DOS COPAS Y UN BRINDIS
Cinco meses después…
El cielo.
Ricky cogió bien la caja, llena
de algunas de sus pertenencias más frágiles y siguió subiendo las escaleras de
la entrada de Alex. Todavía no se creía que con unos pocos mimos, ojitos
brillantes y porque no, mamadas mañaneras, había conseguido que Alejandro
aceptara que se mudara a su pedazo de casa.
Porque no era justo, ¿para que
querías un novio con dinero si no te aprovechabas un poquito de él?
Joder, sabía que Alex de por sí
ya era una buena recompensa, pues no encontrabas un hombre así de caliente en
cualquier esquina. Pero le molestaba tener que vivir en un diminuto pisito,
cuando él tenía una casota con piscina.
¡¿Qué clase de injusticia era
esa?!
No, por supuesto que no. Le
había costado cinco meses convencerlo, pero él tenía sus mañas, y al final aquí
estaba, trayendo todos sus trapos y otras cosas a «La Mansión», como solía
llamarla desde que la vio por primera vez.
En realidad, no es que tuviera
diez baños y treinta habitaciones. Pero por Dios, en comparación a lo que había
estado acostumbrado, era el cielo.
Si estuviera en su naturaleza
llorar de felicidad, joder si lo haría.
Ricky salió de sus pensamientos
cuando un golpe en la espalda le hizo perder el equilibrio, impulsándolo un
poquito hacia delante.
¡Jesús, creyó ver los escalones demasiados próximos a su cara!
—¿Pero qué coño? —sus ojos se
encontraron con los azules de Adrián, y bueno, la forma en la que se sobaba la
nariz le dio una idea bastante evidente de qué había ocurrido—. ¿No me has
visto o es que querías mirar mi culo más de cerca? —sonrió graciosamente,
picando a su amigo.
Adrián refunfuñó, agarrando su caja ahora por debajo, intentando sujetarla bien;
aunque por él, la tiraba por las escaleras y que el muy bastardo de Ricky se jodiera. Tendría que haber cogido alguna que
pusiera con esas letras rojas y feas: «cuidado o muerdo». Vamos, de las
frágiles.
Los accidentes no tenían que
remunerarse, ¿cierto?
Y podía ser muy torpe cuando
quería.
—¿Quién quiere mirarte a ti
nada? Para eso ya… —se quedó callado y miró previsoramente hacia los lados. No
se veía a ninguno de los otros tres por ningún lado—, tienes a Alex, ¿no?
Ricky hizo un ruidito pensativo
y siguió subiendo las escaleras.
Adrián se quedó algo precavido…
era raro, ahora venía cuando su amigo le soltaba alguna bordería o le relataba alguna escena subida de tono, que el
reconocía como el momento justo para salir corriendo.
Pero no había pasado nada de
eso.
Solo llegaron al enorme salón
de Alejandro y dejaron las cajas en una esquina libre que habían preparado para
ello, aunque veía algunas tiradas por otros lados.
—¿Crees que Alejandro se
avergüenza de mí?
Era algo que había estado
rondando la cabeza de Ricardo durante los últimos dos meses. Reconocía que la
intimidad con Alex era la puñetera hostia, muy caliente, y a veces hasta en
ebullición, sin embargo, delante de la gente, siempre mantenía una constante
distancia entre ellos. Puede que fueran solo imaginaciones suyas pero…
—Con esa maldita lengua que
tienes, yo también lo haría.
Ricky chistó molesto, dándole
una patada a la caja.
—Eh, Adri, tío, que lo digo en
serio.
¡Oh! Adrián se sorprendió,
Ricky solo le llamaba de ese modo cuando estaba seriamente preocupado por algo.
Y joder, para que él se preocupara por algo, ya tendría que importarle
bastante. O bueno, por lo menos, para que demostrara claramente que lo hacía.
Ahí preveía una maldita
consulta amorosa de nuevo, y juraba que no era lo suyo.
—¿Lo dices porque todavía no le
ha dicho a Iván y Julio que sois… pareja? —la palabra novio, no era fácil de
procesar cuando estaba relacionada con sus dos amigos.
Ricky guardó silencio,
agachándose para revisar lo que había en una caja medio abierta. Un airecito
frío procedente de la puerta abierta, le hizo encogerse en su chaqueta y
subirse con una mano el cuello para abrigarse mejor. Sus pantalones vaqueros
crujieron cuando se acuclilló y sacó unas enormes jarras de cristal.
Adrián supo por la forma en la
que Ricky las miraba, que estas no deberían estar ahí, además, todo ese toqueteo
solo servía para gastar segundos… ¿pensando?
¿Contestaría a su pregunta o
estaba esperando a que se fuera el invierno? Porque la llevaba clara, estaba
comenzando. Mal momento para mudarse, si se podía añadir.
—Lo digo porque… cuando hay
gente delante… suele ser un poco… frío.
Adrián evitó justo a tiempo que
su boca cayera hasta el suelo.
¿Ricky estaba oyendo lo que
decía? Parecía una recién casada asustada de que su marido le estuviera
poniendo los cuernos. ¡Mina de tierra
a la vista!
—Bueno…. —Adrián se rascó el
cuello, un tanto confundido. Se cerró el chaquetón y se arrodilló al lado de
Ricky, haciendo también como el que ojeaba las jarras—. No sé exactamente qué
es lo que te preocupa. Pero Alex no es alguien muy abierto, le cuesta mucho encontrar
las palabras exactas para decir en diferentes situaciones y bueno… seguro que
su declaración fue jodidamente catastrófica, también. Pero si lo que te
molesta, es que pueda haber cambiado de parecer o que se avergüence de salir
contigo, que no quiera demostrar abiertamente que sois parejas y demás… puedes
estar tranquilo. Seguramente es que… no ha encontrado el momento idóneo para
hacerlo, no tiene nada que ver con que te quiera más o menos —gruñó, frotándose
la cabeza como loco—. Mira las cosas estúpidas que me haces decir, parezco una
madre confortando a su hija cornuda.
Ricky dejó una de las jarras a
un lado y sonrió.
Si, Adrián tenía razón, siempre
la tenía. Al principio dudaba del consejo que le dio ese día antes del
cumpleaños, pero ahora… gracias a él, Alejandro le pertenecía. Y después de
pensarlo mucho, reconoció que toda su envidia, todo el coraje que le guardaba a
Alex, eran simple palabrería. Le molestaba la diferencia que había entre ellos
–tanto en cuestión de dinero como en cultura– y que por mucho que lo intentara,
no podría nunca alcanzarlo.
Al menos… ¿cuántas opciones
había de que le tocara la lotería?
Ricardo quería poder pararse al
lado de Alex y mirarse hombro a hombro. Odiaba tener que pensar que estaba por
debajo y el otro lo miraba desde arriba. Eso le concomía por dentro.
Ahora, no tenía ese
sentimiento, porque aunque siguiera trabajando como un simple segurata, Alejandro, una de las personas
con más dinero que conocía, estaba comiendo de su mano. Solo tenías que ver lo
fácil que le había resultado convencerlo para que lo dejara mudarse a «La
Mansión».
Sí, bueno, aunque la excusa de
mierda que les había dado a sus amigos todavía le jodía bastante. ¿Quién tenía
problemas para pagar el alquiler? ¡Que se fuera al demonio! Todavía le debía
esa, esa noche le haría chillar como una perra hasta que pisoteara su orgullo
un par de veces… y sabía muy bien cómo hacerlo.
¿Qué le gustara escuchar rugir
a Alejandro, entre vergüenza y placer, lo convertía en un sádico pervertido?
Ricky sonrió socarrón, era un
pensamiento interesante. Tendría que explotarlo mejor cuando estuvieran solos.
Por otro lado, Adrián se había
portado muy bien con él, muchísimo, y eso que tampoco había puesto mucho de su
parte para poder hacer amistad con los tres amigos de Alex. Ahora suponía que
los… «quería».
—Bueno, mamá. Gracias por
intentar animarme. Me siento mejor —Ricky se acercó a Adrián y le tiró
graciosamente de una mejilla—. Mamá
gallina.
Adrián se puso colorado,
después frunció el ceño y por último le dio un tortazo –que salió bastante más afeminado de lo que nunca
admitiría– en el brazo.
—¿Porqué mamá gallina? ¿Por qué te gustan las pollas?
Ricky se quedó con la mano en
el aire, impresionado por la afilada lengua de su amigo. ¿A dónde había ido el
dulce y tierno Adrián?
—¡Una zorra con garras,
encantador! —exclamó Ricky, sonriéndole juguetón cuando ahora fue Adrián quién
se quedó sorprendido.
Alejandro que pasaba por ahí,
giró sobre sus pies con caja en mano y se quedó mirándolos, atónito. Lo había
escuchado de refilón, pero había captado lo suficiente.
—Joder, Adrián. Eso te pasa,
por juntarte tanto con Ricky los últimos meses. Hasta se te han pegado sus
finezas.
Adrián cerró la boca y se
distanció dos pasos, haciendo como el que no quería la cosa, mirando hacia los
lados. Puede que se le hubiera ido un poquito la lengua, pero es que ese
maldito de Ricardo lo tentaba como el demonio.
Ricky se rio, negando con la
cabeza y cogiendo la caja de las jarras.
—¿Quién demonios ha puesto esto
aquí?
Alejandro alzó una ceja,
acercándose un poco para mirar dentro. Su boca formó una «O» cuando observó los
objetos de cristal. Finalmente, encogió los hombros de forma inocente.
—¿No sé?
—¿No sabes? —Ricky sonrió,
golpeándole el brazo con la caja—. ¿Seguro que no lo sabes? Según tu respuesta,
actuaré en consecuencia.
Alejandro puso cara de susto,
para después mirar a Adrián y guiñarle un ojo.
—Ya he tirado la caja del
látigo y las esposas. Será para la próxima.
Ricardo se carcajeó, todavía
sintiéndose impresionado por todo lo que Alex había cambiado desde que estaban
juntos. ¡Esto si era divertido! Sobre todo porque ahora era su turno.
—Tranquilo, utilizaremos el
vibrador que guardas en tu mesilla de noche para casos de… —bajó la vista hasta
la entrepierna de su pareja—, emergencia.
Alejandro apretó los dientes,
observando de reojo como esta vez, Adrián se daba la vuelta para que su momento
de vergüenza fuera más liviano.
¡Arg, siempre perdía!
—¿Qué puñetera manía tienes con
mi virilidad, joder? Creo que durante estos… —se atragantó un poco por la
intimidad de la frase, pero no pudo evitar seguir—, cinco meses, no he
escuchado ninguna queja. Vamos, si eres como las mariquitas que fingen los orgasmos, creo que deberías habérmelo
informado antes.
Adrián alzó una ceja y silbó,
un tanto impresionado. Volvió rápidamente la cabeza para escuchar la respuesta
de Ricky. Sentía un poco, como si estuviera en un campo de fútbol.
—Si te lo digo, entonces… ¿para
qué me serviría fingirlo? —Ricardo disfrutó del ceño de Alejandro. Ronroneó
graciosamente, apoyándole la mano en el jersey y metiendo a mala leche, los
fríos dedos por el cuello descubierto. Alex dio un repelús y él sonrió—. De
todas formas, cariño, somos los suficientemente adultos para saber las
diferencias sexuales entre un hombre y una mujer —agrandó aun más la sonrisita
zorruna, así que Alex se preparó mentalmente para lo que vendría a
continuación—. Si me la sacudo en tu cara y te la mancho toda, supongo que es
más que evidente que no lo he fingido.
Alejandro ahogó un gemido. Al
principio, se hubiera enfadado con Ricky o le hubiera golpeado por esa
humillación, pero ahora… la sola imagen que apareció en su cabeza, fue lo
suficientemente excitante para hacer tambalear su instinto.
¿Le molestaban los comentarios
de Ricky o le ponían cachondo?
Ahora mismo no sabría qué
decir.
—¡La hostia! —gruñó Adrián de
repente, dándose la vuelta con rapidez, demasiado desorientado como para
encontrar una puerta por la que salir corriendo—. Oh Dios, no he escuchado eso.
No lo escuchado. Yo no…
Ricky volvió a carcajearse,
llevando la caja de la jarras hacia la cocina y gritando desde allí:
—¡Joder, si lo has oído!
¡También puedo enseñarte una prueba visual si así termino ganando yo!
Adrián tiró del brazo de
Alejandro y señaló hacia la cocina. El movimiento de sus cejas y su expresión
de: «¿Tú estás escuchando eso?», provocó un encogimiento de hombros por parte
de Alex.
—¿Qué quieres que haga?
Adrián afiló su mirada, e hizo
un movimiento vertical con el brazo en el aire.
—Apuñálalo —sugirió con una
graciosa cara desquiciada—. Matar a las mujeres está de moda, ¿no?
Alex alzó una ceja, sorprendido
ante el horrible, aunque irónico comentario. Después negó con la cabeza y
suspiró.
—Uno, Ricky no es mi mujer y
eso no tuvo gracia. Dos, él es quién está en la cocina y por consiguiente, con
el arma en cuestión. Tres, ir a la cárcel por un asesinato así, sería
jodidamente arriesgado para mi trasero, ¿lo pillas?
—Entonces, córtale la lengua.
Es su órgano peligroso —gruñó Adrián, sin darse por vencido.
Eso pareció captar más la
atención de Alex, pero finalmente, después de replanteárselo, volvió a sacudir
la cabeza.
—Su órgano peligroso es su
cerebro podrido, y bueno… si le corto la lengua también voy a la cárcel.
—¡Maldita sea, átalo a la cama
y amordázalo!
—¡Guau! —respondió Alex en el
mismo tono, casi riéndose de Adrián—. Ahora sí tengo que reconocer lo que dice
Ricky. Tus consejos son jodidamente buenos. Nunca he probado eso, y si me lo
imagino… —la cara de Adrián se encogió con repulsión—, si, funcionaría. Creo
que ya siento las….
—¡Oh Dios! —gritó de repente,
cortándolo y provocándole una risita a Alejandro—. Ricky ha creado un monstruo.
¿Tú te estás escuchando? ¡Dios Santo!
Ricky se venía riendo desde la
cocina, levantándole el pulgar a su novio y demostrándole lo bien que lo que
había hecho. En la otra mano una escobilla, para limpiarle el polvo a algo que
había encontrado en alguna de las cajas.
—Solo nos gusta tocarte un poco
los cojones, Adrián. Tranquilízate.
Adrián bajó la cabeza y los
miró a ambos como si fuera un perrito apaleado. Alejandro se sintió un poco
culpable, aunque Ricky no parecía inmutarse.
—¿Soy un juguete para vosotros?
—para su sorpresa, ambos contestaron «¡Sí!» al unísono. Su carita de lástima no
había servido de nada, y eso solo le pateó el hígado aún más—. ¡Pues muy bien!
¡Si alguna vez os casáis, yo me mudo! ¡Un país que deje que dos bastardos como
vosotros se casen, no puede estar bien!
Ricky chistó graciosamente con
la lengua, cogiendo una taza y dándole con la escobilla de cerdas rosas.
—¿Eso que escucho es envidia?
—bromeó, sacándole la lengua a Adrián como una quinceañera y retándole a que
hiciera lo mismo.
Adrián le dio la espalda, si
creía Ricky que iba a caer en sus jueguitos la llevaba clara, bastante había
cedido ya. Dándose la vuelta bruscamente, se dio de cara con un muy sorprendido
Iván y un confundido Julio.
Cualquiera sabría, por sus
caras, quién estaba más cerca de saber la verdad.
—¿Acabo de escuchar… todo eso…?
¿Vosotros dos sois…? Un momento —Iván respiró hondo antes de decir—: ¿quiero
saberlo? —ni siquiera estaba seguro de si quería arriesgarse a preguntar.
Alejandro palideció por unos
momentos, sentía los pies clavados en el suelo y su mirada estaba pegada a la
expresión desconcertada de Iván. Le temblaba todo el cuerpo y no era siquiera
capaz de girarse hacia Ricky para saber cómo estaba él.
¡Por Dios! Que no se atreviera
a decir algo más, pues… sabía que tendría que enfrentarse a esto en algún
momento pero… ahora no. Solo que, ahora no.
Para su completo horror, la
boca de Ricky no tardó en devorar todas sus esperanzas.
—Bueno, bueno —dijo Ricardo con
una amplia sonrisa—, ahora que sabéis que Alejandro y yo, nos damos un poco por
culo, ¿por que no cogemos una de estas hermosas botellas que guarda el pijito este y lo celebramos?
Adrián suspiró. Iván no sabía
si asentir o cerrar la boca antes de que le entrara algo no identificado, y
Julio, simplemente no parecía haber procesado todavía la información.
Pero lo que más les sorprendió
a todos, fue el rápido cambio de Alejandro, el cual se volvió como una fiera y
arrancó de las manos de Ricky, literalmente hablando, la botella de cristal
oscuro que sujetaba.
—¡Suelta mi Rioja. Gran Reserva
de 1931! Esta botella vale lo mismo que tu sueldo completo de un puñetero mes.
Ricky podía jurar que casi
sintió la puñalada trapera en su costado.
Intentando controlar su enojo,
encogió el ceño, tragando saliva en el proceso.
¡Pues qué bien! ¡Pronto iba a
empezar a sentirse como una mierda pobretona al lado de Alejandro! Solo por ese
comentario ya le daban ganas de abrir esa asquerosa botella y bebérsela de un
trinque.
¿Todo su sueldo de un mes?
¡Maldito niño rico!
Ricardo soltó una sonrisa
irónica, pero que dejó ver un toque doloroso en ella.
—Bien, el día que decida
asesinarte, ya sé que arma debo utilizar. Que mejor que asesinar a un fascista
con una botella de vino del 31, tu reputación quedará intacta cuando salgas en
la televisión… con la cabeza partida. Capullo de mierda.
Alejandro encogió la cara en
una mueca herida.
—No me llames fascista,
gilipollas. Y tampoco hace falta que te pongas así, solo te estoy diciendo…
—¿Qué soy un pobretón que no
merece beberse una botella de quinientos euros?
Alejandro abrió la boca para
contestarle, pero entre los afilados ojos verdes de Ricky, que parecían capaces
de acribillarlo en cualquier momento, la botella en la mano, y la clara espera
de sus otros amigos por ver qué pasaba a continuación, decidió que mejor era
actuar en vez de hablar.
Lo suyo nunca habían sido las
palabras y menos cuando discutía con Ricardo.
Miró la botella y pidiéndole a
Dios que no se rompiera, la dejó caer sobre la moqueta del suelo. Respiró aun
más aliviado cuando Ricardo miró aquel gesto con apreciación, así que Alex no
tardó en hacer que sus piernas se movieran hasta pararse delante de Ricky.
—No digas tonterías —gruñó,
agachando la cabeza y abriendo la boca para poder atrapar sus labios.
¡¿Qué diablos estaba haciendo?!
¡Besaba a Ricky delante de sus amigos!
Quería morirse de la vergüenza,
de verdad que debía estar volviéndose loco o algo parecido. Pero… discutir con
Ricky era altamente peligroso, y seguiría recriminándose y cagándose en muchísimas
más de sus miserias, si no fuera porque Ricardo ahora lo estaba cogiendo del
cuello y casi ahogándolo con su boca.
Tomó una amplia respiración
antes de retirarse, suplicando porque este paripé hubiera servido para evitar
una pelea con su amante. No tenían muchas pero… estaba claro que no sería él
quién las empezara.
La última vez que hablaron
sobre este tema, tuvo el irremediable miedo de que después de la pelea no
hubiera reconciliación. Les costó mucho intentar sobrellevar el problema del
dinero. Ricky era un bastardo testarudo, pero Alex podía entenderlo.
Había corrido a brazos de
Ricardo antes de pensarlo, intentando evitar un enfrentamiento, pero… pero…
¡sus amigos seguían mirando!
Ricky le lamió despacio los
labios, retirando sus manos previamente entrelazadas para pasarlas por su
cabello.
Agradable… Alejandro lo sentía
muy agradable, pero eso no relajaba para nada su ataque de ansiedad.
¡Sentía los ojos de Iván y
Julio royéndole el cogote!
—¿Soy más importante que esa
botella? —preguntó Ricky, ronroneándole en el oído.
Alex gimió, intentando no
dejarse llevar por el demonio que le tentaba.
—No digas tonterías. Es solo
una botella, si… carísima como el infierno, pero una botella de vino —besó
suavemente los labios de Ricky antes de acariciar ambas mejillas con sus
manos—. Ya sabes que yo… que yo te… —carraspeó la garganta y decidió darse la
vuelta, rindiéndose ante lo evidente—. Chicos… yo tengo que… deciros algo.
Lo que encontró lo dejó
sorprendido, sin saber si reírse a carcajadas o gritar su frustración y cambiar
la conversación.
Adrián estaba algo sonrojado,
dejando claro que se sentía fuera de situación y sin saber qué hacer. Julio
tenían los ojos más abiertos de lo que nunca se
los había visto desde que se conocieron. Se encontraba sentado sobre el
respaldo del sillón, como si no estuviera seguro de si quedarse
de pie o desplomarse por el shock. Pero sin
duda, el que parecía más afectado era Iván, aunque, a diferencia de Julio, se
veía más… interesado que otra cosa.
—Alex yo… creo que estaba
percibiendo algo de esto. Pero hasta ahora, que lo veo delante de mis hocicos,
no me atrevía a considerarlo.
Alejandro volvió a toser,
contrariado. La risita maliciosa de Ricky a su lado no ayudó mucho, el bastardo
parecía encontrar la situación la mar de graciosa.
—No hace falta que digas nada.
Quiero decir… sé que tendría que habéroslo contado hace mucho, pero no… es
decir… yo no soy…
—¿Maricón? —intentó ayudar
Ricky.
Alejandro le sonrió falsamente,
pegándole de paso uno de sus odiosos pellizcos en el brazo.
—Gracias, «cariño». No sé qué
haría sin tu ayuda.
La risita maligna de Ricardo no
tardó en aparecer.
—Eso ya lo sé, sin «mis ayudas»
no puedes hacer nada, sobre todo en las mañanas.
Alejandro abrió la boca y la
cerró.
¡Maldito hijo de…! Oh, casi
estaba tentado a hacerle caso a Adrián e ir a por el cuchillo para contarle esa
lengua demoníaca que tenía el muy… el muy…
—Qué actividad sexual, no sé si
sentir envidia o asustarme ante la imagen mental que acabo de tener —masculló
de pronto Julio, hablando por hablar, porque aun parecía bastante perdido.
Iván no pudo evitar reírse ante
el comentario «inconsciente» de Julio.
—Joder, todas las mañanas. Sin
duda yo opto por la envidia —soltó graciosamente, rascándose la cabeza—. Pero
veamos… ¿cuando a Ricardo le arrearon en la cabeza, vosotros dos ya estabais…?
¡Oh, joder, claro! —gritó de repente—. Ahora entiendo esa reacción un tanto
exagerada que tuviste. En un principio pensé que podría ser simplemente porque
os habíais criado juntos, casi como hermanos, pero ahora… esto…
Lo poco que Alejandro se pudo
relajar ante el cambio de ambiente pesado a uno más…
relajado y algo gracioso, se perdió cuando Ricky volvió a abrir la boca.
Como siempre, vaya.
—Alejandro no puede vivir sin
mí. Ni ahora, ni antes, ni nunca, ¿verdad, cariñito? —Alex lo fulminó con la
mirada, haciéndole una mueca mientras movía las manos como si fuera a
estrangularlo. Ricky en vez de echarse para atrás, se rio—. ¿Veis? ¡Me quiere a
morir!
Adrián sonriendo pasó entre
ellos, para tranquilamente sentarse en el sillón cuyo respaldar estaba ocupado
por Julio.
—Yo creo, que más bien lo que
quiere… es matarte. Pero por mí podéis seguir, es divertido.
Julio miró a Adrián con una
ceja alzada, Iván asintió a su comentario con una sonrisa y Alejandro suspiró.
Dios… si esto lo estaba
volviendo loco, cuando fuera a contárselo a sus padres, se aseguraría antes de
llevarse la escopeta. Juraba que Ricky la sentiría apuntando a su culo durante
toda la maldita y vergonzosa confesión, y si se atrevía a abrir la boca…
—¿Pero entonces… desde cuando
estáis… con estas movidas? —farfulló Julio.
Alejandro volvió a suspirar,
esta vez de forma mucho más exagerada.
Ahora venía cuando les contaba
toda la historia, resumida lo más que pudiera, y… esperaba que no le miraran
como si fuera el último día de su vida en el que fueran amigos.
Bueno, por lo menos Ricky
parecía bastante relajado a su lado, eso le tranquilizaba… o puede que le
pusiera de los nervios. Los sentimientos que le provocaba su amante, todavía
eran demasiado contradictorios.
—Si empezamos por el principio…
hablando con sinceridad… en realidad, la pelea con Sara, fue por mi… obsesión
con el sexo anal —se relamió los labios, esperando que alguno hiciera un
comentario burlón, pero nadie abrió la boca. Gracias a Dios—. Cortamos, me
emborraché y antes de darme cuenta ya estaba en el bar que hay debajo de la
casa de Ricky.
—¿Sin darte cuenta? —preguntó
Iván, en un tonito bastante evidente.
Alejandro tardó unos segundos
en darse cuenta de la intención que llevaba el comentario, y bueno, al
pensarlo, no estaba muy seguro de que respuesta dar. Así que antes de decir
algo delatador, optó por seguir con su malísima confesión.
—Bueno, esto… lo que decía —vio
varias sonrisitas pero las obvió—, entre que estaba un poco borracho y que
apareció Ricky, bueno… una cosa llevó a la otra y… me… —Alejandro se pasó una
mano por la cara—. Joder, me lo follé, y ya.
Ricky asintió, encogiéndose de
hombros como si eso fuera lo más natural del mundo.
Julio pareció confundido, pero
Iván hizo un sonido gracioso con la lengua.
—¡Ah, claro! Es lo más normal.
Cada vez que me siento frustrado me emborracho y me follo a Julio, por
supuesto.
—¡Eh! —se quejó Julio,
entendiendo la burla, pero molestándose porque su nombre estuviera en ella.
Iván lo ignoró y se giró hacia
Alejandro, apremiándole con la mirada para que dijera algo.
Era difícil, Alex no tenía una
contestación para eso.
Se mordió el labio y miró a
Ricky, intentando buscar una solución en su cara, pero lo único que recibió a
cambio fue un bostezo y una mirada inexpresiva.
Estaba claro… ¡Le había dejado
solo ante una barricada medio derrumbaba! ¡Pues si que estaba a salvo con
Ricky!
—Iván, tío. En realidad,
supongo que yo… siempre supe que sentía algo especial por… Ricky, creo que…
solo no me había permitido… intentar… esto… pensar que podría ser algo más que
una simple… amistad. Pero esa noche… no pensaba bien y… me perdí —bufó cuando
terminó aún más confuso que cuando empezó—. Quiero decir que, todo sucedió así
de golpe y entonces… en lo único que podía pensar es que… quería volver a
follármelo y punto —hizo una pausa y levantó ambos brazos, gesticulando
violentamente mientras hablaba—. No sabía qué diablos hacer, no es fácil reconocer que te has tirado a un tío y que te mueres
por volver a hacerlo. ¡Y menos a tu mejor amigo! Era malditamente vergonzoso
siquiera intentar hablar con él, y entonces, llegó tu querido primo y su
brillante idea de que Ricky me diera calabazas hasta que estuviera lo
suficientemente histérico para darme cuenta de si estaba... ena… enamo… —lo
había dicho todo corriendo, sin siquiera respirar, pero esa palabra se le
atragantaba un poco—. Bueno, eso.
Iván miró sorprendido a su
primo, meneando las cejas.
—¿Ahora te has convertido en
una celestina gay?
Adrián se sonrojó
graciosamente, agitando su mano, avergonzado.
—Joder, Iván. Ricky vino y me
contó toda esa mierda, y bien… es lo único que se me ocurrió. ¿Qué consejo le
hubieras dado tú? ¡Además, todo salió bien! —Adrián miró recriminatorio a
Alejandro—. Deberías de estarme agradecido.
Alex chasqueó la lengua.
—No estoy yo muy seguro de eso.
Iván se rio y Julio negó con la
cabeza. Ricky en cambio, se acercó lentamente y acarició el cuello de Alejandro
de nuevo con sus dedos fríos, volviendo a hacer que su amante se estremeciera.
Después se relamió los labios y
Alex se estremeció de nuevo, pero estaba vez por una razón muy diferente.
—Te hubieras arrepentido toda
tu vida. No todo el mundo tiene el honor de pasar una vida a mi lado. Y…
piénsate la respuesta, «cariño».
Alejandro le sonrió,
agachándose –ahora sin vergüenza– y dándole un
suave beso en los labios.
—Lo admito, «cariño». Además,
todavía tienes jodidamente cerca esa botella de vino. No quiero tener que pasar
las uvas en una caja de pino.
Ricky asintió conforme con su
respuesta. Después, con pasos ligeros, se giró sobre el mueble de agujeros,
donde Alejandro dejaba sus queridas «botellitas».
—¿Deberíamos usar entonces,
éste… —miró la etiqueta—, Pesquera
Crianza, para celebrar?
Alejandro volvió a quitársela
de las manos, pero esta vez, con una ansiedad más evidente.
¿Pero qué diablos? Ricardo
apretó los dientes. Él no entendía mucho de vinos pero… ¡esa no debería valer
ni un tercio de la otra!
—Esta la tengo reservada para
otra cosa. Coge la tercera de la última fila… ¿por favor? —añadió al observar
la cara contrariada de Ricardo.
Con un suspiro, Ricky obedeció
y Alejandro sintió que por fin, después de tanta tensión, conseguía relajarse
un poco.
Iván se asomó por encima de su
hombro y leyó la fecha del vino… 1978. No tardó una sonrisita en aparecer en su
cara y por supuesto, Alejandro supo que había sido bien cogido por los huevos.
—Ni una palabra.
Iván se echó la llave en la
boca con un gesto de mano y la tiró sobre un hombro, después de otra ligera
risita, por supuesto.
A los pocos minutos, todos se
encontraban sentados en los sillones y frente a la pequeña mesita de fino
cristal que había en medio. Ricky llegó con cinco copas, se acomodó a un lado
de Alejandro y cogió la botella.
Hizo graciosos ruiditos
mientras la abría, como si estuviera a punto de morirse por hacer tanta fuerza
y soltó el tapón sobre la mesa.
—¿Quién quiere vino? ¡Ah, a
quién no le guste ver cuatro huevos que se abstenga!
Todos se echaron a reír.
* * * * * * * * * * * * *
Caliente… Alejandro se inclinó
hacia delante, apretándose con más fuerza contra el duro cuerpo bajo él.
Embistió de nuevo, sintiendo el apretón, el calor… se relamió los labios,
acariciando con su mano libre las formas del estómago de Ricky, presionando sus
dedos mientras intentaba mantener un ritmo rápido y conciso.
Se sentía tan bien.
Con su mano izquierda levantó
una de las piernas de Ricky, cogiéndola por debajo de la rodilla y
manteniéndola separada para él.
¡Qué delicia!
Volvió a echarse hacia delante,
sintiendo los primeros calambres en su ingle, acariciando suavemente con la
nariz el cuello de Ricardo, lamiéndole ese delicioso tendón que se formaba
cuando el placer lo ponía rígido por la tensión, por la
desesperación.
Ricky jadeó, soltando una risita
cuando el agarre a su pierna le obligó a curvar también su espalda para no
hacerse daño.
—Hoy estás… muy participativo
—masculló Ricardo, abriendo la boca de la sorpresa cuando un fuerte golpe fue
hacia sus caderas. Gimió, aprendo los dientes y disfrutando en silencio del
intenso placer—. Eso es… oh joder…
Ricky se agarró a las sábanas,
levantando más las caderas, dándole más facilidad para que las embestidas fueran
aun más profundas. Alejandro rugió sobre su pecho, dándole desesperadamente con
la nariz en el cuello, buscando alguna clase de contacto para sentir aun más
real toda aquella excitación que los rodeaba.
Oh, como le gustaba a Ricardo
eso. Sentir que Alex se desesperaba lo suficiente para no saber ni lo que
hacía. Los dedos sujetando sus muslos, presionándolo, reposándose en él
mientras seguía con ese movimiento de caderas tan magnífico, y Dios… Ricky
acompañó el ritmo con unos bajos y suaves jadeos que solo consiguieron calentar
aún más a su pareja.
Alex bajó la cabeza y le mordió
en el cuello. Ricardo aprovechó para engancharse a sus hombros y bruscamente,
apremiarlo a que acelerara, a que lo hiciera más fuerte, jadeándole esas
obscenidades al oído que sabía que tan loco ponían a Alejandro.
El rugido no tardó en llegar,
Alex metió la cabeza en la curvatura de su hombro y siguió empujando, un par de
veces más, estaba cerca. Ricky lo reconocía, cuando ponía esa voz, cuando
sentía el placer subiendo y cegándolo, su tono se volvía ronco, y le rugía como
un animal, y eso… eso era malditamente caliente.
Ricky alzó sus piernas aun más,
intentando colocarse en la mejor posición, que la presión hiciera efecto en el
lugar donde él quería. Y entonces… entonces lo sintió, esos desesperantes
pinchazos que lo volvían loco.
—Alex… Alex… —jadeó, arañándole
con una mano el hombro mientras que la otra serpenteaba entre ellos hasta
colarla entre ambos estómagos. Se rozó la punta, la presionó, y después bajó su
piel todo lo posible. El gritó no tardó en escapar de sus labios—. ¡Oh dios!
Alejandro se relamió los
labios, sintiendo como el sudor del cansancio bajaba por sus sienes,
recorriendo sus mejillas. Pero no podía parar ni para limpiarse, ahora no, no
en este momento. Sentía los golpes de la mano de Ricky mientras se la sacudía
contra su estómago. Un movimiento desesperado, totalmente similar a la mueca que tenía Ricardo.
Amaba su cara cuando estaba a
punto de correrse, como sus mejillas se encendían y sus pestañas se adueñaban
del largo de sus ojos cuando los cerraba con fuerza. Como movía su cabeza hacia
los lados de forma desesperada, abría esa maravillosa boca, formando una
pequeña y sexy «O» que solo le provocaba más ideas morbosas.
Acarició su barbilla, metiendo
un dedo entre sus labios. Los ojos verdes de Ricky se abrieron con una
expresión maliciosa y completamente caliente, que hizo a Alejandro revolverse
de placer, sin contar el que ya estaba sintiendo.
Cuando creía que estaba a punto
de correrse, Ricky sacó su lengua y envolvió juguetonamente su dedo, parando su
propia masturbación y alzando suavemente las manos por los costados de Alex. El
sutil pero doloroso mordisco en el dedo, provocó que Alejandro ralentizara sus
movimientos, evitando llegar a un –sin duda– impresionante orgasmo.
Se permitió un tiempo para
respirar más suavemente, siguiendo con un movimiento ahora más calmado.
—Mierda, iba a correrme…
maldita sea.
Ricky soltó una risita, dándole
un toquecito con la lengua a ese dedo que aun se mantenía entre sus labios.
—Lo sé, ¿por qué te crees que
lo he hecho? Todavía no estoy satisfecho. Quiero más.
Alejandro abrió la boca y tomó
una larga y profunda inspiración.
Casi podía jurar que sintió un
relámpago de placer bajarle por la columna cuando escuchó esa… provocativa
frase. Bajó la cabeza y la sacudió, intentando mantener un ritmo suave mientras
acariciaba esa boca y con la otra mano magreaba el duro muslo que mantenía
alzado.
¡Definitivamente, ese bastardo
lo iba a dejar seco!
Pero que lo condenaran si fuera
a quejarse por ello.
Ricky subió un poco la pierna
derecha, acariciándole el pecho a Alejandro mientras ambos se recolocaban
mejor. Se sentía tan bien. Ricardo no podía, y mucho menos quería, dejar de
sentir ese placer. Le gustaba duro y rápido, pero algunas veces, le apetecía
dejar que los minutos corrieran, que pasara el tiempo mientras Alex se
resbalaba dentro de él, jodiéndole mientras despacio, se masajeaba su propia
erección.
Era el cielo.
O eso creía, hasta que el tono
del móvil rompió su fantasía.
El himno del Madrid canturreó dentro de la
habitación, primero más bajo hasta que se escuchó claramente. Ricky se lo
pensó, sobre todo porque Alejandro seguía moviéndose, tocándole por todos
lados, besándole el pecho, lamiéndole los pezones, oh… no quería dejar de
sentir eso.
Pero… una sonrisita maliciosa
se le escapó cuando vio el identificador de llamadas y el nombre de la persona
en cuestión. Alargó la mano y sujetó el móvil entre sus dedos, apoyando la cabeza
sobre la almohada mientras se lo llevaba a la oreja.
Alejandro frenó en seco,
todavía con su erección caliente y profundamente enterrada en Ricky. Alzó una
ceja y se inclinó hacia delante, arrugando la cara ante el suave apretón que
sintió con el rápido movimiento.
—No lo cojas —gruñó, apoyándose
ahora en el pecho de Ricky mientras seguía moviéndose, ahora más rápido.
Ricky simplemente le sonrió,
cosa que no presagiaba nada bueno, y pulsó el botón.
—Dime, Fran.
Alejandro jadeó por la sorpresa,
quedándose quieto y apretando la cara contra el hombro de Ricky.
¡Este maldito bastardo! Siempre
tenía que molestarle de una u otra manera.
Con un gruñido de fastidio,
intentó separarse. Lo que no esperaba, es que Ricardo envolviera las piernas
alrededor de sus caderas y lo impulsara hacia delante.
El gemido de ambos no tardó en
aparecer. Alejandro estaba jodidamente avergonzado, intentando negarse a sí
mismo ese placer, mirando de reojo el móvil mientras escupía alguna maldición.
Ricky volvió a reírse, sin
dejarle escapar, meneando suavemente sus caderas, haciendo el trabajo él solo,
curvando su estómago hacia arriba y hacia abajo, observando con un malicioso regocijo
como Alejandro encogía la cara por el placer y se sujetaba a sus rodillas para no
caer sobre él y follárselo rápido y duro.
Fran parecía seguir hablando
por el móvil, ya que Ricky de vez en cuando asentía y hacía ruiditos de
entendimiento. Alejandro se iba a volver loco, quería retirarse, pero le tenía
bien sujeto. Sentía los talones de Ricky
presionados contra sus nalgas, ¡a veces, hasta le golpeaban y le arreaban para
que se moviera!
Tenía que resistirse, ese
maldito de Ricardo solo quería divertirse a su costa, viéndole morirse de la
vergüenza. Pero entonces, un lento y sensual movimiento de lengua llamó su
atención. Ricky se lamió los labios, metiéndose un dedo y mojándolo, bajándolo
por su pecho, rozándose el pezón izquierdo, desplazándolo por el estómago y
golpeando la punta de su propia erección.
Ricky meneó ambas cejas tentadoramente
y ese fue el momento en el que la mente de Alejandro se fundió. Lo había sabido
desde un primer momento, no había manera de que pudiera ganarle a Ricardo. Pero
ninguna, vaya.
Se lanzó como un animal sobre
él, sujetándole las piernas y jodiéndolo con fuerza. Ricky asintió en una muy
complacida afirmación, apretándole la nuca con su mano libre mientras seguía
sacudiendo sus caderas contra las de Alex, animándolo a más, mucho más.
Otra risita vino justo antes de que Ricky apretara el móvil contra su
oreja, el cual había estado a punto de caer en la última maniobra.
—No me pasa nada —Alex lamió la
barbilla de Ricky, apretándose contra él y entendiendo que le hablaba a Fran—.
En realidad, me has pillado con algo entre manos —después de un leve silencio y
un ruido extraño al otro lado de la línea, Ricardo jadeó graciosamente—. No,
bueno, sería más literal decir: «me has pillado con algo entre piernas».
Alejandro soltó un bufido de
asombro por la total desvergüenza de Ricky y, lo peor de todo, es que era él
quién se sonrojaba mientras que Ricardo simplemente se reía por cualquier frase
de protesta que habría dicho Fran.
Al final se rindió, separándose
del cuerpo de Ricky y sentándose en el filo de la cama. Vaya, le gustó la cara
de incomprensión que había puesto el muy bastardo. Parecía que por fin se daba
cuenta que era una persona y no un maldito vibrador.
Ricardo sintió frío ante la
pérdida del enorme calor que Alejandro le proporcionaba, pero lo que más echó
de menos fue su presión, los empujes y el ligero placer. Le lanzó una mirada
recriminatoria cuando ahora, con menos ganas de
bromear, prestó atención a lo que Fran le decía.
Frunció el ceño.
—Sí, sí. Lo sé —de repente, su
cara se transformó en una de indudable incredulidad—. ¿Qué? ¿Anoche? Joder… me
podías haber llamado antes.
Alejandro intentó entender
parte de la conversación, mientras acariciaba lentamente su erección para que
no se bajara. Ricardo parecía feliz por algo, transformándole la cara en una
mueca muy poco habitual.
La suave sonrisa de Ricky
consiguió que Alex se desprendiera de su frustración y se colocara de nuevo en
la cama, al lado de donde su amante seguía tendido. Continuaba sin escuchar la
conversación, pero era agradable ver las diferentes expresiones que ponía.
No supo por qué, pero ese lado
también le calentaba, y joder… habían estado follando hace unos segundos. El
calentón no se le iría así como así.
Acarició con su mano el pecho
de Ricky, rozando el ligero vello castaño que lo cubría, recibió un meneo de
cejas y una sonrisa, a lo cual Alejandro no pudo evitar corresponder con otra.
—¿Eh? —Ricardo soltó una fuerte
carcajada—. ¡No me digas! Has tardado varios años en cumplir, pero que no se
diga, una vez que lo has hecho te has portado como todo un hombretón. ¡Di que
sí!
Alejandro seguía sin captar
nada, pero el estado de ánimo de Ricky era contagioso. Bajó su mano un poco
más, dándole una rápida sacudida a la polla de Ricardo, el cual no pudo evitar
soltar un ligero ronroneo. Para su sorpresa, levantó el pulgar y asintió con la
cabeza.
Trabajo bien hecho.
Alejandro no pudo evitar, ahora
sí, reírse como un imbécil, tocándole seguidamente con más suavidad, con
movimientos rítmicos pero controlados. Ricky continuó hablando con Fran, pero
se notó que su voz cambiaba. Después de unos pocos segundos y que Ricardo se
revolviera y apoyara la cabeza contra la almohada lamiéndose los labios,
suspiró y decidió dar por terminada la llamada.
—Ey, Fran, tío. Estoy a mitad
de un polvo, así que… colgamos o si lo prefieres, te puedo dejar el manos libres. Sé que hace mucho que no
mojas, con eso del embarazado y demás… puedes hacerte un apaño a mi costa,
después de todo… es una fantasía que siempre he tenido.
Alejandro iba a protestar y ya
tenía los dedos preparados para darle un fuerte pellizco al sinvergüenza ese,
cuando a diferencia del resto de la conversación, el «que te jodan» de Fran se
escuchó alto y claro.
Ricky alzó el móvil y se lo
puso justo sobre la boca cuando gritó:
—¡Eso es lo que quiero! —y
colgó. Con toda la tranquilidad del mundo, se giró hacia Alejandro y se acomodó
a su lado, a todo lo largo de su cuerpo, por supuesto, sin dejar que quitara la
mano con la que enfundaba su necesitada erección—. Y ahora… a lo nuestro.
Alex no sabía si reír o gritar,
no tenía palabras para definir a Ricky.
—Eres un completo diablo.
Ricardo hizo un ruidito curioso
con la garganta. El brillito malicioso volvió a sus ojos y Alex no tuvo tiempo
para prepararse cuando ya lo tenía sobre él. Ambas caderas presionadas, sus
pollas frotándose juntas. Ricky acarició el pecho de Alejandro, entrelazando
sus dedos con el vello negro y rizado que poblaba su torso.
Estiró bruscamente de la punta
de uno de los oscuros pezones, antes de bajar y susurrarle lenta y
provocativamente al oído:
—Puedo ser mucho más malo que
esto, cariño —Ricky separó sus piernas para poder sentarse sobre las caderas de
Alejandro, moviéndose eróticamente de adelante hacia atrás, despacio,
rozándose, presionando con la palma de su mano ambas pollas juntas sobre el
estómago de Alex—. He tenido cinco meses para darme cuenta de que no hay
inhibiciones contigo, no tengo que reprimirme, asustarme o tener vergüenza. Tú
no vas a criticarme, no vas a reírte ni a fingir —bajó su cabeza para besarlo.
Alejandro no tardó en pasar las manos por su cintura y devolverle el beso.
Frotando sus labios, haciendo sonidos mojados, uniéndolos en varios toques, una
y otra vez, hasta que Ricky le dio un último lametón y volvió a alzarse—.
Supongo que… estoy a gusto contigo, más de lo que nunca
he podido estar con ninguna de mis anteriores parejas.
Alejandro no sabía que decir,
estaba caliente, emocionado, y ahora se sentía el hombre más pleno del mundo.
Que un tipo como Ricardo le dijera que era el mejor amante que había tenido
era… era… maldita y jodidamente impresionante.
—No tienes que preocuparte por
nada mientras estés conmigo. Yo… yo intentaré que tú...
Ricardo colocó un dedo sobre
los labios de Alejandro, impidiéndole que continuara. Negó con la cabeza y
volvió a acomodarse. Relamiéndose los labios mientras alzaba el culo.
Alejandro miró hacia abajo,
esperando, sintiendo como su respiración se volvía ahora un poquito acelerada.
¿Qué iba a hacer Ricky? ¿Qué
pretendía? O… lo más importante: ¿iban a follar?
Amaba esa posición, sentir a
Ricky cabalgarle era el puñetero cielo.
No quiso saber la respuesta,
cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, esperando. Sintió el movimiento,
como Ricardo agarraba su erección, como la rozaba contra algo caliente,
rodeando su punta.
¡Oh Dios… la frotaba contra sus
pelotas!
Alejandro jadeó y volvió a
mirar, no pudo evitarlo.
Soltó un siseo ardiente cuando
observó como Ricky se frotaba la parte baja de su ingle con su polla, para
después deslizarla más atrás, mucho más atrás. El primer momento de estrechez
sobre la punta de su erección hizo que Alex apretara la mandíbula, para
después, gruñir bruscamente cuando la sintió apretujada y metida entera en el
interior de Ricky.
Una risita por parte de Ricardo
llamó su atención, pero la había escuchado muy lejana. Realmente estaba
demasiado cachondo para hablar o enfocarse en algo.
Pero si creía que ahí acababa
todo, la llevaba clara. Ricky comenzó a moverse, saltar sobre él, menear su
trasero hacia todos lados, seguramente, buscando el punto que le diera mayor
placer.
Alejandro se tensó de golpe
sobre la cama, llevando involuntariamente las manos hacia la cintura de Ricky,
ayudándolo a caer sobre él.
—Hostias… ¡joder, joder, joder!
—gritó Alex, agitando también sus caderas hacia arriba, rápido, fuerte.
Ricardo gimió, escapándosele un
risita sexy y sensual. Apretó bien las rodillas contra la cama y siguió
subiendo y bajando sobre Alejandro.
¡Oh sí, eso era. Justo ahí!
Ricky se acarició el pecho,
bajando hasta envolverse con ambas manos su erección. Comenzó a sacudírsela con
fuerza, meneando sus caderas y bamboleándolas, buscando ese placer, ese punto.
Ahí estaba, podía sentirlo, sus dedos se encresparon contra su erección,
masturbándose más rápido, con un movimiento más enloquecido.
Alejandro respiraba
bruscamente, viendo las volutas de vaho salir de su boca. Pero el frío no hacía
mella en él, era imposible. Tenía a Ricky totalmente cachondo y saltando sobre
sus caderas. Con una mueca desesperada en la cara, ojos cerrados, boca abierta,
y esa mano, esa mano que no paraba de agitarse, frenéticamente.
Alzó sus caderas y arremetió
duro contra ese culo que no cesaba de bajar sobre él. Gritó y se aferró con más
fuerzas a sus caderas. El apretón que recibió estrujándole la polla a los pocos
minutos, casi lo mata, Ricky se estaba corriendo, estremeciéndose como loco,
gimiendo con unos malditos sonidos roncos y alargados que opacaban los mojados
y chorreantes ecos de sus embestidas.
El cuerpo de Ricardo ya estaba
un poco más flojo cuando Alejandro lo abrazó con fuerza, echándolo sobre él.
Comenzó unas rápidas embestidas mientras sentía aun los estremecimientos de su
amante. Que placer, que gusto. Alex arremetió con fuerza y fue solo un tiro, un
golpe en sus sentidos lo que provocó que todo estallara.
Gruñó desesperado y sintió como
todo su fuego líquido era trasladado al cuerpo de Ricardo. Como lo llenaba, y
los músculos internos le agarraban con fuerza.
Bufó con ímpetu cuando cayó
sobre la cama, y posteriormente tomó aire, estaba casi muerto. Ricky todavía se
mantenía sobre su pecho, con ambas piernas abiertas rodeándole la cadera.
Después de unos minutos de
descanso, Ricky volvió a reír.
—La hostia puta —bromeó,
mientas se levantaba y con el antebrazo se limpiaba la frente—. ¿Quién suda en
invierno?
Alejandro alzó una ceja y no
pudo evitar sonreír.
—Los que se ponen muy
calientes, supongo.
Hubo un silencio, y Alejandro
percibió algo pasar rápidamente por los ojos de Ricky. Lo conocía lo suficiente
para saber que su amante quería decir algo. Alguna cosa rondaba su mente, y era
algo que no sabía muy bien si compartir con
Alex. Pero por eso mismo, porque lo conocía, también sabía que era mejor no
preguntar. Si Ricky no decía nunca nada bueno, lo que se callaba era aun peor.
Así que… mejor mantener la boquita cerrada.
—Una ducha —dijo Ricardo de
repente, levantándose del regazo de Alejandro y yéndose hacia el cuarto de baño
que había dentro del dormitorio.
Alejandro se alzó, sentándose
en la cama y mirándose su polla ahora flácida. Suspiró. Las folladas eran
impresionantes, pero mantener una buena relación con Ricky no era tan fácil.
Arrastró su culo hasta llegar
al filo de la cama y miró el reloj despertador, electrónico y con grandes
dígitos rojos, que tenía en la mesilla de noche al lado izquierdo de la cama.
Era solo las ocho de la mañana.
—¿Para qué llamó Fran?
—preguntó, extrañándose un poco por la hora y la conversación que tan feliz
había puesto a Ricky.
Se escuchó el deslizar de la
mampara y después el agua correr.
—¡¿Has dicho algo?! —escuchó
decir a Ricky—. ¡Espera a que termine de limpiarme el culo, que ahora estoy
concentrado y no me entero!
Alejandro sacudió la cabeza y
suspiró. Ese Ricardo era un completo capullo.
Sexy como el infierno, pero un
capullo.
Después de unos segundos de
duda, cogió de la mesilla dos calzoncillos limpios y se acercó a la puerta del
baño.
Hasta Ricky sabía que iba a
ducharse con él, pero siempre le dejaba unos minutos para que se aseara ciertos
sitios antes de entrar. Por mucha confianza que hubiera ya en este punto, entre
ellos, siempre dejaban algunos momentos de privacidad, por si acaso. O bueno,
puede que Ricardo no lo hiciera, pero Alejandro intentaba ser un poco
considerado.
Nunca sabías cuando Ricky se
podía sentir insultado y voltearse con un buen puñetazo.
—Te he dicho: que para qué
llamo Fran.
Desde allí, podía ver la
silueta de Ricky a través de la semitransparente mampara. En ese momento, y
haciendo verídicas las palabras anteriores, se estaba limpiando el trasero.
Sí, señor.
¿Lo estaba intentando provocar?
Porque Alex dudaba que pudiera con otro asalto.
—Mi hermana ha dado a la luz.
Anoche. Gemelos.
Alejandro abrió la boca y se
acercó al lavabo, sujetándose a él con una suave sonrisa.
—Joder, gemelos —susurró algo
sorprendido—. ¿No lo sabías?
—¿Lo de los gemelos?
—Ajá —respondió Alex,
decidiendo que era el momento y abriendo la mampara para meterse dentro.
Ricardo le hizo sitio, cogiendo
la botella del gel y lanzándosela a Alejandro.
—Pues no. Según Fran, era una
sorpresa. Ni él lo sabía. Elisa se lo estuvo guardando todos estos meses. Es
una jodida perra… aunque ya decía yo que estaba enorme.
Ricky se frotó el cabello,
juntándose bien el champú y revolviéndoselo hasta llegar a la nuca.
Alejandro aspiró el aroma
afrutado y cerró los ojos. Le gustaba mucho, demasiado. Siguió lavándose, ahora
él, su propio cuerpo, para que su mente no volviera de nuevo a cauces oscuros y
peligrosos.
—¿Una jodida perra? —preguntó
Alex graciosamente, pasándose las manos llenas de gel por las axilas para
posteriormente llegar a sus costados—. Os parecéis.
Ricardo abrió la boca con una
graciosa mueca ofendida, para después darle una palmada en el pecho a Alex, con
el revés de la mano.
—Vaya, no sabía que para ti era
una jodida perra. Creo que es lo más romántico que me has dicho nunca.
Alejandro chisteó con la
lengua, pasándose ahora su mano por la entrepierna y el trasero. La espuma
embadurnando todo su cuerpo.
—Me refiero a ese gustito por
las bromitas y las sorpresitas. A veces podéis ser muy petardos.
Ricky sonrió, acercándose a
Alex y frotándole la espuma del pecho con ambas manos. Después se apoyó
cómodamente contra su cuerpo y le dio un lametazo en la barbilla.
—No voy a negarlo. Pero yo sé
lo que a ti te gustan mis sorpresitas —sonrió
más ampliamente cuando Alex puso un gesto de rendición. Tampoco es que pudiera
negarle eso. Así que simplemente, Ricky se separó, colocándose bajo el chorro y aclarándose el pelo—. ¿Vas a venir
conmigo al hospital?
Alejandro alzó las manos para
frotar el pelo de Ricky, con cuidado de que no cayera espuma sobre sus ojos.
Deslizó los dedos entre el fino cabello, ahora un poco más oscuro al
encontrarse mojado, y pasó una mano por su frente, con suavidad.
—Por supuesto, después de todo…
es el único sobrino que tengo —dijo tosiendo, mientras se alejaba un tanto
avergonzado por concederle ese punto a Ricky.
Para sorpresa de Alex, que
esperaba alguna risita o respuesta burlona, Ricardo sonrió. Sanamente, que era
lo peor. Dándole un golpecito amistoso en el pecho con el puño cerrado antes de
salir de la ducha.
—Te espero fuera… «tío»
—susurró graciosamente.
Alejandro hizo un ruidito de
asentimiento y quedó bajo el chorro de la ducha. Demasiado avergonzado, y
tontamente feliz, para moverse.
¡Como quería al maldito
bastardo!
* * * * * * * * * * * * *
Ricky miró
hacia el pasillo antes de apoyar la mano en el pomo de la puerta cerrada.
¿Dónde diablos se había metido Alejandro? Habían llegado juntos, estaban
hablando y de repente, se había girado y Alex ya no estaba.
Podía haberlo
buscado, pero tampoco estaría muy lejos, suponía.
Cogió el pomo
de nuevo, sin girarlo, todavía pensativo.
Se estaba
comportando un poco neurótico con Alejandro. Por lo menos, ya había reconocido delante
de sus amigos que eran pareja, y aunque a veces, pareciera que seguía
avergonzándose de alguna que otra cosa que decía, casi podía asegurar que Alex
lo había aceptado por completo.
Bufó ante su
pobre auto convencimiento, pero no había ninguna razón por la que sospechar que
le estuviera poniendo los cuernos. Tampoco que se hubiera cansado y quisiera
volver de nuevo a las mujeres.
¡Por Dios, si
iba a resultar que el rol que jugaba en la relación le venía mejor de lo que
hubiera pensando! Si, sin duda, se estaba comportando como una mariquita
celosa, y en cierto modo, le hacía gracia.
¡Oh, si Alex
sabía lo que le convenía, que se abstuviera de ir de picos pardos por ahí, porque como se enterara…!
Bueno, bueno,
aunque disfrutaba mucho de su morbosa imaginación repleta de sangre, entrañas y
órganos irreconocibles, ahora lo que le interesaba –sin contar las dudillas
sobre el otro bastardo– era entrar ahí y ver esos dos bichitos que habían
venido al mundo.
Nunca imaginó
que la idea de tener dos sobrinitos le hiciera tanta ilusión.
Golpeó la
puerta, y por fin, giró el pomo, asomando solo la cabeza en vez de entrar a la
habitación.
Sonrió
ampliamente cuando vio a su hermana Elisa, sentada en la cama, acurrucada entre
las mantas por el frío. El cabello rubio le caía suelto y a su aire sobre los
hombros, tenía los ojos almendrados entrecerrados y brillantes, sus mejillas
sonrojadas… simplemente, Ricky no tenía palabras para describir lo hermosa que
se veía.
Ella le sonrió
y movió un poquito los brazos, mostrándole un bultito bien envuelto en una
manta de color azul. Desde allí no podía verlo bien, pero el sentimiento
surgió: un calorcito, una ilusión que le formó una sonrisita tonta en la cara.
—¿Dónde están
los monstruos? —intentó bromear, para que no se le notara que le habían tocado
la vena sensible.
—Entrando por
la puerta —contestó Fran, con una expresión un tanto contradictoria, ya que
mantenía el ceño fruncido pero las comisuras de los labios elevadas.
¿Estaba feliz
o mosqueado? Ricky no podía asegurarlo y eso solo le dio ganas de reír.
Por otro
lado, se carcajeó falsamente y le enseñó el dedo especial a su cuñado. Suponía
que con eso, ya lo había dicho todo. Fran, en cambio, se encogió de hombros y
miró al bultito que también cargaba entre los brazos. Estuvo claro, se lo
hubiera devuelto si tuviera las manos libres y ya era muy mayor para seguirle
el juego y sacarle la lengua.
Ricky se
hubiera conformado con un guiñito.
Elisa sacudió
la cabeza, como si las bromas entres ambos hombres no tuvieran importancia.
Hizo una mueca a su hermano y le animó a que se acercara.
—Ven, mira. A
ver a quién crees que se parece…
Ricardo no
quiso reírse ante el comentario, así que simplemente se acercó a su hermana y
le dio un beso en la frente antes de asomarse a mirar al bebé.
Tenía una
carita pequeña y redondita pero su color era algo amoratado, sus ojos mantenían
una forma alargada. Ricky se mordió el labio, era feo como el infierno.
¿De verdad,
que tenía que sacarle parecido a la cosa esa?
—Esto… —dijo
dudoso, intercambiando miradas con Fran, quién ya suponía lo que su cuñado
estaba pensando. Después de unos segundos suspiró, ¿qué más daba?—. Elisa yo…
lo siento pero… si fuera mi hijo, lo echaría al váter y tiraría de la cisterna.
Dios… es la cosa más fea que he visto en mi vida.
—¡Oye! —gritó
Elisa sorprendida, mirando a su hermano con unas graciosas cejas fruncidas,
después giró bruscamente la cabeza hacia su marido—. Fran, ¿estás oyendo lo que
dice de tu hijo?
Fran tosió,
para después mirar al otro niño y alzar una ceja. Parecía estar pensándolo
mucho, cosa que solo cabreó más a Elisa.
—Creo que
sigo pensando que se parece a Ricardo.
Ricardo abrió
la boca, ¿a él? ¿Esas cosas se parecían a él?
—¡Y un demonio!
Se parecerán a su padre.
—Se parecen a
su tío.
Elisa no
sabía si enfadarse o reírse. Estaba demasiado cansada, ni siquiera para entrometerse o pensar que decir, así
que intentó disfrutar de la pelea mirándola con buen sentido del humor. Después
de todo… se trataba de su hermano y todos sabían que su cerebro funcionaba de
forma diferente a lo normal.
Las frases
tontas y las risitas siguieron hasta que se escuchó un crujido venir de la
puerta.
Alejandro
había entrado despacio, intentando no hacer ningún ruidito innecesario ya que
no sabía, a ciencia exacta, que se cocía dentro, aunque por los gritos que
había escuchado desde el otro extremo del pasillo, lo que era durmiendo… no,
seguro.
—Hola… ¿qué
ocurre?
Elisa le
devolvió el saludo, pero terminó suspirando.
—Pasa, y
ayúdame un poco con estos dos idiotas.
Fran y
Ricardo se miraron, algo contrariados por el adjetivo que había soltado Elisa.
Sin embargo, a pesar de que Fran se reacomodó en su silla y que Ricky se sentó
en la que tenía justo al lado, ambos no pudieron resistirse a decir la última
palabra.
—Se parecen a
ti —soltaron a la vez.
Alejandro
parpadeó un par de veces y se cruzó de brazos. En un primer momento, había
pensando en acercarse y felicitar a la nueva mamá pero, ahora, se sentía un
poco fuera de lugar.
—¿Os estáis
peleando por a cuál de los dos se parecen más los bebés? —era una pregunta,
pero el tono incrédulo dejó plasmado lo ridículo que Alex encontraba tal hecho.
Elisa sacudió
la cabeza y con algo de pena, dijo:
—En realidad,
se están peleando por cuál de los dos es más
feo.
Alejandro
metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros, a la vez que intentaba no
mostrar mucho de sus pensamientos a través de la expresión de su cara. Es
decir, lo primero que creyó, es que estaban hablando de los niños, pero después
pudo deducir que en realidad, se trataba de otros dos niños más adultos.
Dio unos
pasos hasta colocarse al lado de Fran, asomándose para poder ver al bebé.
Apretó la mandíbula para no soltar una carcajada. No sabía que decir, que no
sonara lo suficientemente insultante, para evitar que Elisa se cabreara. Pero
ahora entendía el énfasis que tanto Ricky como Fran habían usado para ganar la
mini pelea.
Gracias a
Dios que no compartían sangre.
Cuando
percibió la mirada de los tres presentes en él, Alejandro se vio un poco
acorralado, pues todos esperaban que dijera algo.
Bien, vale…
¿y ahora qué?
No podía
decir que tenía mejillas regordetas porque más que bebés parecían conejos,
tampoco podía hablar de sus ojos, que parecía dos almendras o su colorcito, ya
que estaban amoratados.
—Esto…
parecen… que tienen… han nacido con poco pelo, por lo que veo.
Ricky se echó
una mano a la boca, girándose e intentando que la risotada no escapara. Aunque
se notaba a leguas que estaba conteniéndose.
Fran asintió
conforme con lo dicho por Alejandro, y Elisa, la pobre, volvió a suspirar.
—Agradezco tu
intento de ser considerado. Vale, no son los bebés más bonitos del mundo, pero…
no sabéis lo que me ha costado parirlos, ¡joder!
Alex reposó
el peso en un pié y en otro, sin saber que decir, la actitud de Ricky ahí, casi
muerto de la risa, tampoco ayudaba. Respiró hondo, y sin pensárselo mucho, se
acercó a la mujer y le dio un suave beso en la mejilla.
_—Felicidades,
mamá. Y tranquila, supongo que… bueno, acaban de nacer, ellos están bien y tú
también, creo que eso es todo lo que importa.
Elisa no pudo
evitar sonrojarse, agachando la cabeza y apretando al bebé contra su pecho.
Parecía una tonta con esa reacción, pero había sido malditamente dulce viniendo
de un tipo grande y duro como Alejandro.
—Gracias,
vaya… eso sí que es una bonita felicitación —miró acusadora a su hermano, con
un claro ceño fruncido—. Deberías aprender, que he pasado lo mío para que
salieran estos dos.
—Sí, sí…
—soltó Ricardo, bastante sorprendido de que la acción de Alex le hubiera
molestado un poco. ¿Ahí iba de nuevo? Se estaba convirtiendo en un imbécil, o
puede que estuviera algo… frustrado. Sonrió internamente de forma malvada y se
recreó en la pervertida imagen mental que le vino a la cabeza. Puede que
supiera la manera de desfogarse. ¡Oh! Ahora que pensaba en eso… giró el cuerpo
hacia su hermana y apoyó ambos codos en la cama, mirándola con un brillito
entre gracioso y pillín, en los ojos—. Para echar estas dos cosas por ahí… —dio
un cómico repelús—, me imagino eso de sacar un melón por un hueco del tamaño de
una aceituna y... ¡Ay! —volvió a sacudirse en la silla.
—Dos melones
—agregó Elisa medio riéndose—. Creo que no voy a volver a quedarme embarazada
en la vida, es hermoso pero… ¡Dios, creía que iba a reventar! ¡Que me iba a
morir! —la mujer negó con la cabeza, aunque su tierna mirada no se separaba de
la carita de su bebé—. Creo que con estos dos niños ya tengo más que
suficiente.
Fran no podía
dejar de pensar en melones y aceitunas, sin saber si debía sentirse
escandalizado o, por el contrario, sorprendido por la tan específica, pero a la
vez verídica, comparación.
Eso también
le trajo otro recuerdo, una vieja rencilla mañanera que había tenido con el
bastardo de su cuñado y que todavía tenía que cobrarse.
—Hablando de
cambiar tamaños, tu deberías saberlo bastante bien, ¿no, Ricardo? —Fran no se
inmutó con la cara impresionada de su mujer o el color encarnado que había
cubierto las mejillas de Alex—. Aunque en realidad, supongo que no se puede ni
comparar, ya que… por lo que pude escuchar esta mañana, estabas en la puñetera
gloria…. ¿verdad? —y encima terminó con un tono de lo más inocente.
Alex sintió
que le metían un balazo en toda la frente, o puede que más bien un cañonazo,
ahora mismo no estaba muy seguro. Fran siempre le había tenido ganas a Ricky,
pero este golpe había estado muy bien encajado. Tanto que hasta él mismo, se
había sentido avergonzado, que diablos… era culpa de Ricardo, después de todo…
siempre estaba pidiendo esas pullitas
a bocajarro
con lo bastardo que era.
Ricardo, a
diferencia de su pareja, parecía más divertido que otra cosa. Sonrió
maliciosamente y se cruzó de brazos, alzando la vista de forma altiva hacia Fran.
—¡Una broma
de maricones! Creía que nunca la harías. He estado esperando todo este tiempo,
pensando en miles de réplicas, pero desgraciadamente, la gente que me rodea es
demasiado tolerante… ains… —parecía
hasta desilusionado y Alejandro sintió unas ganas horribles de pegarle una
colleja por eso—. Bueno, como bien dices, no tiene comparación. Puede que Alex
se menee muy bien, o simplemente que ya tiene el puntillo cogido. El caso, que
cuando me la met…
—¡Ya, hombre!
—gruñó Alex, colocándose rápidamente detrás de Ricky y casi cayendo en el
camino para poder taparle esa maldita boca—. Nada de bromas sobre maricones, ni
tamaños de agujeros, ni nada parecido… ¡por el amor de Dios! —suspiró—.
Deberían darme un sueldo solo por intentar domesticarte, bastardo.
Ricky se
quitó las manos de la boca en dos estirones, antes de sonreírle y guiñarle el
ojo.
—¿Domesticarme?
¿Soy un animal? ¿Es por eso que la posición que más te gusta es la del perrito?
¿No es esta la segunda vez que te acuso de zoofílico?
Alejandro
notó como su mandíbula caía.
¡Pero… ¿con
que habían criado a ese capullo? ¿Con leche o whisky? Porque realmente le había
afectado al cerebro!
—Eres un
completo gilipollas, pero me conformo con que te quedes callado durante unos
cinco minutos, ¿vale? Ahora respira hondo e intenta encontrar las neuronas que
te faltan o tendré que buscarte un maldito bozal antes de que me vuelvas loco.
Ricky lo miró
fijamente y Alex tragó saliva, sin saber si se había molestado o algo parecido.
Mierda, y eso que había estado intentando, durante todo el último mes, calmar
los vientos para que su relación fuera bien.
Al final, y
para su completo alivio, Ricardo le sonrió, pero el brillito malicioso en sus
ojos no desapareció. Eso no era bueno, para nada.
—Un bozal… no
sabes todas las cosas que se me ocurren para utilizarlo, si cogemos y te lo
atamos en…
—¡Ya! —gruñó
Alex, sintiendo los ramalazos de calor perforándole los carrillos.
Ricky se
encogió de hombros y se giró hacia su hermana, sonriéndole inocentemente,
aunque no engañaba a nadie, vaya.
—¿Quieres
cogerlo? —preguntó Elisa, intentando cambiar la conversación. Solo obtuvo una
sacudida de cabeza y las manos en alto: Ricky parecía tener delante todo un
arsenal apuntándole.
—Oh, no. Ni
hablar. Yo no cojo esa cosa. ¿Y si se me cae? Vamos… lo desarmo. Aunque bueno…
tampoco creo que quedara mucho peor, pero no. Me abstengo.
Otra vez
estaba Alex tentado a pegarle una buena colleja. Puede que lo del bozal no
fuera tan mala idea… después de todo.
Elisa puso cara
decepcionada, dándose por vencida con su hermano cuando el bebé se removió un
poquito, y empezó a lloriquear, pero suavecito, para nada de forma escandalosa.
La mujer intentó mecerlo pero por desgracia, el otro bebé también se hizo eco,
así que al instante ya tenían una verbena montada.
Alejandro
puso cara de circunstancias, pues… por un lado estaba Elisa intentado callar a
su bebé, y por otro Ricky, riéndose de los desastrosos esfuerzos de Fran. Sus
maniobras parecían algo peligrosas y torpes, y Alex se sorprendió así mismo
acercándose a Fran en un impulso, extendiéndole los brazos con una expresión
decidida.
—¿Me
permites?
No había
palabras para describir la cara de tontaina
que se le quedó al pobre hombre, sin embargo, se levantó y dejó que Alejandro
se sentara en la silla antes de pasarle al niño. Pero ahí no quedó todo, nadie
escondió su asombro cuando a los pocos minutos, el bebé que Alex tenía pareció
dejar de berrear, convirtiéndose en un lento lamento que poco a poco fue
cesando.
—¡Oh,
gracias! —expresó Elisa, que ahora, después de la preocupación del momento, se
le empezaban a notar los rastros de cansancio por la actividad nocturna. Cuando
el bebé que mantenía en sus brazos, también pareció calmarse, la pobre mujer
suspiró—: gracias a Dios.
Alejandro le
sonrió, y miró al bebé que sostenía, balanceándolo suavemente. Le acarició la
carita y le puso un dedo en el labio inferior, el niño no tardó en mover su
boquita, aunque los ojitos seguían cerrados.
Era una
imagen hermosa, Ricky que estaba justo frente a Alex, no sabía cómo describir
la escena. Es verdad que a un hombre como Alejandro, no le pegaba para nada
tener a un bebé encima, y sin embargo, se veían extrañamente… compatibles. Como
si les envolviera una aura serena, tranquila, y hasta casi se arriesgaría a
decir… dulce.
La expresión
tierna de Alejandro fue lo que más le llamó la atención.
—Alex tío,
creo que… es una tontería pero… juro, que en este momento, te pareces a la
Virgen María —lo peor de todo, es que la broma salió tan seria que ninguno pudo
ni reírse.
Elisa y Fran
se volvieron hacia Ricardo con la boca abierta, ¿pero qué clase de comparación era esa?
—Vete a la
mierda —fue la única respuesta de Alejandro. No perdió su tiempo en ponerle más
atención al bastardo de su novio. De todas formas, Ricky sería un capullo hasta
el final de los tiempos.
Ricardo se
sintió un poco molesto porque lo ignoraran, después de todo, esta vez, no había
sido una broma. Solo había dicho lo primero que le pasó por la mente al ver a
Alex tan cómodo con el bebé en brazos.
Era una
imagen bonita, si… pero ahora que se paraba mejor a replanteárselo, había algo
que también le molestaba. Eso y que se estaba haciendo tarde para algunos
recados que tenía pendientes para mediodía.
Estaba a
punto de levantarse con una rápida despedida –ya que, de todas formas, pensaba
volver después de comer– cuando dos golpecitos en la puerta volvieron a sonar.
Vaya, pues si
que estaba concurrida la nueva mamá.
Cuando se
abrió la puerta, y la hermosa mujer entró al cuarto, Ricky sintió como todo su
día se iba al demonio. Con lo bien que había empezado y al infierno con todo.
María entró
despacio, sonriéndole a Elisa y agachando tímidamente la cabeza, ofreciendo un
simple «Hola» y «Felicidades» a los nuevos padres.
Ricardo la
observó flotar, casi literalmente, por el cuarto.
Sus
ondulaciones castañas meciéndose a su espalda, acentuando más si cabe el pedazo
de escote que llevaba. Inocente, no sabía si reírse o no, esa tipa se las daba
de tierna y dulce, pero para Ricky no era más que una lagarta, como poco.
¿Cuántas
veces había llamado a Alejandro desde que… por casualidad, había encontrado un
trabajo en la capital y se había mudado en menos de un par de días?
Esta tipeja
quería lo que quería, vamos si no lo sabía bien él.
Todavía
recordaba la última vez que se atrevió a llamar.
Ricky la
había amenazado, con dulces y suaves palabras, con arrancarle la cabeza si
seguía oliéndole el culo a Alex. Le había quedado más suave de lo que en un
principio hubiera querido, pero la tipa no era fácil de manejar para él, no
estaba acostumbrado a las ovejitas ingenuas que conseguían lo que querían con
ojitos llorosos.
María se
colocó al lado de Elisa, hablando ambas sobre el bebé y toqueteándolo. Pero
vamos, Ricardo tendría que estar ciego para no darse cuenta de las coquetas
miradas que la mujer le lanzaba a Alejandro, y como este le sonreía bobalicón.
¿A quién le
pegaría antes?
—Antes…
espera. —Alejandro meció un poco al niño, que de repente, había empezado a
hacer soniditos que amenazaban con terminar en llanto—. Antes me pareció verte,
yendo en dirección a la cafetería, pero cuando
te seguí, ya no supe por donde habías tirado.
¿Con que sí,
eh?
Ricardo tenía
ganas de coger Alex y darle un par de puñetazos en esa cara de tonto enamorado
que tenía. La respuesta de ella, fue suficiente para terminar de repatearlo.
—Aproveché
para comprar una bolsa de pipas, después fui a los servicios. Por eso,
seguramente… no me encontraste. Es una pena, podríamos haber venido juntos
—susurró delicadamente, haciendo como la que le hacía muecas al bebé cuando
esas sonrisitas, iban claramente, dirigidas a Alex.
¿Venido
juntos? ¿Pero es que no lo estaban ya?
Ricky tomó
aire y apretó el puño, intentando respirar tranquilamente para no hiperventilar
del coraje. Pero era superior a él. No solo sabía que esa tipa quería atrapar a
Alejandro a como diera lugar, sino que encima, este parecía completamente
acorde con el bebé. Ellos tres juntos, asemejaban un bonito matrimonio.
Quería matar
a alguien.
—María me ha
dicho que hace mucho que no os veis, creía que os mantendríais en contacto una
vez que ella se mudara, pero… —dejó caer inocentemente Elisa, ignorante de
donde en realidad se estaba metiendo.
María hizo
señales a su amiga para que dejara la conversación pero, por la cara que puso
Elisa, se veía a leguas que no entendía que quería decir la muchacha.
Alejandro no
tardó en defenderse, con suavidad, pero dejando en evidencia que él también se
había sentido decepcionado por ello.
—Al principio
nos veíamos una vez al mes, pero después dejó de llamarme. Todavía tengo metido
en la cabeza, que tuve que ofenderte de algún modo para haber cortado la
comunicación tan tajantemente. —Alex bajó la cabeza y apretó la mandíbula, un
poco contrariado—. Si hice algo para… molestarte, lo siento.
María negó
con las manos, moviendo la boca sin que ninguna palabra escapara de ella. En
realidad, no sabía cómo defenderse. Sus ojos se giraban inconscientemente hacia
Ricky, no había odio en ellos, solo confusión y… nerviosismo.
Ricardo, por
supuesto, la ignoró, aunque reconocía que el desistimiento de la chica para
delatarlo, había hecho que le cayera un poco mejor. Lo que sí que no esperaba, es que Alejandro lo mirara de repente,
con una ceja alzada y expresión de estar pensando mucho. Casi podía ver los
engranajes moverse en su cabeza.
Oh, oh.
—¿Qué has
hecho, Ricky? —Alejandro se levantó despacio, pasándole delicadamente el bebé a
Fran, y andando unos pasos hacia su pareja. Se miraron directamente a los ojos
por unos segundos. Ricky desvió la mirada y Alex, por supuesto, no lo pasó por
alto—. ¿Le has dicho o hecho algo a María?
Elisa parecía
querer meterse en la conversación para defender a su hermano, pero Fran le negó
con la cabeza cuando sus ojos se encontraron. Era mejor quedarse al margen. Por
otro lado María, si que se adelantó unos pasos, aun dudosa de si entrometerse o
no.
—Ricardo no
me ha hecho nada —dijo suavemente María, posando una mano sobre el brazo de
Alex, apretándoselo para que la escuchara—. Entiendo y respeto todo lo que me
dijo esa vez. Es normal que cuando tienes esa clase de relación con otra
persona, no quieras que nadie venga y se meta por medio. Yo… —la mujer se sonrojó
un poquito, sin saber cómo continuar—, juro que no sabía que erais amantes, no
entendí mucho de lo que pasó en la Feria Real, pero… nunca pensé que las
cosas fueran así entre vosotros. Cuando… Ricardo me habló de esa forma, es
verdad que me preocupé mucho, pero Elisa me contó lo de vosotros y entonces lo
entendí —sorpresivamente, María se volvió hacia Ricky y bajó la cabeza, parecía
avergonzada y sumamente arrepentida—. Siento mucho lo que hice, pensé que
Alejandro estaba sin compromiso, así que… perdóname.
Ricky movía
la boca como un pez, sin saber que decir.
Oh, entonces…
¿había estado equivocado? Esa mujer… ¿era tan inocente como parecía? Bueno,
fuera como fuera, el que se sentía arrepentido ahora, en
ese momento, era él.
Sintió como
se ruborizaba un poco, Ricky alzó la mano y la colocó torpemente tras su nuca,
intentando pensar. Tenía muchas dudas diferentes y frases casi formadas en la
punta de la lengua y, sin embargo, seguía lo suficientemente contrariado para
no emitir sonido alguno.
Bufó
ampliamente.
—Todas las
cosas que te dije eran verdad y reconozco, que aunque me pasé tres pueblos, solo defendía lo que es
mío, ¿estamos? No tengo nada contra ti mientras no te metas en los pantalones
de Alex —se limpió la mano en los vaqueros y se la ofreció a la pequeña mujer—.
¿En paz?
La expresión
de María cambio de tristeza a admiración. Bajó la cabeza en un movimiento suave
y dulce, mientras se apretaba las manos. Sus pestañas se balancearon
inocentemente varias veces antes de que, con una extrema timidez, alzara la
mano y la estrechara con la de Ricky.
Fue un toque
suave y rápido, pero Ricardo creyó notar algo de suave coqueteo en la acción.
No estaba mal, ahora que se dejaba de prejuicios y demás, reconocía que la
chica era un puñetero encanto.
—¿En paz?
—volvió a preguntar, extrañado por la rapidez con la María había separado sus
manos. Se veía algo incómoda y su mirada se mantenía baja. Oh, ¿era sensación
de Ricky o en verdad su presencia intimidaba a la mujer? Le picó con un dedo la
mejilla y sonrió malvadamente cuando María se sonrojó un poco más—. ¿No hablas?
—siguió dándole con el dedo—. Guau, esto es divertido —sin duda, esa clase de
actitud alimentaba su vena sádica.
—¡Eh, eh!
—Alejandro se metió por medio, tomando de golpe y porrazo la mano de Ricky y
entrelazando sus dedos. El apretón fue tan fuerte, que dejaba claro que no solo
era un gesto cariñoso—. Supongo que ya está todo dicho, y que no hay porque
echar nada más en cara. Por mi parte todo ha quedado claro —Ricardo parecía
dispuesto a no dejar la conversación, y Alejandro solo le dio otro apretón para
que se callara, aunque esta vez, le echó una mirada más que significativa—. ¿Tú
no tenías que hacer no se qué al mediodía?
Ricky,
primero, no entendió que pasaba, pero después… no pudo más que sonreír.
Así que
Alejandro también tenía sus celillos por ahí escondidos, ¿eh?
Era bueno
saberlo, por supuesto.
Soltando la
mano de Alex, y pasando olímpicamente de María, se arrastró hacia el lado
izquierdo de la cama y le dio un fuerte y sonoro beso a Elisa, apretándola
posteriormente entre sus brazos hasta que la mujer, entre risitas y bromas,
tuvo que decir «basta».
—Vendré
después de comer, ¿te parece bien? —cuando su hermana asintió, agradecida, él
se giró hacia su cuñado—: ¿Fran?
Fran suspiró,
encogiéndose cuidadosamente de hombros, mientras seguía meciendo al bebé.
—Por
supuesto, me viene bien, así no se queda sola. Por otro lado… —y esto iba
claramente para los dos, ya que agregó a Alejandro a la conversación con una
sola mirada—, dejad los espectáculos íntimos para un sitio más adecuado, ¡por
el amor de Dios!
Ricardo tenía
miles de contestaciones en la punta de la lengua, pero esta vez, le concedió el
punto a su cuñado. Le sonrió socarrón y le guiñó un ojo, y eso era todo lo que
le iba ofrecer.
Llegó junto a
Alejandro y esperó unos minutos a que también se despidiera, aunque a leguas se
veía que estaba un poco avergonzado por lo ocurrido. Mientras, decidió
dirigirse a María, con una expresión casual y más serena de lo que hubiera
creído posible no hace ni diez minutos.
—Mantente en
contacto con Alex, esta vez no diré nada, siempre y cuando sea solo amistad,
porque si no… —la miradita malvada hizo que María balbuceara algo
incomprensible y se echara varios pasos hacia atrás—. Bueno, supongo que tú y
yo nos entendemos, ¿verdad?
Ricky notó
dos manos en ambos hombros, y la cabeza de Alejandro se asomó por el lado
derecho de su cuello.
—¿Qué pasa?
—¿Pasar?
—Ricky le sonrió inocentemente, con un gracioso pero delatador movimiento de
pestañas—. Nada, ¿verdad, María?
La chica negó
rápidamente con la cabeza.
Alejandro
suspiró, retirándose de la espalda de Ricardo y cogiéndole de la mano. Mejor
cerca para poder controlarlo que lejos y haciendo a saber qué cosas. Se volvió
unos segundos hacia María, con una pequeña y escueta sonrisa, esa que le hacía
verse tan atractivo y mataba fulminante a las mujeres.
Alex ignoró
el chasquido de lengua de Ricky.
—Esta vez, te
llamaré todas las veces que haga falta hasta que me cojas el móvil.
María se
sorprendió un poco, colocándose el pelo tras la oreja en un tímido gesto.
—Podemos
quedar algún día… para ir los tres a tomar algo. Podríamos… invitar también a
algunos amigos más, o…
¿Qué coño le
habría dicho Ricky a esa pobre mujer para tenerla tan cohibida?
Alejandro
sintió ganas de pegarle todas las collejas que se había estado guardando, sin
embargó, terminó acercándose a María y le sonrió todo lo cálidamente que pudo.
—Por
supuesto, como tú lo prefieras. Te llamo —se giró hacia los otros dos e hizo un
rápido movimiento de mano—. Nos vemos.
La despedida
fue rápida, Ricky aun se entretuvo con algunas frases tontas con su cuñado
antes de que Alejandro pudiera sacarlo de allí, pero al final –gracias a Dios–
consiguieron encaminarse hacia el aparcamiento para buscar el coche.
Alex, todavía
no podía procesar en su totalidad, lo que había ocurrido en esa habitación.
Había estado creyendo durante los últimos meses, que había ofendido a María de
alguna forma, cuando en realidad… fue Ricky quién la amenazó para que no se
acercara a él.
Acercara a
él… Alejandro tosió incómodo ante el pensamiento, aunque ni por esas recibió
atención de Ricky, que parecía bastante enfrascado en un mensaje que acaba de
recibir.
¿Se suponía,
que tenía que sentirse halagado?
Es verdad que
en el momento, sintió los calores subirle a la cara, pero ahora… era más bien
su vanidad la que se estaba inflando. Después de todo, eso solo significaba que
Ricky lo quería.
Lo quería lo
suficiente como para rebajarse y decirle a una mujer que no se le acercara.
Guau, no
sabía si su orgullo masculino se lo hubiera permitido, si hubiera sido el caso
contrario. Estaba seguro que si se tratara de un hombre, podría llegar hasta
golpearlo, pero con una mujer… se enfadaría, pelearía con Ricky, pero… ¿amenazarla?
Guau y más
guau, eso era demasiado.
Le vino a la
cabeza esa tal «Sammy» y como lo primero que hizo después de empezar a salir
juntos, fue borrar su número del móvil de Ricardo. Sus pensamientos se hundieron
en un brusco «puf» y se llevó una mano a la cara.
Vale, ¿qué
mierda decía? Era igual que Ricky.
¿Eso era
bueno…?
Alejandro
estuvo a punto de tener un escalofrío.
Justo en ese
momento, llegaron al coche. Alejandro lo abrió con el mando y se dirigió a la
puerta del piloto, esperando a que Ricardo se acomodara a su lado, antes de
arrancar.
Tamborileó
los dedos sobre el volante cuando, después de salir del aparcamiento y cruzar
casi media ciudad, Ricky seguía sin abrir la puñetera boca. Sus ojos castaños
se giraron hacia el móvil que no paraba de rodar en la mano de Ricardo.
Ahí estaba el
culpable, suponía.
—¿De quién
era el sms?
Ricky
bostezó, estaba acostumbrado a dormir varias horas más por la mañana, ya que
últimamente todos sus turnos eran nocturnos. Pero esa mañana en cuestión,
habían madrugado para hacer cosas mucho más interesantes que dormir.
Ricardo miró
el móvil y se lo metió en el bolsillo antes de contestar.
—Gira en la
calle de la guardería.
Alejandro, que
esperaba alguna contestación a su pregunta, reaccionó tarde a la frase de
Ricky, casi pasándose la calle que le indicaba. Cuando entró en ella y se paró
frente a las enormes verjas de la guardería, soltó el volante de golpe y alzó
una ceja, evidencia suficiente de que no entendía.
—¿Qué quieres
tú de una guardería? Por Dios, con esa personalidad de mierda, tendrías que
tener prohibido acercarte a menos de tres metros de un niño.
Ricky alzó
ambas cejas, riéndose malvadamente.
—Diciéndolo
de esa manera, cualquier pensaría que me estás llamándolo pedófilo. —Ricardo
alzó ambas manos y se echó sorpresivamente sobre el pecho de Alex, acercando su
cara más de lo que sería visto como un gesto casual—. Creo que te he demostrado
bastantes veces, que me gustan más grandes y peludos… específicamente…
-pestañeó significativamente-, todo.
Alejandro
ahogó un gemido. ¿Grande y peludo? ¿Quién o qué?
Tragó saliva
antes de sacar la fuerza de voluntad suficiente, para retirar al muy bastardo
antes de que terminara dejándose llevar frente a una escuela llena de críos.
—A esto es a
lo que me refiero con «personalidad de mierda» y «mal ejemplo para un niño»
—susurró, sintiendo el impulso de no dejar que la totalidad del calor de Ricky
se alejara. Se resistió lo mejor que pudo a echar para atrás el asiento y
subirse sobre Ricardo. De verdad, que el
bastardo lo estaba volviendo loco—. ¿Me puedes explicar qué coño hacemos aquí?
Ricardo se
dejó caer contra el respaldar de su asiento y se rascó relajadamente un muslo
sobre la tela vaquera. Giró la cabeza hacia Alex y lo miró provocador con una
pequeña pero sexy sonrisa. Todo el cabello le caía en la cara, pero el brillo
de sus ojos era suficientemente atractivo para que cualquier quedara mudo.
—¿No quieres
saber a que me refería con grande y… —su mirada bajó al paquete, ahora bien
apretado, de Alex—, peludo?
Alejandro se
revolvió en su asiento, suspirando por el calentón que estaba teniendo. No
aguantó y tuvo que meter una mano en sus pantalones para colocársela mejor, ya
que se le apretaba dolorosamente contra la cremallera.
—No creo que
este sea el lugar ni el momento para hablar de eso —cerró los ojos para no
terminar recreándose en la sexy postura de Ricky y que su duro problema se
incrementara. Era una tentación demasiado grande para él—. ¿Qué hacemos aquí?
—volvió a preguntar, agarrándose a la cuestión como
si fuera una cuerda salvavidas o, por lo menos, la única salida para poder
cambiar la conversación.
La
contestación fue el sonido de la puerta abriéndose y la cabeza de Ricky, ahora
desde fuera, asomándose por la ventanilla.
—Vete para
casa, tengo que recoger a Lolo y llevarlo a casa de Iván más tarde. Julio me
pide pocos favores así que… para una vez que lo hace…
¿El muy
cabrón sabía que tenía que volver solo a casa y aun así, lo puso como una moto?
¡Era un
completo hijo de puta!
Espera un
momento…
Alejandro se
agachó para poder mirar mejor a Ricky por la ventanilla.
—¿Cuándo has
hablado tú con Julio?
Ricky, como
no, volvió a bostezar, respondiendo desinteresadamente mientras miraba la hora
y la puerta de la entrada, supuestamente, esperando a que los niños empezaran a
salir escopeteados de allí.
—Me llamó
ayer por la noche, y en el sms me
recordaba la hora, por si acaso —soltó una malvada sonrisa—. Inesperadamente
buen padre.
Alejandro lo
miró mal por el cruel comentario.
De verdad que
no entendía como esos dos capullos podían llegar a ser amigos. Y el mensaje…
había sido un tonto por sentirse algo amenazado por esa inesperada relación
entre ellos. Estaban hablando de Julio, él y Ricky sería la combinación que
escogería los EE.UU. si alguna vez quisieran destruir el mundo. Y de lejos, vaya.
No había nada
de qué preocuparse… o eso quería creer.
No, por
supuesto que no, ¿cierto?
—Entiendo, da
igual. Te espero en casa, entonces.
Ricky, hizo
un sonidito gracioso con la garganta, evidenciando que había captado las
sospechas infundadas de Alejandro. Alex le frunció el ceño, entre avergonzado y
cabreado, terminando todo ese intercambiando de mueca y sonidos, en una risita
maliciosa por parte de Ricardo.
—Llegaré a la
noche, ya que tengo que quedarme con el niño un par de horas y de paso
aprovecho para comer. Después volveré al hospital, y me quedaré toda la tarde
con mi hermana y sus monstruos.
Alejandro no
le gustaba que por un día que tenía libre, lo malgastara por ahí mientras él se
quedaba matando el tiempo solo y aburrido en la casa. Pero bueno, estábamos
hablando de su hermana recién parida, ¿qué alegato podía usar contra eso?
—Está bien,
nos vemos esta noche —dijo medio suspirando, dándole al botón para elevar la
ventanilla.
Ricky tardó
unos segundos en quitar el brazo, como si quisiera decir algo más. Alex se sorprendió
de la cara seria que había puesto durante unos segundos. Llevaba unos días que
preveía que algo se guardaba, pero Alejandro tampoco quería intentar sacárselo
porque eso, con Ricardo, siempre terminaba mal.
Esperó a que
rodeara el coche, mirándole ya de paso el impresionante culo que le hacían esos
ceñidos vaqueros grises. Cuando entró por las puertas de la guardería y el
jaleo se empezó a escuchar, supuso que los primeros diablos ya se escapaban
corriendo por el patio.
Antes, había
estaba contrariado por el asunto de María, y ahora, estaba nervioso por el
silencio de Ricky.
—Mierda…
—masculló entre dientes, a la vez que quitaba el freno de mano y dejaba que el
coche se desplazara calle abajo.
* * * * * * * * * * * * *
Las nueve de
la noche.
Alejandro
estaba bastante cómodo, totalmente echado sobre el blando sillón de cuero,
viendo un partido de fútbol de la Liga Inglesa, gritando protestas y con una
buena cerveza en la mano.
Solo faltaba
algo…
Ricky.
¿Dónde
diablos estaba ese bastardo a esta hora? Su día libre y lo había dejado
abandonado.
Vaya mierda
de vida en pareja.
Dejó caer la
cabeza en el respaldar del sofá y cerró los ojos.
Estaba
bastante calentito dentro de casa, lo suficiente para solo llevar una camiseta
de manga larga y los mismos vaqueros de la mañana. Ni siquiera había perdido el
tiempo en quitárselos.
Había estado
esperando a Ricky para ducharse. Era en lo único que podía pensar después del
calentón que había tenido en el coche. Pero como no, Ricardo, siempre conseguía
joderlo de una u otra manera.
¿Tanto se
tardaba en recoger a un niño, quedarse unas horas con él y visitar a una
hermana recién parida?
No lo creía.
¿Pero, entonces…?
No, no podía
empezar con las paranoias. Pensar en Ricky siempre lo llevaba a los mismos
cauces y no sabía por qué.
Apretó la
cerveza entre sus manos y le dio un rápido trago. Suspiró.
Solo le
quedaba relajarse, dejar la mente en blanco para no pensar barbaridades y
esperar. Nada más.
Todavía
pasaron unos cuantos minutos más, hasta que el sonido de las llaves se dejara
escuchar.
Ricky entró
dando escalofríos y con el cuello de la chaqueta tapándole la boca. Cerró la
puerta de golpe e hizo una mueca cuando la ráfaga de calor le dio en plena cara.
—Joder… como
se nota que tenemos pelas. No
empieces a ahorrar a esta edad, puedes llegar a enfermarte… que tío —resopló,
recibiendo por parte de Alex, únicamente, un entrecejo fruncido.
Y no era para
menos, acababa de empezar el invierno y ya estaba con la calefacción a toda
hostia. Aunque… Ricky solo necesitaba mirarlo, con esa camisetilla fina y
totalmente relajado, para saber que aquello era casi una costumbre.
A decir
verdad, quitándose la espinita de la envidia, bien por él si ha podido vivir
con estos lujos.
Vale, bien
no, ¡puta mierda!
Qué suerte
había tenido el muy bastardo.
Ricardo soltó
las llaves sobre el recibidor, quitándose rápidamente la chaqueta antes de que
empezara a sudar. Soltó la bolsa que llevaba al lado del sofá y se tiró en él
como si nada, hasta sacudiendo a Alejandro en el proceso.
Se estiró y
colocó ambos brazos tras su cabeza, acomodándose.
—¡Guau, nada
mal!
Alex intentó
mantenerse calmado para no empezar una pelea.
¿Eso era
todo? Lo había dejado solo durante todo el puñetero día y ¿eso era todo lo que
le decía?
Ni siquiera
le había dado un beso al llegar, pero… ¿qué
mierda?
Bueno, el
beso no venía a cuento, ahora que lo pensaba. Tampoco era una mujer esperando a
su marido con la cena lista. Pero diablos, eran pareja, por los menos se merecía
un saludo como Dios manda.
—¿De dónde
vienes? —Alejandro señaló la bolsa que había dejado tirada por ahí—. ¿Qué es
eso?
Ricky
bostezó, frotándose bruscamente los ojos. Parecía estar bastante cansado. Giró
su cabeza suavemente hacia Alex, mirándolo fijamente, con un brillo extraño en
su ojazos verdes.
Solo fue
durante unos segundos, Ricardo volvió a bostezar, quitándose también la
sudadera que llevaba y quedando solo con una camiseta. Por los ramalazos rojos
de su cara, era bastante evidente que tenía calor.
—Es solo un
regalo por parte de Fran —se llevó una mano a la frente y la masajeó con
suavidad—. Puto día de mierda. Primero el niño, que aunque sea un encanto, el
maldito es casi el hijo de Satanás. No paraba quieto ni aunque lo atara a la
silla.
Alejandro se
incorporó un poco, sin creer lo que oía.
—¿Ataste al
niño?
Ricky sonrió
abiertamente.
—No, pero
joder si lo pensé —volvió a reír y Alex se relajó, pues de este podría esperar
cualquier cosa—. Después, cuando por fin pude dejarlo con Iván, mi hermana me
da la tabarra con el nombre de los monstruos y para colmo, a Fran se le mete en
la cabeza que tengo que ir a comprar no se qué con él. Al final terminamos con
un montón de mierda para los niños y con un jersey para mí.
Alejandro
quedó pensativo, intentando imaginar la pesadilla de tarde que había tenido
Ricky. Pero bueno, se lo merecía por dejarlo solo, le hubiera deseado algo
muchísimo peor.
Vale, y con
eso ni siquiera aliviaba un diez por cierto de su frustración.
—Te
compadezco —susurró, dejando la cerveza vacía sobre la mesa y mirando hacia la
tele.
Ricky le echó
una ojeada, extrañado por esa inexpresiva reacción.
—¿Pasa algo?
¿Sueño? ¿Resfriado? ¿Diarrea? —no contuvo una risita antes de continuar—:
¿Almorranas?
Alejandro
chistó con la lengua antes de que a Ricky se le ocurriera otra de sus
originales ideas hacia su clara desgana. Aunque el único mal que tenía, se
llamaba Ricardo, y era un jodido grano en el culo.
—Lo único que
me pasa es que he estado todo el puto día solo, viendo fútbol inglés, bebiendo
cerveza o durmiendo. Se suponía que era tu día libre, lo reservé y me lo he
pasado mirando las jodidas manchas del techo. Eso es lo que me pasa.
—Ooooh…
—murmuró Ricky, estirándose sobre el sillón y terminando casi tendido.
Alex se
sorprendió cuando la imagen de un Ricardo serio y porque no decirlo,
malditamente sexy, había cautivado todo su campo de visión.
Lo miraba con
un toque oscuro en sus ojos verdes, su boca sin su normal tirantez irónica, y…
aunque parecía que tenía el cuerpo relajado, reposando los brazos en el sillón,
Alejandro juraría que notó una leve sensación de tensión.
Puede que esa
no fuera la palabra exacta, puede que más que tensión, fuera un instinto de
moverse, como si estuviera conteniéndose.
Alex tragó
saliva, sintiendo que se ponía algo nervioso.
—¿Pero qué…?
—no agregó nada más a la pregunta, no hacía falta.
Ricky seguía
mirándolo, pero esta vez cambió su expresión cuando se mojó ligeramente el
labio inferior con la punta de su lengua. Alejandro sintió su estómago pegar un
ligero salto, junto a otra cosa más que evidente.
¿Solo con
eso, lo estaba poniendo duro?
Alex no
quería ni pensar lo bajo que había caído. Ya había asumido su deseo, atracción
y… aunque le corroyera la conciencia, amor hacia otro hombre. Pero todavía se
asombraba de lo fácil y rápido que Ricardo conseguía que se pusiera caliente y
olvidara todo lo demás.
Eso sí, había
algo diferente esta vez.
Siempre había
tenido el impulso de echarse sobre Ricky, intentar manejarlo hasta llegar a
donde quería. Sin embargo, no tenía la necesidad urgente de moverse. Admitía
que estaba nervioso. Que estaba mucho más caliente que otra cosa, también.
Pero… tenía esa sensación, esa impresión de que Ricardo quería que se
controlara, que se quedara quieto.
Era un
lenguaje mudo, encubierto entre el silencio, como una especie de lazo que
tiraba de ellos atrayéndolos y al que a su vez, ambos trataban de resistirse.
Era alguna
clase de juego de… seducción.
Un momento…
¿Ricky estaba intentando… seducirlo?
En ese
momento, Ricardo alzó su mano, apoyándola en el muslo de Alejandro. Presionando
la carne, a la vez que sentía la aspereza de la tela frotando su palma.
Notó a Alex
ponerse aún más rígido bajo su toque, y Ricky reconoció que desde los inicios,
no había sentido esta presión, esta urgencia de dominar. Estaba tan
acostumbrado a dejarse llevar por Alejandro, que había perdido la necesidad de
dejar que su instinto masculino llevara las riendas.
También,
había pensado siempre que Alex no era de los hombres que disfrutaban que los
manejaran, que los tomaran. No podía estar más sorprendido por su respuesta,
pues el ambiente había cambiado. Alejandro había sabido identificar sus deseos,
o puede que fuera su mismo instinto el que lo hubiera hecho.
Lo que estaba
claro, es que había algo diferente rondando entre ellos.
Ricky alzó su
mano, rozando la entrepierna de Alejandro. Disfrutó de su jadeo ahogado y como
Alex se giró en respuesta con una pregunta clara en su mirada. No abrió la
boca, aunque era más que evidente que moría por saber qué diablos estaba
ocurriendo. Pero algo en él… no le dejaba poner en palabras su duda. Como si
quisiera disfrutar más del dudoso momento, sin saber que iba a pasar.
A pesar de
todas las veces que había intentado memorizar sus expresiones, Ricardo nunca
notó como Alejandro cerraba los ojos cada vez que un tirón de placer hacía
vibrar su cuerpo. Tampoco como apretaba sus labios para contenerse.
Sus ojos
marrones, giraron, pidiéndole algo a Ricky, algún indicio para saber que tenía
que hacer. El movimiento de su cuerpo, el calor que desprendía, los suspiros
que escapaban de su boca, todo indicaba que estaba realmente cachondo.
Era
sorprendente, Ricardo no había hecho prácticamente nada, y Alex podía sentir
placer en cada mirada que le dedicaba, cada ligero toque por encima de la ropa.
No pudo
resistirse, Ricky alzó la otra mano hacia la cara de Alejandro. Rozó con la
yema de los dedos su barbilla, disfrutando el ligero raspar de un atisbo de
barba. Fue a su boca, tocó su labio inferior, amaba su forma, el tono oscuro
que mantenía. Siempre había amado esa boca, cuando lo besaba, cuando rozaba con
ella sus pezones, y sobre todo, la forma en la que se curvaba, succionando….
Resistió las
ganas de meter el pulgar entre sus labios, de tirarse sobre él y dominarlo.
Dejándolo
libre, Ricardo se volvió a echar sobre su lado del sofá y suspiró, llevándose
una mano a la cara.
No, debería
dejar de pensar en esas memeces, Alejandro nunca le dejaría joderlo de esa
forma. No querría cambiar de rol ni aunque fuera una sola vez.
—¡Maldita
sea! —masculló Ricky para sí, pero lo suficientemente alto para que Alex
también lo escuchara.
Impresionante,
raro, sorpresivo, acojonantemente placentero. Alejandro tenía muchas
definiciones para lo que había sentido, pero en realidad, no le gustaba mucho
tener que reconocer ninguna de ellas.
Durante unos
segundos, con Ricky sobre él, con su mano aplastando su polla apretada, con esa
otra rondando su boca… había sido… raro, pero… había provocado en él… le había
obligado a admitir… que había cosas que esperaba de Ricardo, muchas más y
completamente diferentes, a las que ya habían experimentado.
Había sido un
choque de frente y sin cinturón contra la puta realidad. Solo le había faltado
algún gesto más de Ricky, otro toque de posesividad más, para terminar
suplicándole que le follara.
Y cuando lo
decía de esa forma, era realmente a lo que se refería.
Hasta este
momento, nunca lo había considerado.
Siempre pensó
que la forma en la que él y Ricardo mantenían sexo, era simplemente, lo normal.
Lo establecido entre ellos y lo que importaba: que funcionaba.
Le gustaba
tener a Ricky gimiendo bajo él, diciéndole paranoias suyas mientras lo jodía
con fuerza. Pero nunca hubiera imaginado que él quisiera experimentar el otro
lado de la realidad. La otra posición.
Tuvo un
repentino escalofrío cuando sus ojos volvieron a desviarse hacia Ricky. Estaba
quieto, ahora inclinado hacia delante, con los codos apoyados en los muslos
mientras tapaba su cara con ambas manos y… ¿pensaba?
Nunca había
visto a Ricky tan serio, pero ese aire le daba un toque tan… sexy.
¡Oh, por
favor! ¿Es que no se estaba escuchando?
¡Parecía una
puñetera quinceañera babeando ante un póster de la Vale!
Tragó saliva
bruscamente antes de permitirse admitir que sí, que claramente era eso lo que
estaba haciendo. O bueno, sus ojos estaban ahora fijos en el elástico de los
bóxer de Ricky que podía ver ante la posición inclinada de su cuerpo y, por
supuesto, gracias al rígido material de los vaqueros que dejaban ese espacio
libre.
La forma de
su espalda, sus fuertes hombros, lo presionadas y duras que parecían sus
piernas en esos diminutos pantalones grises.
No pudo
evitar que su mano restara la distancia y descansara sobre la piel del cuello
que quedaba visible. Repasó con sus dedos las hebras castañas,
entremezclándolas y estirando un poco de ellas.
¡Diablos, si
no estaba más caliente que el infierno!
—Ri… ¿Ricky?
—susurró incómodo, Alex.
¿Iba a tener
que suplicarle al muy bastardo para que hicieran algo?
¡Cualquier
maldita cosa le serviría!
Para su
sorpresa, cuando Ricardo quitó ambas manos de su cara y lo ojeó, su profunda
mirada verde seguía igual de sería, con un brillito más sexy que picarón. Su
actitud no había cambiado y aunque Alejandro amaba su burlona personalidad, ese
toque caliente lo estaba matando.
—Llevo unos
días pensando en algo… no he querido decírtelo. En realidad, no sé muy bien
como confesártelo.
Alejandro se
puso tenso, pero esta vez sus nervios tenían un significado y procedencia
diferente. Sus dedos sobre el cuello de Ricky se tensaron, presionando algo la
piel, notando como también Ricardo se incorporaba, haciendo que la mano cayera
entre ellos.
Roto el
contacto, el miedo de Alex creció un poco más.
Sabía que
esperaba una respuesta o, por lo menos, algún indicio de que lo había
escuchado. Y sin embargo, no se veía capaz de seguir la conversación, no quería
saber donde iba a acabar, sobre todo si era en mal término.
Pero… era una
total estupidez. Es decir: Ricky no podía estar pensando en dejarlo, o en
confesarle unos cuernos o algo así porque no tendría sentido después de la
escena de celos de esta mañana. Tenía que ser otra cosa… otra cosa mala. Y no
quería ni imaginárselo.
Lo mejor era
escucharlo, callarse y tomárselo todo con la mejor filosofía posible.
Cuando
consiguió relegar sus temores a un segundo plano, retiró su cuerpo del de
Ricky, acomodándose en el sofá e intentando mantener el control sobre sí mismo.
Era una persona temperamental, algo seria y susceptible. En fin, que no quería
terminar a gritos o algo peor, solo tenía que respirar hondo.
—¿Tengo que
pensar en lo peor?
Ricardo, que
aun parecía metido en sí mismo, se incorporó de golpe al escuchar la seca
pregunta de Alex. Lo miró sorprendido y alzó una ceja, esta vez con algo de su
típico carácter volviendo por fin a la superficie.
—¿Qué coño
crees que te voy a decir? Si piensas que he vuelto a las tías, o que me he ido
de putas, o simplemente me he acostado con el butanero, tranquilo, he sido un
niño bueno durante los últimos seis meses.
Alejandro
sintió casi literalmente, como la losa caía de su
cabeza. Resistió el impulso de suspirar, pues eso ya se hubiera visto demasiado
delatador para su orgullo, pero joder… si, había quedado mucho más relajado.
—¿Entonces?
Ricky soltó
un largo y ruidoso suspiro, echándose sobre el respaldar del sillón y fijando
la vista en el techo.
Se rascó la
mejilla antes de que una sonrisa entre picarona y tímida se adueñara de sus
facciones.
—Nunca creí
que me daría vergüenza decirte esto.
—¿Vergüenza?
—Alex no sabía si reírse o echarse las manos a la cabeza por el desconcierto—.
No me jodas, tú no tienes de eso, Ricky. Por Dios, que nos conocemos desde que
le pegabas los mocos en la pared de la galería a mi madre y después salías
corriendo para mearte en el portal. Eres un completo hijo de perra.
Ricky soltó
una amplia carcajada.
—Oh, vaya,
gracias por tenerme en tan alta estima. No sabía que eso era lo que pensabas de
mí, pero… me gusta —enseñó sus dientes en una enorme risita—. ¡Además! Que
daría por ser de nuevo un niño y poder «inocentemente» mearme en el portal de
todos los «no-mileuristas» —y sonrió, de una forma pilla y malditamente sexy
que dejó a Alex sin aliento y como siempre, sin contestación.
Llevándose
una mano a la frente y ahora sí, mucho más relajado, Alejandro intentó volver a
enderezar el tema y llevarlo a lo que en realidad discutían.
—¿Qué es lo
que me quieres decir entonces?
Ricky volvió
a inclinarse hacia delante, con todos los músculos de su cuerpo de repente, en
tensión. Su mirada fija fue directa hacia Alex, intensa, con un brillo
embrujador. Fuera lo que fuera a decir este capullo, iba malditamente en serio.
Alejandro se
preparó para lo que iba a escuchar.
Ricardo
alargó su mano hasta que cogió a Alex por la muñeca, manteniéndolo cerca, casi
con ambas caras rozándose.
—Si te
dijera… que llevo un tiempo pensando en follarte, ¿qué me dirías?
¡Oh! Aunque
hace unos momentos ya lo había pensando, oírlo directamente de boca de Ricky le
había causado un pequeño shock.
Alejandro
tragó saliva, dudando si tenía que soltarse del agarre de Ricky antes de poder
pensar con claridad en una respuesta. Pero cuando intentó retraer su brazo, los
dedos de Ricardo se apretaron más, forzando una perfecta esposa alrededor de su
piel.
Era extraño,
como si quisiera dominarlo, tenerlo quieto a su lado, esperando con impaciencia
una afirmación a su pregunta.
Alejandro
dejó que el aire escapara entrecortadamente entre sus dientes, cuando la
presión del carisma insistente de Ricky empezó a hacer mella en sus nervios.
—No lo se
—dijo al fin, relamiéndose inconscientemente los labios, hecho que no pasó desapercibido
por el obvio seguimiento de los ojos de Ricardo—. Creo que… es cuestión de
probar.
Ricky no
podía sentirse más sorprendido ante la respuesta de Alejandro. Intentó tragarse
alguna que otra frasecita irónica para el tenso momento, no quería joder el
ambiente. Alex por un lado, parecía algo reacio a la idea, pero por otro, por
las sensaciones que le dejaba ver su cuerpo, creía que podía notar un fuerte
deseo.
Entonces… ¿no
se oponía? ¿Iba a dejar que lo tomara por el culo así sin más?
Bueno, podía
ser malditamente divertido y excitante, ver a un tipo todo rudo y masculino
como Alejandro, gimiendo bajo él. Guau, no quería ni imaginarlo para no
adelantarse a las sorpresitas que podría llevarse esta noche.
Sería un buen
regalo por adelantado para mañana. Ya que suponía, que el muy bastardo no se
habría acordado.
—Bueno, no sé
si mi pistolita conseguirá hacer un buen trabajo, pero ella y yo lo
intentaremos.
Aunque
sonrió, Alejandro notó un leve atisbo de duda.
Había pensado
que después de todo el tiempo que llevaban juntos, Ricky había dejado de lado
sus complejos; pero si en realidad, había estado pensado en joderlo y no se lo
había dicho, suponía que era únicamente por el
miedo a no «poder» hacerlo.
Alex quedó quieto. Todavía podía notar el agarre en su
muñeca, cómo esos dedos no habían cedido ni unos centímetros su actual dominio.
Bajó la cabeza nervioso pues la mirada fija de Ricky, con una burlona ceja
alzada y esperando a que reaccionara de alguna
manera a su proposición, no le ayudaban a decidir exactamente qué hacer en ese
momento.
¿Empezaban a
enrollarse? ¿Debía echarse sobre Ricky? ¿O simplemente… levantarse e ir al
dormitorio? En la cama… ambos desnudos y con menos tapujos, puede que fuera más
fácil probar algo tan… nuevo para él.
Tomó aire
profundamente, dejando que este saliera entrecortadamente por la nariz,
mientras a su vez, pasaba la mano libre por su muslo, rascándosela con los
tejanos, juntando así la fuerza necesaria para dar ese paso.
Carraspeó la
garganta, y por fin, sin pensárselo más y metiéndose mejor las zapatillas de
casa para no patinar –sería el momento perfecto para hacer el ridículo, vaya–
se levantó. De pié, intentó desabrocharse su pantalón mientras esperaba a que
Ricky hiciera lo mismo.
No pasó, ni
de cerca, lo que él esperaba.
Creyó que
Ricardo estaba incrementando el agarre de su muñeca, pero… en realidad, un
fuerte tirón hizo que perdiera el equilibrio y cayera hacia delante.
Alejandro
jadeó cuando su cuerpo quedó completamente sobre Ricky, sus piernas
molestamente abiertas por culpa de lo poco que sus vaqueros daban de sí, sus
manos ahora ambas, sostenidas por un Ricardo que no dejaba siquiera que se
incorporara.
Miles de
cosas pasaron por su cabeza en segundos.
Era raro, aun
estando literalmente inmovilizado por Ricky, se sentía caliente al frotar todo
su cuerpo con el contrario. Con las manos levantadas, ambos pechos estaban
presionados por el propio peso de Alex, pero eso sí, ni la milésima parte que
sus caderas.
Alejandro
apretó los dientes por la tensión que sintió en su entrepierna, por la
separación de sus mulos, su paquete completamente duro, parecía querer
incrustarse en la ingle de Ricky… y eso no era lo más impresionante. Notaba la
polla contraria mucho más animada que nunca y aunque el olor caliente a sexo
que solía desprender Ricardo seguía ahí, había un toque más áspero, más fuerte.
Alex no pudo
soportarlo más, aunque había guardado silencio, sintiendo, saboreando cada
segundo, su conciencia volvió de nuevo a la realidad. Intentó separarse, aunque
siguiera sentado sobre Ricardo, por lo menos, que pudiera enderezar su espalda.
No fue así,
Ricky no lo dejó, estirando de nuevo de sus manos hacia delante, esta vez,
dejando ambas caras al mismo nivel para poder mirarse a los ojos.
—No hagas
fuerza, hijo de… —a Alex se le atragantó la última palabra cuando se dio de
lleno con esa hermosa mirada verde. ¿Eso que veía eran motitas doradas? Se veía
tan salvaje, como un tigre, un animal que lo contemplaba agazapado esperando el
momento indicado para dar un salto y comérselo. ¡Oh Dios, si no estaba tentado
a hacer de conejillo!—. Su… suéltame.
Ricky rio
entrecortadamente, mientras seguía ahí, con su mirada y expresión de triunfo.
Volvió a tirar de ambas muñecas, y Alex se sacudió hacia delante, donde
justamente le estaba esperando otra boca caliente. Fue un roce, un simple
toque, ya que Alejandro intentó resistirse.
Movió sus
muslos en un miserable intento por levantarse, quiso separar sus brazos,
forzarlo de alguna manera a que lo soltara.
—Eh, eh,
tranquilo, tío. ¿Qué coño te pasa? —se quejaba Ricky entre sonrisitas—. No es
como si fuera a violarte o algo así… aunque podría si quisiera, por supuesto.
Cuando por
fin Alex se vio libre, faltó poco para que cayera hacia atrás del impulso. Ricky
lo sujetó a tiempo, agarrándolo fuertemente de la cintura. Eso fue suficiente
para provocar que Alejandro soltara un suspiro de alivio.
Desconcertado,
Alex desvió la cabeza para no tener que contestarle por el momento.
Se había
sentido amenazado. Sabía que era una tontería, Ricardo nunca le haría daño ni
nada que él no quisiera, pero siempre… había sido al revés.
Se sentía
caliente, le gustaba que lo tocara, que lo cogiera y lo apretara, ese olor, esa
mirada, Ricky lo volvía totalmente loco. Pero… nunca hubiera esperado que…
bueno, sabía que tenía más fuerza, era lógico. Ricky hacía ejercicio, tenía que
mantenerse en forma para que alguno de los sustos de su trabajo no terminara
con él, y sin embargo, cuando se sintió tan desprotegido entre sus brazos, un
ligero toque de alarma brilló en su mente, cogiendo cada vez más y más
intensidad, hasta que no pudo evitar resistirse.
Volvió a
suspirar, echando la frente contra el hombro de Ricky. Sabía, casi con
seguridad, que su cara parecería un tomate en ese momento.
—No me hagas
fuerza, me cabrea —fue toda la respuesta que dio.
Ricky chisteó
graciosamente con los dientes.
—Cuando estás
a punto de correrte bien que dices lo contrario, a ver si te aclaras.
Alejandro no
pudo resistir el impulso de darle un cogotazo.
Ricardo se
quejó y lo miró furioso, después de unos segundos en silencio retándose con la
mirada, terminaron de golpe y porrazo echando unas cuantas risitas.
Era patético.
—No hay
remedio, nuestra relación no sirve para ser idílica, simplemente, es imposible
—susurró Alex, rascándose la frente mientras aun sonreía.
Las manos que
Ricky mantenía en su cintura volvieron a apretarse, atrayéndolo hacia él para
poder morderle el cuello. Alejandro se revolvió, apretando la mandíbula
mientras sentía como su cuerpo empezaba de nuevo a calentarse. El aliento en su
oreja, el murmullo de su voz en el cuello, el raspar de sus dientes… todo lo
encendía.
—Me gusta
así, me gusta follar cuando tenemos ganas, pelearnos cuando sucede, decir
tonterías, bromear… ¡hasta molestarte me pone cachondo! —Ricky alzó su cara y
sujetó a Alex por la barbilla, sorprendiéndolo por unos instantes y haciendo
que encogiera el gesto por la presión—. Dejémonos de tonterías, Alex y… —su voz
bajó varios tonos—, vamos a follar.
Fue solo un
susurro, pero se escuchó tan ronco, tan provocativo. Alejandro tragó saliva y
se retiró, quitándose la mano de encima para poder pensar sin que el puto
influjo de este maldito y sexy bastardo, le cegara.
No sirvió de
nada, sentía como su cuerpo se alteraba, como su respiración incrementaba su
velocidad, como su polla empezaba a resultar molesta al privarla de libertad. Y
si mirábamos a Ricky, tan seguro de sí mismo, sentando atrapado entre sus
piernas abiertas, con la camiseta desaliñada y dejándole ver ese estómago tan bien formado.
Pasó de la
sonrisa burlona de Ricky y bajó sus manos, obligándolo a que tuviera que
quitarse la camiseta. Cuando percibió que los brazos iban de nuevo a su cintura
los apartó, enderezándose sobre la entrepierna de Ricardo y parándose para
poder mirarlo, ahora que la tela no se interponía.
Había quedado
algo despeinado, los mechones castaños caían desordenadamente por su cara, uno
rozando sus cejas y haciendo una pequeña ondulación en sus sienes. Esa mirada…
tan sexy y caliente… ¡Que alguien lo salvara! Este maldito lo tenía
completamente condenado a ir al infierno.
Alex volvió a
inclinarse, colocando una mano en su estómago, acariciando sus formas,
arañándolas mientras daba un lametón sobre sus labios. Aunque sintió un pequeño
atisbo de risa en la respiración de Ricky, esté se decidió por perseguir aquel
beso.
Abrió la boca
y recogió la lengua de Ricky, succionándola hasta que lo escuchó gemir. Y esa
fue la campana para que el round
comenzara.
Ricardo cogió
a Alejandro por la cintura, presionándolo contra su pecho mientras intentaba
comerse su boca. Lo devoraba, metía su lengua, mordía sus labios, jadeaba
contra su respiración, y saboreaba cada resquicio de saliva.
Alejandro
sonrió ante la desesperación evidente de su compañero, si… eso era… aguantó un
gruñido cuando las manos de Ricky subieron hasta sus hombros, los rodeo,
apretándolos, arañándole la espalda de nuevo hacia abajo.
—Joder…
—respondió, mientras intentaba seguir los besos apresurados de Ricky, el dominio
loco de su lengua—. ¡Oh, joder! —gritó ahora con más fuerza.
Ricardo había
metido completamente las manos en sus pantalones, peleándose con la estrechez
de estos, clavándolas y agarrando ferozmente sus nalgas.
Alejandro
apretó la mandíbula, aguantando otro gruñido.
Con
impaciencia, se apresuró a quitarse la correa, desabrochándose también los
pantalones. Ricky esperaba, con la respiración aun más apresurada que la suya.
Los dos
estaban casi al límite.
Alex se puso
de pie, aun sobre Ricky, intentando tirar de sus pantalones para sacárselos.
Observó como Ricardo miraba cada centímetro que despejaba con ansiedad,
relamiéndose los labios cuando algo de su vello púbico quedó a la vista.
—Más rápido,
joder, no sabes las ganas que tengo de mete…
—¡Cállate!
—gruñó Alex, tapándole la boca a tiempo, inclinándose y separando los dedos,
dejando que su lengua se deslizara por ellos, que tocaran la boca contraría.
Ricky quitó
bruscamente la mano, agarrando con fuerza la nuca de Alejandro y besándole con
furia. Su otra mano, buscaba desesperadamente la forma de quitarle la maldita
camiseta antes de que se volviera loco.
Tiró de ella,
sacándosela en dos estirones y lanzándola por el suelo en cualquier sitio. Se
giró y resopló cuando tuvo delante el torso de Alejandro. Sus dedos se posaron
en sus pectorales entrelazándolos a ras del vello, los tocó y los apretó,
tirando de uno de los pezones y calentándose más ante el jadeo contenido de
Alex.
—Haz eso otra
vez y me corro —bromeó Ricky, sujetando de nuevo el pezón y volviendo a
pellizcarlo, tirando de él y recreándose un poco en el dolorcillo placentero
que eso parecía producirle a su amante.
Alejandro no
podía hablar, tampoco defenderse, así que, simplemente, chocó su frente contra
la de Ricky, un poco más fuerte de lo normal e intentando que sintiera con ello
su indignación ante el comentario.
Aunque claro,
Alex estaba seguro que no engañaba a nadie, pues se le notaba por encima de la
ropa que su reacción era a causa de la vergüenza, que la personalidad de
Ricardo le ponía realmente cachondo. Cada palabra grosera de Ricky, sus bromas,
sus toques maliciosos, esa risita cada vez que le provocaba algún placer
inesperado, realmente lo mataban.
Ricardo
seguía jugueteando con ese pezón, lo mordió, rozándolo con la lengua y
frotándolo con esta. Alex se apoyó en sus hombros, intentando quedarse de pie,
respirando y moviendo las piernas para que las otras manos ágiles terminaran de
desplazar la áspera tela de sus pantalones por las piernas.
Cuando por
fin estuvo libre, sintió un pequeño escalofrío, la bomba de calor ya no era
suficiente. El fresquito en comparación a los ramalazos calientes de su cuerpo,
el ardor que desprendían las manos de Ricky mientras lo tocaban… era extraño.
Estaba de
pie, desnudo frente a un Ricky depredador, mirándolo como si no supiera donde
empezar a darle el primer mordisco. Su pecho retumbó con un pequeño repiqueteo
de tambor cuando le dio una palmada a su erección.
—¡Mierda!
—sintió su polla agitarse hacia arriba, no pudiendo parar antes de que Ricky
volviera a palmearla. Se encogió hacia delante, agarrándose de los cabellos
castaños para sujetarse e intentar que le prestara atención—. No hagas eso,
joder.
Ya estaba
suficientemente cachondo para que Ricky lo provocara más. Quería pararle,
intentar detener esos nervios, esa pequeña humillación, pero por otro lado,
quería más, quería que….
Alejandro
ahogó un gemido cuando se vio girado por sorpresa. Unos segundos tenía las
manos de Ricardo en su cintura, y poco después se veía empotrado contra el
sofá.
Abrió
ampliamente los ojos, sin saber qué diablos pasaba o quién le había cambiado al
novio. No sabía muy bien qué hacer, estaba confundido, apresurado, caliente,
joder… quería follar, quería que Ricky hiciera su movimiento, ya.
Un brillito
en la mirada alarmó a Alex… Ricky se puso de rodillas frente a él, pasando con
brusquedad las manos por su torso, apretando su pecho, arañando su estómago,
hasta que clavó sus dedos en los prietos muslos.
Todo el
cuerpo de Ricardo gritaba tensión por los cuatro costados, pero era más la
necesidad de su mirada, la ansiedad de su toque, esa expresión de hambre que…
Alex tragó
saliva y se estremeció de nuevo al verse tan vulnerable, abierto de piernas, con
ese fresquito ahora rodeando su erección.
Una erección
que plena y dura como una piedra, se erguía justo frente la cara de Ricky.
—¿Qué opinas?
—preguntó Ricardo, con una sonrisita inocente—. ¿Crees que puedes hacerlo o no?
—despacio, e ignorando completamente la cara contrariada de Alejandro, colocó
la yema del dedo índice sobre el miembro frente a él—. Si quieres… podemos…
—apretó un poco, sin poder evitar una pequeñísima sonrisa cuando Alex encogió
la cara—, parar.
¿Parar..?
¡Parar!
Alejandro se agarró
al cuero del sofá, intentando mantener su cabreo a raya. Ahora todo lo que
quería era sentir esa boca, que esa caliente saliva bajara por su polla, que la
relamiera, la chupara de arriba abajo, que la mamara con esa estrecha boca y…
¡tan bien como este maldito bastardo sabía hacerlo!
—¿Quieres
callarte de una maldita vez? —gruñó con aspereza.
Alex levantó
las piernas, rodeando la espalda de Ricky para atraerlo hasta su ingle. Era un
movimiento que el otro no esperaba y sin embargo se dejó hacer, aun con la
misma mueca burlona en la cara.
Lo que sí
sorprendió a Ricardo, fue el brusco agarre de la mano de Alejandro en su
cabello, como a estirones, le obligó a apretar la cara contra su polla.
Lo primero
que Ricky sintió fue ese olor tan característico, hombre, sexo. Dejó que la
punta apretara su mejilla, que la nariz acariciara esa piel resbaladiza, a la
vez que alzaba su mirada verdosa hacia Alejandro.
Las comisuras
de sus labios se extendieron aun más ante la visión. Ese agarre era lo único
que le quedaba a Alex de dominación en el cuerpo. Todo lo demás gritaba por su
toque, por sus órdenes. Esperaba ansioso por cualquier movimiento o placer que
pudiera darle.
—¿Quieres
esto? —preguntó Ricardo lentamente, rodeando con sus dedos la base, mientras
sacaba su lengua y lamía de lado la punta, suavizándola por unos segundos,
alojando un hilito de saliva que pronto se perdió.
Alejandro
arrugó la cara en una mueca, y cogió aire profundamente. Sus dedos fueron
aflojándose hasta que los cabellos pronto se deslizaron de su mano, dejando que
esta cayera y se apretara con fuerza al brazo del sillón.
Se le
fundirían los pocos plomos que le quedaban si esto duraba más de diez minutos.
¡Que Dios le
ayudara!
—Sigue… —susurró
entrecortadamente, no queriendo delatarse más. No mostrarle más deseo, aunque
ese capullo lo quisiera.
Ricky chisteó
con la lengua, no a gusto con la contestación. El aliento cayendo justo sobre
la erección, la lengua siguiendo ese camino ascendente hasta que la punta
despareció tras la boca abierta.
Alejandro
separó los labios, ahogando un jadeo. Sintió su culo agitarse, saltar un poco e
intentar, con un rápido movimiento de cadera, insertar su polla donde realmente
quería. Ese calor que lo rodeaba, esa maldita lengua recorriéndolo por dentro.
No aguantó
más, sus manos fueron directamente hacia la cabeza de Ricky, quería empujarlo,
obligarle a que siguiera, joder… quería que se la chupara, ya.
El chupetón
fue lo último que escuchó antes de que Ricky cogiera sus muñecas y las apretara
de nuevo contra el sofá. Alex se quejó, molestándose por la nueva restricción.
Odiaba que le sujetara, que le hiciera fuerza, pero Ricardo sin embargo,
parecía divertido con el nuevo jueguecito.
¡Pues iban
bien!
—¡Ricky!
—siseó cabreado, Alex.
Normalmente
podía contenerse, sobrellevar la mierda de personalidad de su amante, pero
cuando estaban en medio de esto, cuando follaban, se sentía desesperado.
Otro lametón
hizo que cabeceara hacia atrás, aplastándola contra el respaldar del sofá.
Encogió el rostro y se resistió. No sabía que hacer, o que decir, la
desesperación iba mucho más a allá del cabreo. Quería follar, sentir ese calor,
esa boca…
La mano de
Ricky bajó, apretando su muslo, deslizándose hacia el interior. Alejandro
apretó el culo, ansioso, asustado, pero sin querer aun mover la cabeza. Se
estaba resistiendo, no quería ceder a su juego, no quería perder el poquito
control que aun tenía.
Calor, ahora…
ahora Ricardo estaba rozando con sus dedos uno de sus huevos, buscando su
forma, para terminar agarrándolo fuertemente, lo suficiente para que su
erección botara por la necesidad.
El silbido de
placer escapó entre sus dientes apretados, acompañado de una pequeña convulsión
en su cuerpo. Quería mover sus manos y sujetar esa cabeza castaña, pero no
quería ceder. Sus muñecas presionadas ya lo restringían lo suficiente, si abría
lo ojos, si hacía esa pequeña conexión, Ricky lo dejaría atrapado en ese juego
morboso.
No podía….
—Ricky… para
ya, hazlo ya.
Ricardo dejó
salir una pequeña risita, cuando escuchó claramente el desconcierto de Alex.
¿Parar, hacer? Alex ni siquiera sabía que le estaba pidiendo y eso le hacía
gracia.
Aplastó la
cara contra la base de la erección de Alejandro, lamiéndola de arriba abajo con
la oreja pegaba al calor de su ingle. Las convulsiones cada vez se hacían más
esporádicas, sus manos temblaban ante la fuerza que tenían que ejercer sobre
las muñecas de Alex para sujetarlo contra el sofá… y…
¡Oh, esas
piernas!
Sentía los
talones nerviosos golpear sobre sus hombros, apremiándolo, suplicándole sin
palabras que hiciera algo más.
Ricky frotó
su pecho contra el culo de Alex, separando aun más sus piernas y lamiendo por
encima sus bolas. Cuando observó el relampagazo de placer y como los labios
temblorosos se iban a abrir por fin para decir algo, rodeó con su lengua uno de
esos duros huevos y lo chupó succionándolo con fuerza.
—¡Mierda,
joder! —gritó Alex. Pegó un salto del sofá, logrando solo botar un poco por
culpa de las esposas de sus muñecas. Se retorció y golpeó ahora sí, con toda su
mala intención, a Ricky con su pie—. ¡Basta ya, Ricky, me estoy cabreando,
bastardo!
—Oooh…
—susurró, simulando una graciosa expresión de asombro. Ricardo se relamió los
labios, lamiendo esa erección, salivándola hasta llegar a la punta y pegar un
pequeño bocado. La actitud de Alejandro volvió a cambiar, su rostro a
sonrojarse, y con placer, morderse el labio. Parecía que estaba a punto de
chillar de frustración… ¿o ya lo había hecho?—. Dime qué quieres que haga.
Alex abrió un
ojo, sin controlar la evidente respiración que salía a borbotones de su boca.
Desenganchó sus dedos del cuero del sofá y trasladó la tensa mano hacia los
cabellos de Ricky.
Le dio un
pequeño tirón, lo suficiente para crearle una sonrisita aun más satisfecha al
muy bastardo.
—¡Chúpamela,
joder! —gruñó ásperamente entre trompicones, todo lo claro que pudo a través de
sus dientes apretados.
Fue un
ramalazo verde brillante en los ojos de Ricky lo único que pudo ver cuando un
calor extremadamente impactante se adueñó de su ingle. Tomó una amplia
respiración antes de golpearse la nuca contra el sofá y jadear violentamente.
¿Qué diablos
era eso? Era una mamada cualquiera de Ricardo, entonces…
¿Por qué creía
que iba a morirse?
Con la
respiración loca, estirazó mejor las piernas, empujando con los talones a Ricky
para que se metiera bien entre ellas. Lo abrazó con ambas, apretándole,
mientras que sus manos tiraban y tiraban.
Escuchó un
bajo gruñidito por parte de Ricky, el sonido vibró por toda su polla,
mandándolo casi al extremo. Pero diablos, era tan delicioso… sentía la lengua
rodearlo, los dientes raspándole en su justa medida, y Ricardo… maldito sea…
¿cómo podía metérsela casi completa?
Apresuró el ritmo,
las chupadas eran mucho más rápidas. Alejandro contrajo sus muslos, tensionó
los abdominales al levantarse un poco del sofá, abrazó la cabeza de Ricky, y
comenzó a quejarse, a gruñir.
¿Pero qué
diablos le estaba pasando? Este placer era demasiado.
Un tirón,
casi rayando lo doloroso, le hizo estirazarse hacia atrás y descansar su
espalda. Iba a correrse, no llevaba ni tres minutos chupándosela y ya iba a
terminar.
¿Cómo podría
mirarse al espejo al día siguiente?
Alejandro,
liberó la cabeza de Ricky, cuando una improvisada tos se adueñó de él. El
placer remitió lo suficiente, y quedó en pausa cuando su amante se separó de su
erección con la cara completamente roja.
—¿Ri… cky?
—preguntó, la respiración acelerada no le dejaba ni pronunciar el nombre
completo.
Una risita, y
Ricardo se volvió, tocándose la garganta y con ramalazos colorados por sus
mejillas.
—Ni siquiera
te has dado cuenta de que has estado a punto de ahogarme, ¿verdad? —se rio,
pero salió bastante más ronco de lo normal—. Me pone cachondo que te vuelva
loco hasta ese extremo, pero tío, ¿no quedamos en que nada de homicidios?
—tosió otra vez—. ¿Te imaginas los titulares de mañana? «La mamada asesina».
Oh, ¿no es ese el nombre de una película porno?
Alejandro no
podía más que mirar a Ricky, sin saber que decir o hacer. Se sentía caliente,
pero la situación le estaba empezando a dar escalofríos. Abierto de piernas,
con Ricky medio ahogado delante de él, su polla vibrando húmeda frente a su
cara. Y… al idiota de su novio no se le ocurría hacer otra cosa que chistes
malos, como siempre.
Esto era tan…
Ricky.
Se puso a
reír, Alex simplemente no pudo evitarlo. En otro momento, le pegaría una
colleja a Ricardo, le gritaría, se iría frustrado al cuarto baño y terminaría él
con lo que hubieran empezado.
Pero ahora,
no lo entendía… solo… era todo tan loco.
—Ok, vale, lo
siento —dijo, ignorando obviamente toda la tontería posterior a la acusación de
homicidio de Ricky—. Estaba demasiado enfrascado en… bueno joder… —ahora fue
Alex quién tosió, pero por otra razón muy diferente—, se sentía demasiado bien…
para pensar en nada más.
Ricky se
movió un poco, mirándolo de nuevo con ojos depredadores. Sus manos se
desplazaron por las rodillas de Alejandro, apretando sus dedos en las formas de
sus muslos.
Alex contuvo
la respiración mientras la cara de Ricky se iba
acercando a él. Cuando la tuvo frente a su estómago y sacó la lengua, soltó un
jadeo justo a la vez que pasaba la punta por el centro de sus abdominales.
Fue bajando,
despacio, muy lentamente, sin quitar la mirada de la de Alex. Hundió su nariz
seductoramente en el rizado vello, hasta pegar un ligero chupetón a la punta.
—Ricky…
—Alejandro no sabía que decir o hacer. Sus manos temblando nerviosas sobre el
asiento, queriendo tocar los hombros de Ricky pero sin saber si debería. Cuando
esa lengua bajó por sus huevos y siguió bajando, sintió como sus piernas se
tensaban, como su culo se apretaba y cerraba los ojos—. Despacio, Ricky. Ten
cuidado.
Era lo único
que podía decir en esa posición, abierto de piernas, y con un bastardo como
aquel, chupándole muy cerca de… muy…
Alejandro
jadeó y abrió los ojos por la sorpresa.
¿Pero qué coño?
Ricky no pudo
evitar soltar una risita, y volvió a hacerlo. Lamió el pequeño agujero por
encima y lo rodeó con sus labios, succionando lo suficiente para poder meter la
lengua y empujar.
Alejandro de
repente se agarró a los hombros de Ricky, dejando salir una siseada
respiración. Parecía que todo el oxígeno se había congelado en sus pulmones,
haciendo que le faltara el aire. Sus dedos se encresparon y no pudo contenerse
a arañarle.
Otro
lengüetazo, Alex llevó una de sus manos automáticamente a su polla y comenzó a
sacudirla. Era raro, un sentimiento extraño, cuanto más presionada con su
lengua, cuando más buscaba espacio para poder entrar en su culo, más cachondo
lo ponía.
Estaba
nervioso, podía sentir el sudor cayendo de sus sienes y sin embargo, su sexo
estaba completamente tieso, vidrioso por la humedad del pre-semen, caliente, y
listo para disparar en cualquier momento.
Ahora la
presión fue diferente, más insistente. Alex se atrevió a abrir un ojo, bajando
la mirada hacia lo que Ricky hacía. Ver sus labios curvados en un chupetón en
su ano le hizo ahogar un gemido, pero se repuso cuando lo observó de hurgar con
un dedo.
Tensó el
estómago cuando un pequeño dolorcillo empezaba a ponérselo difícil. Ricky lamía
su dedo, y lo hacía entrar, apretando, derribando la mínima defensa de Alejandro.
—¿Te duele?
—preguntó despacio Ricky. Mirando de reojo a Alex mientras seguía entrando en
él.
Alejandro
apretó los dientes para no darle la impresión equivocada. En ese momento, no
estaba muy seguro de cómo podría salir su voz, así que simplemente, negó con la
cabeza y movió sus cejas en una gesto indicativo para que siguiera adelante.
Ricky se veía
azorado, como si hubiera esperando realmente mucho tiempo para hacer esto. Un
quejido más de Alex, un movimiento sacudiendo sus piernas y abriéndolas más,
fue el indicio que necesitaba.
Atrapó un
huevo entre sus labios, apretándolo, succionándolo mientras movía con más
fuerza su mano, buscando en ese rugoso y caliente interior, chocando sus
nudillos contras las duras nalgas en un mojado sonido ardiente.
Alejandro
intentó sostenerse mejor sobre el respaldar del sillón, sin poder evitar irse
escurriendo poco a poco hasta acabar con el culo casi fuera del asiento. Ricky
cada vez iba más rápido, apretándolo, golpeándole con la mano mientras intentaba
darle placer.
Los intensos
toquecitos, ahogaban cualquier molestia por la intrusión. Era un sentimiento
extraño, un hombre estaba hurgando en su culo, haciendo esos ruidos ordinarios,
y sin embargo, le encantaba cuando chocaba dentro de él, disfrutaba apretando y
atrapando ese dedo, como Ricky suspiraba de frustración y empujaba con más
fuerza.
Su mano
tembló sobre su erección, dudando en si era oportuno tocarla o no. Quería
sentir más placer, ya sentía ese final, esa cuesta arriba que lo llevaría al éxtasis,
pero sabía que si se la sacudía, si empezaba a masturbarse, se correría.
Gruñó y
aspiró fuertemente, sus labios temblando, sus ojos buscando un punto en el
techo donde concentrarse y resistir la urgencia. Cuando sintió que se escurría
completamente del sofá, Ricky apartó la mano de su intimidad para sujetarle los
muslos. Ambos acabaron de rodillas en el suelo, Alex —gracias a Dios— con la
ayuda del asiento para apoyarse.
—Estoy…
—¿Cachondo a
morir y a punto de darte un síncope? —ayudó Ricky, con una mirada socarrona y
malditamente satisfecha—. Vaaaya. Si supiera que era tan bueno en esto, me
hubiera metido en el negocio, dicen que esa clase de hombres ganan un dineral
si saben meterse en los círculos correctos. Puede que la zorra de tu novia sepa
un poco de eso.
¿Meterse
donde? ¡Meterse dice el muy bastardo!
Alejandro no
pudo resistir el impulso de pegarle un empujón. En cualquiera otro momento,
seguramente, lo hubiera hecho caer al suelo, pero esta vez, la fuerza no le
llegó ni para moverlo.
De verdad que
estaba a punto de darle algo.
—Gilipollas
—respondió simplemente. De todas formas, era una de las mejores palabras para
definir a su amante. Intentando respirar, ahora un poco más tranquilo, miró
hacia su erección, aun pegando botes de vez en cuando por la excitación
contenida. Tenía la punta completamente amoratada y húmeda, y el seguimiento de
los ojos de Ricky y la forma en la que se relamió los labios, no le ayudó
mucho—. Estoy demasiado cachondo… Ricky, maldita
sea tu estampa, haz algo con esto.
—¿Hacer? No
sabes las cosas que se me ocurren —bromeó, agarrándosela por sorpresa y
disfrutando del bote brusco que dio Alejandro, el cual llevó rápidamente sus
manos a los hombros de Ricky. Sonrió ante lo conseguido y acercó despacio su
boca al oído de Alejandro. Dejó que su aliento escapara despacio, notando el
estremecimiento de Alex. Un pequeño lametón y susurró—: Voy a follarte Alex,
tan fuerte que creerás que te están violando —Ricky se retiró a tiempo de evitar
que le golpeara. Se levantó y dio unos pasos torpes, aun sonriendo mientras
intentaba quitarse los pantalones—. Pero antes… creo que tengo que coger algo
del cajón de la mesilla. Porque claro, no queremos a nuestro Alejandro
acaparando el cuarto de baño durante el próximo me…
No pudo
terminar, Alex le había lanzado su zapatilla dándole justo en la pierna. De
todas formas, ese maldito diablo ni se inmutó. Ricky solo señaló la acción como
si no fuera mucha cosa, puso cara de nena con un muy mal actuado golpecito de
mano, y como no, salió corriendo hacia el cuarto con una risita tras él.
—Maldito
bastardo —farfulló Alex. Se rascó la pierna y bostezó, sacudiendo su erección
que todavía seguía en pie y expectante. Ahora que estaba solo, empezaba a
ponerse nervioso. Pero era una tontería, estábamos hablando de Ricky, ¿no?
Vale… ¿se suponía que ese pensamiento tenía que tranquilizarlo? Arqueó los
labios en una sonrisita ladina antes de arrastrarse un poquito y llegar al
mando del aire acondicionado que había sobre la mesita de cristal. Subió la
temperatura y esperó unos segundos, la habitación se calentó un poquito más—.
Mucho mejor.
—¡Oh, joder!
—gruñó de repente Ricky, haciendo una mueca con los mofletes sonrojados—. ¿Le
has dado más al maldito aparato ese? —antes de que Alex pudiera contestar,
Ricardo se arrodilló frente a él, y le dio un brusco beso en la boca—. ¿No
estamos ya lo suficientemente cachondos por aquí? —bajó la mano y pellizcó la
punta de la erección de Alex. Cuando esta se humedeció y él contuvo un jadeo,
Ricky chistó graciosamente.
—Muy
cachondos… joder… demasiado —Alejandro le quitó el bote de lubricante a Ricky
de la mano, y tiró del fuerte cuerpo de su amante para que chocara con el
suyo—. Ven aquí.
Alex abrió su
boca, succionando esos labios, buscando esa lengua. Sintió las manos de Ricky
rodeando su cuerpo, apretujando su espalda. El beso se hizo más brusco, sus
bocas se movían una sobre la otra, desesperadas.
Ricky se
separó, relamiéndose la saliva, observando como Alejandro estaba a punto de
saltar sobre él y follarlo si no se apresuraba. Estaba claro que cuando a Alex
se le recalentaba el cerebro, ya no pensaba. Se cegaba, buscando placer en
cualquier sitio. Siempre había disfrutado de sus toques bruscos, de sus fuertes
folladas, pero estaba vez… bueno suponía, que ya le tocaba.
Lamió el
cuello de Alex, mordisqueándole mientras clavaba las manos en sus muslos.
Sintió la presión de sus propios slips, como su erección quería saltar de
ellos. Alejandro estaba en ese momento toqueteando su ingle, bajando por sus
piernas y apretando su paquete.
¡Dios, como
le encantaba que hiciera eso!
Pero no, esta
vez, no.
Con un fuerte
estirón al brazo de Alex, Ricky consiguió darle la vuelta. Cuando sintió la
poca resistencia, su instinto fue pegarse a esa espalda y aplastarle la cabeza
contra el asiento del sofá.
—Ri… Ricky…
eh… espera… —Alejandro intentó moverse, pero lo único que consiguió fue sentir
la ingle ardiente de Ricky más presionada contra la parte baja de su culo. Su
erección rebotó dolorosamente contra el asiento y ahogó un quejido—. Suéltame,
Ricky.
Ricky estiró
del corto cabello negro, lamió la parte de atrás del cuello de Alex, ese
tirante tendón, y lo delineó con la punta de su lengua. Aspiró bajo su oreja y
la mordisqueó. Podía notar como los anchos hombros peleaban contra la presión
que ejercía su pecho para inmovilizarlo y Ricardo solo se puso aún mucho más
cachondo.
No sabía que
le pasaba, pero el dominar a Alejandro le estaba volviendo loco.
Mordió su
hombro con fuerza a la vez que soltaba su cabeza y llevaba las manos
directamente a ese magnífico culo con el que se frotaba. Agarró ambas nalgas y
las apretujó, aplastando su sexo todavía cubierto por la fina tela contra
ellas.
—Joder… he
querido tanto tiempo hacer esto… Alex…
Alejandro se
había sentido un poco asustado por el impulso agresivo de Ricky, incomodo hasta
el punto de no saber ya, si seguir sería una buena idea. Pero esa frase, la
sensación de desesperación con la que había sido pronunciada… Ricardo no estaba
fuera de sí, simplemente, quería follarle.
Y Alex quería
que lo hiciera.
Tomó una
amplia respiración cuando lo sintió frotarse, tenía el estómago totalmente
presionado contra la piel del sillón. El poder del cuerpo de Ricky lo
inmovilizaba. Solo podía dejarse hacer, sentirlo encima, dominándolo.
Ricky agarró
el bote con los dedos tensos y con el pulgar golpeó el tapón hasta que este se
alzó con un brusco «clic», que resonó
en la habitación como la campana en un cuadrilátero de boxeo.
Alex jadeó
cuando el dedo estuvo allí, frío, pegajoso, tan diferente al calor que
desprendía la piel de Ricky. Cuando se introdujo en él, insistente, rebuscando,
abrió las piernas y se inclinó un poquito más hacia delante.
¡Diablos, era
una posición tan humillante! ¡En el salón, a cuatro patas!
Apretó los
dientes y resistió los primeros impulsos de negación que vinieron a su mente.
Ricky había pasado por lo mismo, se había visto de rodillas en la cama, con él
detrás diciendo de buenas a primeras que quería follárselo.
Lo había
soportado, lo había permitido. Se había tragado el orgullo y dejó que se lo
follara.
Alex apretó
los dientes y levantó un poco más el culo, exponiéndose a Ricky, facilitando
que entrara en él. Sabía que Ricardo no lo había entendido, pues simplemente se
lo tomó como una insinuación. Lo supo cuando la ruidosa respiración se hizo más
dificultosa, por cómo le metió los dedos con más fuerza, y como, con la mano
libre, se deslizó el slip por las piernas con movimientos torpes.
No tardó
mucho en sentir el extremo calor de la erección de Ricky presionada contra su
culo. Los viciosos dedos seguían ahí, frotándose, rebuscando y haciendo que
Alex se estremeciera cada vez que rozaban sus partes sensibles. Y sin embargo,
Ricardo deslizaba su polla contra el espacio libre, con tres sacudidas, hasta
que perdió el contacto para colocarse entre sus piernas, apretada contra su
propia erección y estrujando sus huevos en sus desiguales movimientos.
—Quiero
follarte ahora, Alex. Joder, déjame entrar en este arrugadito agu… —Alex le
pegó una coz que hizo que Ricky soltara un quejido entre dolor y risa—. ¡Oye!
Sé que la posición te gusta, pero no te comportes como un animal.
—Deja de
decir idioteces y date prisa.
Ricky resopló
cuando cogió su polla y la presionó contra la abertura de Alex. Acarició
lentamente la moldeada espalda, presionando las yemas de sus dedos en un
intento de controlar la necesidad de su cuerpo de ir mucho más rápido.
Cerró los
ojos y se la sacudió un poco, rozando un poquito la punta contra aquel ano que
lo esperaba. Los nervios lo estaban haciendo sudar y la presión del momento que
perdiera un poco del grosor de su erección.
Volvió a
masajeársela y miró su pequeña polla, tragó saliva. Alejandro parecía no tener
prisa, o simplemente no quería abrir la boca en ese momento. Se mantenía
inmóvil, esperando. Ricky cogió la punta y se la pellizco, bajando la piel con
rapidez hasta que sintió que el placer volvía a incrementarse. Estaba al cien
por ciento del total de lo que podía estar, y aun así…
Apoyó una
mano sobre las omoplatos de Alex, recolocándolo para que su culo quedara aun
más expuesto. Tenía que buscar el ángulo más amplio para que esto funcionara.
Cuando creyó que casi lo tenía, golpeó con sus caderas el culo de Alejandro y
se situó lo mejor que pudo
Uso un poco
más de lubricante, esta vez sobre su propia erección, y volvió a presionarla.
Un poco más, la punta entró con bastante facilidad. Ricky silbó de placer
cuando sin más tapujos, consiguió meterse completamente en ese apretado culo.
Golpeó sus
muslos contra las duras nalgas y se quedó allí, aplastado y unido a Alex. Gimió
por lo bajo y apoyó la frente en la espalda sudada.
—Joder… la
siento entera dentro de ti, no pudo creerlo. Yo he conseguido…
Alejandro
bajó la cabeza y ocultó una leve sonrisa. Había sido mucho más fácil de lo que
imaginó. Sentía la polla de Ricky dentro de él, sin dolor, había entrado con
tanta facilidad que hasta él se había sorprendido. Puede que no tuviera una
extensión considerable, pero se sentía estirado, lo llenaba.
Cuando la
primera sacudida de caderas de Ricardo lo envió de cara contra el sofá, no pudo
evitar que un gruñido de sorpresa escapara de sus labios. El movimiento volvió
y Alejandro se aferró al asiento, intentando que su cuerpo no saliera disparado
de su posición.
—¡Mierda
Santa! —jadeó, cuando Ricky empezó a follárselo con tanta fuerza que no pudo
más que intentar sujetarse.
Era
realmente… ¡delicioso!
El movimiento
desenfrenado, constante, lo estaba volviendo loco. Y si solo fuera eso…. Un
sonido extrañamente agudo escapó raspando su garganta.
Oh Dios… Ricky estaba bien situado, obligando a su
cuerpo a inclinarse hacia la derecha, agarrándolo de los muslos a pulso, lo
suficiente para que casi no rozara con sus rodillas el suelo.
La cuestión
era que le golpeaba, en un lugar que ya había sentido antes con los dedos,
pero… no sabía, no entendía porque era diferente. Era un placer electrizante,
unas punzadas que le subían en remolinos de pellizquitos por todo su cuerpo. Su
estómago se contrajo en un estremecimiento y apretó la frente contra el sillón.
—Ricky… oh
joder… Ricky —no podía decir nada, no había ninguna palabra que pudiera
describir lo que estaba sintiendo.
Ricardo
presionó sus dedos bajo las piernas de Alejandro y lo levantó aún más sobre su
cintura. El esfuerzo le estaba haciendo sudar, sentía calor por la tensión
constante de sus bíceps.
Pero… ¡por el
amor de Dios! Nunca había sentido nada parecido a esto.
Había follado
a varias mujeres, pero todo era insípido, demasiado preocupado de: si estaban
fingiendo, su desprecio, o lo que pudieran pensar de él. Cuando Alejandro le
folló por primera vez, juró que fue la hostia, pero esto… era tan malditamente
impresionante.
Podía sentir
como los músculos del culo de Alex le atrapaban, como se resistían a dejarlo
salir. Las convulsiones de ese cuerpo fuerte, grande y caliente siendo
sostenido por él. Los ruidos que estaba seguro, no se daba cuanta que hacía.
Oírlo disfrutar en pleno éxtasis de su sexo.
Era la
primera vez que sentía que dominaba a alguien de verdad, que lo estaba haciendo
perder la cabeza. Alejandro parecía que en cualquier momento iba a morirse.
Ricky la dejó
salir. No intentó ocultar la carcajada de felicidad. Permitió que llenara la
habitación, que animara su instinto, su impulso, que alimentara su ego
masculino.
Soltó las
piernas de Alex y se echó encima en una rápida y dura follada, apretándose y
controlando cualquier movimiento que viniera de debajo. Lo sentía de gruñir y
removerse, Alejandro intentaba agarrarse a los brazos de Ricky, mientras seguía
haciendo ruidos.
Los choques
húmedos de sus embestidas aumentaron de intensidad. Ricky colocó sus muslos
tras los de Alex y lo levantó, haciendo que se incorporara sobre sus rodillas y
alzara el torso.
Le obligó a
echar la cabeza hacia atrás mientras se besaban. El movimiento constante de sus
caderas, ahora con un toque más ascendente, seguía siendo desenfrenado. Ricky
admitía que ahora la profundidad había disminuido, pero aun se sentía dentro de
Alex, golpeándole con fuerza las nalgas y masajeando su espalda hacia arriba.
Sin más
preámbulos alzó su mano y rodeó esos labios hinchados y rojos por los besos.
Alejandro abrió su boca y dejó que el pulgar entrara, rodeándolo con la boca,
succionando mientras el mismo bajaba y se chocaba contra las caderas de Ricky.
El
sentimiento era excitante, los golpes seguían siendo igual de constantes,
aunque ahora todo era más sensual, sentía las caderas de Ricky balanceándose
contra su culo. Ahí de nuevo, rebuscando, pulsando, y de repente, la tensión lo
hizo echarse sobre el pecho de Ricardo.
Apretó la
boca y abrió ampliamente los ojos, sentía de nuevo ese placer punzante, esos
toquecitos de goce que lo mareaban. Pero ahora no eran fuertes, sino como un
frotamiento más insistente.
Su mano
temblorosa bajó hacia su erección, dudando si tocarla, cuando el placer se
intensificó, empezó a respirar descontroladamente hasta que aun, sin haber llegado
siquiera a rozar la punta, empezó a correrse, a borbotones, sin control.
Encogió el
estómago, sintiendo como todo su cuerpo se contraía por el placer y su mano
empezaba a llenarse de semen cuando terminó dándose algunas sacudidas.
—Joder…
—siseó Alejandro entre dientes antes de ser de nuevo presionado contra el sofá.
Ricky cerró
los ojos y se concentró en terminar esa alocada follada. Agarró las amoratadas
caderas de Alejandro, por culpa de sus insistentes dedos, y empezó unas rápidas
embestidas, tensando los muslos cuando el placer empezó a cosquillearle los
huevos.
Apretó los
dientes e intentó de nuevo recordar el éxtasis de Alex, como se había disuelto
completamente entre sus brazos y como había conseguido que se corriera sin
siquiera tocarse. Dios… ni él había experimentado nunca eso.
La cara de
Alejandro se había llenado de parches rojos, con todo el cuello en tensión y su
polla no había parado de soltar y soltar semen.
Ricky dio un
profundo gruñido antes de terminar de correrse, sacándola unos segundos antes
para terminar sobre la baja espalda de Alex. Sacudió su erección algunas veces
más, frotando la punta contra las manchas blancas que señalaban claramente lo
que desde ese momento, sería territorio exclusivo de él.
Cuando
intentó colocarse bien sobre sus rodillas, acabó sentado de culo en el suelo.
Se rio al darse cuenta de que había hecho más esfuerzo del que, en un primero
momento, hubiera pensando.
—Eh —llamó a
Alex, tocándole el culo descaradamente para llamar su atención—. Eh… ¿al final
he sido yo quién ha cometido el homicidio?
Alejandro se
removió sobre el sofá, ejerciendo toda la fuerza que le quedaba en los brazos
para poder darse la vuelta y sentarse en el suelo de cara a Ricky. Aun así,
todavía no lo miró, no quería concederle ese punto, a parte que todavía, ni él
mismo había salido del estupor.
Era la
primera vez que otro hombre le había follado, y sin embargo… podía considerarlo
como el mejor polvo que había tenido en toda su jodida vida. Los únicos que le
llegaban un poco a la altura, era las veces que él había jodido a Ricky.
También habían sido muy buenos, pero era diferente, era una sensación muy… muy
diferente.
—No me has
matado —terminó por decir, observando la pequeña erección de Ricardo
desaparecer por completo. Todavía no podía creer que esa cosita lo había
conseguido volver loco—. Pero ha sido un polvo… —Alejandro tosió, rascándose la
frente, mientras empezaba a buscar su ropa por la habitación—, jodidamente
impresionante.
Vaya, lo
único que le había faltado a Ricky era colgarse una medalla. Alex nunca lo
había visto con ese brillo de genuina autosatisfacción en los ojos, o esa
socarrona sonrisita que no había manera de quitarle de la cara.
Admitía que
le molestaba un poco todo aquel derroche de virilidad, pero bueno, si eso
ayudaba a que la confianza de Ricky volviera –si es que alguna vez la había
tenido– podía aguantarse el orgullo unos cuantos minutillos más.
Después de
todo, en eso consistía mantener una relación con otra persona, ¿verdad?
Con sinceridad,
no lo tenía muy claro.
Ricky
carraspeó graciosamente, hinchando el pecho y mirándose las uñas con un aire de
total superioridad.
Alejandro
sintió que le picaba la mano y quería rascársela con su cara, pero se contuvo.
—Te dije
antes que iba a intentar lo que pudiera con mi pistolita, lo que no te avisé…
—soltó una sonrisita—, es que la carga era letal.
Alex rodó los
ojos, negando con la cabeza mientras rebuscaba entre la ropa que había en el
suelo, intentando pescar sus pantalones.
—Oh, por
favor… —bufó, ya sin siquiera mirarlo—. Estoy acostumbrado a escuchar
gilipolleces de tu boca, pero esta se llevó la palma.
Ricky lo
observó ponerse de pie, en todo su esplendor. Silbó cuando Alex estirazó su
cuerpo, mostrando unos abdominales marcados que limpió con la camiseta negra de
Ricardo. Sabía que la habían cogido a conciencia, pero en ese momento le
importaba bien poco pues estaba demasiado entretenido envidiando a la tela.
Alex se frotó el vientre con ella, para después repasar algunos salpicones que
tenía sobre el pecho.
Ricky se
relamió los labios cuando la camiseta revolvió todo el vello negro que cubría
el impresionante torso, moldeando perfectamente las oscuras puntas de sus
pezones.
Pero oh…
Dios… nada fue tan erótico como cuando Alejandro giró la parte superior de su
cuerpo para limpiarse el culo, pasando la camisa entre sus nalgas y subiendo.
Ricardo tuvo
que cerrar sus piernas, para que no se evidenciara lo cachondo que se había
vuelto a poner. Alejandro lo miró por encima, interesado por el cambio
repentino en su actitud…
Ricky tosió y
soltó una risita algo forzada.
—No he dicho
ninguna gilipollez, es solo que… ¿no será que tienes envidia, al ver que yo…
aunque sea la mitad que tú, he resultado ser más… fogoso? —meneó insinuante las
cejas y sonrió socarrón, dándole un énfasis un tanto insinuante a la última
palabra.
La cara de
Alex se transformó en una mueca de asco cuando reflexionó el término. ¿Fogoso?
¿Por qué una conversación tan normal, casi erótica entre dos amantes, sonaba
tan repugnante viniendo de boca de Ricky?
De todas
formas, no quiso entrar al trapo,
bastante le había concedido ya al muy bastardo para ayudar con su «complejito»,
como para seguir regalándole los oídos. Aunque bien, tampoco podía negar que el
polvo había sido impresionante.
—No sé si es
letal o no —dijo desinteresado mientras se ponía los pantalones, sin bóxer y
optando por no abrochárselos, por si acaso. Dio un salto para metérselos y
suspiró—. Viendo la mierda que sueltas por la boca, no me extrañaría que en vez
de semen echaras ántrax.
Ricky abrió
teatralmente la boca, intentando que pareciera ofendido por esas palabras,
aunque claro, Alex sabía que no le habían llegado ni a la primera capa de piel.
Después, negando con la cabeza en un gracioso movimiento, Ricardo dio un salto
del suelo para sentarse en el sofá y ponerse cómodo.
No tenía
intenciones de vestirse, y eso era bastante evidente.
—Eso me ha
dolido taaanto —optó por una mano en el pecho para seguir con la función—. Pero
tú no deberías hablar, pues… —sonrió abiertamente—, más de una mariquita habrá
corrido chillando, después de ver todo ese pelo. Mi sexy, Mister… osito.
Alejandro
apretó la mandíbula ante el ridículo apodo.
¡Y él que
creía que se estaba empezando a acostumbrar al carácter de Ricky!
Le llevaría
toda la vida y todavía, mientras se estuviera muriendo, se preguntaría si lo
había logrado.
Suspiró para
contenerse y se dirigió a la cocina, con la mirada de Ricky clavada en su culo,
pues aunque no pudiera verificarlo… estaba seguro de que así era.
Le gustaba la
forma en la que Ricky lo había estado sopesando mientras se limpiaba, se había
sentido deseado… era un buen sentimiento. Sobre todo, cuando no podía más que
sentirse acomplejado si se comparaba el cuerpo de ambos.
Ricardo era
todo puro músculo, y aunque Alejandro seguía llevándole varios centímetros, sin
duda el cuerpo de Ricky era hermoso. Y ya sin contar ese culito apretado que
tenía.
Tosió para
disimular su turbación, como si alguien pudiera adivinar que estaba pensado y
del maldito de Ricky podía esperar cualquier cosa.
Intentó no
desviarse mucho, cogió dos vasos y entró de nuevo al salón, agarrando una
botella de vino y echándose literalmente en el poco espacio libre que Ricardo
había dejado en el sillón.
Alex empujó
con su rodilla la pierna de Ricardo para que le dejara acomodarse y se
incorporó, sentándose en el filo e intentando abrir el vino.
Mientras
hacía fuerza, peleándose con el tapón, sintió las manos de Ricky en su pecho,
jugando con el vello que rodeaba sus pezones. El escalofrío de placer, le
entorpeció un poco más el asunto que tenía entre manos.
—¿Cuántas
mujeres corrieron chillando al verte? —preguntó con un tono más bajo, entre
broma y seriedad.
Alejandro
alzó una ceja y lo miró de reojo, consiguiendo el «pap» que necesitaba para poder descorchar la maldita botella.
La cogió y
llenó ambos vasos con dos deditos de vino.
—¿Qué es en
realidad lo que te interesa? —preguntó desinteresadamente, alzando uno de los
vasos y ofreciéndoselo. Ricky solo lo cogió, sin contestar. Vaya, cuando el
bastardo se quedaba sin palabras es que habían unos cuantos sentimientos de más
correteando por la conversación. Alejandro meneó su vino y suspiró—: No es que
me haya acostado con la mitad de la ciudad… —Ricky echó una pequeña risita por
lo sobrado que se había escuchado el comentario de Alex—, pero eso sí, las que
entraron en mi cama, no corrieron gritando para alejarse de mí, más bien
gritaban mientras se corrían conmigo. O algo así.
Por primera
vez, fue Ricky el que le dio un pellizco bajo el brazo a Alejandro. Y aunque
mantenía una sonrisa en la cara, estaba claro que el comentario no le había
hecho ni pizca de gracia.
—Vaya… mi
hombre, que viril es. Supongo que entonces me falta mucho por conocer de ti, en
ese punto.
¡Oh, pero que
bastardo!
¿Le estaba
diciendo a Alejandro, que hasta ese momento, había dejado mucho que desear?
De verdad,
que era un capullo. No se merecía ni uno de los minutos de todo el tiempo, en
los que había estado pensando qué regalarle para su cumpleaños.
—Con lo bien
que estábamos y joder, Ricky, a veces no sabes lo que cansas —murmuró, con una
voz grave que dejaba bien claro, que estaba algo mosqueado y harto de tantos
juegos.
Ricky bufó,
sintiéndose un poco imbécil.
Últimamente
reconocía, que cada vez que pensaba en las anteriores relaciones de Alex,
simplemente una chispa dentro de su cerebro, saltaba. Con María había ocurrido
lo mismo, hasta el punto de haber hecho casi el ridículo.
¿Pero qué
podía hacer? Había tenido pocas personas que poder considerar de confianza. Que
supiera que siempre iban a estar junto a él, que nunca lo traicionarían, que
protegería con su vida.
Aunque tenía
buenos amigos, las únicas personas que siempre habían sido indispensables para
él, eran sus hermanas y su cuñado. Ahora tenía a Alex y…
¡Bueno,
maldita sea, tenía que cuidarlo!
Nunca había
mantenido ninguna relación amorosa, ni la había querido. Pero con Alejandro,
todo era diferente, era suyo, su pareja, lo cuidaría, lo protegería, y por
supuesto, se comería a cualquier alimaña que quisiera acercarse. Aunque
tuvieran carita de ángel como la tipa esa de María.
Y encima…
Ricky suspiró, apretando el vaso entre sus dedos. Ahora Alex se había
mosqueado. No podía creer que por unos simples comentarios bordes, después del
impresionante polvo que habían compartido, Alejandro se pusiera de morros.
¿Era su
culpa? Alex debería darse cuenta ya, de lo celoso que podía llegar a ser.
Ricardo echó
la cabeza contra el sofá, notando el cosquilleo de sus largos cabellos castaños
en el cuello. Con la mano libre, se quitó algunos pelillos que habían caído en
su boca a causa del movimiento y… volvió a suspirar.
No quería
empezar una pelea con Alex.
—Alex, yo…
—Brindemos
—sugirió de pronto Alejandro, girándose hacia él y levantando su vaso de vino.
Ricky se
incorporó instintivamente cuando Alex se movió, alzando su vaso y chocándolo
contra el otro.
¿Ya no estaba
cabreado?
—¿Por qué
brindamos? —preguntó un poco reacio.
Alejandro se
llevó rápidamente el vaso a la boca y dio un ligero sorbo. Parecía incómodo y
el movimiento de sus cejas lo probaba. Ricky intentó leer algo en sus gestos,
siguiendo el movimiento de sus ojos que parecían descansar sobre la botella de
vino.
Al principio
pensó que solo evitaba su mirada, pero después, se percató de algo que había
pasado completamente desapercibido para él.
No… ¡No podía
creerlo!
Ricky agarró
rápidamente la botella y rodeó con sus dedos la etiqueta, leyéndola en voz baja
y sorprendiéndose más y más, cada vez.
Lo ponía
claramente, y no había sabido verlo. Alejandro se había acordado, lo había
estado esperando con su regalo y él lo había ignorando durante todo el puto
día.
La alegría se
vio un poco opacada por el arrepentimiento. Y eso que era un sentimiento que no
solía tener nunca. Simplemente, no iba con su personalidad, pero Alex conseguía
hacer milagros con él.
—1978
—susurró Ricky, agarrando el oscuro cristal con más fuerza. Tomó aire y alzó
los ojos… toda la incomodidad por su metida de pata se convirtió en
fascinación. Alex bebía torpemente otro trago, y aunque con eso quería ocultar
su vergüenza, lo que si no podía evitar eran los ramalazos rojos que cubrían su
cara. Ricardo sonrió tontamente, tragándose algunas frases poco ingeniosas y
mordiéndose la lengua para no evidenciar el hecho de que Alejandro estaba para
comérselo en ese momento—. Así que… al final, si que te acordaste de mi
cumpleaños —ojeó de nuevo la botella, volteándola en su mano y sin apartar sus
ojos de los brillantes números dorados—. El año en que nací… vaya. Se podría
decir que es el regalo más costoso que me han hecho.
Alejandro
carraspeó la garganta, dejando el vaso sobre la mesita y rascándose el brazo
con clara incomodidad.
Nunca hubiera
imaginado que sería tan bochornoso celebrar un maldito cumpleaños con Ricky.
Fueran amantes o no. Lo peor es que estaba seguro, de que Ricardo también
estaba afectado. Aunque los largos cabellos castaños le taparan parte de la
cara mientras miraba atontado la botella, había una extraña sonrisa sana en su
cara.
Guau, no
sabía si sentirse asustado o llamar para que repicaran las campanas.
¡El
anticristo se había vuelto católico!
Hizo
esfuerzos hercúleos para no reírse ante tal estúpido pensamiento.
—No es que
valiera muy cara en comparación a las demás de mi colección —susurró torpemente
Alex, mientras le quitaba la botella de las manos para poder rellenar los vasos
nuevamente—. Pero… —siguió hablando sin mirarlo—, cuando Sofía me llamó hace
unas semanas y me dijo que hoy era tu cumpleaños, estuve pensando en que
regalarte —bufó, como si hablar le estuviera costando un supremo esfuerzo—.
Todo lo que ella me aconsejó era tan… horripilante. Flores, bombones, cena
romántica con velitas… —Alex dio un repelús—. Imposible, yo no podía… joder, no
lo he hecho nunca con nadie antes, y de verdad… que no me veía yo en un
restaurante comiendo ensaladita y mirándonos embelesados a los ojos.
Ricky apretó
los dientes y respiró tres veces antes de poder tranquilizarse. Ahí estaba de
nuevo todo obsesionado con que Alejandro se avergonzaba de él, pero… su cara
encendida le daba la impresión de que realmente, el problema era de vergüenza.
Alex no era
un hombre de palabras bonitas, casi no podía decir «te amo» sin que se le
saltara alguna vena por la tensión. Tampoco de representaciones románticas…
intentó ligárselo con una pack de cervezas y una sonrisa tirante.
¡Espera!
También le saco unas entradas para el derbi, y joder si no le costó.
Cuando hace
una semana, el día de la mudanza, él cogió esa misma botella, suponía que
Alejandro tenía las piernas temblando porque pudiera darse cuenta del muy
pensado regalo.
Y viniendo de
Alex, era algo que reconocerle.
Ricky tuvo
claro que hacer a continuación.
Cogió los dos
vasos que Alejandro había previamente llenado, y le extendió uno, intentando
que la sonrisita tonta que tenía en la cara no fuera demasiado cruel con su
orgullo propio. Aunque, si Alex tenía pensamientos humillantes sobre ella, tuvo
la decencia de no abrir la boca.
Por lo que
podía predecir, Alejandro ya tenía suficiente con poder seguir respirando a
pesar de la vergüenza, como para ponerse a pensar en tonterías.
Ricky le
pondría la misma estúpida sonrisa que tenía él en la cara, sí o sí.
Cuando Alex
cogió su vaso, lo hizo tan despacio que cualquiera hubiera pensando que estaba
agarrando una bomba.
Ricardo
aguantó una carcajada.
—Hazlo bien…
—susurró, acercando su cuerpo al de Alejandro, mirándolo directamente a los
ojos—. Dímelo correctamente y brindemos.
Alex tuvo la
necesidad de echarse hacia atrás, de evitar que Ricky le comiera todo su
espacio personal. Y sin embargo, el brillo de esos ojos verdes, la ilusión y
necesidad que podía percibir a través de ellos…
Es verdad que
todo esto le resultaba incómodo. No era mucho de ñoñerías y chomineos, le
gustaba ir al tema, y si este rondaba su círculo de interés personal, mejor que
mejor.
Pero Ricky,
tenía algo que desprendía, que lo atrapaba…
Alex cerró
los ojos, tomó aire y alzó su vaso, chocándolo suavemente contra el de Ricky
antes de decir:
—Feliz
cumpleaños.
Ricky
envolvió el filo del vaso con sus labios y bebió un sorbo antes de bajarlo de
nuevo.
Volvió a
restar varios centímetros más.
Amaba como
Alejandro entrecerraba los ojos, como iba abriendo su boca a cada milímetro que
se acercaba. Parecía tan ansioso como él por sellar ese momento.
Ricardo rozó
despacio su nariz contra la de Alex, en un toque cariñoso, antes de rozar un
poco esa boca que tanto le gustaba. Fue un solo toque, ya que moldeó sus labios
para dejar salir una palabra.
—Gracias.
Alejandro se
sorprendió, no podía imaginar que eso saliera de boca de Ricky. Pero daba
igual, ya que todo pensamiento se fue cuando sus labios profundizaron, cuando
se hizo más insistente. Notó el calor de su interior, el movimiento dulce de su
lengua.
Cuando un
pequeño beso más acabó con la unión, Alejandro no pudo evitar ahogar un pequeño
jadeo.
—Guau.
Ricky sonrió,
acercándose de nuevo y agarrando a Alejandro de las mejillas. La ligera barba
era deliciosa al tacto y desde ahí, podía ver esos ojos castaños tan hermosos
que tenía.
Volvieron a
besarse y Ricky gimió, sintiéndolo delicioso, tanto o más que el sexo de hacía
unos minutos. Era un sentimiento nuevo, o puede que volviera a estar
equivocado, que siempre estuviera ahí y nunca se hubiera parado a descifrarlo.
Una cosa
estaba clara, amaba a Alejandro.
No le
importaba la casa, el coche, quién pudiera entrometerse entre ellos.