viernes, 6 de agosto de 2010

Lágrimas de Hielo (Capítulo 3)

Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 3

Maldito dolor, Roberto se sacudió en la cama y apoyó la mano en su baja espalda. Le dolía como mil demonios y no tenía pinta de calmarse por lo menos en una semana. No sabía cuantas horas llevaba allí tendido, vencido por el sueño. Abrió los ojos cuando los rayos de sol en su cara ya se hicieron insoportables. Giró la cabeza para observar una ventana abierta en la pared. Era simplemente un agujero ovalado sin ninguna puerta con la que taparlo, ni siquiera cortinas. Se quejó entre dientes, otra cosa que iba a odiar de aquel lugar. ¿Qué hacían cuando llovía? ¿O es que acaso en ese mundo no caía ni una gota?

Bostezó y se estirazó, echando mano a su izquierda donde recordaba, se había quedado dormida su hermana. No estaba. Su cuerpo se levantó como un resorte, buscó ansiosamente por toda la habitación pero allí no había rastro de Beatriz, ni siquiera de que hubiera pasado la noche.

Inspiró profundamente para tranquilizarse. No tenía que ponerse obsesivo, podría estar calmando sus necesidades humanas, o simplemente Eros le había dado una cama propia en la que dormir. Se mojó los labios cuando se dio cuenta de que todas aquellas posibilidades no servían para nada, él tenía que encontrar a su hermana, ya.

Iba a correr hacia la puerta cuando se dio cuenta de que estaba desnudo. No en ropa interior, desnudo completamente. Se ruborizó como un idiota y buscó con la mirada algún sitio donde alguien, apiadado de él, hubiera dejado ropa. No tardó en encontrarla, pues al lado de la cama había una silla con todo lo esencial para tapar cada trozo de piel.

Los pantalones de esa tela tan basta corrieron por sus piernas con facilidad, la ancha camisa con un cordoncito en el cuello también fue fácil de poner, pero… ¿que era ese extraño trozo de tela que le colgaba hasta el suelo? Sin saber que hacer, simplemente se lo enredó en la cintura y se hizo un nudo.

Antes de dar un paso escuchó un extraño y bajo gruñido. Cuando sus sentidos buscaron inconciente su procedencia, se dio cuenta por primera vez desde que entró en esa habitación, de una pequeña y estrecha puerta en la esquina. Los jadeos y gruñidos volvieron de nuevo y, aunque aquello le molestara, sabía perfectamente a quién pertenecían.

Sintió de golpe su respiración alterada, sin contar que un calor de quién sabe donde, empezaba a azotarle las mejillas. Su mano bajó, con voluntad propia, hacía su entrepierna, dándose cuenta ante ello, como el pantalón se estrechaba dolorosamente a su alrededor.

Se llevó las manos a la cabeza unos segundos, impactado. ¿Estaba él… poniéndose caliente ante los gruñidos de placer de Eneas? No… esa no era la pregunta. ¿Por qué el maldito de Eros lo había puesto en una habitación que se correspondía con la del gigante frígido? Y ahí, por supuesto, no quedaba la cosa. ¿Qué hacía Eneas haciéndose un apaño a aquellas horas de la mañana?

Intentó resistirse a sus impulsos, pero al final sin poder evitarlo, se acercó a la puerta y la entrevió unos míseros centímetros. Fueron suficientes.

El calor que había sentido desde que empezó a escuchar los jadeos se convirtió en una ráfaga fría que literalmente le golpeó en la cara. Eneas dio el último gruñido a la vez que apretaba una cabeza pelirroja entre sus piernas. Y Roberto sintió una opresión en el pecho tan fuerte, que creyó que caería de dolor retorciéndose en el suelo. ¿Por qué, por Dios, se sentía tan asquerosamente mal?

Eneas cerró los ojos y dejó caer su espalda sobre el colchón, aunque siguió sentado en el baúl tras los pies de la cama. El bastardo se veía completamente satisfecho, y Roberto deseaba estrangularlo lenta y dolorosamente, pero otro sentimiento, igual de malvado cruzó su espina dorsal cuando Kazla se levantó, relamiéndose los labios y con la cara roja del calor del sexo.

Ambos se miraron y Roberto se hubiera quedado de piedra ante la sorpresa, si la ira no le estuviera purgando en la lengua. La pequeña y hermosa mujer simplemente giró sus ojos verdes hacia él, con una expresión clara de, estás sobrando. Por primera vez, Roberto deseó coger a una mujer de los pelos y sacarla a rastras de una habitación.

No lo hizo. La miró con el mismo desprecio y simplemente cerró la puerta, dirigiéndose a la principal y por donde la noche anterior había entrado. Cuando la cerró a su espalda se echó sobre ella y apoyó la nuca, cerrando con fuerza los ojos.

¡Malditos sean todos en ese mundo! ¿Con que derecho se creían para trastornarlo, confundirlo y humillarlo de esa manera? ¿Por qué su cuerpo no dejaba de temblar furioso y su pecho producirle un dolor tan grande?

—¿Roberto? —la voz de Beatriz sonó como un canto de sirenas en sus oídos.

—Gracias a Dios —farfulló, acercándose con dos pasos a su hermana y haciendo algo que no había hecho desde que Bea era una niña, la envolvió con sus brazos y la apretó contra su pecho. El dulce ahora le inundó los sentidos—. ¿Dónde estabas?

Beatriz podía sentir la necesidad en su voz. Apoyó la cabeza aun lado del cuello de Roberto y suspiró.

—Eros me dio una habitación para que pudiera descansar bien —separándose un poquito, le acarició la cara, los ojos azules de Roberto se empañaron, pero no mostró ningún otro indicio de sufrimiento—. ¿Qué te ha pasado esta mañana? Estás…

Roberto se retiró, agachando la cabeza. Le avergonzaba que su hermana lo viera así, siempre habían mantenido una relación divertida, y ni siquiera sus bromas se habían renovado en el tiempo que llevaban en aquel lugar.

—No lo soporto más. Ese hijo de puta estaba ahí, en una habitación que se correspondía con la mía, haciendo que esa mujer suya se la… —calló antes de decir una barbaridad frente a su hermana—, estaba teniendo relaciones con esa tipa. Sin una pizca de consideración al saber que yo estaba durmiendo al lado. ¿Alma? –se rió-, ¿Qué Alma ni que ocho cuartos? –después se mordió el labio, viendo lo evidente que se veía, y eso solo le hizo confundirse más-. Ni siquiera sé porque diablos me importa.

Beatriz suspiró, dando un saltito y apoyando la espalda contra la pared. Se veía pensativa pero la tensión de sus labios era un mal presagio. A su hermana le pasaba algo.

—Te entiendo —dijo la chica para sorpresa de Roberto—. Es una estupidez que nos sintamos tan conectados con esos dos sin tener nada que ver. ¿Amor? Es imposible. Solo llevamos aquí día y medio, ¿como vamos a sentir amor por nadie? Pero… —sus ojos almendrados se clavaron en su hermano—, siento necesidad por él, deseo —ante la mala cara de Roberto por tal declaración, Bea no pudo evitar sonreír—, siento dependencia por alguien que acabo de conocer. Y si me pongo en tu lugar... si viera constantemente a Eros con otra mujer, supongo que me sentiría realmente mal. Pero esto no puede ser amor, ¿verdad, Roberto? Es imposible.

Se tomó unos segundos para pensar, Roberto había recibido un cubetazo frío de información, exactamente más información de la que en realidad quisiera saber. Aun así, que su hermana estuviera padeciendo el mismo mal que él, lo tenía confundido. No era posible que ambos se estuvieran volviendo mentalmente inestables a la vez. Ahí había algo que realmente los afectaba contra su voluntad. La respuesta apareció en su cabeza como la sombra de un fantasma.

—El Alma.

—¿Qué? —preguntó Beatriz, curvando en un gesto dulce su cabeza y mirándolo confusa.

Roberto se asintió a sí mismo, mientras tejía una explicación en su mente.

—Es el Alma. Nos sentimos atraídos hacia ellos porque… nosotros estamos conectados. Es igual que la idea obsesiva que tienen esos gigantes de que nosotros les pertenecemos. —se agarró el pecho con los ojos desenfocados, aunque le hablaba a su hermana, Roberto parecía distante—. Este sentimiento de dependencia, es seguramente el mismo que ellos sienten. Es algo realmente fuerte. No es amor, Beatriz, no lo es.

La chica bajó la cabeza, mirando sus pies como si fueran la cosa más interesante de aquel lugar. Su hermano tenía razón, y aunque a ella no se le hubiera ocurrido tal idea, si lo pensaba cuidadosamente era una explicación bastante probable.

—No es amor, pero si… si nos quedamos aquí, podría serlo —Bea encogió la cara sin atreverse a levantarla y mirar a Roberto—. Estoy segura que si me quedo aquí, por el mínimo tiempo que sea, me enamoraré de Eros. Creo que… si me paro a pensarlo, ya lo estoy haciendo.

Roberto no sabía como diablos salir de allí. Si Eros era la única forma para mantener protegida a Beatriz, daba gracias a Dios porque ese amor creciera de verdad. No deseaba ver a su hermana sufrir, porque a diferencia de él, la joven era correspondida por el gigante rubio. Ella sería una reina, y mientras estuviera a salvo, él intentaría soportar el dolor de tener cerca a Eneas. ¡Maldición, tampoco quería tenerlo más cerca de lo normal! Daba igual si su cuerpo lo deseaba, porque, aunque le mataba admitirlo, sentía un deseo tremendo por él. Esa maldita Alma… si pudiera arrancársela del pecho y dársela a Eneas para poder ser libre, lo haría sin ni siquiera pestañear.

—Debes casarte con él —le dijo Roberto a Bea—. Si estás segura de que puedes amarlo, es la única manera de que me quede tranquilo. De saber que estarás a salvo —se pasó una mano por la cara, cansado—. No quiero hacer nada que te haga sufrir pero… si no te opones a la idea, creo que sería la única solución ahora mismo…

Beatriz podía ver el miedo desprendiéndose de Roberto. Su hermano era alguien completamente intelectual, había dedicado toda su vida a los estudios, a la universidad. Sus horas libres no estaban perdidas en juegos o amigos, a él le gustaba zambullirse en un buen libro y casi perdía la conciencia del tiempo. Era un hombre, tranquilo, amable, educado. No estaba preparado para vivir en un mundo como en el que habían caído.

Nunca había visto a su hermano temblar de aquella manera. Ella siendo mujer, debería verse muchísimo más afectada o en cierto modo, asustada, pero… sabía que tenía la protección de Roberto, y en un rinconcito de su mente confiaba ciegamente en Eros. ¿A quién tenía Roberto? Ella no podía hacer nada por ayudarlo, Eros lo miraba como si fuera un estorbo y Eneas, ese gigante estúpido lo único que hacía era dañarlo e intimidarlo un poco más si cabía.

Y no iba a permitirlo.

—No voy a casarme con Eros —soltó de repente, separándose de la pared y acercándose lentamente a su hermano—. No voy dejar que sufras mientras yo me regodeo en los brazos de un hombre —se puso algo colorada ante tanta sinceridad, pero en aquel momento no le importó—. Salgamos de aquí, huyamos de este castillo y busquemos ese templo de Fan… bueno, como se llame esa Diosa, pidámosle que nos envíe a nuestro mundo y después pensaremos en una forma de pagarle.

Roberto se quedó sin palabras. La decisión en los ojos de su hermana casi le bloqueó su opción de pensar. Al final, después de unos segundos de vacilación, asintió.

—Vayámonos de aquí.

Beatriz asintió, agarrándolo de la mano y tirando de él. Ambos corrieron por el pasillo, sin querer pensar en la locura que estaban cometiendo, ¿pero que más daba? Todo en aquel mundo era una locura y… siempre tendrían la opción de volver al castillo si su petición no era aceptada.

Roberto se escurrió un poco al llegar al final del pasillo, tenían que virar hacia la derecha cuando se dieron cuenta de que no podían. Entonces cayó en la cuenta de que no se había escurrido, su pie había sido levantado del suelo. Poco después, tanto su cuerpo como el de su hermana, flotaban sobre algo que los mantenía en el aire.

El chillido de Bea lo sacó de su ensimismamiento, y Roberto intentó tragar su propio gemido de terror. Cuando sin darse cuenta, bajó la mano, gruñó sintiendo un pequeño corte en ella. Miró sus piernas y supo entonces que había dos especies de remolinos bajo ellos, impulsándolos hacia arriba con la velocidad del viento. No estaban flotando ni mucho menos.

—¿Dónde creíais que ibais? —una voz, que parecía controlar un tono autoritario, se acercó a ellos desde las sombras de la puerta donde minutos antes había salido Beatriz—. ¿Pensabais que podríais escapar de mi castillo sin que yo me percatara de ello?

Roberto miró furioso a Eros, ¿es que nunca podrían liberarse de aquellos malditos gigantes? Quería gritarle, decirle que se fuera por donde había venido, que los dejara en paz, cuando de repente, solo el viento bajo él se deshizo, cayendo al duro suelo y soltando un quejido ante la magulladura que seguro, le saldría en el culo.

—Maldito seas —gruñó, ya le dolía suficiente todo el cuerpo como para añadirle más golpes.

El remolino de Bea se movió, Roberto observó con la boca abierta como su hermana flotaba por el pasillo hasta caer en los brazos abiertos de Eros. Ese fue el momento en el que Beatriz supo que toda batalla contra aquel sentimiento eran esfuerzos perdidos. La cara traicionada de Eros le cortó el aliento, haciéndola sentir como una vil rata. Después los ojos dorados del gigante bajaron hasta sus labios y la chica sintió como estos se frotaron inconcientemente. Poco después, tuvo la cara del hombre sobre ella y probó la suavidad de la boca contraria, que a diferencia de las apariencias, se deslizó sobre ella como una caricia. Simplemente se derritió.

Cuando Eros se separó, Bea cerró fuertemente los ojos y se giró hacia su hermano, que aun seguía en el suelo sentado a pocos metros de ellos. Lo miró unos segundos, asustada y volvió a cerrarlos. Antes de darse cuenta estaba abrazada al cuello de Eros y enterrando su cara en el fuerte hombro.

Roberto lo supo. Por mucho que le doliera, que sufriera, no había salida. Ellos estaban encerrados en aquel lugar, sin posibilidad de escapar y con sus corazones siendo exprimidos por dos enormes gigantes rubios que no sabían más que rugir y gruñir como bárbaros.

—Te quedarás aquí, a mí lado —ordenó Eros, bajando a Beatriz de sus brazos y agarrándola de los hombros para que los ojos almendrados de la chica subieran a mirarlo—. Por favor.

La suplica la dejó impactada, sintió sus ojos inundándose en lágrimas. No era solo por esa extraña felicidad, también estaban cubiertos por ansiedad, miedo, tristeza. Ella no tuvo que pensarlo más, asintió y agachó la cabeza. Se sentía realmente mal.

Eros se separó de ella y se acercó a Roberto. Movió su mano, levantándolo del suelo con unos cuantos empujones de aire y dejándolo de pie frente a él.

Sus miradas se encontraron y Roberto alzó la barbilla, orgulloso. No sabía que vendría a continuación, si le golpearía, lo echaría de su castillo, le prohibiría pasearse por su cuenta, le daba igual, el resistiría cualquier cosa. No por él, seguramente si estuviera solo, ya hubiera cedido ante el miedo, pero no, tenía que proteger a Bea, facilitarle las cosas, dejar que por lo menos, ella estuviera feliz y a salvo.

La mano de Eros volvió a moverse, Roberto ni pestañeó, aunque si encogió el ceño esperando el puñetazo. Este nunca llegó. Los dedos del gigante se centraron en su cintura y comenzaron a desabrocharle la tela. Roberto se quedó con la boca abierta y un miedo irracional se adueñó de él. No sabía por qué pero… que otro hombre lo tocara así le daba nauseas.

—¡Apártate de mí! —gritó, echándose hacia atrás—. No me toques… ¡Si te acercas te golpearé!

Eros encogió la cara, molesto por aquellos gritos sin sentido. Lo sujetó violentamente del brazo, maniobrando con la ropa de Roberto mientras este se revolvía y gritaba, golpeando varias veces con sus codos a Eros sin que este pareciera inmutarse por ello. Después de unos minutos que a Roberto le parecieron horas, se vio libre, así que previsoramente se retiró varios pasos más.

—Ahora sí —dijo Eros.

Roberto alzó una ceja, confuso, después observó sus ropas. Seguían puestas en su sitio, menos esa extraña tela azul con rayas rojas que ahora, giraba por su hombro izquierdo ante de terminar atada a su cintura. ¿Eh? ¿Entonces, solo intentaba ponerle bien la ropa?

Se puso totalmente colorado.

Beatriz se acercó a ellos, sujetando la misma tela a rayas que ella también tenía sobre su vestido.

—¿Qué es esto? Me he fijado y todos en el castillo lo llevan puesto.

Eros asintió, colocándoselo bien también a Beatriz. La chica se dejó, levantando las manos para que el gigante pudiera hacer su trabajo. Cuando terminó, le dio un ligero toque en el hombro, de forma cariñosa y se separó.

—Esto es un Nour. Ahora mismo lleváis los colores de mi casa. La casa de Granmor.

—¿Colores? —preguntó Roberto, sintiéndolo algo familiar. Recordaba haber escuchado algo parecido en algún país de su mundo.

Eros señaló a un sirviente que pasa por allí cerca, arrastrando una pesada bañera de metal. Los hermanos recordaban haberlo visto anteriormente, más concretamente la noche pasada, fue quién les mostró la habitación y todas sus comodidades.

—Si os fijáis, Temi, lleva una cinta estrecha en su brazo con los colores de Granmor. Eso es un Noa.

—¿Y porque no lleva este trapo igual que nosotros?

Eros gruñó ante el despectivo nombre.

—Es un Nour y solo la familia real puede llevarlo.

¿La familia real? Roberto no sabía si sorprenderse o reírse. ¿Qué familia real ni que nada? Era una estupidez. Puede que Bea lo llevara fuera mas o menos viable, pero ¿él? Recordaba haberle visto ese Nour a Kazla, ¿por qué tendría él también que llevarlo? Solo hacía más evidente que era el otro y se sentía realmente humillado.

Sin embargo, no quería contradecir a Eros, tampoco en realidad, quería quitarse el Nour. Puede que a Eneas le fastidiara, pero era su Alma y el estúpido gigante tenía que aceptarlo. Roberto sabía que iba a sufrir, pero haría que Eneas lo pasara peor que él. Sería el único consuelo que obtuviera.

Una maliciosa sonrisa pasó por la cara de Roberto y que no pasó desapercibida para la pareja que lo mirada un poco extrañada. Después Roberto se giró y echó a andar hacia el pasillo nuevamente, un poco más… ¿animado?

Bea ojeó a Eros, dudosa, y este se encogió de hombros. Si ella no podía entender al pequeño hombre siendo su hermano, él muchísimo menos.

*****

Roberto se estremeció cuando el aire frío le recorrió el cuello húmedo. Había sentido una ganas irrefrenables de una limpieza, aunque fuera por distritos como muchas veces le había dicho su madre cuando era pequeño. El solo recuerdo de ella, le hacía sentirse deprimido pero, por muchas ganas que tuviera de salir de aquel lugar, no podía. Era frustrante pero tenía que aprender a vivir con ello.

Le había preguntado a Eros el sitio donde pudiera asearse un poco. Después de ofrecerse, para sorpresa, a indicarle el lugar, Roberto le había seguido hasta una de las habitaciones que daban al patio de armas. Allí había una especie de rectángulo de madera, que atravesaba la habitación de una pared a otra, por supuesto, lleno de agua. Cerca de su posición había otros soldados que al igual que el criado que había visto en el pasillo, llevaban esa cinta en el brazo.

Roberto admitió sentirse intimidado cuando todas las miradas se dirigieron a él, y más concretamente a su Nour.

—¿Pasa algo? —demandó Eros, alzando la voz a tal volumen que, inmediatamente, todos los soldados se dispusieron a seguir con su limpieza.

—Gracias —susurró Roberto, solo para que el gigante le escuchara.

Para su sorpresa, este le colocó una mano en el hombro, tranquilizadora, y le sonrió. Después señaló con la cabeza un pasillo a su izquierda.

—Por ahí se va al salón. Cuando termines dirígete allí, estaremos desayunando.

La sola idea de tener que comer con Eneas y la pequeña pelirroja le revolvía las tripas. Pero asintió, mirando el agua y poniendo cara de asco. Eros ya se había marchado cuando él consiguió atreverse a meter allí las manos. Se lavó un poco quitándose la camisa y sin querer pensar en cuantas sucias manos habían estado allí antes que la suya.

Después de varios minutos aseándose, se encontraba andando hasta el salón, pasó por el enorme arco y entró en la sala.

Todos en la mesa alzaron la cabeza para mirarlo. Eros la presidía, a su derecha estaba Bea sentada, y al otro lado se encontraban Eneas y Kazla. Roberto no necesitó el movimiento de cabeza de Eros para saber que debía sentarse al lado de su hermana.

No saludó, ni aunque hubiera querido podría hacerlo. Tenía la lengua atascada. Frente a él, la pequeña pelirroja seguía comiendo como si nada. Si hubiera sido un perro buscando las sobras del desayuno le hubiera hecho el mismo caso. Por un lado, se sintió aliviado, no sabía como reaccionaría si aquella mujer le dirigía la palabra. Eneas también pareció no querer ponerle atención, pero a diferente de Kazla, era evidente que se estaba resistiendo.

A lo mejor no quería enfadar a su mujer. ¡Que admirable por su parte! Capullo de mierda… pensó Roberto, intentando que su respiración no se descontrolara más de lo que ya lo estaba.

Lo único que consiguió relajarlo en aquel momento fue la mano de su hermana, que agarró la suya mientras señalada la mesa y se reía. Roberto no entendía a que se refería Bea hasta que miró el tazón de comida que tenía delante. Era una especie de arroz verde, con salchichas amarillas y un huevo frito, la clara azul y la yema roja.

Se llevó una mano a la boca, sintiendo su estómago revolverse. Miró por toda la mesa, había alimentos que no conocía y otros que simplemente parecían una mezcla de varios. Y esos colores…

—¿Algún problema, cuñado?

Roberto miró a Eros, un poco sorprendido por aquella identificación. La risa en los ojos del gigante le hizo sentirse un poco mejor, parece que había conseguido un inesperado aliado.

—Es solo que… esta comida es un poco diferente a la nuestra. Pero huele bien —quiso ser lo menos insultante posible, y por lo menos no había mentido, era verdad, oler, olía normal.

Observó a Bea llevarse una cucharada de arroz verde con salchichas amarillas a la boca, su expresión no cambió. Roberto miró su propio tazón y agarró también el cubierto, tragó duro antes de llevarse algo de comida a la boca. Nunca había sido delicado con la comida pero…

Empezó a ponerse totalmente colorado y hacer espavientos con las manos. Eneas saltó de su asiento y le dio rápidamente una copa con un líquido pardo que tenía una pinta asquerosa. No se paró a pensarlo, se lo bebió todo de golpe y soltó un largo y aliviado suspiro.

—¿Estás mejor? —preguntó su hermana, con una risita divertida en la cara.

—Maldita enana, tú sabías que esto picaba horriblemente, ¿verdad?

Beatriz no pudo evitar echarse a reír, y para sorpresa de Roberto, todos en la mesa sonrieron. Siempre lo había sabido, su hermana hacía su propia dulce magia. Había algo en la chica que provocaba que todo el mundo a su alrededor se relajara. Daba gracias por ello.

—Toma —Eros le pasó un tarrito con alguna clase de especia dorada—. Eso le quitará bastante el picante. Nosotros solemos comerlo así, perdona por no pensar que para vosotros podría resultar algo… fuerte.

Roberto agarró el tarro y comenzó a echarlo encima de su tazón.

—Gracias. Y no… no es que sea molesto, es que simplemente no estaba preparado. Tengo la lengua entumecida.

Nadie aportó nada más y comenzaron a comer, sin embargo, Roberto seguía algo alerta por la rápida reacción de Eneas. El gigante no había dudado en darle su propia copa para calmar el picor de su garganta, aunque ahora parecía tan concentrado en su desayuno como si lo que había pasado anteriormente solo hubiera ocurriera en la imaginación de Roberto.

De vez en cuanto lo veía de intercambiar frases cortas con Kazla y el odio que momentos antes se había calmado un poco, volvió a surgir. Tendría que inventarse algo para que Eros lo dejara comer en otro sitio la próxima vez.

Estaba agarrando una rebanada de pan rojo cuando una nueva voz, que no reconocía, se alzó tras la mesa. El hombre avanzaba por la habitación un poco acelerado, parecía haber estado corriendo durante una hora entera.

Roberto no tuvo que girarse, el soldado estaba ya al lado de Eros, parecía serio.

—Nuestros soldados se acaban de reportar. —Karel apoyó una mano en su espada y después respiró profundamente, falto de aire—. Amur está planeado algo.

Roberto se preguntaba quién diablos era Amur, aunque sus ojos seguían la silueta del nuevo hombre frente a él. Era un poco más bajo que los otros dos gigantes rubios. Su cabello castaño, aun recogido en una coleta alta, dejaba ver claramente que en realidad le llegaba hasta los hombros y por la forma, suponía que sería ondulado. Vaya, con ese cuerpo musculoso, esa cara fina, y esos marrones ojos alargados, si se soltara el pelo, Roberto tenía claro que cualquiera en su mundo pensaría que era una celebridad.

Cuando el hombre se movió un poco, captó algo que se le había paso en su análisis anterior. Nunca en su vida había visto una cicatriz más grande. Le cubría desde la sien hasta el labio, atravesando toda su mejilla izquierda. Aunque no era muy notoria, ni definitivamente fea, era bastante impactante. Sin embargo, le daba un toque de chico rebelde que le quedaba bien. En conclusión, desde el punto de vista de un hombre, Roberto reconoció que era un tipo atractivo.

Sintió un codazo en el costado, Roberto se quejó y se inclinó hacia su hermana, que ya tenía la boca pegada a su oreja.

—¿Por qué miras al hombre ese así?

Roberto alzó una ceja, confundido.

—¿Así como? —la expresión de Beatriz no dejaba duda alguna de que le había pillado analizando al soldado. Roberto suspiró—. Simplemente lo estaba evaluando, es un hábito que estoy cogiendo desde que llegamos aquí. Estoy harto de llevarme sorpresas desagradables.

Bea pareció entender un poco, pero finalmente se encogió de hombros.

—Pues parece que hay alguien al que no le agrada mucho que hagas eso —su hermano seguía igual de perdido, así que se acercó un poco más y susurró en su oído—: Eneas.

Los ojos azules de Roberto parecieron moverse con voluntad propia, y antes de que el chico lo decidiera, estos ya se habían puesto sobre el gigante. Fue caer sobre él y Eneas apartar la vista, volviendo a su nula expresión sobre el tazón de arroz.

Roberto estaba completamente incrédulo. Nunca entendería a ese hombre, su mente era como un laberinto para él y sin embargo, no paraba de gruñirle, amenazarlo y mirarle a escondidas. ¿Realmente, que esperaba Eneas de él? Porque cada vez lo confundía un poquito más.

—¿Y bien? —la pregunta sacó a Roberto de sus cavilaciones, dándose cuenta de que la conversación entre Eros y el nuevo soldado había seguido sin que él prestara atención—. ¿Para qué crees que la está levantando?

¿Levantando? Roberto miró al hombre misterioso y tragando saliva, ante la posible negación, se atrevió a preguntar:

—¿Levantando qué?

Eros lo observó con los ojos entrecerrados, poniendo nervioso a Roberto. Puede que al jefe de Granmor no le apeteciera que ningún hombre de otro mundo viniera a meter las narices en sus problemas. Roberto cerró la boca y desvió la mirada, sin saber si debía disculparse. Pero era una persona curiosa, más de cerebro que de músculos. Su curiosidad le había ganado al sentido común.

Para su sorpresa, la respuesta de Eros no fue la que había esperado.

—Karel, explícale a mi cuñado todo lo referente al asunto con Amur.

El soldado asintió, girándose hacia Roberto y para su asombro, sonriéndole. Oh… lo sabía, ese bastardo aun con la cicatriz tenía un rostro atractivo. Escuchó a Eneas revolverse en su silla y casi creyó ver como la sonrisa de Karel se incrementaba un poco.

—Señor —pronunció, refiriéndose a Roberto—, Amur es el jefe del reino vecino, Hranmir. Últimamente parece que las pequeñas aldeas en las murallas exteriores del castillo han sido saqueadas. Lo más sorprendente es que nadie ha resultado herido y que no se sabe el por qué de tales robos. Ya que estos se centran en Fonix.

—¿Qué es Fonix? —preguntó Roberto, pensando en tener que hacerse un diccionario.

Karel señaló con una mano la mesa.

—Fonix es un mineral extraído generalmente en Hranmir. Usado para fabricar utensilios de cocina, igual que la cuchara que tienes ahora mismo en la mano.

Roberto levantó las cejas, alzando la cuchara y mirándola. Él hubiera jurado que era simple metal. La dejó en su sitio, y se volvió de nuevo hacia Karel.

—¿Y que dijiste que estaba levantando?

—Al parecer —continuó Karel—, ha empezado a construir una cerca de madera alrededor de sus tierras. Ésta rodea todo los límites del reino.

Eros se rió, negando con la cabeza.

—Es la estupidez más grande que he escuchado en mi vida. Una cerca de madera no será barrera para ningún ladrón.

Karel asintió, de acuerdo con su jefe.

—No solo eso, ni siquiera es una cerca bien hecha. Se podría decir que son tres palos unidos con varios clavos. Pero es extraño… ya sabes que Amur no hace las cosas por nada. Algo tiene que estar planeado. Su reino bordea en su mayoría al nuestro, si está preparando algo, seguramente nosotros nos veremos afectados.

Toda la sala quedó en pleno silencio. Eros parecía estar pensativo, y Roberto pudo escuchar como algunas cucharas volvían a moverse. En un principio, le pareció sorprendente que Eneas ni siquiera prestara atención. Había algo extraño, como si evitara involucrarse en la conversación. Por las miradas que a veces le echaba a Karel podía deducir que no era santo de su devoción, pero de ahí a ignorar algo tan importante para el reino como una posible conspiración…

Por otro lado, era verdad lo que decían Eros y Karel. Esa cerca no tenía sentido, no puedes asegurar una casa simplemente cercándola, en su mundo, puede que una valla eléctrica o una alarma… Un momento.

—¿Los miembros de las familias reales pueden usar magia siempre?

Eros lo miró sin comprender, alzó una ceja.

—Si, por supuesto. La prohibición de magia excepto en los días festivos es para los plebeyos.

—¿Sabéis que Elemento tiene ese tal Amur?

Eros y Karel se miraron extrañados, pero fue este último el que asintió.

—Elemento Tierra. Es uno de los más débiles según la jerarquía, sin embargo, Amur ha conseguido desarrollarlo bastante, con él puede hacer cosas que nunca antes se habían visto.

Roberto sonrió, bastante seguro de que su deducción era la correcta.

—Yo creo saber para que está utilizando esa cerca —y entonces sí que consiguió la atención de todos los presentes. Los ojos oscuros de Eneas se alzaron hacia él y Roberto se sintió poderoso. Eso es, mírame, obsérvame, ponme atención. Tantos años de usar su cerebro le iban a servir para algo, algo que nunca hubiera imaginado pero que bienvenido fuera—. Habéis dicho que se están efectuando robos en sus tierras. Pero precisamente en las aldeas exteriores a la muralla del castillo. Estoy seguro de que la fortaleza de Hranmir tiene fama de ser impenetrable.

Eros pareció sorprendido, ahora sí, interesado en las palabras de su cuñado.

—Es verdad. Estás en lo correcto. Pero… ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Roberto también sintió un toque de sospecha en su mirada penetrante. Era normal. Nadie esperaría que un hombre de otro mundo, para ellos inferior en todo, fuera a resultar un aliado inteligente. Suspiró un poco ofendido ante el pensamiento.

—Estoy seguro de que Amur está usando su Elemento Tierra como una especie de Alarma. Creo que el suelo de las murallas de Hranmir está embadurnado de ella. Sin embargo, pensad… aunque él pudiera pasar el control de su Elemento a la tierra, y así controlar su Castillo necesitaría unos límites, algo que lo rodeara para poder precisar. Su castillo tiene las murallas por eso él siempre sabe quién entra y quién sale. Sin embargo, las aldeas exteriores a esas murallas son vulnerables, por eso supongo que han sido el blanco de los robos. Ahora bien. Para poder protegedlas, está claro que ese tal Amur no podía ejecutar su Elemento en tal cantidad de kilómetros de tierra. Necesitaba algo que rodeara su reino, que lo delimitara y así poder precisar.

Eros golpeó la mesa, dándose cuenta de la veracidad en las palabras de Roberto.

—Algo como una cerca. Por muy mal hecha que estuviera, su función no era ser una barrera, si no una señal. Como… un hilo conductor.

Roberto sonrió.

—Exacto, estoy seguro de que su Elemento corre a través del suelo junto a esa cerca. Supongo que estará bastante seguro de que los ladrones no están dentro de sus tierras.

Karel miró a Roberto fascinado. Nunca habían encontrado a nadie de inteligencia rápida. El pequeño hombre era listo, resuelto, hábil. Si Eros se lo permitía, su cuñado podría convertirse en un gran estratega.

—Eso quiere decir, que Amur planea proteger sus dominios mientras crea una estrategia de ataque. Mis soldados dicen que vieron patrullas con los colores de Hranmir paseando por los límites entre nuestras tierras. Seguramente estaban buscando pruebas de nuestra culpabilidad. Está claro que creen que nosotros estamos tras esos robos.

Eros asintió, metiéndose la mano bajo su Nour como si la llevaba un cabestrillo y dejándola descansar allí, la otra acariciaba lentamente su barbilla.

—Si estuviera ocurriendo en Granmor, yo también pensaría que él es el culpable. Nuestros reinos están tan cerca y a la vez tan lejos de los otros cinco que es normal creer que todo lo que pasa en un asunto entre ambos.

—Pero hay algo que no me cuadra —Roberto miró unos momentos a Eros, serio—. No creo que nadie haya pensado nunca en la forma en la que Amur protege su fortaleza. Pero esos ladrones, atacaron expresamente las aldeas exteriores cuando es evidente que si su finalidad es ese tal Fonix, deberían haber entrando ya que allí obtendrían una mayor cantidad. Me hace pensar que… estaban seguros de que si atravesaban los muros del castillo serían claramente capturados —respiró hondo, ahora no tan seguro de sus deducciones—. Si está claro que no es nadie de este reino, y ellos dan por sentado que tampoco se trata de alguien de Hranmir, ¿quién más puede saber sobre la forma en la que Amur crea sus alarmas?

La pregunta corrió por el aire. Todo el mundo estaba sumido en un silencio pensativo, hasta que Eneas, por primera vez desde la última hora se agregó a la conversación.

—Nadie puede evitar que otras personas exteriores al reino entren en él. Estamos dando por sentado que se tratan de ladrones, callejeros, pobretones en busca de algo que revender, ¿y si nos equivocamos?

Roberto se sorprendió aun más cuando todos miraron a Eneas como si estuviera a punto de caerse el techo. ¿Tan poco acostumbrados estaban a que el gigante abriera la boca? Fue Karel el que miró a Eneas de forma despectiva, casi burlona. Roberto no supo porqué pero, aun habiéndole caído bien ese hombre, ahora mismo le hubiera gustado golpearlo.

—No seas idiota —el insulto dejó a los dos hermanos, tanto a Roberto como a Beatriz, con la boca abierta—. Es evidente que tienen que ser meros ladronzuelos, si no porqué iban a robar Fonix, es un mineral que no se utiliza más que para simples utensilios del hogar.

Los ojos ónix de Eneas parecieron crepitar en llamas ante la contestación de Karel. Eros no parecía dispuesto a defenderlo y Kazla seguía comiendo como si nada, ¿qué diablos pasaba allí?

Antes de darse cuenta, Roberto golpeó la mesa con ambas manos mientras se ponía de pie. Beatriz a su lado se sacudió del susto.

—Ey, Karel. Si tú eres tan inteligente, porque en vez de echar por tierra las ideas de Eneas, no buscas alguna otra utilidad que pueda tener el Fonix. Supongo que si quieren tanta cantidad del mineral, no puede ser para vender las cucharas en un mercadillo. Si mi suposición es correcta, ellos buscan el material en sí. ¿Para que? Eso no lo sé. Hay dos opciones viables —paró para respirar por primera vez desde que empezó con su riña, después de tomar unas profundas inhalaciones continuó—: Podrían querer el Fonix para fundirlo y venderlo, por… ¿contrabando? No sé. Después también podrían quererlo para crear otras cosas diferentes. Puede que le hayan encontrado alguna cualidad que desconocemos.

Roberto seguía tan intensamente pensando en posibles finalidades para el Fonix que no advirtió la mirada de Eneas. Ésta estaba fija en él, pero no parecía una muy feliz.

—¿Quién te crees que eres? —preguntó de repente, sorprendiendo a Roberto.

—¿Qué?

Eneas, retiró de un golpe el cuenco de arroz ya casi vacío y lo atravesó con sus ojos. Roberto por un lado se cabreó, sin entender a que venía ese arrebato de ira cuando él solo lo había defendido, y por otro lado, no podía comprender porqué su cuerpo reaccionaba ante el gigante de esa forma. Estaba acalorado e interiormente suplicaba por que su cuerpo no le delatara más de lo que ya lo estaba haciendo.

—No eres nadie para venir aquí e involucrarte en los temas de nuestro reino. Ni siquiera sé porqué estas desayunando con nosotros —Roberto sintió una punzada de dolor en el pecho. ¿Por qué el hijo de perra le estaba diciendo todo eso? Y sin quedarse ahí, Eneas siguió—: Eros debería haberme dejado encerrarte en tu recámara. Le he dicho que no te quiero cerca, ni deambulando por el castillo, y antes de darme cuenta, estás aquí, desayunando tranquilamente y metiéndote en conversaciones privadas.

Roberto tenía las pupilas dilatas y un rubor entre vergüenza e ira le cubría la cara. Daba gracias a que la mesa era muy grande y los distanciaba lo suficiente para no peder los estribos y saltar sobre él. Estaba claro que empezar una pelea con aquel gigante era un completo suicidio pero… Dios, ahora mismo no había nada que deseara más que romperle la cabeza contra la piedra de la mesa.

—No entiendo porque me tienes tanto miedo. Me importa una mierda que estés casado. Me importa una mierda que sea tu Alma. Y… —los enormes ojos azules se clavaron en los negros—, me importa una real mierda tu problema de integración. ¿Por qué tengo yo que pagar por tu podrida envidia? ¿Crees que porque estés muerto de frustración por no tener un elemento, porque te hayan quitado tu reino, porque hayas tenido que trabajar con tus propias manos para crearte una reputación, yo tengo que sufrir para que te sientas un poquito mejor? ¿Qué soy yo para ti? ¿Una cosa con la que desfogar tus celos y fracasos?

Eneas se levantó de golpe, tenía una expresión enloquecida. Todos lo que lo conocían sabían que estaba cegado. Eros no tuvo tiempo de sujetarlo cuando ya había cruzado la estancia y cogía a Roberto del cuello. A éste solo le dio tiempo de gemir antes de ser estrellado contra la mesa.

Agarró el brazo que lo sujetaba, apretándolo contra la piedra tras su espalda. Podía escuchar a su hermana chillando, a Eros intentando hacer entrar a su hermano en razón. Pero la mano de Eneas no aflojó, y supo que en poco segundos ya no vería nada. Estaba a punto de desmayarse cuando algo frío pasó por su mejilla, el gruñido de dolor del gigante que lo mantenía preso fue la nota de aviso para que se quitara.

Rodó por la mesa hasta caer al suelo. Las manos de Beatriz pronto se encontraron en su pecho, creyó que lo estaba abrazando, que lo intentaba cubrir con su cuerpo.

—¡Hijo de puta! —la escuchaba de gritar—. ¡Casi lo matas, casi lo matas! ¡Hijo de puta, cabrón!

Roberto no podía creer que su hermana estuviera gritando enloquecida mientras lloraba. Sentía toda la cabeza mojada por sus lágrimas y el pequeño cuerpo contra él temblaba, no supo si de furia o de miedo.

Tardó varios segundos en reaccionar, pero cuando abrió los ojos todos en la habitación estaban quietos. Apartó un poco a su hermana, haciéndole ver que ya estaba bien, y su mirada buscó a Eneas. Estaba contra la pared, un golpe de aire impidiéndole moverse mientras que Eros le gruñía una y otra vez que se tranquilizara. Por lo que él veía, parecía ya más que relajado, ni siquiera había vuelto todavía su cabeza hacia Roberto, suponía que a lo mejor, estaba rezándole a esa diosa suya para que hubiera tenido éxito y estuviera muerto.

Si eso creía, se iba a dar con un canto en los dientes.

—Señor —la voz de Karel le llegó de su izquierda, el soldado tenía una rodilla hincada en el suelo mientras apoyaba su brazo en la otra que mantenía flexionada—. ¿Te encuentras bien?

Roberto asintió con la cabeza y rápidamente se arrepintió, el mareo que acudió a él casi hace que se desmayara. Sus manos fueron inevitablemente al los hombros de Karel y éste, sin pensárselo dos veces, lo sujetó.

—Creo que necesito una cama. Parece que es lo único que digo desde que llegué aquí —intentó reírse de sí mismo.

Beatriz, por su parte, parecía no querer soltarlo, como si temiera que Eneas se fuera a lanzar otra vez sobre su hermano. Roberto sabía que eso no iba a pasar. En realidad, ni siquiera tenía miedo de morir a manos de su gigante. Era tan ridículo, ¿por qué? ¿Porque no había ni una pizca de temor en su cuerpo?

Puede que todo tuviera que ver con su estado de semiinconsciencia, porque aun a pesar de todo lo que odiaba que los hombres de aquel mundo se tomaran extremas confianzas con él, no gruñó ni se quejó cuando Karel lo levantó en brazos.

Se sentía ridículo ser sujeto como si fuera una princesa, y en otro momento hubiera golpeado a cualquiera que se atreviera a verlo como tal, pero… no tenía fuerzas ni ganas.

—Señor, ¿te llevo a tu habitación?

Roberto dio un quejido cuando tragó saliva y se acarició la dolorosa garganta.

—Si, por favor, Karel.

Cuando el soldado giró hacia las escaleras del fondo, Roberto sintió de nuevo las nauseas de un brusco mareo. Puede que por eso el gruñido que se escuchó a continuación, le sonara como un susurro al oído.

—¡Suéltalo! —gruñó Eneas, que aun seguía presionado contra la pared por el viento de Eros.

Karel miró profundamente a Eneas y después a Eros, el cual le dio permiso para marcharse, ignorando la petición de su hermano.

Karel no lo hizo, volvió a dirigirse hacia Eneas.

—¿Para qué? —le preguntó en una clara provocación—. ¿Para que termines de matarlo?

Eneas escupió a un lado, mientras su expresión se volvía cada vez más brusca.

—Eso no es asunto tuyo. Él es mío para matarlo si eso es lo que deseo.

Roberto para sorpresa de todos, se rió ante la muestra de posesión de Eneas. No abrió ni los ojos para decir:

—¿Tuyo? Aunque me mates, puedes seguir sufriendo porque nadie te quiera, siempre estarás solo, yo nunca seré tuyo. Aunque muera, nunca lo seré.

Y entonces sintió a Karel de nuevo echar andar, su cuerpo se sintió flotar como si en vez de los brazos del soldado fuera el aire del Eros quién lo llevara. Era agradable aunque supiera que era su mente quién lo hacía pensar eso.

Ya solo eran suaves murmullos, pero sabía que Eneas seguía despotricando y gruñendo. Ese gigante tenía que sufrir, que sufriera un poco más antes de que supiera que lo había perdido todo. Porque si él sentía lo mismo que Roberto, no había salida y al final, o se rendía ante su Alma o se volvería loco.

No sabía cuando llegaría ese día, pero se moría por verlo. O puede que él muriera antes… en otro momento hubiera pensando que era una locura, que estaba hablando de morir ni más ni menos, pero… en aquel mundo, era solo algo sin importancia. Para él, para su corazón, ya estaba muerto.

Safe Creative #1008066990623

7 comentarios:

  1. Es una absoluta sorpresa el porque de la reacción de Eneas, asi que aligera con el siguiente capítulo, chiqui,porque además has metido a una Kazla que se trae un juego entre manos (conseguir descendencia quizás?)y ahora a Karel tan atractivo a los ojos de Roberto.En fin , lo dicho , desde tu club de animadoras/presionadoras te insto a que te des prisa con el siguiente... porfis....

    Besos y hasta el domingo , con los mordiscos.jajjaja

    ResponderEliminar
  2. Ay que ver que genio se gasta Eneas, menudo salvaje.. ehh pero me gusta que Roberto lo ponga en su sitio, esa pedazo de contestacion q le ha dado ¡se la merecía por asqueroso! jajaja
    Karel me encanta tia!!! Creo que soy team-Karel o como se diga jaja!

    Pero oye, ¿como va a ser con todo con esos tres? ¿Los tres se consideran heteros, pero son gays dentro del armario, o Karel está fuera del armario? ¿Han tenido Eneas y Karel un lío y por eso se llevan tan mal?
    jjaja lo siento si te rayo.. me ha encantado este personaje, ¡quiero saber más de él!

    Supondré que Roberto va a poner celoso a Eneas con Karel, me parece bien! Jaja pero ¿no te parece que quedaria más gracioso si hubiera tratado de ponerlo celoso tambien con alguna mujer? (digo yo, ya que se cree que es hetero y tal..) Pero weno, de todas formas eso ya lo hace Eneas con Kazla, ¬¬ aunque eso en lugar de ser divertido me pone de mala sombra, porque la tia parece una zorra!
    Jajaja pues nada nena, sigue así que quiero más!!!!!!! :P Besos

    ResponderEliminar
  3. Cuqui!! Que alegría que te pases XD
    Al final no me fui a la piscina como dije, así que aquí estoy escribiendo el cuarto de LH a ver que tal...
    Eneas, pobrecito... cuando pensé en la novela no tenía previsto que este personaje fuera tan miserable, es solo que... eso de ponerlo solo machote obsesionado con la heterosexualidad pues... después de añadir la magia y las Almas, ya no tenía mucho sentido. El primer boceto de esta novela en mi cabeza era así... más tranquilo y mucho menos fantástico, pero ya se sabe, cuando una empieza a escribir todo lo que tenías pensado vuela.
    El final de este capítulo también iba a ser diferente, Karel iba aparecer de otra manera, y el arrebato de Eneas tampoco estaba planeado, salió así... de golpe... jajaja XD
    Kazla, no... no va por la descendencia, es más, comentaré algo de eso, ya que en sí tiene una cierta importancia en la trama, pero no la que tu crees XD
    Kazla no es tampoco tan mala como parece... o puede que si jajaja XD Ya veremos, pues como ya te dije, una cosa es lo que tengo pensada y otra cosa lo que al final resulta UU
    Karel... tengo planeado que sea como una segunda sombra para Robby pero... ahora estoy dándole a la cabeza una idea sobre Amur... estoy hecha un lío, puedo salir por tantos caminos con esta novela que ahora mismo no se cual elegir XD Ya te contaré en el cuarto, seguramente ahí ya se veran las cosas más claras, para tí y para mí XD
    El domingo nos vemos con MSM y el lunes si no hay ningún problema, con otro de LH.
    Xao cuqui!!!

    ResponderEliminar
  4. Ita... chica, parece que tienes un radar para saber cuando voy a colgar algo, es sorprendente como casi siempre al día siguiente ya tengo un comentario tuyo. Te he dicho que te adoro??? XD
    Eneas tiene esos arrebatos porque el pobre es un desgraciado y Robby en sí le está cambiando la vida que tanto había planeado para protegerse... o algo así... aunque claro, según vaya desarrollando la historia veré, porque aunque tenga pensado una cosa cuando la escribo se convierte en otra. Este mismo capítulo era algo diferente.
    Robby... es un chico normal, es decir, criado en la sociedad actual, con una carrera casi sacada, como verás tiene su caracter, su inteligencia y la rebeldía normal. Ahora pocas personas se dejan tratar como Eneas intenta tratarlo a él. Y también su carácter a cambiado un poco a causa del shock de ir a parar a otro sitio, se ha tenido que reforzar, además él lo dice muchas veces, que también la idea de tener que cuidar de su hermana le ha dado valor. Yo lo entiendo, en cierta manera, yo creo que actuaría igual.
    No es muy profesional atraer tanto a un personaje según la personalidad del mismo escritor, pero en mi caso, somos dos hermanos, y yo haría cualquier cosa por el mío XD
    Y Karel... es un buen tipo, pero a la vez un capullo. Eneas y él se llevan como perro y gato, jajaja XD Pero eso ya lo contaré más adelante... a lo mejor en alguna escena de acción para que quede emotiva y demás, jojojo. No te adelanto nada más UU (que idiota soy, no lo acabo de hacer?? XD)
    Sobre eso de la relación de los tres... mmm... Eneas y Karel nunca tuvieron una relación, Dios no lo quiera XD Eneas se moriría del shock jajaja XD Pero hay algo ahí en el pasado del ambos por que sienten cierta rivalidad. Y sobre la sexualidad. En Gea ser Homosexual no se ve mal, es más ya contaré algún que otro caso que pasó con anterioridad. Sin embargo, tampoco es que sea algo completamente, aceptado. A ver... se permite pero hay algunos obtaculos por supuesto. Eneas tiene su motivo para no querer ser homo, pero su rechazo a Robby tiene connotaciones más profundas que su sexualidad.
    Robby por su parte, es hetero. Se siente atraído por Eneas a causa del Alma, pero tampoco se ha parado a pensar en nada más, todabía es demasiado pronto.
    Karel... mmm... creo que a ese realmente le da igual. Pero en ningún momento he dicho que se sienta atraído por Robby, es solo... que siente curiosidad. Además, es algo que le pertenece a Eneas, eso solo le hace querer más trato con él.
    Ya te he dicho que Eneas y Karel se odian, no??
    Espero que eso responda a tu pregunta XD
    Robby frustra a Eneas de cualquier manera, con hombres con mujeres, aunque en realidad no tiene ningún sentimiento especial por nadie. No puede teniendo a Eneas al lado. Cosas del Alma e igual le pasa a Eneas aunque este lo niegue, como ya digo al final del capítulo.
    Lo malo es que Eneas se llevará un golpe muy duro a mediados del libro, se meterá una persona por medio, que muchas a lo mejor no os habéis para a pensar que tuviera un significado importante XD Que hará que Eneas casi se vuelva loco.
    Sobre Kazla, no es que sea una zorra, es... dificil de explicar. Eso ya lo verás más adelante.
    Bueno, me pongo a escribir el cuarto mientras corrijo MSM, ains... a ver que tal...
    Nos vemos y gracias!!!

    ResponderEliminar
  5. Lo primero decir que yo soy del team-eneas,asi que cuidadito con lo que le haces al chiquillo....El capitulo esta estupendo, como siempre, el uso de la magia, la incertidumbre sobre el reino vecino,la importancia de bea y kazla... umm cuantos caminos.En fin que estoy en ascuas y lo dicho cuida un poquito a eneas porfi y sobre todo me alegra saber que estas mejor y que no soy la unica blanca nuclear en el pais del sol jaja.Besos

    ResponderEliminar
  6. Iso... Yo también prefiero a Eneas sin duda alguna, además, es uno de los dos protagonistas de la novela, está claro a favor de quién estoy XD
    Es solo que... me gusta la personalidad de tipo serio, frustrado, que en realidad es un pedazo de pan. Siempre me había gustado intentar escribir un libro en plan Manga. No se si alguna vez has leido alguno. Siempre el protagonista llega a un círculo que no está muy bien y con su carísma y buenas obras, con sus arranques, sus impeclables intenciones, honestidad, trabajo y esfuerzo, logra que todo a su alrededor cambiE y como no, quitarle la careta al otro protagonista y enamorarlo XD
    La magia es importante, en sí, casi el centro de la historia, todo gira alrededor de esta. Pero os sorprendera muchos de los giros que toma la novela.
    Gracias Iso, ya no me sentiré sola cuando piense que mi madre le puso los cuernos a mi padre con un vampiro jajaja XD Entre lo blanca y lo friolera que soy, al lado de mi novio, que es morenito y siempre está caliente (no de eso... si no... que pega mucha calor el tío XD) parecemos los protas de MSM, jajaja XD
    Nos vemos mañana con un capitulo nuevo de MSM, xao!!

    ResponderEliminar
  7. uf un capitulazo!!!! .

    Espero que el alcornoque de Eneas lo solucione con el pobre Roberto que desde que ha llegado no hace más que llevarse palos por todos lados .

    Menudo temperamento que tiene el Neardental, Aunque la verdad es que Roberto no se queda corto , menuda boquita que tiene .

    ESTUPENDIISIMO ESTE CAPITULO CREO QUE VOY A POR UNO MASSS .

    Un abrazo .

    Judith

    ResponderEliminar