Vampiros Diurnos 01: Destino Irresistible
CAPITULO 1
«Corría como si mil diablos la persiguieran. Sentía sus
piernas adoloridas chillando por ser calmadas. Sus pequeños pies resbalaban en
sus zapatos, notando como los deditos se arrugaban. Cruzó una esquina y sintió
las lágrimas agolpándose en sus hermosos ojos púrpuras, que volando hacia
atrás, mojaban su espesa melena rizada, la cual se agitaba en el viento con la
misma violencia que el terror le retumbaba en el pecho.
De repente se detuvo, notando como alguien se había plantado
frente a ella y la miraba, con aquellos ojos azules tan claros que parecían
blancos, helados. Su corazón bombeó con fuerza, casi pudiendo oírlo en sus
propios oídos. Un temblor exasperado le cubrió el cuerpo y el chillido de miedo
se ahogó con el bamboleo de su vestido de algodón.
El pánico la llevó a imaginar mil y una atrocidades, escenas
sangrientas llenando su pequeña e infantil mente. Cerró los ojos y amortiguó el
llanto hasta que todo se volvió negro. El color más frío y tenebroso que nunca
podría haber imaginado. Se sintió flotar, notando una paz abrumadora, todo el
dolor se fue y las imágenes de su padre también se desvanecieron.
¿Sería aquel ser de ojos azules el asesino de su padre?
Podría ser, pero lo que ella no sabía era… si también sería
el suyo».
**********
Maya abrió los ojos asustada, notando como el sudor corría
por sus mejillas y le caía sobre el cuello, empapándolo. Se incorporó
torpemente, tocándose la frente e intentando sosegar su respiración.
Seguía acongojada por la pesadilla. Siempre la misma desde
que era pequeña, siempre los mismos sucesos, el mismo hombre. El terror durante
los segundos posteriores a despertase todavía conseguía provocarle un mal sabor
de boca.
Dando un suspiró apoyó la cabeza contra el respaldar de la
cama, volvió a tomar aire y cerró los ojos. Tenía que relajarse, tomarse un
ratito todas las mañanas para calmarse así misma. Para sofocar ese leve miedo,
para auto convencerse de que era una estupidez volver de nuevo a sus temores
infantiles.
Puso una débil sonrisita cuando su corazón dejó de bombear a
una velocidad peligrosa. Ya está. Todo controlado. Ya podía empezar su día. Bajar
esas escaleras, tomar su desayuno y dedicar su completa atención al pequeño
regalo que se había atrevido a hacerse.
Arrastró el camisón por las sábanas, arrimándose al borde de
la cama. Descansó los pies en el suelo y agitó los dedos, disfrutando de los
pequeños movimientos para restarles tensión. Tendía a acumular líquidos,
terminando con los pies redondos e hinchados.
Bendito fuera el comienzo del invierno.
Bostezó y se acarició el pelo, amontonando sus rizos negros
sobre el hombro derecho, entrelazando sus dedos y encogiendo el ceño cada vez
que sentía un pequeño estirón.
Su móvil sonó, iluminándose y girando como loco sobre su mesilla,
añadiendo el molesto ruido de la vibración.
«Abuelo» se escribía con pequeñas letras negras parpadeando en
la pantalla.
Maya apretó la boca y contuvo una maldición. Había tenido
una pequeña discusión con su abuelo antes de irse del pueblo y lo último que le
apetecía en estos momentos era seguir con ella. No dudaba que conforme su
abuelo dijera el «hola» de cortesía —si es que se dignaba a eso— saltaría
directamente a gruñirle.
Amaba a ese viejo cascarrabias más que a su propia vida,
pero… diablos, el condenado podía ser demasiado sobreprotector.
Alargó la mano dudosa, intentando resistirse a su conciencia
y no atender la llamada. Sujetó el móvil entre sus dedos y se mordió el labio
con más fuerza.
Ella quería hablar con su abuelo, pero sin discutir. No otra
vez. Sin embargo, le entendía. El pobre anciano solo temía por su seguridad,
solo quería que tuviera una vida normal y olvidara su infancia.
Aunque… era imposible que nada que viviera ella, fuera
normal.
No cuando a corta edad presencias el cadáver de tu padre,
blanco, seco, adivinando que estaba muerto simplemente por el hecho de todos las
deformidades que sus huesos presentaban tras los golpes a lo que fue sometido.
Solo recordaba haber abierto la puerta y tropezar con un
montón de “algo” tirado en medio del corredor.
Su padre había muerto a manos de alguien que se desconocía,
sin una razón aparente y su tío había desaparecido, solo dejando unas claras
muestras de sangre.
Maya no recordaba mucho más.
Solo haber echado a correr después del susto, llorar y
llorar llamando a su abuelo. Pero claro, ahí estaba esa pesadilla, ese hombre
que aparecía en ella. Su cara claramente definida en su cabeza, esos ojos
helados que la habían hecho temblar desde que era una cría.
El asesino de su padre… o tal vez no.
Ni siquiera sabía si era real, ya que el informe policial
aseguraba que había intervenido más de una persona en el homicidio. Solo le
cabía suponer que era una pesadilla creada por sus temores infantiles. Que habría
visto a ese hombre en algún sitio y su mente lo asociaba por alguna razón a esa
noche.
No tenía nada claro y su abuelo lo negaba rotundamente,
exponiendo una versión muy diferente a la que ella recordaba.
Se suponía que no había dado ni dos pasos y en la misma gradilla
de su casa había caído desmayada por el terror. Su abuelo juraba haberla
recogido en sus brazos y llevado a su casa donde estuvo dos días inconscientes
y tras eso, un mes sin hablar. Los médicos lo achacaban a un shock a causa del
terror experimentado.
Y Maya no esperaba que fuera para menos.
Acarició la pantalla del móvil y su pulgar tembló sobre la
tecla verde. Iba a aceptarla cuando la llamada terminó, así que propinando un enorme
bufido se levantó de la cama.
No perdió el tiempo en cambiarse de ropa, no todavía, era
agradable la facilidad y el fresquito que le daba el camisón. Con pies
descalzos, se apresuró a bajar las escaleras de maderas, saltando al llegar al
final y entrando en la diminuta cocina.
Con una mano se rascó descuidadamente el cuello mientras con
la otra abría la nevera. Estaba prácticamente vacía. Solo hacía una semana que
se había mudado, comprando alguna que otra cosilla para sobrevivir los primeros
días. No le quedaba ni leche.
La volvió a cerrar resignada, de todas formas, a ella la
leche tampoco le hacía mucha gracia, no era la gran pérdida. Simplemente abrió
la primera puerta del armario de la cocina y sacó una caja de cereales. Rompió
la parte de arriba sin hacer mucho esfuerzo y metió una cuchara, llevándose
trocitos redondeados y bañados en chocolate a la boca.
Masticó sin mucha gana, a la vez que lo intercambiaba con
algún que otro bostezo. Quedó apoyada contra la encimera unos minutos más,
comiéndose varias cucharas y sin querer pensar mucho.
Su mente todavía seguía en un estado de duermevela,
ignorando la pesadilla de cada noche y sumergiéndose más bien en el cansancio
que llevaba encima. Había pasado toda la noche en la maldita trastienda,
revisando que todos los pedidos hubieran llegado bien. Disfrutó del momento,
demasiado atontada por la ilusión para notar los esfuerzos de más que estaba
haciendo. Ahora su espalda se lo recordaba a base de calambrazos.
¡Maldita sea, como le dolía la jodía!
Notó un golpe en la pared de enfrente, unos cuantos arañazos
y niños chillando. Esos eran movimientos típicos de una manada al comienzo del
día.
Alzó los ojos hacía el reloj que había sobre la mesa de su
cocina y verificó la hora. Las nueve menos cuarto, hora de los niños para ir a
la escuela. Por su parte, debería ir vistiéndose ya, había quedado con su amiga
para que la ayudara a colocar todas las cosas que había comprado para su
tienda.
¿Para qué querías amigos si no te aprovechabas de ellos en
momentos como estos?
Maya echó la cuchara en el fregadero y metió la caja de
nuevo en el mueble, mientras pensaba en su tienda. Había sido una perra
afortunada con todo este asunto. Pues no solo había encontrado un local
accesible a tres puertas de su piso, si no que estaba situado justo en el casco
antiguo de la ciudad. Las calles eran estrechas y sinuosas, con calzada de
diminuta piedra y paredes alargadas y antiguas que le daban un sutil misterio a
todo lo que le rodeaba.
¿Qué más quería la dueña de una tienda esotérica?
Ahora solo le quedaba rezar por que su plan de marketing
resultara factible… o que por lo menos alguien hubiera mirando los papelitos
publicitarios que había echado por las casas antes de arrojarlos al contenedor
de reciclaje.
¿No era eso, ya mucho pedir?
Sea como fuese, lo que tenía que hacer era apresurarse para
estar lista antes de que llegara su amiga. Amaba a Clara, era su amiga de la
infancia, la única persona a parte de su abuelo que había estado siempre con
ella, incondicionalmente. Su apoyo había sido esencial para que se atreviera a
arriesgarlo todo y abrir esta tienda en Caria.
Arqueó una sonrisa cuando la manilla del reloj señaló las
nueve en punto y dos golpecitos en la puerta se prologaron en un jugueteo de
nudillos, como habitualmente usaba Clara. Era una chica especial, tanto que
hasta su forma de llamar a la puerta le hacía única.
Levantándose con la energía renovada y teniendo cuidado de
no resbalarse con el terrazo recién abrillantado, le abrió la puerta y le
sonrió. Clara, como siempre, la esperaba en el pasillo con el ceño fruncido y
con cara de fastidio. Su pequeño cuerpo ataviado con ropa ancha parecía
agitarse un poco, estaba nerviosa… para no variar.
—Buenos días, Clara —saludó, haciéndose a un lado para que
su amiga pasara.
Esta asintió con la cabeza como respuesta y avanzó un poco a
regañadientes, observando como Maya se dirigía a la mesa y volvía a meter la
caja de cereales en el armario de la cocina sin mucho cuidado.
—Déjame que lo adivine —sin mirarla, Maya barrió unos
cuantos cereales que habían caído al suelo y dejó la escoba en un lado mientras
le sonreía—. Estás de mal humor, ¿verdad? Qué raro que no me extrañe —antes de
que Clara se pudiera defender le señaló la entrada de la casa con una sonrisa—.
Cierra la puerta por favor.
—Si, si —alargando la mano, Clara le pegó un pequeño empujón
dejando que esta se cerrara con un suave «clic»—. No estoy de mal humor Maya,
es solo que siempre tienes que llegar tarde a todos lados. ¿No sabes que es la
puntualidad? Yo me preocupé en levantarme temprano, después de estar casi toda
la noche estudiando, para estar aquí a las nueve en punto y te encuentro en
camisón.
Puede que en eso tuviera razón… pero era una persona
tranquila, heredado de su madre según su abuelo. Todavía recordaba las veces
que se lo echaba en cara, aunque ella no lo veía como un defecto.
—Ya lo cojo. No sigas regañándome, que pareces mi suegra —masculló
a regañadientes.
—¿Suegra? —escupió Clara—. ¿Para qué diablos querrías una
suegra?
Maya que se dirigía hacia las escaleras se paró unos
momentos, mirándola fijamente. Después le sacó la lengua y empezó a subir los
escalones mientras decía:
—Las suegras vienen en pareja con los novios —Clara pudo
escuchar una pequeña risita—, y yo quiero uno, que demonios.
Clara no añadió nada, Maya siempre estaba diciendo lo mismo.
Un novio por aquí, una novio por allá, pero cuando llegaba el momento no se
veía interesada realmente por ningún chico que se le acercara. Más bien era
como si los encontrara aburridos, resultándoles indiferentes, aunque pocas
cosas captaban la atención de su amiga. Solo pensaba en su sueño de montar una
tienda esotérica, y eso de leer las cartas y las leyendas sobre hadas y duendes
siempre le había parecido raro, pero para Maya resultaba fascinante, así que
bueno… la dejó sola con ello. Cada loco con su tema.
A pesar de sus distintas aficiones, siempre se sintió muy
unida a Maya, se conocieron de una forma muy especial, y desde entonces siempre
tuvo la sensación de que el destino había entrelazado sus vidas por algún
motivo, por supuesto no sería ella la que se quejara por ello. A veces Maya le
decía, que su amistad era demasiado importante y que seguramente no hubiera
sido coincidencia que ellas estuvieran juntas. Y tenía razón, por supuesto,
aunque Maya no lo supiera todavía y esperaba de todo corazón que nunca lo
hiciera.
Antes de que pudiera seguir con sus pensamientos, oyó unos
cuantos pasos en el piso superior y poco después su amiga bajaba pegando saltos
la escalera con una cinta verde esmeralda en la mano.
—Creo que necesitarás esto.
Maya se acercó con una sonrisa a su amiga y le mostró la
cinta que sostenía entre sus dedos, alzándola hacia ella en pequeños
movimientos para que se animara a cogerla. Su propio pelo moreno también
recogido en una coleta se agitaba a la vez que su cuerpo.
—Me gusta el pelo suelto, gracias —soltó Clara, mirando la
cinta con desconfianza.
Con un suspiro cansado, Maya sacudió la cabeza
negativamente.
—Déjate de tonterías y ven aquí. Tenemos mucho trabajo por
delante y te molestará. Vas a retrasarme —soltó con una sonrisita.
—Así que eso es lo que te importa, ¿eh? —Clara después de
soltar un largo gruñido poco femenino, se acercó y le dio la espalda, dejando
su larga melena rubia a total merced de su querida amiga.
La pequeña estatura de Clara le venía a Maya perfecta para
la tarea que se había propuesto. Con dedos delicados, le fue recogiendo el
pelo, hundiéndose en sus cabellos oro y estirándolos despacio hacia atrás, los
ascendió y terminó entrelazando la cinta en ellos. Cuando terminó, sonrió
satisfecha a lo que Clara respondió retirándose un poco con incomodidad, aunque
solo la utilizaba para cubrir su vergüenza.
—Creo que ahora estás mucho mejor, además, el color verde de
la cinta hace juego con el de tus ojos —soltó socarrona, esperando el leve
sonrojo que sabía vendría a continuación.
Clara, visiblemente nerviosa, se tomó el largo mechón rubio
que le caía sobre el ojo derecho, este tenía un tono más apagado que el otro,
quedando en un verde musgo contra el esmeralda. Tenía un leve complejo por
ello, sin embargo Maya siempre le había repetido desde pequeña que sus ojos
eran hermosos, la había animado hasta que casi habían llegado a gustarles a
pesar de lo que dijeran todos los demás. Puede que fuera también porque su
amiga mantenía un extraño color violeta en los suyos. A ella nunca pareció
importarle lo más mínimo.
Maya recogió una pequeña bolsa y una muñequera, después se
acercó a la puerta e invitó a su amiga a salir. Ambas cerraron el portal del
bloque de pisos donde estaba el dúplex y se encaminaron con pasos ligeros hacia
la tienda. Solo tuvieron que subir un tramo de calle y allí estaba el local,
con la puerta de cristal y un escaparate que podría considerarse lo
suficientemente grande para lo que iba a albergar.
—¿Qué te parece? —comentó orgullosamente Maya.
Clara alzó una ceja sin darle mucho aprecio a lo que a ella
le parecía una pared de piedra adornada con tres cristales.
—La fachada no es que valga mucho —respondió con su
sinceridad arrolladora—. Espero que por lo menos, el interior sea espacioso.
Maya arrugó la nariz en una mueca graciosa, pero al instante
ya estaba otra vez sonriendo, sabía cómo era su amiga, pesimista pero sincera,
eran las dos cualidades más llamativas que tenía y después de tantos años ya se
había acostumbrado. Volvió hacia la tienda, acariciando la piedra de la
fachada, sintiéndose orgullosa de lo que ella sola había conseguido. Ahora era
una empresaria que tenía que llevar y gestionar su propia tienda, suponía que
le saldría bien, ya que con el grado superior en administración le tendría que
valer. Su querida tienda, era como mezclar afición y deber en un mismo oficio y
eso le hacía inmensamente feliz, no mucha gente podría decir lo mismo.
Lo que no entendía es de donde diablos había sacado su
abuelo tantísimo dinero. Cuando le contó su sueño, sin dudarlo lo más mínimo, le
dejó todo el dinero que le faltaba para sumar la cantidad necesaria después de
juntarlo con el que había ahorrado de su trabajo de media jornada. Aunque
algunas veces se lo había insinuado, su abuelo no estaba dispuesto a desvelar
el secreto, así que no quiso ahondar más en el tema, si no y como siempre,
acabarían discutiendo. Con lo que se querían y siempre estaban a las greñas. No
lo entendía.
Ante la clara impaciencia de su amiga, Maya se apresuró a
abrir la puerta con torpeza, ofreciéndole a pasar primero con un ligero
movimiento de mano. Por el gesto que puso Clara al poner un pie dentro, tal vez
había cambiado su opinión respeto a aquella ruinosa tienda. Las paredes estaba
pintadas y el cristal del mostrador resplandecía, las estanterías mantenían un
bonito tono malva que le daba algo de feminidad a la estancia. Lo único que no
le gustó tanto fueron la cantidad de cajas de mercadería que había todavía
cerradas, esperándolas por todas partes para ser colocadas en su sitio, y
suponía que le tocaría a ella ayudar a montarlo todo.
Lanzó un bufido tan largo que se le levantó hasta el
flequillo.
—¿Y ahora? —picó graciosamente Maya, con las manos en jarras
desde la puerta.
—Sí, sí, vale, punto para ti. No está nada mal —miró de
nuevo las cajas—. Aunque todas esas cajas no me gustan tanto.
Maya sonrió abiertamente y alcanzó la posición de su amiga.
Se paró un momento para echar un buen vistazo y empezar a calibrar todas las
posibilidades. Las paredes estaban pintadas de carmesí y los estantes de negro
por fuera y el interior de un ligero malva, igual que la cortina que llevaba a
la trastienda y el mostrador.
Estaba inmensamente feliz al ver lo bien que había quedado
todo. La última semana con rodillo en mano fue más que cansada, pero el
resultado era tan maravilloso que sentía ganas de llorar.
—Es tan perfecto —chilló ilusionada.
—Más bien yo lo veo gótico —como sabía que Maya estaba
demasiado atolondrada por la felicidad para siquiera responder a su comentario,
el cual fue claramente ignorado, siguió hablando mientras pasaba un dedo por la
limpia estantería—. Ya veo que ayer estuviste limpiándolo todo. Tiene su
mérito, la verdad —se volvió hacia ella y apoyó ambas manos en el mostrador, dando
un pequeño saltito para subirse encima—. Debo suponer que ayer te quedaste aquí
sola esperando las cajas hasta tarde, ¿no?
—Supones bien —contestó Maya, que ya estaba agachada y abriendo
con un cúter la tapa de una caja que ponía “libros” en letras rojas—. Estuve
esperándolas toda la tarde pero… —recogió entre sus manos unos cuantos volúmenes
y les pasó los dedos por el canto, leyendo rápidamente los títulos—. …cuando
llegaron ya era demasiado tarde para ponerse a ello, así que, al final tuve que
conformarme con terminar de limpiar y darle un poco a algunas diferencias de
color que me había quedado después de pintarlo todo.
Clara observó a su amiga, le hacía feliz verla tan contenta,
tan satisfecha de sí misma, que no quería aguarle la fiesta comentándole el mal
gusto que tenía con los malditos colores. Aunque ninguna de ellas era un primor
en moda, por favor, parecía que habían entrado en un club privados para
vampiros. Y eso solo le provocó una leve sonrisa. Qué ironía del destino,
¿verdad?
Si aquella tienda iba a darle felicidad a su amiga, ella la
apoyaría con todo lo que estuviera en su mano. Se acarició el flequillo dorado
que le caía sobre el ojo derecho para después apartarlo un poco de su campo de
visión, pegó un saltito para bajarse del mostrador, sacudiéndose los pantalones
y colocando ambos brazos en su cintura.
—Bien. ¿Por donde empezamos, entonces? —comentó muy
dispuesta, cuando vio que la morena comenzaba a sacar calaveras de una de las
cajas, Clara no pudo evitar echarse hacia atrás, asqueada. Al carajo la
disposición—. No sueñes con que, esta de aquí, coja esas cosas asquerosas,
Maya. Te juro que la amistad tiene un límite.
Maya la miró como si se hubiera vuelto loca, acarició la
calavera como si fuera un tesoro y con el mayor cuidado del mundo la dejó sobre
la estantería que había a su lado. Cuando terminó la ceremonia, se dio cuenta
de que Clara estaba entre impactada y asqueada al verla actuar de ese modo tan
sicótico y eso solo le provocó unas cuantas carcajadas.
—Era broma, mujer —se echó a reír nuevamente por la cara que
se le había quedado a su amiga—. Si crees que me he vuelto loca te aseguro que
no ha llegado el momento. Todo a su tiempo.
Clara se abrazó a sí misma, dando un cómico escalofrío. No
sabía porque se sorprendía cuando ya tendría que estar acostumbrada al raro
comportamiento de su amiga. Siempre había sido así de extraña con sus gustos,
pero eso solo le daba un encanto diferente, o eso pensaba ella, bueno siempre y
cuando no siguiera acariciando calaveras por ahí frente a cualquiera, claro
está.
Se acercó un poco, manteniendo una graciosa y mal actuada distancia
prudencial de su amiga y se asomó a ver que más cosas contenían algunas de las
otras cajas. Había amuletos, colgantes, hadas, brujas, piedras, velas, hasta
unos extraños bastones. Agarró uno y pasó los dedos por la pulida madera hasta
terminar en el cuarzo redondeado que tenía incrustado en el extremo.
—¿Qué se supone que es esto, Maya? —preguntó, aunque no
estaba segura de querer saberlo en realidad. Pero qué cosa más rara, por Dios….
Maya se levantó del suelo donde se encontraba arrodillaba y
rápidamente le quitó el bastón de las manos, acariciándolo con casi devoción.
—Mucho cuidado con esto, Clara —gruñó para sorpresa de su
amiga—. Son varas de poder, es de cuarzo, de las más efectivas y… caras.
—¿Varas de poder? —dio un suspiro y se encogió de hombros—.
¿Y eso sirve de algo? Espero que haya gente tan chiflada como tú por estos
lares o te morirás de hambre. Te recuerdo que tienes un alquiler que pagar… ay,
ay…
Maya seguía manejándose por la habitación con movimientos
graciosos, parecía una niña pequeña con una casita de muñecas nueva. Sin
responder a Clara, suponiendo esta que ni siquiera le había prestado atención, cargó
el palo ese de madera con suavidad y lo llevó hasta el escaparate, colocándolo
con cuidado en un ángulo satisfactorio.
—Perfecto —balbuceó complacida Maya y se volvió hacia su
amiga—. Se dice que son buenas purificando, para recoger la esencia de la
persona y poder manejarla en igualdad por todo el cuerpo.
Clara no tenía otra opción más que asentir, dándole la razón
como a los locos. ¿Qué más podía hacer? Su amiga solo escucharía lo que ella
quisiera, cualquier cosa que dijera en contra lo ignoraría…
Bueno, decidió no pensar más en ello, así que se dedicó
exclusivamente a recoger los productos que Maya le indicaba y por supuesto
obviando todo lo que hubiera estado vivo con anterioridad, vaya si en aquellas
cajas no había cosas que mejor no saber que eran. Eso sí, las fue colocando con
el mismo cuidado que la propietaria si no quería llevarse una regañina, que
conociendo a Maya cuando se trataba de sus cosas raras, era mejor tener
cuidado.
Maya se dirigió a la vitrina del mostrador y fue colocando mazos
de cartas del Tarot con sumo cuidado. Había unas que eran sus preferidas,
negras con unos adornos rojos muy elegantes, simulando hiedras que subían por
las cuatro esquinas formando un bonito ribete.
Antes de darse cuenta, habían pasado horas y horas, salieron
a comer a un restaurante de comida rápida que había al lado de la tienda y
siguieron durante toda la tarde hasta bien entrada la noche. Miró el reloj,
eran cerca de las diez, su amiga Clara se había marchado hace apenas media hora
y qué diablos, ya estaba agradecida que conociéndola, se hubiera quedado con
ella hasta tan tarde. También tenía asuntos de universidad de los que
encargarse y en los que no quería interferir, por lo menos una de las dos
estaba sacándose una carrera y se sentía feliz por ella.
Maya se apoyó en el mostrador de cristal, suspirando
largamente por el cansancio. Se abanicó con la mano pues desde hace unos días,
más o menos a la misma vez que llegó a Caria, empezó a tener unos sofocos
extraños. ¿Estaría ovulando o algo? Sea lo que fuese, a lo mejor tendría que acercarse
al doctor a preguntar. Ahora que lo pensaba también había tenía algunos
trastornos con el periodo y la verdad es que le resultaba raro, ella era muy
regular en ese tema.
Unos ruidos estrepitosos y sin sentido volvió a escucharse
sobre su cabeza. ¡Por todos los demonios, ¿qué clase de música para locos escuchaba
el imbécil de su vecino de arriba?! No sabía si era metal, heavy o cualquier
cosa rara de esas, lo que más le molestaba era lo fuerte que la tenía, dios, la
gente que entrara creería que la tenía puesta de ambientación para la tienda.
Ya intercambiaría unas palabras con el tipo ese, por nada del mundo iba a dejar
que nadie le jodiera la abertura de su tienda.
Suspiró y se tocó el pecho, buscando su colgante. Lo apretó
con fuerza en su mano y sintió que se relajaba un poco. Amaba ese collar, lo
había tenido desde antes de que pudiera recordarlo. Era un triángulo de metal
con un ojo grande y azul en el medio, cuando tuvo la edad suficiente para
interesarse por ello, buscó como loca libros que pudieran esclarecerle su
significado. Era un amuleto de protección y eso le hizo feliz, pues según su
abuelo, ese colgante lo había preparado su madre para ella mucho antes de que
hubiera nacido. Aunque no hubiera podido conocerla, podía sentir su cariño a
través de aquel regalo. No recordaba ocasión alguna en la que se lo quitara, ni
siquiera lo hacía cuando se duchaba, nunca.
Lo agarró con fuerza y suspiró, esbozando una sonrisa.
Bueno, debía dejar de divagar y terminar de colocar los
últimos libros en la estantería más alta de las cinco que tenía en la pared
izquierda del local. Le hubiera gustado encontrar libros más antiguos, pero a
parte de un par de ellos, la mayoría eran manuales sobre Astrología o
Quiromancia. Tendría que buscar más e ir a otras ciudades cerca para darle
calidad a su tienda. Puede que si buscara por internet tal vez encontrara algún
grimorio que valiera la pena, aunque había tantas falsificaciones de ellos que
resultaría casi imposible. Ahora lo que tenía que hacer era terminar todo esto
e irse a casa para descansar que mañana era el gran día y tenía que estar todo
lo entera posible.
Se dirigió a la trastienda y cogió una pequeña escalera de
metal, era gracioso que tuviera que ir con ella por toda la tienda, pero… ¿qué
hacía si media poco más de metro y medio? La arrastró con el pie unos metros
hasta ponerla bajo la estantería que quería, tendría que ir avanzando hacia la
izquierda mientras los colocaba. Fue incorporando un libro tras otro,
sorprendiéndose al ver una copia del Necronomicón, que por supuesto sería una
traducción falsa. Y es que a eso se refería con la poca credibilidad que daba
su tienda en esos momentos, tendría que indagar más pues no estaba dispuesta a
poner a disposición del público ninguno de su colección, eso estaba más que
claro.
Iba a colocar el último libro cuando vislumbró algo
brillante entre la estantería y la pared. ¿Qué diablos era eso? Acercó su cara
todo lo posible pero no lograba adivinar que podía ser, así que hurgó con la
uña, casi rozando el trozo que parecía de algo de cristal. Tan ensimismada
estaba que no oyó el crujido metálico que dio la escalera. Puso un pie en el
extremo izquierdo de esta, casi estaba a punto de agarrarlo, pero entonces la
escalera cedió, enviándola al suelo en una mala postura y obligándola casi a
recaer en el brazo izquierdo todo el peso de su cuerpo.
—¡Joder! —chilló sin poder contenerse, el grito le salió tan
fuerte que hasta creyó que su abuelo, desde el pueblo, lo había podido oír.
Dios, que pedazo de porrazo se había metido.
Con la mano derecha intentó apoyarse para sentarse en el
suelo. Maldita sea, había comprado esa asquerosa escalera hace apenas una
semana, le había costado más de lo que debiera y… ¡ya se había roto! Iría a esa
tienda a reclamar y si no le devolvían el dinero se iba a comer aquel tipo con
voz de pito de un solo mordisco.
De coraje, le pegó un golpe a la escalera, que solo le hizo
ganarse un relámpago de dolor que le subió por el brazo como si se le hubiera
roto en mil fragmentos. Se lo agarró con fuerza y apretó los dientes en una fea
mueca. ¡Como le dolía el condenado!
—¡Diablos! —masculló entre dientes—. Con lo bien que me
había ido el día. ¡Ay Maya…! —se dijo a si misma, mientras que con mucha
dificultad se apoyaba en el mostrador para levantarse—. ¿Por qué tengo que ser
tan torpe?
Su abuelo se lo repetía una y otra mientras ella intentaba
ignorarlo, pero no había día en el que no se pegaba algún golpe o se cayera. ¿A
quién había salido así de patosa? Pues por lo había escuchado, tanto su padre
como su madre eran personas entregadas y habilidosas… ella tendría que ser como
poco adoptada, porque entonces lo no entendía. De todas formas, ahora lo que
tenía que hacer era ir al hospital porque el brazo le dolía horrores, no estaba
segura de sí podría llegar antes de soltar todos los improperios que conocía y
no eran pocos.
Buscó su bolso que estaba en una silla tras el mostrador, lo
abrió y miró si tenía su tarjeta del seguro médico, porque lo que le faltaba es
que llegara allí y no la visitaran por habérsele olvidado o algo, y
conociéndose podía pasar, así que mejor ir preparada. A veces pareciera como si
ella misma se pusiera las zancadillas. La encontró detrás de su DNI, vaya… que
suerte. Se dirigió a la puerta, pero antes de cerrarla le dio el último vistazo
a la estancia y comprobó que estuviera casi lista para la inauguración de
mañana. Solo le faltaba recoger las piruletas de colores adornadas con un
sombrerito de bruja que había encargado hace casi un mes en una de las tiendas
un poco más allá de la calle principal.
Tiró de la persiana metálica que cubría la puerta y el
escaparate, cuando estaba por la mitad se dio cuenta de que con solo la mano
derecha no iría a ningún sitio así que cerró con llave y dejó la persiana como
estaba, esperaba que no se arrepintiera por ello, aunque en esos momentos poco
podía hacer. Se dispuso a ir calle abajo, agradecida del airecito fresco que
golpeaba su cara, era marzo y aunque la gente la mirara como si estuviera loca
por ir en mangas cortas no podía hacer nada para evitarlo. Tenía calor, los
demás iban con chaqueta y ella tenía calor, bueno… ¿y que iba a hacer? O tal
vez la miraran por el espantoso aspecto que llevaba. Maya se sacudió un poco
los pantalones y se arregló como pudo la coleta, aunque la mitad de los
cabellos rizados los llevaba sueltos por la cara. Intentando no darle
importancia a las miradas de la gente, no lo había hecho nunca y no iba a
empezar ahora, se concentró en apresurar el paso y llegar pronto al hospital,
le dolía demasiado el brazo como para preocuparse de otra cosa.
Si Clara la estuviera viendo ahora seguro que volví a
reñirle, esa mamá gallina…
Cuando por fin llegó al final de la calle, salió a una avenida,
la calle Principal como la llamaban allí, en la misma intercepción estaba el
hospital, bien… por lo menos había llegado sana y salva sin matarse por el
camino, con ella era de esperarse cualquier cosa. Miró hacia los lados antes de
cruzar por el amplio paso de peatones, el sonido del semáforo paró justo cuando
puso un pie en la acera contraria. Desde allí podía observar como el ambiente
cambiaba, el casco antiguo de Caria, que era de donde venía acababa de golpe en
aquella calle, rompiendo el esquema desigual con unos edificios de pisos todos
casi idénticos. Sin duda había entrado en un estilo más urbano de la ciudad.
Llegó a la puerta del Hospital, donde preguntó cuál era la entrada de
urgencias, le indicaron la parte de atrás del edificio, así que tuvo que dar
toda la vuelta para poder entrar.
Con un suspiro de alivio cuando por fin cruzó la puerta, se
dirigió directamente a admisión. Tuvo que esperar una pequeña cola pero por fin
consiguió llegar hasta la recepcionista, que la miraba como si hubiera sido la
número mil de su largo día. Aun así la mujer, entrada en años y con el cabello
dorado recogido en un moño, logró formarle una sonrisa educada.
—¿Me permite su tarjeta?
—Ah, sí claro —Maya abrió su bolso, recogió su cartera y
sacó la tarjeta entregándosela rápidamente a la mujer—. Aquí tiene.
Después de que la recepcionista le confirmara sus datos y le
preguntara la razón por la que estaba allí, suponiendo que era para saber a qué
sala redirigirla, le devolvió la tarjeta y asomó su cuerpo por el mostrador
para indicarle la dirección que tenía que tomar.
—Sigue hasta la segunda sala de la izquierda y espere a que
la nombren —cuando observó el gesto de dolor que hizo Maya, la mujer añadió—:
Si ve que le duele mucho, puede avisar a alguna enfermera para que le dé un
calmante.
—Gracias —respondió con amabilidad Maya, guardándose la
tarjeta en lugar seguro porque tendría que sacarla de nuevo más tarde y lo
único que faltaba es que se la dejara por algún sitio. Mejor guardada.
Se dirigió a la sala, la cual por muchas indicaciones que le
dio la mujer, tuvo que preguntar a alguna enfermera que pasaba por allí para
llegar a ella. Vale que era un poco despistada pero nunca había estado en ese
hospital antes. Presionó el botón para que la puerta automática se abriera y de
golpe, una multitud de olores mezclados chocaron contra su cara, casi le
provocan un vómito instantáneo. Por eso odiaba los hospitales, la sala estaba
abarrotada de gente, ancianos en camillas chillando de dolor, hombres y mujeres
acompañando a sus familiares enfermos dando vueltas de un lado para otro… y los
enfermeros yendo y viniendo sin mirarles siquiera. Con un suspiro de
resignación se agarró bien el brazo izquierdo y se sentó a mala gana lejos de
la multitud y cerca de la puerta. Esperaba que la llamaran pronto para salir de
allí.
Y durante una hora entera, realmente pensó que se habían
olvidado de ella. La gente iba variando, no demasiado frecuentemente como era
evidente, pero lo hacía, y sin embargo ahí estaba ella, sentada como una
imbécil en la misma maldita silla. Un anciano se sentó a su lado, se podría
oler su sudor a varios metros y Maya no pudo evitar que una arcada le subiera a
la boca. Antes de que la enfermera pudiera llegar con una bolsa de plástico, el
pobre anciano ya estaba vomitando en el suelo, así que ésta dejó escapar un
resoplido entre dientes y se dio la vuelta, volviendo al poco tiempo con un
poco de arena y un recogedor.
Más que asqueada, lo que Maya sentía era pena, pues el pobre
hombre se había agarrado a su mano mientras intentaba respirar, en sus ojos
podía leer una súplica insistente, como si ella fuera la única que quedaba ya
para ayudarlo. Con rapidez, Maya volvió a llamar a la enfermera que terminó
llevándose al pobre anciano hacia una de las salas contiguas.
Se quedó de pie, observándolo hasta que desapareció de su
vista. Maldita sea… su abuelo no era mucho más joven que ese anciano y puede
que en una de esas noches que estaba solo en esu casa, tuviera algún achaque de
los suyos, pues por mucho que presumiera de estar sano como un roble, no era un
secreto que padecía del pulmón. Por primera vez ndesde que llegó a Caria,
sintió una punzada de culpabilidad. ¿Había sido egoísta persiguiendo sus sueños
si con ello dejaba solo a su abuelo? En su momento no lo pensó mucho, pues él
mismo le había apremiado para que lo hiciera. Pero después de esta escena se
sentía poco menos que una descastada. De esta noche no pasaba, cuando llegara
lo primero que haría sería llamar a su abuelo y asegurarse que estuviera bien,
ya le daba igual la pelea que había tenido y todo lo demás.
—Maya Gaes, Maya Gaes. ¿Se encuentra aquí?
Dio un respingo y se giró al escuchar su nombre. La llamaban
y ya era hora, maldita sea. Sorteando algunos pacientes que se encontraban en
el pasillo frente a ella, consiguió salir y dirigirse hacia la pequeña enfermera
que la esperaba. Mientras caminaba se iba apretando con fuerza el brazo porque
cada movimiento le hacía ver las estrellas, vaya.
—Yo, yo soy Maya.
La enfermera asintió y le pidió que la siguiera, con
amabilidad la llevó hasta otra sala de espera un poco más pequeña y con
bastante menos gente, le señaló un asiento y con un gesto la invitó a que se
sentara.
—Espere a que la llamen de nuevo.
¿Cómo? ¡Otra vez! Esa enfermera debía estar loca, no podía
pedir en serio que esperara otra vez, ¿verdad? ¡Le saldrían canas antes de que
la visitaran! Terminó por suspirar, sin añadir nada, de todas formas no estaba
en su naturaleza discutir. La enfermera agradecida por su silencio le sonrió
escuetamente y se marchó, moviendo las caderas en un suave vaivén.
Estupendo, hasta la enfermera comprendía que esa espera no
podía ser normal. Después no querían que le pusieran reclamaciones, ¡¿pero que
mierda pasaba con la sanidad en este país!?
Resignada, echó un vistazo a su alrededor, era lo único que
podía hacer para distraerse de todas formas. Podía ver las consultas a las que
directamente iban a pasar, así que era buena señal, pues la próxima vez que la
llamaran sería para entrar en una de ellas. Que fuera pronto por Dios, aunque
ya no le dolía tanto el brazo como antes, no podía dejar de pensar en la
cortina medio bajada de su tienda.
Al poco tiempo, la puerta de la última consulta se abrió,
desde su posición pudo ver como un doctor joven colgaba su bata blanca y se
colocaba una chaqueta, seguramente había terminado su turno y ya se disponía a
salir de allí. Suerte para él, porque lo que era ella… Cuando se giró sus
miradas se encontraron. Maya tragó duro e intentó apartar la vista, pero no
podía, el color de sus ojos la acongojó. Sentía como la bilis le subía hasta la
boca y aun así no podía apartar su mirada de esos ojos azules que casi parecían
blancos de los claros que eran, como dos puras esferas de hielo. Se quedó
paralizada, sintiendo como todo su cuerpo se tensaba y la sujeción de los
brazos de la silla no era suficiente para mantenerla sentada. Por algún motivo
que no entendía, sintió ganas de correr, de alejarse todo lo posible de aquella
persona, y sabía que era un sentimiento inmaduro e infantil, pero era superior
a ella.
Aquel médico también le devolvía la mirada, y aunque no
mostraba expresión alguna, seguía observándola fijamente. Cuando por fin se
apartó y giró la cara, Maya volvió a respirar, como si la conexión que los unía
se hubiera roto. El hombre se dirigió a la mesa de recepción que había en la
sala sin prestarle más atención. ¿Qué habría pensado de ella? Que estaba loca,
sin duda. Pero en realidad, no entendía porque había reaccionado de esa manera,
de alguna forma su cuerpo había sentido una claro rechazo por aquel médico,
como si le recordara algo… puede que ya entendiera un poco que le pasaba. Era
miedo, un miedo que acudía a ella cada vez que veía a alguien con rasgos
parecidos a ese hombre de sus pesadillas. Que estúpido era y que patética se
había visto dejándose llevar por sus fantasías hasta el punto de casi formar
una escena entre tanta gente.
Volvió a suspirar, no sabía cuántas veces iban ya esa noche,
e intentó relajar la postura en la silla. Para distraerse, volvió a sacar del
bolso el libro que llevaba a medias, una edición de bolsillo que había salido
hace poco de “Daemoniacum” escrito por un sacerdote que aunque expusiera los
conceptos del libro desde el punto de vista de la Iglesia Católica, seguía
siendo de sus preferidos. Era todo un tratado de Demonología. La mujer que estaba
sentada a su lado, al ver los dibujos y círculos mágicos implícitos en el
libro, se levantó rápidamente y se colocó varios asientos más allá. Su mirada
prejuiciosa no le importó lo más mínimo, Maya siguió leyendo con curiosidad,
página por página.
No pasaron ni diez minutos cuando su nombre resonó en los
altavoces de la sala, vamos, se escuchó tan mal que por poco ni lo reconocía,
tendrían que cambiar esas cosas ya porque vamos…. Se levantó y buscó la
consulta que le habían indicado. Cuando advirtió que era la última pidió a todos
los dioses existentes porque ese médico hubiera terminado su turno ya. Pasaría
un bochorno horrible si tuviera que tratar con él después de haberlo mirado
como si le hubiera crecido otra cabeza. Para salir corriendo, vaya.
Se paró frente a la puerta y llamó cuidadosamente antes de
entrar, despacio cerró tras de sí y se volvió hacia el médico. Si hubiera
podido reírse sarcásticamente sin parecer una desquiciada lo hubiera hecho, por
eso nunca echaba a la lotería. Vaya mala suerte que tenía. Maya tosió incómoda
y se sentó insegura en el sillón negro que había en su lado de la mesa.
El hombre le ofreció la mano y un “buenas noches” que ella
respondió con contrariedad, después volvieron a colocarse en sus asientos. Y
entonces fue cuando ese hombre le sonrió, con la boca más perfecta que Maya
hubiera visto antes, ni en sus mejores fantasías. Cómo sus expresiones no
paraban de variar por tanta confusión, advirtió que aquel hombre incrementaba
su sonrisa.
—No debe estar nerviosa. Sé que me veo joven pero sé lo que
hago —encogió el ceño cuando cambió el rumbo de sus pensamientos—. Si le duele
mucho, dígame que le ha sucedido y miraremos si es algo importante.
Maya creyó entender que el médico había relacionado su
recelo hacia él con desconfianza por su juventud o dolor por su brazo. Era
mejor que siguiera pensando así, por supuesto. No creía que fuera necesario
contarle a un extraño sus pequeños deslices por culpas de pesadillas nocturnas,
tal vez si fuera psicólogo… ¿tendría que ir a uno?
—Vengo porque mi escalera se rompió y caí sobre el brazo
izquierdo. En el momento dolió bastante ahora parece que se me ha dormido. No
lo sé —y se felicitó porque no se interrumpió ni tartamudeó en el proceso.
El médico asintió, mirándole el brazo sin tocarla.
Descruzando las manos que mantenía sobre sus muslos, se levantó de la silla,
arrastrando el final de la bata por esta y con elegancia, más de la que un
hombre debiera tener, se acercó a Maya, cogiéndole por el brazo derecho y llevándola
a la camilla.
—Siéntate aquí —le ordenó, mientras comenzaba a tocarle el
hombro. Con dedos cuidadosos bajó hasta el codo y terminó apretándole un poco
la muñeca. El tratamiento de usted había desaparecido de un momento a otro,
pero no le importaba, realmente.
Maya aún seguía incómoda en su presencia, era un sentimiento
que no iba a irse con tanta facilidad y la mueca de preocupación que tenía el
médico tampoco le resultaba para nada tranquilizadora. Decidió distraerse
mirándolo con disimulo. Aunque sus facciones eran rudas, parecía bastante
joven, demasiado para ser un médico de urgencias a su parecer, aunque si tenía
que calcularle una edad suponía que tendría más que ella, de eso estaba segura.
Siguió bajando hasta su bata, en la placa observó un nombre grabado “Adam
Kreus” bien… por lo menos ya sabía cómo se llamaba, aunque no le iba a servir
de mucho, dudaba que se fueran a ver en otra ocasión, a menos que se hubiera
hecho algo gordo en el brazo y eso no quería ni pensarlo.
¡Los autónomos no podían darse de baja!
El médico la miró unos segundos, intentando ver si le dolía
lo que le estaba haciendo o no, pero conforme sus ojos se encontraron, Maya
apartó la vista, sintiendo la urgencia de hacerlo y sin poder evitarlo.
Seguramente habría quedado como una idiota, aunque el médico no dijo nada y
siguió con lo que hacía. Se sentía imbécil, pero es que esos ojos blancos, tan
fríos y penetrantes la turbaban de una manera indescriptible. Le causaban temor
y a la vez le parecían terriblemente hermosos. Era un sentimiento tan
contradictorio. Y no solo sus ojos, su cara cuadra y masculina, también su
cabello negro azabache, que lo mantenía un poco largo para ser un hombre. Era
un tipo guapo, sin duda.
—¡Ay! —chilló de repente—. Eso ha dolido.
El médico hizo una mueca, volviéndole a tocar el antebrazo
esta vez con más cuidado.
—¿Te duele ahora? —preguntó, no muy seguro, aunque Maya negó
con la cabeza, suavizando su expresión—. Creo que tienes una fisura en el
cúbito y casi me arriesgaría a decir que alguno de los metacarpos también está
dañado. De ahí podría venir la inflamación que tienes en la mano.
La expresión de Maya era de no haber entendido nada, así que
solo aceptó la mano que el médico le ofrecía para bajar de la camilla y ambos
volvieron a sentarse en sus respectivos lugares. En su cabeza la palabra fisura
daba vueltas y vueltas.
—Pero una fisura no significa que esté roto, ¿verdad? —no
quería ni pensar que tuviera que retrasar la apertura de su tienda cuando ya
estaba todo programado y los panfletos repartidos, ¡era para volverse loca!—.
Con que me des algo para el dolor me basta…
El médico alzó los ojos hacia ella, deteniendo la pluma con
la que escribía algo en lo que parecía ser un informe. Maya sintió un
escalofrío que no se paró a identificar.
—Perdona, el médico soy yo —Maya sintió como su cara ardía,
no se ponía colorada desde que era una cría, lo que más le molestaba es que a
él pareció divertirle ese hecho—. Voy a ordenar que te hagan unas radiografías
para ver si tengo que escayolarte el brazo o solo con una venda y un
cabestrillo vas tirando.
Pues vaya mierda… otra vez a esperar. No sabía por qué, pero
sentía una pequeña sutil muestra de intimidad entre ambos, como si se hubieran
conocido en otro sitio. Es verdad que el hombre era muy correcto con ella, como
cualquier médico lo sería con un simple paciente, y sin embargo notaba que se
tomaba algunas confianzas. Puede que fuera por su juventud… tal vez. O puede
que ella no estaba muy acostumbrada a ir al médico y su estado de nervios no la
dejara pensar con claridad, pero vamos… le daría un ataque si la cosa se
complicaba.
—Bueno, debo esperar ahí fuera o… ¿Qué hago? —chasqueó la lengua
y susurró entre dientes casi inaudiblemente—: Toda la maldita noche igual.
El médico siguió escribiendo el informe, pero la sonrisita
que se le escapó dejó claro que la había escuchado, pero eso era imposible…
había sido un leve murmullo así que puede que estuviera pensando de más. Cuando
Adam, así recordaba que rezaba en su chapa, levantó la cabeza para indicarle
como proceder, quedó en silencio unos segundos antes de decidirse a hablar.
Maya supuso que no esperaba la mirada contrariada que encontró en sus ojos
violetas.
—Puedes quedarte aquí tranquilamente, he terminado mi turno
y el otro médico tardará un poco en llegar. Eres mi último paciente del día,
así que puedes esperar aquí.
Maya se agitó un poco en el asiento, incómoda. El movimiento
le provocó un ligero calambrazo en el brazo que intentó ocultar relajando la
cara. Se lo agarró y lo apretó contra el pecho, parecía que así le dolía menos.
Esperar allí con él en la misma habitación no era más cómodo que hacerlo fuera
y no sabía cómo diablos decírselo. Ese médico estaba sentado frente a ella,
mirándola con esos fríos ojos blancos, como si la escrutara, como si intentara
adivinar que estaba pensando, que sentía. Por un instante, un ligero escalofrío
cruzó su espalda, y sin darse cuenta, ya estaba de pie frente a él.
—No quiero molestar, así que…
Adam seguía con esa expresión ilegible que la ponía tan nerviosa.
—Si te sientes más cómoda esperando fuera adelante —sugirió
con un movimiento de brazo—. Pero por mí parte, no es molestia que esperes
aquí. Avisaré para que venga una enfermera a por ti en breve.
Maya quedó indecisa mirándolo desde arriba, devolviéndole el
mismo escrutinio al que ella era sometida. Por un lado parecía que su
preocupación como médico quería mantenerla allí en la consulta, pero por otro…
esa confianza extraña mezclada con una frialdad que parecía ser característica
de su personalidad la confundía. Puede que su parecido al hombre de sus
pesadillas la estaba haciendo comportarse de manera extraña, actuando de forma
que no era propio de ella. Seguramente la vería como un bicho raro o tal vez
pensara que de camino también se golpeó la cabeza.
Después de dudarlo un poco, se volvió a sentar en la silla.
—Creo que… me quedaré aquí —cuando la única respuesta de
Adam fue alzar una ceja y seguir
observándola sin comentar nada, ella añadió—: ¿Puedo hacerte una pregunta?
Adam se levantó de la silla sin contestar, abrió la puerta
de la parte de atrás de la consultad y le entregó a una enfermera lo que
parecía ser el informe para avisar sobre la radiografía. Cuando terminó de
darle a aquella mujer las explicaciones pertinentes, volvió a cerrar la puerta
y se acercó a la mesa, sentándose frente a Maya con una ligera expresión de
interés.
—Dime.
Bien, ¿ahora cómo demonios lo decía? No sabía por qué pero
esa no era ella. Ni esta parecía ser, ni de lejos, una consulta normal con un
médico. O eran simplemente paranoias suyas. Lo que iba a hacer ahora tal vez
era un error catastrófico, pero ya lo había decidido.
—Te vi salir antes, parecías que te marchabas. ¿Porqué
volviste a entrar y me cogiste como último paciente? —cuando el médico arrugó
el ceño, ella se apresuró a aclarar—. No lo digo con segundas intenciones, es
solo que… cualquier otro médico podría haberme visitado… podía esperar a que
llegara el otro…. Si tu turno había terminado ya….
¡Parecía idiota! ¿Por qué le estaba preguntando eso? Habría
miles de razones por las cuales podía haber actuado así y ninguna tenía que
tener relación con ella. ¡Seguro que pensaba que era una ególatra!
El hombre parecía un poco desconcertado, aunque intentó
mantener su actitud severa, el movimiento de su cuerpo al recolocarse en la
silla lo delató.
—Estaba por marcharme, sí. Pero me llamó la atención la
forma en la que me miraste… —Maya deseó en ese momento que hubiera un agujero
en el suelo donde meter la cabeza, pero como siempre, no tendría la suerte—,
tenías una expresión tan angustiada que pensé que debía ser algo grave. Sé que
muchos de mis compañeros no suelen involucrarse en eso, pero…
Y la frase se cortó, sorprendiendo a Maya. Se podía saborear
un poco de vergüenza, como si le hubieran pillado haciendo algo malo. Pero no
lo era, él solo estaba preocupado por el sufrimiento de uno de sus pacientes, y
era agradable saber que todavía quedaban médicos a los que les importaba su
trabajo y no veían aquello como un simple medio para ganar dinero.
—Discúlpame, es solo que.... estoy un poco nerviosa con un
asunto importante que tengo que tratar mañana, por eso y tal vez por el dolor
también… ya no se ni lo que me digo. Puede que esa pregunta estuviera fuera de
lugar, pero me tratas con tanta confianza que no se… hasta pensé que no
habíamos conocido antes y no me acordaba —Maya entrelazó sus dedos entre los
rizos azabache que caían en su cara y los echó hacia atrás en una movimiento
nervioso—. Soy estúpida, discúlpame.
Por primera vez, Maya vio como el médico perdía un poco la
compostura. Se echó hacia delante apoyando ambas manos en la mesa, como
ejerciendo fuerza para levantarse, pero no lo hizo, quedó allí, mirándola un
tanto desconcertado.
—No tienes de que preocuparte, no me incomodó tu pregunta.
De repente, Adam se giró hacia la puerta antes de que ningún
sonido se escuchara, como si presintiera que alguien iba a aparecer, y así lo
hizo. Maya se quedó observando al nuevo visitante. Estaba vestido de verde,
como si hubiera acabado de salir de un quirófano, su expresión mucho más suave
que la del otro médico. Tenía un cabello dorado, de un tono oscuro y aviejado.
En un rápido gesto, metió sus dedos por él, echándoselo hacia atrás y dejando
ver un rostro más infantil del que le había parecido anteriormente. Sus ojos
tenían un raro color rojizo, aunque ella no podía hablar mucho sobre ese tema.
Era de complexión delgada en comparación con Adam, sin embargo parecía bastante
fibroso. En definitiva muy joven.
—Iba a entrar porque creía que ya había terminado tu turno,
pero escuché un intercambio de disculpas y me dije… voy a ver qué pasa —cuando
Adam lo miró desafiante, el chico rectificó—. He quedado con nuestra hermana y
llevo tarde, así que dame esos papeles que me largo.
Adam suspiró y comenzó a buscar en el primer cajón de su
escritorio.
—Perdona un momento —pidió a Maya, mientras levantaba unas
cuantas carpetas hasta dar con una roja
titulada con dos letras grandes en mayúscula que no consiguió ver bien. Se la
entregó a quién parecía ser su hermano—. Ian, ¿vienes de una operación? Podrías
haberte cambiado de ropa antes de presentarte aquí.
Ian chistó entre dientes y se acarició las manos, irritadas
por los guantes de goma que había llevado durante las tres horas anteriores.
—Sabes que soy muy vulnerable a los olores. Aquello apesta
tanto a sangre que no podía dejar de contar los segundos para salir disparado
de allí.
—Entiendo —respondió Adam, resultando bastante escueto. Miró
unos segundos de reojo a Maya, silenciosamente. Ella no entendía el por qué.
Maya no comprendía la conversación y tampoco era su
problema, lo que le sorprendió un poco es que los dos hermanos no se parecieran
en nada. Si el rubio no lo hubiera insinuado, ella no tendría ninguna razón
para pensar que así era. No podía encontrar ningún rasgo, a simple vista, que
compartieran.
Ian, se volvió hacia ella al darse cuenta de su escrutinio y
le sonrió, acercándose para ofrecerle la mano.
—Disculpa por la intromisión. Ian Ross, encantado. Soy un
cirujano en este hospital.
Maya le devolvió el apretón y se sentó, no muy segura de que
tenía que contestar.
—Soy Maya Gaes, encantada —soltó, aun agarrándose el brazo
para evitar cualquier movimiento.
Los ojos carmesí de Ian giraron hacia Adam, observándolo con
un toque de picardía, era una expresión que se podría leer con facilidad, lo
difícil era interpretarla. Sin embargo, aunque Maya la captó, no quiso pararse
a pensar en ello, estaba concentrada en otra cosa.
—Ross… creo que he escuchado ese apellido antes… —masculló
pensativa. Ian y Adam la miraban con ligera curiosidad y sin entrometerse en
las cábalas de la chica—. Fue no hace mucho… ah… Rosalie Ross —de repente se
cortó y los miró algo sorprendida, ellos parecieron alterarse aún más cuando
escucharon el nombre—. Pero tú te llamas Kreus, ¿no? Eso pone en tu placa —cuando
se dio cuenta de que se metía en una zona que no era de su incumbencia, se
corrigió—. No importa.
A diferencia de lo que ella creía, en vez de estar incómodos
con su pregunta, casi se sentía como si estuvieran aliviados. Lo único que le
faltó a Adam fue lanzar un suspiro.
—No te preocupes, aquí en el hospital no es un gran secreto.
Mi apellido no es Ross si no Kreus. No somos hermanos de sangre aunque
compartimos el mismo padre adoptivo. Somos una familia amplia —dijo entre
dientes, era amable pero se veía algo incómodo.
Maya bajó la cabeza, se sentía un poco estúpida preguntando
cosas que no venían a cuento. Lo que importaba era: ¿cuándo iba a aparecer esa
maldita enfermera que la sacarla de una vez de ese atolladero? Quería terminar
cuanto antes con todo aquel asunto e irse a su tienda. Esta noche no podría
dormir con los nervios por la apertura de mañana y mucho menos, recordando toda
la vergüenza que estaba pasando ahora.
Ian miraba con un cierto grado de picardía a su hermano, el
cual lo ignoraba, casi como si fuera necesario para tranquilizarse y no
terminar por darle una colleja. Se veía cierta familiaridad entre ellos, eso
estaba claro, puede que no se parecieran físicamente pero que eran familia era
evidente.
Por fin se escucharon dos golpecitos en la puerta que había
al final de la estancia, entrando una joven enfermera que apresuradamente,
dejando volar algunos ricitos castaños sueltos de su coleta, se aproximó a
Adam.
Vaya, ya era hora, a ver si esto se apresuraba un poco
porque le iban a dar las tantas y su tienda sin la persiana echada…
—Doctor, ya está lista la máquina para las radiografías —se
giró hacia Maya y le sonrió ofreciéndole paso para que la acompañara—. Sígueme,
esto tardara nada —comentó, mientras le regalaba una mirada, que se podría
definir como fogosa, a Adam.
Maya salió de la estancia, dejando los dos hermanos allí
solos, ni siquiera se volvieron para mirarla.
**********
Esto era una locura, después de tratar de evitarla durante
años, ella tenía que estar allí en su consulta. No solo se había mudado a su
ciudad, si no que estaba ahí frente a él, encarándole, hablándole. No sabía
cómo había tenido que reaccionar, si la había tratado con más confianza de la
que debiera, ¿tan rematadamente mal lo había hecho?
Ella no podía recordarlo, entonces… ¿por qué demonios lo
había mirado de esa manera? Podía oler su miedo por un lado, por otro… calor.
Su cuerpo expedía un calor extraño. Eran sentimientos tan contradictorios que
una vez más, le verificaban que su decisión de estar lejos de ella era la
correcta. Le dijeran lo que le dijeran los demás.
Y el idiota de su hermano, por supuesto, que seguía
mirándolo como si le hubiera pillado haciendo algo malo. Ese maldito estúpido
solo intentaba cabrearlo, y si eso fuera poco, le había faltado lo justo para
crearle un serio problema.
—¿Estás loco o intentas ponerme en un compromiso? ¡Ian! —explotó.
Ian se sentó en una silla, dejándose recaer presumidamente
contra el respaldo y arqueando una sonrisita burlona que sabía le crispaba los
nervios a su hermano. ¡Como disfrutaba molestándolo!
—Dijiste que no querías saber nada de esa muchacha y sin
embargo, vengo y me la encuentro aquí, hablando sobre… ¿Qué la tratas con
demasiada confianza? ¿Qué tuvo la sensación de que os conocíais de antes?
—¡Vete al demonio! —Adam se echó el pelo hacia atrás con
ambas manos y apoyó la frente sobre las carpetas que tenía delante—. El tema
está zanjado. No pienso hacerlo, me da igual lo que decidiera Esteban. Yo no
tengo derecho a tenerla, tú eres más adecuado para este asunto.
—¿Yo? —Ian dio otra de sus suaves carcajadas—. Sabes muy
bien que yo tengo a Ángel, no me interesa para nada estar con otra persona.
Adam dejó que el aire se le escapara entre los dientes.
—Es verdad, Ángel es otro problema, aunque no quieras
admitirlo —de golpe, la expresión juguetona de su hermano cambió, dirigiéndole
una mirada agresiva. Ante esto, Adam rectificó—: Entiendo, prometí no meterme
en eso, pero ella ya tiene veinte años y Esteban volverá pronto. No consigo
encontrar una excusa importante para echarle el muerto a otro.
Ian negó cansado con la cabeza y se levantó de la silla,
encogiéndose de hombros desinteresadamente.
—Adam, creo que no te queda más remedio que aceptarlo. —sin
querer seguir hablando del tema, ante la evidente incomodidad que se había
levantado entre ambos, Ian se dirigió hacia la puerta—. Y yo me voy, Rubí se
pondrá histérica si no llego a… cenar —dio un molesto gruñido y se dirigió a la
puerta—. Estas mujeres, ellas pueden tardar horas en arreglarse pero cuando son
las que tienen que esperar se vuelven insoportables.
Su hermano estaba cambiando de tema y Adam se lo agradecía.
No era el momento ni el lugar para hablar sobre ese asunto. Maya volvería
dentro de poco y quería tiempo para poner sus pensamientos en orden. Tenía que
relajarse y pensar.
—Que te sea leve, Ian.
—Se intentará —se despidió, arqueando una sonrisa.
Adam se tendió en el respaldar del sillón y cerró los ojos.
Era todo tan complicado, sabía que este momento llegaría, lo había temido por
más de trece años. No se sentía preparado para encargarse de ella. De cuidarla,
protegerla y educarla. No sabía por qué diablos su padre lo había elegido a él.
De entre sus otros tres hermanos, seguía siendo el menos indicado para esa
tarea. ¿Entonces por qué él? Ciertamente, salía de su comprensión. Y no es que
la idea le resultara insoportable. La había visto crecer, la había vigilado
durante todo esos años, en realidad, sentía un cierto aprecio por la chica,
aunque no compartía muchas de sus maneras de pensar. Sin embargo, no, no podía
ser él.
Aunque todavía le quedaba una baza por jugar, pues sabía que
“ellos” se opondrían a como diera lugar. Era impensable que dejaran a una
persona tan importante para ellos, al cuidado de alguien de tan baja clase como
él. ¿Era eso realmente bueno, o malo? ¿Qué le daba más miedo, cuidarla o que se
la arrebataran? No quería fracasar nuevamente, no podía dejar que su gente
perdiera la única oportunidad que les quedaba.
Era demasiada responsabilidad para un demonio como él.
—¿Se puede pasar?
Adam se sobresaltó, intentando recobrar la compostura.
—Perdona, no te he oído llamar a la puerta —ni siquiera la
había olido y eso ya le extrañaba.
—Perdón… —soltó confundida, sin entender el sobresalto del
médico. Cerró la puerta y se sentó en la misma silla donde había estado minutos
antes. Indecisa, miró hacia su alrededor—. ¿Y tú hermano? ¿Se ha marchado ya?
La observó de moverse, con esa naturalidad que la caracterizada.
Se la veía un poco torpe y a pesar de eso, sus pasos eran decididos, le
gustaba. Antes de darse cuenta ya estaba sonriendo ante el movimiento
localizador de sus ojos púrpuras.
—Se acaba de marchar, Rubí, otra hermana, lo está esperando
para cenar —explicó, recogiendo el informe de Maya y abriéndolo para ojearlo—. Terminemos
con esto rápido, pareces cansada.
Justo al terminar la frase, Maya se llevó la mano a la boca
para tapar un largo y perezoso bostezo.
—Tengo un poco de sueño, pero todavía me quedan muchas cosas
que hacer antes de poder acostarme. Así que sí, se breve, te lo agradecería.
—Ya veo —comentó Adam, sonriendo ahora un poco más
abiertamente ante el bostezo mal disimulado de la joven. .
Maya volvió a sentir esa irritación, como si estar a la
defensiva con aquel tipo fuera lo correcto, y sin embargo, podía sentir una
leve atracción por él. Era atractivo por supuesto, pero su personalidad fría… y
ese misterio que lo envolvía… tendría que dejar de pensar en tonterías. Era su
médico y punto. Cuando saliera de allí no volverían a verse.
—Gracias.
Maya levantó la cabeza, confusa por aquella palabra, ¿pero
qué…? Lo comprendió cuando Adam se acercó a la mesa, después de que una
enfermera por la puerta del fondo, le hubiera entregado un gran sobre.
Encendió los paneles que había en la pared y colocó algunas
láminas negras sobre ellos. Se le veía pensativo, o se podría decir…
¿extrañado? Se llevó los dedos a la boca, dándose pequeños golpecitos en los
labios. Ya se había fijado que era una costumbre que tenía aquel médico cuando
algo le interesaba. Era un gesto sexy… o eso le parecía.
—¿Ocurre algo? —formuló un poco alterada—. No me digas que
me tienes que operar o algo parecido, porque te prometo que salgo corriendo.
La cómica amenaza le sacó otra sonrisa a Adam, conociendo a
la chica, aquella forma de actuar concordaba mejor con ella. Esta noche la
había visto algo perturbada y se preguntaba el por qué.
Volviendo a las radiografías, todavía no podía salir de su
asombro.
—Todo lo contrario. Yo esperaba algo más grave, pero la
verdad, casi no tiene importancia —se volvió hacia ella y le apretó el brazo,
provocándole una mueca de dolor en el rostro—. Te duele menos, ¿verdad?
Maya sorprendida, tardó unos segundos en encontrar las palabras.
—Es molesto pero sí, en comparación con antes, poco.
No lo entendía, había sentido un dolor muy fuerte, y en
algún momento entre la conversación con Adam, el dolor había remitido sin darse
cuenta. De repente, se percató de que el médico estaba frente a ella, de pie,
observándola atentamente con un brillo como de orgullo en la mirada. Levantó la
mano, como si quisiera tocarla, pero rápidamente se giró, volviendo a recoger
las láminas y metiéndolas en su sobre.
Por un momento, Maya estaba demasiado desconcertada para
pensar. Su mente estaba en blanco. ¿Había creído ver lo correcto? ¿Había estado
a punto de tocarla? No, suponía que sus nervios le habían causado una mala
pasada. ¿A qué demonios vendría que la acariciara? Estaba volviéndose loca.
O ya lo estaba, porque su respiración se estaba acelerando
mientras de nuevo se acercaba a ella, esta vez con intenciones de vendarle el
brazo.
—¿Me permites? —preguntó, parecía tan incómodo como ella.
Como si ninguno de los dos quisieran estar ahí en ese momento.
—Adelante —contestó, Dios… la verdad es que le gustaría que
todo acabara pronto. Estaba demasiado confundida, sus sentimientos eran muy
contradictorios.
—La fisura del cúbito no es nada, así que… —le sujetó el
brazo y comenzó a vendárselo con cuidado, después le pasó un lado de la venda
por la cabeza y le puso otro trozo de esparadrapo para sujetarlo. Tenía
completamente el antebrazo pegado al pecho—. Creo que con esto mantendremos
segura la mano y bastará para la otra fisura.
Maya intentó mover los dedos, estaban bastante menos
hinchados. Se podría decir, que así, en esa postura el brazo casi no le
molestaba, pero tampoco le era fácil manejarse con una sola mano. ¡Ah, pero
abriría la tienda! ¡Vaya si lo haría!
—¿Ya me puedo marchar?
Adam la observó fijamente por unos momentos, parecía querer
decir algo, pero terminó desviando la mirada y ordenando un poco todos los
papeles que tenía sobre la mesa. Era un hombre muy difícil de leer y Maya ya no
se encontraba con ánimos para intentarlo, de todas formas, ya había acabado con
él.
—Si claro, toma ibuprofeno cuando te duela. Puedes irte —musitó,
observando a la muchacha de dirigirse a la puerta y entonces, sin saber por
qué, se levantó de la silla y dijo—: Espera, tengo que ir al mostrador de la
entrada y darte unas etiquetas, guárdalas para cuando vengas en una semana para
la revisión.
¿Etiquetas? Ah, era verdad, las que pegaban en los informes
con los datos del paciente, ella no tenía ninguna en aquel hospital, ya que
llevaba poco allí y era su primera visita. Aun así… podía ir ella sola al
mostrador y pedirlas, ¿no? Puede que él tuviera que indicárselo a la oficinista,
no lo sabía. No comprendía la razón de acompañarla pero tampoco tenía ganas de
pensarlo.
—Claro —dijo, un poco desinteresada.
Tras la aceptación, Adam se apresuró a quitarse la bata
blanca y ponerse la chaqueta. Después dirigiéndose hacia ella, le abrió
caballerosamente la puerta y ambos salieron a la sala de espera. Maya avanzó a
través de la multitud, conduciéndose entre la gente hasta el mostrador sin preocuparse
si él estaba detrás, cuando llegó se detuvo y esperó. Adam llegó casi al
instante, mirándole con el ceño fruncido y con un gesto frío e impenetrable.
Hacía unos momentos, parecía que había relajado el rictus severo de su cara,
pero ahí estaba de nuevo y maldita sea si Maya sabía por qué. No le importaba,
estaba demasiado casada y a la vez apresurada por salir de allí.
Después de que el médico intercambiara unas palabras con la
chica del mostrador, esta le entregó unas etiquetas que dobló bien y guardó en
su cartera. Hasta ahí terminaba su “aventura” con aquel doctor.
De repente, un estirón a la camisa de Adam, los hizo girarse
a ambos. Se encontraron con una ancianita de ojos muy arrugados, menuda y
expresión asustada. A Maya le resultaba familiar….
—Doctor, doctor, me alegro tanto de encontrarle.
Adam al reconocerla suavizó sus rasgos, palmeándole
amablemente la mano que ella con tanto ímpetu le había agarrado. Tuvo que
inclinarse un poco para poder hablar con ella, era tan bajita y delgada que
hasta un soplo de viento podría llevársela. Maya se extrañó por el desasosiego
de la anciana, pero más por el cambio de actitud de su médico. Curiosa, se
quedó a ver la situación.
—Oh, Maggie. ¿De nuevo ha salido de casa por la noche? Su hija
estará preocupada por usted —la voz cansada y casi apenada de Adam, le decía
que no era la primera vez que esto ocurría.
La ancianita, lo agarró con más fuerza, parecía realmente
aterrada.
—Doctor, estoy muy sola. ¿Dónde está mi casa? Yo quiero ir a
mi casa, doctor, ayúdeme.
—¿Qué ocurre? —sin poder contenerse, Maya agarró a Adam del
hombro, intentando llamar su atención. No podía entender que hacía una anciana
sola a aquellas horas deambulando por un hospital sin saber siquiera donde estaba—.
¿La conoces?
Adam asintió.
—Si claro. Es paciente mía. Tiene Alzheimer y a veces cuando
sale de su casa no sabe volver —los músculos de su garganta se tensaron—. Le he
dicho muchas veces a su hija que personas como ella no pueden vivir solas,
pero….
Adam apretó los puños, aunque su expresión no dijera nada,
Maya podía apreciar que se sentía perturbado, casi impotente. Sin saber de
dónde salió, acarició su brazo y le sonrió tranquilizadoramente.
—¿Sabes dónde vive? —cuando obtuvo el asentimiento del
médico se dirigió a la anciana y le dijo—: ¿Quiere usted que la acompañemos a
casa, Maggie?
La anciana le sonrió y asintió.
—Gracias muchacha, es extraño ver a jóvenes tan amables.
Doctor, usted sabe dónde está mi casa, ¿verdad?
Adam volvió a asentir, un poco desconcertado y sintiéndose
fuera de lugar. No sabía cómo había llegado a esa situación, y lo peor estaba
por llegar. Esperaba que todo pareciera ser la causalidad que realmente era.
Maya no podría sospechar nada de él, porque aunque se viera raro, no había
tenido nada que ver… tal vez… ¿Ian? No, no podía ser.
Se aclaró la garganta.
—Vive en la primera bocacalle, en el edificio de pisos con
fachada burdeos que hay justo en el centro. Su hija reside un piso por encima,
por eso no se ha dado cuenta de que Maggie ha vuelto a salir.
Maya lo observó sorprendida.
—Vaya, en ese mismo bloque de edificios vivo yo.
—¿Si? Qué casualidad… —fue lo único que se le ocurrió
contestar.
Más que una maldita casualidad, ahora tendría que pasar otra
hora con ese médico y encima, en cierta manera, no le hacía mucha gracia que
supiera donde vivía. Era muy egocéntrico de su parte pensar en Adam como un
acosador, pero era una chica soltera y sola viviendo en un piso dentro de una
ciudad tan grande. Contra menos hombres supieran donde vivía mejor para su
tranquilidad, o eso diría su abuelo en esta situación… puede que Clara también.
La anciana se cogió rápidamente del brazo de Adam e
irónicamente, como si supiera el camino de vuelta, echó a andar hasta la salida
del hospital. Ahí quedaba perdida la oportunidad de seguir trabajando en su
tienda, se tendría que limitar a cerrar la persiana y ya, pues para cuando
terminara este asunto, ya sería casi entrada la media noche.
Aquel día no le había traído nada bueno…