Gea 01: Lágrimas de Hielo
Capítulo 4
Eneas entró en su cuarto. El sonido de la puerta al cerrarse le hizo estremecerse, por ningún motivo quería que la persona que dormía en el cuarto contiguo se despertara. Lentamente se acercó a la otra puerta y apoyó una mano en ella. La frente le siguió y sus ojos se cerraron.
Podía sentirlo, aun desde ahí su corazón se estrujaba de sufrimiento. Podía imaginarlo tendido en la cama, con su esbelto cuerpo atravesándola. Con la fina sábana de «espima», enredada en sus piernas, sus manos agarradas a la fuerte almohada. La noche pasada se había asomado, solo para verlo con ella abrazada y atrapada entre sus rodillas. Parecía un niño pequeño enganchado a un peluche o podía ser la costumbre de dormir con un amante. La sola idea de que pudiera ser verdad le volvió a estrujar dolorosamente el corazón. Borró la imagen de su mente con rapidez.
Agarró la manilla con toda su fuerza de voluntad, tenía que abrirla, saber si su chico estaba bien, si él no le había… si no… El solo recuerdo de lo que había acontecido hace apenas unas cinco horas, lo dejaba sin aire. Si él, si ese estúpido no le hubiera hablado de esa forma. Se había sentido atacado, despreciado, como una basura. Ya había demasiadas personas que lo pesaban, pero… Eneas no quería que ese hombrecito también lo hiciera. La furia lo había cegado, y para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, Eros ya lo había golpeado con su Elemento. ¡Su propio hermano había usado magia contra él!
El maldito de Eros conocía el sufrimiento que le había costado el sobrellevar su existencia sin tener un Elemento, y aun así, había usado el suyo contra él. Restregándole por las narices la veracidad de las palabras dichas anteriormente por el chico.
Golpeó la puerta con el puño y ésta retumbó. Era un animal, no podía desprenderse de toda su furia si no era a base de golpes y lo sabía. Pero era demasiada la que le embargaba el cuerpo como para poder canalizarla como una persona normal.
No le preocupó que el ruido pudiera haber despertado al chico, en ese momento poco le importaba, de todas formas, estaba seguro de que él no se atrevería a entrar en su cuarto, sobre todo después de haber tratado de estrangularlo como a una gallina. Sabía que las lágrimas se estaban agolpando tras sus párpados, pero no hizo nada por facilitarles la salida. Simplemente se echó hacia atrás, trastabillando un poco para al final, terminar sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el baúl a los pies de la cama.
Su vida era un desastre, y no tenía solución. Él nunca podría ser feliz con Kazla por mucho que se lo propusiera, y el chico nunca lo amaría. Tampoco quería que lo hiciera. ¿Qué salida le quedaba?
*****
Roberto se sobresaltó, despertándose repentinamente después de parecerle haber escuchado un fuerte golpe. Se restregó los ojos bruscamente con el antebrazo y trató de enfocar la mirada. No había nadie en la habitación, y conociendo ese mundo, a lo mejor ese ruido era el que hacían los cerdos que había poco más allá de su habitación. Le parecía una completa tontería, pero pensar así le ayudaba un poco a que su mente sobrellevara todo el impacto del enorme cambio.
Tocó su garganta y se quejó cuando pudo sentir los cardenales bajo sus dedos. Era una molestia ligera pero persistente. Aunque el verdadero dolor no estaba en su cuello. Eso lo sabía bastante bien.
Escuchó varios golpes más, estos más suaves, y supo rápidamente de donde procedían. La habitación contigua. Antes de que se diera cuenta, el pánico que horas antes creyó no tener, acudió a él en una nube de miedo que opacó sus sentidos. Se sacudió en la cama y echó tanto su cuerpo hacia atrás, que terminó con la espalda contra el cabezal de ésta.
Podía sentir su respiración alterarse y sus ojos estaban fijos en el manillas de la puerta. Suplicaba a todos los dioses existentes que no se moviera, que nadie entrara. No sabía que hacer si viera aparecer el rostro de Eneas. Seguramente su corazón se pararía. Cuando pasaron los segundos y vio que seguía intacta, soltó un suave suspiro. Bajó la cabeza y apoyó el brazo en su frente, maldiciéndose a sí mismo por ser tan malditamente cobarde.
—¿Estás mejor?
Roberto pegó un salto tan grande al escuchar la sorpresiva voz que se golpeó la cabeza contra la pared y un dolor agudo, como si su cerebro se hubiera fragmentado corrió por toda su nuca.
—¡Joder! —gruñó—. Karel, me has dado un susto de muerte.
Karel, serio, pero con un leve humor correteándole por los rabillos de los ojos, se acercó a la cama, y estuvo a punto de sentarse cuando se dio cuenta de su falta de respeto. Pareció dudoso hasta que Roberto con una sonrisa asintió y se apartó un poco para que el hombre pudiera acomodarse.
—Gracias —Karel se sentó finalmente en la cama y se quedó mirando el cuello de Roberto. Ni siquiera perdió el tiempo en disimular su interés—. ¿Cómo te encuentras? —volvió a preguntar.
Roberto no estaba seguro de que contestar. Al final, suspiró.
—No creas que… —se acarició el cuello—, estás magulladuras significan algo para mí. Aunque me duelan, aunque ahora tema a Eneas, en realidad, no cambia nada.
Había algo en los ojos del chico, que atrajo a Karel, éste, quitó las manos de Roberto y pasó sus dedos suavemente sobre la clara piel.
—Es verdad, los cardenales no significan nada. Es el acto de ese idiota el que no tiene perdón —los ojos castaños del hombre mostraban un brillo que Roberto pudo identificar como honor—. Creo que, de cierto modo, puedo entenderte. El Señor no merece ser tratado de esa forma. Viajar a otro mundo tan diferente del propio, que al llegar allí te aten a una persona tan odiosa como ese hombre y que aun así, resistas como un completo guerrero. Eros ha visto en ti lo mismo que yo, Señor, eres una noble persona.
Roberto volvió a sentir ganas de llorar por aquellas dulces y tranquilizadoras palabras. No parada de tener ese vergonzoso sentimiento desde que puso un pie en Gea. ¿Cuántos años llevaba sin soltar ni una sola lágrima? Demasiados como para acordarse.
Alzó la vista hacia Karel y le sonrió al amable hombre. Podría ser un capullo con Eneas, y la forma en la que hablaba de él, no se podía dudar que ambos hombres se odiaban mutuamente, pero aun así, a Roberto le gustaba Karel.
—Gracias —fue todo lo que le vino a la mente, no sabía como expresar su gratitud, ya que esas simples palabras habían aliviado un parte del enorme peso que había cargado desde que llegó allí—. ¿Por qué me llamas Señor?
Roberto se quedó un poco sorprendido ante su propia pregunta, había salido de sus labios conforme pasó por su mente. Había algo en aquel soldado que le daba tanta confianza como para no pensar sus palabras antes de decirlas. Pocas veces le había pasado eso, y solo le hizo sorprenderse aun más.
—Por qué, era eso o príncipe. Eres parte de la familia real ahora —pronunció, señalando su Nour.
Roberto se lo miró unos momentos para buscar rápidamente después el Noa de Karel. Este se apretaba contra los bíceps de su brazo izquierdo.
—De todas formas —comentó Roberto—, no me gusta que me llames así. No es por nada —se apresuró a decir ante la cara contrariada de Karel—. Prefiero que me llames por mi nombre, Roberto. Ya sabes, es como más íntimo. Me resulta más agradable.
Karel alzó una ceja, aun más contrariado que antes.
—¿Quieres intimar conmigo?
Roberto lo miró sin saber muy bien a donde quería llegar el soldado, pero después de ver como este bajaba la vista y parecía confuso de donde colocarla, ese nerviosismo le indicó que en cierto modo, ese hombre estaba avergonzado. Ah, ahora lo entendía. El creía que con eso de intimar se refería a…
La cara de Roberto se puso tan blanca que Karel por unos momentos pensó que el chico se iba a desmayar.
—¡No! —gritó de repente, sobresaltando a Karel—. No me refería a esa clase de intimidad, yo solo… —se mojó los labios, intentando buscar en su mente algunas palabras inocentes que explicaran su necesidad—. No puedo tratar a Eros como un amigo, en realidad comprendo que debe actuar como un jefe, pero, después de mi hermana, eres lo más cercano a… un compañero, o una persona con la que pueda tener una agradable relación. Solo quería que me llamaras por mi nombre para así poder empezar una especie de amistad o algo así…
Para sorpresa de Roberto, Karel le sonrió dulcemente, y después le dio un juguetón golpecito en el pecho con el puño cerrado. Roberto pensó que era un gesto muy macho y casi le entró la risa.
—Por supuesto, puedes verme como un aliado. Pero… —ahora sí que pareció avergonzado—, no puedo llamarte… por tu nombre.
—¿Por qué? —preguntó extrañado Roberto.
—Porque simplemente no sé pronunciarlo.
Ahora sí, las carcajadas no tardaron en aparecer en la boca de Roberto, que se sujetó al hombro de Karel para poder inclinarse sobre su estómago y seguir riendo. Ahora entendía porque nadie desde que había llegado allí lo llamaba por su nombre. Incluso a su hermana, nunca le habían dicho Beatriz, si no recordaba mal, Eros simplemente le decía Bea. ¿Podía ser esa la razón por la que Eros le decía cuñado? Ese pensamiento solo le provocó más ganas de reír.
Cuando levantó la cabeza por fin, se dio cuenta que, con aquel arrasque de risa, había ofendido un poco a Karel.
—Lo siento —dijo sonriéndole—. Podemos buscar un diminutivo que te sea fácil de pronunciar —quedó pensativo, devolviéndole la mirada fija a Karel, hasta que al final creyó dar en el clavo—. ¿Qué te parece Robby?
Karel intentó repetirlo en su mente y cuando creyó que la palabra podría ser fácilmente pronunciada se atrevió con ello.
—Ro… Robby —dijo.
Roberto rió, pero asintió. Había sonado raro pero al fin y al cabo estaba bien.
—Eso es. Gracias por venir a preocuparte por mí. Ya estoy bien.
Karel asintió, pero siguió mirándole el cuello. Parecía que cualquier cosa que le dijera Roberto sobre su bienestar él no la iba a dar por sentado. Después pasó su mirada del cuello a los hombros, a los brazos.
Las manos de Karel se desplazaron sorpresivamente a su cintura, después le tocó el pecho, le abrió las manos, le toqueteó los muslos. Roberto se había quedado callado por la impresión, pero ya no pudo evitarlo más. Cogió bruscamente el brazo de su nueva amistad e hizo que le mirara a los ojos.
—¿Qué diablos haces? Te juro que estoy bien —añadió, por si realmente era eso lo que le preocupaba al otro hombre.
Karel se rió, y le palmeó el hombro, mientras negaba con la cabeza.
—No es eso. Eso solo que… Eros me ha pedido que te entrene. Por supuesto, no puedes quedarte en el castillo sin tener una función. Pronto habría habladurías y el jefe no quiere que nadie critique a su cuñadito. Parece que te ha tomado cariño.
Bien, aquello también era impactante. Sabía que no podía quedarse de brazos cruzados, pero… saber que Eros le había dejado al cuidado de Karel para protegerlo de las malas lenguas le sorprendió. Cuando Karel empezó a hablar, supuso que todo lo había hecho para que su hermana no se sintiera mal, pero eso de que Eros le había tomado cariño primero le horrorizó, el no quería el cariño de un gigante, pero después, se sintió algo agradable. Puede que, si realmente su hermana y él estuvieran destinados, por desgracia, a tener que permanecer allí, que mal hacía que empezaran a ver a Eros como su «familia».
Aunque todavía había algo que no le quedaba del todo claro.
—¿Y a que me vas a enseñar?
Karel volvió a mirarle el cuerpo y Roberto no pudo evitar soltar un gruñido de fastidio. Nunca le había gustado que nadie lo repasara así, se sentía como un bolso en un escaparate.
—El jefe quiere que te entrene como soldado. Está pensando en utilizar tu inteligencia para ser un estratega, pero por supuesto, para ello, tienes que aprender a luchar en una guerra, defenderte, familiarizarte con las armas, la magia, y todo lo demás —Karel suspiró pero terminó sonriéndole—. Será un largo camino, Robby.
Roberto se echó hacia atrás en la cama. Colocándose ambos brazos detrás de la nuca. Era un hombre de ciencia, de números, de letras, de cabeza. Pero entendía las razones de Eros. Para poder crear buenas estrategias y ayudarlo a defender el reino, tenía que conocer todo los aspectos bélicos de Gea.
—Yo nunca —empezó a hablar de nuevo Roberto—, he sido un hombre que le diera mucha importancia al físico. En realidad, no suelo cuidarme mucho. Amigos míos preferían pasarse la tarde jugante Fútbol, y yo sin embargo, me quedaba en el banquillo leyendo un libro. No se si mi cuerpo es lo suficientemente… fuerte para luchar contra un soldado como vosotros. Tan grandes, fuertes y… —Roberto levantó la cabeza y ojeó a Karel, como la ropa se ceñía a sus músculos casi como si esta estuviera a punto de explotar—, parecéis que estáis hechos de granito.
Karel parecía estar pensativo, algo le rondaba la cabeza, pero finalmente desechó la pregunta y se centró en el asunto del que hablaban.
—Yo también dude de si podrías con el peso de una espada de «martis».
—¡Oye! —dijo ofendido Roberto—. Es verdad que no tengo los músculos que tienes tú ni nada de eso. También sé que al principio me costará, pero te puedo asegurar que en una semana podré manejar libremente esa espada de… ¿Qué es «martis»?
Karel apoyó la mano en la espalda que llevaba sujeta en un cinto alrededor de su cadera. Colgaba de su lado derecho, y con sus grandes dedos acarició la punta ovalada de la empuñadura.
—Es un metal muy resistente. Tiene un nivel de dureza bastante considerable. Si bien te puede defender eficientemente de los ataques manuales, es inservible para un ataque mágico.
Roberto supuso que aquello era un grave problema en Gea. En una guerra estaba permitido el usar magia, y mientras tratabas de esquivar algún ataque de fuego o de algún otro Elemento, también debías tener cuidado con que un espadazo no te cortara la cabeza. Era realmente espeluznante. Y aunque su cuerpo sintiera un total rechazo ante la idea de verse involucrado en ello, su vida ya estaba unida a la guerra de aquel mundo. Tenía que defender Granmor, y no porque realmente le importa, en realidad, la única razón era Beatriz. Granmor era ahora el hogar de su hermana. El único sitio donde podría estar mínimamente segura. Y él defendería ese derecho.
Cuando sus ojos se desviaron de nuevo a la forma insinuante en la que Karel toqueteaba él óvalo de su espada, cayó en la cuenta de algo.
—¿Eres zurdo? —preguntó.
Karel entrecerró los ojos, mirándole un poco expectante.
—Lo sabes porque llevo la espada en mi costado derecho, ¿verdad?
Roberto asintió. Le pareció bastante curioso.
—Yo también soy zurdo. ¿Es eso normal en este mundo? —Karel lo miró ahora sorprendido, y Roberto comenzó a ponerse nervioso cuando el otro hombre no habló, o por lo menos el creía que no tenía intenciones de hacerlo—. ¿Ocurre algo?
Pasaron por los menos veinte segundos más. Roberto ya no sabía ni que hacer, sus manos rodaron por la cama, entreteniéndose con las arrugas de la sábana e intentando no volver a abrir la boca. Aquel silencio se lo estaba comiendo vivo. La atmósfera de confianza que se había creado ahora mismo estaba cubierta por una fina capa de tensión. ¿Por qué parecía que Karel se había puesto en guardia con él?
—Es raro encontrar un zurdo en Gea —escuchó de pronto, Roberto alzó lentamente la mirada, impactado cuando los ojos castaños de Karel parecían debatirse entre un brillo de desconfianza y otro de curiosidad—. Desde tiempos antiguos, los zurdos somos los únicos que hemos conseguido desarrollar una magia distinta. Un… segundo Elemento.
¿Bien y qué? Roberto no tenía magia, ¿de qué tenía que preocuparse Karel? Pero entonces, la curiosidad pudo con él y se alzó de la cama, cogiendo al hombre de la mano bruscamente.
—¿Tú tienes un segundo Elemento? —preguntó ilusionado. Se suponía que cuando se lo contaron, aquello era algo realmente raro. Se lo explicaron como si ellos no hubieran visto nunca algo así.
—No —la respuesta de Karel le sorprendió—. Mi Elemento es el viento. Y aunque, Eros me convenció para unirse a su Casa, justamente por ser zurdo hace ya más de diez años, en realidad, nunca pude devolverle el enorme favor que me hizo. No desarrollé ese otro Elemento. No puedo.
Roberto asintió. No quería preguntar más, adentrarse más en algo que, estaba claro, le hacía daño a Karel. Se sintió como un imbécil al darse cuenta de que había removido algo en la oscuridad del soldado que le estaba haciendo recordar momentos difícil.
Tenía que cambiar de tema. Tenía que volver de nuevo al entrenamiento a…
—Cuando llegué aquí, pensé que Eros era un capullo manipulador y que todos en este mundo estabais majaretas —casi rió cuando Karel pareció ofendido ante su comentario. Bien, por lo menos lo había sacado de la depresión anterior. Era un buen cambio de expresión, si Señor—. Ya sabes, dijiste antes que, en cierto modo, me entendías, ¿no?
—Pero nunca dije que estuviera de acuerdo en que Eros fuera un capullo. Creo recordar claramente que quién dije que era un bastardo fue Eneas.
Roberto se rió, bastante fuerte, haciendo que la cama botara bruscamente y que Karel tuviera que mantener el equilibrio para no caer de ella.
—Si, puede que tengas razón —afirmó, quitándose algunas lagrimillas de los ojos—. A lo que iba, Eros se ha convertido en algo así como un jefe respetable. Me alegro que contara conmigo para ayudarlo, para ser alguien en su ejército. Aunque… si estuviera en mi mundo, esta conversación sería tan irreal que cualquier que nos oyera pensaría que estamos locos.
—Eros es un jefe respetable —advirtió Karel.
Oh, cuanta lealtad. En cierto modo, eso le gustaba a Roberto. Si tenía que quedarse allí, prefería que la gente a su alrededor tuviera los mismos principios que Karel. Pues, ciertamente, un reino como aquel era igual que una familia. Y uno por la familia hacía cualquier cosa.
—Ser soldado a cambio de quedarme en el castillo y ser considerado parte de la Familia Real. No está mal.
Roberto bostezó, y le sonrió a Karel. Este negó con la cabeza y le palmeó el hombro. Parecía divertido.
—En realidad, obtendrás una mensualidad desde hoy por tu trabajo. Se supone que Eros quiere adiestrarte para ser el sub-capitán de su ejercito, es un honor que no puedes desaprovechar. Además, Eros no quiere que dependas de él o de Eneas. Quiere que puedas valerte por ti mismo, que consigas un pequeño capital con el que poder manejarte con algo de libertad, como cualquier hombre.
Vaya, volvía a quedar impresionado con todo lo que Eros había pensando en él. Era un hombre bueno, admitió. Cada vez estaba más convencido que su hermana estaría bien cuidada con él. Y Roberto, también estaba feliz de poder contar con un cuñado tan… atento, aunque no lo pareciera.
—Bueno, pues, la próxima vez que vea a Eros tendré que darle las gracias.
—No lo hagas —se apresuró a decir Karel, con la risa bailándole de la comisura de la boca. Roberto se sorprendió al darse cuenta de lo que le gustaba que ese hombre fuera tan expresivo con sus gestos alegres—. Me lo contó todo en confianza, y aun así, parecía terriblemente avergonzado por tener que admitir delante de mí que le preocupabas. Pensé que estaba siendo adorable pero me contuve de decírselo. Ya sabes, un puñetazo de Eros puede tumbar hasta un «laur».
Roberto ni siquiera quiso preguntar que era un «laur». Y aunque anteriormente había pensado que tenía que hacerse un diccionario en plan de broma, ahora creía seriamente que le haría falta.
—Eros no es adorable. La sola idea de verlo avergonzado o algo así me da escalofríos —soltó, haciendo como que tiritaba.
Karel se rió con fuerza y Roberto le siguió, inclinándose hacia delante y cogiéndose de nuevo a sus hombros para reírse sin que le doliera el estómago. Sacudió la cama y Karel no pudo controlar el equilibrio a la vez que sujetaba el peso de Roberto. Ambos cayeron de golpe en el colchón. La cama crujió y de repente, se escuchó un enorme estruendo.
—¿Estás bien?
Roberto se tocó la espalda ¡La maldita cama se había roto! La pregunta de Karel había sonado en su cara, así que supuso que tenía que estar sobre él. Lo sintió de despegarse un poco, colocándose de rodillas aun sobre su cadera. Se limitó a asentir.
—Estoy bien. Pero como siga pegándome porrazos, no terminaré el entrenamiento y el dinero de mi mensualidad, Eros tendrá que gastárselo en mi entierro.
Karel sonrió picaron, se acercó lentamente a su oído para sorpresa de Ricardo y susurrándole burlonamente dijo:
—Tranquilo, si te haces daño, el bastardo vendrá a juntarte potingues para ponerte bien. Puede ser un orgulloso de mierda, pero no perderá la oportunidad de tocarte si puede enmascararla de otra cosa. Estoy seguro —apretó más la boca contra el oído de Roberto, y éste casi empezó a híper ventilar—, que en el fondo desea echarse encima tuya y violarte desde el primer momento en que te vio.
Roberto se apresuró a separarlo, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.
—¿Y porqué demonios piensas eso?
Karel soltó una larga y ronca carcajada.
—La principal razón por la que Eneas y yo no podemos ni vernos, es claramente, porque somos bastante parecidos —admitió, con la verdad escrita por toda la cara—. Si tu fueras mi Alma, te hubiera raptado desde el primer día y te hubiera poseído hasta dejarte seco y sin fuerzas para poder escapar nunca de mí.
Los ojos de Roberto se abrieron del horror.
—¡¿Qué?!
Después todo sucedió muy rápido. Primero un brusco movimiento, varios crujidos que demostraban que los retos de la cama estaban siendo pisoteados. Después una sombra muy grande y Roberto supo que algo estaba sobre él y Karel. El cuerpo del soldado se agitó bruscamente, fue levantado y para más horror de Roberto lanzado contra la pared. La cabeza de Karel encajó en el agujero que hacia de ventana.
Tardó varios segundos en saber que estaba pasando, pero entonces, una enorme espalda completamente conocida para él se entrepuso entre su posición y su visión de Karel. Cogieron al soldado del cuello y literalmente, le sacaron la cabeza por la ventana. Este gruñó enfurecido.
—¡Eneas! —el grito de Roberto sonó brusco. No pensó en el miedo que había sentido hace una hora, lo único que tenía en mente era sacarle el gigante de encima a Karel—. Capullo insensible, ¿que coño crees que haces? ¡Suéltalo!
Eneas solo tenía ojos para la cara medio enrojecida de Karel.
—Estaba sobre ti… te estaba haciendo… te estaba diciendo… él…
Roberto quedó paralizado a un lado de la escena. ¿Qué demonios estaba diciendo? ¿Qué creía realmente que había estado haciendo con Karel? Era un completo bastardo sin corazón. ¿Cómo se atrevía a decirle todo eso ahora, después de que había intentado estrangularle? ¿Ahora atacaba a Karel por pensar que ellos… que…?
—Es verdad —dijo Roberto, haciendo que Eneas lo mirara con los ojos ardiendo, entre sorpresa e ira—. Karel y yo estábamos a punto de acostarnos. Iba a dejar que me poseyera, que se metiera en mí. ¡Que me follara con fuerza! —gritó.
Tenía que hacerlo, aunque fuera mentira. Tenía que quitarle a Karel ese gigante de encima. Estaba claro que en otro momento podría haber resultado una lucha justa. Pero Karel no se lo había esperado, y antes de poder defenderse había sido acorralado. Si no distraía a Eneas, si no conseguía que sacara sus manos del cuello de Karel, no podría darle la oportunidad a éste de poder defenderse en igualdad de condiciones.
Pareció que consiguió lo que se proponía cuando Eneas se volvió enloquecido sobre él y le dio un guantazo en la cara.
Roberto se echó hacia atrás, pero sentía su mejilla ardiendo. Sin embargo, algo no le cuadraba. Alzó la vista hacia Eneas, que frente a él tenía el puño en alto. La cara tan roja como si fuera él quién hubiera recibido el tortazo, sus labios blancos de apretarlos, pero sus ojos, ya no desprendía furia, estaban… ¿húmedos?
No supo si estaba en lo cierto, pero… ¿podía estar Eneas conteniéndose? El bastardo que se había comportado como una mierda con él, ¿estaba controlándose para no volver a hacerle daño? Y ¿porqué… esa idea hacía que creciera una especie de dulce calor subiendo por su estómago?
Eneas finalmente bajó la mano, y a su vez la cabeza, los cortos pero elegantes rizos rubios cayeron sobre sus ojos, ocultándoselos a Roberto. Eran hermosos, ese cabello a tirabuzones era lo que más le había atraído a Robby desde la primera vez que lo vio.
Antes de darse cuenta, su mano se estaba elevando, quería quitar esa cortina ondulada y mirar en la profundidad de esos ojos ónix. Quería saber cual era la verdad que ellos tan celosamente guardaban.
Pero, el golpe sonó en la habitación como un rayo. Roberto abrió la boca para gruñir cuando vio que Eneas caía al suelo y su cara había sido vuelta a un lado. La sangre resbaló de su labio y para su sorpresa, no se movió, no le devolvió el golpe a Karel, no hizo nada.
Su primera reacción era volverse contra Karel y golpearlo, pero cuando giró y lo vio allí, con los ojos llenos de furia y temor, su garganta blanca y su pecho subiendo y bajando como loco, supo que en realidad Eneas se había merecido ese golpe.
—Lo siento, Karel —dijo Roberto sin acercarse a él, sin siquiera mirarlo.
Karel escupió a un lado, viendo lo que quedaba de Eneas, tirado en el suelo y sin moverse.
—Tú no tienes que disculparte por este idiota impulsivo —miró la puerta, seguramente con la idea de marcharse creándose en su cabeza, al final optó por acercarse a Eneas y patearlo en el costado. Este se quejó y tosió un poco más de sangre. Cuando, ni así respondió a su golpe, Karel apretó los labios antes de decir—: Últimamente te has convertido en alguien pasivo, ¿Dónde ha quedado eso de los «Gemelos Salvajes»? —Karel volvió a escupir a un lado—. Eres tan miserable que no me dan ganas ni de seguir pateándote.
Roberto sintió una ráfaga de aire cuando Karel pasó por su lado. Dándose cuenta en ese momento que, el soldado no había utilizado la magia contra Eneas, aun habiendo podido liberarse de momento con ella. ¿Por qué? Además… ¿que era eso de «Gemelos Salvajes»? Le causara curiosidad o no, ese no era el momento para ponerse a preguntarle eso.
Por supuesto, él no estaba en la obligación de cuidar de Eneas, ni siquiera de preguntarle que le pasaba. Pero, ante su más critica opinión, mandó todo a la mierda y se arrodilló a su lado.
Se mojó los labios antes de levantar una temblorosa mano y alzar los rizos que le caían a Eneas por la cara. Fue apartarlos y la mirada oscura del gigante estaba sobre él. Roberto sintió una sacudida en el brazo, el temor. Estuvo a punto de retirarse de Eneas cuando algo en esos ojos que seguían fijos en los suyos, le dejaron paralizado.
Fue un movimiento suave, pero los labios de Eneas se arquearon. «“Lo siento” creyó leer Roberto.»
—Era mentira —se apresuró a decir. No sabía por qué, pero sentía la necesidad de explicárselo todo, de intentar quitarle un poco de aquella tristeza que Roberto sabía, estaba echando a perder al pobre hombre—. No tengo nada con Karel. Dios me salve, no me interesa en lo más mínimo. El solo pensarlo me da escalofríos. Ya sabes… no tengo interés en los hombre. Ni siquiera en ti.
Con forme la última frase salió de sus labios, se arrepintió. Bien, aquella declaración solo afirmaba que él era diferente a los demás hombre. ¿Había otro agujero a parte de la ventana donde poder esconder la cabeza?
Eneas apartó la mano de Roberto bruscamente, sorprendiendo al chico que indignado, agarró la barbilla de Eneas y le bufó en toda la cara. Estaba a punto de gritarle lo desagradecido y bastardo que era, cuando el gigante volvió a retirarlo, esta vez de un empujón.
—No quiero tu lástima.
—¿Y quién te tiene lástima? —Roberto, no podía creer que Eneas siguiera siendo el borde de siempre. Creía que había cambiado un poco, por lo menos, que su careta se había desquebrajado un poquito. Pero ni por esas. Aun así, haberlo visto de esa manera, en el suelo, dejándose maldecir por Karel como si en realidad, no tuviera derecho a defenderse. Puede que sí le tuviera lástima, bueno…—. Un poquito.
Eneas se giró más rápido que un rayo, observándole con los ojos negros oscurecidos entre vergüenza y rencor.
—¿Qué has dicho?
¿Eh? Roberto no entendía, pero… ¡Ah! ¿Lo había dicho en voz alta? ¡Oh, Dios!
—No quería decir eso… —gruñó con la garganta y se revolvió hacia Eneas, harto de toda esa estúpida conversación, si es que se podía llamar así—. De todas formas, la culpa es tuya, joder. ¡Tuya y de tu maldito ego! ¿Qué quieres que haga? —gritó Robby, acercándose un poco más a Eneas—. ¿Quieres que te lance a la cama? —«“o a lo que queda de ella” pensó»—. ¿Quieres que me monte sobre ti y me desnude? ¿Qué deje que me hagas lo que quieras para así pagar conmigo tus penas y sentirte mejor?
Bueno, ahora venía cuando Eneas lo volvía a coger del cuello y está vez sí lo mataba. No se equivocó, las enormes manos fueron a su garganta, y con un golpe brusco a su ya dolorida espalda, lo colgó literalmente de la pared.
El terror volvió a dominarlo, no quería abrir los ojos, los apretaba con fuerza, tenía miedo de abrirlos y encontrarse con la cara dolida de Eneas, mirándole como si fuera un traidor asqueroso.
Algo era distinto, las manos no apretaban, solamente estaban apoyadas allí, deslizando un poco la yema de los pulgares sobre las oscuras marcas.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí? —preguntó Eneas, la voz ronca y baja.
Roberto sintió un subidón de adrenalina por todo el cuerpo. Nunca hubiera imaginado que Eneas se arrimara a él así. Que lo aplastara con su cuerpo, que pudiera sentir su larga pierna entre las suyas, esa dura rodilla presionada en su erección. Un momento ¿erección? ¿tenía una maldita erección? ¡Era denigrante! Si ese maldito bastardo estuviera siendo cariñoso, podría achacarle su íntima reacción a la tontería esa del Alma, pero… lo estaba forzando, intentando dominarlo, ¿por qué demonios estaba duro? ¡Era masoca o algo?
—No tengo ningún deber de hacer nada por ti. Pero… si me dejaras, podríamos ser amigos. Si tú quisieras…
¿Qué estaba diciendo? ¿Amigo de ese posesivo energúmeno? Después de todo lo que le había dicho, lo que le había hecho… ¿porqué estaba ahí como un idiota intentando arreglar un lazo, una conexión, que desde un principio, nunca había existido? ¿Qué era esa necesidad de dejarse acariciar, de notar esos dedos acariciando también sus hombros, su cara? Gimió cuando la rodilla presionó mas fuerte su erección, y… ¡Mierda Santa! ¿Eso que sentía enorme en su estómago era la hombría de Eneas?
—Yo no quiero ser tu amigo. Porque, esa no es la relación que tenemos. No necesitamos un vínculo de amistad cuando el nuestro es mucho más fuerte.
Roberto iba a empujarlo de golpe cuando su mente pudo sentir claramente la extrema intimidad de esa situación. Sin embargo, esas palabras, tan desoladoras y a la vez confusas, lo habían dejado descolocado.
Colocó ambas manos en los anchos hombros de Eneas, intentando separarlo un poco. Pero era como mover solo las puertas del Infierno. Ni con todas sus fuerzas hubiera hecho que Eneas le cediera ni un centímetro. ¡Maldito gigante!
—¿Y que clase de vínculo es ese? —preguntó Roberto, su voz, para su maldita desgracia, estaba vibrante de excitación.
Eneas, se acercó un poco más, rozando sus finos labios contra la mejilla de Roberto. El impacto de su aliento tan cerca, del movimiento de estos contra su piel, dejó al chico sin aliento.
Su cuerpo se estremeció, estaba nervioso, casi desquiciado. Sentía que le faltaba el aire y sus manos, como zarpas, se clavaron en los hombros que sostenían.
—El de posesión.
Fue un susurro, una vil frase que se clavó profunda en Roberto. Éste gimió y se inclinó hacia delante, sintiendo por fin el roce, esos labios desplazándose por su mejilla y besándola.
La cabeza de Robby estaba flotando, se sujetó con más fuerza y apretó la cara contra la de Eneas, pudiendo él también notar esa leve barba dorada, corta y áspera. Podía sentir como le pinchaba la cara, y a pesar de lo que hubiera creído, el movimiento de esta, ese suave picar, solo lo ponía más acelerado.
—¿Posesión de quién? —preguntó, mojándose los labios—. ¿Yo soy tuyo?
Eneas, separó sus labios y arañó con sus dientes la mejilla de Roberto, después le mordió, tirando suavemente del carillo. Roberto soltó un jadeo ahogado y volvió a cerrar los ojos, apretándolos.
—Si, eres mío.
No, eso no era lo que Roberto quería. Aunque lo odiara, sabía que ese gigante lo sentía suyo. Pero… su pregunta no era esa, él quería saber… quería…
—¿Y tú? —se separó unos centímetros, alzando los brazos y agarrando el cuello de Eneas, acercándolo todo lo que podía a su cara sin llegar a rozarla—. ¿Eres mío?
Eneas, pareció dudar por unos segundos. Un brillo extraño pasó por sus ojos, para después acercarse de nuevo, rozando su nariz con la de Roberto, girando suavemente, para seguir frotando su cara contra la del chico.
—Puede que no puedas tocar mi vida, mi futuro. Pero mi Alma es tuya. La parte que queda en mi cuerpo de esa Alma, te pertenece a tí y a nadie más. Eso es todo lo que posees de mí.
Vale, aquello no le había gustado. Estaba sorprendido de que Eneas hubiera dado su brazo a torcer aunque fuera en eso, pero… ¿solo esa parte de Alma, es lo que a él le pertenecía? Ni su corazón, ni sus pensamientos, ni su vida, ¿tenían nada que ver con él?
Eso lo hacía sentirse miserable. Y en realidad no lo entendía. Él no quería ningún rollo romántico con ningún maldito hombre, aunque ahora mismo estuviera abrazado a Eneas. Pero esa necesidad de tocarse no podía negársela. Necesitaba estar cerca de ese gigante. Pero…
—¿Quieres que te bese?
La pregunta llegó a los oídos de Roberto como un trueno resonando sobre su cabeza. Estaba confundido, y los ojos velados de Eneas, le dejaban claro que él tampoco sabía de donde había salido esa alocada idea. ¿Qué hacía? Pero no, no quería besarse con ningún tío. ¡Qué asco!
Y ese abrazo. Eneas lo agarró de la cintura, levantándolo contra él y apretándolo en su pecho. Robby se sentía apretado totalmente, sin libertad de moverse, solo podía dejarse acariciar, sostener. Se sentía calido y a la vez sumamente extraño. Cuando cerró los ojos para disfrutar de ese extraño sentimiento, la pregunta volvió a sonar cerca de su cara.
—Si… —susurró aun sin haberse dado cuenta. Los enormes dedos giraron hacia un lado su cabeza, y para cuando se dio cuenta, la cara de Eneas ya estaba sobre la suya, tan cerca. Podía ver perfectamente sus ojos, la forma en que se alargaban un poco hacia el centro, la forma aguileña de su nariz. Esos labios, aunque finos, brillantes por la humedad que le proporcionaban esa lengua. ¿Cómo conseguía tener los dientes tan blancos? Él a pesar de lavárselos dos veces al día, tendían a perder un poco de ese brillo. Nunca, nunca había visto una cara de composición tan masculina. Y esa barba… cuadrada y dorada, bajando cuando esos labios se separaron, cuando se acercaron a su propia boca, cuando…—. ¡No! —gritó, empujándolo de golpe y separándose. Ni siquiera sabía de donde había sacado la fuerza para poder mover semejando cuerpo—. No puedo… ¡Me cago en…! ¡He estaba a punto de besar a un tío!
Roberto se echó hacia atrás, impactado. Oh… Dios… mío. ¿De verdad que Eneas, no podía usar magia? ¡Pues no lo parecía! Lo había tenido tan… tan encandilado. ¡Es que era tan malditamente guapo! Y esos rizos…
Eneas apretó la mandíbula, mirando como Roberto se retorcía y ponía caras raras mientras pensaba, vete a saber, que cosas. Al principio se había cabreado, ofendido, hasta admitía haberse sentido, en cierto modo, dolido. Pero ahora, casi agradecía ese arranque de histeria que había tenido el chico. Él casi había firmado su sentencia de muerte. Ese maldito hombrecito era peligroso. Demasiado para que por su culpa, pudiera caer su careta. Y Kazla, si por algún motivo hubiera entrado en ese momento, y lo hubiera visto. Todo hubiera acabado. Ella no querría volver a ayudarle, no la tendría sosteniéndole su espalda, no podría esconderse detrás de su pequeño cuerpo.
Dos golpes se escucharon en la puerta, y ambos se sintieron aliviados de esa pequeña interrupción. Ésta se abrió segundos después y sin haber esperado invitación alguna.
—Cuñado —llamó Eros, entrando y quedándose de golpe quieto y mirando a ambos, después sus ojos se dirigieron a la cama hecha pedazos y alzó una ceja. Roberto tenía la ropa revuelta, y estaba colorado y con un aspecto totalmente deseable. Eneas por su parte tenía pinta de haber perdido el control, con la respiración alterada y los ojos encendidos—. Te dije que tenías prohibido entrar en este cuarto.
Eneas no habló, simplemente asintió y echó a andar hacia la otra puerta, la que conectaba esa habitación con la suya propia. No quiso pensar, no quiso desear que Roberto retirara la orden de su hermano, que le pidiera que se volviera, que entrara cuando quisiera. Sabía que no iba a suceder.
—Eneas —cuando la voz de Roberto se hizo eco en la estancia. Los pasos de Eneas se detuvieron en seco. No quería darse la vuelta, pero al ver que la frase se había cortado, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y giró su cuerpo unos pocos grados, mirando de reojo a Robby y esperando que este terminara lo que quisiera decir. Aunque eso no escondía el ritmo alocado al que corría su corazón—. Si pudieras prepararme algo para el cuello, me duele los cardenales y… ¡Es tu responsabilidad!
¡Maldito niñado! Eso no era lo que Eneas esperaba escuchar. Evitó mostrar su frustración y apretó los labios.
—Creo que tengo un poco de esencia de flores de maravilla y aguardiente de trigo. Te lo traeré esta noche —de repente, se giró hacia Eros—. Si me lo permites, claro.
Eros lo miró fijamente por unos instantes, sin saber sin concedérselo o no, pero, para sorpresa total de Eneas, ahora sí, Roberto alzó las manos, en señal de paz.
—Está bien, deja que entre en mi cuarto. Creo que Eneas y yo hemos llegado a una especie de acuerdo.
Eneas alzó una ceja, confuso.
—¿Y que acuerdo es ese?
La expresión que le dirigió Robby dejó claro que, si quería salirse con la suya, debería cerrar esa bocota. Después, el chico se volvió hacia Eros y le sonrió amablemente.
—Sé que tu hermano es un bastardo, egoísta, posesivo y con el ego más grande de Gea. —Eros sonrió y Eneas le echó una mirada asesina. Roberto no se amilanó y continuó—: Pero, a pesar del… susto que me llevé ayer. Eneas me ha suplicado que le perdone.
—¿Cuándo he suplicado yo algo? —gruñó este. Pero volvió a callar cuando Robby se giró de nuevo bruscamente hacia él.
—Por eso… —se mojó los labios, Roberto sabía que Eros todavía estaba un poco escéptico con toda esa pantomima—, hemos llegado a la conclusión que aunque sea un capullo, y yo un chico indefenso, por ahora —volvió a añadir—, vamos a tratar de llevarnos… —iba a decir bien, pero al final solo se encogió de hombros—, llevarnos, simplemente. Puede que discutamos y demás. Pero me ha prometido no volver a estrangularme si yo no le rebano la cabeza cuando aprenda a manejar la espalda.
Eros no pudo evitar reírse, apoyando una mano en la cintura y mirando a su hermano y cuñado con una expresión divertida. Estos dos juntos eran un espectáculo. Antes había tenido miedo, cualquiera estaría llorando y berreando de terror después de lo sucedido ayer. Pero parecía que su cuñado no solo era listo y una buena persona, ese chico tenía Alma de guerrero.
—Está bien —suspiró, dando por fin su brazo a torcer—. Simplemente vine a pedirte que bajaras a almorzar, esta tarde quiero que empieces tus entrenamientos y demás. Además… —se detuvo dudoso de cómo continuar, a la vez que tanto él como Roberto, sintieron la puerta contigua cerrarse de un portazo tras Eneas—, Bea quiere verte, le tuve que dar una infusión que me preparó Kazla. Estaba tan preocupada. No paró de llorar en por lo menos dos horas.
Roberto asintió, mordiéndose el labio. Sus problemas con Eneas estaban haciendo que su hermana se sintiera mal, y eso le hacía sentirse a él, como un mierda. Se rascó la cabeza con frustración y terminó por echarse en la pared.
—Ahora bajo, dile que me reuniré con ella en un momento —cuando Eros asintió y se dispuso a marcharse, Robby dijo—: Eros… —éste se detuvo y se volvió a mirarlo—. Gracias. Gracias por todo. Muchas gracias.
Eros movió la cabeza hacia un lado, misma acción que hicieron sus rizos rubios, aunque estos a diferencia de los cortitos de Eneas, le caían sobre los hombros. Después sus facciones cambiaron y esbozó una sexy sonrisa. Se marchó silbando.
Roberto sintió su corazón acelerarse, eso había sido malditamente erótico. Y estaba seguro, que si Eneas alguna vez sonriese, siendo tan parecido a Eros, con el mismo rostro, el mismo tono de piel, esos hermosos rizos, esos preciosos labios… no le pareciera solo sensual, no le dejarían suspirando por esa sonrisa, simple y llanamente moriría del impacto.
Primero que todo, claro que nos importa las molestias que te tomas xD es todo un detalle que te preocupes :P
ResponderEliminarLo del glosario, pues de momento no creo que haga falta, más que nada porque, como tu misma has escrito, ni siquiera roberto quiere saber lo que significan la mayoria de las cosas aun, jajaja
Ahora weno, que capitulo tan adorable y divertido. Me gusta Karel mucho mucho.. a mí no me ha parecido que te quedara rara la parte caliente entre Eneas y Roberto, me ha gustado mucho como te ha quedado y nada, sigue así! :D
Besos!
Si, realmente esto avanza, y hace que vayan cogiendo profundidad los personajes.
ResponderEliminarLo habré entendido mal, pero parece que Karel "entiende" y que además tenia relación con Eneas, aunque luego se enemistaron ¿no?.
Fati , te parecera extraño , pero casi hecho de menos conocer mas en profundidad a Kazla pues eso aclararia mas la actitud de Eneas, ¿me equivoco?
Bueno te dejo , pero deseando leerte pronto.Besos.
Ita... T_T ahora mismo estoy un poco depre, se me ha metido en la cabeza que esta novela no gusta y por eso... ains.
ResponderEliminarBueno sobre el glosario te tomaré la palabra. Yo lo tengo en mi pc, cuando veo que se vuelve considerable, entonces pensaré en colgarlo.
Y me alegro que te gustara la escena romanticona!! Te juro que estaba desesperada por que se besaran, y mientras lo escribía y me imaginaba la tensión sexual, creía que me iba a dar un ataque. Es verdad que después cuando lo lees no se ve tan... exagerado como yo lo siento cuando lo estoy escribiendo. Creo que en cierto modo es culpa mía. Tendría que depurar un poquito más mi expresión al narrar... pensaré en ello.
Ya estoy escribiendo el quinto. Ahora por fin, parece que la novela tira para delante... que no podía estar más atascada. Seguramente nos veremos dentro de dos o tres días.
Xao Ita! Gracias por apoyarme siempre T_T
Cuqui, hermosa... llevas razón. Karel ha estado junto a Eros y Eneas desde los 15 años. Kazla también tiene algo que ver en todo esto. Seguramente es algo que no esperáis ninguna. El quinto capítulo os va a sorprender... ahí por fin avanza un poco la novela y Kazla tiene una leve conversación con Roberto. Si es que se puede llamar a eso conversar XD
ResponderEliminarTambién Eneas se apasiguará un poco. Me ha hecho ilusión ese comentario, Cuqui, no había pensado que estos capítulos pudieran servir para darle profundidad a los personajes, pero ahora que lo pienso... podría verse de esa manera. Gracias!
Niña, dentro de poco intentaré colgar un capítulo nuevo, a ver si la cosa avanza y a mi se me pasa la depresión XD
Nos vemos!!
Me gusta el espiritu de Roberto . Es un luchador que no se deja amedrentar por el bruto de Eneas.
ResponderEliminar¿que le habrá hecho Kazla ? Ha quedado claro que no la quiere pero que esta de alguna manera atado a ella.
Hace dos capítulos que tendria que estar en la cama , asi que mañana más.
Muchas gracias por la historia , me encanta !!
Un abrazo .
Judith