viernes, 29 de octubre de 2010

Vampiros Diurnos 01: Destino Irresistible (Capítulo 1)

Vampiros Diurnos 01: Destino Irresistible

CAPITULO 1

«Corría como si mil diablos la persiguieran. Sentía sus piernas adoloridas chillando por ser calmadas. Sus pequeños pies resbalaban en sus zapatos, notando como los deditos se arrugaban. Cruzó una esquina y sintió las lágrimas agolpándose en sus hermosos ojos púrpuras, que volando hacia atrás, mojaban su espesa melena rizada, la cual se agitaba en el viento con la misma violencia que el terror le retumbaba en el pecho.

De repente se detuvo, notando como alguien se había plantado frente a ella y la miraba, con aquellos ojos azules tan claros que parecían blancos, helados. Su corazón bombeó con fuerza, casi pudiendo oírlo en sus propios oídos. Un temblor exasperado le cubrió el cuerpo y el chillido de miedo se ahogó con el bamboleo de su vestido de algodón.  

El pánico la llevó a imaginar mil y una atrocidades, escenas sangrientas llenando su pequeña e infantil mente. Cerró los ojos y amortiguó el llanto hasta que todo se volvió negro. El color más frío y tenebroso que nunca podría haber imaginado. Se sintió flotar, notando una paz abrumadora, todo el dolor se fue y las imágenes de su padre también se desvanecieron.

¿Sería aquel ser de ojos azules el asesino de su padre?

Podría ser, pero lo que ella no sabía era… si también sería el suyo».


**********


Maya abrió los ojos asustada, notando como el sudor corría por sus mejillas y le caía sobre el cuello, empapándolo. Se incorporó torpemente, tocándose la frente e intentando sosegar su respiración.

Seguía acongojada por la pesadilla. Siempre la misma desde que era pequeña, siempre los mismos sucesos, el mismo hombre. El terror durante los segundos posteriores a despertase todavía conseguía provocarle un mal sabor de boca.

Dando un suspiró apoyó la cabeza contra el respaldar de la cama, volvió a tomar aire y cerró los ojos. Tenía que relajarse, tomarse un ratito todas las mañanas para calmarse así misma. Para sofocar ese leve miedo, para auto convencerse de que era una estupidez volver de nuevo a sus temores infantiles.

Puso una débil sonrisita cuando su corazón dejó de bombear a una velocidad peligrosa. Ya está. Todo controlado. Ya podía empezar su día. Bajar esas escaleras, tomar su desayuno y dedicar su completa atención al pequeño regalo que se había atrevido a hacerse.

Arrastró el camisón por las sábanas, arrimándose al borde de la cama. Descansó los pies en el suelo y agitó los dedos, disfrutando de los pequeños movimientos para restarles tensión. Tendía a acumular líquidos, terminando con los pies redondos e hinchados.

Bendito fuera el comienzo del invierno.

Bostezó y se acarició el pelo, amontonando sus rizos negros sobre el hombro derecho, entrelazando sus dedos y encogiendo el ceño cada vez que sentía un pequeño estirón.

Su móvil sonó, iluminándose y girando como loco sobre su mesilla, añadiendo el molesto ruido de la vibración.

«Abuelo» se escribía con pequeñas letras negras parpadeando en la pantalla.

Maya apretó la boca y contuvo una maldición. Había tenido una pequeña discusión con su abuelo antes de irse del pueblo y lo último que le apetecía en estos momentos era seguir con ella. No dudaba que conforme su abuelo dijera el «hola» de cortesía —si es que se dignaba a eso— saltaría directamente a gruñirle.

Amaba a ese viejo cascarrabias más que a su propia vida, pero… diablos, el condenado podía ser demasiado sobreprotector.

Alargó la mano dudosa, intentando resistirse a su conciencia y no atender la llamada. Sujetó el móvil entre sus dedos y se mordió el labio con más fuerza.

Ella quería hablar con su abuelo, pero sin discutir. No otra vez. Sin embargo, le entendía. El pobre anciano solo temía por su seguridad, solo quería que tuviera una vida normal y olvidara su infancia.

Aunque… era imposible que nada que viviera ella, fuera normal.

No cuando a corta edad presencias el cadáver de tu padre, blanco, seco, adivinando que estaba muerto simplemente por el hecho de todos las deformidades que sus huesos presentaban tras los golpes a lo que fue sometido.

Solo recordaba haber abierto la puerta y tropezar con un montón de “algo” tirado en medio del corredor.

Su padre había muerto a manos de alguien que se desconocía, sin una razón aparente y su tío había desaparecido, solo dejando unas claras muestras de sangre.

Maya no recordaba mucho más.

Solo haber echado a correr después del susto, llorar y llorar llamando a su abuelo. Pero claro, ahí estaba esa pesadilla, ese hombre que aparecía en ella. Su cara claramente definida en su cabeza, esos ojos helados que la habían hecho temblar desde que era una cría.

El asesino de su padre… o tal vez no.

Ni siquiera sabía si era real, ya que el informe policial aseguraba que había intervenido más de una persona en el homicidio. Solo le cabía suponer que era una pesadilla creada por sus temores infantiles. Que habría visto a ese hombre en algún sitio y su mente lo asociaba por alguna razón a esa noche.

No tenía nada claro y su abuelo lo negaba rotundamente, exponiendo una versión muy diferente a la que ella recordaba.

Se suponía que no había dado ni dos pasos y en la misma gradilla de su casa había caído desmayada por el terror. Su abuelo juraba haberla recogido en sus brazos y llevado a su casa donde estuvo dos días inconscientes y tras eso, un mes sin hablar. Los médicos lo achacaban a un shock a causa del terror experimentado.

Y Maya no esperaba que fuera para menos.

Acarició la pantalla del móvil y su pulgar tembló sobre la tecla verde. Iba a aceptarla cuando la llamada terminó, así que propinando un enorme bufido se levantó de la cama.

No perdió el tiempo en cambiarse de ropa, no todavía, era agradable la facilidad y el fresquito que le daba el camisón. Con pies descalzos, se apresuró a bajar las escaleras de maderas, saltando al llegar al final y entrando en la diminuta cocina.

Con una mano se rascó descuidadamente el cuello mientras con la otra abría la nevera. Estaba prácticamente vacía. Solo hacía una semana que se había mudado, comprando alguna que otra cosilla para sobrevivir los primeros días. No le quedaba ni leche.

La volvió a cerrar resignada, de todas formas, a ella la leche tampoco le hacía mucha gracia, no era la gran pérdida. Simplemente abrió la primera puerta del armario de la cocina y sacó una caja de cereales. Rompió la parte de arriba sin hacer mucho esfuerzo y metió una cuchara, llevándose trocitos redondeados y bañados en chocolate a la boca.

Masticó sin mucha gana, a la vez que lo intercambiaba con algún que otro bostezo. Quedó apoyada contra la encimera unos minutos más, comiéndose varias cucharas y sin querer pensar mucho.

Su mente todavía seguía en un estado de duermevela, ignorando la pesadilla de cada noche y sumergiéndose más bien en el cansancio que llevaba encima. Había pasado toda la noche en la maldita trastienda, revisando que todos los pedidos hubieran llegado bien. Disfrutó del momento, demasiado atontada por la ilusión para notar los esfuerzos de más que estaba haciendo. Ahora su espalda se lo recordaba a base de calambrazos.

¡Maldita sea, como le dolía la jodía!

Notó un golpe en la pared de enfrente, unos cuantos arañazos y niños chillando. Esos eran movimientos típicos de una manada al comienzo del día.

Alzó los ojos hacía el reloj que había sobre la mesa de su cocina y verificó la hora. Las nueve menos cuarto, hora de los niños para ir a la escuela. Por su parte, debería ir vistiéndose ya, había quedado con su amiga para que la ayudara a colocar todas las cosas que había comprado para su tienda.

¿Para qué querías amigos si no te aprovechabas de ellos en momentos como estos?

Maya echó la cuchara en el fregadero y metió la caja de nuevo en el mueble, mientras pensaba en su tienda. Había sido una perra afortunada con todo este asunto. Pues no solo había encontrado un local accesible a tres puertas de su piso, si no que estaba situado justo en el casco antiguo de la ciudad. Las calles eran estrechas y sinuosas, con calzada de diminuta piedra y paredes alargadas y antiguas que le daban un sutil misterio a todo lo que le rodeaba.

¿Qué más quería la dueña de una tienda esotérica?

Ahora solo le quedaba rezar por que su plan de marketing resultara factible… o que por lo menos alguien hubiera mirando los papelitos publicitarios que había echado por las casas antes de arrojarlos al contenedor de reciclaje.

¿No era eso, ya mucho pedir?

Sea como fuese, lo que tenía que hacer era apresurarse para estar lista antes de que llegara su amiga. Amaba a Clara, era su amiga de la infancia, la única persona a parte de su abuelo que había estado siempre con ella, incondicionalmente. Su apoyo había sido esencial para que se atreviera a arriesgarlo todo y abrir esta tienda en Caria.

Arqueó una sonrisa cuando la manilla del reloj señaló las nueve en punto y dos golpecitos en la puerta se prologaron en un jugueteo de nudillos, como habitualmente usaba Clara. Era una chica especial, tanto que hasta su forma de llamar a la puerta le hacía única.

Levantándose con la energía renovada y teniendo cuidado de no resbalarse con el terrazo recién abrillantado, le abrió la puerta y le sonrió. Clara, como siempre, la esperaba en el pasillo con el ceño fruncido y con cara de fastidio. Su pequeño cuerpo ataviado con ropa ancha parecía agitarse un poco, estaba nerviosa… para no variar.

—Buenos días, Clara —saludó, haciéndose a un lado para que su amiga pasara.

Esta asintió con la cabeza como respuesta y avanzó un poco a regañadientes, observando como Maya se dirigía a la mesa y volvía a meter la caja de cereales en el armario de la cocina sin mucho cuidado.

—Déjame que lo adivine —sin mirarla, Maya barrió unos cuantos cereales que habían caído al suelo y dejó la escoba en un lado mientras le sonreía—. Estás de mal humor, ¿verdad? Qué raro que no me extrañe —antes de que Clara se pudiera defender le señaló la entrada de la casa con una sonrisa—. Cierra la puerta por favor.

—Si, si —alargando la mano, Clara le pegó un pequeño empujón dejando que esta se cerrara con un suave «clic»—. No estoy de mal humor Maya, es solo que siempre tienes que llegar tarde a todos lados. ¿No sabes que es la puntualidad? Yo me preocupé en levantarme temprano, después de estar casi toda la noche estudiando, para estar aquí a las nueve en punto y te encuentro en camisón.

Puede que en eso tuviera razón… pero era una persona tranquila, heredado de su madre según su abuelo. Todavía recordaba las veces que se lo echaba en cara, aunque ella no lo veía como un defecto.

—Ya lo cojo. No sigas regañándome, que pareces mi suegra —masculló a regañadientes.

—¿Suegra? —escupió Clara—. ¿Para qué diablos querrías una suegra?

Maya que se dirigía hacia las escaleras se paró unos momentos, mirándola fijamente. Después le sacó la lengua y empezó a subir los escalones mientras decía:

—Las suegras vienen en pareja con los novios —Clara pudo escuchar una pequeña risita—, y yo quiero uno, que demonios.

Clara no añadió nada, Maya siempre estaba diciendo lo mismo. Un novio por aquí, una novio por allá, pero cuando llegaba el momento no se veía interesada realmente por ningún chico que se le acercara. Más bien era como si los encontrara aburridos, resultándoles indiferentes, aunque pocas cosas captaban la atención de su amiga. Solo pensaba en su sueño de montar una tienda esotérica, y eso de leer las cartas y las leyendas sobre hadas y duendes siempre le había parecido raro, pero para Maya resultaba fascinante, así que bueno… la dejó sola con ello. Cada loco con su tema.

A pesar de sus distintas aficiones, siempre se sintió muy unida a Maya, se conocieron de una forma muy especial, y desde entonces siempre tuvo la sensación de que el destino había entrelazado sus vidas por algún motivo, por supuesto no sería ella la que se quejara por ello. A veces Maya le decía, que su amistad era demasiado importante y que seguramente no hubiera sido coincidencia que ellas estuvieran juntas. Y tenía razón, por supuesto, aunque Maya no lo supiera todavía y esperaba de todo corazón que nunca lo hiciera.

Antes de que pudiera seguir con sus pensamientos, oyó unos cuantos pasos en el piso superior y poco después su amiga bajaba pegando saltos la escalera con una cinta verde esmeralda en la mano.

—Creo que necesitarás esto.

Maya se acercó con una sonrisa a su amiga y le mostró la cinta que sostenía entre sus dedos, alzándola hacia ella en pequeños movimientos para que se animara a cogerla. Su propio pelo moreno también recogido en una coleta se agitaba a la vez que su cuerpo.

—Me gusta el pelo suelto, gracias —soltó Clara, mirando la cinta con desconfianza.

Con un suspiro cansado, Maya sacudió la cabeza negativamente.

—Déjate de tonterías y ven aquí. Tenemos mucho trabajo por delante y te molestará. Vas a retrasarme —soltó con una sonrisita.

—Así que eso es lo que te importa, ¿eh? —Clara después de soltar un largo gruñido poco femenino, se acercó y le dio la espalda, dejando su larga melena rubia a total merced de su querida amiga.

La pequeña estatura de Clara le venía a Maya perfecta para la tarea que se había propuesto. Con dedos delicados, le fue recogiendo el pelo, hundiéndose en sus cabellos oro y estirándolos despacio hacia atrás, los ascendió y terminó entrelazando la cinta en ellos. Cuando terminó, sonrió satisfecha a lo que Clara respondió retirándose un poco con incomodidad, aunque solo la utilizaba para cubrir su vergüenza.

—Creo que ahora estás mucho mejor, además, el color verde de la cinta hace juego con el de tus ojos —soltó socarrona, esperando el leve sonrojo que sabía vendría a continuación. 

Clara, visiblemente nerviosa, se tomó el largo mechón rubio que le caía sobre el ojo derecho, este tenía un tono más apagado que el otro, quedando en un verde musgo contra el esmeralda. Tenía un leve complejo por ello, sin embargo Maya siempre le había repetido desde pequeña que sus ojos eran hermosos, la había animado hasta que casi habían llegado a gustarles a pesar de lo que dijeran todos los demás. Puede que fuera también porque su amiga mantenía un extraño color violeta en los suyos. A ella nunca pareció importarle lo más mínimo.

Maya recogió una pequeña bolsa y una muñequera, después se acercó a la puerta e invitó a su amiga a salir. Ambas cerraron el portal del bloque de pisos donde estaba el dúplex y se encaminaron con pasos ligeros hacia la tienda. Solo tuvieron que subir un tramo de calle y allí estaba el local, con la puerta de cristal y un escaparate que podría considerarse lo suficientemente grande para lo que iba a albergar.

—¿Qué te parece? —comentó orgullosamente Maya.

Clara alzó una ceja sin darle mucho aprecio a lo que a ella le parecía una pared de piedra adornada con tres cristales.

—La fachada no es que valga mucho —respondió con su sinceridad arrolladora—. Espero que por lo menos, el interior sea espacioso.

Maya arrugó la nariz en una mueca graciosa, pero al instante ya estaba otra vez sonriendo, sabía cómo era su amiga, pesimista pero sincera, eran las dos cualidades más llamativas que tenía y después de tantos años ya se había acostumbrado. Volvió hacia la tienda, acariciando la piedra de la fachada, sintiéndose orgullosa de lo que ella sola había conseguido. Ahora era una empresaria que tenía que llevar y gestionar su propia tienda, suponía que le saldría bien, ya que con el grado superior en administración le tendría que valer. Su querida tienda, era como mezclar afición y deber en un mismo oficio y eso le hacía inmensamente feliz, no mucha gente podría decir lo mismo.

Lo que no entendía es de donde diablos había sacado su abuelo tantísimo dinero. Cuando le contó su sueño, sin dudarlo lo más mínimo, le dejó todo el dinero que le faltaba para sumar la cantidad necesaria después de juntarlo con el que había ahorrado de su trabajo de media jornada. Aunque algunas veces se lo había insinuado, su abuelo no estaba dispuesto a desvelar el secreto, así que no quiso ahondar más en el tema, si no y como siempre, acabarían discutiendo. Con lo que se querían y siempre estaban a las greñas. No lo entendía.

Ante la clara impaciencia de su amiga, Maya se apresuró a abrir la puerta con torpeza, ofreciéndole a pasar primero con un ligero movimiento de mano. Por el gesto que puso Clara al poner un pie dentro, tal vez había cambiado su opinión respeto a aquella ruinosa tienda. Las paredes estaba pintadas y el cristal del mostrador resplandecía, las estanterías mantenían un bonito tono malva que le daba algo de feminidad a la estancia. Lo único que no le gustó tanto fueron la cantidad de cajas de mercadería que había todavía cerradas, esperándolas por todas partes para ser colocadas en su sitio, y suponía que le tocaría a ella ayudar a montarlo todo.

Lanzó un bufido tan largo que se le levantó hasta el flequillo.

—¿Y ahora? —picó graciosamente Maya, con las manos en jarras desde la puerta.

—Sí, sí, vale, punto para ti. No está nada mal —miró de nuevo las cajas—. Aunque todas esas cajas no me gustan tanto. 

Maya sonrió abiertamente y alcanzó la posición de su amiga. Se paró un momento para echar un buen vistazo y empezar a calibrar todas las posibilidades. Las paredes estaban pintadas de carmesí y los estantes de negro por fuera y el interior de un ligero malva, igual que la cortina que llevaba a la trastienda y el mostrador.

Estaba inmensamente feliz al ver lo bien que había quedado todo. La última semana con rodillo en mano fue más que cansada, pero el resultado era tan maravilloso que sentía ganas de llorar.

—Es tan perfecto —chilló ilusionada.

—Más bien yo lo veo gótico —como sabía que Maya estaba demasiado atolondrada por la felicidad para siquiera responder a su comentario, el cual fue claramente ignorado, siguió hablando mientras pasaba un dedo por la limpia estantería—. Ya veo que ayer estuviste limpiándolo todo. Tiene su mérito, la verdad —se volvió hacia ella y apoyó ambas manos en el mostrador, dando un pequeño saltito para subirse encima—. Debo suponer que ayer te quedaste aquí sola esperando las cajas hasta tarde, ¿no?

—Supones bien —contestó Maya, que ya estaba agachada y abriendo con un cúter la tapa de una caja que ponía “libros” en letras rojas—. Estuve esperándolas toda la tarde pero… —recogió entre sus manos unos cuantos volúmenes y les pasó los dedos por el canto, leyendo rápidamente los títulos—. …cuando llegaron ya era demasiado tarde para ponerse a ello, así que, al final tuve que conformarme con terminar de limpiar y darle un poco a algunas diferencias de color que me había quedado después de pintarlo todo.

Clara observó a su amiga, le hacía feliz verla tan contenta, tan satisfecha de sí misma, que no quería aguarle la fiesta comentándole el mal gusto que tenía con los malditos colores. Aunque ninguna de ellas era un primor en moda, por favor, parecía que habían entrado en un club privados para vampiros. Y eso solo le provocó una leve sonrisa. Qué ironía del destino, ¿verdad?

Si aquella tienda iba a darle felicidad a su amiga, ella la apoyaría con todo lo que estuviera en su mano. Se acarició el flequillo dorado que le caía sobre el ojo derecho para después apartarlo un poco de su campo de visión, pegó un saltito para bajarse del mostrador, sacudiéndose los pantalones y colocando ambos brazos en su cintura.

—Bien. ¿Por donde empezamos, entonces? —comentó muy dispuesta, cuando vio que la morena comenzaba a sacar calaveras de una de las cajas, Clara no pudo evitar echarse hacia atrás, asqueada. Al carajo la disposición—. No sueñes con que, esta de aquí, coja esas cosas asquerosas, Maya. Te juro que la amistad tiene un límite.

Maya la miró como si se hubiera vuelto loca, acarició la calavera como si fuera un tesoro y con el mayor cuidado del mundo la dejó sobre la estantería que había a su lado. Cuando terminó la ceremonia, se dio cuenta de que Clara estaba entre impactada y asqueada al verla actuar de ese modo tan sicótico y eso solo le provocó unas cuantas carcajadas.

—Era broma, mujer —se echó a reír nuevamente por la cara que se le había quedado a su amiga—. Si crees que me he vuelto loca te aseguro que no ha llegado el momento. Todo a su tiempo.

Clara se abrazó a sí misma, dando un cómico escalofrío. No sabía porque se sorprendía cuando ya tendría que estar acostumbrada al raro comportamiento de su amiga. Siempre había sido así de extraña con sus gustos, pero eso solo le daba un encanto diferente, o eso pensaba ella, bueno siempre y cuando no siguiera acariciando calaveras por ahí frente a cualquiera, claro está.

Se acercó un poco, manteniendo una graciosa y mal actuada distancia prudencial de su amiga y se asomó a ver que más cosas contenían algunas de las otras cajas. Había amuletos, colgantes, hadas, brujas, piedras, velas, hasta unos extraños bastones. Agarró uno y pasó los dedos por la pulida madera hasta terminar en el cuarzo redondeado que tenía incrustado en el extremo.

—¿Qué se supone que es esto, Maya? —preguntó, aunque no estaba segura de querer saberlo en realidad. Pero qué cosa más rara, por Dios….

Maya se levantó del suelo donde se encontraba arrodillaba y rápidamente le quitó el bastón de las manos, acariciándolo con casi devoción.

—Mucho cuidado con esto, Clara —gruñó para sorpresa de su amiga—. Son varas de poder, es de cuarzo, de las más efectivas y… caras.

—¿Varas de poder? —dio un suspiro y se encogió de hombros—. ¿Y eso sirve de algo? Espero que haya gente tan chiflada como tú por estos lares o te morirás de hambre. Te recuerdo que tienes un alquiler que pagar… ay, ay…

Maya seguía manejándose por la habitación con movimientos graciosos, parecía una niña pequeña con una casita de muñecas nueva. Sin responder a Clara, suponiendo esta que ni siquiera le había prestado atención, cargó el palo ese de madera con suavidad y lo llevó hasta el escaparate, colocándolo con cuidado en un ángulo satisfactorio.

—Perfecto —balbuceó complacida Maya y se volvió hacia su amiga—. Se dice que son buenas purificando, para recoger la esencia de la persona y poder manejarla en igualdad por todo el cuerpo.

Clara no tenía otra opción más que asentir, dándole la razón como a los locos. ¿Qué más podía hacer? Su amiga solo escucharía lo que ella quisiera, cualquier cosa que dijera en contra lo ignoraría…

Bueno, decidió no pensar más en ello, así que se dedicó exclusivamente a recoger los productos que Maya le indicaba y por supuesto obviando todo lo que hubiera estado vivo con anterioridad, vaya si en aquellas cajas no había cosas que mejor no saber que eran. Eso sí, las fue colocando con el mismo cuidado que la propietaria si no quería llevarse una regañina, que conociendo a Maya cuando se trataba de sus cosas raras, era mejor tener cuidado.

Maya se dirigió a la vitrina del mostrador y fue colocando mazos de cartas del Tarot con sumo cuidado. Había unas que eran sus preferidas, negras con unos adornos rojos muy elegantes, simulando hiedras que subían por las cuatro esquinas formando un bonito ribete.

Antes de darse cuenta, habían pasado horas y horas, salieron a comer a un restaurante de comida rápida que había al lado de la tienda y siguieron durante toda la tarde hasta bien entrada la noche. Miró el reloj, eran cerca de las diez, su amiga Clara se había marchado hace apenas media hora y qué diablos, ya estaba agradecida que conociéndola, se hubiera quedado con ella hasta tan tarde. También tenía asuntos de universidad de los que encargarse y en los que no quería interferir, por lo menos una de las dos estaba sacándose una carrera y se sentía feliz por ella.

Maya se apoyó en el mostrador de cristal, suspirando largamente por el cansancio. Se abanicó con la mano pues desde hace unos días, más o menos a la misma vez que llegó a Caria, empezó a tener unos sofocos extraños. ¿Estaría ovulando o algo? Sea lo que fuese, a lo mejor tendría que acercarse al doctor a preguntar. Ahora que lo pensaba también había tenía algunos trastornos con el periodo y la verdad es que le resultaba raro, ella era muy regular en ese tema.

Unos ruidos estrepitosos y sin sentido volvió a escucharse sobre su cabeza. ¡Por todos los demonios, ¿qué clase de música para locos escuchaba el imbécil de su vecino de arriba?! No sabía si era metal, heavy o cualquier cosa rara de esas, lo que más le molestaba era lo fuerte que la tenía, dios, la gente que entrara creería que la tenía puesta de ambientación para la tienda. Ya intercambiaría unas palabras con el tipo ese, por nada del mundo iba a dejar que nadie le jodiera la abertura de su tienda.

Suspiró y se tocó el pecho, buscando su colgante. Lo apretó con fuerza en su mano y sintió que se relajaba un poco. Amaba ese collar, lo había tenido desde antes de que pudiera recordarlo. Era un triángulo de metal con un ojo grande y azul en el medio, cuando tuvo la edad suficiente para interesarse por ello, buscó como loca libros que pudieran esclarecerle su significado. Era un amuleto de protección y eso le hizo feliz, pues según su abuelo, ese colgante lo había preparado su madre para ella mucho antes de que hubiera nacido. Aunque no hubiera podido conocerla, podía sentir su cariño a través de aquel regalo. No recordaba ocasión alguna en la que se lo quitara, ni siquiera lo hacía cuando se duchaba, nunca.  

Lo agarró con fuerza y suspiró, esbozando una sonrisa.

Bueno, debía dejar de divagar y terminar de colocar los últimos libros en la estantería más alta de las cinco que tenía en la pared izquierda del local. Le hubiera gustado encontrar libros más antiguos, pero a parte de un par de ellos, la mayoría eran manuales sobre Astrología o Quiromancia. Tendría que buscar más e ir a otras ciudades cerca para darle calidad a su tienda. Puede que si buscara por internet tal vez encontrara algún grimorio que valiera la pena, aunque había tantas falsificaciones de ellos que resultaría casi imposible. Ahora lo que tenía que hacer era terminar todo esto e irse a casa para descansar que mañana era el gran día y tenía que estar todo lo entera posible.

Se dirigió a la trastienda y cogió una pequeña escalera de metal, era gracioso que tuviera que ir con ella por toda la tienda, pero… ¿qué hacía si media poco más de metro y medio? La arrastró con el pie unos metros hasta ponerla bajo la estantería que quería, tendría que ir avanzando hacia la izquierda mientras los colocaba. Fue incorporando un libro tras otro, sorprendiéndose al ver una copia del Necronomicón, que por supuesto sería una traducción falsa. Y es que a eso se refería con la poca credibilidad que daba su tienda en esos momentos, tendría que indagar más pues no estaba dispuesta a poner a disposición del público ninguno de su colección, eso estaba más que claro.

Iba a colocar el último libro cuando vislumbró algo brillante entre la estantería y la pared. ¿Qué diablos era eso? Acercó su cara todo lo posible pero no lograba adivinar que podía ser, así que hurgó con la uña, casi rozando el trozo que parecía de algo de cristal. Tan ensimismada estaba que no oyó el crujido metálico que dio la escalera. Puso un pie en el extremo izquierdo de esta, casi estaba a punto de agarrarlo, pero entonces la escalera cedió, enviándola al suelo en una mala postura y obligándola casi a recaer en el brazo izquierdo todo el peso de su cuerpo.

—¡Joder! —chilló sin poder contenerse, el grito le salió tan fuerte que hasta creyó que su abuelo, desde el pueblo, lo había podido oír. Dios, que pedazo de porrazo se había metido.

Con la mano derecha intentó apoyarse para sentarse en el suelo. Maldita sea, había comprado esa asquerosa escalera hace apenas una semana, le había costado más de lo que debiera y… ¡ya se había roto! Iría a esa tienda a reclamar y si no le devolvían el dinero se iba a comer aquel tipo con voz de pito de un solo mordisco.

De coraje, le pegó un golpe a la escalera, que solo le hizo ganarse un relámpago de dolor que le subió por el brazo como si se le hubiera roto en mil fragmentos. Se lo agarró con fuerza y apretó los dientes en una fea mueca. ¡Como le dolía el condenado!

—¡Diablos! —masculló entre dientes—. Con lo bien que me había ido el día. ¡Ay Maya…! —se dijo a si misma, mientras que con mucha dificultad se apoyaba en el mostrador para levantarse—. ¿Por qué tengo que ser tan torpe?

Su abuelo se lo repetía una y otra mientras ella intentaba ignorarlo, pero no había día en el que no se pegaba algún golpe o se cayera. ¿A quién había salido así de patosa? Pues por lo había escuchado, tanto su padre como su madre eran personas entregadas y habilidosas… ella tendría que ser como poco adoptada, porque entonces lo no entendía. De todas formas, ahora lo que tenía que hacer era ir al hospital porque el brazo le dolía horrores, no estaba segura de sí podría llegar antes de soltar todos los improperios que conocía y no eran pocos.

Buscó su bolso que estaba en una silla tras el mostrador, lo abrió y miró si tenía su tarjeta del seguro médico, porque lo que le faltaba es que llegara allí y no la visitaran por habérsele olvidado o algo, y conociéndose podía pasar, así que mejor ir preparada. A veces pareciera como si ella misma se pusiera las zancadillas. La encontró detrás de su DNI, vaya… que suerte. Se dirigió a la puerta, pero antes de cerrarla le dio el último vistazo a la estancia y comprobó que estuviera casi lista para la inauguración de mañana. Solo le faltaba recoger las piruletas de colores adornadas con un sombrerito de bruja que había encargado hace casi un mes en una de las tiendas un poco más allá de la calle principal.

Tiró de la persiana metálica que cubría la puerta y el escaparate, cuando estaba por la mitad se dio cuenta de que con solo la mano derecha no iría a ningún sitio así que cerró con llave y dejó la persiana como estaba, esperaba que no se arrepintiera por ello, aunque en esos momentos poco podía hacer. Se dispuso a ir calle abajo, agradecida del airecito fresco que golpeaba su cara, era marzo y aunque la gente la mirara como si estuviera loca por ir en mangas cortas no podía hacer nada para evitarlo. Tenía calor, los demás iban con chaqueta y ella tenía calor, bueno… ¿y que iba a hacer? O tal vez la miraran por el espantoso aspecto que llevaba. Maya se sacudió un poco los pantalones y se arregló como pudo la coleta, aunque la mitad de los cabellos rizados los llevaba sueltos por la cara. Intentando no darle importancia a las miradas de la gente, no lo había hecho nunca y no iba a empezar ahora, se concentró en apresurar el paso y llegar pronto al hospital, le dolía demasiado el brazo como para preocuparse de otra cosa.

Si Clara la estuviera viendo ahora seguro que volví a reñirle, esa mamá gallina…

Cuando por fin llegó al final de la calle, salió a una avenida, la calle Principal como la llamaban allí, en la misma intercepción estaba el hospital, bien… por lo menos había llegado sana y salva sin matarse por el camino, con ella era de esperarse cualquier cosa. Miró hacia los lados antes de cruzar por el amplio paso de peatones, el sonido del semáforo paró justo cuando puso un pie en la acera contraria. Desde allí podía observar como el ambiente cambiaba, el casco antiguo de Caria, que era de donde venía acababa de golpe en aquella calle, rompiendo el esquema desigual con unos edificios de pisos todos casi idénticos. Sin duda había entrado en un estilo más urbano de la ciudad. Llegó a la puerta del Hospital, donde preguntó cuál era la entrada de urgencias, le indicaron la parte de atrás del edificio, así que tuvo que dar toda la vuelta para poder entrar.

Con un suspiro de alivio cuando por fin cruzó la puerta, se dirigió directamente a admisión. Tuvo que esperar una pequeña cola pero por fin consiguió llegar hasta la recepcionista, que la miraba como si hubiera sido la número mil de su largo día. Aun así la mujer, entrada en años y con el cabello dorado recogido en un moño, logró formarle una sonrisa educada.

—¿Me permite su tarjeta?

—Ah, sí claro —Maya abrió su bolso, recogió su cartera y sacó la tarjeta entregándosela rápidamente a la mujer—. Aquí tiene.

Después de que la recepcionista le confirmara sus datos y le preguntara la razón por la que estaba allí, suponiendo que era para saber a qué sala redirigirla, le devolvió la tarjeta y asomó su cuerpo por el mostrador para indicarle la dirección que tenía que tomar.

—Sigue hasta la segunda sala de la izquierda y espere a que la nombren —cuando observó el gesto de dolor que hizo Maya, la mujer añadió—: Si ve que le duele mucho, puede avisar a alguna enfermera para que le dé un calmante.

—Gracias —respondió con amabilidad Maya, guardándose la tarjeta en lugar seguro porque tendría que sacarla de nuevo más tarde y lo único que faltaba es que se la dejara por algún sitio. Mejor guardada.

Se dirigió a la sala, la cual por muchas indicaciones que le dio la mujer, tuvo que preguntar a alguna enfermera que pasaba por allí para llegar a ella. Vale que era un poco despistada pero nunca había estado en ese hospital antes. Presionó el botón para que la puerta automática se abriera y de golpe, una multitud de olores mezclados chocaron contra su cara, casi le provocan un vómito instantáneo. Por eso odiaba los hospitales, la sala estaba abarrotada de gente, ancianos en camillas chillando de dolor, hombres y mujeres acompañando a sus familiares enfermos dando vueltas de un lado para otro… y los enfermeros yendo y viniendo sin mirarles siquiera. Con un suspiro de resignación se agarró bien el brazo izquierdo y se sentó a mala gana lejos de la multitud y cerca de la puerta. Esperaba que la llamaran pronto para salir de allí.

Y durante una hora entera, realmente pensó que se habían olvidado de ella. La gente iba variando, no demasiado frecuentemente como era evidente, pero lo hacía, y sin embargo ahí estaba ella, sentada como una imbécil en la misma maldita silla. Un anciano se sentó a su lado, se podría oler su sudor a varios metros y Maya no pudo evitar que una arcada le subiera a la boca. Antes de que la enfermera pudiera llegar con una bolsa de plástico, el pobre anciano ya estaba vomitando en el suelo, así que ésta dejó escapar un resoplido entre dientes y se dio la vuelta, volviendo al poco tiempo con un poco de arena y un recogedor.

Más que asqueada, lo que Maya sentía era pena, pues el pobre hombre se había agarrado a su mano mientras intentaba respirar, en sus ojos podía leer una súplica insistente, como si ella fuera la única que quedaba ya para ayudarlo. Con rapidez, Maya volvió a llamar a la enfermera que terminó llevándose al pobre anciano hacia una de las salas contiguas.

Se quedó de pie, observándolo hasta que desapareció de su vista. Maldita sea… su abuelo no era mucho más joven que ese anciano y puede que en una de esas noches que estaba solo en esu casa, tuviera algún achaque de los suyos, pues por mucho que presumiera de estar sano como un roble, no era un secreto que padecía del pulmón. Por primera vez ndesde que llegó a Caria, sintió una punzada de culpabilidad. ¿Había sido egoísta persiguiendo sus sueños si con ello dejaba solo a su abuelo? En su momento no lo pensó mucho, pues él mismo le había apremiado para que lo hiciera. Pero después de esta escena se sentía poco menos que una descastada. De esta noche no pasaba, cuando llegara lo primero que haría sería llamar a su abuelo y asegurarse que estuviera bien, ya le daba igual la pelea que había tenido y todo lo demás.

—Maya Gaes, Maya Gaes. ¿Se encuentra aquí?

Dio un respingo y se giró al escuchar su nombre. La llamaban y ya era hora, maldita sea. Sorteando algunos pacientes que se encontraban en el pasillo frente a ella, consiguió salir y dirigirse hacia la pequeña enfermera que la esperaba. Mientras caminaba se iba apretando con fuerza el brazo porque cada movimiento le hacía ver las estrellas, vaya.

—Yo, yo soy Maya.

La enfermera asintió y le pidió que la siguiera, con amabilidad la llevó hasta otra sala de espera un poco más pequeña y con bastante menos gente, le señaló un asiento y con un gesto la invitó a que se sentara.

—Espere a que la llamen de nuevo.

¿Cómo? ¡Otra vez! Esa enfermera debía estar loca, no podía pedir en serio que esperara otra vez, ¿verdad? ¡Le saldrían canas antes de que la visitaran! Terminó por suspirar, sin añadir nada, de todas formas no estaba en su naturaleza discutir. La enfermera agradecida por su silencio le sonrió escuetamente y se marchó, moviendo las caderas en un suave vaivén.

Estupendo, hasta la enfermera comprendía que esa espera no podía ser normal. Después no querían que le pusieran reclamaciones, ¡¿pero que mierda pasaba con la sanidad en este país!?

Resignada, echó un vistazo a su alrededor, era lo único que podía hacer para distraerse de todas formas. Podía ver las consultas a las que directamente iban a pasar, así que era buena señal, pues la próxima vez que la llamaran sería para entrar en una de ellas. Que fuera pronto por Dios, aunque ya no le dolía tanto el brazo como antes, no podía dejar de pensar en la cortina medio bajada de su tienda.

Al poco tiempo, la puerta de la última consulta se abrió, desde su posición pudo ver como un doctor joven colgaba su bata blanca y se colocaba una chaqueta, seguramente había terminado su turno y ya se disponía a salir de allí. Suerte para él, porque lo que era ella… Cuando se giró sus miradas se encontraron. Maya tragó duro e intentó apartar la vista, pero no podía, el color de sus ojos la acongojó. Sentía como la bilis le subía hasta la boca y aun así no podía apartar su mirada de esos ojos azules que casi parecían blancos de los claros que eran, como dos puras esferas de hielo. Se quedó paralizada, sintiendo como todo su cuerpo se tensaba y la sujeción de los brazos de la silla no era suficiente para mantenerla sentada. Por algún motivo que no entendía, sintió ganas de correr, de alejarse todo lo posible de aquella persona, y sabía que era un sentimiento inmaduro e infantil, pero era superior a ella.

Aquel médico también le devolvía la mirada, y aunque no mostraba expresión alguna, seguía observándola fijamente. Cuando por fin se apartó y giró la cara, Maya volvió a respirar, como si la conexión que los unía se hubiera roto. El hombre se dirigió a la mesa de recepción que había en la sala sin prestarle más atención. ¿Qué habría pensado de ella? Que estaba loca, sin duda. Pero en realidad, no entendía porque había reaccionado de esa manera, de alguna forma su cuerpo había sentido una claro rechazo por aquel médico, como si le recordara algo… puede que ya entendiera un poco que le pasaba. Era miedo, un miedo que acudía a ella cada vez que veía a alguien con rasgos parecidos a ese hombre de sus pesadillas. Que estúpido era y que patética se había visto dejándose llevar por sus fantasías hasta el punto de casi formar una escena entre tanta gente.

Volvió a suspirar, no sabía cuántas veces iban ya esa noche, e intentó relajar la postura en la silla. Para distraerse, volvió a sacar del bolso el libro que llevaba a medias, una edición de bolsillo que había salido hace poco de “Daemoniacum” escrito por un sacerdote que aunque expusiera los conceptos del libro desde el punto de vista de la Iglesia Católica, seguía siendo de sus preferidos. Era todo un tratado de Demonología. La mujer que estaba sentada a su lado, al ver los dibujos y círculos mágicos implícitos en el libro, se levantó rápidamente y se colocó varios asientos más allá. Su mirada prejuiciosa no le importó lo más mínimo, Maya siguió leyendo con curiosidad, página por página.

No pasaron ni diez minutos cuando su nombre resonó en los altavoces de la sala, vamos, se escuchó tan mal que por poco ni lo reconocía, tendrían que cambiar esas cosas ya porque vamos…. Se levantó y buscó la consulta que le habían indicado. Cuando advirtió que era la última pidió a todos los dioses existentes porque ese médico hubiera terminado su turno ya. Pasaría un bochorno horrible si tuviera que tratar con él después de haberlo mirado como si le hubiera crecido otra cabeza. Para salir corriendo, vaya.

Se paró frente a la puerta y llamó cuidadosamente antes de entrar, despacio cerró tras de sí y se volvió hacia el médico. Si hubiera podido reírse sarcásticamente sin parecer una desquiciada lo hubiera hecho, por eso nunca echaba a la lotería. Vaya mala suerte que tenía. Maya tosió incómoda y se sentó insegura en el sillón negro que había en su lado de la mesa.

El hombre le ofreció la mano y un “buenas noches” que ella respondió con contrariedad, después volvieron a colocarse en sus asientos. Y entonces fue cuando ese hombre le sonrió, con la boca más perfecta que Maya hubiera visto antes, ni en sus mejores fantasías. Cómo sus expresiones no paraban de variar por tanta confusión, advirtió que aquel hombre incrementaba su sonrisa.

—No debe estar nerviosa. Sé que me veo joven pero sé lo que hago —encogió el ceño cuando cambió el rumbo de sus pensamientos—. Si le duele mucho, dígame que le ha sucedido y miraremos si es algo importante.

Maya creyó entender que el médico había relacionado su recelo hacia él con desconfianza por su juventud o dolor por su brazo. Era mejor que siguiera pensando así, por supuesto. No creía que fuera necesario contarle a un extraño sus pequeños deslices por culpas de pesadillas nocturnas, tal vez si fuera psicólogo… ¿tendría que ir a uno?

—Vengo porque mi escalera se rompió y caí sobre el brazo izquierdo. En el momento dolió bastante ahora parece que se me ha dormido. No lo sé —y se felicitó porque no se interrumpió ni tartamudeó en el proceso.

El médico asintió, mirándole el brazo sin tocarla. Descruzando las manos que mantenía sobre sus muslos, se levantó de la silla, arrastrando el final de la bata por esta y con elegancia, más de la que un hombre debiera tener, se acercó a Maya, cogiéndole por el brazo derecho y llevándola a la camilla.

—Siéntate aquí —le ordenó, mientras comenzaba a tocarle el hombro. Con dedos cuidadosos bajó hasta el codo y terminó apretándole un poco la muñeca. El tratamiento de usted había desaparecido de un momento a otro, pero no le importaba, realmente.

Maya aún seguía incómoda en su presencia, era un sentimiento que no iba a irse con tanta facilidad y la mueca de preocupación que tenía el médico tampoco le resultaba para nada tranquilizadora. Decidió distraerse mirándolo con disimulo. Aunque sus facciones eran rudas, parecía bastante joven, demasiado para ser un médico de urgencias a su parecer, aunque si tenía que calcularle una edad suponía que tendría más que ella, de eso estaba segura. Siguió bajando hasta su bata, en la placa observó un nombre grabado “Adam Kreus” bien… por lo menos ya sabía cómo se llamaba, aunque no le iba a servir de mucho, dudaba que se fueran a ver en otra ocasión, a menos que se hubiera hecho algo gordo en el brazo y eso no quería ni pensarlo.

¡Los autónomos no podían darse de baja!

El médico la miró unos segundos, intentando ver si le dolía lo que le estaba haciendo o no, pero conforme sus ojos se encontraron, Maya apartó la vista, sintiendo la urgencia de hacerlo y sin poder evitarlo. Seguramente habría quedado como una idiota, aunque el médico no dijo nada y siguió con lo que hacía. Se sentía imbécil, pero es que esos ojos blancos, tan fríos y penetrantes la turbaban de una manera indescriptible. Le causaban temor y a la vez le parecían terriblemente hermosos. Era un sentimiento tan contradictorio. Y no solo sus ojos, su cara cuadra y masculina, también su cabello negro azabache, que lo mantenía un poco largo para ser un hombre. Era un tipo guapo, sin duda.

—¡Ay! —chilló de repente—. Eso ha dolido.

El médico hizo una mueca, volviéndole a tocar el antebrazo esta vez con más cuidado.

—¿Te duele ahora? —preguntó, no muy seguro, aunque Maya negó con la cabeza, suavizando su expresión—. Creo que tienes una fisura en el cúbito y casi me arriesgaría a decir que alguno de los metacarpos también está dañado. De ahí podría venir la inflamación que tienes en la mano.

La expresión de Maya era de no haber entendido nada, así que solo aceptó la mano que el médico le ofrecía para bajar de la camilla y ambos volvieron a sentarse en sus respectivos lugares. En su cabeza la palabra fisura daba vueltas y vueltas.

—Pero una fisura no significa que esté roto, ¿verdad? —no quería ni pensar que tuviera que retrasar la apertura de su tienda cuando ya estaba todo programado y los panfletos repartidos, ¡era para volverse loca!—. Con que me des algo para el dolor me basta…

El médico alzó los ojos hacia ella, deteniendo la pluma con la que escribía algo en lo que parecía ser un informe. Maya sintió un escalofrío que no se paró a identificar.

—Perdona, el médico soy yo —Maya sintió como su cara ardía, no se ponía colorada desde que era una cría, lo que más le molestaba es que a él pareció divertirle ese hecho—. Voy a ordenar que te hagan unas radiografías para ver si tengo que escayolarte el brazo o solo con una venda y un cabestrillo vas tirando.

Pues vaya mierda… otra vez a esperar. No sabía por qué, pero sentía una pequeña sutil muestra de intimidad entre ambos, como si se hubieran conocido en otro sitio. Es verdad que el hombre era muy correcto con ella, como cualquier médico lo sería con un simple paciente, y sin embargo notaba que se tomaba algunas confianzas. Puede que fuera por su juventud… tal vez. O puede que ella no estaba muy acostumbrada a ir al médico y su estado de nervios no la dejara pensar con claridad, pero vamos… le daría un ataque si la cosa se complicaba.

—Bueno, debo esperar ahí fuera o… ¿Qué hago? —chasqueó la lengua y susurró entre dientes casi inaudiblemente—: Toda la maldita noche igual.

El médico siguió escribiendo el informe, pero la sonrisita que se le escapó dejó claro que la había escuchado, pero eso era imposible… había sido un leve murmullo así que puede que estuviera pensando de más. Cuando Adam, así recordaba que rezaba en su chapa, levantó la cabeza para indicarle como proceder, quedó en silencio unos segundos antes de decidirse a hablar. Maya supuso que no esperaba la mirada contrariada que encontró en sus ojos violetas.

—Puedes quedarte aquí tranquilamente, he terminado mi turno y el otro médico tardará un poco en llegar. Eres mi último paciente del día, así que puedes esperar aquí.

Maya se agitó un poco en el asiento, incómoda. El movimiento le provocó un ligero calambrazo en el brazo que intentó ocultar relajando la cara. Se lo agarró y lo apretó contra el pecho, parecía que así le dolía menos. Esperar allí con él en la misma habitación no era más cómodo que hacerlo fuera y no sabía cómo diablos decírselo. Ese médico estaba sentado frente a ella, mirándola con esos fríos ojos blancos, como si la escrutara, como si intentara adivinar que estaba pensando, que sentía. Por un instante, un ligero escalofrío cruzó su espalda, y sin darse cuenta, ya estaba de pie frente a él.

—No quiero molestar, así que…

Adam seguía con esa expresión ilegible que la ponía tan nerviosa.

—Si te sientes más cómoda esperando fuera adelante —sugirió con un movimiento de brazo—. Pero por mí parte, no es molestia que esperes aquí. Avisaré para que venga una enfermera a por ti en breve.

Maya quedó indecisa mirándolo desde arriba, devolviéndole el mismo escrutinio al que ella era sometida. Por un lado parecía que su preocupación como médico quería mantenerla allí en la consulta, pero por otro… esa confianza extraña mezclada con una frialdad que parecía ser característica de su personalidad la confundía. Puede que su parecido al hombre de sus pesadillas la estaba haciendo comportarse de manera extraña, actuando de forma que no era propio de ella. Seguramente la vería como un bicho raro o tal vez pensara que de camino también se golpeó la cabeza.

Después de dudarlo un poco, se volvió a sentar en la silla.

—Creo que… me quedaré aquí —cuando la única respuesta de Adam fue alzar una ceja  y seguir observándola sin comentar nada, ella añadió—: ¿Puedo hacerte una pregunta?

Adam se levantó de la silla sin contestar, abrió la puerta de la parte de atrás de la consultad y le entregó a una enfermera lo que parecía ser el informe para avisar sobre la radiografía. Cuando terminó de darle a aquella mujer las explicaciones pertinentes, volvió a cerrar la puerta y se acercó a la mesa, sentándose frente a Maya con una ligera expresión de interés. 

—Dime.

Bien, ¿ahora cómo demonios lo decía? No sabía por qué pero esa no era ella. Ni esta parecía ser, ni de lejos, una consulta normal con un médico. O eran simplemente paranoias suyas. Lo que iba a hacer ahora tal vez era un error catastrófico, pero ya lo había decidido.

—Te vi salir antes, parecías que te marchabas. ¿Porqué volviste a entrar y me cogiste como último paciente? —cuando el médico arrugó el ceño, ella se apresuró a aclarar—. No lo digo con segundas intenciones, es solo que… cualquier otro médico podría haberme visitado… podía esperar a que llegara el otro…. Si tu turno había terminado ya….

¡Parecía idiota! ¿Por qué le estaba preguntando eso? Habría miles de razones por las cuales podía haber actuado así y ninguna tenía que tener relación con ella. ¡Seguro que pensaba que era una ególatra!

El hombre parecía un poco desconcertado, aunque intentó mantener su actitud severa, el movimiento de su cuerpo al recolocarse en la silla lo delató.

—Estaba por marcharme, sí. Pero me llamó la atención la forma en la que me miraste… —Maya deseó en ese momento que hubiera un agujero en el suelo donde meter la cabeza, pero como siempre, no tendría la suerte—, tenías una expresión tan angustiada que pensé que debía ser algo grave. Sé que muchos de mis compañeros no suelen involucrarse en eso, pero…

Y la frase se cortó, sorprendiendo a Maya. Se podía saborear un poco de vergüenza, como si le hubieran pillado haciendo algo malo. Pero no lo era, él solo estaba preocupado por el sufrimiento de uno de sus pacientes, y era agradable saber que todavía quedaban médicos a los que les importaba su trabajo y no veían aquello como un simple medio para ganar dinero.

—Discúlpame, es solo que.... estoy un poco nerviosa con un asunto importante que tengo que tratar mañana, por eso y tal vez por el dolor también… ya no se ni lo que me digo. Puede que esa pregunta estuviera fuera de lugar, pero me tratas con tanta confianza que no se… hasta pensé que no habíamos conocido antes y no me acordaba —Maya entrelazó sus dedos entre los rizos azabache que caían en su cara y los echó hacia atrás en una movimiento nervioso—. Soy estúpida, discúlpame.

Por primera vez, Maya vio como el médico perdía un poco la compostura. Se echó hacia delante apoyando ambas manos en la mesa, como ejerciendo fuerza para levantarse, pero no lo hizo, quedó allí, mirándola un tanto desconcertado.

—No tienes de que preocuparte, no me incomodó tu pregunta.

De repente, Adam se giró hacia la puerta antes de que ningún sonido se escuchara, como si presintiera que alguien iba a aparecer, y así lo hizo. Maya se quedó observando al nuevo visitante. Estaba vestido de verde, como si hubiera acabado de salir de un quirófano, su expresión mucho más suave que la del otro médico. Tenía un cabello dorado, de un tono oscuro y aviejado. En un rápido gesto, metió sus dedos por él, echándoselo hacia atrás y dejando ver un rostro más infantil del que le había parecido anteriormente. Sus ojos tenían un raro color rojizo, aunque ella no podía hablar mucho sobre ese tema. Era de complexión delgada en comparación con Adam, sin embargo parecía bastante fibroso. En definitiva muy joven.

—Iba a entrar porque creía que ya había terminado tu turno, pero escuché un intercambio de disculpas y me dije… voy a ver qué pasa —cuando Adam lo miró desafiante, el chico rectificó—. He quedado con nuestra hermana y llevo tarde, así que dame esos papeles que me largo.

Adam suspiró y comenzó a buscar en el primer cajón de su escritorio.

—Perdona un momento —pidió a Maya, mientras levantaba unas cuantas carpetas  hasta dar con una roja titulada con dos letras grandes en mayúscula que no consiguió ver bien. Se la entregó a quién parecía ser su hermano—. Ian, ¿vienes de una operación? Podrías haberte cambiado de ropa antes de presentarte aquí.

Ian chistó entre dientes y se acarició las manos, irritadas por los guantes de goma que había llevado durante las tres horas anteriores.

—Sabes que soy muy vulnerable a los olores. Aquello apesta tanto a sangre que no podía dejar de contar los segundos para salir disparado de allí.

—Entiendo —respondió Adam, resultando bastante escueto. Miró unos segundos de reojo a Maya, silenciosamente. Ella no entendía el por qué.

Maya no comprendía la conversación y tampoco era su problema, lo que le sorprendió un poco es que los dos hermanos no se parecieran en nada. Si el rubio no lo hubiera insinuado, ella no tendría ninguna razón para pensar que así era. No podía encontrar ningún rasgo, a simple vista, que compartieran.

Ian, se volvió hacia ella al darse cuenta de su escrutinio y le sonrió, acercándose para ofrecerle la mano.

—Disculpa por la intromisión. Ian Ross, encantado. Soy un cirujano en este hospital.

Maya le devolvió el apretón y se sentó, no muy segura de que tenía que contestar.

—Soy Maya Gaes, encantada —soltó, aun agarrándose el brazo para evitar cualquier movimiento.

Los ojos carmesí de Ian giraron hacia Adam, observándolo con un toque de picardía, era una expresión que se podría leer con facilidad, lo difícil era interpretarla. Sin embargo, aunque Maya la captó, no quiso pararse a pensar en ello, estaba concentrada en otra cosa.

—Ross… creo que he escuchado ese apellido antes… —masculló pensativa. Ian y Adam la miraban con ligera curiosidad y sin entrometerse en las cábalas de la chica—. Fue no hace mucho… ah… Rosalie Ross —de repente se cortó y los miró algo sorprendida, ellos parecieron alterarse aún más cuando escucharon el nombre—. Pero tú te llamas Kreus, ¿no? Eso pone en tu placa —cuando se dio cuenta de que se metía en una zona que no era de su incumbencia, se corrigió—. No importa.

A diferencia de lo que ella creía, en vez de estar incómodos con su pregunta, casi se sentía como si estuvieran aliviados. Lo único que le faltó a Adam fue lanzar un suspiro.

—No te preocupes, aquí en el hospital no es un gran secreto. Mi apellido no es Ross si no Kreus. No somos hermanos de sangre aunque compartimos el mismo padre adoptivo. Somos una familia amplia —dijo entre dientes, era amable pero se veía algo incómodo.

Maya bajó la cabeza, se sentía un poco estúpida preguntando cosas que no venían a cuento. Lo que importaba era: ¿cuándo iba a aparecer esa maldita enfermera que la sacarla de una vez de ese atolladero? Quería terminar cuanto antes con todo aquel asunto e irse a su tienda. Esta noche no podría dormir con los nervios por la apertura de mañana y mucho menos, recordando toda la vergüenza que estaba pasando ahora.

Ian miraba con un cierto grado de picardía a su hermano, el cual lo ignoraba, casi como si fuera necesario para tranquilizarse y no terminar por darle una colleja. Se veía cierta familiaridad entre ellos, eso estaba claro, puede que no se parecieran físicamente pero que eran familia era evidente.

Por fin se escucharon dos golpecitos en la puerta que había al final de la estancia, entrando una joven enfermera que apresuradamente, dejando volar algunos ricitos castaños sueltos de su coleta, se aproximó a Adam.

Vaya, ya era hora, a ver si esto se apresuraba un poco porque le iban a dar las tantas y su tienda sin la persiana echada…

—Doctor, ya está lista la máquina para las radiografías —se giró hacia Maya y le sonrió ofreciéndole paso para que la acompañara—. Sígueme, esto tardara nada —comentó, mientras le regalaba una mirada, que se podría definir como fogosa, a Adam.

Maya salió de la estancia, dejando los dos hermanos allí solos, ni siquiera se volvieron para mirarla.


**********


Esto era una locura, después de tratar de evitarla durante años, ella tenía que estar allí en su consulta. No solo se había mudado a su ciudad, si no que estaba ahí frente a él, encarándole, hablándole. No sabía cómo había tenido que reaccionar, si la había tratado con más confianza de la que debiera, ¿tan rematadamente mal lo había hecho?

Ella no podía recordarlo, entonces… ¿por qué demonios lo había mirado de esa manera? Podía oler su miedo por un lado, por otro… calor. Su cuerpo expedía un calor extraño. Eran sentimientos tan contradictorios que una vez más, le verificaban que su decisión de estar lejos de ella era la correcta. Le dijeran lo que le dijeran los demás.

Y el idiota de su hermano, por supuesto, que seguía mirándolo como si le hubiera pillado haciendo algo malo. Ese maldito estúpido solo intentaba cabrearlo, y si eso fuera poco, le había faltado lo justo para crearle un serio problema.

—¿Estás loco o intentas ponerme en un compromiso? ¡Ian! —explotó.

Ian se sentó en una silla, dejándose recaer presumidamente contra el respaldo y arqueando una sonrisita burlona que sabía le crispaba los nervios a su hermano. ¡Como disfrutaba molestándolo!

—Dijiste que no querías saber nada de esa muchacha y sin embargo, vengo y me la encuentro aquí, hablando sobre… ¿Qué la tratas con demasiada confianza? ¿Qué tuvo la sensación de que os conocíais de antes?

—¡Vete al demonio! —Adam se echó el pelo hacia atrás con ambas manos y apoyó la frente sobre las carpetas que tenía delante—. El tema está zanjado. No pienso hacerlo, me da igual lo que decidiera Esteban. Yo no tengo derecho a tenerla, tú eres más adecuado para este asunto.

—¿Yo? —Ian dio otra de sus suaves carcajadas—. Sabes muy bien que yo tengo a Ángel, no me interesa para nada estar con otra persona.

Adam dejó que el aire se le escapara entre los dientes.

—Es verdad, Ángel es otro problema, aunque no quieras admitirlo —de golpe, la expresión juguetona de su hermano cambió, dirigiéndole una mirada agresiva. Ante esto, Adam rectificó—: Entiendo, prometí no meterme en eso, pero ella ya tiene veinte años y Esteban volverá pronto. No consigo encontrar una excusa importante para echarle el muerto a otro.

Ian negó cansado con la cabeza y se levantó de la silla, encogiéndose de hombros desinteresadamente.

—Adam, creo que no te queda más remedio que aceptarlo. —sin querer seguir hablando del tema, ante la evidente incomodidad que se había levantado entre ambos, Ian se dirigió hacia la puerta—. Y yo me voy, Rubí se pondrá histérica si no llego a… cenar —dio un molesto gruñido y se dirigió a la puerta—. Estas mujeres, ellas pueden tardar horas en arreglarse pero cuando son las que tienen que esperar se vuelven insoportables.

Su hermano estaba cambiando de tema y Adam se lo agradecía. No era el momento ni el lugar para hablar sobre ese asunto. Maya volvería dentro de poco y quería tiempo para poner sus pensamientos en orden. Tenía que relajarse y pensar.

—Que te sea leve, Ian.

—Se intentará —se despidió, arqueando una sonrisa.

Adam se tendió en el respaldar del sillón y cerró los ojos. Era todo tan complicado, sabía que este momento llegaría, lo había temido por más de trece años. No se sentía preparado para encargarse de ella. De cuidarla, protegerla y educarla. No sabía por qué diablos su padre lo había elegido a él. De entre sus otros tres hermanos, seguía siendo el menos indicado para esa tarea. ¿Entonces por qué él? Ciertamente, salía de su comprensión. Y no es que la idea le resultara insoportable. La había visto crecer, la había vigilado durante todo esos años, en realidad, sentía un cierto aprecio por la chica, aunque no compartía muchas de sus maneras de pensar. Sin embargo, no, no podía ser él.

Aunque todavía le quedaba una baza por jugar, pues sabía que “ellos” se opondrían a como diera lugar. Era impensable que dejaran a una persona tan importante para ellos, al cuidado de alguien de tan baja clase como él. ¿Era eso realmente bueno, o malo? ¿Qué le daba más miedo, cuidarla o que se la arrebataran? No quería fracasar nuevamente, no podía dejar que su gente perdiera la única oportunidad que les quedaba.

Era demasiada responsabilidad para un demonio como él. 

—¿Se puede pasar?

Adam se sobresaltó, intentando recobrar la compostura.

—Perdona, no te he oído llamar a la puerta —ni siquiera la había olido y eso ya le extrañaba.

—Perdón… —soltó confundida, sin entender el sobresalto del médico. Cerró la puerta y se sentó en la misma silla donde había estado minutos antes. Indecisa, miró hacia su alrededor—. ¿Y tú hermano? ¿Se ha marchado ya?

La observó de moverse, con esa naturalidad que la caracterizada. Se la veía un poco torpe y a pesar de eso, sus pasos eran decididos, le gustaba. Antes de darse cuenta ya estaba sonriendo ante el movimiento localizador de sus ojos púrpuras.

—Se acaba de marchar, Rubí, otra hermana, lo está esperando para cenar —explicó, recogiendo el informe de Maya y abriéndolo para ojearlo—. Terminemos con esto rápido, pareces cansada.

Justo al terminar la frase, Maya se llevó la mano a la boca para tapar un largo y perezoso bostezo.

—Tengo un poco de sueño, pero todavía me quedan muchas cosas que hacer antes de poder acostarme. Así que sí, se breve, te lo agradecería.

—Ya veo —comentó Adam, sonriendo ahora un poco más abiertamente ante el bostezo mal disimulado de la joven. .

Maya volvió a sentir esa irritación, como si estar a la defensiva con aquel tipo fuera lo correcto, y sin embargo, podía sentir una leve atracción por él. Era atractivo por supuesto, pero su personalidad fría… y ese misterio que lo envolvía… tendría que dejar de pensar en tonterías. Era su médico y punto. Cuando saliera de allí no volverían a verse.

—Gracias.

Maya levantó la cabeza, confusa por aquella palabra, ¿pero qué…? Lo comprendió cuando Adam se acercó a la mesa, después de que una enfermera por la puerta del fondo, le hubiera entregado un gran sobre.

Encendió los paneles que había en la pared y colocó algunas láminas negras sobre ellos. Se le veía pensativo, o se podría decir… ¿extrañado? Se llevó los dedos a la boca, dándose pequeños golpecitos en los labios. Ya se había fijado que era una costumbre que tenía aquel médico cuando algo le interesaba. Era un gesto sexy… o eso le parecía.

—¿Ocurre algo? —formuló un poco alterada—. No me digas que me tienes que operar o algo parecido, porque te prometo que salgo corriendo.

La cómica amenaza le sacó otra sonrisa a Adam, conociendo a la chica, aquella forma de actuar concordaba mejor con ella. Esta noche la había visto algo perturbada y se preguntaba el por qué.

Volviendo a las radiografías, todavía no podía salir de su asombro.

—Todo lo contrario. Yo esperaba algo más grave, pero la verdad, casi no tiene importancia —se volvió hacia ella y le apretó el brazo, provocándole una mueca de dolor en el rostro—. Te duele menos, ¿verdad?

Maya sorprendida, tardó unos segundos en encontrar las palabras.

—Es molesto pero sí, en comparación con antes, poco.

No lo entendía, había sentido un dolor muy fuerte, y en algún momento entre la conversación con Adam, el dolor había remitido sin darse cuenta. De repente, se percató de que el médico estaba frente a ella, de pie, observándola atentamente con un brillo como de orgullo en la mirada. Levantó la mano, como si quisiera tocarla, pero rápidamente se giró, volviendo a recoger las láminas y metiéndolas en su sobre.

Por un momento, Maya estaba demasiado desconcertada para pensar. Su mente estaba en blanco. ¿Había creído ver lo correcto? ¿Había estado a punto de tocarla? No, suponía que sus nervios le habían causado una mala pasada. ¿A qué demonios vendría que la acariciara?  Estaba volviéndose loca.

O ya lo estaba, porque su respiración se estaba acelerando mientras de nuevo se acercaba a ella, esta vez con intenciones de vendarle el brazo.

—¿Me permites? —preguntó, parecía tan incómodo como ella. Como si ninguno de los dos quisieran estar ahí en ese momento.

—Adelante —contestó, Dios… la verdad es que le gustaría que todo acabara pronto. Estaba demasiado confundida, sus sentimientos eran muy contradictorios.

—La fisura del cúbito no es nada, así que… —le sujetó el brazo y comenzó a vendárselo con cuidado, después le pasó un lado de la venda por la cabeza y le puso otro trozo de esparadrapo para sujetarlo. Tenía completamente el antebrazo pegado al pecho—. Creo que con esto mantendremos segura la mano y bastará para la otra fisura.

Maya intentó mover los dedos, estaban bastante menos hinchados. Se podría decir, que así, en esa postura el brazo casi no le molestaba, pero tampoco le era fácil manejarse con una sola mano. ¡Ah, pero abriría la tienda! ¡Vaya si lo haría!

—¿Ya me puedo marchar?

Adam la observó fijamente por unos momentos, parecía querer decir algo, pero terminó desviando la mirada y ordenando un poco todos los papeles que tenía sobre la mesa. Era un hombre muy difícil de leer y Maya ya no se encontraba con ánimos para intentarlo, de todas formas, ya había acabado con él.

—Si claro, toma ibuprofeno cuando te duela. Puedes irte —musitó, observando a la muchacha de dirigirse a la puerta y entonces, sin saber por qué, se levantó de la silla y dijo—: Espera, tengo que ir al mostrador de la entrada y darte unas etiquetas, guárdalas para cuando vengas en una semana para la revisión.

¿Etiquetas? Ah, era verdad, las que pegaban en los informes con los datos del paciente, ella no tenía ninguna en aquel hospital, ya que llevaba poco allí y era su primera visita. Aun así… podía ir ella sola al mostrador y pedirlas, ¿no? Puede que él tuviera que indicárselo a la oficinista, no lo sabía. No comprendía la razón de acompañarla pero tampoco tenía ganas de pensarlo.

—Claro —dijo, un poco desinteresada.

Tras la aceptación, Adam se apresuró a quitarse la bata blanca y ponerse la chaqueta. Después dirigiéndose hacia ella, le abrió caballerosamente la puerta y ambos salieron a la sala de espera. Maya avanzó a través de la multitud, conduciéndose entre la gente hasta el mostrador sin preocuparse si él estaba detrás, cuando llegó se detuvo y esperó. Adam llegó casi al instante, mirándole con el ceño fruncido y con un gesto frío e impenetrable. Hacía unos momentos, parecía que había relajado el rictus severo de su cara, pero ahí estaba de nuevo y maldita sea si Maya sabía por qué. No le importaba, estaba demasiado casada y a la vez apresurada por salir de allí.

Después de que el médico intercambiara unas palabras con la chica del mostrador, esta le entregó unas etiquetas que dobló bien y guardó en su cartera. Hasta ahí terminaba su “aventura” con aquel doctor.

De repente, un estirón a la camisa de Adam, los hizo girarse a ambos. Se encontraron con una ancianita de ojos muy arrugados, menuda y expresión asustada. A Maya le resultaba familiar….

—Doctor, doctor, me alegro tanto de encontrarle.

Adam al reconocerla suavizó sus rasgos, palmeándole amablemente la mano que ella con tanto ímpetu le había agarrado. Tuvo que inclinarse un poco para poder hablar con ella, era tan bajita y delgada que hasta un soplo de viento podría llevársela. Maya se extrañó por el desasosiego de la anciana, pero más por el cambio de actitud de su médico. Curiosa, se quedó a ver la situación.

—Oh, Maggie. ¿De nuevo ha salido de casa por la noche? Su hija estará preocupada por usted —la voz cansada y casi apenada de Adam, le decía que no era la primera vez que esto ocurría.

La ancianita, lo agarró con más fuerza, parecía realmente aterrada.

—Doctor, estoy muy sola. ¿Dónde está mi casa? Yo quiero ir a mi casa, doctor, ayúdeme.

—¿Qué ocurre? —sin poder contenerse, Maya agarró a Adam del hombro, intentando llamar su atención. No podía entender que hacía una anciana sola a aquellas horas deambulando por un hospital sin saber siquiera donde estaba—. ¿La conoces?

Adam asintió.

—Si claro. Es paciente mía. Tiene Alzheimer y a veces cuando sale de su casa no sabe volver —los músculos de su garganta se tensaron—. Le he dicho muchas veces a su hija que personas como ella no pueden vivir solas, pero….

Adam apretó los puños, aunque su expresión no dijera nada, Maya podía apreciar que se sentía perturbado, casi impotente. Sin saber de dónde salió, acarició su brazo y le sonrió tranquilizadoramente.

—¿Sabes dónde vive? —cuando obtuvo el asentimiento del médico se dirigió a la anciana y le dijo—: ¿Quiere usted que la acompañemos a casa, Maggie?

La anciana le sonrió y asintió.

—Gracias muchacha, es extraño ver a jóvenes tan amables. Doctor, usted sabe dónde está mi casa, ¿verdad?

Adam volvió a asentir, un poco desconcertado y sintiéndose fuera de lugar. No sabía cómo había llegado a esa situación, y lo peor estaba por llegar. Esperaba que todo pareciera ser la causalidad que realmente era. Maya no podría sospechar nada de él, porque aunque se viera raro, no había tenido nada que ver… tal vez… ¿Ian? No, no podía ser.

Se aclaró la garganta.

—Vive en la primera bocacalle, en el edificio de pisos con fachada burdeos que hay justo en el centro. Su hija reside un piso por encima, por eso no se ha dado cuenta de que Maggie ha vuelto a salir.

Maya lo observó sorprendida.

—Vaya, en ese mismo bloque de edificios vivo yo.

—¿Si? Qué casualidad… —fue lo único que se le ocurrió contestar.

Más que una maldita casualidad, ahora tendría que pasar otra hora con ese médico y encima, en cierta manera, no le hacía mucha gracia que supiera donde vivía. Era muy egocéntrico de su parte pensar en Adam como un acosador, pero era una chica soltera y sola viviendo en un piso dentro de una ciudad tan grande. Contra menos hombres supieran donde vivía mejor para su tranquilidad, o eso diría su abuelo en esta situación… puede que Clara también.

La anciana se cogió rápidamente del brazo de Adam e irónicamente, como si supiera el camino de vuelta, echó a andar hasta la salida del hospital. Ahí quedaba perdida la oportunidad de seguir trabajando en su tienda, se tendría que limitar a cerrar la persiana y ya, pues para cuando terminara este asunto, ya sería casi entrada la media noche.

Aquel día no le había traído nada bueno…


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17 comentarios:

  1. Esto... Ita, a mí me abre O.O
    Prueba de nuevo, si por algún motivo no te deja, avísame de nuevo y lo miraré.
    Pero te digo, que a mí si me abre, en serio... ^_^

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  2. Que vaaaa, que no se abre.. he probado desde dos pcs diferentes
    Me pasa como aquella vez

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  3. A mí me abre, en serio Ita, lo he vuelto a colgar, por si acaso.
    Así que si te sigue sin abrir, esperemos que otra chica venga y diga si le pasa lo mismo, a mí realmente me abre.
    Cariño, siento los problemas UU

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  4. Ahora sí! jeje, ahora ya va, lo voy a leer en breve y comento :P

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  5. Bueno, la cosa pinta bien. Por supuesto, aun no ha pasado gran cosa, pero es normal porque se trata del 1º capítulo.
    Ya veremos como se va desarrollando todo.. Es verdad que se nota que lo escribiste hace mil..

    Por cierto, cuando la enfermera de recepción "saludó a Maya con una sonrisa" los ojos se me han puesto tan en blanco que creía que me iba a quedar bizca, y cuando otra enfermera "la cogió de la mano para guiarla a la otra sala de espera" me han entrado ganas de pegarte jajajja

    En serio tia, creo que te has pasado con la amabilidad del personal sanitario.. por el amor de dios, si en la vida real son lo más borde que te puedes tirar a la cara (y esto es una verdad universal)

    A mi en la puñetera vida me ha sonreído una enfermera.. y si a ti sí que te ha pasado creo que no vivimos en el mismo planeta después de todo :P

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  6. Guau Ita... en serio que estaba bastante acojonada... nunca me gustó mucho este primer capítulo, y aunque esta novela mejora muchísimo... hasta casi fascinarme (aunque claro, si es mía es normal que me guste XD) sabía que el principio podría resultar un poco... menos depurado.
    Sobre la amabilidad de la enfermeras... mmm... no te entiendo... o puede que a mí me vean cada linda de niña buena o algo así, porque yo siempre he tenido suerte en este asunto. Es más, hace poco fui a Córdoba porque a mi novio le dolía el pecho (lo dije por ahí en alguna entrada) y el enfermero que lo llevaba le dio hasta un guantacito en la espalda cuando lo dejó en la última sala XD O es que los córdobeses somos muy agradables o realmente es que tengo cara de niña buena jajaja (así es como me camelo a todo el mundo en realidad XD Lo malo es que todavía con 23 años y me piden el carnet para entrar en club y demás XD)
    Sin embargo, ita, podría cambiarlo, por lo menos lo de la mano, la sonrisa no se... depende de la persona supongo XD
    Dentro de lo que cabe, no está mal, esperaba algo peor, y por favor, no vengas y me digas que te has guardado más cosas porque estaré toda la noche sin dormir jajajaja XD
    Gracias por todo linda, en serio.

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  7. Jajajaj no hace falta que cambies nada.. solo lo dije como anécdota jajaja
    ¿En serio conoces enfermeras majas? xD Alucino.
    Para mi eso suena más fantasioso que lo del médico vampiro :P
    Y yo también tengo cara de niña buena, así que debe ser que aquí son todos gentuza xD

    No me guardé nada enserio.. como ya te he dicho, es normal que no pase nada interesante en el 1º capítulo xD pero pinta bien. Despierta curiosidad y eso era lo importante, ¿no?

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  8. Jajaja ita, en serio te lo digo... yo con la seguridad social de Córdoba no tengo problemas, son todos muy amables XD
    Y sobre el capítulo... si bueno, es verdad que es solo el primer capítulo, todo irá mejorando, ya lo verás jeje. Casi me arriesgaría a asegurar que os va a gustar...
    Gracias por tu paciencia, linda.

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  9. Tiene un arranque prometedor.....te lo digo siempre describes muy bien. Y quiero el nombre, direccion y todos los datos de ese hospital de cordoba....por aqui (logroño) casi todos los medicos son unos prepotentes y las enfermeras en su mayoria unas perdonavidas.Besos.

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  10. Fati, yo también creo que esto se pondrá muy bueno, me gustan mucho los personajes "listos para la vida", quiero decir que van y no se dejan y tal jajaja, espero explicarme =$, y bueno que Maya tiene toda la facha je!.

    Miles de saludos y ohhh bueno los capitulos de MSM y LH te han quedado buenisimos.

    Un abrazoooo!

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  11. Hola Fatii!
    Perdón por la demora! aunque no lo creas, tuve que leer el capitulo por partes pequeñas, leyendo cada vez que tenia algo de tiempo. Salgo del colegio esta semana! *trauma, trauma* xD
    El capitulo me encanto, creo que en este capitulo mostraste a Maya como un personaje muy completo. Aun no me entero mucho de Adam así que no puedo opinar, sin embargo, la relación que tienen estoy dos tortolitos me dejo sin habla; el contraste es perfecto! Ese desencanto inicial por parte de Maya me encanto, y no sabes cuanto!
    te tengo una preguntilla...

    Maya tiene pensado ir a la universidad, o se dedicara por completo a su tienda?
    jaja, bueno, eso
    sigue así, mi niña. Me parece un buen comienzo para tu gran historia : ) muchos aniños para este mes!
    te mando besitos y mucho cariño, Fati
    que estés muy bien!

    Sofia

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  12. Hola Fati,siento el retrasito,he estado algo liada,asi que te comento: me parece que empieza muy bien,es algo pronto pero ya se observan detalles misteriosos por todos lados,jeje,y sabes que nos encanta!!
    En cuanto a los personajes de momento estupendos,todos,hasta la viejita que resulta ser vecina suya.jiji
    Bueno,esperaremos tus actualizaciones con ganas,y tu tranqui,que con estres no se va a ningun sitio.

    Besos linda.

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  13. Iso:
    Ves... por ahora he contestado tres comentarios, y todos tuyos XD.
    Un arranque prometedor... Dios, creo que es mas de lo que en realidad esperaba de este primer capítulo.
    Sobre el hospital, bueno Reina Sofía (así se llama) son bastante agradables, el otro día se me olvidé el carnet en la mesa y un hermoso enfermero de eso que van en las ambulancias con su traje oscuro me siguió durante dos calles para devolvérmelo... casi me desmayo cuando me cogió el hombro jajajajaja XD Estaba tan asombrada que lo miré como si me fuera a atracar o algo, por supuesto cuando le vi la ropa y ese hermoso oyuelo en las mejillas cuando me sonrió, no hace falta decir que casi me derrito jajaja XD
    Lo único que tenía en mi cabeza era ofrerceme a mí misma como agradecimiento por traerme el carnet, aunque algo me dice que no caería en la trampa jajaja XD
    Dios iso... que diablos te estoy diciendo??? XD Olvídalo, nena XD
    El próximo seguro que te gustará mucho más. Nos vemos!!

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  14. Yushe:
    No me entero!! Nena, no se que quieres decir con "listos para la vida" pero bueno! Me alegro que te gustara lo suficiente para darme ánimos... si te van los personajes de esta novela, espera a que vayas conociendo más a Adam... yo lo amo, literalmente XD
    Que bien que también te hayan gustado los de MSM y LH (quedaron abreviados de por vida XD)
    Nos vemos, linda!

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  15. Sofia:
    No pasa nada, tranquila, puedes tardar lo que quieras, entiendo que el colegio es lo primero, diablos. Eso es importante.
    Que bien que te guste Maya, su carácter es muy típico de heroína de manga shojo, pero bueno!! Supongo que todas nos veremos un poco indentificada con ella. Sin embargo, a mí también me gusta mucho Clara, ya verás que dos cuando están juntas jajaja XD Pero tengo que admitir que yo tiro más por los personajes masculinos en esta novela... Dios... me encantan... o puede que sea porque ya la tengo casi escrita a falta de los dos capítulos finales, puede que esa sea la razón por la que me sienta tan agusto con ellos.
    Cuando conozcas mejor a Adam te gustará mucho, estoy segura. Adam y Maya son como el agua y el aceite. Él es muy masculino, pero serio, le gusta meterse un poco con ella, pero sigue siendo serio, sobreprotector, sin embargo, no es tan celoso como la mayoría de mis personajes masculinos... tiene un toque... triste y miserable que le hace.... o babeo con él XD Maya es muy exótica, con un toque femenino al extremo, dulce en unos momentos y agresiva en otros. No creas que esta sera una de esas heroínas ñoñas que no hacen más que correr de un lado a otro, bua... no tiene mala leche cuando se cabrea... ya verá XD
    Sobre lo de Maya, ella se dedicará solo a su tienda, es que la necesito libre para todas las cosas que pasarán en el libro. De todas formas, ella tiene sus estudios de Administrativo... pero no en la universidad si en un grado. Pero vamos... que estuvo cuatro años estudiando que no es poco XD
    Que bien que te guste el comienzo, estoy ilusionada por que leas lo demás, verás como también te atraerá.
    Nos vemos linda, y gracias por el comentario!!

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  16. Cuqui:
    Nena, no te preocupes por tardar, en serio... todas estáis un tanto preocupadas por eso, yo soy feliz por leer vuestros comentarios, sean cuando sean, ya lo sabes, nena.
    Que bien que te guste el comienzo, y los misterios son igual de extresantes que los de LH jajaja XD
    Con los personajes estoy un poco más confiada, seguro que os gustan mucho. En el segundo capítulo los conocerás mejor, sobre todo a Adam, y entonces ya verás ese carácter tan raro que le pongo. Nunca he creado un personaje como él antes. Puedes buscar tanto en copas, LH o MSM, pero no hay nadie como él... es raro pero atractivo... tiene un derroche de seria masculinidad que hasta yo quedo un tanto sorprendida XD
    Gracias por los ánimos y si, el estrés no ayuda, me estoy relajando un poco y poniéndome con copas lentamente. Espero que para mediados de la semana que viene pueda terminarlo y volver de nuevo con las historias del blog.
    Gracias nena, no sabéis lo agradable que es leer vuestros comentarios. Son un apoyo muy grande, gracias!

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