domingo, 29 de agosto de 2010

Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 7)

CAPÍTULO 7

Entrada: xx/xx/xxxx
Por fin tengo a mi ángel aquí. Conseguí pasar por encima de su familia, por encima de mi Alfa. Reclamé a mi compañero y lo tengo durmiendo en mi cama. Desde aquí puedo oler su leve fragancia a sangre, el rechinar de sus dientes mientras duerme. En un sonido que más que molesto, resultaba excitante. Me hace recordar la noche anterior, cuando lo tuve frotándose contra mi cuerpo, cuando probé su enorme miembro y lo tragué entero. Tan frío, tan suave, tan hombre.
Pero está la nueva visión, he visto a varios seres pululando por los alrededores, vigilando, entrometiéndose. Eso me tiene preocupado, aunque mi mayor problema en estos momentos es el Alfa. Estoy seguro de que no me he equivocado al traducir sus miradas. Mira a mi ángel oscuro como si quisiera devorarlo, tomarlo y torturarlo hasta que muera con las piernas rebozadas en su esencia.
Quiere un trozo de él, ¡oh, si lo quiere!, pero no lo tendrá.
No lo permitiré.


* * * *

—Oh, Dios. Mi fantasía erótica.

No había otro adjetivo que se le pasara por la cabeza a Neo en aquellos momentos. Esa habitación era realmente morbosa. Ni siquiera se paró a escuchar los bajos sarcasmos de Raven ante su gran eufórica e improvisada opinión de aquel cuarto. Entró, con toda la familiaridad del mundo y comenzó una completa investigación.

Las paredes eran rugosas y estaban pintadas de rojo oscuro. Tanto los muebles, lisos y sencillos, como las largas cortinas que tapaban la ventana, eran de un negro brillante. Y la cama. ¡Oh, que cama! Neo se dejó caer en ella de un salto, disfrutando de la sensación. Redonda, de raso negro y… ¡Oh, de nuevo! Lo que había en el techo, ¿era un espejo del mismo tamaño que la cama? Joder, sí que se le estaba poniendo dura.

Raven seguía sacando ropa de los armarios, dejándola en un bajo pero amplio taburete que tenía a los pies de la cama. No quería ni mirar a Neo. Por supuesto que sabía lo que estaba pensando, aunque él no la diseñó con ese estilo por el mismo motivo que circulaba por la pervertida cabeza de su pareja. A él solo le gustaba la elegancia que transmitía el lugar. Maldición, echaría de menos su enorme y suave cama.

—Oye, Neo. ¿Me ayudas o terminarás haciéndote un trabajito sobre mi cama?

Neo bajó la cabeza para mirarse la herramienta con la que tendría que trabajar. Vaya, sí, seguro que tenía ganas. Pero…

—Bueno, podemos dejarlo para más tarde, jeje. O… —se levantó de la cama y se colocó detrás de Raven, su aliento, caliente, rozándole el cogote y haciéndole estremecer. La respiración del vampiro se aceleró—, como no sabemos cuantas más oportunidades tenemos, hagámoslo ahora.

Raven hizo un sonidito chulesco con la boca, mientras se quitara las manos de encima.

—Solo piensas en eso, ¿verdad?

Las manos volvieron a su cuello, acariciándolo. Sintió los labios húmedos en su oreja, con una parsimonia y sensualidad que comenzó a perturbarlo. Esa lengua, cálida y mojada, bordeándolo, jugando con su lóbulo.

Los lujosos zapatos que tenía sujetos, cayeron al suelo.

—¿Qué pasa, nene? ¿Quieres tirarme en la cama? ¿Quieres atarme a ella mientras me follas bien duro?

Raven tuvo un tic en el ojo. Cada vez respirando más rápido. Sus manos temblando. Se levantó del suelo en un rápido movimiento y empujó a Neo contra la cama, haciendo que cayera de espaldas en ella.

Sin esperar ni un solo momento se subió sobre él.

—Joder, siempre consigues lo que quieres —con su pecho subiendo y bajando bruscamente, Raven comenzó a desabrochar los pantalones del Alfa, con manos torpes pero rápidas—. Esta vez… te voy a enseñar de lo que soy capaz.

Neo soltó una de sus sonrisitas, intentando ver la expresión de Raven a pesar de la sombría habitación.

Levantó el trasero cuando los estirones de su vampiro se lo pidieron. Los vaqueros cayeron sobre el suelo de losillas rojas.

—Esta habitación… —Neo cogió aire al sentir las manos frías sobre su estómago, apretó los labios ante la sensación, mientras intentaba acostumbrarse al deseo que hacía vibrar violentamente su pene—, es un poco gótica, ¿no? No creía que tuvieras estos… gustos.

Un beso en el interior de la pierna, otro más arriba. Raven relamía cada trozo de piel que tenía delante. Tan caliente, una sensación que hacía que su boca se estremeciera, sabía a canela, a limpio, pero sin duda tenía un sabor fuerte y a la vez dulce. ¿Arroz con leche?

Tardó unos momentos en responder a Neo, esos muslos llamaban demasiado su atención.

—Es algo normal en la habitación de un vampiro. Nosotros solemos utilizar colores oscuros, los que menos luz recojan y menos brillen. Nos calman y nuestros ojos lo agradecen, por supuesto.

—Oh —gimió Neo. En un principio había sido un asentimiento, pero después se convirtió en todo un sonido gutural. Cogió bruscamente los cabellos azules de su pareja, apretándole la cara contra su entrepierna mientras disfrutaba del temblor de su punta contra los labios fríos y suaves de Raven. ¡Que gustazo! —. Y ese… —estaba mirando hacia el techo, pero tuvo que cerrar los ojos antes el tremendo placer que le entró por el cuerpo cuando aquella boca lo devoró por completo. Se removió, abriendo más las piernas y dejando que Raven comenzara con su sensual trabajo—, ese espejo… es un poco peligroso si entrara un rayo de luz o algo. Se reflejaría en él… y… daría directamente contigo que estás en la cama. No entiendo… es… ¿solo por morbo? —se mordió el labio mientras veía en ese mismo espejo, el movimiento de la cabeza del vampiro mientras se tragaba su miembro—. Joder… creo que con solo mirarlo me voy a correr.

Raven se quedó quieto. Aun tenía el sexo de Neo en su boca. Agradable, caliente, llenándolo por completo. Estaba ardiendo, como siempre que se restregaba contra aquel cuerpo duro y masculino. Pero al mencionar el espejo, un escalofrío le traspasó la piel. Una mala sensación que le hizo retirarse mientras se limpiaba la boca con el brazo.

—Espera…

Neo dio un fuerte gruñido de protesta. ¿Qué espera ni que diablos? ¡Había estado a punto de correrse en su boca! Oh, maldición, nada más de pensarlo sentía que le vibraba.

—¿Qué te pasa ahora? —se quejó, viendo como se sentaba a su lado y su cara comenzaba a arrugarse. Sombría pero triste, amenazante pero melancólica. Vale, estaba completamente perdido.

Raven se echó hacia atrás, apoyándose en las dos manos y dejando que su largo cabello oscuro cayera sobre sus oídos, rozándole casi el principio del cuello. Neo no podía dejar de pensar que estaba asquerosamente sexy. Mucho más de lo que le había parecido la primera vez. Oh vamos, si hasta daría dinero por tirarlo a la cama y él mismo montarlo hasta que las piernas no le dieran para más. Nunca pensó que podría desear que otro tío se la metiera por el trasero. Nunca, ni en sus peores pesadillas. Y ahora, ese tremendo vampiro lo llamaba, realmente no le importaba la posición, mientras estuvieran unidos, calor, humedad, fuego, para él bastaba.

—El espejo es mi castigo.

—¿Eh? —Neo, completamente perdido, lo miró como si le hubiera crecido otra cabeza—. ¿El espejo? ¿Qué pasa con el espejo?

Raven no pudo evitar sonreír ante el tono incrédulo del lobo.

—No me prestas atención —le recriminó en broma.

—Oye, nene. Es difícil tenerte ahí, sudando y medio desnudo, con los labios húmedos… esa cara… ese… esto… —tosió levemente—. Es difícil mirarte a la cara y prestar atención a tus palabras. Créeme que eso es lo último que me interesa en este momento.

Raven lo miró de reojo, no de buena gana. Parecía enfadado. Neo no sabía que decir. ¿Había dicho algo que pudiera molestarlo a ese extremo? Intentó rectificar. Se echó en la cama, cruzando los brazos tras su cabeza y cerrando los ojos. Todo quedó en pleno silencio.

Ahora el que no entendía que pasaba era el vampiro. Siguió mirándolo de reojo, mientras esperaba. Como no sucedía nada, se atrevió a preguntar.

—¿Qué haces?

—Escuchándote —dijo tranquilamente.

—¿Por qué tienes los ojos cerrados?

—Para no desconcentrarme.

—Ah… —y sonrió levemente, Raven ni siquiera podía pensar en que decir. Su Neo era mucho más tonto de lo que creía. También era halagador que tuviera que buscar trucos como ese para no saltarle encima. Bien, algo era algo. Se sentía un poco mejor ahora—. Si quieres escuchar, hazlo. La verdad, es que no es algo que me resulte agradable de contar.

—¿Pero quieres hacerlo? —Neo, esta vez si que giró la cabeza y lo miró, ahora mucho más serio. Eso era algo que a Raven le encantaba de él. Sabía cuando ser un idiota o estar atento. Aunque a veces intentara mezclar las dos cosas, cuando le dejabas claro lo que querías de él, lo hacía.

—Creo que sí. Además, cuando me presentaste a tu hermana, algo en mí creció. Sentía que yo necesitaba lo mismo.

—¡Espera, espera! ¡Frena! —Neo pegó un salto, quedando sentado en el mismo lugar donde momentos antes había estado tendido—. No me estarás diciendo que te has enamorado de mi hermana, porque ahora mismo te arranco la cabeza.

Raven soltó un quejido molesto por la boca y lo ignoró, como si lo que estaba preguntando fuera la mayor gilipollez del mundo.

—Deja de decir tonterías y escúchame, pedazo de idiota —Neo arrugó la cara pero se volvió a echar sobre las sábanas—. Yo tenía un hermano.

El Alfa lo miró de reojo, sin saber que decir.

—¿Tenías? ¿En pasado? —mal asunto.

El vampiro giró la cabeza, mirando una foto que había sobre la mesilla de noche. En ella se veían a dos muchachos, uno algo mayor que el otro. Muy parecidos, extremamente parecidos. Casi como gemelos.

—Ese es mi hermano. Desapareció cuando era pequeño. Un día salimos a correr, me gustaba subirme a su espalda mientras me daba rápidos viajes. El sentimiento del aire frío en la cara, los brincos de mi estómago cada vez que saltaba. Era algo que me encantaba. Pero… no recuerdo bien que pasó. Estábamos juntos atravesando el bosque y al minuto siguiente me desperté en mi cama. Mi hermano había desaparecido. Nadie sabía donde estaba, ni mis padres, nadie del clan sabía nada. Sin embargo… -Raven apretó las sábanas con su mano, estrujándolas fuertemente—, realmente no se si nosotros, los vampiros, tenemos un corazón, si tenemos un alma. Pero yo siento algo en el pecho, yo sé que él está vivo. Si le hubiera pasado algo, yo lo notaría. Lo sé.

Neo se sintió un tanto celoso por tanta devoción hacia el supuesto hermano mayor. Por un lado le daba coraje y furia, rencor hacia esa persona que le quitaba la atención de su vampiro, pero por el otro, sentía que debía hacer algo para ayudarle. ¿Pero qué?

Sus ojos ascendieron de nuevo hacia el techo.

—¿Y entonces el espejo? ¿A que te refieres con eso de castigo?

Raven encogió la cara, disgustado, pero terminó tendiéndose al lado de Neo y mirándose fijamente en él. Estaba como hipnotizado por su propio reflejo. Se miraba, como si fueran dos personas distintas. Sentía paz y horror al mismo tiempo. A veces veía como su reflejo movía la boca, como intentaba hablarle. Como… como….

—Cada vez que me miro, veo a mi hermano. No soy yo, es él. Se que es él. Quiere decirme algo pero yo nunca lo entiendo. No puedo llegar a comprender que es eso que tanto lo aflige. Yo sé que todo lo que pasó tuvo que ser mi culpa. Ese periodo de tiempo en el que no tengo ningún recuerdo, yo tuve que hacer algo para que mi hermano se fuera. Necesito verlo, necesito encontrarle. Mierda —gruñó, con una voz más fuerte de lo normal—. Odio esta parte de mí. Parezco tan vulnerable. Doy asco.

Por supuesto, Neo no le llevó la contraria. Si, no le quedaba nada bien ese lado tan miserable. Es más, solo hacía que sus celos crecieran y eso le agradaba aun menos. Bostezó, intentando quitar peso al ambiente. Si lo consolaba, encima Raven se enfadaría con él. No quería su lástima, ni él tampoco deseaba dársela.

Miró el reflejo de su vampiro en el espejo.

—Así que… lo tienes ahí por el simple hecho de que al verte a ti mismo te acuerdas de tu hermano. Porque… eso de que le ves a él en vez de a ti, no es literal, ¿verdad? —preguntó un tanto escéptico.

Raven sonrió, dándole un leve golpe en la frente al lobo, el cual se quejó, poniendo una mueca graciosa.

—Que un licántropo, que está casado con un vampiro, diga que no cree que esas cosas puedan pasar en realidad, resulta algo irónico e hipócrita —miradita de superioridad—. Pero… sí, no lo decía en el sentido literal. Es una sensación que tengo yo. Es mi mente la que me juega malas pasadas.

Neo suspiró.

—Yo creo que más bien es tu sentimiento de culpabilidad, lo que te hace ver esas gilipolleses.

Raven puso mala cara, girándose hacia otro lado, mosqueado.

—Pues lo siento, señor realista. Pero no es algo que pueda evitar.

—No hace falta que lo hagas —susurró Neo, volviéndose hacia Raven y mirándolo fijamente.

—¿Eh?

—Escucha —pidió, colocando una mano en la fría pero suave mejilla del vampiro—. Si tu hermano está vivo, yo lo encontraré para ti. Si está en este mundo te juro que lo encontraré y te lo traeré. Si tengo que matar a media humanidad para protegerlo y que estés feliz, lo haré. Dime… ¿Qué quieres que haga?

Raven se perdió en aquellos ojos azules, completamente impresionado. No sabía que decir, no sabía que hacer. ¿Qué era esa sensación? ¿Qué era ese calor en su pecho? Sus ojos empezaron a escocerle, y sus manos, involuntariamente, ascendieron hacia la cara de su lobo, acariciándola, presionándola entre ellas. Sin poder aguantarse se subió sobre él, besándolo con furia, con toda la fuerza que podía. Sus labios se frotaron unos con otros, bruscamente, sintiendo que comenzaban a hinchárseles.

Antes de darse cuenta, ya se había bajado los pantalones, le abrió las piernas a Neo y comenzó a alzarle las caderas. Quería poseerlo, poseer a esa persona que tanto necesitaba. Lo quería, lo quería a él.

Gruñó roncamente cuando su pene chocó contra la entrada del Alfa. Este no tenía ninguna expresión de contrariedad en su cara, estaba simplemente serio. Respiraba a una velocidad sorprendente mientras lo miraba. Un brillo resplandeciendo en sus ojos.

Raven lo observó, sin saber qué hacer. Todavía no quería metérsela, sus labios estaban abriéndose, dos palabras querían salir de su boca, confesarle algo que nunca, ninguno de los dos, hubiera pensado que llegaran a sentir. Pero él, tenía en ese mismo momento la necesidad de decirlas. ¡Quería hacerlo!

—Neo… yo…

Dos golpes en la puerta, suaves pero constantes rompieron todo aquel hechizo.

—Cariño, soy yo. Voy a entrar, te echaré una mano con la maleta.

—¡Oh, joder! —Neo pegó un salto, quitándose a Raven de encima y casi tirándolo al suelo. Cómicamente comenzó a buscar su ropa, desesperado. ¿Por qué tenía que pasarle eso a él?

Raven estaba aun más perdido, hizo lo mismo, comenzar a vestirse. ¿Qué había estado a punto de decirle? ¿Qué había estado a punto de hacer? ¡Sabía que su madre subiría en cualquier momento! Estaba loco, completamente loco.

Cuando la puerta por fin se abrió, ambos estaban sentados en la cama, con la ropa un poco desarreglada pero decentes. Abril pasó y les sonrió, mirándolos de arriba abajo pero sin añadir nada a su nuevo look.

—¡Oh! ¡Pero si aun no has hecho nada! —gritó graciosamente, agachándose para doblar la ropa que Raven anteriormente, había estado echando sobre un pequeño taburete tapizado en negro que tenía al lado de la cama—. Entiendo que los recién casados tengan sus necesidades, pero…

A Raven se le fue toda la sangre a la cara, sin saber que añadir al discurso de su madre.

Neo por su lado se puso a reír. Era a la vez, lo más divertido y problemático, que había vivido en sus últimos años.

—No te preocupes suegra. Ya nos hartaremos más tarde. Y llevas toda la razón. Ala, nene, ayuda a tu madre —dijo levantándolo de la cama y dándole una palmada en el culo.

El vampiro se volvió, con los ojos agrandados y el puño en alto. ¡Maldito bastardo!

—Haz eso de nuevo y te reviento de un puñetazo —gruñó, con su frialdad característica.

—Paz, paz —se rió Neo, tendiéndose de nuevo en la cama. Bostezó largamente—. Me echaré una siesta mientras termináis.

—¿A las 1 de la madrugada? —preguntó Raven, esperando una respuesta. Cuando se volvió a ver que pasaba, su quijada casi llega hasta el suelo. No podía ser…

Neo ya estaba roque.

* * * *

El enorme lobo dorado estirazó sus patas delanteras, agachando la cabeza y abriendo la boca ampliamente, bostezando. No pudo evitar rascarse la oreja con una de sus patas traseras.

—Por Dios, no hagas eso —susurró Raven—. Pareces un chucho, más que de costumbre. Si sigues así, llamaré a la perrera para que te encierre.

La risa mental del Alfa llegó hasta él, haciéndole arrugar la cara. Vaya, tener a alguien riéndose en tu cabeza no era muy agradable.

No creo que tengan jaulas tan grandes, nene.

—Lástima —ironizó este, dándose la vuelta y cogiendo las maletas que su madre arrastraba desde la puerta.

Neo estirazó la quijada en modo de protesta y volvió a apoyar la cabeza en el suelo. Ahora estaba cansado y no tenía ganas de ir corriendo de un lado a otro.

Aulló cuando una cuerda pasó por su lomo, envolviéndole el vientre y apretándose alrededor de su cintura. Raven hizo un nudo y le sonrió de forma un tanto siniestra.

¿Para que es eso? —preguntó Neo dudoso. Si era para lo que pensaba que era, habría un vampiro descuartizado en la entrada de la mansión.

Raven volvió a sonreírle, ahora palmeándole el cuello y acercando su cara a la del lobo.

—Venga, perrito lindo… —dijo restregando la nariz contra su pelaje mientras le rascaba tras las orejas. El lobo gimió bajito, le daba gustillo—. Pórtate bien y estate quieto.

Neo volvió a bajar la cabeza y a cerrar los ojos, mientras disfrutaba de aquellas caricias en su cabeza. La mano fría del vampiro lo dejaba casi atontado. Ya sabía que hacer cuando no pudiera dormir, porque ahora mismo le estaba entrando una modorra de cuidado.

Aprovechando el momento, Raven llamó a su padre y a su madre, pidiéndole con las manos que trajeran sus cosas. Antes de que Neo pudiera reaccionar, ya tenía las maletas atadas a las cuerdas y bien sujetas alrededor de su cuerpo.

¡Oye! —ladró este—. ¿Qué piensas que estás haciendo?

Nel se encogió, tirando hacia atrás de su mujer. Sabía que ese lobo ahora era su yerno, que parecía tener una relación más que amigable con su hijo y por las confianzas que éste se tomaba se notaba que había intimidad, pero… aun así, verlo de gruñir con esas enormes fauces y a su vez levantarle con su aliento el cabello a Raven, era algo que le aterraba.

Para su sorpresa, Raven se acercó a él y rodeó tranquilamente con sus brazos la cabeza del enorme lobo. Apretó la cara contra la mejilla peluda y le arrascó entre ambos ojos, bajando lentamente hasta el alargado morro. Volvió a subir, tenía una especie de marca un poco más arriba de los ojos, o más bien, eran simplemente líneas en las que les faltaba el pelo. Formaban un ¿rombo? Ahora después de despeinarlo no sabría decir.

Lo acarició lentamente.

El pelo erizado del cuello de Neo descendió considerablemente, comenzando de nuevo a calmarse.

—No tengo forma de llevar mi equipaje y tampoco hay necesidad de pedir un coche. No hay que cruzar el pueblo así que no hay peligro de que alguien te vea. Además… —de repente, le dio un palmadita en el estómago—, te hace falta correr, estas terriblemente gordo.

Los ojos ámbar del lobo casi comenzaron a arder. Giró la cara y le lanzó un mordisco que estaba seguro que Raven esquivaría.

¡En forma de lobo no estoy gordo! ¡Fuerte, estoy fuerte! —aulló—. Sanguijuela engreída.

Raven sonrió, para sorpresa de sus padres.

—Calla y dame un paseo. Pensaré que estoy domando una vaquilla.

Y dando un fuerte salto se subió a horcajadas sobre el lobo. Apretó las piernas contra su cuello y con las manos se enganchó a las orejas.

¡Las orejas, no! —gruñó Neo, meneando la cabeza bruscamente, agitando su cuerpo como si estuviera mojado y quisiera sacudirse las gotitas. Eso solo provocó que el vampiro se apretara más y encima lo disfrutara—. ¡No te diviertas, maldición! ¡Te voy a morder!

—Inténtalo si puedes, imbécil.

Neo se ofendió. Bruscamente comenzó a pegar saltos y removerse de un lado a otro. También había que admitir que Raven parecía todo un vaquero, no había ni Dios que lo tirara de encima. Sin embargo, en aquella agitación, no se dieron cuenta de que se estaban acercando mucho a la mansión, sin contar el alboroto. Pronto comenzaron aparecer caras familiares en las ventanas, asomadas a ellas, por el jardín, en la puerta de la entrada.

El Alfa quedó quieto, olisqueando el ambiente y encogiendo el morro molesto. Hizo un movimiento brusco con la cabeza y Raven asintió. No le dio mucha importancia exteriormente, dándole algunas palmadas en el cuello a Neo mientras que de reojo observaba a sus padres. Vaya, después de todo no había sido una buena idea, pero tampoco lo iba a reconocer.

—Nosotros nos vamos. Vendré a menudo —revisó de nuevo que las cosas estuvieran bien sujetas, sobre todo después de aquel jueguecito y le dio un papelito a su madre. Ésta dudo en acercarse, pero cuando Neo la empujó con el morro hacia él. Abril se rió y cogió la mano de su hijo—. Esta es la dirección. Cuando todo esté listo mándame un aviso con el día y la hora. Estaremos aquí, así que déjame todo lo demás a mí.

—Como quieras, pequeño. Cuidaos mucho.

El lobo bajó las orejas y la cola en señal de respeto.

Nos cuidaremos y estaremos pendientes de vosotros.

—Gracias —añadió Nel, por fin acercándose al ver el buen trato que le habían dado a su mujer—. Estamos agradecidos por tu atención —ahora hablándole por fin de tú.

Raven se agachó un poco más, dándole un beso en la mejilla a su madre.

—Nos vamos.

El movimiento de las patas traseras de Neo los hizo retirarse un poco sobresaltados. Los zarpazos en el suelo habían levantado una enorme polvareda, y en un abrir y cerrar de ojos ellos ya habían desaparecido.

El lobo dorado corría rápidamente por el camino, el único sitio donde alguien podría verlo. Saltó con todas sus fuerzas y se adentró en el bosque, disminuyendo la velocidad mientras comenzaba a esquivar las peligrosas ramas con una facilidad sorprendente.

Raven se agarró mejor, esta vez a su pelaje, agachando la cabeza tras la del lobo para no encontrarse con algún obstáculo con el que golpearse. Aun así, a consecuencia de la velocidad a la que iban, el viento seguía golpeándole la cara. Cerró los ojos y dejó que le removiera el cabello, agitándolo hacia atrás, consiguiendo que tanto sus orejas como su nariz se pusieran aún más frías. Abrió la boca y un frescor natural y saludable entró en su garganta, llenándole los pulmones y dejando nuevamente que sintiera esa libertad.

Ahora entendía porque había disfrutado tanto del primer viaje a lomos de Neo. Ya era agradable de por sí, pero también le recordaba a su hermano. A su espalda, cuando lo cargada y corrían, las dimensiones eran muy distintas pero el sentimiento era casi el mismo.

Antes de darse cuenta estaba completamente presionado contra el lobo. Neo movió la nariz, olía algo raro y a Raven parecía ocurrirle algo.

¿Qué te pasa?

El vampiro dejó escapar un ruidito gutural, echado contra su cuello y con los ojos cerrados.

—Nada, no te preocupes y sigue adelante —sonrió altivamente y dijo—: Con lo gordo que estás seguro que tardamos un año.

¡Y una mierda! Ahora verás —gruñó Neo, moviéndose bruscamente y golpeándole la cabeza con un árbol. Queriendo, claro está.

—Oye, eso ha dolido, imbécil —volvió a estirarle de las orejas, recibiendo a cambio un intento de mordisco por parte del otro.

La diversión acabó muy pronto. Conforme salieron del bosque, se encontraron con algo que no podían creer. Había muchos, muchísimos, lobos muertos en la entrada de la finca, y desde allí, podían escuchar perfectamente como varios más, aun seguían luchando en el interior.

Raven se bajó, desatando rápidamente todas las cosas alrededor del cuerpo del lobo y dejándolo libre. Tenía que defender a su manada y él no se lo iba a impedir, mucho menos a estorbarle. Ahora esa gente también era su familia. Si habría algo en lo que pudiera ayudar, lo haría.

Cruzaron a toda velocidad las puertas. Había tantos lobos que Raven no podía reconocer de qué bando era cada uno. Tuvo el tiempo justo de apartarse cuando un lobo de color café cayó a sus pies, lanzó un largo gemido lastimero y sus ojos, oscuros, miraron al vampiro unos segundos antes de cerrarse. Raven no pudo evitarlo, se acercó y le puso la mano sobre la boca. No había aliento, no parecía respirar. Estaba muerto.

Cuando estaba a punto de levantarse, se dio cuenta de algo. Sobre los ojos tenía una especie de marca, la misma que le había visto a Neo. Ahora sabía que era. Él símbolo de la estrella. Las que le salían en el pecho cuando encontraban a su pareja.

Vaya, ahora sí sabía a quién tenía que defender y a quién no. Ya era hora de que le llegara algo de ayuda.

Un lobo gris apareció sorpresivamente a su espalda, dándole un zarpazo en ella y lanzándolo contra una de las enormes columnas que custodiaban el patio de tierra y te llevaban al comedor.

Raven lanzó un gemido de dolor, agarrándose al suelo justo en el momento en el que el lobo volvía a atacarlo. Le levantó una patada, estrellándolo contra otro que por suerte no tenía una estrella en la frente y tirándolos ambos contra la arena amarilla.

Un rayo pasó sobre su cara. O eso le pareció a él. No, era otra cosa. Un aullido vino desde su derecha y sangre, unas salpicaduras que le llenaron completamente la cara y el pecho. Se congeló en el sitio.

A su lado un lobo cayó al suelo, mientras que otro había sido atravesado frente a sus ojos. Quería mover sus piernas, no podía. Estaba completamente paralizado. Era… horroroso. Nunca, nunca había tenido que luchar. Esta era la segunda vez. Apenas ayer había matado a un lobo y ahora… tanta sangre, tanta…

Su cabeza comenzó dolerle. Se agarró las sienes violentamente mientras comenzaba a trastabillar hacia ambos lados. Cayó de rodillas, su visión estaba borrosa, solo podía escuchar el sonido de los lobos, sus aullidos, sus gemidos. De nuevo ese dolor derritiéndole el cerebro. ¿Qué diablos?

De repente, algo le rozó la rodilla. Una zarpa, se movía. Tenía un pelaje pardusco, pero podía ver claramente que se trataba de un rojizo apagado. Un aullido suplicante llegó hasta él. Ese lobo quería que se acercara.

Raven no supo por qué, pero se arrastró hasta él a pesar de todo el dolor que sentía atravesándole la cabeza. Cuando ya estaba justo frente a su morro, pudo escuchar en su mente una suave y entrecortada voz.

Ayú… ayú… dale. Ayuda, a… Neo.

—¿Neo? —preguntó, identificando al lobo como aquella linda chica peliroja, Dayira. Pero… ayudar a ¿Neo?

La sangre que cayó sobre él le trajo un olor familiar. Uno que por culpa de su trastorno ocasional no había percibido. Parecía que sí tenía corazón después de todo, o por lo menos este podía bombearle en según que momentos. Ahora mismo el pecho le dolía como mil demonios. Tontería compararlo con su dolor de cabeza.

Se levantó como si tiraran de él, buscando con la mirada, con una desesperación evidente. Frente a él, muy cerca, tanto que hasta le sorprendió no haberse dado cuenta antes, estaba el lobo dorado que tanto había buscado. Todo su pecho ensangrentado, mientras que sus fauces se clavaban en el cuello del otro lobo que le atacaba.

No hacía falta ser un lince para saber que estaba ocurriendo. Aquel lobo había estado a punto de matar a su amiga de la infancia. Neo se había interpuesto, recibiendo él el golpe mientras que intentaba bloquearlo. Si soltaba el mordisco, la zarpa de aquel lobo estaría libre y podría matarlo. Si no lo soltaba, la contraria que estaba incrustada en su pecho acabaría con él.

¡Mierda!

Raven corrió, saltando con una agilidad impresionante y colgándose de la espalda del lobo negro. Desgarró con sus uñas toda su cara, metiendo ambas manos en su boca cuando dio un alarido, rajándole toda la mandíbula en el proceso. Estiró con todas sus fuerzas, sin hacer caso de las navajas que se clavaban en sus brazos. La cabeza del lobo cedió, dislocándose y cayendo hacia atrás.

Un siseo agudo escapó de la garganta del vampiro cuando el peso muerto del lobo cayó sobre él. Seguro que le había roto alguna costilla. O tal vez, con un poco de suerte, no.

No tuvo que esperar mucho. Neo apareció al momento, lanzando al lobo muerto a un lado y cogiendo a Raven con los dientes. Se lo echó al lomo, dejándolo caer bajo las cuerdas apretadas que solo una hora antes había estado cargando sus maletas.

Después de aquello, el Alfa comenzó con un ataque fiero hacia cualquiera que tuviera a su alrededor. En menos de veinte minutos, había más de tres lobos muertos a sus pies. Cuando los demás empezaron a escapar, se sentó en el suelo.

Su morro se alzó al cielo, donde pequeñas gotitas empezaron a desprenderse. Comenzó a llover. La tierra se oscurecía igual que su pelaje. Por primera vez, los lobos de su manada pudieron ver como el resplandor de fuego que desprendía su jefe comenzaba a apagarse, un aullido, terriblemente doloroso escapó de sus fauces. Y así fue como, las nubes empezaron a disiparse y un primer rayo de sol llegó a su frente. La estrella que allí tenía pareció brillar, como si comenzara a arder.

Neo con un rápido movimiento comenzó a correr, y dándole el tiempo justo de convertirse en humano, entró en su casa. Había que poner a Raven en un lugar oscuro antes de que fuera peligroso. Eso era lo único que le importaba ahora.

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Lágrimas de Hielo (Capítulo 7)

Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 7

Solo era una maldita puerta, pero para Eneas bien podría tratarse de una montaña.

Hace apenas una hora, había escuchado una conversación acalorada en la puerta del lavadero, así que después de terminar de arreglarse había salido a revisar. Solo encontró a Kazla, que aseguró que había vuelto a pelear de nuevo con Karel. Nada de lo que él debiera preocuparse, por supuesto.

Algo en la voz de su mujer le dijo que ahí no quedaba la cosa, y verificó sus pensamientos cuando Robby no acudió a cenar. Se había sentido un poco preocupado, y no dudaba que esa chiquilla extranjera lo hubiera percibido, ya que le entregó una bandeja de comida, y con todo el descaro le había mandado a llevársela a su hermano.

Pensó en arrojársela a la cabeza pero una mirada de advertencia por parte de Eros, le hizo replantearse esa idea. Finalmente, y escuchando el chisteo malhumorado de Kazla a su lado, terminó por levantarse y subió de dos en dos los escalones de la escalera del rincón.

Ahora estaba justo frente a la puerta y no tenía el valor de entrar en aquella habitación. No escuchaba ningún ruido dentro, así que no podía suponer en que estado se encontraba el muchacho. ¿Qué debería hacer?

Desde ahí podía escuchar el ruido de la bañera acercándose y de los choques de metal de las cubetas. Suspiró irritado y terminó por pulsar la manija.

Estaba anocheciendo y casi no había luz dentro del cuarto, tampoco Robby parecía haberse preocupado por encender alguna vela. Se acercó lentamente a la cama, el chico parecía dormir profundamente.

Eneas soltó la bandeja en la mesilla y se sentó lentamente en la cama, intentando hacer el mínimo movimiento posible. Se veía hermoso así, quieto, tranquilo y sobre todo callado. Parecía un niño, a pesar de su edad y Eneas no pudo evitar levantar una mano y acariciar el corto cabello negro. Se sentía un poco puntiagudo, pero suponía que esa era su forma original. Le hacía un corte muy masculino a su cara entrelarga.

Bajó la mano hasta su mejilla, era suave. Nunca había tocado a un hombre con la piel tan suave. Suponía que eso tenía que ver con la clase de vida tranquila que había llevado, a parte también, por esa cualidad suya de no crecerle mucho el vello facial.

Ese Karel debería haberle dado un tremendo entrenamiento físico el día de hoy para dejarlo en ese estado. Le daba un poco de lástima pero, tanto él como Eros y Karel sabían, que tendría que acostumbrarse pronto a ese mundo o no podría resistir esta clase de vida. Tenía que convertirse pronto en un guerrero, Eneas sonrió calidamente cuando Robby arrugó el ceño ante la caricia, él podría hacerlo, tenía los requisitos para convertirse en un compañero fiel.

Roberto se volvió en ese instante, cogiendo la mano de Eneas y apretándola contra él, sin querer soltarla. Parecía seguir durmiendo pero su expresión cada vez se encogía más y más. Meneaba la cabeza bruscamente y presionaba más los grandes dedos.

—No te vayas… —Eneas alzó una ceja curioso por esas palabras soñolientas—. No puedo permitir que te pase algo… no te vayas… si te pasa algo yo…

Eneas tragó saliva, nervioso. ¿Esos murmullos iban dedicados a él? Usó la mano contraria para sacudir el hombro de Robby. No quería seguir escuchándolo, ese tono suplicante no era agradable, le dolía que el chico estuviera sufriendo aunque fuera en sueños.

—Robby —llamó, sin dejar de moverlo.

Roberto inconscientemente le agarró también la otra mano, abriendo los ojos de golpe y alzándose bruscamente, casi tanto como para chocar con la cabeza de Eneas si éste no hubiera tenido buenos reflejos para apartarse con rapidez.

Los ojos azules estaban clavados en la sábana que descansaba en su estómago. Había sido una pesadilla horrorosa, ni siquiera podía aun controlar su respiración. Suspiró antes de darse cuenta de qué agarraba bruscamente. Abrió la boca cuando se vio sujetando a Eneas de las manos, obligándolo a estar inclinado un poco sobre él.

—¿Pero que demo-? —gruñó, soltándose y arrimándose al cabezal de la cama. Un poco más pequeño que el perteneciente a la que rompió el día anterior.

Eneas simplemente lo miraba fijamente y Roberto sentía la necesidad de hacer un agujero en el suelo y meter la cabeza para esconderse, aunque pensándoselo mejor, no. Eso lo dejaría con el culo expuesto y en esta situación no creía que fuera lo más recomendable, por si acaso.

Después de unas cuantas miradas especulativas y al ver que el gigante parecía no querer moverse de su posición y mucho menos abrir su boca, se percató que en la mesilla había una bandeja llena de cosas raras.

Los rizos de Eneas bailaron sobre sus cejas rubias cuando éste giró la cabeza para mirar también en la misma dirección.

—Tú cena —después se metió la mano en el bolsillo para sacar un pequeño tarro con una crema oscura—. Tú pomada.

Roberto se llevó una mano a la boca para no reírse. Casi le había dado ganas de gritar. «¡Mi casa, mi teléfono, ETE!». Suponía que el gigante no entendería el chiste, como él tampoco comprendía a que venían las frases de dos palabras. Mañana su hermana se desmayaría de la risa cuando se lo contara.

Al final se decidió por una simple palabra.

—Gracias.

Agarró la bandeja y la miró por encima. Ahí estaban de nuevo esos huevos azules y de un rojo un poco más chillón que el del pan. Suspiró antes de coger un trozo de la barra y mojarlo en la yema. Se lo llevó a la boca y… se sorprendió. ¡Estaba buenísimo!

Siguió comiendo como un poco de ansiedad, no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que no se había metido el primer trozo en la boca. Ahora hasta podía sentir su estómago de rugir.

Estaba tan hambriento que ni la mirada de Eneas fija en él podía sacarlo de sus maniobras, o puede que ésta no, pero si lo hizo los dedos posándose en la curvatura de sus labios.

Alzó los ojos en el momento justo para ver como Eneas llevaba la migaja que había cogido de su cara a sus propios labios, comiéndosela. Robby no tenía espejo en el que mirarse pero tampoco le hacía falta, su cara le ardía de vergüenza.

—Termina —fue lo único que dijo el gigante, como si aquel gesto íntimo ni siquiera le hubiera importado.

¿Es que no se había dado cuenta de lo que acaba de hacer? Lo único que faltaba es que la próxima migaja la cogiera con la lengua y entonces él se desmayaría por la impresión. Suspiró cuando ahora, con un poco más de calma, terminó de mojar pan y limpiar el plato.

Eneas se apresuró a cogerle la bandeja y quitársela de encima. Después, se levantó y miró hacia la puerta.

—Temi, ya puedes pasar.

Roberto se giró hacia la entrada para ver como el joven sirviente arrastraba una especie de bañera de madera forrada en su interior con un material que no sabía identificar. Volvió a salir y entrar un par de veces, ahora con cubetas de agua, las cuales fue arrojando dentro de la bañera.

Vaya tarea se estaba dando el pobre hombre. Robby se levantó dispuesto a ayudarlo pero Eneas lo detuvo con una mano en su pecho.

—¿No puedo ayudarlo? —preguntó Roberto irónicamente.

Eneas lo miró de reojo.

—No —fue su única respuesta.

Roberto no sabía cuantas veces se le había abierto la boca desde que se despertó. ¿Cómo que no? ¿Quién se creía que era como para ordenarle de esa forma?

—Insisto —Robby no se daría por vencido tan fácilmente.

Sintió como Eneas lo agarró del brazo, acercándolo a su cuerpo. Roberto se quedó un poco estático, ¿y ahora qué? Es verdad que no es que estuviera presionado contra el gigante, pero éste lo mantenía bien cerca, suponía que… ¿para que no se moviera?

La voz grave y profunda de Eneas se alzó sobre sus pensamientos, haciéndole ascender la vista hacia su cara.

—Es su trabajo. Él está satisfecho por hacerlo. Solo herirás su orgullo si te metes por medio.

Y ahí iba de nuevo el maldito orgullo de los hombres de ese mundo. Bueno, en todos sitios ellos tenían un orgullo fuerte, pero allí… eso era demasiado… en Gea todo se llevaba al extremo y eso lo confundía mucho. Una buena acción se podía convertir en una total falta de respeto. A veces era mejor no hacer las cosas antes de descubrir que habías metido la pata profundamente.

—Entiendo. ¿Puedes soltarme? —gruñó.

Sintió durante unos segundos más, los dedos de Eneas presionando su cintura, pero poco después se vio libre, recibiendo solo una fría mirada del gigante rubio.

Robby se puso nervioso, ¿porqué tuvo la sensación de que le había herido? ¡Era él quién tenía que estar sintiéndose mal por todos los desprecios de Eneas!

Temi no tardó mucho en acabar su trabajo, y Roberto se encontró con una enorme bañera en el centro de su cuarto. Vio como el sirviente se acercaba y colocaba sus manos bajo la superficie de madera. No sabía que hacía hasta que después de varios segundos percibió unas ligeras burbujas en el agua.

Antes de pensarlo, se acercó y metió un dedo en el agua, tuvo que sacarlo cuando sintió que se quemaba. ¡Estaba hirviendo!

—Elemento fuego —dijo Eneas a su lado, como ilustrándolo, cosa que solo ofendió más a Robby.

—Evidentemente —se quejó éste. Volviéndose hacia Temi dijo—: Gracias, no he tenido un baño decente desde que llegué aquí. Será agradable.

Temi le sonrió, agachó la cabeza y se marchó, llevándose de paso todas las cubetas y encendiendo con los dedos algunas de las velas que había en los rincones.

Roberto volvió a meter la mano en el agua, parecía ahora estar perfecta para una buena remojada, y si se le enfriaba solo tenía que volver a llamar a Temi para que la recalentara. Vaya… ahora si que veía factibles los Elementos. Que lástima que él no tuviera uno.

Bostezó, dándose cuenta del sueño que tenía, en realidad estaba destrozado, no sabía cuando días más podría resistir esos entrenamientos. Acarició el agua, mojando un palito que Temi había dejado a un lado, suponía que sería el jabón. No se equivocaba, pues al mojarlo, la espuma surgió suave cubriendo sus manos. Estaba deseando bañarse.

Pero… sus ojos se movieron inquietos, mirando nervioso a Eneas, el cual no parecía tener intenciones de salir del cuarto.

—Me gustaría tener algo de intimidad.

El gigante lo miró seriamente, con esos profundos ojos ónix. Después de unos segundos replanteándose algo, se encogió de hombros y se dio la vuelta. Roberto no podía estar más sorprendido. ¿Eso es todo lo que le iba a conceder? ¿No mirarlo?

No sabía que ímpetu podía tener Eneas para quedarse en el cuarto. Puede que… ¿quisiera verlo desnudo? Era una idea tan pervertida e insana que dudaba mucho que pudiera provenir de Eneas. No, imposible.

Aunque intentara quitarse la camisa con rapidez mientras tranquilizaba sus nervios, era casi una batalla perdida. ¿Cómo podía relajarse cuando el foco de sus enloquecidos deseos estaba a solo un palmo de su piel desnuda?

Justo cuando iba a desabrochar sus pantalones, sacudió la cabeza bruscamente y volviéndose hacia Eneas, dijo:

—Bueno, basta ya. ¿Por qué demonios no te vas? ¿Es que no puedo ni lavarme tranquilo?

Roberto sentía su cabeza dando vueltas. Todavía con la conversación fresca con Kazla en ella. «No puedo asegurar que llegado el momento, pudiera resistirme». Esa maldita frase seguía ahí, revoloteando entre sus dudas y nervios a flor de piel. Ahora, con sus manos temblando sobre la tela de sus pantalones, estaba casi seguro de que podía poner la mano en el fuego por ella.

Eneas se giró y lo miró. Robby tragó saliva cuando los ojos oscuros viajaron por su cuerpo, y aunque no cambiara la expresión de su cara, sabía que el gigante estaba algo afectado. Aunque fuera solo un poquito.

—No puedo aplicarte la pomada hasta que no te bañes.

—Lo puedo hacer yo —se apresuró a añadir, la excusa de la pomada era una estupidez.

Eneas no sabía que hacer. Se sentía estúpido por haber dicho eso. Estaba claro que Robby no caería en tal mera evasiva. ¿Qué debería hacer? Quería quedarse, verlo sumergirse en el agua y ayudarle a quitarse esas feas marcas negras de la cara.

Era uno de los pocos placeres que iba a permitirse darse. Aunque tampoco quería que el chico pensara que estaba planeando nada obsceno. Estaba claro que él no era esa clase de hombre.

Roberto dio un paso hacia atrás cuando Eneas avanzó hacia él. Al parecer se había cansado de tener que excusarse, pero… ¿a donde realmente los llevaba todo eso? ¿Estaba pensando de más?

Las manos de Eneas fueron directas a los pantalones de Roberto. Éste jadeó ante la sorpresa, y poco después se sintió alzado por los fuertes brazos. La protesta fue acallada cuando su boca se estrelló literalmente contra el fuerte cuello del gigante.

Un momento… ¡Un maldito momento! Robby no sabía que pensar, o más bien estaba pensando demasiadas cosas a la vez. Sentía su cerebro chamuscado. Recapitulando, la situación se encontraba así: Él desnudo cogido en brazos por Eneas.

Lo sujetaba bajo sus nalgas, haciendo que obligatoriamente tuviera que abrir sus piernas y rodear su ancha cintura.

Desnudo… montado sobre Eneas… ¡Eso no podía estar pasando!

—Oye, ¿qué pretendes? ¿Qué vas a hacerme? —miró hacia los lados, intentando buscar algo que pudiera servirle para golpearlo. Si bien, los puños no le harían mucho daño, sin encontraba algo duro…—. Suéltame, bájeme. ¡He dicho que me bajes! ¡Eneas!

El calor de la piel contra él se perdió instantes después, y el fresco de la habitación le devolvió un poco de lucidez. Antes de darse cuenta ya estaba dentro de la bañera, cubierto por el agua caliente hasta casi la barbilla.

¿Qué diablos estaba pasando allí?

—¿Te han dicho alguna vez que chillas como un mujerzuela?

Roberto se volvió el tiempo justo para golpear la mejilla de Eneas, que para su desconcierto estaba arrodillado a su lado. Fue un movimiento inconsciente ante el insulto, aunque no dudaba que sus nervios lo hubieran traicionado y que el gigante llevara razón. Pero… decirle eso…

Bien, ahora venía cuando Eneas lo ahogaba en la bañera. Una muerte muy patética, tenía que admitir.

Tragó saliva cuando la ruda mejilla empezó a sonrojarse claramente, Eneas parecía todavía no reaccionar. Cuando sus ojos ónix lo miraron, Robby se metió un poco más en el agua, asustado. Y sabía que tenía verdaderos motivos para estarlo, ¿quién había sido el que lo quiso estrangular el día anterior? Era un completo imbécil, debería pensar antes de actuar.

Se encogió cuando Eneas levantó la mano. Pasaron varios segundos y se atrevió a abrir un ojillo. Todavía seguía vivo, ¿verdad? Quiso ver que pasaba, pero una cascada de agua caliente sobre su cabeza no se lo permitió.

—¿Qué coño? —gritó, escupiendo el agua que se le había metido en la boca—. ¿Eneas? —se atrevió a preguntar.

No hubo respuesta, pero si escuchó algunos susurros a su espalda y poco después, algo rascándole la cabeza. Se quiso dar la vuelta, pero unas enormes manos no le dejaron.

—Quédate quieto, terminaré pronto.

Robby asintió, demasiado confundido para contradecirle, aunque le gustaba bastante hacerlo, y eso también tenía que reconocerlo.

Todavía estaba nervioso y tanta intimidad entre ambos le hacía temblar el corazón. La idea de que no le interesaban los hombres iban modificándose, su cabeza estaba empezando admitir que aunque esa conclusión era verídica, todavía había una letra pequeña a tener en cuenta. Siempre hay que leer todas las cláusulas, y él se había dejado la que decía claramente: «Ninguno hombre salvo un gigante de hermosos rizos rubios y cuerpo de infarto llamado Eneas».

Contuvo un jadeo cuando los dedos se deslizaron más suavemente por su cuero cabelludo, al compás de varios y calentitos chorritos de agua. Aunque era desconcertante tener a Eneas lavándole la cabeza, era un sentimiento agradable. Pronto esas manos fueron bajando a su cuello.

Roberto echó la cara hacia un lado para éstas subieran por su mejilla, tras su oreja y volvieran a bajar por su cuello. Frotó rápidamente sus pezones y siguió bajando por su estómago. Se sentía demasiado bien, era tan cálido y agradable que ni siquiera quería pararse a pensar a donde les llevaría.

—¿Porqué? —preguntó Robby, era malditamente humillante, pero sintió algunas lágrimas intentar saltar del rabillo de su ojo—. ¿No dijiste que yo solo tenía de ti, esa parte de Alma? ¿Por qué me mimas así ahora?

La espuma comenzaba a cubrir la superficie del agua, donde solo sobresalían la cabeza y hombros de Robby, junto a las rodillas. Este apretó los dientes frente al silencio que había cubierto la habitación. Sabía que Eneas no iba a contestarle nada. Nunca lo hacía.

Las caricias bajaron por sus muslos, la aspereza de los enormes dedos rozando su entrepierna lo hizo removerse de su posición. ¿Porqué? ¿Por qué estaba intentado provocarle una erección?

En esos momentos, tendido en la bañera, con la delicia de la espuma rodeándole, esas manos frotándole y la intensidad de esas sensaciones incrementada al tener los ojos cerrados… lo estaban haciendo morir de ansiedad.

Era una provocación y un martirio a su vez. Quería saltar de esa bañera y correr lejos, pero tampoco deseaba que acabara. Anhelaba seguir sintiéndolo, puede que nunca más lo volviera a experimentar, que esos dedos nunca lo volvieran a tocar.

No ser capaz de sentir esa respiración en su cuello, esas caricias en su pelo. Esa voz grave pero erótica que siempre se alzaba sobre todas las demás. Ese ronco «Robby» que lo hacía estremecer.

Entonces se dio cuenta de algo. Puede que… ese fuera también el motivo por el que Eneas estaba haciendo todo eso.

Roberto echó la cabeza sobre la bañera y miró a Eneas con sus ojos azules cristalizados por la humedad.

Eneas de rodillas tras él le devolvió la mirada, cubriendo casi completamente la cara de Robby con sus dos manos.

—Volveré. Volveré de ese lugar. No podrás librarte de mí tan fácilmente. Después de todo… sigues siendo mi Alma.

Roberto creyó que no podría retener más sus lágrimas. Cerró los ojos, era la solución más fácil, sobre todo cuando percibió el descenso de la cara de Eneas. Cuando sintió la calidez en su frente, se sintió decepcionado. Quería que lo besara, pero el gigante simplemente apoyó la frente sobre la suya.

No supo cuanto tiempo estuvieron allí, quietos. Ninguno se atrevía a moverse. Sabían que habían cruzado una línea. No se trataba de nada erótico, nada sexual, era un sentimiento de compresión, un lazo de unión. Robby tuvo claro que, aunque puede que nunca tuviera a Eneas entre sus brazos, supo que nunca perdería su hombro para llorar, su espalda para apoyarse.

Era un sentimiento extraño.

—Yo te necesito más que ella —las palabras salieron de la boca de Robby antes de que se pudiera dar cuenta.

Eneas se separó de golpe, retirándose como si el agua estuviera nuevamente hirviendo, aunque la verdad ya casi le estaba causando una sensación fría a Roberto.

Éste apretó más los ojos, arrepentido por lo dicho, ni siquiera se atrevía a abrirlos, no quería tener que enfrentarse nuevamente a la frialdad de esos oscuros ojos ónix, no después de lo que habían compartido.

—Levántate.

Roberto suspiró, pasándose la mano por su corto cabello mojado. Se agarró a la bañera y se levantó, sin darle importancia a su desnudez. Todavía a pesar del denso ambiente, podía sentir la mirada de Eneas fija en su cuerpo, pero ya no le servía. Ya no quería esas sobras de deseo.

Encaró a Eneas el tiempo suficiente para arrebatarle la toalla y secarse un poco por encima para después atársela en la cintura. Se había sentido malditamente bien un baño. Bueno todo lo bien que se podría sentir si le restaba todas los sentimientos encontrados.

Salió de la bañera y se dirigió a la cama, donde Temi había dejado en todas su vueltas por la habitación un muda de ropa limpia. Se la fue poniendo lentamente, de espaldas al gigante. Se sentía triste y furioso a la vez. Las esperanzas iban y volvían. No sabía que hacer.

—Hablé con tu mujer. Perdóname por esto pero… no me gusta. Esa clase de persona, no me gustan.

Sintió los pasos de Eneas a su espalda, y supo inmediatamente que estaba tras él. ¿Le golpearía? Bueno, no había mencionado el tortazo anterior, así que suponía que tampoco haría nada ahora. Seguramente sería su día pacifista.

—Que te dijo.

Roberto encogió el ceño, la pregunta había sido dicha sin un tono interrogativo. Como si más que una petición fuera una simple orden.

La ira comenzó a subir por su pecho. Robby se volvió de golpe, cogiendo a Eneas por la camisa, casi justo sobre sus propios ojos.

—Me exigió que no me acercara a ti. Que tú le pertenecías y yo no tenía derecho ni a mirarte. ¿A que tengo derecho entonces? ¿Qué tengo que me pertenezca realmente en este mundo? —Eneas lo miró, pero no parecía tener intención de contestar. La frialdad en su expresión tan distinta a la calida que le había mostrado cuando le bañó, solo hirió más a Robby—. No tengo nadie que me reconforte cuando me sienta triste, a nadie a quién amar si quiero compañía, a nadie con quién desfogar mis deseos, a nadie a quién llorarle, por quién sentir pena, a quién admirar. Si sigo así perderé la cabeza, me convertiré en un simple cascarón. Yo… —sus ojos azules de nuevo se cristalizaron—. Te necesito a ti. Tú eres el único que puede cubrir todo lo que necesito de este mundo. Aunque no sea de una forma romántica, puedo respetar eso si así lo deseas pero… No quiero verte con ella. Si me entiendes…

—Para esto —susurró Eneas con algo de brusquedad. Se soltó, dando varios pasos hacia atrás. Ese ataque por parte de Robby nunca se lo hubiera imaginado, realmente, como pocas veces en su vida, no sabía que hacer—. No quiero escucharte hablar de forma tan miserable. Eres mi Alma, y me tendrás de cualquier forma en la que lo necesites. Pero… mi vida es esta. Yo estoy casado, y todo lo que tengo lo he conseguido a base de esfuerzos, sudor y sangre. No voy a renunciar a todo lo que por tanto tiempo he luchado. Algo que me pertenece por que yo mismo me lo he ganado. No puedo renunciar al sentimiento de sentirme alguien propio, una persona con principios que no se rige por ninguna doctrina o mandato. Yo soy yo.

Roberto lo entendía. ¡Maldita sea si lo hacía! El dolor por el que tenía que haber pasado Eneas desde su más tierna infancia, le atravesaba el corazón como un rayo. Entendía que quisiera ser independiente, pensar por sí mismo. Le había costado mucho forjarse un futuro pero…

—Puedes ser libre sin tener que rechazarme. Porque… tú sientes que me necesitas. Tú sientes lo mismo que yo. Puede que no sea amor pero… nosotros nos pertenecemos. Tú… ¡Tú me perteneces a mí y no a ella!

Ni siquiera sabía de donde salían esas palabras. Eneas ya le había concedido que sería su punto de apoyo, que lo tendría siempre ahí para él. Pero no quería conformarse con eso, quería más, mucho más.

—No puedo —volvió a insistir Eneas—. Yo elegiré a quién amo y a quién amaré. Nadie puede imponerme eso.

Roberto se mojó los labios pero bajó la cabeza, escondiendo su mirada.

—Y yo… ¿yo no tengo derecho a elegir? ¿Qué pasaría si eligiera a Karel? ¿O a cualquier otro hombre? ¿Me permitirías ser libre para escoger por mi cuenta?

Casi no pudo terminar la frase, Eneas lo tenía sujeto por la nuca, apretándosela bruscamente. Le hacía daño, le dolía, pero esa era la reacción que tanto había esperado Robby.

—¡No! —rugió el gigante, cogiendo la cara de Roberto y alzándola hasta que estuvo casi al nivel de la suya—. Si piensas que voy a permitir que te alejes de mí y te entregues a otro hombre… si crees que puedo dejar que me humilles de esa manera…

Roberto le sonrió tristemente, y ahora fue cuando él mismo alzó la mano y acarició la mejilla que momentos antes había golpeado. Todavía tenía un tono rojizo sobre el pómulo.

—¿Quién crees que está humillando a quién en este momento?

Eneas le soltó, sus ojos volviéndose casa vez más opacos, más confundidos. Desde esa distancia, Robby podía jurar que percibía el temblor de su pupila.

—No quiero… hacerte sufrir. No quiero hacerte daño —volvió a dar varios pasos hacia atrás, hasta que su espalda chocó directamente contra la puerta—. Tú eres la última persona en el mundo, a quién quisiera… herir.

Roberto intentó acercarse de nuevo a él, pero Eneas ya había abierto la puerta y marchado con ritmo acelerado. Ahora estaba solo en la habitación, con la bañera delante y los recuerdos de la conversación anterior pasándole apresurada y dolorosamente por la cabeza.

Se sentó en la cama y golpeó el colchón. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea todo! ¿Qué debería hacer? Se había jurado no involucrarse, no hacer nada. Pero ese sueño y la conversación con Kazla le hizo pensar, que podría tener derecho a algo más. No quería tener ninguna relación amorosa con un hombre, pero Eneas… ese gigante que solo tenía de rudo el aspecto, ¿que debería hacer con todos esos sentimientos que habían surgido de repente en su pecho? Era tan doloroso y triste… y a la vez, solo una pequeña esperanza hacía que viera el mundo de colores distintos.

¿Amaba a Eneas? ¿Podía amar a una persona que solo conocía de hace cuatro días? Era realmente una idea estúpida pero… los sentimientos estaban ahí. Era gracioso pues, él no creía mucho en religiones, ni dioses. Escéptico totalmente con las cosas esotéricas, y sin embargo, casi podía identificar un calor extraño en su pecho como esa Alma que compartía con Eneas. Había algo ahí, que bullía cada vez que pensaba en su gigante rubio, cada vez que lo veía, que lo escuchaba pronunciar su nombre.

Tomó la crema de la mesilla y se juntó el cuello con movimientos delicados pero concisos. Cuando empezó a frotarse las pantorrillas se dio cuenta de que, la oscura mezcla perdía su color mediante la piel la absorbía. Eneas había estado dos días haciéndosela, preparándola para él. Solo para él. Eneas no quería hacerle daño, lo había dicho, en el mismo tono miserable con el que le había prohibido hablarle a él.

Entonces tuvo una nueva duda. ¿Quién estaba sufriendo más con todo esto? ¿Él? ¿Eneas?

—Entro —dijo una voz profunda, justo antes de abrir la puerta.

Roberto alzó la cabeza aun con las manos llena de pomada y miró al visitante. Su expresión cambió a una burlona.

—Se supone que deberías preguntar si puedes entrar, no informar que lo vas a hacer.

Eros bostezó, cruzando la habitación con dos zancadas y sentándose en la cama al lado de Robby.

—Es mi castillo, no tengo la maldita obligación de informar cuando quiera entrar donde me dé la gana. ¡Que diablos!

Roberto negó con la cabeza mientras sonreía. Sin duda, no había nadie mejor para su hermana. Vaya personalidades tan propias que tenían esos dos.

Cogió la toalla con la que se había secado y se limpió las manos.

—Si te manda Beatriz, puedes decirle que estoy bien. Toma —cogió la bandeja y se la puso a Eros frente a sus narices—, llévale eso para que vea que he cenado.

Eros la cogió para apartarla y la puso al otro lado del colchón. Después, mientras tocaba los cabellos de Roberto descaradamente, sonriendo ante lo sensación punzante en la palma de su mano, dijo:

—Está bien, está bien. Eso no es por lo que realmente venía. Más bien… cuñado, quería saber que ha ocurrido con Eneas. He visto un cambio en él, pero quería saber si realmente había sabido controlarse, ya sabes… Temi es delicado si se encontraba con un cadáver en la mañana cuando viniera a limpiar, del susto podría perder el control y quemarme el castillo, tengo que mirar por mis posesiones.

Robby rió suavemente.

—Así que eso es lo único que te importa, ¿verdad?

Eros le sonrió, dejando que sus rizos se deslizaran por su cuello, cayendo hacia delante cuando cambio la postura de su cuerpo. Terminó por entrelazar las manos sobre sus muslos.

—¿No te importa que Eneas se vaya a esa aldea sin saber si va a volver?

Roberto tragó saliva, tan nervioso que no sabía donde colocar la mirada. Se puso la camisa, que era lo único que le faltaba para estar completamente vestido. En realidad, no podía mantener las manos quietas.

—¿A que viene el brusco cambio de conversación? Pensé que hace un momento estábamos bromeando.

Eros le miró, con esos hermosos ojos dorados, otras de las pocas cosas que le diferenciaban de Eneas.

—Contéstame seriamente y sin rodeos.

Robby intentó sonreír maliciosamente.

—¿Es una orden del gran jefe gigante? —pero la mirada de Eros le hizo entender que el momento para las bromas había pasado—. Supongo que… me inquieta. En realidad… me da miedo pensar, que mi conexión… la única cosa que me ata a este mundo en el cual estoy obligado a vivir, se vaya —se llevó inconscientemente una mano al pecho—. No quiero quedarme solo.

Eros se levantó de golpe de la cama, apoyó una mano en su cintura, como si estuviera cansado solo por el mero movimiento.

—Entonces ve con él.

Roberto lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué? —preguntó Eros, entrecerrando los ojos—. ¿Tienes miedo a morir si vas al foco de la epidemia?

La duda, la posibilidad estaba ahí. Morir… lo había pensando mucho desde que llegó. En su mundo, se le tenía un miedo horroroso a morir, porque… no era algo normal, o por lo menos no si vivías fuera del tercer mundo. Pero ahí… en Gea, no era algo tan importante. Lo realmente importante era proteger a los que tenías a tu alrededor, a los que realmente te importaban. Porque sin ellos, daba igual si tú morías, ya que no te quedaría nada por lo que seguir adelante.

Si Eneas moría, ¿que más daba si él quedaba vivo? Y si no le tenía miedo a morir… ¿por qué no ir con él?

—El no querrá que vaya. Me rechazará —igual que había hecho hace unos momentos. Todavía podía sentir el dolor y la punzada de esas palabras en su pecho.

Eros pareció pensativo, así que simplemente, con unos pasos lentos, se fue acercando a la puerta.

—Si no se lo preguntas nunca lo sabrás. Cuñado cobarde.

Lo que escuchó a continuación, fue el sonido de la puerta al cerrarse. Roberto lo sabía, Eros llevaba razón, pero… él siempre había sido un cobarde y… se moriría siéndolo. Estando Eneas con él… o no.

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jueves, 19 de agosto de 2010

Lágrimas de Hielo (Capítulo 6)

Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 6

Se sentía bien. Agradable. ¿Qué era lo que le acariciaba? ¿Dedos? Dedos… ásperos, que lo apretaban, que agarraban la carne de su cintura. Podía sentir como el dedo corazón de aquella misteriosa mano le presionaba el hueco del final de su espalda.

Esos suspiros… esos ruidos desesperados que escuchaba, ¿salían de su boca? Se sentía acelerado, necesitaba… no sabía quién diablos era el que lo acariciaba, pero necesitaba más. Más de ese calor, de los arrumacos de su piel, de esa cruda pasión.

La otra mano subió por su ingle, el suave murmullo del roce le calentaba el estómago. Lo sentía temblar bajo las caricias, éstas subiendo más arriba, su pecho sacudiéndose con violencia, deseoso por la anticipación. Un toque, un ligero pellizco en su pezón y se sintió morir.

Su boca se abrió y gimoteó de placer. ¿Quién...? ¿Quién era la persona que lo ponía tan débil, tan ansioso? Él también lo deseaba, sea quién fuese, él quería tocarlo.

Alzó las manos y las apretó contra el fuerte pecho que tenía en frente. Fueron a parar a dos duros pectorales, a pesar de toda su racionalidad, no le desagradó. Era puro poder lo que percibía bajo su toque. Quería poseer ese cuerpo duro y grande, quería apretarlo contra el suyo, y tomarlo violentamente.

También quería que sintiera el mismo placer que él acaba de experimentar. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, y agarró el puntiagudo pezón, tirando de él y acercando su boca.

Su corazón bombeaba como loco, sin embargo, enzarzó sus labios en la aventura de cazar el pezón, envolviéndolo con ellos, tirando con sus dientes.

Fue un gruñido áspero, pero arrebatado por la pasión. Solo escucharlo, hizo que una corriente eléctrica sacudiera su cuerpo y mientras dejaba escapar un gemido de placer, intentó enfocar los ojos.

Rizos, hermosos rizos rubios caían sobre su cara cuando el enorme cuerpo duro y sensual se había apoyado en él. Envolvió sus brazos en esa espalda y se relamió los labios. Quería oírlo gruñir más, que ese cuerpo se revolviera en su regazo mientras le rugía placenteramente en el oído.

Su cintura era estrecha a diferencia de todo su cuerpo, y bajó un poco más. ¡Dios! Esa nalgas tan duras… otro gruñidito de desesperación salió de su propia boca cuando sus dedos las arañaron, apretando esa dura carne y magreándola.

De repente, su cabeza empezó a darle vueltas, y un dolor en el brazo parecía querer sacarle de aquella deliciosa experiencia. Intentó rehusarse, agarrándose más a aquel cuerpo. Lamió la punta de la curvada nariz y se aferró a los rizos rubios antes de intentar conquistar esa boca, roja, abierta, húmeda.

¿Quién era esa persona que lo volvía loco? ¿Por qué, aun sin saberlo, ya tenía alguien recorriendo su mente? Tenía que ser él, deseaba que fuera él.

—Eneas…

Un gritito sorprendido consiguió por fin que Robby despertara de su sueño. Abrió los ojos lentamente e intentó enfocarlos. Se extrañó un poco al ver a su hermana sentada de culo frente a él, mirándolo con una ceja alzada.

Bostezó y se rascó la cabeza antes de decir:

—Creía que eras tan remilgosa como yo, pero parece que no. Aunque… esa posición no es muy cómoda.

Beatriz, soltó un gracioso quejido molesto, le guanteó el brazo, arrastrándose un poco para poder sentarse con la espalda apoyada en la pared como su hermano. Desde allí tenían una vista perfecta del patio de armas, donde ya, solo quedaban menos de diez soldados, aun entrenándose.

—Solo pasaba por aquí y te vi durmiendo con… —los ojos almendrados de la chica se centraron en la espada que llevaba Roberto y en la que había estado apoyando la barbilla todo el tiempo que estuvo dormido—. ¿No crees que es peligroso tener eso en la mano mientras te echas una siestesita? ¡Además, desde cuando, un remilgoso como tú se ensucia de esa forma sin inmutarse! —se quejó, observando la ropa totalmente llena de polvo y los ramalazos negros en la cara de su hermano.

Robby soltó un quejido, meneando bruscamente la mano para hacerla callar.

—Estoy demasiado cansado para escuchar tus berrinches.

Beatriz lo miró con ojos sorprendidos, y con todo su coraje, le pegó un ligero pellizco bajo el brazo, sabía lo que eso le jodería infinitamente a su hermano

—Me cago en tú… —se quejó Roberto, sobándose el brazo donde aun sentía el dolorcito del pellizco. ¿No se llevaba de moda en aquel mundo estrangular a la gente? Pues como su hermana lo siguiera tentando… soltó un suspiro y sonrió—. Esta espada no tiene filo, la uso para entrenar —la levantó, pasando un dedo por la cuadrada hoja—. Ayer fue clase teórica —se rió, guiñándole un ojo a su hermana—, y hoy he empezado a practicar un poco… pero vamos… el bastardo de Karel no me ha dejado de golpear en los mulos y pantorrillas. «No fuerces tu espalda, el control está en tus piernas y caderas». Oírlo decir eso durante horas fue agotador… nada más de recordarlo me dan mareos.

Bea se rió, pataleando graciosamente nada más de imaginar al capitán pegándole pataditas a su hermano en la espinilla.

—¡Oh Dios! Mañana no me puedo perder eso… ¿Dónde se me caería el bolso cuando vine a este mundo? Si lo tuviera… te gravaría con el móvil.

Roberto la miró, sonriendo un poco.

—¿Para qué? Seguramente si Eros viera eso, capaz de creer que estás maldecida o algo así. ¿Te imaginas si Karel se ve así mismo en la pantalla del móvil? Se desmayaría del susto.

Beatriz volvió a reírse, negando con la cabeza y limpiándose las lágrimas de los ojos.

—¿Y eso no sería malditamente gracioso?

¿Gracioso? Bueno, Roberto pensó que sería una buena venganza por los cardenales que tendría mañana en las piernas. Maldito Karel, y eso que Eros le advirtió. ¿Caérsele una pestaña? ¡Él corazón es lo que le iba a arrancar Karel como no le diera un puñetero descanso!

Lo único que lo hacía sentirse mejor, era que su hermana parecía estar contenta. Por lo menos, volvía a tener ese humor de siempre.

—Me extraña que no hayas dejado ver antes tu alma sádica.

—Oh vamos… —se quejó—. No soy tan mala… pero es divertido ver a un hombre retorcerse y sufrir, mmm… es emocionante. Eros piensa que soy una chica indefensa, pero… cuando por fin lo coja… lo haré lloriquear durante toda la noche.

Roberto la miró horrorizado, tapándole la boca rápidamente.

—Exceso de información. ¡Exceso de información! Dios… casi me chamuscas el cerebro —Robby bajó la cabeza, derrotado—. ¿Que ha sido de mi pequeña e inocente hermanita…? Sabía que esos malditos libros eróticos te estaban pudriendo el cerebro.

Beatriz rió picaronamente, quitándose la mano de la boca y acercándose a su hermano. Robby no se fiaba nada de ella cuando le brillaban así los ojos, maliciosamente.

—No me vengas con esas… ¿Qué estabas soñando cuando llegué? No parabas de «ah… ah… mmm… Eneas…». De la sorpresa hiciste que me cayera al suelo.

¡¿Qué!? Roberto se puso rojo como un tomate… entonces… esa sensación de calor que sintió cuando se despertaba… ¡El no recordaba nada del sueño! Bueno… algo, pero… oh, oh, oh… ¡Que vergüenza!

Robby echó la cara hacia otro lado para que su hermana no lo viera, aunque ésta ya estaba sonriendo picándole con un dedo la mejilla.

—Déjame —se quejó.

—Venga, pequeño. No tienes que avergonzarse tanto… un sueño húmedo es normal para los hombres. ¿Llegaste a algún sitio?

Roberto no entendía que quería decir.

—¿Algún sitio? —preguntó, siguiendo inmediatamente después la mirada de Beatriz a su… Sus manos se movieron para ocultar la erección que aun se mantenía en su entrepierna—. Eso no es lo que…

Beatriz se volvió a reír, echándose en la pared y mirando a los dos únicos soldados que quedaban entrenando. Uno era jovencito, mucho, y el otro parecía un veterano.

—Siento que no hayas podido desfogarte y ahora estés frustrado. Debería haber esperado un poquito más antes despertarte.

Madre mía… Roberto se masajeó la frente, frustrado más por lo que decía su hermana que por el otro problemilla a resolver. Aunque parecía que se estaba tranquilizando por sí mismo, gracias a Dios.

—A cada minuto te estás volviendo más pervertida.

Para su sorpresa, Beatriz entrecerró los ojos y sonrió tristemente. El delicioso aire que se había levantado ya al caer la tarde, levantaba el cortito cabello café de la chica, haciendo que su flequillo flotara ante sus hermosos ojos almendrados.

—Siento, que es la única manera de poder adaptarme a este mundo. Uno tiene que cambiar un poco, para poder… estar aquí sin añorar tanto mi vida normal. Echo de menos tanto a mamá que a veces me dan ganas de llorar. Si tú no estuvieras aquí, no sé si podría haber aceptado con tanta facilidad a Eros. Tendría tanto miedo… ¿tú tienes miedo también?

Vaya cambio de conversación, pensó Robby. Bea había pasado de picarona a melancólica. Pero llevaba razón. Habían podido soportar todos los problemas desde que llegaron porque… se tenían el uno al otro. Su hermana era la única con la que podía hablar sin preocuparse en que lo que estuviera diciendo fuera incomprensible para la otra persona. Tenerla allí, le ayudaba a recordar una parte de su vida. Puede que con los años, ella consiguiera que rememorara algunos momentos de su vida antes de llegar a ese extraño mundo, evitando así que se les olvidara. Beatriz era su única conexión con la realidad y… su cordura.

—Tengo miedo. Pero tú te conviertes en un alivio para mí. Haces que me pueda permitir vivir en este mundo, sin tener el temor de que pueda olvidar alguna vez quién fui. Tú estás aquí. Eres mi hermana. Tú me recuerdas con solo mirarte quién soy y a donde pertenezco —Roberto se rascó avergonzado la mejilla, por la cursilería que acaba de soltar—. Ya me entiendes.

Bea asintió, dándole una palmadita en la pierna para hacerle ver que lo entendía.

—Eros está preocupado por Eneas. Ese imbécil es realmente extraño… —se mordió el labio, confusa—. Sé que es tu media naranja y demás… pero…

Una mueca incrédula se adueñó de la cara de Robby.

—¿Por qué se escucha tan ridículo cuando sale de tu boca?

Beatriz se volvió hacía él, con una enorme sonrisa picarona.

—Es que es ridículo —soltó una aguda carcajada—. Pero… yo creo que ese tipo te desea. Se está enamorando de ti pero no quiere dar su brazo a torcer. Eros también lo sabe y eso lo está preocupando a morir. Si mi Eros se queda calvo por tanta preocupación… oh… me las pagaréis.

Ahora fue el turno de Roberto para reírse.

—Por lo menos tendrás algo que hacer cuando pase un par de años y ya no se le levante.

—¿Quieres que pase mi vejez sacándole brillo a su calva?

Robby se echó contra la pared, apretándose la barriga que ya le dolía de tanto reírse. Después sacudió la cabeza, intentando que la maldita imagen de su hermana, escupiendo en un trapo para después pasarlo vigorosamente por la cabeza calva de Eros se fuera de su mente.

—No me metas imágenes raras, Bea. Ahora cada vez que vea a Eros no voy a poder evitar reírme. Estoy seguro de que me atravesará con su espada humillado antes de que acabe la semana.

—No se atreverá —dijo alegremente su hermana, mientras se colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja—. Me encargaré de mantenerle ocupado mientras tú te ríes por los rincones. Por lo menos así no pensarás en nada triste cuando Eneas se vaya.

Si la conversación estúpida lo había despistado un poco, aquella última declaración había conseguido que volviera a la realidad. Se giró bruscamente hacia Beatriz y la cogió por los hombros, haciendo que la chica le mirara a la cara. Ésta no parecía sorprendida por la reacción.

—¿Qué Eneas se va? ¡¿A dónde?!

Bea lo miró fijamente, cogiéndole una mano para mantenerla fuertemente estrechada entre las suyas.

—Te importa, ¿verdad? —cuando su hermano no contestó, ella asintió—. Lo sabía, se lo dije a Eros, que Eneas no debía irse, pero tiene que ir a una aldea de Kasmor, creo recordar, ya que el rey de allí, se lo ha pedido al rey que manda en toda Gea —Beatriz intentó hacer memoria—. ¡Angus! Eso es… el Rey Supremo Angus ha mandado una notificación para que Eneas en persona fuera hasta Kasmor para ayudar en la epidemia que se ha desencadenado en una de las aldeas.

Roberto se echó hacia atrás, todavía mirando a su hermana. Supo que ésta seguía agarrando su mano, cuando al estirar del brazo, notó el tirón que dio ella para no soltarlo.

—Pero una epidemia… en este mundo… él no usa magia, es un simple curandero. Podría contagiarse… podría morir. Es una locura, es…

—Su trabajo —terminó Beatriz—. Si se niega a la petición del Rey Angus, su cabeza rodará igualmente, o así es como me lo contó Eros. También me dijo que esto ha pasado muchas veces antes y siempre ha conseguido averiguar la procedencia y la cura de la enfermedad.

Robby negó con la cabeza, todavía demasiado impactado y confundido.

—¿Crees que eso hará que me deje de preocupar?

—Supongo que no —respondió tristemente.

Era entendible. Bea ni siquiera quería imaginar como estaría si fuera su gigante el que estuviera frente a tal peligro. Su hermano se enfrentaba a un dilema. Estaba divido entre la razón, que le decía que tendría que estar aliviado por la ausencia de Eneas y por su corazón, que no dejaba de encogerse ante la preocupación de no volver a verlo jamás.

Roberto por fin liberó su mano, se levantó torpemente, pues al haber estado tanto tiempo sentado en el duro suelo, ahora sentía el culo magullado, y se volvió a apoyar en la pared. Quedó pensativo hasta que suspiró.

—Da igual, voy a lavarme. Una cosa es que me haya acostumbrado a sentarme en el suelo y otra a este olor a sudor —gruñó encogiendo la nariz.

—Pero, sobre Eneas, yo creo que si…

Un dedo de Robby evitó que su hermana siguiera hablando. Le negó con la cabeza, no quería escuchar ni una sola palabra más sobre ese tema. No quería pensar en ello. Intentaría mantenerse todo lo ocupado posible hasta que viera a Eneas entrar de nuevo por las puertas del castillo. A salvo.

—Estoy cansado, Beatriz —y ella supo que las connotaciones de esa palabra iban más allá del aspecto físico—. Ayer estuve todo el día aquí, no cené bien y ya ni te cuento lo mal que dormí. Hoy tampoco ha ido mejor, este es mi segundo entrenamiento y Karel me ha apaleado a base de bien, el muy bastardo. Solo quiero lavarme para poder meterme en la cama.

—¿No cenarás? —preguntó preocupada. Su hermano no podía dejar de comer como estaba haciendo.

Se había dado cuenta que, en los dos días que llevaba allí, casi no había probado bocado. Primero porque le pareció impactante la extraña comida, y después… a falta de ganas. Dentro de poco no tendría fuerzas para levantar esa espada que aun llevaba encima.

—No te preocupes. Estaré allí a la noche. Si no llego porque me he quedado durmiendo o algo así, ve a despertarme. En realidad tengo mucha hambre.

Acarició lentamente los cabellos de Bea, en una caricia suave, tranquilizadora. La chica asintió, conocedora de todos los problemas que ahora mismo, estaban pasando por la cabeza de su hermano.

Roberto se marchó, caminando lentamente hacia la habitación donde estaba la pila con el agua. Después de dos días, había escuchado que los soldados le llamaban lavadero, ningún nombre se veía más apropiado que ese.

Pasó por la puerta del castillo, donde parecía que estaban empezando a poner la mesa. Por lo visto, no le daría tiempo de echarse un sueño como él pensaba. Suspiró, terriblemente cansado. Le dolían todos los huesos, y hoy, a diferencia de ayer, Eneas no se había pasado a vigilar su entrenamiento, como si lo visto el día anterior, fuera lo suficiente para aprobar algún especie de examen de calificación al que seguramente, tanto Eneas como Eros, le habían sometido.

Puede que estuvieran preocupados, temiendo que no estuviera capacitado para ser un soldado. Él también lo había pensado muchas veces, pero lo visto, Karel había dado su aprobación. Y maldición si hoy no había puesto todas sus energías en demostrar que llevaba razón. Antes de que acabara la semana le dolería tanto el cuerpo que estaría un mes sin poder moverse.

Eso por no contar que todavía estaba esperando el mejunje que Eneas le prometió preparar para sus cardenales del cuello, que suponía ahora también le serviría para los de sus piernas.

Justo cuando estaba llevando al lavadero, vio algo a través de la enorme ventana rectangular que lo impactó. Todo ocurrió de golpe, el shock fue tan grande que su primera reacción fue echar un paso hacia atrás. ¿Debería salir corriendo de allí?

Pero sus pies se movieron solos, se escondió en una esquina y siguió mirando furtivamente por la estrecha ventana.

¡Por todos los dioses! Ni en los anuncios de bóxers había visto una constitución tan perfecta como la que tenía delante. Lo peor es que… el estaba ahí escondido como si fuera un maldito pervertido. Tendría que haber entrado como tal cosa, haberse desnudado y lavarse como si no pasara nada. Todavía estaba a tiempo de hacerlo, bien… no, imposible. Ambos desnudos solos en una habitación… sería… peligroso.

Las imágenes del sueño pasaban una y otra vez por su cabeza, hasta alguna que hasta ese momento no recordaba. Ya no sabía si era el sueño o su imaginación la que le estaba jugando una mala pasada. Pero… ese cuerpo era de admirar.

Bello en su musculatura, grande y cuadrado. Esa posición en la que se encontraba, le daba un ángulo perfecto para poder recrearse en toda su desnudez. ¡Que espalda tan bien formada! Le encantaba como se contraían sus músculos cuando los brazos se doblaban para frotar su pecho. Y esos hilitos brillantes de agua, que bajaban brillando lentamente por su columna hasta… hasta…

Roberto se llevó las manos a la cara, sintiéndola completamente caliente. No podía seguir comportándose como un viejo verde. Si alguien lo veía… pero… todavía no había podido echarle un buen vistazo a su culo. La sola idea de mirarle el trasero a un hombre era rechazada cruelmente por su mente, pero… sus ojos se iban solos. ¡Tenían vida propia!

Allí estaban, las prietas nalgas que el recordaba haber agarrado bruscamente en su sueño. ¿Serían tan duras entre sus manos? ¿Se sentiría igual de desesperadamente caliente ahora mismo, si se acercara por detrás y las arañara con sus dedos?

Su mente cada vez se estaba perdiendo más y más, y entonces sintió el último golpe para rematarlo. Eneas se recogió los rizos rubios en un pequeñísima coleta alta, dejando al descubierto su terso y robusto cuello, gotas y más gotas, y entonces… alzó una pierna hasta colocarla sobre el lavabo. Mojó un paño y lo pasó por sus piernas, siguiendo la curva de su pantorrilla, entre los dedos de sus pies.

Roberto sentía que se le cortaba la respiración, no solo por ver sus mulos contraídos, su culo expuesto o como el paño levantaba el escaso vello rubio que cubría su piel, si no que… ahora veía como se las gastaba el gigante. Era… era… ¡malditamente enorme!

Sería imposible para él albergar algo así… o… lo mataría, antes de terminar, lo mataría. Pero… ¡Un momento! ¿Ya estaba otra vez con esos pensamientos suicidas? Si por algún motivo ellos pudieran tener… algún tipo de intimidad, sería él quién se lo hiciera a Eneas, eso estaba claro. Había que pensar en el tamaño, ¿no? A Eneas le dolería menos, claro está.

Aun con el pensamiento en la cabeza, Roberto lo hizo a un lado. Eneas, ni aunque el infierno se congelara, le dejaría tomarlo. ¡Otra razón más para no replantearse ideas absurdas como el sexo con el madito gigante rubio!

—¿Has disfrutado ya lo suficiente?

Roberto se sobresaltó, golpeándose la cabeza con la pared cuando quiso voltear demasiado rápido su cuerpo. Sabía que lo iban a atrapar, en ese mundo no había intimidad ninguna, aquello no cubriría en la tierra ni las normas básicas de calidad de vida.

Cuando vio a la persona que lo había atrapado babeando mientras miraba a Eneas lavarse, supo que su día se había ido totalmente ya, al infierno.

—Estaba tan a gusto cuando no te vi en los dos últimos días. Hasta me hice ilusiones.

Kazla estrechó molesta los labios y sus hermosos y enormes ojos verdes acribillaron a Robby como si vigilara a un conejo el tiempo suficiente para echársele encima. También, Roberto tenía que admitir que aquella mujer seguía tan impresionantemente hermosa como la primera vez que la vio.

Al empezar anochecer, se había levantado un ligero veintencito que refrescaba agradablemente, sobre todo a los que habían pasado toda la tarde entrenando en ese patio de armas, que parecía más un asadero que otra cosa. Esa ligera brisa sacudía la melena pelirroja de Kazla, sus ondulaciones bailaron pesadamente a su espalda y Robby se dio cuenta en ese momento que le llegaba el cabello más allá de sus caderas. Eso contando con unas curvas impresionantes y esos bonitos ojos.

No sabía como era realmente la diosa Fanghial, pero Robby suponía que si era hermosa, debería parecerse a Kazla.

¡Oh, ¿eso que notaba eran pecas?!

—¿Que intenciones tienes con mi marido? —preguntó ella, tan o más molesta con esa profunda observación de Robby, como por la burla dicha anteriormente.

Roberto se sintió un poco intimidado por la pregunta. Que le iba a decir cuando ni él mismo sabía que estaba pasando con él.

—No tengo ningunas intenciones. Tú «marido» dejó claro que lo único que me pertenece de él es una parte de su Alma —Robby apartó la vista, haciéndose el duro pero evitando que Kazla se diera cuenta del dolor que expedía sus ojos—. No tienes porqué preocuparte.

Sin embargo, la mujer parecía ofendida solo con esa mera concesión por parte de Eneas. Roberto podía verlo claramente en su expresión. Ella no quería darle ni eso para que se consolara. Ahora, empezaba a darse cuenta que esa actitud indiferente solo era una tapadera, estaba esperando para cogerlo solo y…

—Eneas es mi marido. No tienes derecho de venir aquí reclamando nada —Kazla bajó la cabeza, tristemente—. Desde que llegaste, me he sentido apartada. El marido cariñoso y amable con el que me casé, parece evitarme —sacudió sus pestañas, mostrando un resquicio de brillantes lágrimas—. Ya ni siquiera me siento mujer, he dejado de percibir el deseo de hombre por parte de Eneas. Yo siempre lo he dado todo por él, le entregué mi pureza, mi orgullo de mujer. Sé que Eneas solo está un poco confundido, y que todo pasará con el tiempo —alzó de nuevo sus ojos, ahora más seguros y… ¿amables?—. Sin embargo, si quieres, podemos intentar llevarnos bien los tres. Puedo permitir que te quedes a su lado si me prometes respetar el lazo que nos une en matrimonio.

Robby alzó una ceja. ¿Permitir? ¿Estaba intentando hacerle sentir culpable para poder manipularlo? ¿Con quién se creía esa tipa que estaba tratando? Debía admitir, que en un principio, podía haber caído en su trampa. El día que llegó estaba tan confundido e impactado con todo lo que había ocurrido, que… su negación por Eneas era más rotunda, igual que la culpa hacia Kazla al saber que estaba casado con ella.

Ahora las cosas eran diferentes. Recordaba las palabras que su hermana le había dicho hace una hora. Tenían que cambiar, para poder amoldarse a ese mundo y poder vivir en él, tenían que cambiar un poco. Su carácter débil y temeroso, sus pensamientos antiguados, era un obstáculo para su propia felicidad. Aunque por supuesto, nunca iba a rechazar sus principios, solo acomodarlos a su nueva forma de vivir.

—Mira, Kazla —dijo con una voz que intentaba ser comprensiva—, cuando vine y descubrí todo esto, para mí era como una pesadilla. Pensaba que me despertaría y me daría cuenta de que estaba dormido. Pero cuando al día siguiente, desperté de nuevo en esa cama incómoda, me di cuenta de que no iba a cambiar nada. Seguiría aquí, viviendo en este mundo y puede que hasta por siempre —se rascó la cabeza bruscamente, intentando encontrar las palabras correctas, ya que la mirada de ella, que de tierna estaba transformándose en una fulminante, no ayudaba—. Admito que mi primer pensamiento sobre esto fue mantenerme al margen. Ese hombre era tuyo, y en cierta forma, a mí no me interesaban —procuró hablar en pasado, ya que esa parte de su mente no estaba clara, y dudaba si quería aclararla—. Creí que lo mejor sería llevar mi vida por diferente camino, pero Eneas no me lo permitió. Me acorraló varias veces hasta que yo tuve que replantearme la relación que teníamos.

—Vosotros no tenéis ninguna relación —corrigió Kazla con sequedad.

Robby se detuvo unos segundos, mirándola y replanteándoselo. Puede que eso fuera verdad, pero… si había un lazo de unión. Algo que lo atraía indudablemente hacia el gigante tanto como este a él. Todavía no podía olvidar como su tan masculino marido, le había preguntado si podía besarlo. Por supuesto, eso se lo ahorró.

Ignoró lo dicho por Kazla antes de continuar.

—Creí poder hacerme a un lado, que te estaba robando algo tuyo, pero después de pensarlo… ¿no eres tú la que me estás robando algo que es mío?

La pregunta le sentó a Kazla como un balde de agua fría. La mujer dio un paso hacia atrás, sin saber que decir.

—Tú… tienes intenciones de robarme a mi marido, ¿verdad? —cuando Robby respondió con una mueca, ella volvió a contraatacar—. ¿Serías capaz de acostarte con él? ¿Sería capaz de dejar que te tomara aun sabiendo que hace unas horas su hombría estuvo en mí?

Roberto no sabía que le había impresionado más, lo asqueroso de lo dicho por Kazla, o la forma tan rara en la que se había expresado. Pero bien, la idea de que… Eneas hubiera estado antes con ella, y después a él… nada más de pensarlo le daban nauseas.

—No sé si sería capaz de acostarme con Eneas —dijo con total sinceridad. Por algún motivo, sentía que debía ser correcto con Kazla. Todavía había un lugar en su mente donde la culpabilidad se aferraba reacia a dejarlo—. Pero igual te digo, que no puedo asegurar que llegado el momento, pudiera resistirme.

—¿Resistirte? —el horror en los ojos de Kazla se hacía cada vez más visible.

Robby supo en ese momento, que la baza que esa mujer utilizaba para estar segura de su posición, era su siempre impetuoso rechazo hacia los hombres. Ahora que había afirmado su duda, Kazla había perdido su as.

—¿Puedes imaginar -solo por un minuto- lo que es saber que una persona te pertenece, como si fuera otra parte de ti, sentirla muy adentro y… no poder tocarla? ¿Verla atada a otra persona sin poder poseerla, acariciarla, cuidarla? —Roberto bajó la cabeza y se agarró la camisa, justo sobre el corazón—. No sabes cuantas veces me he preguntado que perdería por correr a sus brazos y arrebatártelo con solo un par de besos —ahora sí, los ojos azules de Robby se centraron en la cara de Kazla—. Voy a luchar por lo que me pertenece. No sé que quiero conseguir realmente, pero no voy a permitir que alejes de ninguna forma a Eneas de mí, ¿te quedó claro?

No sabía de donde salía esa seguridad. Estaba hablando sin conocer los sentimientos de Eneas, sin saber lo que él quería. Sabía que dependía de esa mujer y que la tenía como un punto de agarre para mantener esa cabezonería suya de ser diferente. De no dejarse llevar, de intentar controlar su vida. Kazla parecía asustada pero Robby sabía que ella las tenía todas para ganar. Esa mujer tenía agarrado a Eneas fuertemente, más de lo ella misma creía.

Kazla no sabía que hacer o decir. Su cara pasaba por muchas muecas y Roberto supo que demasiadas ideas estaban viajando por esa pequeña cabeza con infinita rapidez.

La seguridad que había adoptado Roberto, se esfumó cuando vio un extraño brillo en los ojos de Kazla, segundos después se encontraba echado contra la pared con la mujer apretada sobre él. Y bien apretada… porque podía sentir las formas de sus enormes senos en su propio pecho. Sintió como su entrepierna volvía a endurecerse, y es que tener una mujer como Kazla agarrada a él, no sucedía todos los días.

Sus manos temblaron un poco, alzándose solas para rodear la estrecha cintura de la mujer. Al final, Roberto pudo resistirse y pegó las palmas a la fría pared, intentando que la sensación punzante en sus manos, le ayudaran a controlar el deseo de su cuerpo. ¡Maldita sea, era un hombre!

Kazla, rodeó su cuello con los brazos y aproximó su cara, sacó la puntita de la lengua y con total descaro la pasó por entre los labios de Roberto. Éste tuvo el tiempo justo de girar la cabeza para que no se le ocurriera besarlo, tampoco se veía con la fuerza de retirarla, pero de ahí a dejar que lo besara… Dios… era la mujer de Eneas.

—¿Por qué te resistes? ¿No me deseas?

Roberto tragó saliva, mirándola de reojo.

—Por supuesto que sí. Cualquier hombre ha soñado alguna vez con acostarse con una mujer como tú pero… —tomó aire profundamente y recogiendo toda la fuerza que pudo reunir, la sujetó de los hombros, intentando que se alejara. Lo consiguió un poco, sin contar con que la rodilla de ella se coló entre sus piernas, presionando sutil y enloquecedoramente su erección. Robby se negaba a ceder—, no se qué te propones intentando una acción tan peligrosa. Eneas está ahí detrás, si nos ve… nos va a matar a los dos, y te aseguro que sería capaz.

De eso no le cabía la más mínima duda, Roberto lo sabía. Todavía podía sentir el dolor en los magullones de su cuello. Si ahora lo encontraba sobándose con su mujer, bueno… ahí correría la sangre.

Kazla se negó a obedecer, rozando todo su cuerpo contra el de Robby como si fuera un gato manso. Sentía que el hilo de la sensibilidad del chico estaba a punto de romperse, solo unos cuantos empujoncitos más y sería suyo.

—Vamos… si tengo que ver como me robas a mi marido, ¿por qué no nos quedamos los tres juntos? Yo te atraigo y te aseguro que Eneas sabe como complacerme. No me importaría que vosotros dos os acostarais si yo pudiera verme involucrada también —acercó sus labios al oído de Roberto, susurrando sensualmente—. ¿No te gustaría tomarme duro mientras sientes el peso de Eneas en tu espalda, como te posee mientras controla el movimiento de los tres?

Y vaya si Roberto podía imaginárselo. Su erección más apretada todavía dentro de su pantalón. Pero… ¿compartir a Eneas? ¿Volver a ser solo un tercero en su vida? No… Kazla estaba bien para un par de noches, pero… Eneas era su Alma, no podía permitir que estuviera con nadie más. El corazón de Eneas debía ser suyo por completo. Si es que… llegaba a esa conclusión, se corrigió mentalmente.

Dándose cuenta de que… esa era otra forma de Kazla, para manipularle —y una malditamente buena, si habría que añadir— la agarró de nuevo y esta vez la retiró con un poco más de brusquedad.

Kazla parecía tan sorprendida porque su influjo no hubiera funcionado con él, que se había quedado blanca como un muerto y totalmente muda.

—¿Qué está sucediendo aquí?

Roberto se puso recto, sin atreverse a girarse hacia la izquierda y ver quién había interrumpido su extraña y excesiva conversación. Estaba tan nervioso que no se había parado a intentar reconocer la voz del recién llegado, pero la ausencia de esa esencia mezcla de salvia y otras hierbas, le dijo que no era Eneas.

Karel, gracias a Dios.

—Yo venía a lavarme pero… comeré primero. Eso es, iré comeré y después volveré.

Justo cuando estaba pasando por su lado, Karel agarró del brazo a Robby, deteniéndolo. Supo solo con mirar en los iris azules, que el chico estaba ansioso por marcharse.

—¿Qué te ha dicho? —Roberto no contestó, no porque no quisiera, si no que… simplemente, sintió que no debía. Karel ante el silencio se volvió hacia Kazla—. Veo que tú nunca cambias. ¿Volviendo de nuevo a tus viejas costumbres?

¿Eh? ¿Había odio en la voz de Karel? Roberto se paró, ahora sí, sin saber muy bien que estaba pasando y con una curiosidad impetuosa recorriéndole el cuerpo.

Kazla rió, sonriéndole a Karel a la vez que le sacudía coquetamente las pestañas. Se veía que estaba bastante segura de sus encantos. Aunque Robby podía entender el porqué.

—No sé porque te pones así. ¿No juraste que no me volverías a hablar? Supongo que todavía me tienes rencor.

Karel sacudió la cabeza, negándose a caer en las provocaciones de la mujer.

—No sé como podemos tener la misma sangre. Sigues siendo la misma mujer frívola y déspota que consiguió destrozar la vida de muchas personas.

Kazla chistó con los dientes.

—Hablas de mí como si fuera un «Dannomius». Estuve a punto de darte el regalo más grande que se le puede hacer a un ser querido. Tú deseabas ese niño, ¿verdad?

Roberto alzó una ceja, ¿estaban hablando de lo que él creía? Pero entonces… ¿ese niño era de Karel? ¿Y a que se refería con que llevaban la misma sangre? ¿Eran familia?

—Tú y Eneas me quitasteis todo lo que una vez desee. Ahora no tengo nada. Lo perdí todo, solo me quedó el cariño y la amistad de Eros. ¿Cómo puedes ni siquiera atreverte a mirarme a la cara? Después… después de todo lo que hiciste…

Kazla se encogió de hombros, sonriendo con maldad.

—Yo no tengo la culpa de que no puedas dar a luz naturalmente. Tampoco tienes el suficiente nivel social para que la diosa Fanghial te lo conceda. No es mi culpa que él me escogiera a mí.

¡Oye, oye, oye! No estaban hablando de Eneas, ¿verdad? Porque si aparte de tener como rival a Kazla también tenía que vérselas con Karel, definitivamente se daría la vuelta y se pegaría un tiro. Oh bueno… allí no había pistolas así que…

—Yo no, ahora no. Pero antes, él… si él hubiera querido yo… yo hubiera… lo hubiera permitido. Sé que sería vergonzoso, que la mitad de Gea me miraría con malos ojos, pero me daría igual. Con tal de haber tenido un hijo con él… yo hubiera hecho cualquier cosa. Pero ahora no puedo, ya no.

Para sorpresa de Roberto, Karel se dio la vuelta y echó a caminar en sentido contrario al castillo. Nunca había preguntado donde se encontraba la casa del capitán, pero seguramente no podía estar muy lejos de allí.

Unos ruidos se escucharon cerca de la puerta del lavadero. Roberto se dio cuenta por primera vez durante la última hora, que habían estado allí, parloteando justo al lado de Eneas. Le parecía sorprendente, que éste no se hubiera percatado de nada, y el pondría pies en polvorosa antes de que esa suerte se les acabara.

Echó un último vistazo a Kazla y se marchó, justo en el momento que veía unos rizos sexys y mojados flotar cerca de la puerta. Por poco.

Aceleró sus pasos hasta la puerta del castillo. Miró la mesa pero el pensamiento de comer no le agradó, así que subió rápidamente los escalones. Su habitación nunca le había parecido tan cómoda. Se echó en la cama y cerró los ojos, colocándose un brazo sobre la frente mientras suspiraba.

Había tantas cosas extrañas que no sabía identificar en la conversación que acaba de escuchar. Se había sentido como un intruso presenciando algo que no era su incumbencia, pero la maldita curiosidad no le había dejado darse la vuelta y marcharse.

Primero estaba Karel y su referencia a la sangre que compartía con Kazla. Nunca hubiera pensando que esos dos podrían ser familia, aunque tampoco estaba seguro a como de cercanos se trataba. Después, por lo visto, Kazla le había arrebatado a Karel las atenciones de alguien al que claramente él amaba y no era muy difícil deducir que se trataba de un hombre. El cual había tenido un hijo con ella, el que tanto deseaba Karel.

Le había sorprendido que la realeza pudiera pedirle a la diosa Fanghial que un hombre tuviera hijos. Era un pensamiento demasiado… espeluznante para ni siquiera replanteárselo. Vaya… no solo la realeza podía encontrar a su otra alma, si no que también les permitían tener hijos entre parejas masculinas. Y él creía que su mundo era clasista. Eso por no contar que los aldeanos no podían utilizar magia libremente.

Ahora, el peor asunto estaba en… ¿quién era ese hombre por el que ambos se habían enfrentado? Ayer le había preguntado a Karel por Eneas, y este se lo había negado rotundamente, pero también había dejado claro, que él no era alguien a quién contarle sus problemas. ¿Se refería con eso a que… al ser el alma de Eneas, Karel no se sentía cómodo explicándole lo ocurrido?

Su primer pensamiento fue un trío amoroso entre Karel, Kazla y Eneas, pero… ¿y si no era así? ¿Y si era un Karel, Eneas y Kazla? Nada más de pensarlo le daba dolor de cabeza. Ya era difícil tener que vivir sabiendo que Kazla estaba casada con su gigante, que también tener que sobrellevar un amor unilateral por parte de Karel, era demasiado. Demasiado para su débil y confusa mente.

Daba igual, sea como fuese, dudaba que su suerte fuera a variar. Por mucho que el pudiera cambiar de parecer a lo referente a Eneas, dudaba que éste hiciera lo mismo.
Había demasiados demonios dentro del gigante como para ello. Sin embargo, tenía el presentimiento que Eneas no se iría esa noche sin haber pasado por su cuarto antes.

Tenía que esperarlo y ver que pasaba… quería desearle un buen… no, un viaje de vuelta.

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