domingo, 26 de septiembre de 2010

Lágrimas de Hielo (Capítulo 10)

Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 10

El claro estaba en completo silencio. A parte del sonido de algunos pajarillos y los relinchos de Cerbero, nada más se podía escuchar. Era una calma tranquilizadora, en cierto modo, Roberto podía considerarla confortable.

Su estómago se quejaba un poco, tenía hambre. Su mano seguía jugando con la ramita, dándole vueltas en dos de sus dedos. Eneas no había hablado hacía ya varios minutos. Parecía cómodo solo sentado a su lado y en aquel silencio.

Sin embargo, Robby podía también percibir cierta tensión. Por mucho que quisieran, no podían estar juntos sin que ese… inestable sentimiento, naciera en su pecho, por lo menos en lo concerniente a él, por supuesto.

Eneas miró el cielo y después se levantó, pasando su bota por la tierra un poco embarrada por el agua de sus propios pies.

—Deberíamos comer y ponernos en marcha de nuevo —dijo, con la voz un poco más baja de lo normal.

Parecía en extremo tranquilo, y Roberto se extrañó. Era como si su gigante se hubiera quitado un enorme peso de sus hombros. Su expresión se había suavizado, y aunque aun seguía con ese pequeño fruncimiento entre sus cejas, todo su cuerpo desprendía un aura de paz.

Robby no quiso pensar mucho en eso. No quería hacerse una idea equivocada, ilusiones que podían terminar de romperle el corazón. Nuevamente.

—¿A que estamos esperando? —preguntó, cuando Eneas, aun haciendo amago de moverse, siguió quieto en el mismo sitio.

El gigante clavó sus ojos al final de la cueva. Podía ver a Cerbero pegando estirones de algunas hierbas que colgaban de la roca, pero no había señal de los otros dos soldados. Había guardado bien las pocas reserva que llevaba en su alforja, solo tendría que dar varios pasos y cogerla. Al principio pensó en esperar a los otros dos, pero Otix sabría que diablos estaban haciendo y Eneas ni siquiera quería planteárselo. Suponía que nada diferente a lo que él mismo había hecho con Robby. O lo que había estado a punto de hacer, más bien.

Lo miró de reojo, y Roberto al captar su mirada se sonrojó de golpe, apartando la cara un poco avergonzado y sin saber que hacer. ¿No era ese un gesto adorable? Ese chico, era rebelde, inteligente y a la vez dulce… tierno e ingenuo. Tragó saliva cuando sintió que de nuevo el calor subía burbujeando por su cuerpo.

Eneas suspiró y volvió a sentarse al lado de Robby.

—Ve y trae a Cerbero —ordenó impasible, como si le estuviera dando una orden a algún soldado mediocre.

Roberto lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Yo? —cuando el gigante asintió, Robby negó a su vez—. No, ni hablar. ¿Quieres que vaya yo solo y traiga a esa bestia aquí? —tuvo un escalofrío solo de pensarlo—. Imposible.

Eneas no entendía que podía temerle el chico a su caballo. Había tenido la idea clara de que Robby no sabía montar. Era evidente cuando Karel intentó subirlo a uno y Roberto dio de bruces al suelo. A partir de ese momento Eros había prohibido incondicionalmente, que volvieran a acercar al muchacho a ninguno de los animales del establo.

—¿No te gustan los caballos? —preguntó, con un evidente interés en sus ojos.

Robby bufó, lanzando la ramita que aun tenía en la mano, a unos metros de su posición. Se rascó la pierna, nervioso. No quería que Eneas pensara que era un debilucho, es más, creía que había pasado toda su estancia en Gea intentando que el gigante no pensara nada malo de él. Incluso antes de reconocer siquiera que se sentía atraído por Eneas.

—En mi mundo… los caballos son diferentes e incluso esos, no me agradan. Vivo en una ciudad, así que entenderás que allí no se suele interactuar mucho con ellos. Donde esté mi moto que se quite una bestia como esa.

Se volvió a mirar a Eneas cuando éste no respondió. Su cara era un poema, y entonces Roberto cayó en la cuenta de que seguramente, no había entendido nada de todo lo que había dicho. Se golpeó la frente y negó con la cabeza, a veces se le olvidaba con quién estaba hablando. Era un verdadero grano en el culo tener que pensar cien veces lo que ibas a decir antes de soltarlo, a parte de intentar cambiar miles de palabras para poder expresarte de forma entendible. ¡Que martirio! Nunca agradecería lo suficiente a quién lo hubiera traído hasta allí, que lo hiciera junto a su hermana. Si no, suponía, que ya se hubiera vuelvo majareta.

—¿Ciudade? ¿Mouto? —pronunció Eneas con cierta dificultad.

Roberto no pudo evitar echarse a reír. El sonido había salido casi silbante, era malditamente gracioso ver a un gigante poner morros mientras intentaba pronunciar algo que claramente se le resistía. Algún día tendría que enseñarle a decir su nombre completo. Robby no estaba mal pero… se quedó quieto y tragó saliva. Escucharlo decir Roberto, con esa voz grave y baja, al oído, susurrante….

Robby tuvo un escalofrío, y tuvo el impulso de tener otro cuando observó la cara seria de Eneas. Era evidente que al gigante no le había hecho tanta gracia como él.

Se mordió el labio y desvió la vista. Tenía que volver a la conversación de nuevo antes de que Eneas decidiera estrangularlo… otra vez.

—Mmm… una ciudad es algo… como el pueblo de Granmor, pero… con edificios grandes, uno encima de otro. El suelo duro, por donde nos transportamos con… unos especies de carros de metal que consiguen ir bastante rápido, por cierto. Y… —Robby no sabía que decir, se sentía estúpido, era como explicarle a un niño como era el cielo y por donde volaban los ángeles… se rió y meneó la mano para quitarle importancia—. Da igual, en conclusión, no es un lugar donde se pueda ir a caballo. Aunque en el campo, todavía hay muchos sitios donde se crían. Pero supongo que es por capricho o lujo, más que nada.

Eneas asintió, parecía pensativo, así que supuso que estaba intentando imaginar todo lo que le explicaba. Robby sonrió abiertamente, le gustaría llevar a Eneas a su mundo, que viera como era una vida real, cómoda. Con una calidad y principios que ahí en Gea, estaban más que perdidos o simplemente, eran imposibles con sus pocos recursos.

—Entiendo —dijo Eneas, mirándolo por unos breves segundos antes de levantar su vista hacia Cerbero—. Pero aquí… debes aprender a montar a caballo, tienes que aprender a manejarte, o estás perdido. Si no te haces fuerte y aprendes todos los pormenores de este mundo, morirás —sus palabras salieron tan claras y frías que Roberto lo miró furioso, humillado y… Eneas le pasó una mano por la cara, sintió sus cálidos y grandes dedos solo unos instantes antes de que el gigante la volviera a bajar—. Tienes que ayudarme con esto, porque no voy a permitir que caigas, de la forma en la que sea. Tú vivirás conmigo, a mi lado. Aunque tenga que patearte el trasero para que te muevas a mi paso.

¿Con él? Robby sonrió como un tonto, aunque retiró el rostro para que Eneas no viera la expresión bobalicona que seguro tenía en la cara. Se rascó la mejilla, un tanto avergonzado.

—Que manías tienes con mi culo. —dijo antes de darse cuenta. Abrió la boca y giró hacia Eneas, que lo miraba con una ceja alzada y una expresión entre sorprendida y socarrona. Eneas nunca había reaccionado así, hacia nada que hubiera dicho o hecho Robby, y sin embargo ese comentario…—. Iré en busca de esa bestia, pero si me muerde o me patea hasta matarme, caerá sobre tu maldita conciencia.

Eso era lo mejor, un maldito cambio de conversación. Miró a Eneas unos instantes y después a Cerbero, no muy seguro. Después tomó aire profundamente y le echó valor. Había estado montado en él, con suerte el bicho lo reconocería y… no le cocearía hasta hacerlo misto en el suelo.

Avanzó por la oscura tierra, a pesar de lo que había pensado de ésta cuando llevaba las botas puestas, pudo experimentar sin ellas, que era suave y fina. Más que tierra parecía arena de playa, solo a diferencia del arcilloso color que la bañaba. Sus pasos quedaron impresos por todo el camino hasta que llegó a la entrada.

Cerbero lo ojeó con esos pequeños rubíes y siguió masticando como si nada unas cuantas briznas de hierba. Roberto se quedó quieto, mirando al caballo, evaluándolo. Éste patinó la pezuña, levantando un poco de polvo y adelantándose a cualquier movimiento, Robby se echó hacia atrás un tanto intimidado. ¡Aquel bicho le estaba advirtiendo! Había muchas personas que le habían echado cojones en su propia cara, nunca había sido alguien obstinado, así que la mayoría de las veces daba su brazo a torcer. Pero… esto era… ¡solo era un caballo! Bueno… uno dos veces más grande que él y con unos colmillos que casi le llegaban a los ojos, y hablando literalmente.

Intentando echar valor de donde fuera, dio otro paso hacia delante y agarró las riendas con fuerza. Cerbero relinchó suavemente, y le terminó por dar un golpecito con la cabeza en el pecho, empujándolo de forma… ¿cariñosa? ¡¿El maldito se había reído de él?!

—¿Te diviertes? —preguntó Robby, alzando una mano y acariciándole entre los ojos. Parecía que estaba comenzando a peder el miedo, aunque aun sentía sus dedos temblando sobre la dorada crin.

Cerbero relinchó en respuesta afirmativa, y bajó el morro, como buscando en la ropa de Robby algo que llevarse a la boca. Volvió a relinchar cuando no encontró nada, y con sus ojillos rojos refulgiendo desvió la cabeza, decepcionado.

Roberto rió, alto y claro. Le empezaba a gustar ese animal. Parecía que sus prejuicios habían sido totalmente infundados. Era un caballo inteligente, más de lo normal, pensaba. Pero… ahora que se fijaba, se veía de clase alta, elegante. Con su pelo negro brillante y su melena dorada que hacían un fuerte contraste. Es verdad que le intimidaban un poco las púas negras que le sobresalían de la crin rubia, al igual que esas enormes orejas caídas y los colmillos afilados y tiesos hacia arriba y hacia abajo, rebosando su boca y llegando los inferiores casi hasta los ojos y los superiores hasta más haya de la mandíbula.

Le acarició el cuello, y Cerbero, esta vez, le empujó con la cabeza, hacia fuera de la cueva. Era unos movimientos constantes, como si quisiera decirle algo. Robby siguió con los ojos la dirección que le indicaba, todavía algo escéptico, hasta que… empezó a escuchar unos extraños ruidos que no había percibido al estar demasiado concentrado en el miedo que lo invadía.

Palmeó la cabeza de Cerbero para que se quedara allí y se adelantó un poco, tomando la curva que hacía la pared de la cueva. Se le abrió la boca de la sorpresa, no… casi se cae por el estrecho camino de la montaña por el salto que dio, para ser más específicos.

¿Qué diablos estaban haciendo esos dos? ¡Allí donde todo el mundo podía verlos!

Mirion estaba demasiado ahogado en el placer para darse cuenta de su presencia, a parte de que tenía la cara pegada a la pared, sujetándose a las grietas de las rocas para resistir las fuertes embestidas que estaba recibiendo. Robby tragó saliva al mirar su cuerpo, estaba completamente desnudo y éste le brillaba como si fuera una perla. Sus cabellos plateados se agitaban hacia delante y ¡vaya gemidos! Dios… era casi lo más sexy que había escuchado nunca.

A diferencia de Mirion, Beliat si que lo había notado. Los oscuros ojos se centraron en él y una socarrona sonrisa no tardó en aparecer en su cara. Vaya, a ese ni le importaba tener público, parecía que hasta disfrutaba del estado choqueado en el que había quedado Robby.

Las manos de Beliat se apretaron furiosas sobre las caderas de Mirion, dejando unas deliciosas marcas rojizas en la blanca piel. Desde su posición Robby podía ver claramente la espalda de Beliat, sus anchos hombros y su piel broncínea, su fuerte y bien moldeada cintura y ese… ¡que trasero! Duro, cuadradito y se movía con una velocidad y brusquedad más que palpables.

Tras una dura arremetida y un grito de placer casi ensordecedor de Mirion, Roberto salió de su estupor, dándose cuenta de que se había quedado ahí parado, observando como los dos soldados tenían un encuentro de sexo caliente.

Tropezó torpemente con sus propios pies cuando se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia la cueva. Ahora, sin miedo alguno hacia Cerbero, demasiado impactado siquiera para pensar en eso, cogió al caballo por las riendas y tiró de él para acercarlo hacia el lago.

Eneas se había levantado cuando lo vio de entrar, le quitó a Cerbero y lo miró de reojo, mientras le acariciaba el lomo a su animal.

—¿Qué? —dijo simplemente, extrañado por el silencio del siempre ruidoso chico.

Roberto movió la mano para que lo dejara y se sentó. Todavía con las imágenes clavadas en su cabeza. No se había sentido caliente ni mucho menos, era más el hecho de lo que hacían lo que lo había trastornado un poco. Mirion no parecía para nada adolorido, ni siquiera molesto. Era más como si… estuviera embriagado y cegado por el placer. ¡Diablos, estaba en tal éxtasis que ni siquiera se había dado cuenta de su presencia!

¿Tanto placer daba que otro hombre te…? Miró de refilón a Eneas, el cual parecía algo molesto por no haberle contestado. Se imaginó en la posición de Mirion, sintiendo el cuerpo de Eneas detrás de él como Beliat, moviendo ese fuerte e impresionante trasero sobre su propio culo, sacudiéndole contra la pared a base de fuertes arremetidas. Se tendría que sentir tan profundo… algo así de grande y duro dentro de ese… sitio.

Robby se sorprendió cuando su erección comenzó a crecer con furia. Se quedó sin aliento y cruzó las piernas antes de que el gigante a su lado se diera cuenta. Suspiró larga y cansadamente.

—Deberíamos adelantarnos y comer algo, supongo que esos dos todavía tardaran un poco más.

Eneas lo miró brevemente, pero asintió, sacando de las aflojas unas hojazas de pan y un trozo de queso. Vaya, era la primera vez que lo veía en ese mundo, aunque el color verdoso no fuera para nada agradable.

El gigante le puso un trapo a cuadros blancos y rojos en las piernas, y después una rebanada de pan y cortó un trozo de queso con una diminuta daga. La más pequeña que Robby hubiera visto nunca. Separó la loncha con sus dedos de la hoja y la soltó sobre el trapo.

—Come.

—Gracias. —murmuró Roberto, colocando el queso sobre el pan y doblando este último, como si se hiciera un bocadillo, después se lo llevo a la boca y le dio un buen mordisco—. No está mal.

Eneas le sonrió por unos breves instantes. Robby se sintió estúpido cuando ese mero hecho le resultó cálido e íntimo, sobre todo porque se borró antes de que siquiera pudiera gravarlo en su mente.

Comieron en silencio, nadie dijo nada, ni cuando escucharon los pasos de Beliat y Mirion entrar y acercarse a ellos.

Beliat estaba casi como renacido, el rostro le brillaba de satisfacción y no podía quitar la estúpida sonrisita de su cara. Su mano seguía bien posicionada tras la cintura de Mirion, el cual, algo acalorado y con la ropa bastante descompuesta, se sentó al lado de Robby y cogió por si mismo el pan y el queso.

Le dio una ración a Beliat, la cual agarró y comió en tres bocados. Roberto sacudió la cabeza ante la ironía. Y él se había asustado de Cerbero cuando el verdadero animal era evidentemente otro más humano. Mirion optó por pequeños bocados, y sus ojillos inquietos, dirigían miradas de soslayo a Robby y Eneas. Parecía querer decir algo, pero no se atrevía.

—Di lo que quieras decir —soltó Robby, terminando de meterse el último trozo de pan en la boca.

Mirion se sonrojó ante lo que fuera que estuviera pensando. Después soltó una risita cálida y un poco nerviosa.

—Siento que hayas tenido que presenciar algo así. Ni siquiera me dí cuenta… cuando ya veníamos Beliat me dijo que quedaste un poco… —buscó la mejor palabra para definirlo—, sorprendido. Si te hemos molestado de algún modo…

Eneas miraba la conversación con bastante curiosidad, aunque no parecía tener intención de intervenir. Robby por su parte, le dio un golpecito amistoso en el brazo a Mirion, para que se dejara de tonterías.

—No pasa nada. Fui yo quién me inmiscuí en vuestros asuntos, tenía que haberme quedado quieto donde estaba o irme en cuento reconocí lo que… hacíais. —tomó aire y sonrió—. Es verdad que no creo que fuera el mejor lugar ni momento para ponerse a… —se golpeó con una mano la frente y ahora sí, se echó a reír—. ¿Y quién diablos soy yo para decir eso? —soltó acordándose de lo que casi estuvo a punto de hacer con Eneas—. Tranquilo, Mirion, en serio… fue hasta un poco educativo.

Esto último lo dijo en forma de broma, pero Mirion le miró escueta pero significativamente, y Robby se sonrojó, abriendo la boca sin palabras claras que salieran de ella. Balbuceó un poco y volvió a cerrarla.

Eneas se levantó en ese momento, con todo el agradecimiento de Roberto por apartar la atención de él. El gigante se dirigió hacia Cerbero y revisó la montura, asegurándose que las correas estuvieran bien apretadas. Cogió las riendas del caballo y se giró hacia los demás que lo miraban esperando una orden.

—En marcha.

Mirion se levantó con un suspiro, parecía cansado, seguramente a falta de sueño. Beliat por su parte, estaba más que activo, sus ojos brillaron maliciosos antes de que se acercara a Robby y cogiera una miga de sus labios para llevársela rápidamente a la boca.

—Delicioso —dijo, mirando a Mirion y sonriendo.

—No hagas eso —se quejó Robby, entre avergonzado y furioso.

Le dio un poco de miedo lo que Eneas pudiera hacer a continuación pero… ninguno de los otros dos se movieron. Mirion se encaminó con un ligero encogimiento de hombros hacia fuera de la cueva, un poco más allá, donde había dejado su caballo blanco. Eneas tiró de Cerbero para que avanzara, recibiendo algunos relinchos de éste, que terminó por bajar la cabeza y seguirle.

Roberto sonrió sin creérselo, pasándose una mano por la cara. ¿El mundo estaba a punto de acabarse o Eneas estaba empezando a relajarse al lado de esos dos?


*****

Roberto apretó la mandíbula cuando un pinchazo en su culo lo hizo removerse sobre Cerbero. Al final tanto Mirion como Eneas se habían salido con la suya. Le dolía el culo lo suficiente como para suplicar llegar de una vez a esa maldita aldea.

—¿Estás bien? —preguntó Eneas seriamente, sin quitar los ojos del camino.

—Me duele el culo. —dijo Robby antes de darse cuenta.

Después de lo ocurrido esa mañana, estaba empezando a notar la especie de familiaridad que ambos estaban cogiendo. Roberto ya no pensaba lo que iba a decir más de dos veces antes de soltarlo, anteriormente, se había callado la mayoría de sus palabras por miedo a cualquier represalia o simplemente a meter la pata.

Por algún motivo, se sentía mucho más cómodo ahora.

Se extrañó cuando la respuesta de Eneas no llegó, iba a volverse cuando la mano del gigante le rodeó la cintura, apretándolo a su pecho para que se pusiera derecho. Robby apreció la disminución del dolor, suponía que todo estaba relacionado con la parte del trasero que apoyabas en la silla, sin contar con la posición de la espalda.

Estaba tan ensimismado en intentar adoptar las formas de Eneas tras él que no escuchó el silbido de Beliat a su lado. Antes de darse cuenta, la enorme mano de Eneas estaba sobre su cabeza, empujándolo para que pegara la cara contra la melena de Cerbero. También tuvo que admitir que esquivó las enormes púas de mero milagro.

—¡¿Quieres matarme?! —se quejó, con los dientes apretados intentando que los pelos no se le metiera en la boca.

Eneas lo silenció con un siseo brusco, confundiéndolo. Podía escuchar los relinchos de los caballos de los otros dos soldados y alguna que otra maldición de boca de Beliat. Roberto deseo poder girar su cabeza y volverse para ver que pasaba, pero los dedos como garras de Eneas en su nuca no lo dejaban.

—Mierda —escuchó de escupir a su gigante antes de que éste lo soltara para poder tirar de las riendas de Cerbero.

Una oleada de fuego salió disparada frente a él y no hacía falta ser muy listo para adivinar que no había sido Mirion. Eso solo dejaba una posibilidad… los… ¡Los estaban atacando!

El miedo lo dejó entumecido sobre la silla, mirando histérico hacia los lados y volviendo a encogerse cada vez que el hedor a carne quemada venía a su nariz. Se giró para observar como el caballo de Beliat caía al suelo, dejando salir unos sonidos espeluznantes.

Había humo por todos lados, ese pestazo, los gritos de Mirion pidiéndole a Eneas que corriera, y… ese sonido metálico. Alguien estaba luchando con espadas al otro lado del muro gaseoso.

—Oh… Dios… Oh… Dios…

Robby sabía que su cuerpo estaba completamente temblando. Se echó hacia atrás, quería sentir el pecho de Eneas pegado a su espalda. Él lo protegería, tenía a su gigante y éste no dejaría que nada le pasara. Sus manos fueron directamente a los muslos de Eneas, y clavó allí sus dedos, apretando el duro músculo. Quería palparlo, saber que estaba ahí.

—Robby. —llamó Eneas, intentando tranquilizar a su caballo, mientras decidía sin salir de allí o ayudar a sus dos soldados. Cuando percibió que el chico no le contestaba, alzó una mano y lo agarró de la barbilla, echándolo hacia atrás y levantándole la cara hasta la suya—. Reacciona, maldita sea. ¡Éste mundo es así, ¿entiendes?! ¡O luchas o mueres!

Roberto enfocó la mirada en esos ónix, oscuros pero brillantes, desesperados por percibir alguna respuesta por su parte. No tuvo tiempo de decir mucho, Robby asintió y tomó aire, intentando tranquilizarse.

¡Maldita sea! No era un cobarde, simplemente, tenía miedo. Era normal para una persona que se había criado en su mundo, acojonarse en un momento como ese. Y si alguien reaccionaba de otra manera, que se presentara ante él.

Después de que el humo se disolviera un poco, Robby pudo apreciar un pequeño claro en el camino. Levantó su mano y lo señaló.

—Eneas, ¡por ahí!

Estaba seguro de que su gigante le escuchó, porque sacudió las riendas de Cerbero y lo espoleó con fuerza, haciendo que el caballo arrancara a la carrera entre el tremendo ruido de metales y ráfagas de viento.

Lo próximo que supo, es que Eneas le cruzó un brazo por la cara y evitó que una ráfaga de viento le golpeara de lleno. Lo sintió de tirar de las correas y Cerbero se levantó sobre sus patas delanteras, haciendo que ambos cayeran al suelo.

Roberto tosió cuando el humo consiguió arañarle la garganta. Sacudió la cabeza para quitarse la tierra de la cara y escupió la que le había caído en la boca. Se enjuagó los ojos con los brazos y buscó a Eneas desesperadamente.

Cuando no lo vio se asustó, como nunca antes lo había hecho. Se arrastró por el suelo hasta los pies de un enorme árbol, torcido como si estuviera a punto de caer por el pequeño terraplén que tenía a sus espaldas.

—¿Eneas? —susurró, no queriendo gritar para evitar llamar la atención de los asaltantes.

Un pequeño silbido resonó sobre su cabeza, Eneas le miró unos segundos mientras salía de detrás de él con su enorme espada en la mano. No hizo falta que abriera la boca, su orden estaba clara: «Ni se te ocurra moverte de ahí».

El humo pareció disiparse visiblemente, y por fin Robby pudo averiguar un poco que había sido todo ese infierno. Mirion estaba luchando con un hombre bajito y gordo, tenía una barba de casi una semana y su enorme nariz era casi todo lo que podías apreciar de su fea cara. Beliat por otro lado, se daba de puñetazos con otro bastardo, éste más alto y mejor parecido, pero seguía siendo bastante destartalado, su cabello pajizo le daba un aire bobalicón, por supuesto, lo que difería bastante de la agilidad con la que usaba sus puños.

El rugido de Eneas le pasó por la cabeza como un rayo. Giró la cabeza en el mismo instante en el que su gigante caía de rodillas en el suelo, con una herida considerable atravesándole la espalda.

Roberto se paralizó, no veía nada que no fuera aquella sangre cayendo a gotas sobre la tierra húmeda por la llovizna de esa mañana. La mano que tenía en el suelo se convirtió en una garra que arañó la tierra haciendo cinco claros surcos en ella.

Eneas detuvo un ataque frontal de otro hombrecillo bajo y harapiento, que parecía sorprendido de la fuerza que demostraba Eneas, aun después de la brecha que tenía en la espalda. Otro más, que no había visto hasta ese momento, se acercó por detrás. Su sonrisa barbuda se estiró malvadamente cuando levantó una espada curva sobre la cabeza de Eneas.

El tiempo se detuvo para Robby. Se le cortó la respiración mientras veía la hoja bajar, tan despacio, como si cada segundo se hubiera convertido en minutos. No supo cuando reaccionó, ni cuando sus rodillas se flexionaron e impulsaron su cuerpo hacia delante. Lo único que tuvo claro es que se encontraba atrapando al hombre por la cintura, tirándolo por el impulso al suelo. La espada acabo tiraba lejos de ellos.

Golpeó al hombre en la cara, llenándose los nudillos de algo que ni pudo ni quiso reconocer. Se acomodó a horcajadas y volvió a golpearle reiteradas veces. Por los gritos que bajaban de la colina, estaba claro que había más de esos hombres escondidos y ahora corriendo hacia ellos. A Roberto no le importaba, lo único que tenía ahora en mente, era matar a ese bastardo que se había atrevido a atentar contra Eneas.

Sentía una furia descomunal bajando con cada puñetazo, el miedo casi se había borrado de su mente, cegado por un odio descontrolado. Alguien le golpeó en la cabeza, el dolor le retumbó con si estuviera vibrándole una campana dentro de ella. Robby se volvió, pegándole un puñetazo en la entrepierna, que lo hizo trastabillar y caer hacia un lado.

El placer le avivó cuando vio la cara del hombre poniéndose morada. Otro golpe, ahora centrado en una patada en sus costillas, lanzó a Roberto lejos del asqueroso hombrecillo que había golpeado hasta hacerlo pulpa. Se puso de costado en la tierra mojada y tosió unas gotas de sangre.

Intentó levantarse cuando el tío del cabello pajizo que había estado peleando con Beliat, lo cogió del pelo y lo alzó, apretándolo contra él. Estaba de frente a la pelea, mientras sentía el pecho del ladrón pegado a su espalda. El hedor a sudor, alcohol y orines casi le hace vomitar lo poco que había comido en la mañana.

Cuando el exceso de adrenalina volvió a disminuir al verse inmovilizado, en lo único que podía pensar era en Eneas. Ahora frente a él, se encontraba de pie y parecía haber vencido en un arrebato de furia, a más de tres hombres, que estaban desperdigados y quietos como un muerto a sus pies. En ese momento estaba enfrentándose a otro, con sus manos desnudas deteniendo la espada que venía a rebanarle la cabeza.

De nuevo una oleada de fuego cruzó el camino, y Eneas se vio completamente impactado por ella. Salió disparado hacia atrás, y cayó al suelo. Había colocado ambos brazos cruzados sobre su cara, impidiendo así que le diera de lleno. Después de unos segundos Roberto supo que el salto lo había dado él mismo para evitar el impacto.

Sintió el agarre de sus brazos en la espalda mucho más fuerte, lo suficiente para hacerlo silbar de dolor. Intentó patear a ese bastardo pajizo, pero lo único que consiguió con ello fue una risa asquerosa que le hizo llegar un aliento horrible. Robby volvió a sentir que se mareaba.

La voz de su captor se alzó sobre el claro, en un tono triunfante.

—Quedaos quietos o mato al chico.

Eneas se levantó rápidamente de la tierra, buscando desesperadamente con la cabeza la dirección de donde provenía la voz. Abrió los ojos de lleno cuando vio a Robby, apresado por sus manos y con ese asqueroso ladrón agarrándolo de la garganta para que levantara la cabeza. Sintió su corazón latir aun más acelerado por esa visión que por la batalla. Si ese bastardo se atrevía a hacerle daño a su hombre… si se atrevía siquiera a causarle el más mínimo rasguño…

El rugido de Eneas retumbó sobre las rocas, haciendo un eco lastimero por todo el camino. Robby alzó la vista para mirarle a la cara, fueron solo unos míseros segundos, retiró la cabeza avergonzado. Por su culpa ahora, los otros tres también estarían en un grave problema. Tenía que haberse escondido, quedado tras ese árbol mientras los demás se encargaban de esos delincuentes, pero… no se había visto capaz de quedarse quieto mientras observaba como estaban a punto de matar a Eneas.

Lo próximo que escuchó fue la orden de que se acercaran. Tanto Beliat, como Mirion y Eneas, dieron sendos pasos hacia delante, quedando frente a Robby y su captor, a la vez que rodeados por toda la banda de bandidos.

Roberto pudo apreciar como más de uno se relamía después de echarle una buena ojeada a Mirion. Era asqueroso y repulsivo, igual que las manos de ese bastardo pajizo que estaban ahora metiéndose por su camisa y acariciando su estómago. Cerró los ojos cuando de nuevo, esa barba llena de trozos de comida irreconocible, se apoyó contra su hombro. La risita maligna del tipo volvió a enviarle ese desagradable tufo.

—Os hemos estado siguiendo desde hace unas horas —Robby alzó una ceja, así que después de todo, aquel bastardo que lo tenía atrapado era, en realidad, el jefe—. Descubrimos que no llevabais nada de valor, pero después de hablarlo, pensamos que había dos preciosas joyas en vuestro grupo a las que podíamos sacarles partido.

Roberto no supo muy bien a que se refería con eso de joyas, hasta que sintió la lengua del bastardo lamiéndole el cordón de su garganta. Encogió la cara de asco cuando sintió la saliva escurrirle por la nuez.

—Voy a matarte, juro por dios que voy a matarte —escupió Robby, revolviéndose de asco con la bilis casi rebosándole por la garganta.

¡Preferiría estar muerto antes de dejarse tocar por alguno de esos cerdos malolientes!

—Suéltalo —escuchó de repente, Roberto alzó la cabeza para ver como Eneas daba un paso hacia delante. Su cara estaba contraída en una mueca de odio puro. Robby retuvo el aliento ante el temor que le producía. Dios… nunca había visto a Eneas así. No le cabía duda alguna de que si todo saldría bien y salían de ésta, mataría a todos esos bastardos a pellizcos. Que no estaría feliz hasta escucharlos suplicar por piedad. Para su sorpresa, ese pensamiento le calentó. Imaginar a Eneas vengándose por él, le resultó excitante. ¿En que diablos se estaba convirtiendo? Su gigante dio otro paso más y se agachó a recoger una espada que había a sus pies—. Suéltalo… —siseó amenazante, en un tono bajo, serio y letal.

El captor de Robby aflojó un poco sus manos, evidentemente intimidado por Eneas. Cuando Roberto intentó aprovechar esa distracción para separarse y correr, se vio impulsado de nuevo hacia atrás. El tipo lo cogió de la barbilla, y mirando burlonamente a Eneas, sacó su lengua y la pasó por su boca. Robby gruñó asqueado cuando intentó atravesar sus dientes y meterse dentro. ¡Si ese asqueroso pensaba que iba a dejarlo, la llevaba clara!

En un arrebato de odio, Robby abrió los dientes y lo mordió, con tanta fuerza que no quedó a gusto hasta que el sabor metálico no le cayó en la boca.

El bastardo pajizo se retiró, lanzado un gruñido y con la mano libre le cruzó la cara a Roberto, siendo ahora su labio el que sangrara.

—¡Maldito hijo de puta! —escupió el jefe de los bandidos, escupiendo al lado un poco de sangre.

A Roberto no le dio tiempo a levantar la cabeza para ver como varios de los demás ladrones se lanzaban contra Eneas para intentar detenerlo. El gigante se quitó a varios de unos golpes y a otro los ensartó con su espalda. Parecía estar enfebrecido por el coraje, gruñía como una animal salvaje.

Robby no había visto nada más hermoso en su vida, era una pensamiento extraño y escalofriante, pero sintió su libido alzarse ante tal visión. Una dolorosa erección no tardó en instalarse en la parte delantera de sus pantalones, y gimió, llamando la atención de su captor.

Éste lo cogió del cabello, levantándole la cabeza y mirándolo, sus ojos brillaron al parecer, orgulloso de su caza de ese día. Roberto le sonrió orgullosamente, ¡si ese bastardo creía que Eneas iba a dejar que se saliera con la suya, es que era un completo idiota! Eneas no iba a permitir que le pasara nada. Sabía que su gigante lo defendería. Eneas lo iba a sacar de esa.

Cuando el bastardo pajizo escuchó algunos de sus socios gritar al salir por los aires, colocó una mano pungiendo amenazante en el cuello de Robby.

—Si no quieres que le corte la cabeza ahora mismo, al precioso chico, con mi viento. Es mejor que esa bestia de ahí se quede quieta.

Mirion estiró del brazo de Eneas para intentar volverlo en sí, ya que éste parecía haber perdido un poco el control. Tuvo que esquivar un puñetazo y zarandearlo violentamente, para que Eneas reaccionara. Se quedó fijo en los ojos morados, y después Mirion pareció decirle algo al oído que consiguió por fin, de alguna manera, tranquilizarlo.

Robby arqueó una expresión de completa repugnancia cuando las uñas negras se pegaron a su piel, por supuesto, no era nada comparado con las arcadas que le provocaron la pegajosa y apestosa lengua sobre su boca. Nada más de recordarlo, creyó que iba a volver a vomitar.

Sus ojos azules se dirigieron hacia Eneas, que estaba totalmente enfocado en él. Su cuerpo alerta, precavido, pero su expresión era miserable. Como si le resultara doloroso ver a Robby en brazos de aquel desalmado.

Beliat captó su atención cuando se movió, y escupió a los pies de unos de los bellacos que intentaban toquetear a Mirion, aunque el mismo soldado se encargaba bastante bien de golpearlos antes de que llegaran a mayores.

—Había escuchado que en los límites entre Kasmor y Granmor podríamos encontrarnos con bastardos como vosotros, y por muy desagradables que os pintaran, nunca pensé que fuerais esta clase de inmundicia.

El hombrecito bajito de grande nariz, golpeó a Beliat con el canto de la espada, haciéndolo caer de rodillas. El tipo se echó a reír, pero se detuvo extrañado cuando Beliat lanzó unas cuantas carcajadas.

—¿De que te ríes? —preguntó, encogiendo la cara.

Beliat alzó la cabeza, lanzando hacia atrás su melena negra y dejando que la luz pareciera centrarse en la enorme quemadura que le cubría la parte derecha de la cara. El hombrecillo se echó hacia atrás, con evidente desagrado.

—No sabéis con quién os estáis metiendo.

Nadie contestó a su advertencia, todo quedó en silencio. Beliat sabía que no le darían tiempo para usar su elemento si admitía claramente que necesitaba usarlo. Sus dedos tras la espalda hicieron unos movimientos ligeros, tenía que reunir la magia corriendo por su brazo. Aunque su Elemento fuera mucho menos eficaz que el de Mirion, por otro lado, era menos evidente para prepararlo. Solo necesitaría una pequeña distracción.

Mirion miró rápidamente a Beliat, y después se giró hacia Eneas, chocando con él, hombro a hombro. Su labios se movieron solo unos segundos, pero fue suficiente. El gigante lo había comprendido.

Robby cada vez estaba más nervioso, sentía el temor correr nuevamente por su cuerpo. Eneas lo iba a defender, le iba a sacar de allí, pero… ¿si al bastardo pajizo perdía la paciencia y le cortaba la cabeza?

Eneas para su sorpresa, se movió muy rápido, golpeando a unos de los bandidos que tenía al lado, pronto tenía a varios de nuevo sobre él. El jefe de aquellos canallas estaba perdiendo la paciencia. Sentía el agarre cada más fuerte sobre sus muñecas, y el aliento justo sobre su hombro, tan apestoso y repugnante, se aceleraba.

—Matadlos —gritó. Observó feliz comos todos los canallas saltaron y se dispusieron a golpearlos. Los primeros golpes cayeron con varios movimientos esquivos por parte de Beliat y Mirion. Robby lo entendió al momento, si él no estuviera allí, si no los hubiera obligado a llevarlo con ellos, esto no estaría pasando. Sin él, esos tres se hubieran quitado de encima a esos bastardos en míseros segundos. De repente, la voz del jefe volvió a chirriar junto a su oído—. Si os resistís mataré al chico. Lo juro.

Le clavó mas fuerte la mano en el cuello, y el bastardo no se le ocurrió otra cosa que morderle el hombro. Robby lanzó un lastimero gruñido de dolor, pero fue lo suficiente para que Eneas se volteara hacia él y quedara quieto.

El primer golpe sobre su espalda hizo al gigante arrodillarse nuevamente, ladrando barbaridades, cuando otro golpe le impactó la cabeza contra el suelo. Intentó volver a moverse, defenderse, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Robby, todo movimiento cesó. Quedó quieto en el suelo mientras recibía un golpe tras otro.

Roberto negó con la cabeza, no… no podía ser. ¡Eneas tenía que defenderse! Por él… no podía dejarse matar por él. Las lágrimas comenzaron a quemarle tras los párpados, los cerró fuertemente y las sintió rodar por sus mejillas. Eran cálidas, pero su cuerpo estaba mucho más acalorado y acelerado. Iba a perder a Eneas incluso antes de poder llegar a tenerlo completamente.

—¡Eneas! —gritó—. ¡Eneas, levántate, por favor! ¡Eneas!

Tenía que hacer algo, él los había metido en aquel lío y él tenía que sacarlos. Lo primero era apartar el miedo de su mente, intentar despejarla, que lo dejara pensar. Tenía que haber algo que él pudiera hacer.

Se sorbió la nariz cuando otro golpe en las costillas hizo que Eneas lanzara un tremendo rugido. Roberto dejó que las lágrimas corrieran libres, ya no le importaba. Le daba igual. Solo quería volver a su mundo, Gea era un sitio horrible. Nunca hubiera pensado, después de pasar varios días en el castillo, la cruda realidad de la que les había salvado Eros, obligándolos a quedarse bajo esas seguras paredes.

Había sido tan malditamente egoísta. Ojala pudiera quedarse sordo y ciego para no tener que ver como Eneas se dejaba matar por él. ¡No lo merecía! Desearía tanto que Eneas siguiera odiándolo y así luchara por su vida. Tendría que haber escuchado más a Karel. Siempre le decía que tenía que quedarse agachado, mientras no tuviera un blanco y arma claros, siempre, siempre abajo. Él había saltado como un imbécil a ayudar a Eneas, seguramente, aunque en ese momento hubiera servido de ayuda, ahora no estarían en esa trampa sin salida.

Karel… Robby miró de reojo la mano que le estaban clavando en la garganta. Si le había amenazado con cortarle la cabeza, tendría que estar acumulando el viento en sus dedos. Todavía recordaba ese olor, Karel desprendía la misma fragancia cuando le lanzaba ráfagas, intentando que aprendiera a rechazarlas con su espada. Ese hombre… ¡ese maldito bastardo no olía a nada!

—¡Es mentira! —gritó Roberto con desesperación—. ¡Eneas levántate, es mentira, este hombre no usa Elemento Viento!

Beliat y Mirion parecieron reaccionar. Comenzaron a defenderse y golpear a cualquier sitio donde sintiera la proximidad cálida de un cuerpo. Eneas también se levantó, rugiendo como un animal salvaje y lanzando golpe tras golpe. En pocos segundos, el camino se convirtió en un completo caos.

—Maldito chiquillo del infierno —raspó en su garganta el hombre que lo sujetaba.

Robby se vio arrastrado hacia un lado, sin embargo no paró de revolverse, intentando golpearlo en sus piernas. El canalla lo alzó entre sus brazos, cogiéndolo del cuello. Roberto gimió cuando sintió que se le iba el aire. Ya eran la tercera vez que lo intentaban estrangular desde que llegó a Gea. Abrió la boca, intentando llenar sus pulmones, sentía la vista oscurecida, necesitaba oxígeno. Arañó los brazos que lo sujetaban, sus labios ya no tenían fuerza.

No podía morir, no podía. No ahora. Su hermana no podría soportar la pena. No sabía que sería capaz de hacer Eneas si eso sucediera. Tenía gente que amaba en aquel lugar. No podía irse, no podía morir.

Todo pasó muy rápido. Sintió frío. Sus ojos quedaron ciegos por unos instantes, pero no fue oscuridad, sino una especie de brillo. Intentó coger aire, aspirar bruscamente. A los pocos segundos, cayó al suelo, acompañado del sonido de un estallido de cristal.

El bastardo que lo había usado de cebo, cayó por el pequeño terraplén, cuando golpeó contra el suelo se rompió en miles de pedazos. Roberto respiraba bruscamente, su vista todavía fija en el hombre muerto frente a él. ¿Qué demonios había sido eso? Se inclinó para recoger un pequeño cristal con su mano, pero al instante que tocó sus dedos, se derritió, despareciendo. Cuando volvió su atención de nuevo al cadáver, éste también se había descongelado. Ahora solo trozos de carne sobre la húmeda tierra.

Soltó un grito y se echó hacia atrás. Después miró frenético hacia los lados, alguien, alguien tenía que haber hecho eso. Pero él no veía a nadie alrededor. Antes de darse cuenta, unos brazos lo cubrieron, abrazándolo y apretándolo contra un robusto y enorme cuerpo.

Robby se agarró a la camisa y respiró profundamente ese agradable olor a salvia. Después hundió la cabeza en su cuello y dejó que todo el terror, miedo e inseguridad, cayeran por su propio peso. Lloró como nunca lo había hecho. Estaba avergonzado de ello, pero, para él… aquello había sido lo más terrorífico que había tenido que sobrellevar en su corta vida.

No sabía si podría soportar algo así de nuevo. Tampoco si quería arriesgarse a que su hermana también lo viviera. Por él, si Eneas lo dejara, volvería de nuevo hacia el castillo y se escondería entre las paredes de Granmor hasta que muriera.

Dos pares más de manos comenzaron a tocarlo, buscando por su cuerpo desesperadamente. Entonces fue cuando perdió un poco del calor de Eneas, aunque él se rehusó a separarse.

—¿Estás bien? —Mirion, colocó sus manos en ambas mejillas, obligando a Robby a que lo mirara.

El chico parecía seguir en estado de shock. Fue Eneas el que asintió, evidentemente, él ya lo había revisado, y no tenía ninguna herida aparente, así que después de cerciorarse, se había limitado a abrazarlo y darle esa seguridad que Roberto tanto necesitaba en esos momentos.

Beliat revolvió el corto cabello de Robby después de sentarse al lado de Eneas y suspirar con brusquedad.

—Maldita sea. Eso ha sido jodidamente peligroso —después se rió divertido, mirando hacia atrás la plaga de cadáveres que habían dejado por allí tirados—. Imbéciles, cuando vieron que el efecto sorpresa ya no era útil y que se había descubierto la mentira que era lo único que nos retenía, tendrían que haber salido corriendo. No hemos tardado ni diez minutos en encargarnos de todos.

Eneas abrazó con más fuerza a Robby, cuando lo sintió flojo entre sus manos supo que se había desmayado. Era mejor, no quería que el chico viera todos esos muertos en el camino, era demasiado inocente. Roberto no pertenecía a ese lugar. Por mucho que le doliera el corazón, cabía la posibilidad de que su hombre no fuera lo suficientemente fuerte para soportar todo esto.

—Los caballos corrieron hacia delante. Tenemos que buscarlos. En lo que a mí concierne, estoy seguro de que Cerbero no ha ido muy lejos.

Mirion asintió, levantándose y dándole una mano a Beliat para que hiciera lo mismo. Con asco, se limpió la cara y el cuello. En algún momento uno de esos asquerosos bandidos le había intentado lamer y tocar, no había tenido el espacio suficiente para evitar el ataque en su totalidad.

De reojo se fijó en Robby, el pobre chico habría tenido que resistir lo suyo con ese bastardo toqueteándolo por todos lados. Se limpió la boca, en cualquier sintió donde sintió saliva y después escupió a un lado. Pateando a todos los cadáveres que se cruzaban en su camino.

—Alguien está estresado —susurró burlón Beliat a su lado.

Mirion suspiró, intentando sonreírle. Alzó una mano y la colocó en los fuertes bíceps de su marido, acariciándolos levemente con la punta de sus dedos.

—A veces desearía ser más masculino. Tener que soportar… —se estremeció cuando recordó las miradas libidinosas que había recibo anteriormente—. Es tan asqueroso.

Beliat asintió, él había intentado proteger a Mirion todo lo posible, sabía que su hombre no tenía tiempo para acudir al Fuego, así que… tendría que basarse en golpes y espada. Sin embargo, no había podido evitar todos los toques y ataques de aquellos bastardos.

—Yo te prefiero hermoso y deseable. Para mí. —dijo de repente Beliat, cogiendo la nuca de Mirion, y sorprendiéndolo con un profundo y caliente beso.

Mirion gimió y detuvo sus pasos para devolverle el beso, entrelazando su lengua con la de su marido, a la vez que alzaba sus brazos para sujetarse y acercar lo suficiente sus cuerpos como para poder frotarse contra él. Beliat rugió y movió una mano hacia Eneas, claramente despachándolo.

Eneas negó con la cabeza y rodó los ojos, con evidente molestia. Sus pasos se aceleraron, dejando a los otros soldados atrás y buscando a Cerbero. Silbó llamándolo, y esperó. Dentro de poco su caballo estaría allí. Volvió a silbar de nuevo.

Dio un saltito al cuerpo del chico entre sus brazos, para poder sujetarlo mejor. Roberto tenía la cara pálida y sus pestañas negras eran largas y hermosas. Sus labios seguían un poco amoratados por la falta de aire anterior, y de nuevo, las marcas de dedos en su garganta se oscurecieron. Eneas rugió enfadado. ¡Maldita sea!

Todavía tenía la visión de Robby con los ojos completamente blancos gravada en su cabeza. Sabía que los otros dos soldados no se habían dado cuenta, pero él supo inmediatamente que algo no iba bien. Cuando el chico había gritado que todo era una mentira, no se replanteó la idea de que estuviera equivocado. Robby era lo suficientemente inteligente para verificar antes sus sospechas. Estaba en lo correcto porque seguía con la cabeza en su sitio. Después, cuando se volvió a mirarlo a los pocos segundos, estaba siendo estrangulado, otra vez.

Lo último que quería era que su chico tuviera que pasar de nuevo por ello, y ahí estaba, demasiado ocupado con aquellos bandidos de pacotilla para poder hacerse camino y llegar hasta él. Entonces Robby pareció perder el conocimiento, sus ojos se volvieron blancos y algo hizo que el canalla que lo sujetaba saliera disparado hacia atrás. Al estar el chico de espaldas, Eneas no pudo ver que pasó, pero eso claramente, no era algo normal. No era nada que hubiera visto antes.

Las voces de Beliat y Mirion se escuchaban acercándose por detrás, al igual que un par de cascos de caballo por delante. Creyó que era Cerbero, pero se equivocó cuando identificó la proveniencia del sonido tras la cerca de su izquierda. Venía de las tierras de Hranmir. Estupendo… eso era lo único que le faltaba.

Tardarían unos cinco minutos en llegar todavía, el tiempo suficiente para intentar espabilar a Robby por si tenían que huir. Si se trataba de cualquier jefe de escuadrón, no importaba, ya que no tenían permiso para adentrarse en las tierras de Granmor, pero si era Grogrik, el capitán del rey Amur, o éste mismo, las cosas se complicarían.

Llevó al chico sobre una piedra del camino y lo sacudió un poco, verificando que estuvieran lo suficientemente lejos para que Robby no viera ninguna cadáver. Eso podría hacer que volviera a desmayarse. Eneas le dio unos pequeños guantazos en la cara, que parecieron surtir efecto.

Roberto abrió los ojos lentamente, tocándose la garganta y demasiado confundido para saber siquiera donde se encontraba. Eneas tenía que reconocer que el chico, a pesar de todo, había sido bastante valiente. No dudó ni un segundo en lanzarse contra aquel hombrecillo asqueroso para intentar ayudarlo, después resistió con valor aquella amenaza constante sobre su cuello. Él había visto a soldados suyos, mearse encima por mucho menos, sobre todos los novatos.

Los pensamientos volaron de su mente cuando Robby echó una mano hacia delante, agarrándose del hombro de Eneas para levantarse. Por mucho que las manos del gigante le intentaban volver a sentar, Roberto se negó.

Tenía que levantarse y sentir el fresco, intentar despejar su cabeza embotada e intentar pensar en todo lo ocurrido.

—¿Los habéis matado? —dijo con un tono entre triste y frío.

Eneas estaba un tanto confundido, sin saber como iba a reaccionar su chico ahora.

—No tienes porqué preocuparte por eso. Ya está todo solucionado, conforme encontremos a Cerbero, seguiremos nuestro camino a Küs —dijo Eneas, aun sintiendo los cascos de los caballos acercándose.

Entonces estaban muertos, Roberto no tenía duda de ello. Se sintió un tanto extraño por el placer que sintió al saberlo. Puede que después de todo si que hubiera cambiado algo. Había pasado miedo, demasiado terror para controlarse así mismo, y sin embargo, todavía podía sentir en las venas la emoción de la lucha. La adrenalina de una buena pelea, la excitación de ver a Eneas tumbando a sus contrincantes. ¡Maldita sea si eso no le había puesto caliente!

Era extraño pero… cuando pudiera superar el terror de morir, sabía que terminaría acostumbrándose a la forma de vivir de ese mundo. Tenía que hacer que Karel le enseñara lo más pronto posible, pues él quería luchar al lado de Eneas. Guardarle la espalda, cosa que esa furcia de Kazla nunca podría hacer.

Alzó la vista, disfrutando de la cara contrariada que le estaba poniendo su gigante. Se acercó lentamente a él y le quitó con el pulgar un par de gotas de sangre que tenía en la mejilla. Visiblemente, tenía un montón de heridas. Echas por su culpa.

Sintió la urgencia de volver a llorar, si no fuera tan malditamente débil comparado con los hombres de Gea, no habría permitido que nada le ocurriera a Eneas. No que por protegerlo a él, había acabado con más piel amoratada que sana.

—Lo siento —susurró lentamente, con la cabeza gacha—. Todo esto ha sido mi culpa.

Para su horror, Eneas asintió.

—Si todo esto es tu maldita culpa —Robby echó la cara hacia otro lado, apretando fuertemente los ojos, intentando controlar la vergüenza y la ira que sentía dentro de sí. Una mano delicada sobre su mejilla, acompañó las siguientes palabras de Eneas—. Te he dicho muchas veces que si no te vuelves fuerte, morirás. Esto es solo el aperitivo de lo que está por venir.

La furia nubló cualquier sentimiento de culpa que hubiera sentido antes. Bruscamente, clavó un dedo sobre el pecho de Eneas, haciendo que éste tuviera que dar un paso hacia atrás.

—Tu mismo lo has dicho. Si no me vuelvo fuerte, moriré yo. Pero en ningún momento acordamos que… ¡lo hicieras tú! —tomó aire, aun con la boca seca—. ¿Quién te pidió que dejaras que te patearan para salvarme? ¡Yo no!

Eneas estaba un tanto desconcertado, lo último que hubiera esperado es que Robby le pidiera explicaciones de sus actos. No sabía como responder a aquellas acusaciones y por supuesto, la risita burlona de Beliat a su espalda, que seguramente acababa de llegar junto a Mirion, no ayudaba.

Empezando a enfadarse, Eneas rugió, cogiendo a Roberto y acercándolo a él. El chico no se amilanó, y ambos se quedaron mirándose fijamente a los ojos, casi echando chispas por ellos.

—Tú eres mío y yo tengo que protegerte. El hombre siempre tiene que proteger a su pareja. ¿Estás diciendo que debía haberte dejado allí con ese tipo a punto de cortarte la cabeza?

¿El hombre? Roberto estaba entre impactado y furioso… ¡El también era un hombre! Este era uno de esos momentos, en el que le gustaría coger a Eneas del cuello y estrangularlo él mismo, aunque fuera por una vez.

—¡¿Y como querías protegerme, dejando que te mataran?! ¡¿Eres idiota?!

A Eneas se le abrió la boca, sin saber que decir, después simplemente sacudió a Robby y lo alzó entre sus brazos. Roberto se sintió flotar por unos instantes, pensado que esos fuertes brazos que lo estaban rodeando iban a golpearlo, pero no. Se vio aplastado contra el pecho de Eneas y éste presionando su boca contra la suya.

Fue un golpe literalmente contra su cara. Robby gimió cuando esos labios se aplastaron sobre los suyos, en un beso posesivo, que más que amoroso, intentaba hacerlo callar. ¿Ese gigante creía que eso iba a hacer que se olvidara de la conversación? Le golpeó el pecho para que lo soltara, y lo intentó durante unos segundos más hasta que sintió como Eneas aflojaba un poco la tensión de sus bíceps, ahora más centrado en recorrer su lengua por los labios cerrados a presión de Roberto.

Fue una caricia, el gigante estaba comenzado a perder, Robby gimió cuando abrió la boca y dejó que se metiera dentro, pasando ahora ambos brazos por el cuello de Eneas, disfrutando de las suaves caricias dispuestas en ese beso, al igual que el extraño aleteo de mariposas en su estómago.

Sus dedos no tardaron en enredarse en los rizos rubios de Eneas, Roberto presionó sus labios una vez más antes de tirar de esos brillantes cabellos para separar su cara de la de su gigante.

Eneas gruñó, pero lo bajó hasta el suelo y guardó silencio, mirando fijamente a su chico. No había pensado antes de hacerlo, solo no quería pelear con Robby, además de que le costaba mucho ganar en cualquier cosa que tratara con él. Ese beso había salido de la necesidad, del miedo que pasó al pensar en la mísera idea de perderlo.

Seguía un tanto aturdido, cuando Robby volvió a agachar la cabeza.

—Lo siento —dio un paso al lado para mirar brevemente a Beliat y Mirion—. Me disculpo con vosotros también. Tenía que haber pensado en mi poca preparación para un caso así, Karel me advirtió que corriera si me veía en un momento como ese. Pero tenía tanto… —se rehusó a pronunciar la palabra—. No estoy acostumbrado a esto y me paralicé. Perdonad por todo el problema que os he causado.

Eneas no dijo nada, pero podía sentir su mirada ónix quemándole la nuca. Mirion se acercó con una sonrisa conciliadora, junto a Beliat con su típica risita burlona.

—Tranquilo —agregó Mirion—. Tenías que haber visto la cara de incredulidad que puso mi padre la primera vez que le dije que quería convertirme en soldado. Nunca creyó que con mi constitución pudiera llegar a ningún sitio. Y mírame, soy un jefe, uno pequeño pero un jefe —y se rió, con esa dulzura que lo caracterizaba.

—Gracias —le susurró Robby, de verdad agradecido por su intento de confortarlo.

Por su parte, Beliat le alborotó el cabello pincho, en un movimiento juguetón. Roberto lo miró mal por su infantil reacción, aunque mucho más fue los morros que le puso.

Beliat rió.

—No hay de qué disculparse. Tuviste los cojones de defender a Eneas, después la inteligencia de descubrir su trampa. Y bueno, de alguna forma venciste a ese destartalado pelirrojo, ¿no? ¿Cómo lo hiciste?

Robby se le quedó mirando un poco perdido, alzó una ceja y quedó pensativo. ¿Había él matado a alguien? Ahora mismo no recordaba bien que había pasado con el tipo que lo mantenía preso. Más bien no se acordaba de mucho de la batalla, ahí y ahora, todo revoloteaba por su mente como un mal sueño.

Cuando estaba a punto de contestar, Eneas levantó la mano, llamando la atención de todos los presentes.

—Tenemos compañía.

Roberto supo que los problemas volvían a parecer cuando un grupo de jinetes se acercaron a la cerca de la izquierda. Se echó hacia atrás y se escondió parcialmente detrás de Eneas. Miró hacia los lados, estaba vez sabría correr cuando le tocaba si realmente la posibilidad de un nuevo ataque se hacía realidad.

Posó sus manos sobre las arrugas de la camisa de Eneas, agarrándola y tirando de la tela de su espalda. Por ahora, él se quedaría ahí. Observaría y se callaría. Eso es todo lo que podía hacer por ahora.

No volvería a meter la pata, no dejaría que Eneas volviera a verse en esa peligrosa situación. Nunca más.

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Mordisco sobre Mordisco (Capítulo 10)

CAPÍTULO 10

Entrada: xx/xx/xxxx
Ahora mismo, me gustaría poder desaparecer, haber muerto con mi alma y escapar de este tormento.
Desearía poder matarlo. Arrancarle esos maravillosos ojos, ese largo pelo, tirar de sus labios para que nunca sean besados, desagarrar su culo para que nunca pudieran tocarlo.
Por primera vez, he golpeado a mi ángel.
No puedo soportarlo más. Sus llantos, sus gritos de dolor, esa sangre cayendo siempre en cada rincón que piso. No puedo permitir que mis cachorros vean algo así.
Pero… si vuelve a intentar morderme de nuevo, no dudaré en golpearle. Sabe que lo deseo, sabe que me vuelve loco, mi ángel oscuro, sexy y sensual, erótico hasta el extremo de volver loco a cualquier hombre.
Mi sangre en mía. No permitiré que nadie tome algo que le pertenece a mi alma. El deseo es algo que un hombre no puede controlar y menos cuando tienes una pareja como mi ángel. Pero no, no lo amo, no me entregaré a él de la forma en la que tanto desea.        
Mi alma se fue, se fue la primera vez.
No le pertenezco.

* * * *

Raven bajó las escaleras de piedra, sorprendiéndose del mal estado en la que se encontraban. Aunque ahora, gracias a la poca claridad, no se veían los desconchones de las paredes o los trozos de piedra caídos en el suelo. ¿No les asustaba que alguna pudiera desprenderse sobre algún niño? Bueno, también dudaba que una piedrecita pudiera hacerle un daño permanente a un licántropo, por muy pequeño que fuera.

Cuando llegó al enorme patio, bordeó algunas columnas, buscando la presencia del lobo en cuestión. Izan estaba justo al lado del enorme comedor, con él se encontraba Eric, un tanto oculto por el enorme cuerpo de otro lobo con el cabello plateado, que recordaba haber visto anteriormente. Puede que hasta se lo hubieran presentado, aunque ahora no conseguía relacionar rostro con nombre.

Se acercó lentamente, parándose frente a los tres hombres. Su ojos se deslizaron del enorme lobo desconocido a Izan, ignorando la presencia de Eric.

—¿Y bien? ¿Ha cambiado tu visión? —le preguntó al Beta, deseando interiormente que así fuera.

Izan se echó contra la pared, bostezando tranquilamente mientras paseaba un pie sobre el albero del suelo.

—En realidad, no he visto nada. Pero supongo que ahora que tienes la sed bajo control, hay un alto índice de probabilidades de éxito. Aun así, siempre queda «esa» posibilidad.

Izan no quiso especificar a que se refería, pero a Raven no le hizo falta. Estaba claro lo que quería decir. La muerte siempre había rondado su mente desde que salió por primera vez de aquella mansión. La idea de morir, le hacía hervir la sangre entre la excitación de la batalla y la incertidumbre. Intentaría pensar solo en la idea de rescatar a su hermano y para eso, necesitaba conocer a los licántropos que se suponía iban a acompañarlo.

Morir por ayudar a un vampiro sería lo último que hubieran planeado para su vida como soldados. Entendería si alguno se rehusaba a seguirlo y apoyarlo. Él no haría nada para imponerse, después de todo, los lobos estaban en su derecho. Ese pensamiento le trajo a colación de nuevo la imagen de Dayira. Esa hermosa pelirroja, tendida en la cama y con tan poco tiempo de vida. Era una vida triste, muy triste.

Raven miró unos segundos a Izan y susurró:

—Entiendo —después su atención giró hacia el lobo que no recordaba—. ¿Y tú eres?

El hombre le sonrió abiertamente, con una expresión agradable y un sentimiento de camaradería bastante notable. 

—Soy Taix, no presentaron hace unos días, aunque supongo que no estabas en condiciones para acordarte de mí. Soy el Omega de la manada y uno de los que te acompañaran en esta «misión».

Raven encogió el ceño. Esa forma burlona de hablar no le gustaban del todo, pero tenía que reconocer que el licántropo estaban intentando ser lo más simpático posible, y eso era de agradecer.

Después de un corto silencio por parte de Raven, alzó una mano y la estrechó con la del enorme lobo.

—Gracias Taix. Quiero que sepáis que no voy a obligar a ninguno de ustedes a acompañarme. Si alguien no está dispuesto, no tomaré represalias ni nada, después de todo, el Alfa ni siquiera sabe de esta «misión» —agregó con el mismo tono que anteriormente había usado el Omega—. Así que, me gustaría salir lo más rápido posible, sé que no ha oscurecido del todo, pero hoy está nublado y esta claridad no me afecta.

Era cierto, aun después de haber buscado el abrigo durante casi un cuarto de hora dentro de esa maleta, con todas las prendas metidas a presión, ahora resultaba que cuando fue a ponérselo sobre la cabeza no le hacía falta. El cielo se había vuelto tormentoso, así que lo dejó tirado en la entrada del piso que ahora compartía con Neo y se había dispuesto a salir libremente.

Estaba en lo correcto, lo pudo asegurar cuando los rayos del sol habían desaparecido casi por completo, evitando los poquitos que escapaban de entre las nubes con un ágil juego de pies.

La respuesta de Taix lo sacó de sus cavilaciones.

—No hay problema —dijo el alto lobo, rascándose una mejilla mientras sonreía, ahora con un toque algo nervioso—, Es verdad que algunos se han rehusado, pero he podido conseguir a tres lobos más a parte de mí, totalmente dispuestos a cuidaros las espaldas. Después de todo, sois el marido del Alfa.

Raven saboreó la palabra marido, se sentía malditamente agradable poderla escuchar con un tono tan condescendiente. Y bien, cuatro lobos y un vampiro podrían ser fuerza suficiente para enfrentarse a un pequeño batallón de licántropos del Norte. Esos malditos bastardos que tanto daño le habían hecho a la manada y a Neo. Si conseguía matarlos a todos podría resultar un pequeño logro para él. También, mientras él comandara a esos hombres bajo la responsabilidad de Neo, lucharía con todas sus fuerzas para que llegaran enteros de vuelta a casa. Era lo menos que podía hacer por ellos, por prestarle su poder para intentar salvar a su hermano, cuando él era, nada más y nada menos, que un vampiro.

—Yo voy también. —dijo de repente Eric, dando un paso hacia delante—. Yo protegeré la espalda de Raven. Se lo debo a Neo y… —se mojó los labios, indeciso—, realmente quiero hacerlo. Quiero ayudar a Raven.

Se hizo un silencio incómodo entre los presentes. Taix miraba la escena con una ceja alzada, casi temiendo abrir la boca. Por su lado, Izan sonreía divertido, asintiendo con la cabeza y palmeándole comprensivamente un hombro a Eric.

—Supongo que en las malas se descubre cuando alguien te aprecia. Raven debería estar contento de tener un amigo.

Raven alzó una ceja, indignado.

—Lo dices como si fuera un maldito antisocial —cuando nadie aportó nada. Raven notó un leve sonrojo en sus mejillas—. Todos pensáis lo mismo, ¿verdad?

Eric terminó riendo, poniéndose al lado de Raven y golpeándole con un puño el brazo, intentando aguantar la risa.

—Bueno compañero, todo tiene que cambiar un día, ¿no?

Raven lo miró por encima del hombro, aun con el resquemor en su orgullo. Le sonrió arrogantemente mientras cruzaba los brazos.

—Igual que tus preferencias, porque estoy seguro de que tambalearon un poquito hace unas horas.

Eric se retiró, con una expresión infantil en la cara mientras negaba con fuerza con la cabeza. Podía verse un tanto nervioso y su cara roja lo hacía ver adorable. Raven sonrió mientras que Izan volvió con sus risitas burlonas.

—Eso es un golpe bajo, ¡maldito colmillitos peligrosos! —Eric sacudió la mano entre ambos, mirándole con una cómica expresión seria—. Te quiero a dos metros.

Izan se volvió a apoyar en Eric, riéndose, mientras Raven hacía amago de acercarse al lobo y disfrutando de cómo éste infantilmente se echaba hacia atrás levantando los puños, como si fuera a golpearle al igual que una de esas películas de Karate.

Taix estaba un poco perdido por la escena que tenía ante sus narices, pero lo que más le sorprendía era la confianza que parecía haber cogido esos tres en tan poco tiempo. ¿Qué había pasado y a que se referían con…?

—¿Colmillitos peligrosos? —preguntó el Omega, tocándose la cicatriz que le atravesaba el ojo derecho y que mantenía siempre cerrado.

Raven se quedó tieso, recto como si le hubieran metido el palo de una fregona por el culo, mientras que Eric comenzó a reír tontamente rascándose la cabeza sin saber que añadir. Gracias a Dios que por ahí estaba Izan para encargarse de esos asuntos.

El Beta se acercó a Taix hasta apoyarse en su hombro, cambiando la expresión por una sumamente triste y miró de reojo al vampiro, con mucha, mucha lástima.

—Solo nos metemos con Raven. Ha sido siempre un chico muy solitario, con unos padres fríos —susurró tristemente, como si estuviera narrando una tragedia—. Se sintió realmente dolido cuando sin saber nada sobre licántropos vino aquí y todos le rechazaron. Encima de tener que tratar con un salvaje como nuestro Alfa, su primera noche fue tan… —apretó los ojos como si se lo estuviera imaginando—, dolorosa, al día siguiente…

—¡Para! —gruñó Raven, con la boca completamente abierta por la sorpresa y un leve rubor corriendo por sus mejillas—. Deja de decir gilipolleses y… y… ¡simplemente, cállate!

¿Y ese Beta creía que lo estaba ayudando? Raven nunca había sentido tanta vergüenza, le daban ganas de coger el delgado cuello del lobo y partírselo como la gallina que era.

—Oh, vamos… Raven. Solo estoy quitándole hierro al asunto —soltó abiertamente con una expresión cansada que ocultaba una enorme sonrisa burlona.

Taix estaba confundido, miró de uno a otro sin saber que añadir.

—¿Entonces era mentira?

—¡Evidentemente! —se quejó Raven, sin querer mirar hacia ningún lado.

Todos se echaron a reír ante su gracioso enfado, hasta el vampiro tuvo que suspirar y después sonreír. Seguramente, Izan y Eric ya habrían previsto esto, simplemente estaban ayudándolo a relajarse. ¿Podría ser por algo que el Beta hubiera visto en alguna visión? Ni siquiera quería pensarlo, le gustaba lo vacía que había quedado su cabeza después de esa tonta discusión.

Volviendo al asunto que le importaba, se giró hacia Taix, buscando con la mirada a su alrededor.

—¿Y? —cuando se dio cuenta de que el Omega no le entendía, volvió a decir—: ¿Dónde están?

Taix asintió, señalando inmediatamente después el portón de la entrada. Raven no podía ver mucho desde allí, pero creyó percibir ciertos pelajes de diferentes colores.

—Están esperando totalmente preparados, ¿vamos?

Raven asintió, comenzando a ponerse nuevamente nervioso. Parecía que la broma no le había relajado tanto como creía, todavía podía sentir sus manos temblar. De miedo o excitación, no estaba del todo seguro.

Escuchó varios pasos a su lado, levantando un poco el albero. Se giró para ver como Eric lo seguía prácticamente de cerca. Ese hombre parecía dispuesto a mantenerse a su lado en todo momento. Era una sensación agradable. Le hubiera gustado que fuera Neo quién estuviera a su izquierda, quién le dijera que iban a luchar como uno, cada cual protegiendo la espalda del otro.

Neo ahora no estaba preparado para enfrentarse a nada, no solo por las heridas físicas sino también por las mentales. Ya había perdido a mucha gente que amaba y le quedaban pocas que defender. Eso sería un punto débil en su contra, la extrema preocupación podría hacer que cometiera errores, y si algo le pasaba… Raven no quería ni pensar en esa posibilidad.

Raven paró sus pasos en seco, cayendo en la cuenta de algo que no se había parado a pensar. Miró a Eric que se había detenido abruptamente, golpeándose la cara con la espalda del vampiro y que ahora se sobaba la nariz, desconcertado.

—¿Pero qué? —dijo Eric, mirándole con la mano en el rostro y los ojos entrecerrados—. ¿Qué pasa ahora?

—Tú te quedas aquí —dijo Raven simplemente. Después hizo amago de volver a andar tras Taix, pero la chillona voz intranquila de Eric, se lo impidió.

—Un momento, ¡quieto ahí! —gritó cuando vio que Raven seguía sin hacerle caso. Se apresuró a cogerle el brazo, estirando de él para que lo encarara—, ¿Porqué? ¡Quiero ir contigo, maldita sea!

Raven enfocó los oscuros ojos hacia Eric, fijos en su cara. Se veían serios y letales, desprendiendo un poder que indicaba claramente, autoridad.

—Es una orden.

Eric se quedó con la boca abierta. ¿Una orden? ¿Había escuchado bien? ¡Había dicho una maldita orden! Él solo quería ayudarlo, apoyarle, aunque confiaba en Taix, quería estar ahí para poder vigilar que todos respetaran a Raven. Que no lo dejarían morir cuando estuviera herido, ni cometerían alguna locura. Le daba vergüenza decirlo pero… ¡no se fiaba de su propia manda en ese aspecto!  

—Tú no me das órdenes —escupió con desagrado, luego miró lentamente a Izan—. Tú el «alguien de confianza». ¿Qué debería hacer ahora? Está claro que Raven es lo suficientemente cabezón para morir antes de cambiar de idea.

Raven gruñó levemente ante el apodo, pero Eric aunque tragó saliva, pareció echarle valor, quedándose en el mismo sitio y observándole directamente a la cara. Si ellos iban a ser conocidos, o… amigos, él intentaría hacerle entender al vampiro que todo no transcurría según sus caprichos.

Izan se rascó la barbilla pensativo, era realmente problemático tener que mediar en esta ocasión, pero aun así había algo en la seriedad de Raven que no le dejaba contradecirlo.

—¿Por qué? Raven, me gustaría saber porque no quieres que te acompañe.

El vampiro estaba harto de tanta pregunta. No estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria, bueno, menos con Neo. Ese lobo, aunque su orgullo no quisiera reconocerlo, lo tenía completamente dominado el muy chucho. Pero tener que explicarse no le agradaba, era algo… para gente de menos estatus.

—He dicho que era una orden.

Izan se encogió de hombros.

—Yo puedo revocarla si lo veo conveniente.

Raven gruñó, viéndose totalmente retado por el Beta. Por muy indiferente que quisiera verse, Izan estaba intentando apretarle las tuercas. O bien se callaba y dejaban que los lobos se salieran con la suya o daba sus razones.

Sus ojos volvieron de nuevo a Eric, antes de dejar escapar violentamente el aire entre sus dientes.

—Eric es alguien importante para Neo. No puedo prometer que vuelva de una pieza y no quiero que mi Alfa tenga que pasar por algo como lo de ayer. —hubo un corto silencio, Raven se volvió para decir, un poco más bajo—: Yo tampoco quiero que le pase nada a Eric.

Izan alzó una ceja, mirándolo incrédulo, por su parte Eric estaba entre feliz y un poco pasmado. ¿Raven no quería que fuera, no por que lo sintiera un estorbo, si no más bien para protegerlo? La realidad le golpeó fuerte, haciéndole dar un paso hacia atrás, todavía demasiado aturdido para reaccionar. Sus ojos se giraron de nuevo hacia el Beta, que parecía estar pensando en algo.

Todo quedó en silencio, Raven y Eric pudieron apreciar como los ojos de Izan quedaron perdidos en ninguna parte. Lo más escalofriante es que el negro de la pupila se comió todo el globo ocultar, quedando su mirada completamente negra. A los pocos segundos, el Beta volvió a la normalidad.

—Oh, buenas noticias —dijo de golpe, como si anteriormente no hubieran estado hablando—. Creo que Eric debería ir, todo saldrá bien… supongo. He visto algo de sangre y aunque no ha quedado claro el resultado final, la presencia de Eric es beneficiosa para la «misión». Definitivamente, él debe ir.

A pesar de su forma de hablar, Raven supo de inmediato que decía la verdad. No solo por la veracidad del cambio de sus ojos, si no por la falta de ese tonillo burlón que siempre le agregaba a cada una de sus frases.

Aun así….

—En esa visión que acabas de tener… ¿Eric estaba bien?

Izan volvió a sonreír, estaba claro que ya se le había pasado el aturdimiento de la visión. Después de hacerle ojitos burlones a Raven se volvió hacia Eric, señalando al vampiro mientras hacia círculos invisibles en el aire.

—Ten cuidado casanova, que parece que has seducido a un chico peligroso.

Eric se sonrojó y golpeó al Beta en el brazo, haciendo que éste se quejara y se echara hacia atrás, riéndose. Después se dirigió hacia Raven, cogiéndole del brazo para que andara. La cara que tenía el vampiro era completamente homicida y no quería que terminara por matar al consejero de la manada, aunque él mismo tuviera las mismas ganas.

—Vámonos. —dijo, mirando fijamente a Raven.

El vampiro terminó por asentir, sin perderse de todas maneras la no respuesta de Izan. No había desviado el tema simplemente para bromear, estaba claro que había algo que no quería decirle. Eso solo conseguía ponerlo más nervioso, ahora también teniendo en mente a Eric, que era su segunda prioridad tras el rescate de su hermano.

No añadieron nada más hasta que llegaron a las puertas de la Propiedad como le llamaban los lobos, y que él veía como un simple y destartalado cortijo. Taix se había unido a los otros licántropos minutos antes que ellos, sin darse cuenta de que Raven se había parado para volver a hablar con los otros dos.

Había tres lobos de colores marrones, uno chocolate, otro café oscuro, el último tenía un tono canelo, a su lado, había uno gris, un poco más grande y que Raven reconoció rápidamente como el Omega. Era inconfundible, no solo por el pelaje, si no por la enorme cicatriz que le cruzaba el ojo, le sorprendió que aun siendo un lobo todavía la tuviera.

Antes de que Raven pudiera reaccionar, Eric saltó hacia delante completamente desnudo, cambió con una facilidad apabullante en pleno vuelo y cuando cayó al suelo, fueron sus zarpas las que hicieron un profundo y hueco sonido. Volvió el morro hacia él, con esos ojos castaños mirándole fijamente, su pelaje pardo le daba un toque hermoso aunque apagado. Era una diferencia bastante grande con Neo. Su pelaje dorado y brillante le daba un aire aristocrático, y Eric aunque hermoso igualmente, era más corriente, se veía simplemente más… normal.

Eric movió el morro, acercándose mientras bajaba su cara para rozarse con el brazo de Raven.

Móntate y así iremos más deprisa.

El vampiro pareció dudar durante unos segundos, pero finalmente saltó y se subió sobre Eric. Todos se miraron como concordando la salida y después de afilarse las uñas contra el suelo, salieron dando unos largos y tremendos saltos, casi volando entre las ramas. Raven estuvo seguro que los aullidos fueron escuchados por toda la manada. Era una despedida, por ahora.

El vampiro cerró los ojos y los apretó.

«Neo…».

* * * *

Taix los guiaba, era el único que sabía las coordenadas exactas donde sucedería la confrontación. Llevaban unos minutos caminando suavemente, intentando que las enormes zarpas hicieran el mínimo ruido posible.

Raven agachó la cabeza para esquivar una rama, después la bajó lo suficiente para hablar en susurros sobre la enorme oreja del lobo sobre el que iba montado.

—Yo conozco este lugar… —susurró, fijándose en las formas de la vegetación. Cuando divisaron un pequeño claro entre varios árboles, volvió a bajar unos tonos más su voz—. Comunica a todos que se detengan y se mantengan ocultos.

Eric meneó levemente la cabeza para que supiera que lo había escuchado, después mentalmente, informó a todos los demás lobos de que debían guardar posiciones por ahora. Cuando Eric no volvió a hablarle, supo que Taix no tenía ningún inconveniente con que él tomara el mando. De todas formas, ya estaba en el lugar y Raven suponía que lo más correcto sería esconderse y esperar.

Después de ojear el árbol abierto por la mitad que había en el claro, estuvo seguro. Él había estado ahí antes. No recordaba muy bien cuando… suponía que en alguna de las excursiones que hacía montado en la espalda de su hermano. ¿Pero porqué motivo, si Ángel seguía vivo, aparecería en este lugar?

Sintió nuevamente ese dolor de cabeza que lo carcomía cada vez que intentaba recordar algo. Se sentía flojo y se agarró con más fuerza al pelaje de Eric, el cual movió sus dientes hasta que los hizo rechinar.

¿Estás bien?

Raven le dio unas cuantas palmaditas en el cuello para asegurárselo. Después de acariciarse un poco las sienes, entrecerró los ojos para enfocarse en el claro y por supuesto, en el evidente sonido que estaba comenzando a escucharse no muy lejos de allí.

Tras unos segundos de espera, algo cruzó sobre los árboles, a una velocidad completamente irreal para un… Raven se fijó mejor, un vampiro. No había conocido a nadie de su familia que pudiera moverse con esa agilidad. Su incredulidad se convirtió en alivio cuando una silueta familiar se detuvo en mitad del claro.

Su ojos rojos giraron hacia el cielo y su oscura melena recogida con una cinta en el cuello, se mecía entre la suave brisa de la noche. Algunos cabellos se soltaron, ocultándole un poco el rostro, pero Raven estaba seguro. Era Ángel, su hermano Ángel.

—Que sigan quietos —susurró a Eric—. Que nadie se mueva hasta que yo lo ordene, pase lo que pase.

El lobo agitó su cabeza un poco, obedeciendo pero claramente disconforme con la orden. Y después siguió el silencio. Lo segundos pasaban y Raven no vio nada que no fuera su hermano. Quieto en aquel lugar, posando ahora su mano sobre el árbol partido. Los ojos carmesí se cerraron, y Raven se sorprendió al ver un poco de humedad en ellos. ¿Pero que diablos?

Un ruidillo entre los arbustos de la izquierda lo sacó del ensimismamiento en el que su hermano lo tenía cautivo. Giró la cabeza con todos los sentidos alerta, esperando. Cuando una pierna atravesó la espesura y se adentró en el claro, no pudo más que aturdirse. Pero que… ¡¿Qué diablos hacía Zoe en un lugar como ese?!

Buscó a su hermano que se había escondido tras un árbol, rehuyendo de la presencia de la niña. Raven estuvo confuso unos segundos hasta que cayó en la verdad. ¡Ese maldito de Izan! Es verdad que su hermano se veía involucrado en la confrontación, pero la manada del Norte no le buscaba a él, ¡iban tras Zoe!

Sintió como uno de los lobos hacía amago de moverse, pero el vampiro volvió a echarse sobre Eric, ordenándole que mentalmente lo detuviera. El lobo pardo obedeció, todavía igual de desconcertado que momentos antes había quedado Raven.

Raven esperó un poco más. Tenía que saber algunas cosas más antes de entrometerse en la escena. Ahora mismo le gustaría conocer exactamente que diablos fue lo que vio el Beta. Oh… pero ya ajustarían cuentas cuando regresara. Iba a recordar toda su vida lo que era burlarse de un vampiro. ¡Eso lo aseguraba!

Tras unos segundos, Zoe seguía buscando por el claro, parecía que esperaba a alguien. Ángel, por lo que pudo apreciar, seguía allí mirándola pero sin moverse, por algún motivo la tristeza que antes había percibido en él ahora se había convertido en algo cálido. Era realmente imposible de describir. ¿Conocía su hermano a Zoe? ¿Era a él a quién esperaba? ¿Y si es así… porque se escondía?

Un enorme lobo voló sobre el claro, dejándose caer delante de Zoe. Raven sintió sus músculos tensarse por el impulso de colocarse frente a la niña, aun así se obligó a quedar quieto. Observando.

El licántropo no cambió de fase, pero pareció comunicarse con Zoe. Era extraño, Eric no parecía oír lo que decían. No lo entendía. Sin embargo la pequeña se reía y asentía, acariciándole tiernamente el morro. Sin embargo, en ningún momento, mostró intención de transformarse ella también.

—¿Qué ocurre? —preguntó Raven, agachándose de nuevo sobre la oreja de Eric.

No tengo ni idea. Ese lobo no pertenece a nuestra manada. Es la única explicación que puedo darte a que no le escuchemos.

—Pero Zoe lo hace. —insistió Raven.

Eric sacudió la cabeza pensativo y estuvo a punto de decir algo cuando, en uno de los movimientos de Zoe, la niña levantó la mano y mostró claramente una marca de emparejamiento en su muñeca.

Todo quedó claro, sin tener que acudir a las palabras. Zoe podía escucharlo aunque no fueran de la misma manada porque estaban emparejados. Raven sabía que los vampiros podían entender a todos los licántropos, pero seguramente había demasiada distancia para escuchar los pensamientos del lobo.

Buff… a Neo le daría un ataque cuando lo descubriera. ¿Era esto, lo que tanto quería ocultar Izan? Diablos, suponía que sí.

Bien, ahora todo parecía una simple cita romántica. No comprendía que hacía su hermano allí mirando, con una expresión seria. Estaba demasiado hosco y aunque Zoe no hubiera descubierto su olor, estaba seguro que no pasaría mucho antes de que su compañero sí lo hiciera.

O puede que ese tiempo necesario no corriera a su favor. Cuatro lobos más aparecieron de repente, acercándose lentamente a Zoe y al lobo negro. Parecían intercambiar algunas palabras mentales, pero Raven seguía a alerta pues conocía ese pelaje, el lobo nevado que había intentando matarlo el día antes de su unión con Neo. Nunca olvidaría un pelaje albino tan hermoso.

Volvió a ordenarle a Eric que detuviera cualquier movimiento de lo demás miembros de su manada. Todavía no era el momento. Si solo pudiera acercarse más sin ser descubierto...

Raven bajó de lomos del lobo pardo y se acercó a su pata para susurrarle:

—Espera a la señal. Entonces atacad con todas vuestras fuerzas. Esto ya no es solo por mi hermano, tenemos que sacar a Zoe a salvo de todo este problema.

Eric asintió con un movimiento de su morro. Raven le palmeó el cuello en confianza y avanzó unos pasos, desplazándose ágilmente sobre la hierba. Bordeó un árbol y se agazapó, esperando. Ahora estaba casi en el borde del claro y creyó conseguir entrever algunas palabras.

El lobo blanco caminó lentamente hacia el compañero de Zoe, pasando por delante como si fuera una presa en la cual echarse encima de un momento a otro. El lobo negro colocó una pata sobre Zoe, posicionándose encima de ella, intentando protegerla. Raven le miró la frente, tenía una especie de rombo, igual que, ahora que se fijaba, el lobo nevado.

¿Qué tenemos aquí, Abel? —dijo el albino con voz fina pero tranquila, demasiado tranquila—. ¿Hay algún motivo por el que tengas que ocultarle a tu Alfa, que encontraste a tu compañera?

Raven estuvo seguro de escuchar un ronco y bajo gruñido de advertencia por parte de, como acababa de mencionar el Alfa, Abel. Zoe seguía sin decir nada, apretada contra una de las enormes patas negras.

Déjame marchar, solo te pido eso, Farid. Alfa. —se corrigió rápidamente ante el silbido entre dientes del lobo blanco—. Deja marchar a mi mujer.

Farid, siguió paseándose lentamente, Raven podía sentir la clara intimidación que le causaba a Abel con ello. Los ojos morados del Alfa se posaban descaradamente en Zoe, evaluándola. Después de unos segundos, parecieron brillar con entusiasmo. El parecido era innegable.

Raven supo en ese momento que ese tal Farid, solo había seguido a un miembro de su manada, el cual creía que lo estaba traicionando. Encontrarlo allí con una hembra de otra manada seguramente había sido una sorpresa, pero reconocerla por su aspecto como la hermana de Alfa de la manada del Este sería totalmente un logro más que una preocupación.

El vampiro chasqueó los dientes, esto se complicaba cada vez más y más, y estaba seguro que si atacaban ahora, lo único que conseguirían era poner a Zoe es más peligro del que ya estaba.

¿Es esa, por casualidad, la hermana de Golden? Oh… si lo es —susurró con esa horrenda voz chillona.

Abel pareció reaccionar al tono de cazador de su Alfa, ya que agarró a Zoe por la camisa, levantándola con toda intención de salir corriendo de allí. Cuando giró el cuerpo hacia el Este, Raven no dudó a donde, claramente, iba acudir.

No logró dar dos zancadas antes de que un dolor impresionante consiguiera sacarle unos cuantos lastimeros aullidos. El lobo negro terminó tendido en el suelo, chillando sin parar, parecía a punto de revolcarse en la tierra.

Raven dio un paso hacia delante, alarmando, cuando Farid levantó una zarpa sobre la cabeza de Zoe, que estaba demasiado preocupada por su compañero como para fijarse del peligro real que estaba corriendo. Desde allí, el vampiro podía leer el miedo en la niña.

Todo pasó muy deprisa, el Alfa se vio detenido por dos manos que lo sujetaban con suma fuerza. Sus ojillos morados se clavaron en el vampiro que lo inmovilizaba. Ángel se había movido con tanta rapidez, que Raven casi no pudo verlo. Esa agilidad no era normal, ¡maldición, estaba seguro de que no lo era!

¿Quién eres tú? —escupió, mirando al vampiro con inesperado interés—. Te pareces a alguien que tuve el placer de conocer no hace poco. Tienes que estar relacionado con él, sois… —pareció plantearse el adjetivo—, igual de sexys.

Raven apreció como su hermano encogía los ojos, retirando la zarpa con sus manos en un movimiento brusco, haciendo que Farid tuviera que echarse hacia atrás. Había un poder claro en él, uno que hizo al Alfa replantearse la idea de enfrentarse al desconocido vampiro.

—No tengo por que darte explicaciones y mucho menos mi nombre. Quiero veros lejos de esta niña, ahora —sus ojos rojos ensangrentados y letales, hicieron al lobo retraerse—. No tengo nada contra los licántropos, no lucho contra lobos. Así que, me da igual de que manada seas, coge a tus soldados y márchate de aquí.

El aire se contuvo en los pulmones de Raven. Lo había hecho inconscientemente, no tenía necesidad de respirar, pero el asombro lo había llevado a tomar una buena bocanada de aliento.

Esa voz autoritaria y segura, con ese tono tan hermoso… hacía mucho que no la escuchaba. Para su desconcierto, sintió tranquilidad, alivio. O fue hasta que Ángel se encogió sobre su estómago para toser descontroladamente, la sangre que escapó de su boca, de forma llamativa y escandalosa, embadurnó sus manos y manchó con gotas rojizas oscuras la tierra a sus pies.

Farid se había sentido intimidado durante unos segundos, pero ahora ya se había repuesto. El vampiro parecía muy seguro de sí mismo, pero con esa demostración, dejaba claro que estaba enfermo y por consiguiente, no al cien por cien de sus facultades.

Se relamió el morro con una enorme lengua que puso en alerta a Ángel. Miró a Abel que seguía revolcándose de dolor a su lado y después echó mano a la pequeña Zoe, todavía a su espalda. No eran fuerza suficiente para poder enfrentarse a un Alfa, su Omega y varios soldados más.

Ángel estaba en una encrucijada, puede que ese fuera el momento que tanto había esperado. La muerte que tanto ansiaba, pero… no a costa de la vida de Zoe. Nunca a costa de la vida de su pequeña Zoe.

Y si te digo «vampiro» que esa niña de ahí es mi presa y que esa basura de lobo, será juzgado por su traición… ¿Qué harías?

El salto de Ángel sobre la cabeza de Farid, seguido de un manotazo que le arrancó la piel del cuello, fue toda la respuesta que el Alfa necesitó. El lobo blanco aulló enfebrecido antes de tirarse sobre el vampiro, colocando una garra sobre su cuerpo en el suelo e intentando inmovilizarlo.

Ángel se revolvió con unos movimientos rápidos y desquiciados, sin importarle la sangre que escurría de sus labios. El Alfa le golpeó con su zarpa, lanzándolo unos metros más allá y mirando a Zoe, que se había encogido al lado del cuerpo de Abel. Parecía dispuesta a entrar en fase cuando algo captó la atención de todos.

Raven saltó al claro, tomando el cuerpo de Ángel aun en el aire y en dirección a golpearse contra el tronco de un árbol. Ambos hermanos se miraron con sorpresa.

—No se que diablos está pasando aquí, pero hay que sacar a Zoe de este lugar —fue lo único que dijo Raven, intentando apartar las ansias de preguntarle a su hermano que diablos estaba haciendo y donde demonios había estado.

Otro vampiro. Farid volvió a ponerse un tanto nervioso. Si seguían viniendo refuerzos, él se vería en desventaja. Tenía que terminar lo que había empezado. Corrió hacia Zoe, que todavía estaba mirando a Raven casi aliviada por la presencia de una cara conocida, y abrió su boca en un mordisco letal.

Raven corrió, saltó unas cuantas piedras y casi voló para intentar atrapar a Zoe. Cayó sobre ella, protegiéndola con su cuerpo cuando sintió el sonido de un golpe hueco sobre su cabeza. El Alfa cayó hacia atrás, con la cabeza girada hacia la derecha de muy mala forma.

—¡No toques a mi hija! Maldito seas, como le pongas un dedo encima a mí hija… yo… yo…

La espalda de Ángel se levantaba sobre Raven. Éste parecía en extremo cansado, no solo por el rápido movimiento, si no por el esfuerzo hecho en cada ataque. Raven vio horrorizado como su hermano perdía el equilibrio y caía hacia delante, arrodillado frente al Alfa y los demás lobos que aullaban sedientos de sangre.

No tardó más de dos segundos en darse cuenta del estado en el que se encontraba el otro vampiro. Todo el suelo frente a él cubierto de oscura sangre, sus ojos estaban velados y el cabello se había soltado en algún movimiento anterior. Iba a desmayarse. Raven estaba malditamente seguro de que Ángel estaba a punto de perder el conocimiento.

Con todas sus fuerzas, sopló entre dos dedos colocados previamente en su boca. El silbido atravesó el claro como un rayo, haciendo que los lobos encogieran las orejas. Los cuatros licántropos en la retaguardia saltaron, colocándose con fiereza frente a ellos. Sus gruñidos salieron ásperos, abriendo la boca y enseñan las filas de letales dientes.

—Raven… ¡Oh, Raven! —gritó Zoe, agarrándose al jersey de su cuñado y escondiendo la cabeza en él—. Dime que esos son Eric y Taix, por favor… por favor… —susurró, entrando en llanto.

Raven le acarició el pelo, intentando tranquilizarla. Pequeña niña, demasiado para enfrentarse a este problema y todos los que estaban por acontecer con ese matrimonio suyo. Nunca entendería quién diablos decidía las parejas de los licántropos, pero merecía unas cuantas patadas en el culo.

—Tranquila. Estoy aquí y voy a devolverte a la Propiedad de una sola pieza —se mordió el labio cuando escuchó como los lobos de ambas manadas se enzarzaban en una cruenta pelea—. Neo va a matarme —masculló entre dientes.

¡Y vaya si lo creía!

Un sonido a su espalda. Abel se levantó del suelo, saliendo de fase y arrastrando sus pies hacia ellos. El dolor produciendo por el «rayar» de su Alfa, le había dejado demasiado débil para siquiera mantener su estado de lobo. Pasó ambos brazos por el cuerpo de Zoe, acogiéndola con evidente calidez y protección. Raven la dejó ir.

El muchacho, tenía una expresión seria, un cabello negro y oscuro, tanto o más que sus ojos. Su cara parecía estar echa de piedra, el vampiro no podía preveer nada de sus intenciones tras esa fachada de indiferencia.

Cuando dejó a Zoe segura en brazos de Abel, se acercó a Ángel, agachándose a su lado y pasándole una mano conciliadora por la espalda. Su hermano parecía convulsionarse, mientras más y más chorros de sangre escapaban de su boca. Sintiendo dolor ante esa imagen, apartó varios mechones del oscuro cabello sobre su cara, logrando así mirarlo a los ojos.

Ángel mantenía ese color rojizo en ellos, seguramente por la pérdida de sangre. En realidad, él no recordaba si cuando era pequeño ya los tenía así.

—¿Ángel? —preguntó suavemente.

El vampiro alzó la cabeza unos centímetros, entrecerró los ojos y separó los labios. Raven estaba expectante, había pasado los últimos años soñando con este momento. Imaginando cuales serían las primeras palabras que su hermano le dedicaría.

No fue nada de lo que pensó.

—¿Quién eres? —la voz, ahora un poco más ronca que antes, se dejó escuchar casi como un suspiro.

Fue un duro golpe para Raven. Sin embargo, volvió a despejarle la cara y acercó su frente a la contraria. Su hermano estaba demasiado débil para protestar por el sospechoso roce.

—Soy Raven.

La expresión precavida de Ángel pasó a una triste, cerró los ojos, como conteniendo unas rebeldes lágrimas y le rozó con la mejilla, terminando por enterrar la cara en la curvatura del cuello de Raven.

—Hermanito. Pequeño niño. Te has puesto muy grande.

Varios golpes más sonaron muy cerca de ellos. Un golpe de viento los hizo agacharse cuando un enorme lobo fue expedido sobre ellos y arrojado a unos metros. Raven se relajó cuando fue un rombo lo que vio en su frente.

—Tenemos que salir de aquí —cogió a Ángel para levantarlo, pero su cuerpo no respondió. Raven tomó aire antes de curvar su estómago y en un movimiento rápido cogerlo en brazos. Su hermano soltó un pequeño resoplido de dolor, pero eso fue todo. Raven se volvió hacia su cuñada—. Zoe, entra en fase. No podemos quedarnos, por lo menos vosotros tenéis que volver a la Propiedad.

Zoe miró a su marido, serio a su lado, con un brazo posesivo en su espalda. Después sus ojos azules giraron hacia Raven. ¿Qué debería hacer ella? ¿Obedecía a Raven? Bien, si recapacitaba, él fue quién comandaba a la manada. Hasta Taix seguía sus órdenes. Se había lanzado para protegerla. Ahora, ponía la seguridad de ella ante la de todos los demás. Suspiró, demasiado nerviosa para seguir cavilando. Neo no solo iba a matar a Raven, a ella la despellejaría. Ya lo estaba viendo.

—Está bien. No se si podré ir muy rápido con tres personas montadas encima pero… lo intentaré.

Raven asintió, pero solo pudo dar un paso hacia ella. El aullido de dolor que escuchó le pasó como un rayo por la cabeza. Su cuerpo se volteó por instinto y lo que vio lo dejó paralizado. Un lobo pardo estaba en el suelo, siendo aplastado por el cuerpo de uno avellana. Parecía poderoso, si no se equivocaba, el Omega de la manada del Norte.

Sus manos se volvieron rígidas ante el segundo aullido de dolor. Tenía que volver a la Propiedad, tenía que dejar a Ángel y a Zoe, allí y a salvo. Pero… pero…

—¡Mierda! —gruñó entre dientes. Acercándose en dos zancadas a Abel y soltándole el cuerpo de su hermano en sus enormes y grandes brazos. Ángel dio un ligero resoplido y cerró los ojos. Raven se horrorizó cuando el brazo de su hermano cayó flojo a un lado—. Por favor… llévalo, coge a Zoe y salid de aquí —se giró hacia la niña, acariciándole el despeinado cabello rubio, la miró fijamente a los ojos con confianza y seriedad—. Cuando llegues, di que avisen inmediatamente a Izan. Después dile que yo he ordenado que les de asilo a estos dos. Que no tome ninguna represalia contra Abel, que yo… lo mando así —volvió a repetir.

Zoe pareció bastante sorprendida por el sorpresivo tono autoritario, sin embargo, si estaba pensando algo contrario a la decisión del vampiro se lo guardó, agradeciendo la ayuda para Abel.

—Ten cuidado.

Necesitaría más que cuidado para salir de aquel atolladero. Se quedó allí quieto hasta que los vio a los dos de correr hacia el bosque. Seguramente Zoe no querría entrar en fase allí y él, en cierto modo, lo comprendía.

El siguiente aullido de dolor le sacó de sus pensamientos. Se giró como un resorte y buscó al lobo con la mirada. Estaba en el suelo, ahora con un enorme charco de sangre. La cara contraída hacia arriba, la boca abierta, no se movía. Raven sintió la sangre caer por su frente de nuevo, por sus brazos. Su propio sudor haciéndole tangible el nerviosismo por tal horror.

—¡Eric! —gritó desencajadamente, corriendo con todas sus fuerzas.

Se lanzó hacia el lobo avellana, agarrándose a su cabeza por detrás, como un animal salvaje. El Omega intentaba lanzarle bocados desesperados, pero Raven no le dejaba encajarlos. Sin embargo, él si que le golpeaba, haciéndole heridas por todo el lomo. Alzó ambas manos y desgarró brutalmente su cara, disfrutando de los chillidos que daba el licántropo.

En un momento de locura, se enganchó a su oreja con los dientes, tirando de ella hasta que le arrancó un pedazo, escupiéndolo a un lado con asco. Raven no tardó mucho en ser derribado por otro lobo, pero pronto estuvo de nuevo en pie, rajándole certeramente la garganta con sus dientes.

Estaba enganchado en otro lobo de pelaje mas oscuro, cuando sintió una zarpa abrirle tres enormes surcos en la espalda. No muy profundos pero atravesándolo completamente de arriba abajo. Raven giró su cabeza en el momento que veía a Eric mordiendo la yugular del Omega.

¡Gracias a Dios que estaba bien!

Se dejó caer al suelo, sintiendo algunas piedras clavándose en su trasero. La tierra húmeda mojaba sus manos y unas cuantas gotas volvieron a desprenderse del cielo como el día anterior, ahora mojándole la cara y el cabello.

No hacía falta revisar el estado de la pelea, ellos tenían absoluta ventaja sobre la manada del Norte. Tuvo fe de ello cuando Farid aulló por la retirara, poniendo a todos sus soldados en marcha, por supuesto, menos el cuerpo de uno que había matado Raven.

Eric lo ayudó a levantarse del suelo con su morro y Raven simplemente se agarró del pelaje, intentando que las piernas le sostuvieran. El exceso de adrenalina casi le había hecho olvidar el miedo, el temor, el cuidado que debería tener.

Miró a los soldados, a los miembros de la manada que lo habían acompañado. Todos estaban visiblemente bien. Estaba tan aliviado, tanto. El sentimiento cambió a uno de incertidumbre cuando los cuatro lobos lo rodearon.

Raven tuvo muchos pensamientos recorriéndole la mente ante esa extraña acción, y reconocía que no todos ellos eran buenos. Sin embargo, los licántropos se sentaron sobre sus patas traseras y agacharon solemnemente su cabeza para después alzarla en un largo y orgulloso aullido.

El vampiro no sabía que estaba ocurriendo, pero se sintió bien, orgulloso de cada lobo frente a él. De su fuerza, su coraje, de toda esa bravura que habían demostrado.

Taix se acercó, dejando que su pelaje grisáceo se meciera entre el viento y las brillantes gotas de lluvia. Al colocarse frente a Raven, agachó la cabeza.

Te reconocemos como el marido del Alfa. Te reconocemos como el segundo al mando. Te reconocemos como guerrero. Tienes todo nuestro respeto y fidelidad, para siempre. Pase lo que pase.

Los otros lobos volvieron a aullar, en un signo claro de conformidad. Raven se quedó fijado al suelo, casi creía que tenía algo sujetándole los tobillos. No podía apartar la mirada de aquellos seres tan magníficos, a pesar de todo lo que hubiera pensado en un principio. Él era el que tenía que mantener un total respeto por ellos y no al revés.

Habían demostrado ser piadosos, comprensivos, indulgentes. Reconocía que su clan, o la mayoría de sus miembros, si era verdad todo lo que había descubierto en los últimos días, no merecían ni una pizca de toda esa condescendencia. Admiraba ciegamente la tolerancia de los licántropos y la agradecería. No tenía vida ni años suficientes para poder dar gracias por ello.

—Yo… no merezco esas palabras —y en realidad lo pensaba. Puede que su estatus fuera superior, pero… aunque fueran lobos salvajes, tenían más «humanidad» de las que ellos, los vampiros, podrían alguna vez soñar—. Vosotros sois unos fieles soldados. Ahora entiendo porque Neo está tan orgulloso de vosotros. Gra… —la palabra se le atragantó un poco, no muy acostumbrado a decirla y mucho menos sin dañar su orgullo—. Gracias por seguidme. Por dejarme manejar esto. Por salvar a Zoe y por proteger a mí hermano.

La voz de Raven salió segura y digna, cautivando un poco más con su solemnidad a los lobos.

Gracias a ti por conseguir que esta misión fuera un completo éxito —contradijo Taix, casi dulcemente.

Eric lo empujó con el morro, haciendo que Raven trastrabillara un poco hacia su derecha. Parecía que los golpes, que antes casi no había sentido, empezaban a dolerle después de desvanecerse algo del entumecimiento de sus músculos.

Móntate —silbó casi en un sonido bromista.

Raven le dio una palmada en el cuello y sonrió escuetamente, intentando no mostrar mucho de lo aliviado y completamente flojo, que ahora se sentía. No pudo saltar, así que trepó por la pata y se agarró al pelaje pardo de Eric, rezando por no caerse y romperse la cabeza. Aunque suponía que tampoco moriría por eso.

A los pocos segundos sintió su cuerpo flotar y supo que estaban en movimiento. Corrieron de nuevo por el bosque, a una velocidad bastante considerable. No tardaron más de diez minutos en alcanzar a Zoe.

Raven no pudo verse más sorprendido, Zoe aun siendo una niña, en formo de loba era enorme. Su pelaje no podía decirse que fuera dorado, más bien tornando a trigo. Aunque su tono fuera apagado y menos brillante que el de Neo, se veía hermosa y fuerte.

Sus ojos corrieron rápidamente hacia Abel, que sostenía a Ángel muy pegado a su cuerpo, el cual por lo que veía Raven seguía inconsciente. ¿Qué diablos le había pasado a su hermano para encontrarse en ese estado? Se veía tan enfermo, con tanto sufrimiento.

Eric pareció leerle el pensamiento, porque acercó su cuerpo a Zoe y copió su ritmo. Raven alargó un brazo y acarició la cara de Ángel, apartó unas cuantas finas hebras oscuras de su cara y frotó su mejilla. Los vampiros tenía un tono claro de piel, pero su hermano estaba sumamente pálido, casi parecía un muerto.

—Gracias, ya puedes dejármelo a mí.

Abel negó con la cabeza.

—No es nada comparado con lo que tú has hecho por mí. Si no hubierais aparecido, tendría que haber presenciado como mataban a Zoe sin que pudiera hacer nada. Y te juro —dijo levantando un poco el tono de voz—, que yo hubiera hecho lo que fuera, porque la dejaran ir. Hasta hubiera ofrecido mi vida a cambio. Lo juro.

Raven recordó su protección, como se había colocado frente a la niña. Como más tarde le pasó una pata por encima, intentando esconderla aun más.

El vampiro asintió.

—No me cabe la más mínima duda de que así hubiera sido.

Ninguno de los dos dijeron nada más. Raven sintió el peso del cuerpo de su hermano Ángel y lo apretó contra sí mismo. La lluvia seguía empapándolo, las gotas de su largo flequillo caían hermosamente sobre el rostro de su hermano.

Amaba esas finas líneas de su cara, los delgados labios, la esbelta nariz. Ese cabello, fino, oscuro, extremadamente liso y largo. Las delicadas hebras que le caían por el rostro, si ya era atractivo de por sí, solo recreaban aún más su belleza.

Se parecían mucho, pero Raven tenía claro quién era el hermano guapo de los dos. Esperaba que Neo no babeara cuando lo viera. Ahora que la tensión se había alejado un poco de sus hombros, dejó que su mente navegara con tontos pensamientos. Suponía que tendría que pegarle cogotazos a Neo cada vez que lo viera con una mirada lujuriosa hacia su hermano.

El pensamiento por un lado le hizo gracia y por otro le molestó. Era un estúpido imaginando esas cosas con todas las dudas que tenía. Además, su hermano había dicho… hija. Había gritado que Zoe era su hija. ¿Qué diablos significaba eso? Casi no podía retener las ansias por saberlo.

¿Qué pasó ese día cuando tenía siete años? ¿Por qué perdió su memoria? ¿Y que tiene todo eso que ver con Zoe? ¿Por qué su hermano se había ido dejándolo solo? ¿Qué clase de enfermedad tenía para estar tan débil?

Le susurró a Eric que acelerada. Tenía que enterarse de muchas cosas. ¡Quería saber la verdad!

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