos los lobos de las demás mesas se giraron hacia su dirección. Agarró a Raven del cuello del jersey y se lo acercó tanto a la cara que parecía que le mordería.

—Lo haré, después de enfrentarme a tu Alfa y darle una pelea de la que se acordará por el resto de su vida, demostraré que no hay nadie en este mundo que se merezca más a Zoe que yo. ¡¿Entendido?!

Raven solo sonrió, palmeándole la mano al lobo con tanta fuerza que este la encogió y trató de esconderla detrás de su cuerpo. Sin darle ni un segundo más de su tiempo, el vampiro se giró con la suficiente rapidez de evitar que Neo se lanzara sobre su cuñado, sus ojos azules parecía querer asesinarlo allí mismo.

Vaya, Raven solo pudo agrandar más la sonrisa, ay su Alfa…

—Mañana por la noche —con un rápido movimiento, le metió uno de los bocadillos en la boca a Neo—. Aquí en el patio, con todos presentes, solucionaremos este pequeño inconveniente.

Para sorpresa de todos, Raven se fue seguido muy de cerca por un Neo que no sabía muy bien que decir. Cogió bien el bocadillo y se dispuso a devorarlo en pocos bocados, de todas formas, no había tenido que ser él el que se enfrentara a su hermana y con solo unas cuantas palabras de Raven todo había salido más o menos como él quería así que… un palmadita en la espalda para su vampiro.


* * * *

Neo se desperezó, alzando lo brazos y abriendo la boca lo más que podía. Llevaba un ahora esperando echado sobre una de las columnas que bordeaban el patio. Su manada se había estado juntando poco a poco y se podría decir por la gran multitud que ya faltaban pocos.

Apoyó la cabeza sobre el hombro de Raven y le sonrió de forma socarrona cuando la afilada mirada gris se centró en su cara. Sentía como su vampiro se iba poniendo más y más alerta a cada segundo que pasaba, casi podía asegurar que estaba más nervioso que él mismo.

Aunque bueno, estaba seguro de poder darle la paliza de su vida al bastardo de Abel. Así se quitaba también la espinita porque se llevara a su pequeña y linda hermanita. ¡¿Cuándo habría ocurrido lo de ellos y como no se dio cuenta de que su pequeño lucero se estaba acostando con un tío?! Maldita sea, todavía le ardía la sangre por ello.

Raven podía escuchar el alboroto que estaba armando Neo a su lado, aunque intentó ignorando, tenía cosas más importantes de la que preocuparse ahora. Como el por qué diablos estaba Izan mirando a Zoe de esa manera mientras la chiquilla inquieta esperaba a que apareciera su marido. Y sobre todo, ¿dónde diablos se había metido Abel?

Cuando ya empezaba a sospechar que podría haber huido, el lobo bajó lentamente las escaleras, con todas las miradas de la manada clavadas en él. Cruzó el patio rápidamente, llenándose las botas de albero e ignorando completamente la atención que había levantado, hasta llegar donde su mujer lo esperaba. Abrazó a Zoe y la besó en la frente, con una devoción más que evidente por la pequeña joven.

Raven estaba seguro que Abel amaba a Zoe y por consiguiente todo saldría bien. Lo que no tenía claro es porque la mirada del Beta se había endurecido y miraba al otro lobo como si quisiera arrancarle de un mordisco la garganta. El vampiro se acarició el cabello mientras intentaba identificar sus expresiones. Sus ojos cambiaban mediante iba sopesando a Zoe y a Abel, como si estuviera procesando o tramando algo. Como si fuera algo más profundo.

—Ah… —soltó el vampiro sorprendido.

—¿Qué? —preguntó Neo, rascándose la cabeza y volviendo a bostezar.

Raven dudó durante unos segundos pero al final se acercó más al Alfa, susurrándole en el oído.

—¿Te has dado cuenta que Izan lleva un tiempo fijo en tu hermana?

—Mmm… ¿no? —Neo se sobó la oreja, ya que el aliento del vampiro le hacía cosquillas, aunque intentó que pareciera que seguía concentrado en la conversación—. ¿Tendría por qué?

—Bueno… fíjate bien.

Neo con un poco de hastió por las ocurrencias de su vampiro en momentos como ese, se concentró en Izan, siguiendo su mirada hasta centrarse en su hermana. La observaba con dulzura, con ternura, hasta con un cierto calor y sin embargo, cuando este se giraba hacia Abel, sus ojos se oscurecían, convirtiéndose en dos piedras huecas.

—¿Sospechas que Izan esté trajinando algo nuevo? Es verdad que se ve un tanto… extraño.

Raven rodó los ojos antes la inocencia de su Alfa en depende qué asuntos.

—Eso es todo lo que… —de repente, Izan se dio cuando de que lo estaban mirando, con un poco de reparo, el Beta saludó con un movimiento de cabeza a su Alfa y se retiró entre la multitud, con una premura poco convincente—, ¿y ahora?

—Parece como si lo hubiéramos pillado haciendo algo indebido… —después, su mirada se centró en su hermana, en su amplia sonrisa y en el brillo reluciente de sus ojos—. Oh… no puede ser.

Raven asintió con sus cejas.

—Yo creo que sí…

—Joder… —masculló—. Todo son problemas. Maldita sea.

El vampiro le palmeó la espalda conciliadoramente y le señaló el centro del patio, donde Abel se había colocado, mirando al Alfa y desafiándolo. El cuerpo de Neo se tensó ante la amenaza y un gruñido estremecedor escapó de sus fauces, su cara ya empezaba a transformarse. Raven se sorprendió, su instinto estaba reaccionando al reto, el influjo del Alfa estaba emanando de cada poro de su piel.

Raven se acomodó bien en la columna, pues sabía que vería una buena pelea, a su lobo desenfundando poder por todo su cuerpo. Mediante Neo se acercaba, su cuerpo iba cambiando. Su cara parecía la de un lobo, su torso se cubrió de pelo, sus garras crecieron y una cola grande y espesa bailó tras su espalda. La ropa iba reventando a cada paso, a cada contracción de sus músculos.

Todo lo que Raven podía ver era poder, fuerza, dominación, y por algún motivo, su cuerpo reaccionaba a él. A diferencia de los demás miembros de la manada que sentían la urgente necesidad de retirarse, él se sentía más y más atraído. Su respiración empezó a acelerarse, como si sus pulmones se vieran obligados a coger ese aire que no necesitaba, su pecho subía y bajaba y la sangre de su cuerpo parecía calentarse.

¿Qué era lo que estaba sintiendo? No podía entenderlo.

De repente, Neo se frenó en seco. Olió el aire y se dio la vuelta, buscando, rastreando algo. Cuando centró la vista en Raven, el lobo en primera fase corrió a dos patas hasta él, saltando encima y mordiéndole el cuello. El vampiro lanzó un chillido agudo que despertó más de un gritito agudo entre los presentes.

—¿Neo? —preguntó, estirando de las orejas del lobo para poder levantarle el hocico. Los ojos ámbar se centraron en él y aunque no habló, los pensamientos de Neo parecieron conectados a los suyos. Podía sentir sus emociones, como la primera necesidad del Alfa había sido volver a reclamarlo ante los presentes, demostrando que aunque él estuviera ocupado, su amante seguía bajo su protección, bajo su posesión. Había sido su necesidad por aclarar a su manada que se mantuvieran lejos de su vampiro—. Neo, tienes que irte —el Alfa aulló largamente, metiendo su amplia y larga lengua en la boca del vampiro. Raven sonrió, para después morderla y deslizar la puntita de la suya por cada gotita de sangre—. Ahora, ¡vete!

El lobo saltó hacia atrás, corriendo a cuatro patas, ahora en segundo fase contra el lobo que lo esperaba en el centro del claro. El pelaje dorado tapó completamente al negro cuando se abalanzó sobre él. Un zarpazo y un mordisco le valieron a Neo para que el lobo negro sintiera la necesidad de correr.

Abel cruzó todo el patio, intentando poner distancia de la fuerza del Alfa. Sus gruñidos un poco más agudos, dejaban claro su inseguridad, sabía que iba a perder pero lo que más temía, es que iba a doler como el infierno.

Golden saltó sobre un tramo lleno de miembros de su manada, para caer sobre Abel, ambos se revolcaron por el suelo, lanzándose mordiscos, arañándose mutuamente, hasta que un pequeño zarpazo lanzado sobre el morro de Neo lo hizo trastabillar hacia atrás por el dolor. La sangre no tardó en bajar por su ojo, que mantuvo cerrado.

El cuerpo de Raven se tensó, todos sus músculos es pusieron en alarma. Sangre, ese bastardo de Abel le había hecho sangrar a Neo. Sintió como sus dientes empezaron a crecer, como sus uñas se clavaban en sus palmas, no podía resistirse, no podía controlarse, iba a saltar sobre ese lobo y arrancarle la cabeza. Si Neo perdía un ojo, si su Alfa terminaba herido permanentemente, no sabía lo que haría, no sabía…

—Cálmate —un pequeña mano se colocó sobre su hombro, con un agarre inesperadamente potente—. Las heridas no se pueden evitar en estos casos, así que cálmate y no intervengas, puedes despistar a Neo y que entonces sí se hiera con gravedad.

Raven se giró hacia Dayira, que mantenía la vista fija sobre los dos lobos que seguían luchando enzarzados en una batalla desesperada. Se veía segura y con una confianza plena en Neo. El vampiro sintió celos en ese momento, ¿Cómo podía alguien tener una fe tan indudable sobre otro ser? Sintió admiración e impotencia. Si alguien tendría que confiar así en Neo, era él y nadie más.
Después sonrió y se tapó la cara con una mano, tranquilizándose eventualmente. Puede que lo que su hermano hubiera necesitado era una persona como Dayira. Alguien que confiara en él, lo apoyara y le diera una verdadera razón para seguir con vida. Su vida había sido una verdadera mierda y el maldito padre de Neo tampoco había ayudado mucho.

Un golpe a lo lejos le sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza lo justo para ver como Neo había atrapado al lobo negro con un mordisco en el cuello, arrancándole la mitad de la piel en el proceso. La sangre bañaba el suelo a su alrededor y una especie de llamarada dorada empezó a envolverlos a ambos.

Neo se retiró, volviendo a su forma humana y dejando espacio para que un rayo de luz se centrara sobre la frente del lobo. Abel parecía desmayado, cuando su cuerpo volvió a la normalidad sus ojos permanecieron cerrados, solo quedaba un resquicio de pelo en su frente, el cual se borró con las líneas de una estrella brillando en él.

A los pocos segundos, Raven ya estaba sosteniendo a Neo, acariciándole la cara y retirando su flequillo rubio para poder verle el ojo, a su vez, Zoe había corrido para llegar hasta Abel, llorando su temor sobre el pecho de su amante, pues parecía que el lobo negro estaba muerto.

Dayira se acercó para tomarle la tensión, colocó dos dedos en el cuello de Abel y le sonrió a la joven. Su lobo estaba bien, cansado pero bien. Su sonrisa se borró cuando miró la cara de Neo. Con cuidado arrastró al lobo con la ayuda Raven hasta una de las mesas del salón, donde tenían preparado un kit de primeros auxilios. Limpió la zona y le abrió el ojo, el gran suspiro que dio le levantó hasta el flequillo.

—¿Qué? —preguntó Raven, asustado. Con la ira apretada en sus puños.

Dayira asintió, cosiéndole la herida sin que Neo produjera ni un solo sonido. Después se dispuso a tapárselo con cuidado.

—No te preocupes, no perderá el ojo —acarició la cabeza de Neo para que lo mirada—. Eso sí, creo que ya no te verás tan sexy.

La carcajada del Alfa se pudo escuchó hasta en el patio, desde donde llegaba el murmullo de los demás miembros de la manada. Negó con la cabeza y se abrazó a la cintura de Raven, apoyando la cabeza en su estómago.

—Me da igual, solo tengo que parecerle sexy a una persona.

Raven se arrodilló a su lado, acariciándole la cara para darle después un profundo beso.

—Para mí eres el hombre más sexy del mundo —murmuró, brillando en su voz el respeto que sentía por su lobo.

—Vaya… es bueno saberlo.

Ambos sonrieron, mirándose lentamente, intercambiando una intimidad que no dejaba espacio para nadie más. Dayira cogió silenciosamente su maletín, dejándolos solos y cruzando la estancia hasta las escaleras. Allí se encontró de frente con Izan, que la miraba fijamente, con la misma cara de pocas pulgas que llevaba desde hace unos días.

—Hubieras deseado que Abel muriera, ¿no? —murmuró Dayira, justó cuando se cruzaron, sin mirarse.

—Lo que uno desea y lo que sucede no siempre se corresponde. Además… yo sabía que no pasaría.

—Pero nunca perdiste la esperanza.

Izan sonrió tristemente, dándole una melancólica mirada de reojo y echando a caminar hacia el patio.

—La esperanza es lo último que se pierde.

Dayira lo observó intranquila de marcharse. Después levantó la cabeza hacia la ventana de la habitación donde dormía Ángel, cerró los ojos y se mordió el labio, apretando hasta que sintió la sangre correr por su barbilla. Todo estaba cambiando rápidamente y lo único que ella deseaba, es que no tuviera un trágico final.