Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 1
Bien, otro día más. Roberto con los ojos cerrados volvió a repasar mentalmente la presentación que tenía programada esa misma mañana. Las frases y palabras técnicas viajaban por su cabeza mientras intentaba volver a memorizar las fechas. Maldeciría eternamente esa memoria de pez que tenía. También daba gracias a su hermana Beatriz, por ayudarlo con esos pequeños trucos que conseguían hacerle recordarlas. Pero cuando se almacenaban tantas de ellas, algunas veces solo lograba hacerlo dudar. Confundía unas fechas con otras y… el persistente sonido del agua tras su cabeza lo desconcentró.
—Oh, joder… —ahí iba su hermana otra vez.
Ella sabía que al estar el cuarto de baño pegando con el cabezal de su cama, a él lo molestaba infinitamente el ruido de la ducha. También sabía que tenía una presentación y le quedaban cuatro horas para estar completamente preparado.
Se sentó en la cama y golpeó la pared dos veces. Esta retumbó.
Como si le hubiera hecho caso, el agua se cortó durante unos segundos. Después de que suspirara aliviado, casi como si se estuviera riendo de él, el agua volvió a correr, ahora, casi podría asegurar, con más fuerza.
—Dios… lo que hubiera dado por ser hijo único —gruñó, chispeando las palabras entre los dientes. Bien sabía que no iban en serio pero… en estos momentos enervantes le aliviaban.
Habiéndose duchado la noche anterior, y a sabiendas del inmenso tiempo que necesitaba su hermana para acicalarse todas las mañanas, optó por ir al armario, buscar algo medio adecuado, cosa que hacía siempre que tenía que hablar en público, y vestirse. Se colocó unos vaqueros negros y un polo oscuro con rallas horizontales blancas.
Recogió un poco el cuarto, hizo la cama, cosa que odiaba por cierto, y comenzó a guardar el portátil donde tenía toda la información que necesitaría. Justo cuando cerraba la cremallera escuchó la puerta de la calle cerrarse. Miró su reloj, era hora de que su madre fuera a trabajar.
Roberto, no es que estuviera en desacuerdo con la decisión que había tomado, es solo que su madre nunca lo había hecho antes. De todas formas, también comprendía que cuando la necesidad apretaba las costumbres poco contaban. Desde que su padre había muerto hace un año de cáncer, su madre había estado haciendo cuentas para poder llegar a fin de mes. Tenían un pequeño seguro que su padre había estado preparando desde que descubrió que padecía tal enfermedad, mientras que su madre había confeccionado algunos trajes de bebés para una pequeña boutique. La dueña era una conocida suya, sospechaba que de cuando se sacaron el título de corte y confección. Ahora también contaban con su sueldo de camarero, lo malo de ello es que no era fijo, ni siquiera de medio tiempo, solo acudían a él cuando había alguna baja o exceso de trabajo. Su madre decidió pedirle a esa amiga un trabajo fijo y ahora, después de solo varios meses, ya estaban planeando las dos amigas una compra de acciones. Todo iba a mejor.
Pasó directamente por la puerta del baño, escuchando a su hermana cantar, horriblemente admitió, y saltó las escaleras, buscando en la cocina algo que su madre, bendita fuera, hubiera dejado preparado para ellos. El olor a café entumeció sus sentidos.
—Gracias a Dios —susurró, echándose una taza y añadiéndole un toque de leche con una ligera cucharada de azúcar.
Miró por la mesa y cogió un cruasán, no era su desayuno habitual pero… hoy necesitaba un exceso de azúcar para poder pensar bien. Buscó en la nevera y le preparó a su hermana un vaso de zumo de naranja, se lo colocó al lado de bollo integral.
Beatriz llegó unos segundos más tarde, silbando y vestida con una fina camiseta de tirantes naranja y unos vaqueros piratas de color blanco. Se sentó en una silla cercana y se echó el pelo hacia atrás antes de coger el zumo y bebérselo en tres tragos. Posteriormente atacó el bollo.
Roberto no podía más que sonreír, su hermana era pequeña, grácil, sonriente y preciosa. Se sentía secretamente orgulloso de ella, aunque se cortaría la lengua antes de admitirlo. Esa renacuaja también era un diablo que había pasado toda la vida, o por lo menos desde que había tenía plena conciencia de sus facultades, molestándolo y burlándose de él hasta la saciedad.
La adoraba pero reconocía que era como un grano en el culo.
Tenía esa personalidad extravagante, extremista, cambiante. Oh Dios, de verdad que lo volvía loco, o locamente preocupado. Cada vez que salía sola por la puerta se aterraba, esa niña era un imán para los problemas.
—Si la princesa ha terminado, ¿puedo ir por fin al baño o desea que le traiga cualquier otra cosa, majestad?
Los almendrados ojos, de un color marrón verdoso se abrieron ampliamente, haciéndose la ofendida y pestañeando con rapidez, intentando parecer una de esas pijas que abundaban en su facultad.
—No, lacayo, ha trabajo bien esta mañana. —Roberto rió suavemente y ella lo miró de nuevo, ahora con malicia—. Pero he vuelto a usar tu cepillo de dientes, él mío estaba demasiado estropeado así que lo tiré.
Era el turno de Roberto para abrir ampliamente los ojos.
—Maldita sea, Bea. Sabes que odio que utilices mi cepillo de dientes. Es algo personal, es…
—¿No quieres que la policía confunda nuestro ADN? —preguntó seriamente pero con la risa bailando en su ojos.
Roberto abrió la boca para contestar pero terminó cerrándola. ¿Policía? No pudo resistir y sonrió.
—No creo haber hecho nada para temer eso, y espero que tú tampoco.
Escuchándola reír, se dirigió dispuesto a asearse, lo primero que hizo fue tirar su cepillo de dientes.
Así comenzó aquel día, terminaron de coger todo lo que necesitaban y se dirigieron a la Universidad. Por supuesto, Roberto sabía que tenían una parada programada antes de llegar. Pensó que sería rápida, pero…
Roberto bostezó, llevaba demasiado tiempo parado en la puerta de aquella tienda. Encogió la cara cuando una pequeña gota le cayó en la mejilla, miró al cielo. Bien, lo que le faltaba, empezaba a llover. No había cogido el paraguas aquella mañana, ¿para que? Ni siquiera había estado nublado. Aunque… ahora recordaba algo de lo que su madre le dijo la noche anterior, mientras veía el parte meteorológico. Eso le pasaba por nunca escucharla. Parece que aun a su edad, todavía necesitaba de los consejos de mamá. Aquel pensamiento le hizo un poco de gracia.
Suspiró y reunió todas las fuerzas que tenia para abrir la maldita puerta. El sonido chirriante de la campanilla solo terminó por cabrearlo un poquito más. Los días en los que se levantaba con el pie izquierdo eran mejor ni hablarle. Por supuesto, ver a su pequeña y desastrosa hermana, completamente enfrascada en un viejo libro de quien sabe donde había sacado, tampoco lo animaba mucho.
—Bea ¿todavía no acabas? Sabes que tengo una presentación muy importante dentro de dos horas.
La aludida, simplemente movió un poco la cabeza, dándole a entender que lo había escuchado pero sin dar indicios de querer despegar los ojos de aquellas páginas.
Roberto sonrió un poco y le colocó cariñosamente la mano sobre la cabeza, revolviéndole el corto cabello café. La sintió removerse un poco, farfullando levemente mientras seguía a lo suyo. La conocía lo suficiente para saber claramente lo que significa ese movimiento. Hermano pesado, vete al infierno y déjame en paz. A mí y a mí libro.
De todas formas, al notar que no iba a disuadirla de dejar la novela, porque estaba claro que eso es lo que estaba cuchicheando, comenzó el mismo a mirar alrededor de la tienda. Las estanterías eran algo altas, no pudo aguantar la risa al imaginar a Bea intentando escalar por ellas mientras hacia una de sus búsquedas. Realmente parecería un mono buscando plátanos.
Volvió a mirar su reloj, las once menos cuarto, se quedaba sin tiempo. Era verdad que no estaban muy lejos de la universidad, aun así tendría que ir apresuradamente si no salían ya de allí. Él no era alguien que se tomara bien el estrés y mucho menos cuando había fechas a medio aprender por medio.
Miró unos momentos a Bea y después terminó por seguir el campo de visión hacia una fila de libros. La etiqueta ponía Fantasía. Bien, a él no le interesaba mucho ese tema, aun así paso el dedo por los cantos de los libros, leyendo brevemente alguno de los títulos. Su mano se paró sobre uno que misteriosamente no tenia nombre. Aquello si que consiguió llamar su atención.
Lo cogió y antes de abrirlo, se lo llevó a Bea. La chica lo sintió caer sobre el que estaba leyendo y se volvió para mirar a Roberto con una cara interrogante.
—¿Qué es esto?
—Bueno, no lo se. Por eso vengo a enseñártelo.
Bea entrecerró los ojos con extrañeza, para después centrarse de lleno en el libro. Tocó el cuero marrón que lo forraba, pues como bien decía Roberto, no había nada escrito, ni en el canto, ni en la tapa. Nada en el reverso. Se frotó los dedos antes de abrirlo.
La primera hoja era una serie de escritos, con letras extrañas y una caligrafía amplia pero elegante. Tenían un color dorado, y cuando volvió la página, ella juró que las vio aparecer de repente, como si antes no estuvieran ahí.
—Esto no puede ser —se dijo así misma.
—¿El qué?
Bea cerró el libro y lo volvió a abrir, esta vez por el centro. Estaba en blanco. Tragando saliva, un tanto nerviosa ahora, volvió de nuevo a las primeras páginas. Para su sorpresa la tercera estaba empezando a escribirse. Las raras letras comenzaban a aparecer por si solas.
—Dime que estoy viendo lo que realmente estoy viendo.
Roberto, bastante serio, agarró el libro sin lograr que la chica lo soltara, aun así, consiguió pasar los dedos sobre la caligrafía.
Se le abrió la boca cuando sintió el papel caliente.
—¿Pero que demonios? —bruscamente se volvió hacia el mostrador, buscando al dueño de la librería, sin duda, esto era algo que compartir. Necesitaba a alguien que le diera una explicación y le confirmara que no estaba volviéndose loco.
No pudo hacer nada. Una extraña luz los envolvió, no le dio tiempo a gritar, inconscientemente, lo único que pudo hacer fue coger a Bea de la cintura y apegarla a su cuerpo. Tampoco pasaba nada, seguramente ahora se caería de la cama, se despertaría y maldeciría sus malas mañas para dormir… o eso pensaba.
*****
Le dolía la cabeza como mil demonios, Roberto se tocó la sien, aunque sentía mas magullado el trasero después de la tremenda caída. Echó mano hacia atrás, sin duda la maldita cama era alta, bien… esto…
—Esto no es… –gruñó cuando se volvió a ver que era eso tan duro que tocaba, porque claramente, no era su enorme pero sin duda, blanda cama.
Bien, era una fuente. Se restregó los ojos y despacio comenzó a levantarse. Sus zapatos estaban pisando tierra, y sus manos tocando la fría piedra de la enorme fuente. Cuando se decidió, aun con cierto temor, a girar la vista a su alrededor, casi deseó no haberlo hecho. ¿Pero que demonios? Todo estaba repleto de pequeñas cabañas, gente que parecía sacada de un libro de caballeros medievales andaban por allí alegremente. Un poco más a su derecha había una enorme fortificación. Un castillo… ¿Eso era un maldito castillo?
Vale, todo estaba bien, tenía que tranquilizarse. Reconocía que no era una persona lo que se decía valiente, tampoco es que fuera un cobarde, o por lo menos eso quería creer él. Pero esto… esto lo superaba ¿Cómo demonios había llegado allí? Le costaba un poco recordar algo de lo sucedido anteriormente. Estaba… en la tienda de libros de segunda mano que tanto le gustaba frecuentar a Bea, cuando encontró un libro sin nombre, la extraña caligrafía, la luz… ¿Bea? ¿Donde diablos estaba Bea?
—¡Bea! —gritó girándose sobre sus pies para mirar el otro extremo de la calle—. ¡Bea! ¡¿Me oyes?!
Oh dios… ella no estaba allí. No había caído con él. Podría estar en cualquier lugar de ese… mundo extraño. O… podría haberse quedado en aquella librería. No, aquel era un consuelo tonto ya que recordaba claramente su agarre permanente alrededor de la pequeña cintura. Tenía que buscarla, tenía que encontrarla. No quería ni imaginar lo asustada que tendría que estar sola en aquel sitio.
Pensaba echar a correr cuando le tiraron del pantalón. Su primera reacción fue dar un salto hacia atrás, pero cuando vio una pequeña manita volver a estirarle, bajó cautelosamente la vista.
—Señó, señó. Hoy es día festivo. Mami dice que se nos esta permitido hacer ¡bum!
Ante el pequeño chillido del niño, Roberto se encogió un poco. Después cuando nada pasó volvió a poner los ojos sobre él. El chiquillo no tendría mas de seis años, parecía revoltoso, y la falta de las dos paletas solo le daba un aire aun más travieso.
—¿Bu- Bum? —preguntó dudoso mientras seguía observando los pantalones raídos del niño junto a esa camisa dos veces mas grande de lo adecuado y llena de remiendos.
El pequeño asintió, y de repente, su cara se iluminó mientras pegaba saltos y señalaba justamente a su espalda.
—¡Achí! —gritó.
Roberto consiguió darse la vuelta lo suficientemente rápido para ver a un anciano acercarse a la fuente y tocar la estatua elegantemente esculpida de una mujer desnuda.
El niño llevaba razón, se escuchó una especie de “puff” antes de que, para su completo horror, las manos de la estatua se despegaran de la roca y con todo su cuerpo, empezara a balancearse, a agitarse, en una extraña danza que lo había dejado pasmado.
Vale, reconoció, estaba tan acojonado que lo único que pudo hacer fue echarse hacia atrás y caer de culo al suelo. La arena amarilla pegada a sus vaqueros y seguramente sus manos bastante desolladas.
—Pero que mierda… —masculló aterrado a la vez que, de quien sabe donde, ahora sonaba una extraña música—. Tengo que salir de aquí, tengo que ir… tengo que… —antes de darse cuenta estaba corriendo, sin dirección y a lo loco.
El corazón le retumbaba en los oídos, no recordaba ningún momento en el que hubiera estado tan asustado como este. Tropezó con algo y volvió a parar al suelo, estaba vez hincando la rodilla. Su respiración estaba como loca, sobre todo porque la música parecía no disminuir su volumen, como si por algún motivo le siguiera.
—Joven, ¿por qué corre de nuestra querida Diosa Fanghial?
Supuso que la voz era propiedad del dueño del duro pecho con el que había chocado. Se levantó lentamente, no queriendo mantener contacto visual con aquel hombre.
—No, yo solo… no se donde estoy y… —Dios, esto era de locos.
El hombre encogió el ceño y miró fijamente a Roberto, inspeccionándolo. Ahora no solo su voz era agresiva, si no que sus ojos lo estaban acribillando.
—¿Alquimista? ¿Eres un hereje?
¡Mierda! Roberto se echó hacia atrás, levantando las manos a cada lado de su cara y negando con la cabeza. No sabía porque los alquimistas eran herejes, ni siquiera sabía si los alquimistas existían, pero por la mirada de todas las personas a su alrededor que se habían detenido al oír la acusación del hombre, suponía que no era algo bueno y que su suerte en ese día, seguía siendo igual de pésima que cuando se levantó.
—No, de verdad, no se de que está hablando… yo no…
La primera piedra cayó justamente sobre su sien. Sintió un mareo tan grande que se le doblaron las rodillas. La segunda le golpeó el brazo y las siguientes continuaron en un reguero de golpes por todo su cuerpo. Intentó cubrirse la cabeza, porque… no podía morir de aquel modo ¿verdad? No temblando apedreado contra el pie de una fuente que bailaba sola, no en un mundo que no debería existir, no sin saber cual era la suerte que correría Bea, no sin poder ver a nadie que le importara nunca más.
Quiso levantarse, defenderse, enfrentarse a toda esa gente ignorante que lo estaba atacando sin saber absolutamente nada de él, solo y únicamente porque a alguien le había dado por acusarlo de ¿alquimista? Podía escuchar los insultos rallándole los oídos. Vaya, nunca pensó que hubiera hecho nada para merecerse ser llamado así.
Algo que sin duda no era una piedra chocó contra su pierna. Los ataques pararon y temerosamente levantó la cabeza. La luz del sol se encontraba opacada por el cuerpo de un fuerte hombre que lo cubría, de pie frente a él.
—¡Alto! —ordenó.
El alboroto seguía elevándose a su alrededor, los insultos y alguna que otra piedra seguía volando junto a él. De pronto, una de ellas, visiblemente desviada de su objetivo principal chocó contra la mejilla de aquel enorme gigante, y todo el lugar quedó en completo silencio. Roberto pensó que incluso habían dejado de respirar.
—¿Pero que…? —el susurro se escuchó tan leve que Roberto tardó varios segundos en darse cuenta que había sido él.
La tela que cubría la enorme espalda de aquel gigante se arrugó un poco, señal de que había cuadrado los hombros. No tenía que verle la cara para saber que estaba acribillando con la mirada a cada uno de los presentes.
—¿Quién diablos ha comenzado esta atrocidad? —un gruñido vibrante elevó el peligro de la pregunta.
Hubo un ligero murmullo a su alrededor, pero ninguno parecía capaz de dar un paso adelante. Roberto sacudió la cabeza para intentar que su visión se aclarara y aquella nubosidad de su mente se despejara por completo. Se levantó despacio y cogió el antebrazo del gigante mientras que con la otra mano se frotaba la frente.
—No pasa nada. No se donde estoy… y ellos…
—¿Vienes con alguien llamado Beatriz? —preguntó de repente.
Su cabeza pareció despejarse de golpe ante la pregunta. Con el firme agarre en el brazo del gigante, Roberto consiguió estirazarse y levantó la vista.
—¿Cómo diablos sabes… que…? —su voz se entrecortó. El mirar a aquel gigante lo hizo estremecerse. ¿Lo que sentía eran nervios? Aquellos ojos negros… parecían querer tragárselo por entero. El corte severo de su mandíbula. Los finos labios. Los rebeldes rizos de un rubio oscuro cayéndole sobre los ojos, tan bellamente cortados en contraste a la ruda cara—. Quién… tu… yo…
El gigante alzó una ceja.
—¿No sabes hablar?
Roberto sintió como el calor subía a sus mejillas y se le abrió la boca de la vergüenza.
—Por supuesto que sé —gruñó con cautela. Tragó saliva y dijo—: Es solo que… cada vez que abro la boca meto la pata, y… —apretó los labios. ¿Por qué ese maldito lo aturdía tanto? Es normal que cualquier persona se sintiera intimidada ante tal gigante, pero… las piezas en su cerebro por fin volvieron a encajar—. ¡¿Conoces a Bea?! —medio gritó.
El gigante lo inspeccionó de arriba a bajo, como evaluándolo. Al final sus dedos se alzaron hasta la frente de Roberto y como el aleteo de una mariposa, o así lo sintió el moreno, una caricia repasó el corte de su sien.
Él aun esperaba una respuesta, pero el extraño hombre, solo se volvió hacía el público que los miraba y que parecía sin prisas por disolverse. Sus ojos se habían cubierto de una fina capa oscura, tenebrosa, y cuando su voz se alzó sobre el silencio, Roberto juró escuchar algún que otro gritito ahogado.
—¿Quién ha lanzado la primera piedra? —demandó.
Más murmullos cubrieron los pasos de un hombre de no más de treinta años. Avanzó despacio, temeroso, aunque la palidez de su cara demostraba que el hombre estaba aterrado.
Roberto volvió a agarrarlo por el antebrazo, como hacía unos momentos.
—No pasa nada. Estoy bien… —se mojó los labios—. Ese hombre esta a punto de desmayarse.
Y vaya si lo estaba, sus pequeños ojillos se agitaban aterrados sin saber donde colocar la mirada, mientras que frotaba bruscamente sus manos, los nudillos blancos de tanto apretárselos. Roberto estaba tan ensimismado catalogando al hombre que no predijo la sacudida que dio el gigante para poder liberar su brazo.
Alejándose de él, el enorme rubio se acercó al aldeano. La diferencia de estatura estaba rallando lo ridículo. El pálido hombre no le llegaba al gigante ni por el pecho.
A los pocos segundos un bofetón cruzó el silencio como un rayo. Le había golpeado con el revés de la mano y el pobre desgraciado fue a parar al suelo, a casi un metro de su posición. Sangre corría por sus labios.
—Cualquier persona que toque a este chico se las verá conmigo. No dejaré que nadie ose hacerle daño.
Roberto se quedó con la boca abierta. ¿Pero qué…? ¿Porqué diablos él contaba con la ayuda de ese extraño y enorme rubio? En realidad no sabía si estar aliviado o en guardia.
El jaleo se alzó entre el tumulto, mientras otros dos aldeanos recogían al pobre hombre del suelo. Roberto casi había sentido lástima de él a pesar de que casi lo matan. Eso es, casi lo matan, entonces que se jodiera, o eso le gustaría pensar si su conciencia le dejara.
El grito de un hombre moreno, de enormes ojos verdes, volvió a tener la atención.
—Señor. ¡Usted no tiene poder para evitar la ejecución de un alquimista! Si su hermano estuviera aquí-
El gigante rubio se rió. Una risa profunda que estremeció a Roberto como un rayo bajando por su columna.
—Si mi hermano estuviera aquí, te habría cortado la lengua antes de que hubieras podido terminar de pronunciar la tercera palabra.
Los ojos verdes del hombre se estrecharon, pero terminó por echarse hacia atrás, no de acuerdo con su respuesta pero sin poder para contradecirle.
—Bea —pronunció de nuevo Roberto, viendo por terminado ya la discusión con aquella gente—. ¿Dónde está Bea? ¿Y quién eres tú?
—¿Vienes solo? ¿Ella y tú? —preguntó visiblemente contrariado.
Roberto no entendía la manía de ese hombre a ignorarlo. Estaba comenzarlo a cabrearse.
—Si. Solo ella y yo hemos venido a parar aquí —se acercó un poco más—. ¿Quién demonios eres tú y donde diablos está ella?
Nunca había sido una persona mal hablada y mucho menos histérica, pero en estos momentos no sabía que pensar, estaba tan confundido, tan… asustado.
El gigante aprovechó la cercanía para cogerlo por la barbilla, tan bruscamente que Roberto aguantó un quejido. Después ambas caras estaban una justo sobre la otra. Roberto abrió la boca para hablar, pero la cerró al momento. Parecía que aquellos ojos negros lo tenían completamente inmovilizado, la punta de la aguileña nariz rozando con la suya, por no contar que estaba seguro de que si se acercaba un poco más podía notar la aspereza de una barba de dos días. Podía ver ese visual rubio cubriendo su mandíbula.
—¿Eres una mujer? —le oyó preguntar.
¿Una mujer? Roberto no se había sentido más ofendido en toda su vida. No entendía a que venía la pregunta. Maldición, daba igual el mundo en el que estuviera, o las diferencias que hubiera con el suyo. En cualquier sitio sería claramente identificado con un hombre. ¿Había cualquier parte de su cuerpo que le dijera lo contrario? ¿Tendría algún aire sospechoso del que ni él mismo se había percatado? ¡Diablos, no!
Esa sola idea hizo que Roberto reaccionara. Con un brusco movimiento golpeó con el codo al gigante, escuchándole de jadear al quedarse sin aire.
—¿Eso responde a tu pregunta? —le gruñó Roberto.
La mirada que recibía del otro hombre era sin duda una contrariada, como si no entendiera que estaba pasando allí. ¡Se suponía que el perdido era él!
—Eneas.
Roberto se giró al escuchar una nueva profunda voz venir de su izquierda, tan clara que le indicada sin dudas que la persona estaba próxima a él. No pudo saber quién era porque unos ligeros pero firmes brazos se engancharon a su cuello y una pequeña melena café le revoloteó sobre la cara.
—¡Dios, Roberto! ¡Que alegría que estés bien!
Roberto se quejó ante el peso de la muchacha, ya que sentía cada fragmento de su cuerpo adolorido.
—No tan bien como crees —suspiró, retirándola y acariciándole la cara. Esa piel suave y sus amables ojos le tranquilizaron infinitamente—. Yo soy quién se alegra de que estés bien. Estaba aterrado cuando no te vi a mi lado. Creía que habías caído por ahí, y estabas sola y llorando.
—Yo no lloro, idiota —se quejó ella, con una gracioso puchero y golpeándole el brazo ligeramente. Cuando lo sintió de encogerse, se acercó lo suficiente para verle todo los arañazos y contusiones—. ¡Madre de Dios, como te has hecho eso! ¿Estás bien? —preguntó algo desesperadamente mientras le acariciaba y buscaba más heridas por todos lados.
—Regular, es solo que… mientras tú… -levantó la vista, ahora sí, observando al hombre que había traído a Bea—. …estabas ligando tranquilamente con otro gigante rubio, yo estaba siendo apedreado por unos aldeanos del infierno.
Beatriz abrió la boca horrorizada.
—¡Apedreado! —gritó y se giró tan rápido que casi se cae—. ¡Eros, tu gente ha apedreado a mi hermano! —volvió a gritar.
Ahora, por fin, un poco más tranquilo, Roberto pudo revisar al otro gigante. Para su asombro era casi igual que el primero. Que diablos, eran idénticos. Sin dudas tenían que ser gemelos. Las únicas diferencias eran sus ojos azules, y su cabello, que aun contando con los rebeldes rizos rubios, estos caían libremente rozándole con suavidad los hombros.
Roberto se volvió a tocar la frente, le dolía inmensamente la cabeza. Pero… Eneas y Eros, dos gigantes rubios que parecían conocerlos demasiado bien. ¿Cómo y porqué?
Beatriz no hacía más que dar vueltas a su alrededor, y Roberto estaba comenzando a sentirse mal. Muy mal. Seguramente, algunas de esas piedras le habían golpeado duro en la cabeza. Sintió un leve mareo, pero el suficiente para que su equilibrio se tambaleara. Suponía que hubiera caído al suelo si un brazo fuerte no le hubiera aguantado el peso.
Levantó la cabeza y observó a Eneas. Desde que había llegado allí ese gigante solo había procurado su seguridad. Ahora mismo lo sujetaba, podía sentir su mano entera presionando su espalda para mantenerlo firme y sin embargo, aquel toque se sentía inseguro, como si realmente no quisiera hacerlo.
—¿Hermano? —dijo Eros, refiriéndose claramente a Roberto y Beatriz. El otro gigante rubio miraba a Roberto, escrutándolo severamente. Vaya, justamente como su gemelo había hecho.
—¿Hay algún problema con eso? —preguntó bruscamente Roberto.
No era lo único que quería preguntarles, pero teniendo de nuevo a su hermana junto a él, ya se daba con un canto en los dientes. Quería saber tantas cosas y sabía que su cabeza no estaba preparada. Lo que más urgencia le corría, casi más que salir de aquel extraño mundo, era echarse. Hasta el estómago comenzaba a revolvérsele.
Supuso que Eneas se dio cuenta porque dijo:
—Deberíamos llevarlos a Granmor. Tengo que curarle y… —pareció dudar, sus ojos evitaron la cara de su hermano—, es un hombre.
—¿Eso de nuevo? —volvió a gruñir Roberto.
—¿Granmor? —preguntó a su vez Beatriz.
Roberto deseaba chillar como un bellaco para que le hicieran caso. No hubo suerte. Nadie le respondió y Eros, con una mirada dulce a Beatriz, sonrió calidamente.
—Granmor, no es solo el nombre de mi reino, también es el nombre de mi fortaleza.
Beatriz se puso las manos en la boca cuando alzó su mirada y siguió la dirección del dedo de Eros.
—¡No puedo creer que ese castillo sea tuyo!
Eros se acercó a Beatriz y le acarició la nuca, deslizó los enormes dedos como si fueran plumas por su piel, hasta que la chica se sonrojó.
—Ahora también es tuya.
Aquellas palabras rondaron la mente de Roberto como si tuviera una bala pasando de sien a sien. No podía haber escuchado lo que él creía, ¿verdad? Ese tío, de ese mundo desconocido, que se suponía era el rey o lo que fuera de aquel lugar… no estaba reclamando a su hermana como suya. No… eso no podía ser, era una tontería, ¿verdad?
Su vista volvía a nublarse, y esta vez, otro brazo de Eneas le cubrió el cuerpo, esta vez el pecho, intentando sujetarlo con más seguridad.
—Tú… que… —murmuró con bastante poca coherencia. Roberto no tenía fuerzas y aun así sabía lo que debía que hacer. Coger a su hermana y salir de aquel sitio. Buscar la manera de llegar a su mundo—, quieres… mi hermana no… yo no te… daré…
Todo se puso nubloso, sintió que caía muy profundo en algún sitio y su dolor se iba. Bien, ahora podría descansar, de la forma en la que fuera.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarFati me ha encantado, has conseguido transmitir ese aire de fanatismo y de ignorancia que suponemos tenian otros tiempos antiguos(edad media?) y por otro lado has creado una gran cantidad de intriga con la continuación(eso de no eres mujer, o es tuyo ahora tambien, ...)
ResponderEliminarEn fin, que lo de la presion no va a ser ahora fuerte ni na , chiquilla.... Gracias.
Con los de copas , me siento como una comadrona con un parto largo,duro y fatigoso... pero confio en ti y sera una gran criatura...jjejejeje
Ita, ya veo que te equivocaste en poner el comentario, da igual, espero que leas este y me digas que te parece.
ResponderEliminarCuqui, niña, que alegría verte por aquí!! Siempre que cualgo un capi al día siguiente puedo estar segura de que te pasarás por aquí, y eso me hace feliz.
Sobre lo de la ignorancia de esa época, es lo que más dificil me va a resultar, pensar en como lo harían ellos, y que cosas no saben... por eso intenté hacerlo en un mundo imaginario, es decir... si fuera el pasado no habria magia, es un mundo diferente, así puedo tener más margen de error, en referencia a eso.
Sobre el misterio, bueno, en el próximo sabrás porque le dice lo de la mujer, jeje, y lo de Bea también. Normalmente no suelo meter personajes femeninos en mis novelas, pero en esta voy a intentar romper todos los moldes. Es rara, con una fuerte inyección de intriga, pasión contenida, desesperación, magia, secretos venideros, amor, bueno... muchas cosas XD
Espero que me sigas hasta el final.
Sobre copas... nada más que decir que estoy a punto de parir. Esta noche me daran las contracciones, mañana por la mañana ya estará asomando la cabeza y... por la tarde supongo que podrás meterle el chupe.
Ya me dirás jajajaja XD
Sii soy algo despistada, no creo que sea la última vez que me ves hacer cosas desconcertantes, así que tenme paciencia jejeje
ResponderEliminarPues ya he leído éste tambien y me ha gustado mucho :)
Que risa eso de ¿Eres una mujer? ¬¬ ya me estoy imaginando porqué hace ese comentario, pero por el amor de dios, dicho así da a entender que Roberto es un afeminado, el pobre jajaja
Ita, Robby no es afeminado!! Eneas lo dice por otra cosa que explicaré en el segundo capítulo.
ResponderEliminarYa verás, todo se vuelve mucho más interesante. La semana que viene ya lo verás.
Gracias por pasarte, jeje.
Has vuelto a despertar mi curiosidad. Hay algun genero que no domines?.Teniendo en cuenta el miedo que da lo desconocido, solo hay que ver la reaccion de los lugareños, espero la semana que viene saber mas de este nuevo mundo o dimension o lo que sea.Besos (casi se me olvida Bea promete... o me equivoco?)
ResponderEliminarIso, Robby no está más desesperado porque realmente no quiere creer que eso que está pasando es real. Además, la preocupación por su hermana hace que olvide un poco lo demás.
ResponderEliminarBea es una cabeza loca, y como bien deduces, es un personaje importante. Vamos a ver... en realidad este libro iba a ir de ella y Eros, pero después de pensarlo un poco, decidí que tendría más futuro en lo homoerótico, o por lo menos yo lo escribiría con más ganas. A parte que una pareja gay como Robby y Eneas, aunque fuera secundaria en un libro hetero, podía no gustar... así que... simplemente opté por lo que a mí me apetecia.
Si comentamos la rara personalidad de Bea, ahí si soy culpable. Me gustan los personajes femeninos alocados, aniñados y dulces, con un raro sentido de la preocupación XD Además creo que esa es la mejor personalidad que puede tener para congeniar con la de su hermano.
Sobre si hay algo que no se me de bien... mmm.... yo intentó picar en todas las flores pero vamos... seguramente unas saldrán peores o mejores que otras. Creo que tengo mas diversidad de movimiento que otras autoras simplemente por hecho de ver anime, aunque parezca una tontería. Se ven tantos campos que al final tu misma amplias tu mente XD
No se si me he explicado.
Gracias por leerme Iso, eres como cuqui, siempre tendré ánimos de seguir porque sé, que por lo menos vosotras, estaréis ahí para mí. Muchísimas gracias.
Gracias a ti, corazón, por tomarte tu tiempo y dejar que disfrute/disfrutemos de tu trabajo, se que te gusta escribir y a mi leerte asi que miel sobre ojuelas, y recuerda ir a tu ritmo.Besitos
ResponderEliminarwow pinta estupenda la historia !!! me encanta llegar cuando las historias estan empezadas porque asi tengo una pila de capítulos por leer ...
ResponderEliminarNo conocía la página pero ahora que la he descubierto devoraré el relato .
Promero comentar
Gracias por la historia
Judith