CAPÍTULO
15
Entrada: xx/xx/xxxx
He fantaseado muchas veces con el día de
mi muerte. Siempre asumí que ese día llegaría a mí, a mi mente, antes de que
sucediera. Nunca me podría tomar por sorpresa.
Pero lo ha hecho, o por lo menos, la
manera en la que pereceré.
Después de analizar la visión, intenté
pensar en varias formas de evitarla, modificarla. Usé mi don para analizar
posibles rutas de escape, pero ninguna era satisfactoria.
Me siento ridículo, frustrado, tan furioso
que sería capaz de destruir medio hogar.
Estoy tan defraudado…
Sé que no le he entregado a mi ángel el
suficiente cariño, no le he demostrado ni una sola vez lo que me importa. Nunca
me he inmutado por nada a su alrededor. He vivido indiferente a cualquier cosa
que nos involucrara a ambos.
Pero no puedo engañarme… ni engañarlo. El
cariño, deseo o pasión está bien, pero… no lo amo y nunca lo amaré. No puedo
ofrecerle algo que no tengo, algo que ya se esfumó cuando murió mi alma.
Sin embargo, no entiendo por qué mi ángel
actuará así, porqué quiere ponerme a prueba, qué busca con esa reacción.
Moriré, rechazando todas mis creencias,
tirando por la borda un futuro con mis cachorros, todo por él. Por un compañero
al que no amo. Al que le tengo lástima.
Mi ángel, cómo quisiera que te cuidaras
más a ti mismo, que te preocuparas un poco más por lo que significas para los
demás. Huye lejos como en mi visión, corre y no mires atrás. Busca una cura
para ese dolor y renace.
Renace como el ser carmesí y hermoso que
eres. Lucha por enmendar una vida amarga y sin sentido. Madura y conviértete en
alguien que pueda sonreír en su último aliento.
Mi pobre y patético ángel.
Y entonces, nuestros sufrimientos,
acabarían.
* * * *
¿Y ahora que hacía?
Sentado en la cama,
Raven se encogió y agarró sus piernas, hundiéndose un poco más en el colchón.
Dios… se sentía demasiado culpable para mirar a Neo a la cara. Hace apenas diez
minutos, el lobo lo había invitado a compartir la ducha y él se había negado,
adjudicándoselo a una clara muestra de escrúpulos. Su Alfa solo lo miró de
reojo, con un sonrisita de "estirado" y dejándolo allí sin darle
más importancia.
Sus razones eran
bastante contradictorias. Por un lado, era verdad que no le apetecía meterse
con Neo en la ducha, sobre todo por la gran cantidad de barro que cubría al
Alfa después de haber querido correr bajo la lluvia para demostrarle a su
manada que seguía en forma y con los cinco sentidos alerta. Se obligaba
constantemente a exponer su superioridad frente a su gente. Por lo visto, desde
que la Luna lo eligió como Alfa, nunca lo aceptaron. Al parecer, por ser hijo
de un beta. Él no lo entendía, es verdad que entreveía un cierto desagrado por
parte de la manada hacia Izan, pero siempre creyó que era por su persona y no
por su posición. A lo mejor con el anterior beta sucedía algo parecido, tendría
que preguntarle a su hermano más adelante o a Dayira tal vez, pues no quería
involucrar a Neo y traerle malos recuerdos referentes a su padre o su infancia.
Volviendo al tema de la
ducha… por otro lado, estaba esa culpabilidad que le carcomía el pecho. Sus
sentimientos hacia Neo lo traían de cabeza. Estaban casados, eso era correcto,
se habían hecho una promesa de fidelidad mutua, también era cierto… pero no lo
amaba. Sentía pasión por su cuerpo, deseo por poseerlo, pero eso no era amor.
Desde que se conocieran, ningún pensamiento romántico pasó por su mente. Más
bien todas las sensaciones se acercaban más a la obligación, el deber, y porque
no admitirlo, al conformismo.
A él lo habían criado
como a un vampiro noble, un caballero sofisticado nacido en un antiguo y
prestigioso linaje que debía alimentarse del rebaño, respetándolo lo suficiente
como para intentar conservar sus vidas después de la suculenta cena. Por su
parte, nunca sintió que estuviera bien el acabar con la existencia de un
humano, pero si ocurría tampoco era la gran pérdida, solo había que tener
cuidado con los corderitos. Además, según sus padres, "ellos" vendrían
a por los vampiros malos, lo más cercano al hombre del saco que tenían cuando
niños.
Ellos… los que ahora
sabía que mantenían la paz entre sus razas, respetando un maltratado tratado
con alguna que otra concesión. Y aunque en un principio los viera como el
enemigo, algo le decía que en cierta forma los protegían… de sí mismos, de su
propia cruel naturaleza.
Todos los vampiros
habían sido aniquilados por las manadas de licántropos, y sin embargo, ellos
aún seguían vivos. Aun matando a su primer humano, aun contagiando de muerte a
las lobas, ¿pero por qué? ¿Qué había esperado el anterior Alfa de ellos? ¿Ahora
que Neo era Alfa, mantenía los mismos planes que su antecesor, o solo estaba
siendo benevolente? ¿Su gente lo odiaba un poco más por ello? Recordaba que no
les dejaba tomar venganza por los asesinatos y contagios… y no lo entendía,
¿quería evitar una confrontación entre ambas razas? ¿Por qué?
Raven recordaba que su
padre siempre estuvo receloso de los licántropos, siempre les tuvo mucho miedo.
Había visto como con cada guerra mermaban sus números, sin la necesidad de
añadir la dificultad que tenían para procrear, en conclusión, todo los estaba
llevando hacia la extinción. El clan lo formaba solo un puñado de familias
encerradas en los confines de esa mansión, la cual estaba situada en las
tierras de la manada del Este y fuera de los límites de otras manadas.
Puede que su padre
hubiera apartado su orgullo como vampiro y se dejara llevar por el temor a que
su propia raza desapareciera, que se pusiera a disposición de los lobos al
creerlo el mal menor. Sin embargo, según su punto de vista, los licántropos los
vigilaban pero a su vez los protegían. Al mantenerlos bajo control, también los
mantenían alejados de otras manadas.
¿Debía sentirse
agradecido con Neo? ¿Debería luchar por su familia y manada pensando en ambas
por igual? Se sentía tan culpable… no amaba a Neo, pero sentía una conexión
irremplazable con él. Al ocultarle algo tan importante sentía que lo
traicionaba, aunque su sentido común le dijera que hacía lo correcto.
¿Iba a poner en peligro
a su propia familia, a la manada, a su relación con el Alfa, a la vida de su
hermano? ¿Se arriesgaría a perderlo todo, hasta su propia vida? No, no podría
soportar verse lejos de Neo, aunque no lo amara se sentía demasiado unido a él.
A su lado había encontrado esa paz, esa libertad, ese poder de decisión y
conocimiento que siempre se le había negado. No podía imaginarse una vida sin
el lazo que lo unía a su Alfa.
Maldita sea… pero se
sentía tan mal.
Podía escuchar el agua
correr, imaginarse ese cuerpo brillante, como le resbalada cada gotita por la
duras formas de sus músculos, y aun así… sus piernas no se movían. No le
dejaban restar la distancia que le separaban de su amante y envolverlo entre
sus brazos.
¿Qué era lo próximo?
¿Comprarle flores y bombones como los maridos que han sido infieles a sus
mujeres?
Antes de darle tiempo a
reaccionar de ninguna manera, Eric entró como una tromba de aire fresco al
dormitorio después de llamar con dos golpecitos casi imperceptibles. Su fuerte
cuerpo cruzó la entrada colocándose frente a Raven con una mirada extrañada.
—Estoy harto de llamar
a la puerta pero no contestaba nadie. ¿Ocurre algo? —la mirada suspicaz no hizo
nada más que poner a Raven aún más nervioso.
Intentando aparentar,
se levantó con toda la serenidad que le era posible y se cruzó de brazos.
—Lo siento, estaba
pensando sobre los últimos sucesos que han ocurrido, estoy algo… preocupado.
—Oh, entiendo —fue lo
único que añadió Eric, agradeciendo la sinceridad.
Ahora el que se sentía
incomodo era el lobo, el cual parecía pretender empezar una verborrea que nadie
quería escuchar. Raven se mantuvo en silencio, pues aunque sería una retahíla
de palabras sin significado ni finalidad aparente, puede que su ahora amigo le
pudiera despejar un poco los problemas de la cabeza. Eric siempre había sido
bueno para eso.
Al ver que no soltaba
prenda, le preguntó:
—¿Has venido por algo
en particular?
El lobo alzó ambas
cejas, acordándose de la finalidad de la visita, por fin. Ante la atenta mirada
de Raven, se metió la mano en el ceñido bolsillo de sus vaqueros, teniendo que
hacer varios intentos antes de poder sacar la carta que mantenía bien guardada.
Sin más miramientos se la entregó al vampiro.
—Han dejado esta carta
con tu nombre en el buzón público que tenemos a la entrada de la Propiedad.
Solo viene tu nombre en el sobre así que supuse que era de una amante —soltó
con una sonrisita socarrona—, o bien, y lo más seguro, de tu-
—¿Amante? —se escuchó
detrás de él. Cuando Eric se volvió y vio llegar a Neo con su fuerte cuerpo
mojado y solo una toalla se encogió, esperando que su bromita le costara unos
cuantos latigazos en la cabeza, aunque solo fueran una muestra de cariño por
parte de su amigo, molestaban un montón. Al no sentir nada, levantó la cabeza
hacia su Alfa, observándolo a lado de Raven y mirando de reojo a la cara para
después centrarse en él—. Una letra muy femenina para ser la de un amante…
El vampiro se sintió un
poco ofendido ante la suposición de Neo.
—Claro, como estoy con
un tío no tengo lo suficiente para complacer a una mujer. Se supone que el que
no se puede acostar con una eres tú.
Neo sonrió ante el arrebato
de orgullo masculino, aunque tuvo la precaución de dejarlo en una leve mueca.
—Se te olvida que si
puedo acostarme con una, que yo no sienta placer no quiere decir que no pueda
hacer que ella sí.
A Eric se le abrió la
boca cuando los observó de mirarse. Dios… parecía que en cualquier momento iban
a empezar a arrojarse cuchillos por doquier.
—Un momento —intentó
llamar su atención agitando ambas manos—, era una broma estúpida, no entiendo
como a llegado a-
—Lo sabemos —dijeron
ambos con gesto divertido, guiñándose un ojo.
¿Eric se iba a volver
loco o era al único que aquello no le había parecido divertido? Le había cogido
demasiado aprecio a la parejita y no le agradaba verlos pelear por tonterías,
aunque a veces solo lo hicieran para reírse de él.
Raven abrió la carta y
la miró por encima, no había duda de quién era el remitente y que quería.
Ahora
era el turno de ellos para acudir al otro bando.
Neo se quitó la toalla,
sin darle demasiada importancia a su desnudez y comenzando a vestirse.
—Bueno, mientras tú
lees lo que tu madre tiene que contarte en esas 200 páginas, yo voy a hacer
algo que llevo retrasando por algunos días.
Raven alzó los ojos de
esas letras elegantes y femeninas que tantos recuerdos le traían, los enfocó en
los movimientos de Neo sobre sus piernas, como pasaba la toalla despacio por
ellas, pero sobre todo prestaba verdadera atención al trasero de lobo
contrayéndose, endureciéndose cada vez que arqueaba su espalda.
—¿A dónde vas? —logró
decir una vez que se permitió quitar la mirada de aquella zona. Aunque Eric no
habló, su cara casi expresaba la misma pregunta.
—¿Qué a dónde voy? —preguntó
Neo como si fuera obvio—. A agradecerle a tu hermano el arriesgar su vida por
proteger la de mí hermana. Desde que despertó no he vuelto a visitarlo.
Con tanta premura que
no pudo más que sorprender a los lobos, Raven arrojó los folios en la cama y se
giró hacia Neo, sus pulmones volviendo a coger ese aire que no necesitaba y que
relevaba cuando se ponía nervioso.
—Puedo acompañarte,
todavía tengo mucho tiempo que recuperar con mi hermano —soltó intentando
nefastamente no atropellar las palabras.
Neo giró la cabeza,
arrojándose la chaqueta de cuero al hombro. Podía oler el nerviosismo de su
compañero a kilómetros, aun así, no se decidió a comentarlo, dándole a Raven la
oportunidad de explicarse si lo veía conveniente.
—Quédate y lee la carta
de tu madre con tranquilidad. Abril es una persona muy singular, seguro que
tienes un montón de cosas interesantes que contarte. No te preocupes, ¿vale? No
voy a permitir que tu hermano vaya a ninguna parte, estará esperando en el
mismo sitio. Así que, lee esa carta con tranquilidad y ahora vuelvo —sin darle
tiempo a Raven de responder, se giró hacia Eric—. Dile a Izan que en cuanto
pueda, se reúna conmigo en la biblioteca.
—Por supuesto, ahora en
el desayuno. ¿Vas a bajar? ¿Te guardo algo?
Neo se encogió de
hombros, mostrándole a su amigo un círculo con los dedos. Eric lo entendió, un
donut marchando para el Alfa.
Raven se volvió a
sentar en la cama, los folios crujían bajo la presión de sus dedos. ¿Debía
dejarlo ir solo? ¿Podría su hermano encubrir los hechos con la suficiente
eficacia? ¿Se acordaría Neo de la parte de su infancia en la que Ángel lo
cuidaba? Maldita sea, no podría asegurar nada.
—Neo —se apresuró a
decir, esperando a que el lobo se volviera antes de abrir la puerta—, vuelve
pronto, tenemos que hablar de la cena en la mansión.
—Vaya problemón —se
frotó el entrecejo y bufó—. Supongo que es otro problema que tendremos que
solventar. Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Hagámoslo paso a paso,
¿confías en mí, no?
Raven bajó la mirada,
apretando aún más los papeles entre sus manos.
—Y tú… —dijo de pronto,
consiguiendo la atención de su lobo—, ¿confías en mí?
Neo después de unos
segundos, le devolvió una enorme sonrisa.
—Por supuesto —fue lo
único que dijo antes de salir.
El vampiro quedó allí,
sentado sobre la cama y con la carta de su madre perdiendo interés bajo la afirmación
del lobo. ¿Por qué no le había sonado del todo sincero cuando su Alfa había
acompañado la aceptación con una enorme sonrisa de dientes blancos? Neo se
caracterizaba por su humildad, por su sonrisa bondadosa y su expresión
masculina bañada de ternura.
¿Entonces? Tantas
dudas… ¿sería su culpabilidad hablando?
Cuando Neo salió con un
confundido Eric pisándole los talones, Raven se echó sobre la cama y acomodó la
cabeza en la blandita almohada. Conociendo a su madre, tendría un par de horas
de lectura y esperaba que en verdad así fuera, pues sentía la irrefrenable necesidad
de despejar su mente durante un tiempo, de ponerla en blanco y dejar de pensar.
Le gustaría que el
tiempo se detuviera para que los engranajes de su cabeza pudieran descansar.
La inquietud y
culpabilidad lo iban a volver loco.
* * * *
Neo avanzó por el
pasillo escuchando sus pasos resonar por todo el trayecto. Intentó no pensar en
todas las dudas que el nerviosismo de Raven le causaban. No quería montarse
películas y esperaría a que todo se esclareciera con el tiempo. Ahora tenían
que tratar con la fiesta en la mansión Shadow, llena de vampiros que estarían
deseando arrancarle la cabeza, seguro que iba a ser una velada magnífica.
Suspiró antes de coger
el pomo y abrir la puerta, iba tan tranquilo esperando encontrarse de frente
con el vampiro causante de otro de sus quebraderos de cabeza, que la imagen de
Dayira tapándole la visión lo dejó un poco impactado.
La pelirroja estaba
echaba sobre el pecho de Ángel, que parecía dormir plácidamente. Al ruido de
los goznes de la puerta, la chica alzó su cuerpo con premura, contrayendo la
cara cuando sus ojos se encontraron con los de Neo.
—¿Debo venir en otro
momento? —preguntó Neo indeciso—, aunque… me gustaría saber ¿qué diablos de
relación tienes tú con ese vampiro para tirarte sobre él? —ante la cara contrariada
de Dayira, rectificó—. No tienes que decírmelo si no quieres, aunque me
gustaría ordenártelo como tu Alfa, no lo haré. Ahora mismo estoy demasiado
desconcertado, lo notarás porque no sé ni lo que digo.
—Lo siento, no tengo
ninguna relación con él. Solo estaba… haciéndole una pequeña revisión médica
para quedarme más tranquila. Se lo debo a Raven… por ofrecerse con la… cura —soltó
indecisa, con las palabras bailándole en la lengua.
Neo alzó una ceja.
—Dayira, a los vampiros
no les late el corazón, o por lo menos no involuntariamente…
La loba se puso de pie
con premura, colocando bien las sabanas de Ángel y arreglándole con una rápida
pasada los cabellos que se habían enmarañados sobre su pecho.
—Solo estaba revisando
su temperatura y algunas cosas más… nunca he tratado a un vampiro así que...
—Fría, ¿qué temperatura
van a tener? —Neo se acercó, colocándole una mano en la cara con una ligera
caricia—. ¿Qué pasa, preciosa? ¿Hay algo que te preocupe… aparte de… eso?
Neo se negaba a
mencionar su enfermedad, para él su amiga estaba bien, su amiga no iba a
morirse. Todavía no quería procesar esa información, tener que hacerse a la
idea. Viviría todo lo inconscientemente que pudiera en referencia a ese tema,
era demasiado doloroso.
Dayira se abrazó a él,
colocó el mentón entre la curvatura de su cuello y se tragó todas las lágrimas
que punzaban por escapar de sus ojos. Se sintió más aliviada y protegida,
porque su cuerpo se relajó apretado al del Alfa. Este la envolvió con sus
brazos y le besó el pelo incontables veces, acariciándole la espalda de arriba
abajo, como si estuviera consolando a un niño pequeño.
—Gracias… —susurró,
alejándose mientras le dedicaba una suave sonrisa.
—Nena… ¿Qué pasa? Nunca
nos hemos escondido nada desde que éramos unos críos. De verdad, no podré estar
tranquilo hasta saber qué diablos te preocupa. ¿Ha pasado algo? —su voz se hizo
más estrangulada—. Por favor, Dayira, habla conmigo —le alzó delicadamente la
barbilla con su mano—. ¿Qué te ocurre?
—Neo yo… —Dayira cerró
los ojos, mordiéndose el labio—, no pasa nada —soltó por fin, sorprendiendo a
Neo con una expresión sumamente triste que a su vez desprendía una extrema
dulzura—. Te amo, Neo. Te amo con todo mi corazón, pero la solución de lo que
me está pasando solo la tengo yo. Es mi responsabilidad, mi obligación, por
favor, no te involucres como Alfa.
Neo dio un paso hacia
atrás, mirándola con seriedad, inconscientemente buscó una salida para sus
manos, colocándolas prudentemente en los bolsillos de su pantalón, quería
evitar por todos los medios que su humor se descontrolara y terminará por
sacudirla sin contemplaciones hasta que soltara prenda.
—No quiero saberlo por
ser el Alfa, maldita sea, Dayira. Estoy preocupado por mi mejor amiga, por la
mujer que más he querido en mi vida después de mi hermana, joder… entiéndeme.
Yo… —carraspeó un poco la garganta, sintiéndose culpable por lo que iba a decir—,
te dejé sola cuando más me necesitabas, solo por guardar la distancia como todo
Alfa tiene que hacer. Al saber que no somos ni seremos nunca compañeros, te
dejé huir desamparada durante días, intentando mantenerme en mi lugar y no dar
rienda suelta a que todas las mujeres con las que me acostaba reaccionaran de
la misma forma. Si yo hubiera salido detrás de ti, la manada me hubiera… mi
posición no me permitía… ¡joder! —gruñó, dando un puñetazo en la pared—. Por mi
culpa, maldita sea, por mi culpa te pasó todo eso. No fui a por ti, no te cuidé
cuando más lo necesitabas, no te consolé y te apacigüé con palabras de
esperanza como tanto necesitabas. ¡No, te dejé sola para que esos bastardos
chupasangre te hicieran todas esas cosas…! —Neo calló al suelo, de rodillas
frente a Dayira, alzó las manos con desesperación y las apretó en los
pantalones de la chica, hundiendo la cabeza entre sus piernas, entrelazando los
dedos desesperadamente con la tela. Las lágrimas escaparon de sus ojos, la
culpabilidad sangrando desde sus labios al morderlos fuertemente—. Perdóname, Dayira.
Sabes que yo te quiero, nunca volveré a cometer el mismo error, nunca más te
dejaré sola, perdóname por favor.
Dayira no tenía
palabras para lo que acababa de pasar. Sus ojos, más abiertos de lo que nunca
los había tenido, se inundaron de lágrimas. Desde su posición solo podía ver el
cabello rubio de su amigo restregarse sobre sus pantalones mientras negaba con
la cabeza una y otra vez, sentía sus manos temblorosas irritándole la piel bajo
la tela. Su cuerpo se convulsionaba por el llanto contenido.
Llanto que ella no
evitó, llorando como una niña, se arrodillo frente a Neo y lo abrazó,
arropándolo bajo sus brazos como una madre haría con su hijo. Dayira solo había
visto llorar a Neo unas pocas veces, no podía creer que por ella dejara su
orgullo de Alfa y se entregara a su tristeza. Que demostrara abiertamente que
la quería, que sufría por ella.
Sus brazos se apretaron
más alrededor de Neo, cobijándole y dejando que ambos cuerpos se agitaran a la
vez, mientras compartían un lloro necesitado por ambos.
—No hay nada que
perdonarte. Tú no tienes la culpa de nada —ambos se miraron y Dayira besó
lentamente sus labios, con ternura—. Tú tenías una responsabilidad con la
manada. Yo admiro tu sentido del deber, tu fuerza de superación, tu devoción
hacia tu familia. El amor que nos ofreces a todos los que somos de alguna
manera cercanos a ti. Todos te amamos, Eric, Aisha, Zoe, Raven, yo… hasta Izan.
Todos haríamos cualquier cosa por protegerte.
Neo negó con la cabeza,
sin importarle que los ríos cristalinos de lágrimas, corrieran con más furia
por sus mejillas.
—Estas equivocada. Soy
yo el que tengo que protegeros. ¡Yo el que tengo que manteneros a salvo! Sois
parte de mi manada, mi responsabilidad… yo soy el que tengo que…
—¿Solo por eso? —preguntó
Dayira, sonriéndole con ternura—. ¿Somos iguales que el resto? ¿Nos proteges
solo por eso?
—¡No! —gritó Neo
poniéndose de pie, Dayira lo siguió tranquila, colocándose frente a él pero sin
tocarlo—. Vosotros sois diferentes, yo os quiero tanto, no podría seguir
viviendo indiferente si os pasa algo. Sería como si perdiera alguna extremidad,
como si me dieran a elegir que dedo quiero que me corten. Vosotros sois mi
familia, yo no podría…
—¿Ves? —preguntó
Dayira, ahora sí, tocándole la mejilla para apartar con sus dedos esas lágrimas
rebeldes que habían marcado un camino en su rostro—. No tienes por qué sentirte
culpable. Yo debí quedarme aquí, haber compartido mi tristeza con vosotros,
dejar que me consolarais como la familia que todos somos. ¿Quién tuvo la culpa
aquí? ¿Quién despreció y desentendió los sentimientos de quién? Por favor, Neo,
no te sigas amargando por esto. Yo fui la culpable.
Neo volvió a negar con
la cabeza, esta vez más tranquilo, apretando ambas manos hasta formar un tenso
puño.
—Puede que todos nos equivocáramos
en sobrellevar la situación, pero si esos asquerosos chupasangres no
existieran, si esos asquerosos bichejos no….
Dayira volvió a sonreír
cálidamente.
—Entonces tú no
hubieras conocido a Raven, no sería tu compañero y ahora no estaríais juntos.
Siempre has tenido presente lo que te dijo tu padre poco antes de morir,
siempre lo has respetado, no puedes ahora echarte hacia atrás, tú eres más
fuerte que todo eso.
Neo no estaba seguro de
eso…
—Puede que si me
hubiera desecho de esa maldita mansión como toda la manada quería cuando murió
el anterior alfa, la Luna te hubiera elegido a ti como mi compañera. Estaríamos
juntos y no tendrías que…
La loba se encogió de
hombros, poniéndose una mano en la cintura. Su rostro se había vuelto mucho
menos expresivo que hacía unos segundos.
—¿Qué te hace pensar
eso? A lo mejor hubieras matado a tu alma sin saberlo. Te habrías desecho de la
única manera que tendrías de ser feliz.
—Yo no sé nada ahora
mismo, Dayira. Lo único que deseo es que todo sea un mal sueño y que dentro de
unos años sigas a mi lado. Daría media vida de la que me queda para hacerlo
realidad.
El crujido de la cama
sobresalto a ambos confidentes, que se volvieron hacia esta con la misma
expresión de un niño pillado robando un chicle en una tienda. Ángel se
incorporó, colocando la cabeza en el respaldar de madera sin querer mirarlos a
la cara. Con la tranquilidad que siempre había representado al vampiro, y ahora
mismo todo su cuerpo estaba tenso, como si quisiera saltar sobre ellos y
destrozarlos.
El único movimiento que
vino de Ángel fue cuando alzó el brazo echándose el pelo hacia atrás para
despejar su mirada. Ojos carmesí que se centraron en Neo como dos candentes
llamas.
—¿Estás decepcionado de
que tu alma haya sido mi hermano? ¿Un vampiro, un hombre?
Neo sintió un crujido,
tardando varios segundos en darse cuenta que era el rechinar de sus dientes. Se
había puesto a hacer una escena con Dayira sin acordarse de donde estaba y
quién dormía en la cama a menos de unos centímetros de ellos.
Era una pregunta
difícil de responder y ahora no tenía ganas de descargarse con el vampiro.
Estaba tan lleno de dudas que no quería hablar sin aclararse un poco, sin
cuidar sus palabras y que después no tuviera que arrepentirse de ellas.
—Creo que lo mejor es
que vuelva más tarde, estoy aquí para agradecerte por proteger a mi hermana, no
para confesarme, maldita sea.
—Parece que los lobos
nunca estáis contentos con el Alma que os toca. No sé si os gusta sufrir o encontráis
placer al sentiros desgraciados.
La frase no pasó
desapercibida para ambos licántropos. Neo dio un paso hacia delante, parecía
desbocado, Dayira logró pararlo a tiempo, colocándose frente a él y empujándolo
hacia atrás. Tuvo que usar tanta fuerza que sintió los músculos de su brazo
entumecerse.
—Piensa en Raven… —le
suplicó.
Neo ni siquiera pareció
escucharla.
—¿A qué te refieres?
¿Qué mierda sabrás tú sobre nuestras almas y lo que compartimos con ellas?
¿Quién te crees que eres? ¡Por muy hermano de Raven que seas no oses hablarme
así! ¡Aquí yo soy el Alfa! —gruñó, enseñando los dientes pero conteniéndose,
manteniendo todos los músculos en tensión pero estáticos.
Ángel no demostró
ningún signo de temor, Neo lo hubiera olido. Pero la serenidad que sobrepasaba
la poca rabia del vampiro no hacía más que sorprenderlo, y por qué negarlo,
cabrearlo. Aunque no tanto como la frase que pronunció a continuación.
—Dayira, sal. Tengo que
hablar con Neo —cuando ambos no se movieron, Dayira por dudas y Neo por
estupefacción, Ángel apremió a la muchacha con una voz seca y contundente—:
Sal, ahora.
—¿Quién te crees que
eres para echar a nadie? ¡Demonios! —volvió a gritar Neo, faltaba lo justo para
que perdiera el control.
Dayira le apoyó una
mano en el hombro, sonriéndole, después se dirigió hacia Ángel, mandándole una
mirada de furia contenida.
—Me iré, lo de vosotros
va a ser largo. De todas formas, a nosotros también nos queda algo pendiente.
La cara de Ángel dejaba
claro que no sabía a qué se refería, aunque tampoco se inmutó mucho, como si no
le diera demasiada importancia a lo que la chica tuviera que decir. Solo asintió
con la cabeza acordando un encuentro futuro y ambos, lobo y vampiro, se
quedaron en silencio hasta que vieron a Dayira salir por la puerta con un
contoneo de caderas que a ninguno dejó indiferente.
Tras el sonido de la
puerta al cerrarse, el silencio invadió la habitación. Ángel seguía sentado en
la cama, aun con la mirada fija en la puerta, un sentimiento contradictorio
pasando por su cara. Neo sin embargo, seguía quieto, mirándolo fijamente y con
todo su cuerpo en tensión. No quería moverse, perder el control con su cuñado.
No sabía qué diablos había sido todo eso de hace unos minutos, pero lo que
tenía seguro es que no estaba dispuesto a que nadie le hablara de esa manera.
—Siéntate —escuchó Neo,
sin recibir nada más a parte de la orden, cuando no contestó, Ángel lo miró con
mucha más suavidad—. Por favor.
Neo asintió con la
cabeza, reconociéndole la educación y arrimó la silla donde antes había estado
Dayira, dándole la vuelta y sentándose a horcajadas. Contra más distancia
hubiera entre ellos en ese momento mejor. Ya estaba calentito por cualquiera
que fuera la cuestión que Raven le ocultaba, triste por la conversación con
Dayira, y ahora no estaba de ánimos para enfrentarse a otro vampiro.
—Solo venía a
agradecerte por salvar a mi hermana, pero antes… ¿Qué diablos fue eso? —gruñó,
apoyando los brazos en el cabezal de la silla y su barbilla sobre ellos.
Ángel lo miró de reojo,
con una haz carmesí en sus ojos que Neo no pudo más que encontrarlo sumamente
atractivo… atractivo y peligroso. Ese vampiro era interesante y sexy, por qué
negarlo.
—No tienes que agradecérmelo,
yo apreciaba a tu padre. Estuve mucho tiempo aquí en la Propiedad, en la casa
de tu padre tratando varios acuerdos. Durante… muchos años.
Que voz tan
melancólica, ¿porque si había hablado con un tono prudencial, a Neo le había
parecido un lamento? El lobo se rascó la cabeza y suspiró, Ángel se parecía
mucho a Raven, tenían esa aura de realeza a su alrededor. Esa elegancia tan
típica en un vampiro. Su belleza de media noche, esos penetrantes ojos afilados
que hacían tan sexy su cara. Y sin embargo, algo había diferente… Ángel a
diferencia de su hermano, desprendía tristeza, casi agonía… era una sensación
bastante espeluznante.
Pero a quién quería
engañar, no se iba a conformar con esa respuesta.
—Mira, yo no soy mi
Beta pero tampoco soy imbécil. Ningún vampiro daría la vida por un licántropo,
ningún vampiro de tu edad que ha estado en la guerra antigua, expondría su vida
a una muerte segura por salvar a un lobo. Por el amor de Dios… no me subestimes.
Sin que mis soldados me hubieran informado de tu "No toques a mi hija", yo ya habría sospechado de que algo pasaba —la expresión de Neo
cambió a una más seria, más letal—, Por favor, no me subestimes y contéstame
antes de que pierda la paciencia, olvide quién eres y te arranque la cabeza de
un mordisco, ¿sí?
Ángel sonrió
escuetamente, sorprendiendo al Alfa, la serenidad del vampiro seguía intacta,
nada del miedo que Neo creía que podría oler en el ambiente apareció. Solo
estaba aquel vampiro, mirándole con tranquilidad, casi con ternura. No lo
entendía, pero en vez de saber la respuesta, de lo que tuvo ganas es de salir
corriendo, huir, alejarse de él. ¿Pero porqué? ¿Qué tenía ese tipo que lo
trastornaba tanto?
—Bueno… —Ángel se
acarició el pelo, entrelazando los dedos por cada hebra oscura—, como sabrás,
hija mía, no lo es. Pero estuve mucho tiempo metido en la casa de tu padre, era
el único vampiro al que dejaban entrar en la propiedad. Para crear cierta
confianza hacia nosotros, se me permitió convivir con vosotros mientras
tratábamos ciertos asuntos referente a… todos nosotros.
Neo no podía estar más
sorprendido, ¿ese vampiro había estado viviendo durante años en su casa? No lo
recordaba y eso era raro… si estuvo con Zoe, él tendría que tener al menos
cinco o seis años y debería mantener algún recuerdo en la memoria que se
relacionara con él. Por favor, un niño recordaría si hubiera estado viviendo
con otra persona que no fuera miembro de su familia. Porque la única persona
que estuvo en su casa… la única…
La respuesta que le
llegó a su mente lo golpeó con tanta fuerza que se levantó de la silla, casi
trastabillando hacia atrás y no cayendo por poco sobre la cómoda. Su mente se
negaba a relacionar esa persona con el vampiro frente a él. No podía ser, tenía
que estar confundido. No podía… se negaba a admitirlo. Pero entonces… ¿qué
clase de broma le estaba jugando el destino? Mejor preguntaba con precaución.
—Mi padre tuvo una
amiga. Una mujer muy guapa, tenía grandes ojos oscuros y un pelo muy largo. Era
cariñosa y hasta ingenua en alguna ocación. Siempre fue muy amable con
nosotros, hasta en cierta manera, por cariño, le llamábamos mamá, pero claro…
eso no puede estar relacionado contigo… yo debo estar confundido.
Ángel apretó las
sábanas, retorciendo la tela como si sus dedos quisieran rasgar el tejido. La
sonrisa se había borrado, ahora sus labios formaban un rictus severo, entre el
odio y la angustia, mezclados con grandes dosis de desconsuelo. Había tanta
amargura en aquel hombre que Neo dio otro paso hacia la puerta. Parecía que sus
pies actuaban antes que su cerebro.
—Esa mujer era yo, solo
que al ser un crío supongo que te equivocaste un poco con el género. Puede que
con esa edad no vieras posible que tu padre metiera en tu casa a nadie que no
fuera una mujer, siempre y cuando creyeras que manteníamos ese tipo de relación
—Ángel alzó ahora la mirada, impactando sobre la cara de un Neo que se alejaba
paso a paso de la cama—. No me unía nada a tu padre, solo lo que te dije antes.
Pero estuve mucho tiempo con vosotros, crie a tu hermana por tres largos años
hasta que tu padre falleció. Para mí, fue y será siempre como una hija para mí.
Apreciaba mucho a tu padre, siento lo que pasó.
Neo frenó sus pies en
seco, apretando ambos puños y levantando la cabeza.
—¿Y qué pasó? —preguntó,
con aspereza en la voz.
—Su fallecimiento.
La espalda del lobo
chocó con la puerta, golpe que le hizo reaccionar. Agarró el pomo e intentó
sonreír amistosamente al vampiro.
—Entiendo, entonces
parece que nos une más que el hecho de que seamos cuñados —apretó con fuerza el
pomo, aunque no tanto como el otro puño que tenía oculto tras su espalda—. Vuelvo
a agradecerte el salvar a mi hermana, puedes quedarte entre nosotros cuanto
gustes y siempre serás bienvenido, también te debo todo esos años que nos
cuidaste. No tengo recuerdos muy claros sobre aquella época pero si conservo
sensaciones… creo que yo estaba feliz de tenerte aquí. Y también… —su expresión
se enterneció, una escena pasando por su mente—, creo que mi padre lo estaba
igualmente. Fueron unos años tranquilos. Gracias —respondió entre sinceridad y
confusión.
Ángel le devolvió la
sonrisa, asintiendo y llevándose una mano al pecho. Parecía complacido con la
exposición de Neo, y eso solo desconcertó más al lobo.
—No tienes que
agradecerme nada, yo os protegería a ambos, vosotros y Raven sois lo único que
me queda.
Los labios de Neo
temblaron antes de añadir la siguiente petición.
—Por favor, quédate
todo el tiempo que quieras. Seguro que Zoe y Raven estarán encantados de tenerte
con nosotros.
—¿Y tú? —susurró, casi
imperceptiblemente.
El Alfa forzó una
sonrisa, terminando de abrir la puerta. Sentía una urgencia tan grande que casi
no le salían las palabras.
—Por supuesto… yo…
vendré otro día con Raven. Seguro que todavía tenéis mucho de lo que hablar…
yo, esto… me voy, nos vemos.
Sin esperar respuesta,
Neo salió por la puerta, cerrándola con un poco más de fuerza de lo que
pretendía. Apresuró sus pasos hasta que salió del apartamento, recibiendo el
resquicio de alguna luz procedente de las lámparas del pasillo. Desde allí
podía observar el amplio cielo, totalmente negro sin una sola estrella que
admirar. Las nubes se juntaban en pequeños grupos que cubrían todo a su paso,
debajo, el patio se encontraba despejado, solo algunas personas lo cruzaban,
saliendo del gran salón hacia los departamentos del otro lado de la propiedad.
Neo se acercó a la
baranda para que le diera un poco el aire, observando el ir y venir de la gente
sobre el albero, casi como si esa secuencia le distrajera de lo que su cabeza
no podía pensar de especular. ¿Qué diablos había pasado en aquella habitación?
No entendía nada.
Ángel, un vampiro, el
hermano de su ahora marido, era esa mujer que aun por poco tiempo, lo había
cuidado con tanto cariño, como si fuera su hijo. Esa mujer que él siempre había
creído, era la segunda alma de su padre. ¿Estaba equivocado? ¿Puede que todos
esos años hubiera creído algo que era falso? Pero entonces… ¿Por qué nunca
nadie de su manada le sacó de ese error? ¿Por qué le dejaron pensar desde crio
que había sido así?
Neo sonrió amargamente,
golpeando la barandilla con tanta fuerza que se hizo daño en el puño. No le
importó. La ira que lo invadía le cegaba cualquier cosa que sucediera a su
alrededor, solo podía pensar en una cosa.
—Un amigo… viviendo
juntos por obligación… ¡una mierda! —gruñó entre dientes, agarrándose al metal
y pateando los barrotes—. Tú no te encierras en una habitación con un amigo y
gimes como una perra mientras te folla. Malditos bastardos… ¿Qué coño me están
ocultando todos? Izan, Raven y ahora este otro bastardo… todos me están
ocultando algo. ¡Maldita sea!
Una cosa tenía segura,
iba a callarse. Iba a esperar a ver como trascurría los acontecimientos, si
Raven le confesaba la verdad. Quería que fuera su marido quién le pusiera al
corriente, que le hablara en confianza sobre lo que estaba pasando. Porque
estaba seguro que Raven lo sabía todo, que lo sabía y no le había contado nada.
Que temía su reacción, que le asustaba su proceder cuando supiera la verdad. No
concebía la idea de que su nene le pudiera estar ocultando algo importante solo
por puro egoísmo o conveniencia. No… tenía que estar protegiendo algo… ¿a
quién? ¿A su clan? ¿A la manada? O puede que todo tuviera que ver con su
hermano… pero si es verdad que era el amante de su padre y este les había
cuidado a él y a su hermana, ¿Por qué Raven sentía la necesidad de proteger a
Ángel de él? No lo sabía y ahora mismo tampoco quería pensar en ello.
Esperaría, era lo único que le quedaba para proteger su unión con Raven, para
mantener ese hilo delgado y frágil de confianza que estaban forjando poquito a
poquito.
Neo era muy tolerante,
podría perdonárselo todo, todo salvo la traición. Si Raven ponía en peligro con
su silencio a su familia, a su manada, a la estabilidad en la que vivían ahora…
a su relación. No sabía cómo podría reaccionar, lo que podía hacerle. Si su
vampiro huía de él, por cualquier razón, no sabría que podía hacer… no quería
pensarlo, pero antes de dejarlo escapar libre… él podría cometer una locura.
Maldita sea, si no lo
amaba, ¿porque sentía esa posesión tan grande? Esas ganas de encerrarlo en su
habitación, de atarlo al mobiliario y mantenerlo como un animal enjaulado que
lo esperara a él y solo a él. Para amarlo, para poseerlo, hasta que solo
recordaba su voz, el tacto de su piel, sus miradas y órdenes. Hasta que solo
fuera suyo y completamente suyo.
Este dominio que los
licántropos sentían por sus parejas sobrepasaba los límites de lo que pudiera
considerarse razonable. Pero era algo superior a ellos, algo que la Luna les
incrustaba bien fuerte en sus mentes. Esa posesividad que mantenía a la manada
unida y forjaba un hilo de confianza y fidelidad irremplazable.
¿Sería con su vampiro
algo imposible de forjar? ¿Le contaría Raven la verdad? Tenía que hacerlo,
antes de que su paciencia llegara al límite. Antes de que su instinto de Alfa
le hiciera cometer una locura. Su vampiro no sabía dónde se estaba metiendo.
Estaba seguro que no lo supo tampoco cuando accedió a ir con él, a ser su
marido.
Ahora le pertenecía, su
Raven, su amado vampiro.