lunes, 1 de septiembre de 2014

Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 15) [Parte 1/2]

CAPÍTULO 15

Entrada: xx/xx/xxxx
He fantaseado muchas veces con el día de mi muerte. Siempre asumí que ese día llegaría a mí, a mi mente, antes de que sucediera. Nunca me podría tomar por sorpresa.
Pero lo ha hecho, o por lo menos, la manera en la que pereceré.
Después de analizar la visión, intenté pensar en varias formas de evitarla, modificarla. Usé mi don para analizar posibles rutas de escape, pero ninguna era satisfactoria.
Me siento ridículo, frustrado, tan furioso que sería capaz de destruir medio hogar.
Estoy tan defraudado…
Sé que no le he entregado a mi ángel el suficiente cariño, no le he demostrado ni una sola vez lo que me importa. Nunca me he inmutado por nada a su alrededor. He vivido indiferente a cualquier cosa que nos involucrara a ambos.
Pero no puedo engañarme… ni engañarlo. El cariño, deseo o pasión está bien, pero… no lo amo y nunca lo amaré. No puedo ofrecerle algo que no tengo, algo que ya se esfumó cuando murió mi alma.
Sin embargo, no entiendo por qué mi ángel actuará así, porqué quiere ponerme a prueba, qué busca con esa reacción.
Moriré, rechazando todas mis creencias, tirando por la borda un futuro con mis cachorros, todo por él. Por un compañero al que no amo. Al que le tengo lástima.
Mi ángel, cómo quisiera que te cuidaras más a ti mismo, que te preocuparas un poco más por lo que significas para los demás. Huye lejos como en mi visión, corre y no mires atrás. Busca una cura para ese dolor y renace.
Renace como el ser carmesí y hermoso que eres. Lucha por enmendar una vida amarga y sin sentido. Madura y conviértete en alguien que pueda sonreír en su último aliento.
Mi pobre y patético ángel.
Y entonces, nuestros sufrimientos, acabarían. 

* * * *
¿Y ahora que hacía?

Sentado en la cama, Raven se encogió y agarró sus piernas, hundiéndose un poco más en el colchón. Dios… se sentía demasiado culpable para mirar a Neo a la cara. Hace apenas diez minutos, el lobo lo había invitado a compartir la ducha y él se había negado, adjudicándoselo a una clara muestra de escrúpulos. Su Alfa solo lo miró de reojo, con un sonrisita de "estirado" y dejándolo allí sin darle más importancia.

Sus razones eran bastante contradictorias. Por un lado, era verdad que no le apetecía meterse con Neo en la ducha, sobre todo por la gran cantidad de barro que cubría al Alfa después de haber querido correr bajo la lluvia para demostrarle a su manada que seguía en forma y con los cinco sentidos alerta. Se obligaba constantemente a exponer su superioridad frente a su gente. Por lo visto, desde que la Luna lo eligió como Alfa, nunca lo aceptaron. Al parecer, por ser hijo de un beta. Él no lo entendía, es verdad que entreveía un cierto desagrado por parte de la manada hacia Izan, pero siempre creyó que era por su persona y no por su posición. A lo mejor con el anterior beta sucedía algo parecido, tendría que preguntarle a su hermano más adelante o a Dayira tal vez, pues no quería involucrar a Neo y traerle malos recuerdos referentes a su padre o su infancia.

Volviendo al tema de la ducha… por otro lado, estaba esa culpabilidad que le carcomía el pecho. Sus sentimientos hacia Neo lo traían de cabeza. Estaban casados, eso era correcto, se habían hecho una promesa de fidelidad mutua, también era cierto… pero no lo amaba. Sentía pasión por su cuerpo, deseo por poseerlo, pero eso no era amor. Desde que se conocieran, ningún pensamiento romántico pasó por su mente. Más bien todas las sensaciones se acercaban más a la obligación, el deber, y porque no admitirlo, al conformismo.

A él lo habían criado como a un vampiro noble, un caballero sofisticado nacido en un antiguo y prestigioso linaje que debía alimentarse del rebaño, respetándolo lo suficiente como para intentar conservar sus vidas después de la suculenta cena. Por su parte, nunca sintió que estuviera bien el acabar con la existencia de un humano, pero si ocurría tampoco era la gran pérdida, solo había que tener cuidado con los corderitos. Además, según sus padres, "ellos" vendrían a por los vampiros malos, lo más cercano al hombre del saco que tenían cuando niños.

Ellos… los que ahora sabía que mantenían la paz entre sus razas, respetando un maltratado tratado con alguna que otra concesión. Y aunque en un principio los viera como el enemigo, algo le decía que en cierta forma los protegían… de sí mismos, de su propia cruel naturaleza.

Todos los vampiros habían sido aniquilados por las manadas de licántropos, y sin embargo, ellos aún seguían vivos. Aun matando a su primer humano, aun contagiando de muerte a las lobas, ¿pero por qué? ¿Qué había esperado el anterior Alfa de ellos? ¿Ahora que Neo era Alfa, mantenía los mismos planes que su antecesor, o solo estaba siendo benevolente? ¿Su gente lo odiaba un poco más por ello? Recordaba que no les dejaba tomar venganza por los asesinatos y contagios… y no lo entendía, ¿quería evitar una confrontación entre ambas razas? ¿Por qué?

Raven recordaba que su padre siempre estuvo receloso de los licántropos, siempre les tuvo mucho miedo. Había visto como con cada guerra mermaban sus números, sin la necesidad de añadir la dificultad que tenían para procrear, en conclusión, todo los estaba llevando hacia la extinción. El clan lo formaba solo un puñado de familias encerradas en los confines de esa mansión, la cual estaba situada en las tierras de la manada del Este y fuera de los límites de otras manadas.

Puede que su padre hubiera apartado su orgullo como vampiro y se dejara llevar por el temor a que su propia raza desapareciera, que se pusiera a disposición de los lobos al creerlo el mal menor. Sin embargo, según su punto de vista, los licántropos los vigilaban pero a su vez los protegían. Al mantenerlos bajo control, también los mantenían alejados de otras manadas.

¿Debía sentirse agradecido con Neo? ¿Debería luchar por su familia y manada pensando en ambas por igual? Se sentía tan culpable… no amaba a Neo, pero sentía una conexión irremplazable con él. Al ocultarle algo tan importante sentía que lo traicionaba, aunque su sentido común le dijera que hacía lo correcto.

¿Iba a poner en peligro a su propia familia, a la manada, a su relación con el Alfa, a la vida de su hermano? ¿Se arriesgaría a perderlo todo, hasta su propia vida? No, no podría soportar verse lejos de Neo, aunque no lo amara se sentía demasiado unido a él. A su lado había encontrado esa paz, esa libertad, ese poder de decisión y conocimiento que siempre se le había negado. No podía imaginarse una vida sin el lazo que lo unía a su Alfa.

Maldita sea… pero se sentía tan mal.

Podía escuchar el agua correr, imaginarse ese cuerpo brillante, como le resbalada cada gotita por la duras formas de sus músculos, y aun así… sus piernas no se movían. No le dejaban restar la distancia que le separaban de su amante y envolverlo entre sus brazos.

¿Qué era lo próximo? ¿Comprarle flores y bombones como los maridos que han sido infieles a sus mujeres?

Antes de darle tiempo a reaccionar de ninguna manera, Eric entró como una tromba de aire fresco al dormitorio después de llamar con dos golpecitos casi imperceptibles. Su fuerte cuerpo cruzó la entrada colocándose frente a Raven con una mirada extrañada.

—Estoy harto de llamar a la puerta pero no contestaba nadie. ¿Ocurre algo? —la mirada suspicaz no hizo nada más que poner a Raven aún más nervioso.

Intentando aparentar, se levantó con toda la serenidad que le era posible y se cruzó de brazos.

—Lo siento, estaba pensando sobre los últimos sucesos que han ocurrido, estoy algo… preocupado.

—Oh, entiendo —fue lo único que añadió Eric, agradeciendo la sinceridad.

Ahora el que se sentía incomodo era el lobo, el cual parecía pretender empezar una verborrea que nadie quería escuchar. Raven se mantuvo en silencio, pues aunque sería una retahíla de palabras sin significado ni finalidad aparente, puede que su ahora amigo le pudiera despejar un poco los problemas de la cabeza. Eric siempre había sido bueno para eso.

Al ver que no soltaba prenda, le preguntó:

—¿Has venido por algo en particular?

El lobo alzó ambas cejas, acordándose de la finalidad de la visita, por fin. Ante la atenta mirada de Raven, se metió la mano en el ceñido bolsillo de sus vaqueros, teniendo que hacer varios intentos antes de poder sacar la carta que mantenía bien guardada. Sin más miramientos se la entregó al vampiro.

—Han dejado esta carta con tu nombre en el buzón público que tenemos a la entrada de la Propiedad. Solo viene tu nombre en el sobre así que supuse que era de una amante —soltó con una sonrisita socarrona—, o bien, y lo más seguro, de tu-

—¿Amante? —se escuchó detrás de él. Cuando Eric se volvió y vio llegar a Neo con su fuerte cuerpo mojado y solo una toalla se encogió, esperando que su bromita le costara unos cuantos latigazos en la cabeza, aunque solo fueran una muestra de cariño por parte de su amigo, molestaban un montón. Al no sentir nada, levantó la cabeza hacia su Alfa, observándolo a lado de Raven y mirando de reojo a la cara para después centrarse en él—. Una letra muy femenina para ser la de un amante…

El vampiro se sintió un poco ofendido ante la suposición de Neo.

—Claro, como estoy con un tío no tengo lo suficiente para complacer a una mujer. Se supone que el que no se puede acostar con una eres tú.

Neo sonrió ante el arrebato de orgullo masculino, aunque tuvo la precaución de dejarlo en una leve mueca.

—Se te olvida que si puedo acostarme con una, que yo no sienta placer no quiere decir que no pueda hacer que ella sí.

A Eric se le abrió la boca cuando los observó de mirarse. Dios… parecía que en cualquier momento iban a empezar a arrojarse cuchillos por doquier.

—Un momento —intentó llamar su atención agitando ambas manos—, era una broma estúpida, no entiendo como a llegado a-

—Lo sabemos —dijeron ambos con gesto divertido, guiñándose un ojo.

¿Eric se iba a volver loco o era al único que aquello no le había parecido divertido? Le había cogido demasiado aprecio a la parejita y no le agradaba verlos pelear por tonterías, aunque a veces solo lo hicieran para reírse de él.

Raven abrió la carta y la miró por encima, no había duda de quién era el remitente y que quería.

 Ahora era el turno de ellos para acudir al otro bando.

Neo se quitó la toalla, sin darle demasiada importancia a su desnudez y comenzando a vestirse.

—Bueno, mientras tú lees lo que tu madre tiene que contarte en esas 200 páginas, yo voy a hacer algo que llevo retrasando por algunos días.

Raven alzó los ojos de esas letras elegantes y femeninas que tantos recuerdos le traían, los enfocó en los movimientos de Neo sobre sus piernas, como pasaba la toalla despacio por ellas, pero sobre todo prestaba verdadera atención al trasero de lobo contrayéndose, endureciéndose cada vez que arqueaba su espalda.

—¿A dónde vas? —logró decir una vez que se permitió quitar la mirada de aquella zona. Aunque Eric no habló, su cara casi expresaba la misma pregunta.

—¿Qué a dónde voy? —preguntó Neo como si fuera obvio—. A agradecerle a tu hermano el arriesgar su vida por proteger la de mí hermana. Desde que despertó no he vuelto a visitarlo.

Con tanta premura que no pudo más que sorprender a los lobos, Raven arrojó los folios en la cama y se giró hacia Neo, sus pulmones volviendo a coger ese aire que no necesitaba y que relevaba cuando se ponía nervioso.

—Puedo acompañarte, todavía tengo mucho tiempo que recuperar con mi hermano —soltó intentando nefastamente no atropellar las palabras.

Neo giró la cabeza, arrojándose la chaqueta de cuero al hombro. Podía oler el nerviosismo de su compañero a kilómetros, aun así, no se decidió a comentarlo, dándole a Raven la oportunidad de explicarse si lo veía conveniente.

—Quédate y lee la carta de tu madre con tranquilidad. Abril es una persona muy singular, seguro que tienes un montón de cosas interesantes que contarte. No te preocupes, ¿vale? No voy a permitir que tu hermano vaya a ninguna parte, estará esperando en el mismo sitio. Así que, lee esa carta con tranquilidad y ahora vuelvo —sin darle tiempo a Raven de responder, se giró hacia Eric—. Dile a Izan que en cuanto pueda, se reúna conmigo en la biblioteca.

—Por supuesto, ahora en el desayuno. ¿Vas a bajar? ¿Te guardo algo?

Neo se encogió de hombros, mostrándole a su amigo un círculo con los dedos. Eric lo entendió, un donut marchando para el Alfa.

Raven se volvió a sentar en la cama, los folios crujían bajo la presión de sus dedos. ¿Debía dejarlo ir solo? ¿Podría su hermano encubrir los hechos con la suficiente eficacia? ¿Se acordaría Neo de la parte de su infancia en la que Ángel lo cuidaba? Maldita sea, no podría asegurar nada.

—Neo —se apresuró a decir, esperando a que el lobo se volviera antes de abrir la puerta—, vuelve pronto, tenemos que hablar de la cena en la mansión.

—Vaya problemón —se frotó el entrecejo y bufó—. Supongo que es otro problema que tendremos que solventar. Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Hagámoslo paso a paso, ¿confías en mí, no?

Raven bajó la mirada, apretando aún más los papeles entre sus manos.

—Y tú… —dijo de pronto, consiguiendo la atención de su lobo—, ¿confías en mí?

Neo después de unos segundos, le devolvió una enorme sonrisa.

—Por supuesto —fue lo único que dijo antes de salir.

El vampiro quedó allí, sentado sobre la cama y con la carta de su madre perdiendo interés bajo la afirmación del lobo. ¿Por qué no le había sonado del todo sincero cuando su Alfa había acompañado la aceptación con una enorme sonrisa de dientes blancos? Neo se caracterizaba por su humildad, por su sonrisa bondadosa y su expresión masculina bañada de ternura.

¿Entonces? Tantas dudas… ¿sería su culpabilidad hablando?

Cuando Neo salió con un confundido Eric pisándole los talones, Raven se echó sobre la cama y acomodó la cabeza en la blandita almohada. Conociendo a su madre, tendría un par de horas de lectura y esperaba que en verdad así fuera, pues sentía la irrefrenable necesidad de despejar su mente durante un tiempo, de ponerla en blanco y dejar de pensar.

Le gustaría que el tiempo se detuviera para que los engranajes de su cabeza pudieran descansar.

La inquietud y culpabilidad lo iban a volver loco.


* * * *

Neo avanzó por el pasillo escuchando sus pasos resonar por todo el trayecto. Intentó no pensar en todas las dudas que el nerviosismo de Raven le causaban. No quería montarse películas y esperaría a que todo se esclareciera con el tiempo. Ahora tenían que tratar con la fiesta en la mansión Shadow, llena de vampiros que estarían deseando arrancarle la cabeza, seguro que iba a ser una velada magnífica.

Suspiró antes de coger el pomo y abrir la puerta, iba tan tranquilo esperando encontrarse de frente con el vampiro causante de otro de sus quebraderos de cabeza, que la imagen de Dayira tapándole la visión lo dejó un poco impactado.

La pelirroja estaba echaba sobre el pecho de Ángel, que parecía dormir plácidamente. Al ruido de los goznes de la puerta, la chica alzó su cuerpo con premura, contrayendo la cara cuando sus ojos se encontraron con los de Neo.

—¿Debo venir en otro momento? —preguntó Neo indeciso—, aunque… me gustaría saber ¿qué diablos de relación tienes tú con ese vampiro para tirarte sobre él? —ante la cara contrariada de Dayira, rectificó—. No tienes que decírmelo si no quieres, aunque me gustaría ordenártelo como tu Alfa, no lo haré. Ahora mismo estoy demasiado desconcertado, lo notarás porque no sé ni lo que digo.

—Lo siento, no tengo ninguna relación con él. Solo estaba… haciéndole una pequeña revisión médica para quedarme más tranquila. Se lo debo a Raven… por ofrecerse con la… cura —soltó indecisa, con las palabras bailándole en la lengua.

Neo alzó una ceja.

—Dayira, a los vampiros no les late el corazón, o por lo menos no involuntariamente…

La loba se puso de pie con premura, colocando bien las sabanas de Ángel y arreglándole con una rápida pasada los cabellos que se habían enmarañados sobre su pecho.

—Solo estaba revisando su temperatura y algunas cosas más… nunca he tratado a un vampiro así que...

—Fría, ¿qué temperatura van a tener? —Neo se acercó, colocándole una mano en la cara con una ligera caricia—. ¿Qué pasa, preciosa? ¿Hay algo que te preocupe… aparte de… eso?

Neo se negaba a mencionar su enfermedad, para él su amiga estaba bien, su amiga no iba a morirse. Todavía no quería procesar esa información, tener que hacerse a la idea. Viviría todo lo inconscientemente que pudiera en referencia a ese tema, era demasiado doloroso.

Dayira se abrazó a él, colocó el mentón entre la curvatura de su cuello y se tragó todas las lágrimas que punzaban por escapar de sus ojos. Se sintió más aliviada y protegida, porque su cuerpo se relajó apretado al del Alfa. Este la envolvió con sus brazos y le besó el pelo incontables veces, acariciándole la espalda de arriba abajo, como si estuviera consolando a un niño pequeño.

—Gracias… —susurró, alejándose mientras le dedicaba una suave sonrisa.

—Nena… ¿Qué pasa? Nunca nos hemos escondido nada desde que éramos unos críos. De verdad, no podré estar tranquilo hasta saber qué diablos te preocupa. ¿Ha pasado algo? —su voz se hizo más estrangulada—. Por favor, Dayira, habla conmigo —le alzó delicadamente la barbilla con su mano—. ¿Qué te ocurre?

—Neo yo… —Dayira cerró los ojos, mordiéndose el labio—, no pasa nada —soltó por fin, sorprendiendo a Neo con una expresión sumamente triste que a su vez desprendía una extrema dulzura—. Te amo, Neo. Te amo con todo mi corazón, pero la solución de lo que me está pasando solo la tengo yo. Es mi responsabilidad, mi obligación, por favor, no te involucres como Alfa.

Neo dio un paso hacia atrás, mirándola con seriedad, inconscientemente buscó una salida para sus manos, colocándolas prudentemente en los bolsillos de su pantalón, quería evitar por todos los medios que su humor se descontrolara y terminará por sacudirla sin contemplaciones hasta que soltara prenda.

—No quiero saberlo por ser el Alfa, maldita sea, Dayira. Estoy preocupado por mi mejor amiga, por la mujer que más he querido en mi vida después de mi hermana, joder… entiéndeme. Yo… —carraspeó un poco la garganta, sintiéndose culpable por lo que iba a decir—, te dejé sola cuando más me necesitabas, solo por guardar la distancia como todo Alfa tiene que hacer. Al saber que no somos ni seremos nunca compañeros, te dejé huir desamparada durante días, intentando mantenerme en mi lugar y no dar rienda suelta a que todas las mujeres con las que me acostaba reaccionaran de la misma forma. Si yo hubiera salido detrás de ti, la manada me hubiera… mi posición no me permitía… ¡joder! —gruñó, dando un puñetazo en la pared—. Por mi culpa, maldita sea, por mi culpa te pasó todo eso. No fui a por ti, no te cuidé cuando más lo necesitabas, no te consolé y te apacigüé con palabras de esperanza como tanto necesitabas. ¡No, te dejé sola para que esos bastardos chupasangre te hicieran todas esas cosas…! —Neo calló al suelo, de rodillas frente a Dayira, alzó las manos con desesperación y las apretó en los pantalones de la chica, hundiendo la cabeza entre sus piernas, entrelazando los dedos desesperadamente con la tela. Las lágrimas escaparon de sus ojos, la culpabilidad sangrando desde sus labios al morderlos fuertemente—. Perdóname, Dayira. Sabes que yo te quiero, nunca volveré a cometer el mismo error, nunca más te dejaré sola, perdóname por favor.

Dayira no tenía palabras para lo que acababa de pasar. Sus ojos, más abiertos de lo que nunca los había tenido, se inundaron de lágrimas. Desde su posición solo podía ver el cabello rubio de su amigo restregarse sobre sus pantalones mientras negaba con la cabeza una y otra vez, sentía sus manos temblorosas irritándole la piel bajo la tela. Su cuerpo se convulsionaba por el llanto contenido.

Llanto que ella no evitó, llorando como una niña, se arrodillo frente a Neo y lo abrazó, arropándolo bajo sus brazos como una madre haría con su hijo. Dayira solo había visto llorar a Neo unas pocas veces, no podía creer que por ella dejara su orgullo de Alfa y se entregara a su tristeza. Que demostrara abiertamente que la quería, que sufría por ella.

Sus brazos se apretaron más alrededor de Neo, cobijándole y dejando que ambos cuerpos se agitaran a la vez, mientras compartían un lloro necesitado por ambos.

—No hay nada que perdonarte. Tú no tienes la culpa de nada —ambos se miraron y Dayira besó lentamente sus labios, con ternura—. Tú tenías una responsabilidad con la manada. Yo admiro tu sentido del deber, tu fuerza de superación, tu devoción hacia tu familia. El amor que nos ofreces a todos los que somos de alguna manera cercanos a ti. Todos te amamos, Eric, Aisha, Zoe, Raven, yo… hasta Izan. Todos haríamos cualquier cosa por protegerte.

Neo negó con la cabeza, sin importarle que los ríos cristalinos de lágrimas, corrieran con más furia por sus mejillas.

—Estas equivocada. Soy yo el que tengo que protegeros. ¡Yo el que tengo que manteneros a salvo! Sois parte de mi manada, mi responsabilidad… yo soy el que tengo que…

—¿Solo por eso? —preguntó Dayira, sonriéndole con ternura—. ¿Somos iguales que el resto? ¿Nos proteges solo por eso?

—¡No! —gritó Neo poniéndose de pie, Dayira lo siguió tranquila, colocándose frente a él pero sin tocarlo—. Vosotros sois diferentes, yo os quiero tanto, no podría seguir viviendo indiferente si os pasa algo. Sería como si perdiera alguna extremidad, como si me dieran a elegir que dedo quiero que me corten. Vosotros sois mi familia, yo no podría…  

—¿Ves? —preguntó Dayira, ahora sí, tocándole la mejilla para apartar con sus dedos esas lágrimas rebeldes que habían marcado un camino en su rostro—. No tienes por qué sentirte culpable. Yo debí quedarme aquí, haber compartido mi tristeza con vosotros, dejar que me consolarais como la familia que todos somos. ¿Quién tuvo la culpa aquí? ¿Quién despreció y desentendió los sentimientos de quién? Por favor, Neo, no te sigas amargando por esto. Yo fui la culpable.

Neo volvió a negar con la cabeza, esta vez más tranquilo, apretando ambas manos hasta formar un tenso puño.

—Puede que todos nos equivocáramos en sobrellevar la situación, pero si esos asquerosos chupasangres no existieran, si esos asquerosos bichejos no….

Dayira volvió a sonreír cálidamente.

—Entonces tú no hubieras conocido a Raven, no sería tu compañero y ahora no estaríais juntos. Siempre has tenido presente lo que te dijo tu padre poco antes de morir, siempre lo has respetado, no puedes ahora echarte hacia atrás, tú eres más fuerte que todo eso.

Neo no estaba seguro de eso…

—Puede que si me hubiera desecho de esa maldita mansión como toda la manada quería cuando murió el anterior alfa, la Luna te hubiera elegido a ti como mi compañera. Estaríamos juntos y no tendrías que…

La loba se encogió de hombros, poniéndose una mano en la cintura. Su rostro se había vuelto mucho menos expresivo que hacía unos segundos.

—¿Qué te hace pensar eso? A lo mejor hubieras matado a tu alma sin saberlo. Te habrías desecho de la única manera que tendrías de ser feliz.

—Yo no sé nada ahora mismo, Dayira. Lo único que deseo es que todo sea un mal sueño y que dentro de unos años sigas a mi lado. Daría media vida de la que me queda para hacerlo realidad.

El crujido de la cama sobresalto a ambos confidentes, que se volvieron hacia esta con la misma expresión de un niño pillado robando un chicle en una tienda. Ángel se incorporó, colocando la cabeza en el respaldar de madera sin querer mirarlos a la cara. Con la tranquilidad que siempre había representado al vampiro, y ahora mismo todo su cuerpo estaba tenso, como si quisiera saltar sobre ellos y destrozarlos.

El único movimiento que vino de Ángel fue cuando alzó el brazo echándose el pelo hacia atrás para despejar su mirada. Ojos carmesí que se centraron en Neo como dos candentes llamas.

—¿Estás decepcionado de que tu alma haya sido mi hermano? ¿Un vampiro, un hombre?

Neo sintió un crujido, tardando varios segundos en darse cuenta que era el rechinar de sus dientes. Se había puesto a hacer una escena con Dayira sin acordarse de donde estaba y quién dormía en la cama a menos de unos centímetros de ellos.

Era una pregunta difícil de responder y ahora no tenía ganas de descargarse con el vampiro. Estaba tan lleno de dudas que no quería hablar sin aclararse un poco, sin cuidar sus palabras y que después no tuviera que arrepentirse de ellas.

—Creo que lo mejor es que vuelva más tarde, estoy aquí para agradecerte por proteger a mi hermana, no para confesarme, maldita sea.

—Parece que los lobos nunca estáis contentos con el Alma que os toca. No sé si os gusta sufrir o encontráis placer al sentiros desgraciados.

La frase no pasó desapercibida para ambos licántropos. Neo dio un paso hacia delante, parecía desbocado, Dayira logró pararlo a tiempo, colocándose frente a él y empujándolo hacia atrás. Tuvo que usar tanta fuerza que sintió los músculos de su brazo entumecerse.

—Piensa en Raven… —le suplicó.

Neo ni siquiera pareció escucharla.

—¿A qué te refieres? ¿Qué mierda sabrás tú sobre nuestras almas y lo que compartimos con ellas? ¿Quién te crees que eres? ¡Por muy hermano de Raven que seas no oses hablarme así! ¡Aquí yo soy el Alfa! —gruñó, enseñando los dientes pero conteniéndose, manteniendo todos los músculos en tensión pero estáticos.

Ángel no demostró ningún signo de temor, Neo lo hubiera olido. Pero la serenidad que sobrepasaba la poca rabia del vampiro no hacía más que sorprenderlo, y por qué negarlo, cabrearlo. Aunque no tanto como la frase que pronunció a continuación.

—Dayira, sal. Tengo que hablar con Neo —cuando ambos no se movieron, Dayira por dudas y Neo por estupefacción, Ángel apremió a la muchacha con una voz seca y contundente—: Sal, ahora.

—¿Quién te crees que eres para echar a nadie? ¡Demonios! —volvió a gritar Neo, faltaba lo justo para que perdiera el control.

Dayira le apoyó una mano en el hombro, sonriéndole, después se dirigió hacia Ángel, mandándole una mirada de furia contenida.

—Me iré, lo de vosotros va a ser largo. De todas formas, a nosotros también nos queda algo pendiente.

La cara de Ángel dejaba claro que no sabía a qué se refería, aunque tampoco se inmutó mucho, como si no le diera demasiada importancia a lo que la chica tuviera que decir. Solo asintió con la cabeza acordando un encuentro futuro y ambos, lobo y vampiro, se quedaron en silencio hasta que vieron a Dayira salir por la puerta con un contoneo de caderas que a ninguno dejó indiferente.

Tras el sonido de la puerta al cerrarse, el silencio invadió la habitación. Ángel seguía sentado en la cama, aun con la mirada fija en la puerta, un sentimiento contradictorio pasando por su cara. Neo sin embargo, seguía quieto, mirándolo fijamente y con todo su cuerpo en tensión. No quería moverse, perder el control con su cuñado. No sabía qué diablos había sido todo eso de hace unos minutos, pero lo que tenía seguro es que no estaba dispuesto a que nadie le hablara de esa manera.

—Siéntate —escuchó Neo, sin recibir nada más a parte de la orden, cuando no contestó, Ángel lo miró con mucha más suavidad—. Por favor.

Neo asintió con la cabeza, reconociéndole la educación y arrimó la silla donde antes había estado Dayira, dándole la vuelta y sentándose a horcajadas. Contra más distancia hubiera entre ellos en ese momento mejor. Ya estaba calentito por cualquiera que fuera la cuestión que Raven le ocultaba, triste por la conversación con Dayira, y ahora no estaba de ánimos para enfrentarse a otro vampiro.

—Solo venía a agradecerte por salvar a mi hermana, pero antes… ¿Qué diablos fue eso? —gruñó, apoyando los brazos en el cabezal de la silla y su barbilla sobre ellos.

Ángel lo miró de reojo, con una haz carmesí en sus ojos que Neo no pudo más que encontrarlo sumamente atractivo… atractivo y peligroso. Ese vampiro era interesante y sexy, por qué negarlo.

—No tienes que agradecérmelo, yo apreciaba a tu padre. Estuve mucho tiempo aquí en la Propiedad, en la casa de tu padre tratando varios acuerdos. Durante… muchos años.

Que voz tan melancólica, ¿porque si había hablado con un tono prudencial, a Neo le había parecido un lamento? El lobo se rascó la cabeza y suspiró, Ángel se parecía mucho a Raven, tenían esa aura de realeza a su alrededor. Esa elegancia tan típica en un vampiro. Su belleza de media noche, esos penetrantes ojos afilados que hacían tan sexy su cara. Y sin embargo, algo había diferente… Ángel a diferencia de su hermano, desprendía tristeza, casi agonía… era una sensación bastante espeluznante.

Pero a quién quería engañar, no se iba a conformar con esa respuesta.

—Mira, yo no soy mi Beta pero tampoco soy imbécil. Ningún vampiro daría la vida por un licántropo, ningún vampiro de tu edad que ha estado en la guerra antigua, expondría su vida a una muerte segura por salvar a un lobo. Por el amor de Dios… no me subestimes. Sin que mis soldados me hubieran informado de tu "No toques a mi hija", yo ya habría sospechado de que algo pasaba —la expresión de Neo cambió a una más seria, más letal—, Por favor, no me subestimes y contéstame antes de que pierda la paciencia, olvide quién eres y te arranque la cabeza de un mordisco, ¿sí?

Ángel sonrió escuetamente, sorprendiendo al Alfa, la serenidad del vampiro seguía intacta, nada del miedo que Neo creía que podría oler en el ambiente apareció. Solo estaba aquel vampiro, mirándole con tranquilidad, casi con ternura. No lo entendía, pero en vez de saber la respuesta, de lo que tuvo ganas es de salir corriendo, huir, alejarse de él. ¿Pero porqué? ¿Qué tenía ese tipo que lo trastornaba tanto?

—Bueno… —Ángel se acarició el pelo, entrelazando los dedos por cada hebra oscura—, como sabrás, hija mía, no lo es. Pero estuve mucho tiempo metido en la casa de tu padre, era el único vampiro al que dejaban entrar en la propiedad. Para crear cierta confianza hacia nosotros, se me permitió convivir con vosotros mientras tratábamos ciertos asuntos referente a… todos nosotros.  

Neo no podía estar más sorprendido, ¿ese vampiro había estado viviendo durante años en su casa? No lo recordaba y eso era raro… si estuvo con Zoe, él tendría que tener al menos cinco o seis años y debería mantener algún recuerdo en la memoria que se relacionara con él. Por favor, un niño recordaría si hubiera estado viviendo con otra persona que no fuera miembro de su familia. Porque la única persona que estuvo en su casa… la única…

La respuesta que le llegó a su mente lo golpeó con tanta fuerza que se levantó de la silla, casi trastabillando hacia atrás y no cayendo por poco sobre la cómoda. Su mente se negaba a relacionar esa persona con el vampiro frente a él. No podía ser, tenía que estar confundido. No podía… se negaba a admitirlo. Pero entonces… ¿qué clase de broma le estaba jugando el destino? Mejor preguntaba con precaución.

—Mi padre tuvo una amiga. Una mujer muy guapa, tenía grandes ojos oscuros y un pelo muy largo. Era cariñosa y hasta ingenua en alguna ocación. Siempre fue muy amable con nosotros, hasta en cierta manera, por cariño, le llamábamos mamá, pero claro… eso no puede estar relacionado contigo… yo debo estar confundido.

Ángel apretó las sábanas, retorciendo la tela como si sus dedos quisieran rasgar el tejido. La sonrisa se había borrado, ahora sus labios formaban un rictus severo, entre el odio y la angustia, mezclados con grandes dosis de desconsuelo. Había tanta amargura en aquel hombre que Neo dio otro paso hacia la puerta. Parecía que sus pies actuaban antes que su cerebro.

—Esa mujer era yo, solo que al ser un crío supongo que te equivocaste un poco con el género. Puede que con esa edad no vieras posible que tu padre metiera en tu casa a nadie que no fuera una mujer, siempre y cuando creyeras que manteníamos ese tipo de relación —Ángel alzó ahora la mirada, impactando sobre la cara de un Neo que se alejaba paso a paso de la cama—. No me unía nada a tu padre, solo lo que te dije antes. Pero estuve mucho tiempo con vosotros, crie a tu hermana por tres largos años hasta que tu padre falleció. Para mí, fue y será siempre como una hija para mí. Apreciaba mucho a tu padre, siento lo que pasó.

Neo frenó sus pies en seco, apretando ambos puños y levantando la cabeza.

—¿Y qué pasó? —preguntó, con aspereza en la voz.

—Su fallecimiento.

La espalda del lobo chocó con la puerta, golpe que le hizo reaccionar. Agarró el pomo e intentó sonreír amistosamente al vampiro.

—Entiendo, entonces parece que nos une más que el hecho de que seamos cuñados —apretó con fuerza el pomo, aunque no tanto como el otro puño que tenía oculto tras su espalda—. Vuelvo a agradecerte el salvar a mi hermana, puedes quedarte entre nosotros cuanto gustes y siempre serás bienvenido, también te debo todo esos años que nos cuidaste. No tengo recuerdos muy claros sobre aquella época pero si conservo sensaciones… creo que yo estaba feliz de tenerte aquí. Y también… —su expresión se enterneció, una escena pasando por su mente—, creo que mi padre lo estaba igualmente. Fueron unos años tranquilos. Gracias —respondió entre sinceridad y confusión.

Ángel le devolvió la sonrisa, asintiendo y llevándose una mano al pecho. Parecía complacido con la exposición de Neo, y eso solo desconcertó más al lobo.

—No tienes que agradecerme nada, yo os protegería a ambos, vosotros y Raven sois lo único que me queda.

Los labios de Neo temblaron antes de añadir la siguiente petición.

—Por favor, quédate todo el tiempo que quieras. Seguro que Zoe y Raven estarán encantados de tenerte con nosotros.

—¿Y tú? —susurró, casi imperceptiblemente.

El Alfa forzó una sonrisa, terminando de abrir la puerta. Sentía una urgencia tan grande que casi no le salían las palabras.

—Por supuesto… yo… vendré otro día con Raven. Seguro que todavía tenéis mucho de lo que hablar… yo, esto… me voy, nos vemos.

Sin esperar respuesta, Neo salió por la puerta, cerrándola con un poco más de fuerza de lo que pretendía. Apresuró sus pasos hasta que salió del apartamento, recibiendo el resquicio de alguna luz procedente de las lámparas del pasillo. Desde allí podía observar el amplio cielo, totalmente negro sin una sola estrella que admirar. Las nubes se juntaban en pequeños grupos que cubrían todo a su paso, debajo, el patio se encontraba despejado, solo algunas personas lo cruzaban, saliendo del gran salón hacia los departamentos del otro lado de la propiedad.

Neo se acercó a la baranda para que le diera un poco el aire, observando el ir y venir de la gente sobre el albero, casi como si esa secuencia le distrajera de lo que su cabeza no podía pensar de especular. ¿Qué diablos había pasado en aquella habitación? No entendía nada.

Ángel, un vampiro, el hermano de su ahora marido, era esa mujer que aun por poco tiempo, lo había cuidado con tanto cariño, como si fuera su hijo. Esa mujer que él siempre había creído, era la segunda alma de su padre. ¿Estaba equivocado? ¿Puede que todos esos años hubiera creído algo que era falso? Pero entonces… ¿Por qué nunca nadie de su manada le sacó de ese error? ¿Por qué le dejaron pensar desde crio que había sido así?

Neo sonrió amargamente, golpeando la barandilla con tanta fuerza que se hizo daño en el puño. No le importó. La ira que lo invadía le cegaba cualquier cosa que sucediera a su alrededor, solo podía pensar en una cosa.

—Un amigo… viviendo juntos por obligación… ¡una mierda! —gruñó entre dientes, agarrándose al metal y pateando los barrotes—. Tú no te encierras en una habitación con un amigo y gimes como una perra mientras te folla. Malditos bastardos… ¿Qué coño me están ocultando todos? Izan, Raven y ahora este otro bastardo… todos me están ocultando algo. ¡Maldita sea!

Una cosa tenía segura, iba a callarse. Iba a esperar a ver como trascurría los acontecimientos, si Raven le confesaba la verdad. Quería que fuera su marido quién le pusiera al corriente, que le hablara en confianza sobre lo que estaba pasando. Porque estaba seguro que Raven lo sabía todo, que lo sabía y no le había contado nada. Que temía su reacción, que le asustaba su proceder cuando supiera la verdad. No concebía la idea de que su nene le pudiera estar ocultando algo importante solo por puro egoísmo o conveniencia. No… tenía que estar protegiendo algo… ¿a quién? ¿A su clan? ¿A la manada? O puede que todo tuviera que ver con su hermano… pero si es verdad que era el amante de su padre y este les había cuidado a él y a su hermana, ¿Por qué Raven sentía la necesidad de proteger a Ángel de él? No lo sabía y ahora mismo tampoco quería pensar en ello. Esperaría, era lo único que le quedaba para proteger su unión con Raven, para mantener ese hilo delgado y frágil de confianza que estaban forjando poquito a poquito.

Neo era muy tolerante, podría perdonárselo todo, todo salvo la traición. Si Raven ponía en peligro con su silencio a su familia, a su manada, a la estabilidad en la que vivían ahora… a su relación. No sabía cómo podría reaccionar, lo que podía hacerle. Si su vampiro huía de él, por cualquier razón, no sabría que podía hacer… no quería pensarlo, pero antes de dejarlo escapar libre… él podría cometer una locura.

Maldita sea, si no lo amaba, ¿porque sentía esa posesión tan grande? Esas ganas de encerrarlo en su habitación, de atarlo al mobiliario y mantenerlo como un animal enjaulado que lo esperara a él y solo a él. Para amarlo, para poseerlo, hasta que solo recordaba su voz, el tacto de su piel, sus miradas y órdenes. Hasta que solo fuera suyo y completamente suyo.

Este dominio que los licántropos sentían por sus parejas sobrepasaba los límites de lo que pudiera considerarse razonable. Pero era algo superior a ellos, algo que la Luna les incrustaba bien fuerte en sus mentes. Esa posesividad que mantenía a la manada unida y forjaba un hilo de confianza y fidelidad irremplazable.

¿Sería con su vampiro algo imposible de forjar? ¿Le contaría Raven la verdad? Tenía que hacerlo, antes de que su paciencia llegara al límite. Antes de que su instinto de Alfa le hiciera cometer una locura. Su vampiro no sabía dónde se estaba metiendo. Estaba seguro que no lo supo tampoco cuando accedió a ir con él, a ser su marido.


Ahora le pertenecía, su Raven, su amado vampiro.