CAPÍTULO 15.2
Raven avanzó entre la maleza, crujiendo la hierba bajo sus pies, sus manos protegidas del frío dentro de sus pantalones. Neo estaba sentado en el suelo a pocos metros de él. Frente a una tumba, rozaba la piedra con sus dedos y sonreía tiernamente. Su cabello ahora alborotado por el viento, le daba un aire de chico malo, y sus pantalones estirazados por el cruzar de sus piernas, se ceñían sobre su trasero.
Parecía melancólico… y ya esperaba que fuera por algo
importante para haberlo tenido buscándolo durante horas. Raven avanzó hasta él,
restando la distancia que los separaba y colocándose a su lado.
Miró el suelo
de reojo, pensándoselo durante unos segundos antes de sentarse.
Neo aun no lo miraba, seguía concentrado en los surcos
curvilíneos que formaban el nombre del propietario de la tumba. Un nombre de
mujer que clarificó las dudas de Raven.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Neo, acariciándose el
cabello e intentando luchar contra el aire que lo revolvía.
El vampiro se recolocó de nuevo antes de contestarle.
Podía sentir la húmeda hierba bajo su trasero y no era una sensación agradable.
—Le pregunté a Eric si tenía alguna idea de donde
podías estar… —se mojó los labios indeciso, pues no quería confesarle más de lo
que su orgullo le permitía—. ¿Qué pasa?
En realidad, Raven se había encontrado casi
desesperado, buscando a su Alfa por toda la propiedad. No había sabido nada
después de la visita a su hermano y temía que algo hubiera sucedido en esa
habitación. Algo irreversible. A diferencia de lo que pensaba, lo halló en el
cementerio como bien había supuesto Eric, pero con una actitud tranquila, casi
triste.
Desde que conoció a Neo, había sido alguien alegre y
risueño, dominante pero juguetón. Y ahora…
—Estaba pensando —explicó Neo, volviendo a rozar la
piedra con sus dedos—. Me gusta venir aquí y relajarme. Hablo con mi madre a
veces, aunque… —soltó una risita—, supongo que no me escucha.
Raven se encogió de hombros, mirando también la tumba.
—Eso nadie lo sabe.
Neo se sobresaltó, mirándolo graciosamente con una
expresión casi burlona.
—¿Me estás diciendo que ahora crees en fantasmas?
—No, pero tampoco soy tan imbécil para negar algo
después de todo lo que he visto desde que salí de la mansión.
Neo asintió con la cabeza, dándole su conformidad.
Sería hipócrita de su parte no admitir la cantidad de misterios que rodeaban su
mundo. Observó a Raven de reojo, antes de irse de la habitación lo había dejado
intranquilo y hasta nervioso, pero parecía que había logrado guardar la
compostura. Su cuerpo aun rígido, parecía relajado, cómodo ahí sentado, a su
lado.
Se sentía un poco mejor ahora.
—¿En qué piensas? —preguntó Raven, girándose hacia él.
—¿Por qué preguntas?
—Porqué has dicho que cuando necesitas pensar vienes a
este lugar…. —Raven alzó una ceja, indeciso—, ¿hay algo que te preocupe? ¿Es
por lo de… Dayira?
La cara de Neo se encogió, como si le hubiera asestado
un puñetazo en el estómago. Su mano paró de acariciar el nombre de su madre y
la llevó a su regazo, dejándola caer sobre sus piernas.
—Sabes, a veces no entiendo muy bien lo que se supone
que tengo que hacer. Soy el Alfa, el que decide, el que ordena, el que protege,
y sin embargo… me ha cambiado tanto la vida en tan poco tiempo que me es
difícil entender que finalidad tiene todo esto.
Raven desvió su mirada hacia el frente, sin querer
encararlo. Era demasiado doloroso. Todo en la manada era regido por la Luna. La
que había juntado al padre de Neo y a su hermano aun sabiendo su funesto final.
La que lo había unido a Neo conociendo el pasado doloroso de ambos. La que
había dejado a Dayira desamparada y sola. Sin un compañero que la protegiera.
De verdad… que a veces, no sabía en qué diablos pensaba esa maldita Diosa… o
fuera lo fuere esa Luna.
El vampiro se mordió el labio, apretando un puñado de
hierba bajo sus manos.
—¿Estas amargado porque la Luna te ha unido a un
asqueroso chupasangre? —soltó, con desprecio en la voz.
Neo quedó pensativo, mirando fijamente la piedra, como
si los engranajes de su cabeza estuvieran girando demasiado rápido para poder
exponerlos en palabras. Raven no pudo más que ofenderse por aquella espera
dudosa.
El Alfa sonrió por la cara de su marido.
—Si ya has decidido que respuesta debo dar, ¿para qué
preguntas? —soltó divertido, aunque prosiguió ante el claro aviso de Raven por
levantarse—. No creo que la Luna sea la que me uniera a ti. He estado
pensándolo y creo que la Luna solo adelanta los acontecimientos, que provoca
uniones que sucederían de todas formas con el tiempo aunque ella no interviniera.
—¿A qué te refieres? —lanzó sorprendido Raven—. Es
imposible que nosotros estuviéramos juntos si no fuera por…
Neo soltó una risita, alargando la mano para acariciar
las hebras azuladas que se agitaban furiosas contra la cara de Raven. Las apartó
y rozó su mejilla con un gesto delicado antes de retirar la mano como si
aquella caricia nunca hubiera existido.
—Tonterías —escupió, mezclándolo con una sonrisa—. Yo
entré a ese pub, yo te elegí entre toda esa gente. Podía haber esperado a que
entrara otro vampiro, haber vuelto al día siguiente y buscar una vampiresa.
Pero cuando te vi… —la sonrisa se hizo más pequeña, hasta transformarse en una
mueca cariñosa—, …cuando olí ese aroma a azucenas mezclado con toda esa peste a
alcohol y drogas, cuando observé tu principesco porte, tu hermosa cara, ese
aire tan elegante y sexy… yo decidí que serías tú. En alguna parte dentro de
mí, ya sabía que esa persona que me acompañaría por el resto de mi vida… serías
tú.
Raven se aclaró la garganta, demasiado avergonzado
como para enfrentarse a la cara de Neo. Permaneció mirando el suelo, sin saber
que añadir a aquello. ¿Era una confesión de amor? ¿Le estaba diciendo su Alfa
que lo amaba o simplemente estaba dándole a entender lo fuerte que era su
conexión? Lo que menos entendía era porque su corazón latía de esa manera, y
sobre todo, cuando no era voluntariamente. Su cuerpo se estaba volviendo loco.
Estaba pasando tantas cosas a la vez, tanta
información y sentimientos que golpeaban contra él tan fulminantes como si de
un rayo se tratase, que no sabía que como reaccionar a aquello.
Una mano le acarició la barbilla, girándole la cara
hasta que ambas miradas se encontraron. Observó esos grandes y profundos ojos azules
que temblaban, que brillaban enfocados en los suyos propios. Observó cómo Neo
bajaba los ojos a sus labios antes de abrir la boca y rozarlos, presionándolos
ínfimamente, dejando una caricia que voló como un aleteo de alas sobre ellos.
Raven cogió aire y lo soltó estrepitosamente cuando
Neo se separó con una sonrisita triunfante mezclada con algo de timidez.
El vampiro le devolvió la sonrisa, sintiéndose
estúpido, como una chiquillita tonta de esas novelas que tanto le gustaba leer
a su madre. Se llevó una mano al pecho, para sentir mejor ese corazón ahora involuntario
y se dejó llevar por el agradable silencio.
Pasaron unos minutos sentados frente a la tumba, solo
disfrutando de la compañía del otro, del aire que ahora les golpeaba los
costados, como si intentara que sus cuerpos se juntaran más.
—¿No te lamentarás el que la Luna no haya elegido a
Dayira como tu compañera? —masculló Raven, arrepintiéndose al instante de las
desafortunadas palabras que escaparon de sus labios.
El cuerpo de Neo se tensó, los músculos de su brazo se
contrajeron de tal forma, que sin que Raven se girara, sabría que era por la
presión que su lobo estaba ejerciendo en sus puños.
—Me he lamentado muchas veces por eso, Raven.
El susurro sincero, dejó desconcertado al vampiro.
—¿Cómo? —gruñó, con rabia brillando en su voz. A pesar
de haber sido él quién preguntara, nunca creyó estar preparado para la
respuesta.
Neo suspiró, aflojando su cuerpo y dejando caer su
mejilla sobre la parte superior de la fría piedra. Su cara girada hacia el lado
contrario a donde se encontraba su marido.
—Cuando fui a ver a tu hermano, allí estaba ella. Tan
pequeña, tan desprotegida, tan vulnerable. La quiero tanto y a pesar de eso,
ella va a morir —tomó aire y volvió a enderezar la espalda, mirando hacia el
horizonte, los ojos un poco vidriosos pero limpios—. No lamento el que no sea
mi compañera. Nunca la he visto de esa manera, no siento deseo ni amor por
ella. No de esa manera. Pero… si hubiera sabido lo que iba a ocurrirle, hubiera
ido a rezarle a la Luna todos los días hasta que se aburriera y la dejara a mi
cuidado. La hubiera protegido de todo esto, la hubiera salvado.
Cuando Neo bajó la cabeza, todos sus cabellos dorados
taparon su cara, dejándola oculta para Raven. El vampiro se sentía dolido,
herido en su orgullo, en su corazón. Sentía la apremiante necesidad de
levantarse e irse, de dejarlo todo y marcharse. Abandonar al Alfa, a su
familia, de escapar de aquel lugar que había sido toda su vida.
Tragó saliva antes de añadir:
—¿Pero?
Neo lo miró, aun con la cabeza agachada y los cabellos
revueltos sobre ella. Sonrió ante la oportunidad que Raven le había regalado.
—Pero nunca hubiera sentido con ella la afinidad que
siento contigo —alzó la mano y resbaló un dedo por el pecho de Raven, rozando
su jersey y deslizándolo despacio a su entrepierna. Presionó la yema de su dedo
sobre la forma de su intimidad y lo apartó, alzando de nuevo los ojos sobre
esos grises afilados—. Más hubiera lamentado no haber sentido nunca el calor de
tu cuerpo. Entrelazar mis dedos en tu cabello y follarte duro mientras gruñes
de esa manera tan… tan…
Pasión era lo único que desprendía el Alfa, pasión que
llegó hasta Raven, aliviando el miedo, el estrés, el pánico interior que había
provocado la anterior confesión de Neo. Todo y nada estaba claro entre ellos.
Ya había reconocido la atracción que sentían, la necesidad por el otro y esa
conexión que impedía que se separaran.
¿Pero dónde quedaban los sentimientos? ¿Necesitaban
enamorarse para permanecer juntos? A Raven le daba igual que nombre se le daba
a su relación, lo único que tenía claro es que debían permanecer juntos, que su
futuro estaba unido y no sería a causa de él que este se rompiera.
—Neo, todo está bien. Todo bien —acarició sus cabellos
rubios, pero en vez de apartárselos como su compañero hizo con anterioridad, se
los revolvió como si de un niño se tratase—. Levántate, hay que prepararse,
esta noche tenemos una fiesta.
—¿Esta misma noche? —gruñó Neo, haciéndose el hastiado
por la futura velada pero agradeciendo internamente que Raven hubiera cambiado
la conversación.
¿De verdad su vampiro lo entendía? ¿Comprendía todo
esa confusión que tenía en la cabeza? Puede que simplemente le estuviera dando
apoyo, como una forma de sentirse mejor por lo que fuera que le estaba
ocultando. ¡Tenías tantas ganas de preguntarle! Quería sacarle todo lo que
sabía y por qué no se lo había confiado. Que admitiera que desde ese momento,
le entregaría todo. Sus sentimientos, sus pensamientos, todo.
Pero no podía. Solo debía esperar, debía ser paciente.
No cometería más errores, no con Raven.
—¿Vamos? —preguntó Raven, sacudiéndose la ropa con
asco.
Neo alzó las cejas graciosamente, mientras le ayudaba
a quitar las hebras de hierba de sus pantalones, aunque poco pudo hacer con los
surcos húmedos que habían quedado en ellos. De todas formas, se deleitó en cada
brizna, sobando todo el lugar con mucho más que entusiasmo.
Raven negó divertido con la cabeza, y porque no
admitirlo, halago. Poco después, ambos bajaron la cuesta, con mucho menos
cuidado que el que tendrían que utilizar esta noche para subir la que le
esperaban.
Tendrían que ir con cuidado… con mucho, mucho cuidado.
*
* * *
Neo observó la habitación, seguía tan roja y tétrica
como la recordaba. Ascendió sus ojos hacia el cristal del techo que había
situado sobre la cama, vaya… eso sí que le gustaba, ahí no tenía queja alguna y
maldita sea si no llegaba a usarlo alguna vez.
—¿Quieres quedarte quieto? —gruñó Raven, poniendo todo
su esfuerzo en atarle el nudo de la corbata.
Neo lo miró de reojo y bufó, no entendía porque
demonios tenía que ir vestido como un pingüino. Bien que fuera una fiesta de
gala, una importante para todos esos vampiros que estarían esperándolo en el
salón con ganas de lanzársele al cuello. Le esperaba una velada tan agradable
que estaba en éxtasis, vaya.
—Termina ya, no me gusta dejar tanto tiempo a Dayira
sola —y el rencor brillaba en su voz.
Los dedos de Raven presionaron la tela de la corbata,
todo su brazo tenso. Estaba claro que se sentía igual de nervioso que Neo, y le
hacía la misma gracia que la loba se expusiera a tal peligro solo por el deseo
de acompañarlos en esa poca delicada situación. Admiraba su compromiso para con
ellos, era agradable saber que tenía a una persona incondicionalmente para uno,
pero… estaba claro que se encontraría con los malnacidos que abusaron de ella,
que podía provocar que Neo se pusiera como loco he intentara matarlos a todos.
¿Por qué quería la chica arriesgarse a provocar una situación como esa? ¿Era
por venganza? No… solo quería apoyarlos, estar con Neo en todo momento, y Raven
se lo agradecía pero… le era difícil de comprender.
—Está con Izan y Eric, no le pasara nada. Mi madre los
mantiene seguros en la habitación contigua. Nadie se moverá de su posición
hasta que nosotros no salgamos al pasillo.
Neo arrugó la boca en una mueca disgustada, estaba
claro que él no estaba tan seguro que todo este asunto saliera bien, o por lo
menos sin que le arrancara la cabeza a alguno de esos bastardos.
—No tendría que haberla dejado que viniera —escupió,
arrancándole la corbata a Raven de las manos y apretándosela bien—. ¿A quién se
le ocurre? ¿Por qué exponerse ante los bastardos que la violaron y la
condenaron a muerte? ¿Qué espera con ello? —pateó la cama, sintiéndola de
crujir peligrosamente. Raven ni se movió ante el arrebato—. ¡No debería de haberlo
permitido! ¡Hasta a mí me está provocando ansiedad! No voy a poder resistirme —gimió
un poco más bajo, negando con la cabeza—. Como la vea de reconocer a los muy
bastardos, por cualquier pequeño gesto, no voy a poder resistirme, aunque mande
a la mierda tu perfecta fiesta de coronación.
Raven se colocó el pelo tras la oreja en un movimiento
rápido, mientras le enseñaba una sonrisa tranquila y sexy.
—Sabes… te agradezco que empieces a disculparte con
antelación por joderme la coronación. Pero confío en Dayira, aunque dentro de
mí siento las mismas dudas que tú, quiero poner mi confianza en ella. Me
gustaría pensar que solo quiere ayudar en la unión de las dos razas, que no
quiere más resentimiento ni odio entre nosotros. Es su forma de enseñarles que
existe el perdón y que se puede dejar el orgullo a un lado por el bienestar de
todos. Quisiera creer que su bondad es tan grande como para proponerse eso.
Neo quedó impactado por la confesión de Raven. ¿Sería
eso por lo que Dayira había acudido con él a la fiesta de gala? ¿Sería ese su
honrado propósito? Viniendo de ella, era un sí rotundo. Conocía a su amiga
desde su más tierna infancia y sabía que tenía un corazón puro, más puro del
que nadie debiera tener.
Aceptando el razonamiento de Raven, Neo respondió a su
sonrisa.
—Puede que así sea.
Raven asintió, acercándose a él y dándole los últimos
retoques. Sobre todo al rebelde cabello rubio, que intentó acomodar lo mejor
posible, aunque poco pudo hacer. Le acarició la cara y le regaló un suave beso.
Neo lo miraba con los ojos brillantes, saboreando la ternura que había dejado
el vampiro en sus labios. Agradecido por la intimidad del gesto.
—¿Vamos? —preguntó Raven, tirando un poco de su mano
para que Neo avanzara.
El lobo asintió y ambos se dirigieron hacia el
pasillo. Todos estaban esperándoles. Eric no hacía más que bufar, estirándose
incómodo de las solapas del traje, se podían ver los músculos de sus brazos
presionando la tela, como si esta fuera a reventar en cualquier momento. Pero
claro, ninguno de los trajes de Raven le iba a quedar bien, así que eso era
todo lo que podía hacer por él. Izan por el contrario, era más esbelto y lucía
su traje negro con mucha elegancia, parecía que había sido confeccionado
especialmente para él. Raven estaba sorprendido de lo que bien que le sentaba.
Pero la que estaba realmente impresionante, con la que no podía encontrar
palabras que pudieran describir tal belleza, era Dayira. Su cabello rojo estaba
recogido hacia un lado con un hermoso broche de diamantes que le hacía cedido
Abril amablemente. El vestido carmesí de palabra de honor, le levanta el pecho
formándole un agradable escote, seguía ceñido a su cintura y caderas hasta caer
suelto hasta el suelo. La enorme raja mostraba una de sus hermosas y bien
torneadas piernas. Los ojos esmeraldas le brillaban como dos joyas.
Estaba impresionado, pero al que le tuvo que cerrar la
boca fue a Neo, quién recibió un codazo de su parte para que espabilara. El
lobo se quejó por el golpe, pero sin inmutarse ante él, ya que en dos pasos
estaba frente a su amiga, abrazándola y besándole la mejilla. No escatimó en
cumplidos hacia la bella joven, y Raven lo entendía, estaba magnífica, así que
le permitió a su marido que siguiera con las alabanzas. Parecía ensimismado con
ello, como un niño.
Después de que estuvieran todos reunidos, los padres
de Raven los dirigieron hacia una amplia sala, donde tras apartar unas oscuras
cortinas, había una gran salón de baile. Había familias enteras de vampiros
formando pequeños grupos, todos vestidos elegantemente. El silencio se hizo
dueño del lugar cuando ellos entraron, colocándose delante de una gigantesca
pared que portaba un espejo que llegaba del suelo al techo, haciendo
aparentemente la habitación más grande.
Raven se colocó en el centro, con su padre a un lado y
Neo al otro. Dayira se mantuvo al lado de su Alfa, como si así se sintiera un
poco más protegida, siendo respaldada al otro costado por sus dos amigos. No
trascurrió mucho tiempo antes de que Dylan y Yamil se colocaran al otro lado de
sus padres. Raven dio un paso hacia delante, mostrándoles a su clan lo que
desde ahora sería su familia.
—Sé que esto ha sido un poco precipitado, pero estoy
seguro que todos tenéis una idea de porqué os he reunido aquí. Os pido
comprensión y que nos escuchéis atentamente, porque un nuevo futuro depara al
clan Shadow.
Los murmullos no tardaron en levantarse por toda la
sala. Haciendo caso omiso de ellos, Raven dio un paso hacia atrás y dejó que su
padre se adelantara, cediéndole la palabra. Nel ante el asombro de todos se
arrancó la oscura capa que llevara, haciendo saltar las sujeciones doradas que
la mantenían sujeta al traje. La dejó colgando de una mano, haciendo que estaba
rozara el suelo, como quitándole valor a la prenda.
Hubo quejas y exclamaciones de sorpresa, parecía que
su familia no daba crédito a lo que acontecía en ese momento.
—Desde hoy, hago jefe del clan Shadow a mi hijo. Todos
habéis escuchado los rumores de su casamiento con el Alfa de la manada del
Este. Pues hoy los tenéis aquí presentes, en son de paz. Me gustaría pediros
que abráis vuestra mente y escuchéis con el corazón la proclamación de mi hijo.
Que aceptéis los cambios y a él como el futuro de este clan.
Nel se retiró un poco y le indicó a Raven que se
adelantara, con un rápido movimiento que dejó a todo el mundo sin respiración,
alzó otra capa sobre sus hombros, esta vez de color carmesí, fijándola a su
ropa con nuevos apliques dorados.
Parecía que todos en la sala se habían quedado mudos,
no se escuchaban ni quejas ni bitores. Todo se mantenía en silencio, sin dar
indicativo de si aquello estaba siendo fructífero o no. A Raven le dio igual,
pasó por el lado de Neo sin mirarlo y avanzó hasta estar casi frente a la
primera fila de su clan. Levantó la cabeza bien en alto y respiró hondo.
—Desde hoy, todos seréis libres —anunció, alzando la
voz y dejando que está resonara en toda la estancia. Ahora sí, el batiburrillo
de frases incompresibles y jadeos se escuchó tan alto que se hacía
ensordecedor. Raven se sentía satisfecho de esa reacción, aunque no estaba
seguro de que hacer si la persona que tenía tras él, también reaccionaba. Como
no sintió ningún movimiento de su parte, dio gracias a Neo por confiar en él, dándole
valor para seguir adelante—. Desde hoy, no estaremos nunca más bajo la
supervisión de los licántropos. Seremos sus iguales. Nunca más seremos tratados
como algo inferior —alzó las manos, llamando la atención de todos los presentes—.
Podréis salir al pueblo con libertad, recorrer todos los terrenos de la manada
del Este sin miedo a encontraros con uno de ellos. Soy libres de ir a donde
queráis —las palabras causaron furor entre los presentes, que ahora si
exclamaban su conformidad con entusiasmo. Raven alargó una sonrisa, despacio,
con los ojos cerrados y sintiéndose orgulloso. Cuando empezó a hablar de nuevo,
su voz sonó más baja, más peligrosa—. Todo tiene un precio —susurró—, si de
verdad, queréis que yo os proporcione libertad, vosotros tenéis que cumplir con
mis leyes y obedecer mis órdenes —como ya sabía, sus últimas palabras
provocaron que se hiciera el silencio de nuevo—. Yo os daré libertad si puedo
confiar en vosotros, si os comportáis como seres razónales y civilizados. ¡Se
acabaron las matanzas y las violaciones injustificadas! ¡Se acabó el
comportarse como animales! ¡Somos seres superiores, cabellos nobles, somos
orgullosos vampiros! —sus ojos ahora, rojos, se centraron en su gente, las
cuales sintieron el apremio de dar un paso hacia atrás—. ¡Estamos orgullosos de
lo que somos, orgulloso de ser vampiros! ¡Somos seres civilizados, seres inteligentes,
seres letales, somos vampiros! Así que por favor, dejadme seguir comandándoos
con el orgullo que siempre he sentido por lo que soy.
Todos parecían sorprendidos por la proclamación de su
nuevo jefe, se escuchaban frases más sorprendidas que compresivas, gruñidos de
protesta silenciados por otros miembros y algunas risas. Risas… Raven observó
un grupo de muchachos, un pocos más jóvenes que él en una esquina. Estaban
apoyados contra la pared y parecían divertidos con la situación, como si todo
aquello no fuera con ellos. Raven sintió la sangre bullir por su cuerpo, sus
dientes castañear ante la presión de su encía. Algunos vampiros necesitaban una
lección que nunca olvidaran, pues quería que compartieran sus ideales y que lo
siguieran por voluntad propia, pero no podía dejar pasar una falta de respeto
como tal.
—Dayira…
Raven se volvió al escuchar el susurro de Neo, la
chica estaba pegada a su costado, mirando con odio hacia la misma dirección de
donde provenían las risas. El cuerpo del Alfa se tensó, obviamente resistiendo
el impulso de comenzar una pequeña matanza en la esquina de la sala.
La furia comenzó a golpearlo, Raven cerró los ojos y
gruñó en alto, silbando entre dientes y haciendo que los presentes se
retiraran. Sus pasos comenzaron a resonar en la estancia, formándose un pasillo
entre la gente. Siguió despacio, provocando incertidumbre y temor a su
alrededor. Cuando le faltaban pocos metros para llegar a la esquina, dio un
gran saltó y cogió a uno de los niñatos por el cuello, estrellándolo contra la
pared y estrangulándolo. Los ojos rojos de Raven se clavaron en los del vampiro
contrario, brillantes de furia, ciegos de odio. Alzó más al chico y lo restregó
contra las cortinas en una demostración clara de poder. Otro de sus compañeros
intentó atacarle por detrás, Raven solo giró su cuerpo con suma elegancia,
dándole una patada en el pecho y revolviéndolo hasta que lo dejó tendido en el
suelo justo al lado del otro, aun con el pie plantado en su pecho. Lo levantó
un poco para aplastarle la garganta hasta que lo escuchó de gimotear.
Toda el lugar quedó enmudecido, nadie se atrevía
siquiera a respirar. Raven apretó el agarre en los dos muchachos, haciendo que
volvieran a chillar. Después dejó salir una voz ronca y tenebrosa.
—¡Basta! —gritó, pateando a los dos chicos hasta
lanzarlos contra el suelo, se alzó sobre ellos y se colocó bien la capa, sin
perder nunca el contacto visual con ninguno de los vampiros—. Se acabaron las
chiquilladas, se acabó las matanzas de humanas, se acabó los abusos hacia las
lobas. Puede que la Manada del Este nunca haya tomado represalias contra
nosotros por ellos, pero yo no voy permitirlo. No soy tan bueno ni amable.
Habéis dañado a una persona importante para mí —algunas miradas se dirigieron
hacia Dayira, que miraba la escena con ojos aguados de orgullo y agradecimiento—,
la habéis herido y humillado, habéis hecho padecer a toda la gente que la ama y
sin embargo, en comparación a vosotros, escoria, ella ha acudido conmigo aquí, ha
dado la cara por mí, por mi estatus como jefe y por intentar un futuro
bienestar entre todos nosotros. ¿Sabéis que fácil hubiera sido para ella
pedirle al Alfa, a su amigo de la infancia, a su hermano, que os aplastara con
todas sus fuerzas? ¡Que acabara con todo el clan! ¡A ver si crecéis de una vez!
¡Estáis avergonzando a vuestra raza! ¡Comportándoos como simples sanguijuelas estáis
pisoteando vuestro orgullo como vampiro!
Raven retiró la cara, como si esa basura no mereciera
ni un segundo más de su tiempo, se colocó la capa y les dio la espalda, con la suficiente
confianza en sí mismo para no temer ningún ataque por parte de algún miembro de
su clan. Caminó con libertad y seguridad entre ellos, hasta que llegó de nuevo
frente a su familia. Dayira lo esperaba con necesidad evidente de abrazarlo,
pero por supuesto no lo intentó, no quería cometer ningún error, provocar
ningún rencor entre los espectadores. Sin embargo y para su asombro, Raven se
acercó a ella, abrazándola estrechamente, sujetándole la cara con delicadeza y
besándole la mejilla, con un cariño evidente. La chica no podía dejar de
susurrar gracias, mientras le devolvía el beso con ternura.
Cuando se separaron, Raven se colocó al lado de Neo,
mirando a su clan con fiereza, dominándolos con su evidente poder. Volvió a
alzar una mano para captar su atención, agitándola cuando empezó a hablar.
—Desde este momento, tenéis total libertad para morder
a un humano, hasta para casaros con uno —los murmullos no tardaron en aparecer,
casi como si vieran inconcebible esa estúpida ley que nadie iba a cumplir—.
También podéis morder a un licántropo, tener relaciones o casaros con uno,
siempre y cuando todas las partes estén de acuerdo con ello —las frases
incomprensibles subieron de tono, nadie daba crédito a lo que el nuevo jefe
estaba diciendo—. Yo entiendo el poder que tiene la sangre de un lobo, lo entiendo
muy bien porque yo también la he probado. No hay comparación con la de un
animal o un humano. En su sabor hay poder, hay satisfacción y lujuria, lo
entiendo muy bien —Raven sujetó a Neo por el brazo, estirando de él y arrimándose
su muñeca a la boca, antes de morderla lo miró, ojos entrecerrados, expresión
sedienta, una sexy lengua lubricándose los ansiosos colmillos—. ¿Me permites? —preguntó
con una voz ronca y erótica.
Neo estaba tan impactado que no sabía qué hacer. Desde
que entraron en aquella sala no había podido reconocer a su vampiro en aquel
hombre. Hombre, porque él apelativo de chico quedaba inadecuado para su Raven
en esos momentos. Un vampiro elegante, poderoso, que había manejado a toda esa
pandilla de chupasangre como nadie había hecho hasta ahora, que les había dado
libertad siempre y cuando no cruzaran los límites de sus nuevos derechos. Él
que había impartido una justicia por su amiga que él había negado siempre a su
manada. Él que la había alzado sobre un pedestal de madurez y bondad sobre
todos ellos. Se sentía tan orgulloso de él que ahora mismo solo quería
robárselo a todos y esconderlo en la Propiedad para que solo le perteneciera a
él. Para que esos ojos escarlata solo lo observaran a él, para que esos
hermosos colmillos solo se clavaran en su piel.
Miró su boca, como sus colmillos salivaban sobre la
piel de su muñeca. Lo deseaba, deseaba que le mordiera y le daba igual quién
estuviera delante. Hacía un tiempo nunca hubiera ni considerado tal
humillación. ¿Él siendo mordido por un vampiro? ¿Golden? ¿El Alfa de la manada
del Este? ¡Nunca! Pero en este momento lo ansiaba, quería que Raven lo
mordiera, que demostrara a todo el mundo que solo él tenía ese derecho.
—Adelante… —susurró Neo.
Raven sonrió lentamente, abriendo la boca y sacando la
puntita de su lengua, lamiendo la dirección de las venas de su muñeca,
siguiendo los hilos morados hasta la palma. El susurro que hacía la lengua
entre los colmillos se escuchaba claramente, igual que el tiritar de estos era
evidente. Amplió sus labios y los posó hambrientamente sobre la muñeca,
abarcándola por completo y besándola. Después de unos segundos encajó sus
dientes en ella. La sangre comenzó a resbalar, goteando en el suelo. Raven
cerró los ojos en pleno éxtasis y lamió los hilitos carmesí que resbalaban por
el moreno brazo. Disfrutando cuando al seguirlos y levantar la lengua,
conseguía que una cálida gotita cayera en su paladar. Un gemido escapó de su
boca y entonces se permitió escuchar los jadeos acelerados que provenían de
Neo.
Podía oler la sed en el ambiente, todos los presentes
querían un pedazo de lo que él estaba mordiendo. Sin apartar la boca del brazo
de su alfa, levantó los ojos hasta su gente, en claro indicativo de que quién
se moviera se atuviera a las consecuencias. Los que se habían sentido
dispuestos a compartir la presa tuvieron el acierto de volver a su posición,
relajando sus músculos en evidente sumisión.
—No hay mayor placer que degustar la sangre de un
lobo. Pero nunca sabrá igual si la otra parte no lo desea. Vosotros siempre la
habéis tomado a la fuerza, por eso no tenéis ni idea de lo que se siente cuando
tu pareja desea que lo muerdas, cuando se siente entregada al placer. Se
incrementa su sabor, su calor, es algo que desearía que alguna vez probarais, y
ahora estáis en posición de hacerlo —lamió la última gotita de sangre sobre la
muñeca de Neo y se adelantó sin soltarlo, entrelazando sus dedos con los de su
marido y colocándolo un paso tras él—. Os estoy ofreciendo una libertad que
nunca habéis ni soñado, solo tenéis que aceptarme como jefe, solo tenéis que seguirme
y yo velaré porque nuestro orgullo como vampiro y nuestro futuro, sea
salvaguardado.
La mayoría de los vampiros se veían confundidos, sin
saber cómo proceder a continuación. Racionalmente, todos sabían que era una
propuesta que no podían rechazar, pero su instinto letal y depredador seguía
existiendo en el corazón de muchos de ellos, eso hacía que no quisieran
rebajarse a seguir bajo el yugo de los licántropos por más tiempo, no cuando
habían estado esperando durante muchas décadas el cambio de sucesor y la
posibilidad de rebelarse. Sin embargo, todo había sido tan rápido, Raven había
sabido como desintegrar sus ideas, como darles la confianza y libertad que
tanto habían ansiado. Poco a poco, familia a familia, toda la sala empezó a
arrodillarse frente a Raven. Mujeres y hombres hincaban la rodilla en el suelo
y apoyaban el brazo en la contraria que se mantenía flexionada. Sus cabezas
gachas, en señal de sumisión.
Pocos quedaban por inclinarse y Raven esperó minutos y
minutos en silencio, inmóvil, a la espera de que se rindieran ante lo evidente.
No serviría de nada lo que había hecho si no conseguía que todo su clan
aceptara. Ante la magnitud de la situación, los pocos ancianos que seguían
reacios a la idea terminaron por rendirse ante la evidente negación de
respaldo.
Raven había ganado. Sonrió un poco y se sintió tan
aliviado que tuvo que sostenerse a sí mismo para que sus piernas no se doblaran
y terminara arrodillado en el suelo. Alzó una mano y les dio permiso para que
todos se levantaran. Todavía le quedaba algo que hacer.
—Gracias —dijo con suavidad, sorprendiendo a su gente
gratamente. Después, le indicó a Neo que se retirara para ofrecerle su mano a
Dylan, el cual avanzó hasta colocarse a su lado—. Yo resido en la Propiedad con
mi marido y así lo voy a seguir haciendo. Velaré por vosotros desde ahí y
vendré con frecuencia para cuidar de las necesidades del clan. Pero debo dejar
alguien aquí que os proteja cuando yo no esté, que os guie y os enseñé el nuevo
camino que vamos a seguir. Ese será mi primo Dylan el Archimagirus. El será mi
mano derecha. Si tenéis algo en contra de esto, por favor, hablad ahora o que
el asunto quede zanjado.
Muchos de los vampiros presentes se miraron entre
ellos, pensativos, pero ninguno encontró una razón suficiente para oponerse a
la decisión. Es más, alguno que otro lo encontró hasta aconsejable. Raven lo
sabía, podía leerlo en la cara de varios ancianos, lo veían como una vía libre
por si más adelante conseguían partidarios para cambiar las cosas a cómo eran
muchos siglos atrás. Estúpidos ideales que solo conseguirían matarlos a todos,
y él no movería una dedo para salvarlos si llegara a suceder. Nunca pondría en
peligro su familia para proteger a unos bastardos sedientos de sangre. El
orgullo de vampiro no se regía por cuan letal eras, no… era otra cosa. Era un
caballero, un noble, un ser oscuro de la noche que conseguía todo lo que se
proponía, alguien que no tenía igual, un ser superior que lograba caminar hacia
delante y siempre salir invicto. Que tenía poder para proteger a su familia,
que tenía corazón para amarlos a todos y seguir adelante. Ese era su orgullo
como vampiro.
—Seguiré las órdenes de mi primo Raven, intentaré
manejar mi cargo con toda la dignidad posible, así que me gustaría que vierais
en mí un apoyo más.
Dylan se mantuvo todo lo correcto posible, ya que no
quería sobresalir por encima de su jefe. Su discurso fue breve y conciso,
diciendo todo lo que quería decir en unas pocas frases. Raven se lo agradeció,
volviéndose de nuevo hacia su gente.
—Yo el Dominus, doy por zanjada esta proclamación y
dejó paso a la celebración —hizo un gesto de cabeza para que encendieran la
música y un suave vals se pudo escuchar por toda la estancia—. Ahora relajaros
y disfrutad.
Todos se fueron disolviendo despacio formando pequeños
grupos, después de varios minutos de incertidumbre algunas parejas comenzaron a
bailar. Raven suspiró más relajado y se acercó a Neo. Ambos se miraron
dulcemente, queriendo ir en busca del otro, acercase y abrazarse, pero sin
atreverse ninguno a dar el primer paso. Al final, fue Raven el que se aproximó,
acariciándole la cabeza y envolviendo sus labios con los contrarios, sin
alargar el beso, solo lo justo para entregarle su calor, para transmitirle
todos esos sentimientos extremos que sentía en ese momento. Neo se lo devolvió
con suavidad, abrazándolo y dándole una palmada en la espalda. Raven sonrió
ante lo masculino que había quedado eso.
—Estoy orgulloso de ti —susurró Neo en su oído.
El vampiro lo miró a los ojos, ahora grises de nuevo
ante la falta de amenaza. Podría perderse en el brillo de esos ojos azules que
lo miraban embriagados de confianza y amor. ¿Amor? Neo nunca se lo había
confesado, pero a él le gustaba pensar que estaba ahí, que esos ojos se lo
mostraban.
—Gracias. No habría hecho nada de esto sin ti. Sin
todo lo que me has enseñado. Soy esta persona de la que tan orgulloso estás,
gracias a ti y solo a ti.
Neo abrió la boca, mirándolo embobado y sin saber que
decir, Raven lo observaba como si fuera un dios, como si fuera la persona más
hermosa del mundo. Todos esos sentimientos entraban en él como una tromba de
calor y emoción que lo estaba desbordando. No sabía que decir o hacer. Podía
sentir las miradas de sus amigos sobre sí, en su falta de reacción o más bien
en la expresión bobalicona que seguramente tenía.
Neo tosió, intentando disimular su vergüenza.
—Eso son tonterías… —susurró con suavidad—, tú ya
tenías esos buenos sentimientos dentro de ti. Solo había que abrirte los ojos y
mostrarte la realidad. Tu buen juicio fue el que consiguió que te convirtieras
en el hombre que eres, no yo.
Raven negó con la cabeza, agitando su melena azulada
que se deslizó por sus mejillas con elegancia, gesto que le cortó la
respiración a Neo.
—Si no hubieras estado a mi lado para enseñarme el
mundo, no podría haber avanzado.
—No yo… —Neo tragó saliva—, has sido tu el que—
—¡Oh, basta ya! —gruñó Eric, meneando las mano y
llamando la atención de todos—. Ya lo hemos entendido, os queréis muchos, os
necesitáis, tenéis ganas de echar un polvo. Que si… que nos ha quedado claro…
por la Luna, dejad de tanto baboseo, que hay gente con estómago delante.
La risita de Dayira no tardó en aparecer, igual que el
gesto de burla de Izan. Raven lo miró indiferente, como si poco le importara lo
que dijera Eric, el que si hinchó las mejillas y se puso colorado fue Neo, lo
que trascurrió después estaba bastante claro para toda la pandilla.
Eric gruñó con una mano en la cabeza. Duró unos
segundos, fue mucho más leve que todas las anteriores veces, aunque seguía
doliendo, por supuesto.
—Y da gracias que estoy de buen humor, idiota.
Eric bufó, adelantando un paso hacia Neo y señalándolo
incriminatoriamente con furia.
—¿Por qué siempre tienes que rayarme? ¡Que duele un
huevo, maldito Alfa!
—¡Porque te lo ganas! —expresaron a la vez, Dayira,
Izan y Neo.
Raven sonrió, aquello había sido muy gracioso, casi
sacado de una comedía. La cara estupefacta de Eric era un poema, el vampiro quería
reírse a carcajadas, pero no podía dar esa imagen ante su clan, así que mantuvo
la sonrisa en su cara sin poder disimularla.
—Oye Raven, por lo menos tu podrías apoyarme, que
siente te he secundado en todas tus majaderías —gruñó graciosamente, casi
haciendo una rabieta.
Raven lo miró con frialdad, por encima del hombro, si
fuera una cucaracha ya le hubiera dado un pisotón.
—Yo no hago majaderías.
—Exclamó el amigo vampiro —bromeó Eric—. No creo que
tenga que recordarte algunas acciones suicidas de hace unos días —de repente,
otro dolorcito de segundos se instaló en su cabeza. Miró a Raven, impactado. Él
no podía haberlo rayado, entonces… se giró hacia Neo y lo encontró sonriendo
socarronamente. Disfrutando claramente de la situación
El lobo señaló primero a Raven y después a él, para
reírse abiertamente de su amigo.
—Es que le leo el pensamiento.
Raven asintió, con una expresión seria y conforme.
—Aunque yo le hubiera dado más fuerte, ahora mismo
tengo mi parte sádica en alza.
Antes de que Eric pudiera rebatir el ataque simultáneo
de sus dos jefes, todos los presentes se echaron a reír, llamando la atención
de muchos de los vampiros que estaban alrededor, los cuales les miraban con
interés y curiosidad. Apreciando la camaradería que había entre los cinco
personajes.
La música seguía sonando con una melodía suave y
oscura que acompañaba el baile de muchas parejas de vampiros, visiblemente
relajadas al no producirse ninguna confrontación durante el cambio de mando.
Lejos, en varias esquinas, se podían ver a ancianos hablando sigilosamente
entre ellos, algunos con expresiones iracundas, otros contradictorias, lo que
dejaba claro que a este nuevo mandato le quedaba mucho para consolidarse. Raven
aún no podía relajarse ante ese hecho y miraba a los presentes como buscando
reacciones que le clarificaran la situación, intentando adivinar cualquier tipo
de amenaza.
Neo le agarró un hombro, dándole un fuerte apretón de
compresión. Con una sonrisa que deslumbraría a cualquiera, señaló con la cabeza
a la multitud de parejas y familias que seguían bailando y hablando afablemente,
agradecidas por la resolución del problema. En esos vampiros son en los que el
lobo quería que su pareja se fijase.
—Quédate tranquilo, todo
irá bien, supongo —se encogió de hombros y volvió a darle una amplia sonrisa de
dientes blancos—. De todas formas, nos tienes aquí. Ahora nosotros somos tu
familia también, te ayudaremos en lo que haga falta.
Raven arqueó una sonrisa,
colocando su mano sobre la que su marido mantenía en su hombro. Así pasaron
unos minutos, viendo como la velada se animaba y las parejas de baile se hacían
más diversas. Inesperadamente, una vampiresa muy hermosa, de largo cabello
azulados y afilados ojos grises se acercó a ellos, ofreciéndole una mano al
Alfa.
Neo quedó impactado, sin
saber qué hacer. Por instinto alzó su mano hacia la de la muchacha pero antes
de llegar a rozar siquiera la yema de sus dedos la volvió a bajar, mirando a
Raven dudoso.
—Baila con ella, eso romperá
un poco el hielo, supongo –soltó, copiando a su marido con una sonrisa escueta.
La chica se inclinó y
alzó su mano en señal de respeto, mirando al Alfa de forma profunda.
—Sería un honor para mí
que me concedieras este baile.
Neo creía que había viajado
en el tiempo cien años atrás, en el clan de vampiros eran todos unos
aristócratas, se le hacía hasta raro. Tragando saliva y volviendo a buscar la
conformidad de su marido, se decidió por fin a sujetar la mano de la muchacha y
juntos se adentraron en la sala de baile.
Raven desde allí podía
apreciar la tensión que en muchos se había vuelto a levantar ante esa
situación. Todas las miradas estaban enfocadas en la nueva pareja que bailaba
sanamente como si nada extraño estuviera sucediendo a su alrededor. En pocos
minutos, todo volvió a la normalidad, aun con algún que otro recelo, otros
vampiros se fueron animando a acercase a los miembros de la manada.
Le resultó impactante
como Izan buen invitado a bailar por una vampira menuda pero ágil que lo
manejaba con elegancia y gracilidad hacia la pista. Dayira que se había
mantenido a su lado todo ese tiempo, también fue invitada a bailar por otro
vampiro el cual Raven reconocía, era uno de los más tranquilos y nobles de su
clan. Ella se negó con educación y una enorme sonrisa, pero no se le escapó el
temblar de sus delgados finos sobre la tela de la falda.
Sintió pena, sintió
frustración, no supo por qué pero se arrepintió de no haber matado a los dos
niñatos esos, haberles partido el cuello y arrancarles la cabeza delante de
todo su clan. Pero bueno, eso no hubiera sido muy productivo para sus planes,
pues quería provocar respeto, no rencor y odio.
Todos sus pensamientos
escaparon de su mente cuando observó como otro vampiro, un buen amigo de su
infancia, seguía terco en invitar a Eric a bailar. El lobo no parecía muy
contento con ello, se negaba una y otra vez como si lo que le estaba pidiendo
fuera una aberración. Raven sintió la necesidad de acercarse para ver que
pasaba.
—¿Y bien? ¿Qué pasa ahora
Eric?
El lobo se volvió hacia
Raven como si le hubiera caído un rayo.
—¿Por qué demonios me
preguntas a mí? Aquí tu amigo quiere que baile con él. Yo no bailo con hombres —masculló
enfurruñado y cruzándose de brazos.
Así que era eso, Raven
soltó una risita y negó con la cabeza. Y el preocupándose, ay madre…
—Acompáñalo aunque sea en
la próxima canción, Daryo es un buen amigo mío, le falta poco para la mayoría
de edad y es de fiar.
Ambos vampiros se miraron
como reconociéndose, pero Eric seguía en sus trece, con los brazos cruzados tan
apretados que parecía que la camisa fuera a estallar alrededor de sus bíceps.
—Me da igual si es tu
amigo, no pienso bailar con un hombre, además estoy casado, así que no.
Raven suspiró y se acercó
sigilosamente a él, bajando una mano por su espalda hasta apoyarla en su
cintura, Eric graciosamente se sonrojó ante ese hecho, cosa que solo le
clarificó sus dudas al vampiro.
—Vamos, no seas así,
hazlo por Neo. Míralo —dijo señalándolo con la cabeza—, está ahí bailando con
una de nosotros, intentando integrarse y que todo esto salga bien, podrías
poner algo de tu parte y no estar siempre jodiéndolo todo, ¿bien?
Eric gruñó observando de
reojo la sonrisita de Raven, maldita sea a todos los vampiros, lo que le hacían
hacer. Tenía tantas ganas de que terminara toda esa mierda de una vez...
—Está bien, pero me
deberás una. Joder, que no estoy aquí para divertiros, a veces siento que me
tratáis como a una mascota.
Raven sonrió un poco,
subiendo su mano y dándole un amistoso apretón. El susurro que pasó justo sobre
su oreja fue tan ligero que Eric no pudo escucharlo bien, pues ya estaba siendo
arrastrado por Daryo hacia las demás parejas, pero… puede que estuviera loco
pero había creído entender un “gracias”…
Raven se sentó en una de
las muchas sillas que se encontraban en fila junto a las paredes, a su lado
estaba Dayira que parecía ahora mucho más serena que antes. Ambos, se relajaron
mientras miraban a sus amigos cambiar de pareja varias veces, siendo
arrastrados por distintos vampiros de un lado a otro. Era divertido ver la cara
contrariada de alguno al ser escogido por un hombre. En su clan la
homosexualidad era algo normal, así que no sentían reparos en invitarlos y
llevarlos de aquí para allá, hasta de ofrecer algún que otro baile romántico.
La cara de Neo era un poema en ese momento, intentando negarse ante la petición
de un vampiro varios años más mayor y que le sacaba algunas cabezas más.
Todo transcurría con
tranquilidad hasta que un golpe seco formo un corrillo en la pista. Le saltaron
las alarmas y Raven se acercó a la multitud, nervioso, intentando predecir qué
había pasado, qué podía provocar cualquier ataque. Su cuerpo se relajó cuando
encontró a Daryo, quién sujetaba a un Izan arrodillado en el suelo. Estaba
quieto como un muerto, con los ojos completamente negros, donde el oscuro color
lo había invadido todo. Su tez pálida hizo que Neo también se arrodillara a su
lado, esperando a que terminara, que reaccionara y que soltara de una maldita
vez que había visto.
La reacción serena del
Alfa, consiguió que los vampiros relajaran la postura, esperando confundidos a
que dieran razón de lo que sucedía.
La mano de Izan fue
directa al brazo de Neo, apretándole con tanta fuerza que el Alfa encogió el
ceño. Podía sentir la tensión que cubría el cuerpo de su Beta y para su maldita
suerte, pocas veces le había visto de esa manera. Era una visión larga, una que
no iba a ser plato de buen gusto, eso estaba seguro. Los demás miembros de su
manada se fueron acercando también, todos esperando lo que aconteciera.
El Beta reaccionó, dando
un salto y girándose hacia Raven. Sus ojos de nuevo con su iris marrón se
centraron en el vampiro con ganas de gritar algo, algo que claramente no podía
decir. Neo estiró de él, colocándolo cara a cara, esperando razones a su
visión.
Izan negó con la cabeza,
apretando los puños.
—Tenemos que irnos, la
manada del Oeste está atacando la Propiedad. Una persona importante —masculló,
mirando de reojo a Raven—, puede morir si no acudimos ya.
Neo comenzó a darse
estirones de la ropa, no le importaba quién estuviera mirando, en donde estaba,
tenía que librarse del traje y salir corriendo a su hogar. Junto a Raven y los
demás, se apresuraron hacia la puerta, no añadieron nada, en ese momento no
había nada más importante que la manada de lobos, su familia.
—Dominus —escuchó de
repente, Raven se volvió como si tiraran de él, observando como cinco vampiros
estaban arrodillados frente a él, con la cabeza agachada en señal de respeto—.
Por favor, déjanos acompañarle. Sería un orgullo para nosotros enfrentar a
cualquier enemigo vuestro. Pues desde hoy, sus enemigos también serán los
nuestros.
Todos los lobos quedaron
paralizados, esperando la respuesta de Raven. Este miraba a los cinco miembros
de su clan con suspicacia, sin querer llegar a una conclusión. Bien podía ser
una nueva lealtad descubierta, o bien… una oportunidad obvia para quitárselo de
encima. Tenía que tomar una decisión apropiada, pues lo último que quería era
poner en peligro a ningún lobo. No podía provocar más resentimientos entre
ambas razas. Su mirada se centró en su primo Dylan, intentando averiguar que
pensaba al respecto, su asentimiento le indicó que siguiera la conversación.
—Acabáis de escuchar lo
que sucede, ¿verdad? —masculló Raven, observando como los vampiros seguían con
la cabeza inclinada sin reacción alguna a sus palabras—. No vais a luchar por
mí, lucharíais por proteger a la manada del Este de otros licántropos. ¿Estáis
de acuerdo con esto?
Muchos murmullos se
levantaron en la sala, algunos más altos que otros, sarcásticos y compresivos,
algunos de incertidumbre. Raven no se dejó distraer por ellos y siguió fijo
mirando al vampiro que había hablado.
—Lo estamos —anunciaron.
Antes de que Raven pudiera rebatir sus palabras, el vampiro alzó la mirada
hacia él. Era adulto, un poco entrado en años pero fuerte según su
constitución, sus ojos brillaban con franqueza—. Solo queremos devolverles un
favor, pues como usted ha dicho, tenemos que preservar nuestro orgullo como
vampiros.
—¿Favor? —Raven alzó una
ceja, relajando la compostura e indicándoles con una mano que se levantaran.
El vampiro asintió en
señal de respeto y alzó el cuerpo, colocándose frente a su jefe. Sus ojos ahora
más cristalizados que antes.
—Mantener con vida a
muchos de nuestros insensatos hijos.
La cara del hombre estaba
seria, compuesta por músculos tensos que esperaban una contestación afirmativa. Podía ver dolor
en su mirada, una necesidad suprema de que le dejaran mantener su orgullo
intacto, de devolver un favor de sangre que ellos veían primordial.
Deberían ser padres de
hijos que habían abusados de lobas, vampiros que habían quedado sin pena ni
castigo gracias al favor del Alfa, a los que se le había permitido vivir a
pesar de su delito. Que esos hombres estuvieran ahí frente a él, suplicando por
pagar su deuda le hacía sentirse orgulloso, como pocas veces había estado de su
clan.
Eran cinco orgullosos
vampiros que habían entendido sus palabras al pie de la letra. Que habían
querido leer entre líneas y aceptar la verdad tras la manada de lobos. Había
conseguido que lo entendieran, que cambiaran, y ese era un pequeño triunfo para
él.
Se sentía tan agradecido.
Raven sonrió y asintió
con la cabeza.
—Vuestra simple
participación en esta batalla limpiara vuestra deuda. Estoy agradecido —se giró
hacia Neo, esperando confirmación. El Alfa mantenía una expresión que poco
dejaba entrever, es más, pareciera que estaba intentando leer sus pensamientos.
Después de unos segundos y algunos farfullos desagradables por parte de Eric,
terminó por asentir. Raven se lo agradeció con la mirada—. Por favor, sednos de
apoyo.
Poco después, como si
alguien hubiera dado la orden de salida, todos corrieron a la entrada, cruzando
la puerta a la vez que sus enormes cuerpos se cubrían de pelo y crecían. Raven
copió el ritmo del Alfa, saltando hacia un lado y montándose encima, sus manos
bien agarradas al pelo dorado de su cuello.
Alguno de los cinco
vampiros que corrían tras ellos silbaron por la sorpresa, aunque Raven no supo
si era por estar cabalgando al Alfa o por la impresionante transformación de
los cuatro licántropos. Neo era enorme y su pelaje dorado brillaba como si
estuviera envuelto en llamas. Era impactante y poderoso, pero a la vez lo más
hermoso que Raven hubiera visto nunca. Él también había reaccionado igual
cuando lo vio por primera vez.
Envolvió las hebras
doradas entre sus dedos y pidió una y otra vez por la seguridad de su hermano.
Tenían que llegar a tiempo, tenían que protegerlo. Maldita sea, no podía
perderlo otra vez cuando por fin, después de tantos años había vuelto a
encontrarlo.
El sonido de las ramas de
los árboles al romperse era cada vez más espaciado y eso solo le indicaba que
estaban llegando al final del bosque. Levantó la vista y asomándose a un
costado de la cabeza del lobo observó el terreno vacío que colindaba con el
portal de la propiedad.
Los golpes se hicieron
ensordecedores mediante se iban acercando, los gritos y aullidos prevalecían
sobre los sonidos de lucha. Bajo sus piernas, sintió como los músculos de Neo
se tensaban y Raven tuvo la necesidad de acariciarlo, dándole palmaditas en un
costado, intentando consolarlo de la única manera en la que podía en ese
momento.
Justo cuando iban a
entrar por el gran portón, un lobo gris fue lanzado justo sobre Neo, el cual
como pudo, intentó retener el impacto para provocarle el menor daño posible a
su aliado. El Omega de la manada del Este estaba a punto de fallecer, si no sanaban
sus heridas no podría mantenerse con vidas ni una pocas horas.
Neo rugió tan fuerte que
los cristales exteriores de la propiedad vibraron, su cuerpo se lanzó hacia el
interior, quedando impactado momentos después por el gran destrozo. Todo estaba
derrumbado, la mitad de su hogar estaba echado abajo. Decenas de casas quedaban
al aire desde el patio y las escaleras que llevaban a los departamentos del sur
estaban hechas añicos.
Raven nunca creyó ver
algo así, pero de los grandes surcos negros alrededor de los alargados ojos
azules de su alfa, dos largas marcas de agua resbalaron, mojando el pelaje
dorado y volviéndolo un poco más oscuro. El aullido fue tan espeluznante que el
vampiro sintió que su corazón dolía. Su querido lobo estaba inundado de
desesperación.
Su cuerpo giró hacia los
lobos de distintos colores que arremetían con crueldad hacia su gente, la luna
en su frente los delataba, así que sin más, saltó sobre uno de ellos,
arrancándole una pata de un solo bocado. Raven tuvo que taparse los oídos
cuando el aullido desgarrador se introdujo en su cabeza.
Con los dientes
apretados, el vampiro se giró para mirar a los cinco miembros de su clan que se
habían ofrecido de apoyo. Todos parecían impactados por lo que veían y Raven
solo maldijo para sí, tan rebeldes como querían ser y no estaban preparados
para vivir una masacre como esa. El más mayor, el hombre que había sido el
portavoz de todos ellos, seguía de una sola pieza, mirando con seriedad la cara
de Raven y esperando órdenes.
—Acabad con todos los
licántropos que tengan una luna en la frente —dictaminó, y los vampiros se
movieron a la vez, saltando hacia cualquier lobo con luna que tuviera próximo.
Un golpe los lanzó a
ambos contra una pared medio derrumbada, Raven silbó entre dientes y sacudió la
cabeza, buscando rápidamente con la mirada a Neo, que en ese momento se
levantaba del suelo y bufaba con el morro retraído en una clara señal de
amenaza. Estaba bien, no tenía ninguna herida visible, el vampiro suspiró.
Agarrándose de su pelaje
dorado, Raven dio un salto hacia delante y bajó hasta el suelo, haciendo frente
al enorme lobo de color trigo brillante que los había lanzado de un solo
zarpazo. Joder… era enorme, tanto como Neo. Sus ojos castaños brillaban con
motitas doradas llenas de odio, tenía el pelaje lleno de sangre y de su fauces
la saliva escurría a borbotones por la furia con la que fruncía el hocico.
Por una vez, Raven sintió
que sus piernas quedaban paralizadas y sus pies atados al albero que cubría el
suelo. No podía moverse, estaban tan impactado que hasta respirar le costaba. ¿Qué
demonios era aquel lobo? ¿Un Alfa? ¿Era el Alfa de la manada del Oeste? No
entendía nada, ¿Qué demonios le había hecho ellos a esa manada? Neo gruñó a su
lado, rozándole con la pata para cubrirlo con su cuerpo, intentando alejarlo
todo lo posible de aquel enemigo.
—¿Eres el Alfa de la manada del Este? —escucharon ambos en sus
cabezas.
Raven se agazapó,
quedando en un estado de guarda, esperando a que Neo siguiera la conversación.
Su marido seguía sin hablar, apretando la tensa pata a su cuerpo. Parecía que
ambos habían percibido el extremo poder del enemigo y toda precaución era poca.
—Lo soy. ¿Eres el Alfa de la manada del Oeste? ¡Porque si lo eres
responde! ¿Qué asunto tenéis con nosotros? ¡Teníamos una tregua! —gruñó,
con una voz áspera pero alta.
El lobo levantó el
hocico, mirando desde arriba con sus ojos castaños entrecerrados. Parecía estar
sopesando la situación, como si no se fiara de nada de lo que Neo pudiera
decir. Después, como si de una amenaza se tratara, arrastró una pezuña por el
suelo levantando algo de albero a la vez que arqueaba una extraña sonrisa
sarcástica.
—¿Tregua? —la pregunta salió acompañada de una risita que puso aún
más nervioso a Raven—. Dices tregua
cuando estas confabulado con una manada entera de vampiros. ¿O no es una
sanguijuela lo que estas protegiendo debajo de tu pata?
Neo gruñó furioso en
señal de advertencia, consiguiendo que el otro Alfa, aunque fuera
momentáneamente, echara el cuerpo un poco hacia atrás en precaución.
—Este a quién llamas sanguijuela es mi marido elegido por la Luna. No es
alguien a quién puedas ofender, ¿me oyes?
El Alfa de la manada del
Oeste escupió a un lado, lanzando el hocico en una sacudida hacia los otros
cinco miembros del clan que habían acudido con ellos en plan de ayuda y que
ahora estaban atacando a sus lobos.
—¿También te ha mandado la Luna que trajeras a esos para erradicar a mis
compañeros? —abrió las fauces y pasó una lengua por la punta de sus
dientes, derramando saliva a borbotones—. ¿Creías
que no íbamos a enterarnos de tus planes? ¿De qué te aliarías con un clan de
vampiros para acabar con todas las demás manadas? ¡No te lo creas tanto! Aunque
seas famoso, Golden… yo no te temo —escupió con rudeza.
Neo y Raven estaban un
poco sorprendidos con el transcurro que había tomado todo aquel asunto… pero lo
que los tenía más confundidos era el cómo demonios había llegado el Alfa de la
manada del Oeste a esa conclusión.
Neo volvió a echar hacia
atrás a Raven, empujándole con una pezuña y casi lanzándolo hacia atrás. El
vampiro estuvo a punto de caer si no se hubiera agarrado al pelaje dorado. Sabía
que su marido estaba alerta, pero tampoco tenía que rebajarle, podría hacerle
bastante daño a ese maldito lobo si intentaba atacarles.
—No sé quién demonios te ha dicho eso, pero estas equivocado. El clan de
vampiro está junto a nosotros sí, pero solo porque mi marido es el jefe de
dicho clan. Ellos están bajo sus órdenes, y en cierta manera, de nuestro lado.
¡Pero nunca hemos pensando en atacar a nadie! ¡Maldita sea, ni nosotros ni
ellos hemos salido nunca de nuestras tierras!
El lobo trigo se echó
hacia atrás, evidenciando por unos segundos dudas en sus ojos. Al instante ya
estaba de nuevo agazapado, mirándolos con desconfianza.
—Mentira, vosotros os habéis unido a esos bastardos asquerosos, los
protegéis y los usáis para herirnos, maldición… ¡esos bastardos matan a
nuestras hembras!
—¡No volverán a hacerlo! —interrumpió
Raven, a disgusto del Alfa que le gruñía para que callara. El vampiro le dio
una palmada en señal de rebeldía y se colocó frente al otro lobo, saliendo por
fin de debajo de la pata de Neo—. Yo me he comprometido con esta manada, ahora
también soy un miembro de ella. Si mi gente vuelve a herir a alguna loba, he
jurado acabar con su vida. No dejaré que ninguno quede sin castigo. Entiendo
como os sentís, esto ha durado demasiado tiempo y juro que hasta aquí a llegado.
El Alfa de la manada del
Oeste rio fuerte, acribillando de esa manera la cabeza de Raven, quien apretó
el gesto de frustración ante el sonido.
—¿Crees que me voy a creer todas esas fantochadas de ideales? ¡Nunca te
atreverás a revelarte así frente a tu clan! Los vampiros sois todos iguales…
unas asquerosas sanguijuelas que miran antes su asquerosa vida que todo lo
demás. Por eso todavía seguís vivos.
Raven dio un paso hacia
delante, furioso, humillado. ¿Cuándo había caído tanto la credibilidad en la
palabra de un vampiro? Mierda, ¿por qué cuando quería cambiar las cosas? Estaban matando uno a uno a la manada
del Este por su culpa, a su nueva familia, la que tanto había prometido
proteger, pero… ¿por qué?
—¡Maldita sea! —chilló
Raven, echándose al suelo en señal de ofensiva y arrastrando sus largas uñas
por el albero—. Si no podemos convencerte de que te largues de aquí con tu
manada tendrás que enfrentarte a mí, y maldita sea, no será el primer lobo que
mate.
El Alfa lo observó desde
arriba, evaluándole, analizando cada músculo de su cuerpo. Su atención se
enfocó en el color rojo que invadió sus ojos, parecían sedientos de sangre,
amenazantes. Su bella cara afilada mostraba una expresión de concentración y su
cabello azulado danzaba en el viento desfilando elegantemente antes su mirada.
De repente, sintió algo de nobleza en aquel ser, sus músculos se relajaron y
siguió contemplándolo sin hacer ningún movimiento.
Raven tampoco se movió,
se quedaron observándose como si esperaran que algo o alguien les diera la
señal para saltar uno sobre el otro. Entre el silencio y con un rápido
deslizamiento que nadie pudo predecir, una sombra se colocó entre ambos. El
pelaje rojizo se elevaba de un lado a otro, como si una ráfaga de viento se
hubiera colado en él.
El vampiro alzó la vista
para intentar identificar quién era. Solo pasó unos segundos para que esos ojos
esmeraldas le dieran la respuesta. ¿Por qué demonios se metía ella en todo
esto? ¡Precisamente ella! Su cuerpo se abalanzó hacia adelante, con la
intención de cogerla con toda su fuerza y lanzarla lejos de allí, ¡maldita sea!
No le dio tiempo, el
grito de Neo entró en su cerebro como un trueno, haciéndole doler la cabeza.
—¡Fuera! ¡Vete de aquí! Dayira…. —gruñó—, ¡es una orden!
El cuerpo del lobo rojizo
se agitó como si hubiera tenido un fuerte escalofrío, sin embargo, ninguno de
sus tensos músculos se movieron de la posición en la que estaba. El Alfa no
podía creer que se estuviera rehusando a su orden. La única manera de que
obedeciera era rayándola pero ni por todos los infiernos iba a hacerlo. No a
ella.
De repente, Dayira detuvo
la transformación y completamente desnuda quedó parada frente al Alfa de la
manada del Oeste. Nadie se movió, todos seguían observando la menuda mujer que
estaba haciendo frente a tal enemigo sin siquiera mostrar un resquicio de
temor. Los ojos verdes ascendieron hasta el morro del lobo trigo y quedaron
allí, penetrantes. Parecía que el Alfa quedaba algo impresionado.
—Si no te apartas te mataré de un zarpazo. No entiendo porque te
involucras en una pelea de Alfas ni tampoco porque has desecho la
transformación, pero no me importa. Te doy cinco segundos para que apartes ese
pequeño cuerpo de en medio.
Dayira negó con la
cabeza, sacudiendo las hebras pelirrojas de su pelo que terminaron nuevamente
entornando sus ojos, ojos que siguieron clavándose en el enemigo.
—Voy a morir de todos
modos, así que no me importa que me mates. Solo quiero que os larguéis, que
dejéis a mi manada tranquila. Ya has acabado con un cuarto de nosotros, ¿Qué
más quieres? Déjanos en paz, a nosotros y al clan de vampiros y no volverás más
a escuchar noticias nuestras.
El Alfa de la manada del
Oeste comenzó a andar amenazante frente a una Dayira pequeña y desnuda que
intentaba mantenerse inmune a ello. Si quería provocarle algún atisbo de miedo,
no lo logró, pues la loba seguía imperturbable en el mismo lugar. Achicó los
ojos como analizándola, intentando buscar algún resquicio de duda donde atacar,
pero la chica seguía firme y convencida en sus palabras.
—Tal vez… ¿vas a morir por culpa de algún vampiro? ¿Y aun así los
defiendes? ¿Qué demonios te han hecho creer en esta manada o de qué forma te
han lavado el cerebro?
Dayira volvió a negar con
la cabeza, apretó la boca y lo miró con una llamarada verde amenazante en sus
ojos.
—Raven no es así, él va a
cambiar a su clan, él está de nuestro lado —cuando la zarpa del Alfa empezó a
elevarse frente a ella, supo que tanto Neo como Raven estaban a punto de saltar
sobre el enemigo. Sin querer darse por vencida, frunció el gesto y con unas
lágrimas bañando sus mejillas gritó—: ¡Es el único vampiro que ha estado
dispuesto a dejarse investigar para encontrar una cura!
De repente, la zarpa que
momentos antes había estado a punto de atravesarla pasó ante su cara,
apoyándose en la tierra con un golpe seco. El Alfa ignoró como tanto Neo como
Raven habían frenado su avance colocándose a ambos costados de la mujer.
Parecía confundido y los miraba por encima como si quisiera entrever un posible
engaño. Pero había algo en ellos, desprendían tal franqueza que no pudo más que
dar otro paso hacia atrás, aun pensativo.
Raven no entendía que
diablos había pasado, cual había sido la clave para que tal bestia decidiera
retirarse. Todavía no las tenía todas consigo, pero juraba que había algo en la
mirada de aquel lobo que le indicada que aquella batalla estaba a punto de
terminar.
De golpe, cinco lobos más
con lunas en su frente saltaron por encima de la tapia que custodiaba la
propiedad, cayendo justo sobre ellos. Neo interpuso su enorme cuerpo sobre los
otros dos para amortiguar el golpe, pero poco pudo hacer. Dayira y Raven
salieron disparados hacia extremos contrarios al mismo momento que tres de esos
lobos atacaban al cuello del Alfa dorado.
Raven no perdió ni un
segundo, con un violento impulso de sus pies, se lanzó hacia delante y clavó
sus uñas en uno de los lobos que intentaban arrancarle la garganta a su marido.
La furia lo había cegado, la posibilidad de que pudieran herir a Neo lo volvió
completamente loco. Con un gruñido abrió su boca y le arrancó media mejilla al
lobo, separando sus fauces para tras ello arrancarle la lengua de un tirón. El
lobo calló al suelo de costado, tocándose la cara y gruñendo de dolor, pero no
sirvió de nada, en ese momento Raven solo tenía en mente una cosa. Saltó sobre
su estómago, apoyando todo el peso de su cuerpo en su cuello, que fue
desgarrando poco a poco, hasta que tuvo su cabeza en una de sus manos,
lanzándola lejos de allí.
Se giró buscando a Neo,
este había destripado a otro de los lobos y ahora se encontraba en una lucha
cuerpo a cuerpo con el que quedaba, dando vueltas por el suelo en una batalla
algo igualada. La rabia iba subiendo por su garganta, su corazón empezó a
bombear, haciendo que su sangre caliente subiera hasta su cara sintiéndola
arder. Estaba dispuesto a desmembrar a aquel lobo cuando un chillido femenino
se hizo audible al otro lado del claro.
Raven se giró y lo que
vio lo dejó paralizado. Dayira estaba en el suelo, con un brazo cubierto de
sangre, su cuerpo encorvado en un inútil intento de cubrirse el estómago. Un
lobo enorme estaba sobre ella, iba a matarla y maldita sea, no creía que le
diera tiempo a llegar. Corrió como nunca lo había hecho, no podían perderla
todavía, no cuando Neo había jurado protegerla con su vida el poco tiempo que
le quedaba, ella había dado tanto por él, por un vampiro a pesar de por todo lo
que había pasado, que se negó a darse por vencido.
¡Tenía que llegar a ella
a como diera lugar!
La zarpa ya estaba sobre
la chica y por mucho que corrió, la sangre saltó por todo el albero. Tuvo que
taparse la cara con un brazo para que esta no le salpicara en los ojos, negó
con la cabeza y siguió corriendo, tenía que estar a su lado, ver en qué medida
estaba herida, si había posibilidades de que sobreviviera.
Al llegar al costado de
la chica y quitarse de delante el enorme cuerpo del lobo, descubrió que la
sangre no provenía de ella. Su respiración se congeló cuando vio a su hermano
con el pecho marcando con cinco grandes surcos. La sangre corría y corría por
su lampiña piel y tanto sus ojos como sus oídos se cubrían del mismo líquido carmesí.
Raven llegó hasta él y se
colocó a un lado, dispuesto a ver qué tan herido estaba. Tenía que controlarse,
tranquilizarse y sopesar la situación. Al ver que su hermano seguía de pie,
optó por la opción más evidente, masacrar al lobo que había intentado atentar
sobre la vida de su amiga y su hermano.
Sus pies no pudieron
moverse, pues Ángel había alzado sus ojos carmesí, observando fieramente al
lobo frente a él. Su pecho subía y bajaba y la sangre que corría por su cuerpo
no parecía importarle lo más mínimo, en lo único que parecía pensar era en
acabar con el otro lobo.
Las zarpas volvieron a
abalanzarse sobre ellos, afiladas y mortales. Raven quiso intervenir pero Ángel
las esquivó con un rápido movimiento, colocándose detrás del lobo. Apoyándose con
sus pies en la baja espalda del licántropo, se enganchó a sus brazos, estirando
con un brutal aullido hasta que se los arrancó. La sangre bañó gran cantidad
del cuerpo de Raven, que no tuvo tiempo de echarse hacia atrás. Ángel, pateando
con gran fuerza hacia arriba el cuerpo moribundo del lobo, esperó en posición a
que volviera a caer, atravesándole el corazón con un embiste brutal. Sus ojos
ahora fijos en Dayira, sacudió el brazo para deshacerse del cuerpo inerte del
lobo y se fue acercando despacio hasta la chica, arrodillándose frente a ella y
colocándole una mano en el vientre. El golpeteo de un débil corazón invadió su
cabeza y el vampiro quitó su mano como si quemara.
Raven se apresuró a
llegar hasta ellos, revisando primero a la loba, que no mantenía ninguna herida
grave y después hacia su hermano, que cubierto de sangre no hacía otra cosa que
observar a Dayira. ¿Pero qué relación había entre ellos? ¿Se conocían de antes
o algo?
De un momento a otro la
pelea se detuvo, todas las voces que Raven escuchaba en su cabeza de pronto se
detuvieron y la orden de retirada del Alfa de la manada del Oeste llegó clara y
concisa.
Raven se apresuró a
buscar a Neo, y ahí estaba, frente al otro Alfa. Estáticos ambos en el centro
del patio. No tenía ninguna herida visible y la sangre seca que manchaba su
pelaje parecía ser de otros. El vampiro soltó un suspiro de alivio tan
pronunciado que creyó que se le aflojarían las piernas al perder la tensión de
la batalla.
La voz del Alfa de la
manada del Oeste volvió a resurgir en su cabeza.
—¿Si encuentras una cura para la enfermedad de nuestras hembras, la
compartirías con mi manada?
Neo escupió sangre a un
lado, frunciendo el morro mientras intentaba calmar su respiración. Gracias a
la Luna que la batalla estaba por terminar porque sus miembros casi no le
respondían.
—Si pudo salvar vidas, lo haría. Aún si no recibiera algo a cambio.
El lobo trigo asintió en
señal de respeto, parecía que la intervención de Dayira había sido decisiva en
su decisión.
—Te creo. En el tema de los vampiros también. Terminaremos este asunto
dando vidas perdidas por vidas perdidas, sin resentimientos.
Neo rugió, arañando la
arena con sus zarpas. Su cuerpo aunque débil seguía preparado para combatir.
—¿Y yo que recibo a cambio? ¡Has destruido mi hogar y has matado a mi
gente!
El Alfa del Oeste asintió
con la cabeza, entendiendo la ira del otro lobo.
—No creas que no me siento igual de dolido que tú. He perdido a muchos
de mis compañeros, familia incluida, por haber seguido un ridículo engaño. Me
dejé llevar por mi odio ciego hacia los vampiros y acabé en una batalla sin
sentido. Una masacre que nunca debió ocurrir.
Había dolor en su voz, la
mella forjada en su orgullo no se iría con facilidad y Neo pudo entenderlo. No
era la primera vez que por una decisión errónea de un Alfa se acababa con vidas
inocentes en enfrentamientos sin sentido.
—Aceptaré esta nueva tregua si me dices quién ha ideado todo esto,
porque juro que le arrancaré la garganta en el instante que me sea posible.
—Y yo te ayudaré a conseguirlo, Alfa del Este, no lo dudes —su
mirada se centró en Dayira, observaba su pequeño cuerpo y sus heridas,
mostrando algo de arrepentimiento, como si estuviera comparando a la chica con
alguien más. Alguien muy querido para él—. No
hace más de una semana, el Alfa de la manada del Norte vino a visitarme con la
cabeza de uno de esos chupasangre —se centró ahora en Raven, advirtiendo
con reconocimiento como este no se había dejado alterar ante la noticia—. Se suponía que era una prueba de un supuesto
ataque a su manada por vuestra parte en alianza con el clan de vampiros. Me
contó una historia muy elaborada sobre vuestra confabulación para acabar con
todos nosotros. Tan creíble que como un tonto acabé viniendo aquí para
declararte la guerra.
Neo siguió observándole,
atentó, amenazante, pero era más el odio que sentía que la naturaleza
conciliadora de la que podía disponer en ese momento. Miró a su alrededor,
obligándose a contemplar el destrozo, a evaluar los daños, maldita sea, tenía
que llegar a un pacto con este Alfa, no podía dejar que más lobos de su manada
murieran en una batalla sin finalidad.
—Maldito bastardo. No puedo creer como ese imbécil y asqueroso lobo
plateado siga obsesionado con hacerme daño. Está bien —escupió al final—, acepto el trato, así que vete y por favor,
no vuelvas a aparecer ante mí. Aceptaré a cualquier miembro de tu manada que
venga a intercambiar información pero por favor, no quiero volver a verte o
esto acabara en un duelo a muerte.
El lobo trigo agachó la
cabeza en señal de conformidad y respeto, pues no todos los lobos hubieran
permitido que aquella confrontación acabase así después de lo ocurrido. Neo
pudo ver como extrañamente, la luna que cubría su frente a diferencia de las
demás, también carecía de pelo en el interior y no solo delineaba la figura.
Alzó la cabeza hacia el
frente y ordenó a su manada que escuchara con atención.
—Yo Oriel, Alfa de la manada del Oeste, doy mi mano al Alfa de la manada
del Este. Sellando así una tregua que ningún Alfa posterior puede romper.
Neo se sorprendió ante
aquella revelación, después de todo puede que aquel Alfa fuera más noble de lo
que hubiera esperado. Intentando tragarse todo la furia y rencor que sentía por
dentro, cerró los ojos por unos momentos para recoger fuerzas y alzó la cabeza,
encarando el cuerpo erguido del otro lobo.
—Yo Neo, Alfa de la manada del Este, doy mi mano al Alfa de la manada
del Oeste. Sellando así una tregua que
ningún Alfa posterior puede romper.
Evidentemente el
estrechamiento de mano no era literal, y poco a poco, despacio, los lobos de la
manada del Oeste salieron arrastrándose de allí, cargando quienes aún podían a
sus caídos en batalla.
Raven esperó a que
aquello se despejara y la manada empezara a retirar cuerpos y heridos del campo
de batalla. Observó cómo los miembros de su clan, todos vivos, se arrodillaban
ante él antes de irse de allí, no esperando a que algo contraproducente pudiera
pasar. Estaba claro que temían por sus vidas, pero aun así, se sentía muy
orgulloso de ellos. Pronto tendría que volver, volver y agradecerles
públicamente el haber arriesgado sus vidas por protegerlo, a él y a su manada.
Como su hermano parecía estar bien, siendo acompañado por una Dayira callada y
seria, perdida en algo que le rondaba la cabeza, decidió dirigirse hacia su
marido.
El Alfa estaba allí
parado sobre la arena, observando su hogar, las pocas piedras que quedaban de
él. Había tomado la decisión más beneficiosa, la más razonable, y que demonios…
la única que tenían para evitar más muertes. Pero el orgullo de Neo como Alfa
había quedado herido, su corazón lloraba por sus familiares muertos, su
culpabilidad por haber llevado a su manada a esta batalla sin sentido lo ahoga
en desesperación. Sus ojos vidriosos se alzaron hacia el cielo, buscando la
Luna. Seguramente queriendo preguntarle el porqué. El por qué de sus
decisiones… que buscaba de él. Que quería que hiciera.
Raven sintió algo líquido
mojándole la mejilla, alzó la mano y unas gotas de sangre embadurnaron sus
dedos. Sentía tanta pena, tanto dolor cuando observaba a Neo. ¿Qué demonios
debían hacer a partir de ahora? Su matrimonio no haría más que traer dolor, un
dolor que puede que debieran evitar. Era mejor que sufrieran ellos a que la
manada entera fuera destruida por su culpa.
Avanzó unos pasos más
hasta acercarse al lobo dorado. Neo lo observó despacio, sin necesidad de
hablar o intercambiar información, bajó el morro despacio y lo apretó contra el
cuerpo del vampiro, dejándose acariciar el morro por él. Sintió un resquicio de
paz entre tanto dolor.
Tenían que hacer algo,
que cambiar el futuro al que esa unión los llevaba. Si querían mantenerse
juntos, tendrían que luchar.
Raven apretó la cara
contra el pelaje del morro de Neo, sintiendo las hebras suaves frotándose
contra su piel. Más lágrimas silenciosas cayeron, empapando el dorado de
carmesí, pero a ninguno les importó. Siguieron rozándose con necesidad, hasta
que el tiempo pasara y estuvieran preparados para afrontar lo que había
ocurrido.
La mano del vampiro pasó
a través de su pelo, acariciándolo con ligeros temblores. Su voz aguda, ahora
grave y entrecortada.
—Lo siento… —susurró.
Neo se apretó más contra
él para que callara, pues ya no había manera de volver a atrás, solo podían
mirar hacia delante y luchar.
Y lo harían juntos.