jueves, 3 de julio de 2014

Casi dos copas [3º Capítulo]

CASI DOS COPAS

Ricardo dio otro sorbo a su cerveza y se sentó en el amplio sillón. Todo estaba lleno de mocosos. Parecía que se reproducían o algo así, porque cada vez veía más. Aguantó un eructo con la boca cerrada y siguió buscando por la habitación.

Hacía casi media hora que no veía a Alex.

No es que realmente le preocupara, pero bien, estaba un poco interesado en donde podría estar. En una esquina de pie y apoyados en la barra de bar que había en un rincón del salón, se encontraban Iván y Julio, intercambiando una conversación privada, o eso es lo que parecía.

Julio tenía la cara encogida y sus ojos se mantenían vidriados, demasiado brillantes.

Ricky se sentó bien en el filo del sillón, un tanto sorprendido y por qué negarlo, preocupado. Algo le estaba pasando a Julio, de eso estaba seguro.

Buscó entre los niños que había en el suelo frente a él, cabellos castaños, cabellos castaños, ahí estaba. Sin pensárselo mucho, tiró del cuello de la camiseta del chiquillo y lo levantó. Unos enormes ojos negros se giraron hacia él.

—Ey, Lolo, ¿ha pasado algo en casa últimamente?

El niño pareció replanteárselo, alzando los ojitos y colocándose graciosamente una mano en la barbilla. Ricky no pudo evitar sonreír, este niño era un pillo.

—Escuché a papá llorar ayer por la noche. Daniel dice que nos vamos a cambiar de colegio y Rubén lleva dos días sin ir a casa. Pero es mejor, así puedo comerme la pizza toda yo solo —después volvió a quedar callado y Ricky pudo ver algo de la inteligencia del niño corriendo por sus ojos—. Ricardo… —pronunció de forma graciosa—, ¿a papá le pasa algo?

Ouch, puede que preguntarle al niño no hubiera sido una de sus mejores ideas. Con una sonrisa amable –o eso intentó– le acarició la cabecita.

—No le pasa nada. Cosas de mayores. Olvida lo que he dicho y sigue jugando tranquilamente, ¿ok?

—¡Ok! —gritó el niño feliz, poniéndose una mano en la frente como si fuera un militar.

Ricky volvió a revolverle el cabello, esta vez por gracioso y se levantó hacia donde estaban sus dos amigos. Lo más seguro es que Julio lo mandara al carajo o se diera la vuelta cuando lo viera llegar. Era de dominio público que aun siendo amigos, sus personalidades chocaban demasiado como para considerarse íntimos. Sin embargo, si ocurría algo lo suficientemente gordo como para hacer que Julio llorara, buff, él quería saberlo, maldita sea.

Estaba a punto de llegar a ellos, los cuales ni siquiera se habían dado cuenta todavía de su proximidad, cuando algo le hizo parar de lleno sobre sus talones. Sus ojos se giraron hacia la cocina, encontrando una larga melena rizada. Sabía quién era, porque tras ese pelo se encontraba un culo de infarto y una cintura hecha justo para la mano de un hombre.

Sara.

En vez de dar dos pasos hacia delante y terminar de restar la distancia que le separaba de Julio e Iván, prefirió desviarse hacia la derecha. Se apoyó en la columna como quién no quiere la cosa, aun con la cerveza en la mano y dándole un profundo sorbo, mientras intentaba estirar algo más la cabeza para mirar en el interior de la reducida estancia.

Hizo una mueca cuando se encontró de cara con Alejandro. Ella intentaba arrimarse a él y sin embargo, su amigo negaba con la cabeza, enumerando algo con los dedos.

Estaban discutiendo.

La espalda de Sara se curvó hacia delante, a la vez que alzaba su mano y la colocaba sobre la cara de Alex.

Ricky se atragantó con la cerveza, bajándola de golpe y girando ya, con total descontrol, su cuerpo hacia la cocina.

Los ojillos marrones de Alejandro se movían frenéticamente, intentando no colocarlos en ningún lado. Estaba nervioso, Ricardo había pasado los suficientes años a su lado, para poder identificar esos gestos. Las grandes manos se agarraron a la encimera y volvió a negar con la cabeza, mordiéndose el labio.

Ricky soltó un bufido de fastidio y fue entonces cuando percibió el asentimiento de Adrián a su lado. Con todo el coraje del mundo, Ricardo se volvió hacia su amigo y volvió a bufar, pero está vez en toda su cara.

—¿Qué? —preguntó, en un tono de clara advertencia.

Adrián intentó mantener la calma, pasándose una mano por la cara.

—Que te molesta.

—¿El qué? —siguió contestando fríamente, Ricardo.

Adrián alzó una ceja, como si la pregunta fuera evidente y el disgusto a Ricky le hubiera entumecido el cerebro.

—Que la zorra esté intentando camelarlo de nuevo —alzó la mano para señalar como Sara intentaba posar ambas manos en el pecho de Alejandro—. ¡Oh por favor, Ricardo, si solo le hace falta echarse encima y restregarle las tetas por la cara!

Ricky miró unos segundos hacia la cocina, lo suficiente para verificar la exclamación de Adrián y volvió a retirar la cara.

Bueno sí, admitía que le molestaba. El porqué, es lo que no entendía. Estaba tonteando con Alex, pero en realidad, sin ninguna finalidad romántica. Había hablado antes con Adrián sobre tener una relación romántica con Alejandro, pero nunca había tomado esa posibilidad seriamente.

Solo quería que Alex intentara ligárselo, reírse en toda su cara de los intentos frustrados y pasado ese mes, echarían un buen polvo y así cumpliría. Ya está.

Tragó saliva antes de volver a echar una nueva mirada: Alejandro tenía la boca ocupada.

Ocupaba con el hocico de la zorra, evidentemente.

Bien, bien, suponía que así es como debía ser desde un principio.

—Creo que es hora de que me vaya.

Dejó la cerveza sobre la barra y caminó hacia la entrada, chocó bruscamente con el hombro de Julio y ni siquiera se volvió para disculparse, siguió adelante hasta que la puerta de la calle se cerró.

Adrián le devolvió la mirada a su primo Iván, el cual seguía con Julio en la esquina, pero demasiado asombrado por la reacción de Ricardo como para tragarse la curiosidad y preguntar.

Adrián suspiró y se encogió de hombros. Eso fue todo el intercambio que hubo.

Durante los próximos segundos todo quedó inmóvil y en silencio, hasta que el estruendo de un cristal roto procedente de la cocina fue indicio suficiente para alertarlos. Iván dejó a Julio allí y junto a Adrián se acercaron a la puerta.

Se quedaron con la boca abierta ante lo que vieron.

Sara había lanzado una botella de batido al suelo, dejando todo el chocolate desparramado por el gres. Alejandro se encontraba apoyado sobre la encimera con una clara marca rojiza en la mejilla. Las palabras que siguieron a la desastrosa imagen tampoco fueron muy halagüeñas.

—¡Maldito pervertido! Fui una tonta por volver a intentarlo, eres un… un… —Sara dio un bote lo suficientemente grande como para que sus rizos negros volaran rodeándola—, ¡asqueroso!

Iván se apartó a tiempo pero Adrián se vio impulsado hacia el bastidor de la puerta cuando la mujer pasó como un huracán entre ellos. Después de que se recuperaran de la sorpresa, una risa tonta escapó de la garganta de Iván, que se adentró en la cocina sentándose en la pequeña mesa amarilla que había frente a Alex.

—¿Qué diablos le hiciste?

Alejandro chasqueó la lengua con disgusto, sobándose la cara.

¿Hacerle? ¿Él? ¡Esa puñetera mujer estaba loca!

—Empezamos hablando sobre toda la mierda que aún tenía en mi casa, después en algún punto de la conversación empezó a restregarse contra mi brazo y después me besó. Me sentí… —Alex negó con la cabeza, medio confundido—, acorralado. Así que la empujé. Bueno, un poco demasiado fuerte —lanzó un gruñido de fastidio mientras se sobaba las sienes. Vaya día, vaya semana. ¡Vaya mierda!—. Se tragó la mesa.

Adrián no pudo evitar lanzar unas cuantas carcajadas, se golpeó el muslo mientras se reía hasta que llegó a la mesa junto a su primo.

—¿Qué creías, que te iba a violar o algo? ¡Oh, vamos, Alex!

Alejandro puso mala cara, rascándose la mejilla golpeada y totalmente confundido.

Bueno, en anteriores relaciones, le había gustado que una mujer tomara la iniciativa, que lo provocara y con el pedazo par de tetas que tenía Sara, buff, suponía que quedaba todo dicho.

Sin embargo, cuando se acercó, con los redondos pechos sobre su brazo, esos labios rojos y mojados, había algo mal. Eso no era lo que él quería. A su cabello rizado le faltaban tonos castaños, a sus ojos negros un malicioso toque verde.

Si, algo no se veía adecuado. Estaba mal.

¿Eh? ¿Castaño, verde? ¡El que estaba mal era él!

—¡Joder!

Iván se cruzó de brazos y chistó negativamente.

—Ya es tarde para que te arrepientas, dudo que esa fiera de ahí vuelva de nuevo, a no ser que sea para morderte o partirte la cabeza con cualquier botella que encuentre a mano.

—Como si me importara —gruñó Alex, había problemas en su jodida cabeza más importantes que esa zorra. La mirada confundida de Iván le dijo que no le pillada por donde iba, así que antes de que pudiera formular alguna pregunta, Alejandro levantó la mano, cortándolo—. No digas nada. Ahora mismo no tengo ganas de hablar de eso.

Adrián alzó una ceja. ¡Oh, así que era eso!

Alejandro había retirado a Sara porque no era Ricardo. Simple y claramente. Por supuesto, eso no decía que estuviera enamorado del otro hombre ni mucho menos. Pero había algo relativamente romántico entre ellos, como para que la comparación con su ex novia fuera suficiente motivo para rechazarla.

Eso era bueno o lo sería, si Ricardo no hubiera creído ver algo que no era realmente lo que estaba pasando.

¡Auch, Alex estaba en un problema! 

Adrián carraspeó la garganta intentando disimular, aunque reconocía que era malditamente malo en ello.

—Ricardo acaba de marcharse, parece que no se encontraba bien. Pensé en seguirlo pero… bueno, creí mejor que lo hicieras tú —cuando la mirada suspicaz de Alex se clavó en él, Adrián se puso algo nervioso—. O bien, puedes simplemente llamarlo.

—¿Y porque no lo llamas tú? —gruñó Alejandro.

Adrián tartamudeó un poco, pensando que decir sin delatarse. Al final, empezó a cabrearse, pues ¿quién le mandaba a él meterse en esos berenjenales? Sacudió sus manos bruscamente y se marchó con un «haz lo que quieras».

Iván con ambas cejas alzadas, señaló la dirección por la cual se había marchado su primo.

—¿Y a ese qué diablos le pasa?

Alex bufó, girando la cara hacia el lado contrario.

—¿A mí qué me cuentas? Si tú no lo sabes que es tu primo…

Iván asintió, su primo sería siempre un pequeño y lindo bicho raro.

—¿Sigues amando a Sara?

Alejandro se sorprendió ante la pregunta sorpresa.

No estaba preparado para contestar ni a esa, ni a ninguna de las otras que Iván pudiera hacerle. Sin embargo, estaba demasiado confundido, puede que una conversación con su amigo –por supuesto sin contar detalles– le disiparía algunas dudas.

Durante unos segundos, confirmó a Iván con la mirada que lo estaba pensando y recapacitó: ¿Amaba a Sara?

No tardó mucho en obtener la respuesta y eso no pudo más que sorprenderle. El «no» apareció muy pronto. Le atraía, la deseaba, había presumido ante la gente de novia por el simple hecho de que estaba buena.

Después, la personalidad de Sara era tranquila, no solía tirar trastos a la cabeza ni contradecir sus demandas. Se podía describir como alguien dócil o eso había creído antes de que intentara golpearlo con el batido de chocolate. Simplemente: por no pelear y tener un gran sexo, supuso que podría ser la mujer indicada para mantener una relación duradera. Su primera relación duradera.

Pero no, no la amaba y por mucho tiempo que pasara con ella, no lo haría. La única mujer que había amado en su vida, había sido María. Y tampoco dudó en dejarla tirada en su pueblo natal cuando decidió venir a la ciudad a estudiar, así que…

—No, me gustaba como a cualquier hombre le puede gustar una mujer con sus curvas, pero… no la amaba.

Iván asintió, suspirando como si se hubiera quitado un peso de encima.

¿Estaba su amigo aliviado por su negativa?

—Eso es bueno. Esa mujer tiene dos caras, Alex –quedó pensativo durante unos segundo y terminó chistando la lengua-. Hay algo que… no te he dicho.

La curiosidad fue demasiado, así que se echó hacia delante, apremiándolo a que siguiera.

—Cuéntame.

Iván parecía reacio a decir algo y con eso ya le daba a entender que no sería nada agradable. Pero aun así, quería saberlo.

—¿Nunca te has preguntado… como Diana y Sara se hicieron amigas?

—¿No? —dijo Alejandro confundido.

Eso pensaba Iván. Se rascó la cabeza con molestia y siguió hablando, pero esta vez sin mirar a Alex a los ojos.

—No es fácil decir esto pero… creo que todos sabéis de dónde saca Diana su dinero y no precisamente de la tienda de alta costura que puso cuando regresó después de su… «desaparición». En una de esas cenas de acompañamiento se encontró con Sara. Desde entonces se hicieron amigas. Vamos que… Sara ya hacía esas… cosas, antes de empezar a salir contigo.

—¿Chica de compañía? —soltó Alex, casi sin poder contener su furia—. ¿Estás diciendo que esa zorra, se tiraba a viejos chorreantes de millones mientras se metía en mi cama?

Iván se encogió de hombros.

—Supongo que sí.

Alejandro no podía creérselo, había estado pensando en casarse –aunque muy remotamente– con una puta de lujo, aunque se dijera de forma fina y su amigo no le había dicho nada. Era... ¡una putada!

—¿Y me lo dices ahora?

—Yo creía que estabas enamorado de ella —se apresuró a decir Iván, dando un paso hacia Alejandro. Se veía el dolor y la confusión en sus ojos, Alex supo que había estado ensayando como decírselo durante mucho tiempo—. De verdad que no quería joderte, simplemente te veías tan bien con ella. Viviendo juntos y todo. Decirte que ella hacía… esa clase de cosas, no es como decir que había robado un chicle cuando tenía diez años.

Alex asintió, un poco confuso. Maldita zorra, no pasaba un solo día en el que no se decepcionara por algo. Ni uno.

—No importa —dijo al final, intentando sonreír a Iván, aunque por la expresión de su amigo, supuso que no le había salido muy bien—. No te preocupes, gracias por decírmelo.

Iván volvió a asentir, era lo único que podía hacer, pues un «lo siento» no serviría de mucho en esos momentos.

Lo que Iván no sabía, es que la verdadera preocupación de su amigo, era más problemática que todo eso.


* * * * * * * * * * * * *


Alex detuvo sus pasos cuando vio el final de la calle. Se había encaminado sin pensarlo hasta casi llegar a la puerta del bar que había por debajo de la casa de Ricky.

Apenas era jueves y ni siquiera sabía si esa noche su amigo trabajaba.

Se echó contra la pared mientras se lo pensaba mejor, es decir, no había llamado a Ricardo aun sabiendo que se había ido del cumpleaños porque no se sentía bien. Después de descubrir lo de Sara, necesitaba un tiempo para pensar, calibrar todo lo que había pasado en su vida durante el último mes.

Primero había dejado su relación con su novia del último año, poco después tuvo una noche de sexo loco con su mejor amigo, un hombre. A la otra semana el cumpleaños, otra patada en los riñones, y ahora se encontraba al final de una cuesta sin saber que mierda iba a hacer.

Otra cosa que había estado replanteándose seriamente, es si valía la pena intentar contentar a Ricky para que esa noche de sexo ocurriera. Solo quería follar y el maldito de su amigo le había pedido todo una recreación de flores y bombones.

Nunca se había tomado esas molestias para echar un polvo, ¿iba a empezar ahora a sus treinta y cinco y por un tío?

Ridículo.

Miró la puerta del bar y el único balcón del piso de Ricardo. Se mordió el labio y siguió dudando. Finalmente, con un bajo gruñido, entró al bar apresuradamente, compró dos paquetes de cervezas y salió de nuevo colándose en el zaguán de al lado.

Las escaleras aunque ascendentes, parecía que lo llevarían directo al infierno.

Se intentó deshacer del pesimismo y se obligó a subirlas, todo fuera por probar de nuevo ese delicioso y estrecho…

«Oh, no, no vayas por ahí Alex o acabarás intentando violarlo en vez de ligártelo y vamos, que el hospital está bastante lejos para llegar vivo después de la paliza que te metería ese bastardo» pensó, sacudiendo la cabeza.

Llegó a la puerta y respiró hondo antes de llamar. Nada.

Ouch, ¿puede que no estuviera en casa? Lo volvió a intentar y después de la quinta vez sacó su teléfono móvil. Hizo un intento.

Para su completo horror, el timbre de himno del Madrid sonó justo detrás de él. Dio tal bote que juró que sus órganos internos habían cambiado de lugar.

—¿Pero qué demonios? —gruñó, mirando con el ceño fruncido a Ricky.

Ricardo se rio, negando con la cabeza y sacándose las llaves del bolsillo. Empezó a abrir la puerta.

—Eso debería decirlo yo. Cualquiera se asustaría si viera a un acosador frente a su casa —cuando por fin dio un paso dentro del piso se volvió con cara de damisela indefensa—. ¿Tengo que temer que me vayas a violar o algo así? Un virgen como yo se asustaría si de repente te abres la camisa y me enseñas todo ese pelo.

Alex puso mala cara, ahí iba de nuevo su carácter de mierda.

—Virgen tendrás tú las orejas, mamarracho. Y no, no puedo violarte, se supone que ahora estoy intentando algo de ligoteo —Alejandro se sonrojó tontamente cuando ascendió su mano y le enseñó los dos paquetes de cerveza—. ¿Te apetece una birra?

Para su completo asombro, Ricky se estirazó y alzó una ceja. Su cara parecía entre seria y decepcionada.

—Que romántico, ¿lo próximo que me traerás será un vibrador o me invitarás a una cita en un sexshop?

Alejandro carraspeó la garganta.

Bien, maldita sea, esto no era lo suyo y parecía que había quedado bastante evidente.

—¿Tendría que haber traído flores y chocolate? —soltó con brusquedad. No quiso que sonara irónico pero no pudo evitarlo.

Ricardo quedó pensativo pero al final sonrió, negando con la cabeza y apartándose de la puerta para dejarlo entrar.

—Un Don Pérignon y dos entradas para el derbi de la semana que viene, hubiera sido la hostia. Oh, siéntate donde quieras —dijo mientras comenzaba a quitarse la camisa de su uniforme.

Alex no contestó o más bien no pudo. Tenía la sangre concentrándose en otro sitio así que su cerebro había quedado relativamente en pausa. Solo consiguió sentarse en el sillón mientras sus ojos seguían los movimientos de los largos dedos de Ricky, acechando cada botón, pasándolos a estirones sensuales por cada ojal.

Un momento, ¿estirones sensuales?

Oh, Dios, realmente se le estaba yendo la cabeza.

A Ricardo pareció no importarle el silencio de Alejandro, lo ignoró y se fue hacia el dormitorio, dejando la puerta abierta –no sabía si con premeditación o no– mientras pasaba la camisa por sus hombros.

Desde su posición, Alex podía ver la forma de su espalda, los músculos de sus brazos contraerse a la vez que su espalda se doblaba.

Era magnífico.

Ni con todo el ejercicio del mundo podría a llegar a tener una musculatura tan perfecta como la de Ricky. Nada exagerada, pero sí muy bien moldeada, con cada inserción en su sitio y la grasa justa para darle esa forma lograda.

Guau, simplemente, guau.

No se dio cuenta de que estaba casi babeando por la imagen del torso de Ricky hasta que los ojos verdes brillaron hacia su dirección. Ricky no le dijo nada, pero la expresión de su cara y ese toque malicioso se lo decía todo: le había atrapado de pleno.

Alex tosió e intentó disimular.

Se pasó una mano por el pantalón intentando pensar en algo con lo que quitarle hierro al desliz voyeur que acababa de tener.

—Entonces, ¿quieres que compre entradas para el derbi? —después se lo replanteó mejor—. ¿Para las gradas del Madrid o del Barça?

Escuchó otra risita desde el dormitorio y cuando subió la cabeza para mirar se dio cuenta de que esta vez, su amigo había encajado un poco la puerta. Solo veía un poco de la cama, el lado contrario al que Ricky se quitaba la ropa.

Estupendo, primero le enseñaba la carne y después se la escondía. Maldito sádico.

¡Ouch! Ahí estaba de nuevo pensando cosas raras.

Contuvo la respiración cuando los pantalones cayeron sobre la cama junto con algo negro, algo que previamente había estado pegado a… frotándose con…

¡¿Qué demonios estaba pensando?! ¡Era un puto pervertido!

No, si al final, tenía que darle la razón en algo a la zorra de Sara.

—Mejor en zona neutral, es gracioso, ni siquiera nosotros que vamos juntos somos del mismo equipo. Si las consigues y el Madrid gana, te daré una pequeña recompensa para que no te pongas triste.

Eso sí que captó la atención de Alejandro. Tuvo el impulso de levantarse del sillón y correr hacia el dormitorio, pero se contuvo. Con mucho esfuerzo, pero lo hizo.

—Una… —se relamió los labios, nervioso—, ¿recompensa?

Ahí estaba de nuevo la maliciosa sonrisa de Ricky.

—Eso es —escuchó ahora más cerca.

Ricardo salió de la habitación con una camisa de mangas cortas y unos pantalones cortos, demasiado cortos. ¿Dónde diablos se había comprado eso? ¡Enseñaban mucho! ¿Ricardo no habría salido con eso a la calle, cierto?

El sillón se hundió a su lado, así que se giró para escuchar a su amigo. Si había dicho algo antes, se había perdido en algún rincón de su cabeza.

—¿El qué? —interrumpió Alex. Le gustaba ir al punto, a lo que importaba en ese momento y si tenía que ver con chicha, mucho mejor.

Ricky suspiró graciosamente, dándole una leve colleja que fue respondida con un profundo ceño molesto.

Su sonrisa se agrandó, ¡como disfrutaba enfadándolo!

—He pensado que… si haces eso por mí, yo podría hacer algo por ti —lo dijo de forma suave, un poco más sensual de lo que nunca hubiera intentando. Reconocía que era algo raro pues con una mujer no había necesidad de hacerlo pero, solo por ver la expresión bobalicona que se le había quedado a Alejandro, suponía que merecía la pena—. Ya sabes, si tú me das un gusto a mí, yo tengo que darte otro a ti.

—¿Gusto? —preguntó nervioso, apretando las manos en puños contra la tela áspera de su vaqueros, ya que no se atrevía a ponerlas en ningún otro sitio cerca de Ricky. La tentación era demasiado grande.

—Lo entenderás cuando llegue el momento, ahora… —se inclinó hacia Alex, podía sentir sus temblores, la forma de auto-controlarse. Ricky tenía que reconocer que se estaba excitando un poco. Era algo bastante halagador tener un hombre como Alejandro casi perdiendo los estribos por tirarlo al suelo y darle placer. Casi le rozó el pecho, la respiración de su amigo golpeándole la mejilla. Esperó hasta que lo vio acercarse un poco. Oh, ¿iba a intentar besarlo? Soltó una risita que desconcertó a Alex, aunque no tanto como lo que Ricardo dijo a continuación—: ¿Nos bebemos la cerveza?

Alejandro miró la lata menearse ante sus ojos e intentó calmarse. Durante unos segundos tuvo el impulso de golpear la cerveza y lanzarla a tres metros mientras él mismo se lanzaba contra Ricky.

No, era mucho peor. Había estado a punto de besarlo.

Pero estaba tan cerca, con esos hermosos ojos verdes fijos en su cara, sus labios curvados en una mueca irónica, el olor afrutado de sus cabellos rozándole la nariz.

¡Maldita sea, no era impotente!

Iba a acabar más frustrado de lo que ya estaba con este jodido juego.

Al final no hizo nada de eso, cogió la cerveza y se echó en el sillón, casi tendiéndose en él.

Tras todas sus paranoias e intentando relajarse, vio a Ricky intercalar una sonrisa satisfecha con un bostezo. Alex no sabía cuál era el horario de su amigo, pero podía haber estado toda la noche y parte de ese día de guardia, así que estaría cansado.

¿Si tenía tanto sueño porque no lo echaba a patadas de allí?

—¿Cansado? —le preguntó, sintiéndose un poco fuera de lugar si en realidad le estaba estorbando.

—Un poco —contestó. Ricky se levantó con mucho esfuerzo y encendió la tele. Puso el Gol TV para después volver a echarse en el sillón casi contra Alex, eso sí, cogiendo antes su cerveza y dándole un buen sorbo. Con total descaro apoyó la cabeza contra el hombro de Alejandro y le sonrió mordazmente, invitándole con la picarona sonrisa a que protestara. Al no obtener reacción alguna por parte de su amigo, sus labios se movieron lentamente y dijo—: ¿Me haces de almohada?

¿Almohada?

Alex estuvo a punto de apretarse los huevos por el calentón que le subió por la entrepierna.

Le hacía de almohada y de cualquier cosa que él quisiera, sobre todo si eso les llevaba al mueble blando de cuatro patas que había a pocos metros de su posición.

Respiró hondo e intentó mantener la racionalidad siempre presente.

—Si estás tan cansado puedo marcharme y dejarte descansar. Es mi culpa al aparecerme por aquí sin siquiera llamarte.

Ricky bostezó, desperezándose bruscamente y por consiguiente, echándose más sobre Alex. Alejandro ahogó un gemido cuando el codo de Ricardo quedó justo sobre su ingle. Iba a morir de un calentón, además de que la temperatura ambiental tampoco ayudaba mucho.

—Yo estoy muy a gusto así, pero bueno, si quieres marcharte ahí tienes la puerta.

—Ajá.

Y ya está.

Eso fue todo lo que Alex dijo. Ni el mismo Dios descendiendo del cielo podría moverlo de aquella posición. Era raro. Se repetía una y otra vez que aquello no era normal, que algo estaba mal en su puñetera cabeza.

Pero la respiración acompasada de Ricky mirando tranquilamente la televisión, el delicioso aroma que desprendía su cuerpo ahora sin ningún rastro a esa colonia barata que solía usar, el reconfortante calor de su cuerpo sobre su brazo y parte de su pecho, el roce de sus cabellos revueltos cerca de su cuello…

Todo en su conjunto era delicioso.

Se sentía bien. Sus nervios se habían ido. No esperaba gritos, ni quejas. Solo estaban viendo deportes y ya. Nada más.

Se sorprendió sonriendo como un idiota pero no intentó ocultarlo, además de que Ricky parecía un tanto inactivo. Solo se movía un poco para reacomodarse y volvía a quedar quieto, en silencio. Alex estaba seguro que no tardaría mucho en quedarse dormido.

Miró el respaldar del sillón, Ricky podría echarse mejor sobre él si pudiera pasar un brazo alrededor de sus hombros. Es verdad que sería una posición jodidamente íntima, pero más de la que ya habían compartido el sábado pasado, no.

Así que, ¿qué más daba?

Movió sus rodillas para echarse un poco más hacia arriba y observó de reojo la cara de Ricardo. Sus párpados empezaban a caer. Alex sacó despacio su brazo, Ricky simplemente se levantó un poco, mirándolo con una ceja alzada. Más movimiento del que Alejandro esperaba.

—¿Te estás meando o algo? —preguntó, sin malicia ni nada. El sueño lo dejaba bastante noqueado.

Alex negó con la cabeza, levantando el brazo por fin sobre el respaldo del sillón.

—Solo estaba un poco incómodo con el brazo aplastado. Puedes volver… a… echarte, si quieres.

Ricky asintió, bostezó y se echó de nuevo sobre el pecho de Alex, cogiendo débilmente el mando para bajarle algo la voz a la tele.

—Así mejor —dijo, golpeando graciosamente uno de los pectorales de Alex—. Duro.

Alejandro no sabía si reírse o no. Nunca había visto a Ricardo comportándose así. La verdad es que no recordaba ningún momento en el que lo encontrara cansado, borracho sí, pero con sueño creía que no.

Estaba milagrosamente dócil y lo mejor, para cuando terminó el informe sobre los partidos de liga del fin de semana, ya había quedado roque.

Se sentía como un maldito pervertido embobado mirándolo.

No se había fijado nunca en lo largas que tenía las pestañas, de un color castaño claro y que le daban un toque bastante angelical.

Durmiendo, porque como abriera la boca…

La cuestión era, que dormido se veía más mono que atractivo.

Ahora se sintió un poco mejor. Cualquier hombre podría reconocer –si se lo permitía– que Ricky era guapo. Por lo menos, eso podía haber sido otra razón para lo que había ocurrido –¿o estaba ocurriendo?– entre ellos.

Después de media hora más, hasta a él le empezó a entrar sueño.

Miró el reloj que había colgado en la pared sobre la televisión y dio gracias de que tuviera los números bestialmente grandes porque si tuviera que enfocar la vista, no dudaba en que preferiría quedarse durmiendo sin saberlo.

Las doce de la noche. Tendría que irse, mañana debía levantarse temprano para hablar con el contratista de una nueva obra, esta vez una pequeña. Ya estaba harto de las urbanizaciones de lujo en plena crisis.

¿Debía levantarse y dejarlo durmiendo en el sillón o mejor lo despertaba para que pudiera cerrar la puerta e irse a la cama?

¿Sería capaz de despertarlo con esa carita tranquila que tenía?

Buff, Ricky lo había sorprendido gratamente esta noche.

De repente, se escuchó el himno del Madrid. Era el móvil de Ricardo.

Buscó con la mirada sobre la mesa y a su alrededor, hasta que se dio cuenta de que provenía del pantalón de su amigo. Se inclinó para meter la mano en el diminuto bolsillo de sus más diminutos pantalones e intentó no pensar nada obsceno sobre ellos mientras trataba de hacer otra cosa. Dos acciones a la vez era el límite para su mente masculina, más que la mayoría de los demás tíos, así que suponía que eso ya era algo.

Cogió el móvil e intentó no mover el brazo que aguantaba el peso de Ricky. Su amigo se movió un poco pero siguió durmiendo, siquiera pestañeó con el tono de la llamada tan cerca de su cara. Alejandro pensó que tendría que estar verdaderamente cansado.

Miró la pantalla. Número desconocido.

Esperó a que terminara la llamada, no quería convertirse en un entrometido, pero cuando acabó y volvió a sonar, decidió cogerlo. Ya lo había hecho anteriormente y a Ricky no le había importado, no creía que lo fuera a hacer ahora.

—¿Sí? —preguntó bajito. Ricardo seguía sin despertarse.

Hubo un silencio al otro lado, después una lenta respiración y una ligera tos.

—¿Ricardo? —preguntó la voz de mujer.

Alejandro no lo pudo evitar, todo su cuerpo se tensó.

No, no debía hacerse ideas apresuradas, podía ser cualquiera, hasta alguna de sus dos hermanas.

—Lo siento —consiguió decir a través de sus dientes apretados—. «Ricky» está en estos momentos durmiendo, pero si me dices quién eres le diré que has llamado.

Por los ruiditos que Alex podía escuchar al otro lado del teléfono, suponía que la mujer estaba un poco contrariada. Tardó varios segundos en decidirse pero al final habló:

—Perdona que te encargue esto, pero… dile que soy Sammy, que la última vez no quedamos en nada concreto y que me gustaría que me llamara.

Los dedos de Alejandro apretaron el móvil con tanta fuerza que juró que lo oyó crujir.

Debería aceptar y despacharla, pero no podía. Su curiosidad era mucho más grande o puede que fuera por ese resquemor que le carcomía el pecho.

¿Estaba nervioso?

Tragó saliva antes de preguntar:

—Sammy… —tanteó el terreno—, ¿eres la chica con la que estuvo hace poco?

Por supuesto que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, Ricky no le había contado nada, pero la chica no lo sabía, así que ahí podía tener un buen punto.

—Solo dile que me lo pasé muy bien el domingo por la noche y que… —la mujer parecía no querer ceder a las trampas de Alex—, a pesar de todo, me gustaría volver a quedar con él. ¿Se lo dirás? De todas formas, mañana volveré a llamarlo otra vez. Gracias.

Y colgó.

¡La muy perra le había colgado!

Ni siquiera le dio tiempo para amenazarla y dejarle bien claro que no podía volver a llamar de nuevo a Ricky si no quería que le arrancara todos los pelos de…

¡Un maldito momento! Bueno, últimamente estos momentos se estaban haciendo habituales, ejem, ¡¿pero qué diablos le pasaba?! Parecía una mariquita celosa rastreándole los mensajes a su marido.

¡Se sentía tan avergonzado!

Sin poder contenerse, empujó el cuerpo de Ricky hacia el otro extremo del sillón, haciendo que cayera como una pieza de dominó.

A pesar del golpe tardó unos segundos en reaccionar. Cuando se dio cuenta de lo que había pasado, miró a Alejandro con una expresión sombría que le cogió desprevenido, pero de todas formas su furia era demasiado fuerte como para tenerlo en cuenta.

—¿Qué diablos crees que haces, gilipollas? —gruñó Ricky rascándose la cabeza y sentándose bien en el sillón, con las piernas separadas y en una postura más que masculina.

—Me marcho.

Ricardo lanzó una enfadada carcajada.

—¿Y para eso necesitas lanzarme al otro lado de la habitación?

Alejandro no contestó, se puso de pie y se estirazó la ropa.

Sin mirarlo, le lanzó el móvil en el regazo y se dirigió a la puerta. Quería volverse y decir algo, estuvo resistiéndose porque no quería incrementar la pelea pero no puedo evitarlo, cuando rozó el tirador se giró como un peonza.

—Ha llamado «Sammy». Se lo pasó muy bien el domingo y quiere que la vuelvas a llamar.

Ricky asintió, todavía medio dormido, revisando las llamadas entrantes en su teléfono. Parecía que intentaba hacer memoria y ponerle cara al nombre.

Cuando lo consiguió volvió a asentir.

—Oh, la tía de la falda bufanda —bostezó desinteresadamente—. Supongo que tendría un buen polvo porque estaba bien buena.

Esa respuesta hizo que Alex dudara.

Se acercó un poco más al sillón, intentando no ceder lo suficiente para quitarle importancia sin saber si realmente debía hacerlo.

—¿Supones?

Ricky alzó la vista hacia él, pensativo. Después de unos segundos, abrió la boca y se echó a reír, negando con la cabeza.

—¿Eres imbécil? Crees que me acosté con ella, ¿no? De verdad lo crees —y esta vez no fue una pregunta.

Alex carraspeó sintiéndose un poco estúpido.

—Eso es lo que ella insinuó.

Ricky chistó negativamente con la lengua, mirando de reojo a Alex, esta vez con algo extraño recorriendo su mirada.

—Tú, mejor que nadie, conoces mi pequeño… «complejo». ¿Crees que me acostaría con una tía el primer día que me la ligo?

—¿Pero te la ligaste? —gruñó Alex, sintiendo la tensión en su mandíbula.

Ricardo se levantó, con una maliciosa sonrisa en la cara, aunque esta vez parecía ocultar algo de cabreo en ella –o eso creyó Alejandro.

—¿Quién le comió la boca a su ex en la cocina durante un cumpleaños lleno de mocosos? ¡Eres un maldito pervertido! —gritó cómicamente, pero ahora sí, claramente enfadado—. Aunque bueno, supongo que ahí reside un poco tu encanto. 

Lo que iba a contestar durante la primera pregunta de Ricky, murió ante la confusión que le creó el final de esta.

—¡No soy un puto pervertido! Y no le estaba comiendo la boca, fue ella la que se abalanzó sobre mí.

—¿Sabes que eso es lo que dicen todos los violadores durante el juicio? 

Alex abrió la boca pero la cerró sin saber que contestar y Ricky meneó las cejas animándolo a atreverse a decir algo más. No surtió efecto. Alejandro lanzó un gruñido y con un «vete a la mierda» alto y claro, salió del piso dando un fuerte portazo.

Ricardo farfulló entre dientes, dejándose caer en el sillón. Se colocó una mano sobre los ojos y bufó.

—Soy un idiota.


* * * * * * * * * * * * *


—Ricardo, es hora de tu ronda.

—Voy, voy.

Ricky se desperezó en la silla de recepción donde había estado dando una cabezadita en vez de mirar las cámaras de seguridad.

Bajó las botas que tenía sobre la mesa al suelo, haciendo un ruido bronco y ganándose una mueca molesta del conserje.

En realidad, le importaba bien poco lo que aquel cincuentón pensara de él y después de unas cuantas miradas de mala hostia que le había dirigido, sabía que no se atrevería a acusarlo con ningún superior.

Estiró de su camisa para abrocharse los botones que anteriormente había abierto para dormir mejor, cogió la linterna y volvió a bostezar mientras se revolvía el pelo. Últimamente parecía tener mucho más sueño de lo normal, pero bueno, su trabajo era nocturno la mayoría de las veces, así que eso jodía bastante sus horas de dormir.

Se tocó el cinturón para asegurarse que llevaba la porra y comenzó a andar por el amplio recibidor. Dio una vuelta por los pasillos y salió al exterior, rodeando todas las instalaciones.

Nada. Este mes había sido mucho más tranquilo de lo normal.

Lo que suponía que no estaba lo suficientemente tranquila era su conciencia. Puede que se hubiera comportado como un idiota. El jueves por la noche no acabó muy bien y lo reconocía. Su maldito orgullo no le dejaba llamar a Alex, y bueno, el otro capullo tampoco le había llamado a él.

Todavía no había empezado a martirizarlo y hacerlo pasar vergüenza –que sería acojonantemente divertido– y ya se sentía un poco culpable. Y la verdad, es que era ridículo, «él» culpable. Siempre había jodido todo lo posible a Alex y nunca se había sentido de esa forma.

El muy bastardo se vio en el derecho a enfadarse por una tipa de dos horas de charla, cuando se había atrevido a besar delante de todo el mundo a su ex novia. Que por cierto, ex novia que lo había dejado por su gustillo por el sexo anal, consecuencia por la cual había estado acosándolo en su casa hasta echar un maldito polvo que ninguno de los dos sabía de dónde diablos había venido.

La pregunta graciosa era: ¿ambos estaban celosos? ¡Era realmente ridículo!

Ni siquiera tenían esa clase de relación, y de verdad que él no tenía nada contra los maricones, a ver, cada uno podía hacer con su culo lo que quisiera, pero…

¿Alex y él?

Y lo peor es que como siguieran con el jueguecito masoquista, terminarían lamiéndose las bolas mutualmente y nunca mejor dicho.

Tenía que terminar con todo eso antes de que se viera desnudo y con un delantal dándole naranjita con chocolate en la boca a Alex.

Ricky se paró de lleno y tuvo un escalofrío ante la idea, después no pudo evitar echarse a reír. ¡Puede que fuera hasta divertido! Si le metía el cacho por la nariz, claro está. Otra risita maliciosa.

Si el conserje lo viera, pensaría que aparte de ser un flojo también se le había caído un tornillo. Lo que no sabía, es que lo que se le iba a perder era el tapón de la puerta trasera si no iba con cuidado.

Volvió a reírse.

Bien, tenía que dejar de pensar en gilipolleces y darse prisa.

Anduvo ahora más apresurado de nuevo hacia la recepción, le daría tiempo a otra buena siesta antes de que le tocara cambiar de turno. O eso creyó, antes de escuchar un ligero sonido en la cocina.

Un sollozo.

Tenía que reconocer que a veces este trabajo le daba algo de repelús, no era la primera vez que había escuchado algo así y después no había nadie dentro de la estancia. Pero si quería mantener su puesto, no podía simplemente darlo por sentado e ignorarlo.

Hizo sus pisadas más silenciosas y abrió un poco la puerta. Ahora fue un lamento ahogado y varios lloriqueos.

Vale, esto no era nada sin «explicación», sonaba muy humano.

Entró despacio, con la alarma justo bajo su dedo para avisar a la policía en cuanto considerara la situación. Lo que vio cuando pasó las encimeras de la cocina fue la escena más escalofriante y por qué no, peligrosa, a la que había tenido que enfrentarse en toda su vida.

No hacía falta ser un lince para saber que era un matrimonio con su hijo. El marido no paraba de acuchillar a la mujer que parecía muerta si no fuera por los gorgoteos que hacía con la boca. El niño lloraba a un lado, agarrándose la cabeza y encogiéndose contra el mueble blanco.

Presionó el botón con rapidez un par de veces, tenía que dejar claro que esto era una emergencia y una de las muy gordas. Sin pensárselo y aprovechando que el tipo no le había visto entrar, saltó sobre él y lo cogió de los brazos, intentando aplastarlo contra el suelo mientras hacía fuerza contra su pecho.

—¡Suelta el maldito cuchillo! —gritó, golpeándole la mano.

Cuando por fin lo consiguió, cogió el arma y la lanzó al otro lado, haciendo que se deslizara por el suelo hasta golpear la pared en el otro extremo. Lo que no esperó es que el otro tipo, extranjero por sus gritos en un idioma incomprensible, le golpeara en la cara.

Ricky lanzó un quejido y cayó hacia atrás, sacudiendo la cabeza para aclararse la vista. Sus reflejos le dieron el tiempo justo para poner su mano frente a la cara e interceptar el golpe de su propia porra.

¿Cuándo diablos la había cogido el desquiciado?

Forcejearon durante varios segundos más, el hombre era malditamente alto y aunque Ricky le superaba en fuerza, no podía enfrentarse a una agresividad tan grande.

Consiguió golpearle en la sien, echándolo hacia atrás. Parecía que entre el golpe y el alcohol que el bastardo llevaba encima, no podía levantarse o por lo menos durante los próximos segundos.

Ricardo se apresuró a coger al niño después de verificar tristemente que la mujer estaba muerta e intentó salir de allí. Justo cuando levantaba al pequeño, un dolor profundo, casi como si su cráneo se estuviera desquebrajando, le cruzó toda la cabeza.

Lo próximo que sintió, fue el duro suelo golpeando su nariz cuando cayó…

Nada más.


* * * * * * * * * * * * *


Alejandro se aseguró que la carpeta de plástico transparente que llevaba bajo el brazo estuviera bien sujeta. Lo único que le faltaba era que perdiera algunos de esos documentos y se pegaría un tiro.

La cosa no podía ir peor.

Su cabreo con Ricky se había desinflado casi en el momento que había llegado a su coche esa misma noche. Hasta sintió el estúpido impulso de darse la vuelta y correr de nuevo escaleras arriba para intentar arreglar las cosas.

Su orgullo le dio una buena bofetada en la cara para que despejara su mente. Ricky se había ido a ligar justo cuando acababan de acordar que estarían, ¿estarían qué? Bueno, cualquier mierda que hubiera entre ellos, pero ahí estaba.

Alex se sentía como un puto cornudo y sabía que era una estupidez caer en ese tópico.

Ricky no era su pareja, maldita sea, era un hombre y estaban hablando de un solo polvo. Pero lo que le cabreaba realmente, es que habían quedado en volver a repetirlo y mientras eso ocurría –cosa que encima, tenía que currarse él– Ricky se había ido a ligar cuando en cierta manera, era exclusivamente suyo.

Debería darse de hostias él mismo por pensar de ese modo, pero vamos, siendo realistas, le jodería inmensamente si Ricky hubiera terminado acostándose con esa tipa. Y vaya, estaba casi seguro de que si no tuviera ese «gran» complejo, lo habría hecho. Bueno, por esa regla de tres, si no tuviera ese problema a lo mejor tampoco le hubiera dado la oportunidad a él.

Era una maldita comedera de olla.

Miró el letrero del edificio frente a él y empujó con desgana la puerta. Pasó olímpicamente del primer escritorio, sentándose directamente frente a la mesa de Iván. Soltó la carpeta sobre la mesa y dio un gruñido en señal de saludo.

Iván levantó la cabeza de los papeles que revisaba y lo miró por encima de las gafas para el cerca.

—Hola a ti también —con un suspiro ante el silencio molesto, Iván se quitó las gafas y las soltó sobre la mesa—. ¿Una mala semana? Oh, siento un deja vu.

Alex lanzó una risita irónica antes de volver a fruncir el ceño.

—Ahí tienes los malditos papeles que me pediste. Esta vez, todo correctamente.

Iván hizo un asentimiento mientras los verificaba, acercando la cara un poco más de la cuenta al no tener las gafas. Pasó unas cuantas hojas y cerró la carpeta sobre la mesa.

—Están bien, aunque tendría que revisarlos mejor después —tosió y miró a su compañera, que parecía enfrascada en una Baja—. Ahora que no hay nadie, que por cierto buena puntería, estamos a punto de cerrar —sacudió la mano para que Alex no le interrumpiera—. Lo que decía, he estado pensando en todo lo que ocurrió en el cumpleaños de Ainoa y creo que hay algo que no sé.

Alejandro se reacomodó en su silla, Iván lo había pillado un poco con la guardia baja así que no consiguió encajar bien la pregunta.

—No sé a qué te refieres, a parte de mis problemas con Sara.

Iván negó con la cabeza, alzando el dedo para señalar el ceño fruncido de Alex.

—Dejaste claro que no la querías. Y tú que eres de los que te importan una mierda las mujeres, no me hagas pensar que ese ceño te lo provoca ella. Por el amor de Dios, las únicas veces que te lo veo es cuando Ricardo te tiene tan cabreado que tienes que golpear algo para no pegarle a él —por la expresión pálida que había puesto su amigo, Iván pensó que había dado en el clavo sin siquiera proponérselo—. ¿Ricardo? ¿Qué te ha hecho ahora ese loco?

Podía sentir toda la tensión centrándose en su cuello. Alejandro se llevó una mano al cogote intentando que un rápido masaje de sus dedos hiciera algo con la contractura. Funcionó igual que si a Ricky le dabas un vaso de agua para que se callase.

—Son problemas entre nosotros Iván, de verdad, no tienes que preocuparte. Además… —pensó como explicarlo, porque debía ser justo en este tema—, quién lo empezó todo fui yo, aunque su personalidad de mierda no ayuda mucho.

—Ricardo es un hombre tierno.

Alex dudó de si su mandíbula se caería o no.

¿Ricky y tierno en una misma frase?

Las carcajadas mentales no tardaron en llegar. Definitivamente, a Iván en el INEM le daba tiempo hasta a fumarse un porro entre horas.

—Estás loco —fue lo único que salió de su boca.

Iván se rio, negando con la cabeza. La expresión de Alejandro era malditamente graciosa, pero bueno, si en realidad no se había parado a pensarlo era lógico que le pareciera imposible.

—A ver… contéstame a estas preguntas. Seguidas, ni siquiera te pares a pensarlas, solo si o no —aunque Alex lo miró como si fuera un psiquiatra pirado, Iván siguió a lo suyo—. Empecemos: Ricardo tiene un chicle en el bolsillo, ve a un niño que va por la calle y se le cae la piruleta al suelo. ¿Ricardo le daría su chicle al niño?

Alex abrió ampliamente los ojos, Iván no se habían fumado un porro se había metido lejía en vena.

—¿Qué?

—Contesta a la pregunta, Alex.

—Sí, supongo que sí.

Iván hizo un ruidito de asentimiento y siguió:

—Si Ricardo viera a una vieja con muchas bolsas y supiera que vive cerca, ¿la ayudaría?

Alex se lo replanteó.

—¿Sí?

—Si Ricardo ve a una embarazada que le han robado el bolso, ¿echaría a correr detrás del tipo?

—Maldita sea, sí.

—Ajá —siguió Iván, alzando un solo dedo—. Última pregunta: si Ricardo te viera llorar —levantó la mano ante la protesta de Alex—, ¿se acercaría a ti y te daría un pañuelo para intentar consolarte, independientemente de lo que esté soltando por la boca?

Alejandro no lo había previsto, pero recordó la pregunta de Ricky en la primera llamada telefónica postcoital. Le había preguntado si tenía algún problema después de escuchar su voz afectada, ya ni siquiera se acordaba que le había cabreado en ese momento.

También recordaba que le había extrañado, pero ahora que Iván lo exponía de esa manera…

—Sí, supongo que Ricky intentaría consolarme, a su manera pero lo haría.

Iván asintió, complacido de que su estúpido razonamiento hubiera llegado a Alex.

—Pocos después de que nos conociéramos en la universidad, me lo presentaste. Él vivía en un mundo diferente, trabajando mientras nosotros bebíamos y terminábamos la carrera. Sin embargo, a pesar de la mierda de vida que tenía y tiene —agregó—, nunca lo he visto ser desagradable o agresivo con nadie. Joder, ni siquiera recuerdo haberle visto pegarle un puñetazo a nadie, si amenazar pero nunca cumplir —asintió con la cabeza y suspiró—. Es verdad que tiene un carácter de mierda impresionante, le gusta hacer bromas irónicas y a veces se puede poner muy pesado. Pero, ¿no te has dado cuenta que la mayoría de la atención de Ricardo siempre está centrada en ti? A nosotros nos jode, sí, pero nada en comparación a cómo te jode a ti.

—Somos amigos de la infancia —y esa era la única excusa que Alex podía dar.

Estaba pensando en muchas cosas, replanteándose todo lo que Iván le decía.

Podría ser verdad, Ricky y él siempre habían estado juntos. Creía que había echado más de menos a Ricardo que a su novia cuando se fue a la ciudad. Y eso que siempre le había parecido jodidamente desquiciante, pero cuando tenía un problema, aunque no lo pidiera, antes de darse cuenta ya tenía a Ricky a su lado.

Daba igual cuan mal lo estuviera pasando, Ricky hacía que se olvidara de todo, aunque solo fuera por pensar en qué contestar a esa lengua afilada suya. Siempre conseguía despejarle la mente.

Pero era normal, era su amigo.

Su amigo, ¿uno desea follarse a su mejor amigo? ¿Estaban confundiendo las cosas? ¿Puede que hubiera visto a Ricky como algo más que un simple amigo desde hace mucho tiempo y nunca se hubiera dado cuenta?

El sentimiento estaba ahí, pero no había querido reconocerlo y ahora mismo tampoco estaba seguro que etiqueta ponerle a esa sensación. Ricardo era alguien importante en su vida, casi tanto como su propia familia.

La revelación le hizo dar un escalofrío. Miedo, le daba demasiado miedo para profundizar en tales pensamientos.

Iván también notó que algo no estaba bien porque pasó todo su torso sobre la mesa para agarrar a Alex de la muñeca.

—Oye, tío. ¿Qué pasa?

—Ricky, para mí es…

Iván alzó una ceja confundido cuando de pronto el móvil de Alex sonó y el himno del Barça se dejó escuchar. Hizo una mueca contrariada.

—¿Todavía tienes esa mierda puesta?

Alejandro aún algo atontado, se apresuró a meterse la mano en el bolsillo demasiado estrecho de sus pantalones vaqueros.

—Es una especie de competición con Ricky, quién ceda primero pierde y tiene que pagarle una borrachera al otro. Y por Dios que no voy a perder, ese mulo no se flipa hasta que no devora medio bar. Si todavía no estoy en crisis, ese maldito me deja.

Iván se sentó de nuevo en su silla y se rio.

—Joder, sin duda.

Alex asintió con sus cejas y aun con una sonrisita extraña en su cara, cogió la llamada.

Iván esperó a que terminara, pero mientras pasaban los segundos, lo único que podía percibir era el murmullo de una voz femenina hablar y hablar. La cara de Alex volvió a ponerse pálida, pero esta vez parecía que le iba a dar un soponcio.

Iván se levantó, casi asustado de la reacción que pudiera tener su amigo. Quería gritarle un «¿Qué pasa?» astronómico para saber que estaba ocurriendo, pero la forma en la que Alex se agarraba al brazo de su silla metálica, con la mano libre, le persuadió.

—¿Pero está bien? Qui… quiero decir… ¿se ha despertado ya? —el aliento escapaba a borbotones entrecortados de sus labios, poniendo aún más nervioso a Iván—. Si, entiendo. Voy ahora mismo. Gracias por llamar —y colgó.

—¿Qué? —preguntó Iván. Al ver que no contestaba rodeó la mesa para cogerlo del brazo—. ¡Por Dios, Alex! ¡¿Qué mierda está pasando?!

Alejandro sentía que se mareaba, era terror, un miedo que no había sentido nunca en su vida. Sus cuerdas vocales parecían haberse echado un nudo, porque necesitó dos estrujones más de Iván para reaccionar.

Alzó los ojos dilatados hacia la asustada mirada azul que le exigía una respuesta desde arriba. Antes de contestar se sujetó a los brazos de su amigo para poder levantarse. Las rodillas le parecían gelatina y sentía que le quemaban los párpados.

¡No podía echarse a llorar como una quinceañera!

Tragó saliva y sacudió su cabeza, tenía que despejarla, tranquilizarse un poco.

—Ricky tuvo un forcejeo anoche. Le pegaron con una porra en la cabeza y todavía sigue inconsciente. No me han querido decir nada más… no sé si… creo que no hay peligro pero… tengo… —Alex se mojó los labios, señalando hacia la puerta—, tengo que ir. Quiero estar ahí, con él. No puedo quedarme aquí sin saber que…

Iván asintió, palmeándole el hombro para que callara. Lo entendía, maldita sea, Ricardo también era amigo suyo.

—Vamos, yo te llevo, con esas manos de gelatina no puedes conducir —cogió a Alex del brazo, temeroso de que perdiera el equilibrio y se paró ante el escritorio de su compañera antes de salir—. Cierra por mí, ¿vale?

Pasó un brazo por los hombros de Alejandro, dándole leve palmaditas en la espalda. Cuando llegaron al coche y Alex se acomodó en el asiento del copiloto, Iván suspiró. Sus manos también temblaban visiblemente y podía sentir la amenaza del calor de las lágrimas en el rabillo del ojo.

Entendía completamente lo que su otro amigo sentía. Todos querían a Ricky, aunque fuera un grano en el culo.

¡Maldita, sea, por supuesto que lo querían!


* * * * * * * * * * * * *


Todo el viaje se hizo muy rápido.

La recepcionista fue clara y concisa, tranquilizándolos mientras los enviaba a planta y eso sin duda, ya era muy buena señal. También le informaron de que el alta estaba ya programada para la mañana del día siguiente, eso era aún mejor.

Iván notaba el alivio mientras andaba por el pasillo donde se encontraban los pacientes de traumatismos. Sus manos habían dejado de temblar y su garganta se había abierto, consiguiendo respirar con facilidad.

El que no parecía haberse recuperado de igual manera era Alex, que pasaba una mano por la pared mientras andaba. Mantenía una cara seria, una expresión dura, Iván sabía que había sentido vergüenza por su primera y un poco exagerada reacción. Y eso que le había dejado claro una y otra vez que no tenía de que preocuparse, que era normal, él casi se había comportado igual.

—Respira hombre, antes de que te falte el oxígeno y te desmayes.

Alejandro volteó sorpresivamente la cara hacia Iván, alzando una ceja mientras se detenía.

—Eso mismo me dijo Ricky hace poco… —y era un recuerdo un poco amargo.

Alex alzó la vista tristemente, desde allí podía ver la puerta de la habitación en la que se suponía debería estar Ricardo. Ahora ya, sabiendo que estaba bien, le daba miedo atravesarla, no quería enfrentar sus sentimientos, reconocerlos. Era difícil tener que contenerse cuando ya sabías casi sin duda, lo que pasaba.

Una mano reconfortadora en su hombro, le sacó una suave sonrisa.

—Vamos hombre. Estás hablando de él como si estuviera muerto —suspiró despacio y la mano que momentos antes estuvo fija, ahora le palmeaba tranquilizadoramente—. Alex, tío, solo fue un golpe, está bien, si le van a dar el Alta quiere decir que no hay nada de lo que preocuparse. Dentro de dos o tres días ya estará trabajando de nuevo.

Eso no era para nada un consuelo. Mientras Ricky trabajara en eso de la seguridad, Alejandro estaba seguro que este no sería el último susto que se llevaría.

Se quitó la mano de Iván de encima con un moderado movimiento y le instó con la cabeza a seguir adelante.

Los pies de ambos comenzaron a caminar. La puerta se iba acercando hasta que quedaron plantados delante de ella. Estaba cerrada. Alex alzó la mano para abrirla, sus dedos apenas habían rozado el pomo cuando la dejó caer.

No podía.

Tenía demasiado miedo como para enfrentarse de cara a ello. No era solo el saber que Ricky había pasado por ese mal momento, el susto de no saber si estaba bien, también tenía que añadirle el descubrimiento de ese sentimiento, la casi definición que se había inscrito a fuego en su mente.

Puede que él siempre hubiera a… ama…

—¿Alex? —la voz sobresaltó a Alejandro, que simplemente miró a su amigo sin contestar—. ¿Quieres que pase yo primero?

Eso estaría bien. Le dejaría un tiempo para pensar, para tantear la situación. Y la primera persona que Ricky viera, no sería él. Eso en cierto modo le tranquilizaba, no quería hacer alguna locura, reaccionar de forma extraña y delatadora como hacía media hora.

¡Había estado a punto de echarse a llorar!

Se había contenido bien, mordiéndose el labio hasta que el primer arrebato de miedo se había calmado. Que Iván también tuviera los ojos vidriados le había aliviado un poco, puede que hasta le hubiera sorprendido, pues no esperaba que su amigo apreciara tanto a Ricky.

Y ese sí que era un pensamiento estúpido y desquiciado en ese momento.

Iván le confirmó con la mirada que iba a pasar y abrió la puerta, adentrándose unos pasos hasta girarse frente a la primera cama. La otra, por lo que podía ver desde la puerta, estaba desocupada.

Menos mal, porque pobre del que tuviera que compartir habitación con el loco ese.

Escuchó el «hola» de Iván, eso quería decir que Ricky estaba despierto, sin embargo, no recibió respuesta y desde allí tampoco podía ver más allá de los pies de la cama. Sus ojos se encontraron con los de Iván que le miraban interrogativos, pero más extrañado estaba él de que la conversación no hubiera continuado.

Bueno, casi ni siquiera empezó. ¿Eso era una mala señal?

Alejandro sintió un miedo irracional subirle de nuevo por la columna, la enfermera le había dicho que estaba bien, entonces, ¿qué pasaba?

Antes de darse cuenta sus pies ya habían cogido el camino, chocándose casi con el brazo de Iván cuando frenó en seco para mirar a la cama.

Entonces lo vio.

Estaba bien. Soñoliento pero bien. Quiso tirarse de los pelos por el tonto susto. Ricky estaba tendido en la cama, bostezando y rascándose el estómago en su ridículo pijama de hospital. Ni siquiera estaba usando la sábana.

Así que por eso no le contestó a Iván. Seguro que le despachó con la mano porque quería seguir durmiendo. Ese maldito carácter de mierda que tenía el muy, el muy…

—¡Tú! —gruñó, acercándose por el lado izquierdo y pellizcándole un brazo para que lo mirada—. ¡Despiértate, maldita marmota!

Ricky movió su mano, dándole en la cara a Alex y se volvió a girar.

Alejandro iba a matarlo, si no se había muerto por ese pedazo de golpe en la cabeza iba a matarlo él a hostias limpias.

Iván no pudo evitar reírse cuando Alex, procurando no sacudirlo mucho por si acaso, le estiró de la mejilla. Lo único que le faltaba era pegarle un bocado en la oreja. No sabía por qué, pero le parecía jodidamente gracioso.

—¡Ya, ya! —se quejó Ricky—. Oh, sois vosotros —dijo simplemente cuando vio a ambos amigos al lado de su cama—. Y yo que tenía la esperanza de que los primeros que viera cuando me despertara fueran los de España Directo.

Alex encogió más la cara, en una mueca de total disgusto.

¿Y tanto miedo por este capullo? Oh por favor, debería estar volviéndose loco.

—¿España Directo? —repitió Alejandro sin poder creerlo—. Iván, búscame algo por ahí con lo que poder golpearle en la cabeza y rematarlo —sonrió cuando le dio otro leve pellizco en el brazo—. Puede que le arreglemos esa mente descompuesta, o matarlo, aunque cualquiera de las posibilidades sería mejor que dejarle así.

—Yo también te quiero, Alex —ironizó Ricky, mientras se sobaba el brazo.

Los pellizcos de Alejandro eran una de las cosas que más odiaba en la vida. Pero no podía negar que la cara contrariada de su amigo por el «te quiero», era deliciosa. Se rio de él de forma tan evidente que Alex le frunció el ceño, enseñándole los dos dedos en forma de pinza para que le guardara un cierto respeto si no quería volver a ser castigado. 

Iván se echó a reír, negando con la cabeza.

—Vosotros nunca cambiáis —se acercó lentamente a la cama, sentándose en la silla que había a su derecha—. Joder, nos asustaste como el infierno. Estábamos en la oficina del INEM, cuando Alex recibió la llamada. Casi le dio un soponcio y a mí un paro cardiaco —después sonrió, dándole una palmadita en el borde de la cama—. No nos compensa ser amigos tuyos con sustos como estos.

Ricky arqueó los labios cuando escuchó la reacción de Alejandro, era agradable. Se giró para mirarlo pero este parecía haber encontrado muy interesante la sábana, aunque eso sí, el colorcito casi rojizo de sus mejillas no podía ocultarlo.

Tenía un montón de frases graciosas que soltar ante ese hecho, aun así, prefirió callárselo y responderle a Iván.

—No fue nada. El tipo me quitó la porra en algún momento del forcejeo y me golpeó con ella cuando creía que lo tenía noqueado. Gracias a Dios, la policía llegó antes de que le hiciera nada al niño, así que supongo, que todo salió bien.

Iván alzó una ceja, curioso.

—¿Niño? ¿Pero que fue exactamente lo que pasó?

Ricky sonrió, orgulloso de poder contar su hazaña. Se estaba preparando para presumir sobre su historia cuando el movimiento brusco de Alejandro le llamó la atención. Antes de poder preverlo sintió un fuerte apretón en la mano. Alex se la cogía con tanta fuerza que a lo mejor quería llevársela de recuerdo o algo.

—¡¿No fue nada?! —gruñó Alex, sin poder contenerse—. Podían haberte matado. Has tenido suerte de que el golpe no te abriera una brecha o te reventara algo. O puede que… pudieras haber tenido algún derrame, quedarte en coma y Dios sabrá cuantas cosas más.

Ricky estaba tan sorprendido que solo pudo poner una mueca afectada.

—Tengo la cabeza muy dura —intentó bromear con una risita nerviosa—. No hay nada que pueda hacerme daño.

—Sí, claro. Rickyman, el superhéroe de los chistes malos. ¡No me jodas! —buscó con prisa por toda la habitación—. ¿Tienes la cabeza muy dura? Déjame que encuentre algo con lo que probarlo, juro que te sacaré toda la mierda que tienes ahí dentro.

Tanto Ricky como Iván estaban bastante sorprendidos por el comportamiento de Alejandro. Había pasado del miedo a la furia en menos de unos pocos minutos. Estaba algo fuera de control, comido por los nervios y sin poder apartar la mirada de la cara de Ricardo o cualquier parte de su cuerpo. Como si quisiera asegurarse de que en verdad, no tenía nada roto por ahí que le habían escondido.

Iván lo comprendía y también podía sentir el desconcierto de Ricardo, el cual no sabía qué hacer o contestar. Sus irónicas bromas tampoco ayudaban mucho en estos casos así que, suponía que le tocaba a él.

—Pero bueno, cuéntanos que pasó.

Ricky vio el cielo abierto, no entendía la reacción de Alex ni porqué aun cuando él tiraba de su mano el otro estúpido no se la soltaba. Alejandro siempre había sido el primero que no era propenso a mostrar afecto en público y menos ese «tipo» de afecto.

¿Iván no había encontrado raro que estuvieran agarrados de las manos?

Intentó despejar su cabeza y agarrarse a la cuerda que su rubio amigo le había lanzado.

—A ver… había tenido algún que otro percance antes, hasta una vez me encontré a dos parejas de rusos follando en mitad del pasillo. ¡Oh Dios, eso sí que fue impresionante! —el gruñido de advertencia de Alex le instó a seguir con el tema, aunque Ricky apreció la risita de Iván—. Lo que decía, que en mitad de mi ronda nocturna escuché un ruido en la cocina. Normalmente no es nada importante, pero cuando entré vi un extranjero dándole de puñaladas a su mujer con el niño delante.

Alejandro arrugó la frente, indignado. Iván por su cuenta asintió, mucho más tranquilo.

—Si bueno, eso está de moda ahora. ¿Y qué pasó después?

Ricky se rio, negando con la cabeza.

—Oye, que el de las bromas irónicas soy yo.

Iván se encogió de hombros, dándole oportunidad a Alejandro –al que esa conversación le parecía estúpida– para entrometerse.

—¿Pulsaste la alarma? —las cejas de Ricky se menearon en una señal de «obvio». Alejandro apretó los dientes—. Y sin embargo, en vez de esperar a que llegara la policía vas y te enfrentas contra un tipo que acababa de matar a su mujer a cuchillazos, si… bueno… ¡¿Eres idiota?!

Ricky le dirigió una mirada electrizante antes de contestarle. Odiaba cuando Alejandro le trataba como un inconsciente.

—Había un niño. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué me escondiera como un cobarde cuando no sabía si aquel hijo de puta sería capaz de continuar con el crío cuando la mujer estuviera muerta? No puedo quedarme quieto viendo algo así. ¡Joder!

Alex abrió la boca para protestar pero entonces recordó algo. Sus ojos se encontraron con los de Iván, el cual tenía una sonrisita prepotente y le hacía una mueca graciosa de «¿ves? Ya te lo dije».

—Entiendo, vale. A lo mejor… yo hubiera hecho lo mismo. Lo importante es que estás bien, aunque, reconóceme… —dijo cogiendo a Ricky de la barbilla para que lo mirara—, que ese trabajo en una mierda peligrosa.

Ricardo tosió, sacudiéndose la mano de Alejandro y bajando los ojos hasta su pijama.

—Es un trabajo bueno para mí. Yo no puedo… conseguir algo mejor —cuando la ira fue subiéndole hacia arriba, se cegó un poco—. Además, eso a ti no te importa, ¿vale? ¿Qué eres, mi puta madre? Pues lleva mucho tiempo muerta como para que ahora tenga que aguantarte a ti.

—Ya se nota, porque si estuviera viva a lo mejor tendrías un poco más de lucidez en esa puñetera cabeza.

Ricky se volvió y agarró a Alex del cuello de su camisa, Alejandro a su vez le agarró de la muñeca y ambos terminaron mirándose fijamente. En cualquier momento, alguno de los dos podría lanzarle un puñetazo al otro.

Iván suspiró.

—Bien, voy a por dos bocadillos y comemos aquí arriba, ya que me está dando hambre. A parte, de que tengo que llamar a Diana para que se haga cargo de las niñas. Vuelvo en un momento. Ah… ¿tú de que lo quieres? —cuando Alejandro no le contestó, se encogió de hombros—. Supongo que no te importa. Tened cuidado, no quiero que cuando vuelta Alejandro esté ocupando la otra cama y en vez de visitar a un enfermo, tenga que visitar a dos.

No dijo nada más, salió de la habitación procurando cerrar la puerta y dejarlos solos. Puede que eso fuera lo que realmente necesitaban.

Ricky aflojó el agarre cuando el dolor de cabeza volvió a hacerse un poco más fuerte. Soltó a Alejandro y se tendió en la cama, echándose mano a la frente.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó un tanto preocupado, Alex.

—Noooo, que va. Con la porra no me golpearon, me lavaron el pelo. ¿No lo hueles?

Alejandro gruñó, pegándole otro –ahora un poco más leve– pellizco en el brazo.

—Lo que huelo es la mierda que echas por la boca cada vez que hablas.

—¿Y tú porque te preocupas tanto por esta mierda? Esto no entra en el jueguecito del ligoteo. Así que puedes irte a tu casa, no te lo tendré en cuenta. Hala, vete.

Alex apretó la mandíbula.

Si no supiera que en verdad a Ricky tendría que dolerle jodidamente la cabeza para mantenerse quieto en la cama, ya le habría mandado al carajo y se habría largado. Pero no podía, no podía irse y dejarlo allí. Iba a quedarse con él toda la noche y por la mañana él mismo se cercioraría de llevarlo a casa y acostarlo en su cama.

Se aclaró la garganta, era ahora o nunca. Si se lo pensaba, si dejaba que pasara más tiempo y seguía replanteándoselo así, terminaría por escapar. Perdería todo lo que podía ganar con esa relación.

¡Tenía que hacerlo en caliente!

—Estas dos semanas he estado sintiéndome extraño —se atragantó un poco cuando Ricky bajó el brazo con el que ocultaba sus ojos y lo miró, seriamente— No entendía que era lo que… sentía por ti. Antes de ese polvo nunca había considerado la idea de que un hombre… pudiera… ser… resultarme… no, no, parecerme… provocarme… Te deseo, Ricky —dijo de pronto. Ricardo alzó una ceja, sorprendido—. Creía que todo quedaba ahí. Pensaba que con un polvo más, este más lento y tranquilo, podría disfrutarlo lo suficiente para crearme un buen recuerdo. Uno de esos… —tosió avergonzado—, secretos que no le cuentas a nadie en toda tu vida. Pero… yo… cuan… cuando me llamaron, nada más pensar que… —alzó una mano, señalando la cama de hospital y su evidente estado—, fue como si se me cayera el mundo encima. Y entonces pensé… que… tal vez, puede que… —se mojó los labios, golpeándose la frente con la mano—. Sabes que lo mío no son las palabras. Solo quería decirte… que tal vez… hayas sido importante para mí desde un principio. Ahora creo que… podría estar…

—¿Estás enamorado de mí? —preguntó Ricky con una risita—. Guau, supongo que esto… sí, es romántico.

Alejandro se quitó la mano de la frente y estaba totalmente dispuesto a defender su orgullo, cuando se chocó con la tonta expresión de Ricardo. Su risita seguía ahí, pero sus ojos brillaban y el colorcito había vuelto a su cara. Estaba muy guapo. Mucho.

—Lo que quería decir es que tal vez… siempre me haya sentido interesado en ti y nunca… nunca me lo haya planteado.

—¿Por qué eres un hombre y creer que podrías estar enamorado de otro es impensable?

Alex lo sintió como un pequeño ataque, aunque Ricky suavizó mucho la acusación.

—Bueno, ¿y tú qué? ¿Alguna vez lo has pensado? —apremió, sin darle en realidad un sentido profundo a la pregunta.

Ricky quedó callado, parecía estar haciendo memoria, hasta que al final se volvió hacia Alejandro con una sonrisa.

—No lo he pensado. Puede que también esté enamorado de ti… —esperó a que Alejandro abriera la boca un tanto esperanzado para decir—: o puede que no. Supongo que estaré más seguro una vez que el proceso de ligoteo llegue a su fin. Entonces te daré una respuesta. ¿Por qué…. —Ricky hizo un movimiento gracioso con la cabeza—, me estás proponiendo algo, no?

Alejandro creyó que le explotaría la cara.

Acababa de conseguir llegar al punto de reconocer que «posiblemente» estuviera ena… bueno eso, de Ricky, y el bastardo ya estaba otra vez tratando de ponerlo entre la espada y la pared.

Alex carraspeó la garganta y se levantó de golpe de la silla.

—Puedes pensarlo… nos… daremos un tiempo para ver cómo transcurre todo. Tenemos tiempo.

Ricky se rio, chistando negativamente con la boca.

Alejandro no podía dejar de mirar de reojo como los dedos de Ricardo acariciaban sus cabellos castaños y los colocaba fuera de su cara en leves tirones.

Hasta eso le parecía sexy. Que Dios le ayudara.

—No digas eso, que te estás haciendo viejo… —volvió a bajar sus ojos hacia la entrepierna de Alex—. He oído que la crisis de los cuarenta es muuuuy mala.

Alejandro lanzó un gruñido frustrado y abrió la puerta.

—Debo estar loco —refunfuñó antes de salir.

Ricky volvió a reírse.


* * * * * * * * * * * * *


Ricky bostezó, cambiando de canal pesadamente.

Hacía un par de días que había dejado el hospital y mañana se reincorporaba al trabajo de nuevo. Nada mal, unos días de descanso por solo un golpecito en la cabeza le habían venido muy bien.

Bueno, tenía que reconocer que el guiri ese le había asustado como el demonio. Ahora que lo pensaba, aunque tuvieran estaturas similares, el tipo ese era más delgado en comparación, pero estaba tan desquiciado que eso le dio una fuerza sorprendente. Ricky no pudo con él y eso hería un poco su orgullo.

La puerta de la cocina chirrió y a los pocos segundos, Alejandro cruzó el salón, dejándose caer de golpe en el sillón. Dejó sobre la mesita un botellín de agua y una cerveza, estaba claro para quién era cada cosa.

Ricky soltó un gruñido cuando le dio un fuerte sorbo al agua, por lo menos estaba súper fría, algo era algo.

—Mañana dejo el maldito Nolotil, así que… si vas a venir a visitarme como todos los puñeteros días durante la última puta semana, tráeme un paquete de Cruz Campo o no te abro la jodida puerta.

Alex lo miró con una ceja alzada, todavía observando de reojo los goles repetidos del Barça en el último partido.

—No he escuchado a nadie decir tantos tacos en una sola frase.

Ricky sonrió, pasando un brazo por detrás del sillón y colocando el botellín frío sobre el cuello de Alex. 

—Y eso que no has escuchado todos los tacos delante de tu nombre que he soltado desde que tengo uso de razón.

—Maldita hostia, eso está frío —gruñó Alejandro, golpeándole la mano para que la alejara de él.

—Mira quién habla, tú tampoco eres un santo hablando, aunque… esa boca parezca divina —Ricky se rio ante la cara impactada de Alex—. Anda mira, si te he soltado un piropo. ¡Ay, malditas pastillas, que me nublan la mente! –soltó en un tonillo gracioso.

Alejandro cerró la boca y apretó la cerveza entre sus dedos.

Tenía que decir algo para no quedar como un total capullo, pero joder, no le venía nada a la mente. No era raro que Ricky le ganara en un ataque verbal, pero que le dijera algo tan provocativo como eso, le había dejado algo atontado.

Lo único que le faltaba es que se sonrojara, y bueno, ya podía sentir el calor, ¡qué vergüenza! Lo suyo no era pensar o decir bonitas frases, lo único que podía hacer era...

Se giró hacia Ricardo, comiéndole terreno en el sofá hasta que casi estuvo sobre él. A Ricky le dio el tiempo justo de soltar su agua sobre la mesa para que no se le derramara, después, en vez de preocuparse mucho por el «supuesto» ataque de Alex, se apresuró a cogerle también la cerveza dejándola en compañía del botellín.

—Si me manchas el sofá, te azoto —Ricky sonrió malicioso cuando una extraña luz pasó por los ojos de Alejandro. ¡Cómo le gustaba provocarlo!—. Bueno, eso no. Eres un pervertido y puede que te guste.

Alejandro se mojó los labios, acercándose más a la cara de su amigo. Cuando la puntita de ambas narices se rozaron, dio un profundo gemido interior que le removió mil cosas por dentro.

—¿Y si soy yo quién te los doy a ti? —puede que sonara brusco, pero Alex no podía controlarlo.

Ricky en vez de enfadarse o algo parecido, sonrió, levantando su mano para pasar un dedo por la barba de tres días de Alejandro.

—¿Ves? Eres un pervertido —después su dedo bajó lentamente por la áspera piel, hasta colocarse en el algo rellenito labio inferior—. Lo de antes iba en serio. Quitando la barriguita cervecera, lo que más me llama la atención de ti es tu boca.

Alejandro encogió el ceño, retirándose por fin y sentándose de nuevo en el sillón.

Cuando Ricky se ponía en ese plan era insoportable.

—Dame unas semanas más en el gimnasio y te demostraré que te equivocas, bastardo. Adiós barriga, lo juro.

¿Por qué siempre conseguía ponerlo de mal humor en el mejor momento? Había intentado provocarlo día tras día, pero o Ricky era de piedra o de verdad solo podía excitarse tocándole los cojones… ¡y si por los menos fuera literalmente!

Cogió el mando de la televisión y cambió de canal. Estaba tan enfadado que se lo llevaban los diablos. O puede que más que ira, fuera desilusión, no lo tenía muy claro. Pero es que ni un puto avance, nada. Ricky no le dejaba dar ni un paso más allá.

—¿Qué harás la semana que viene?

Alejandro se giró un poco confundido por el cambio de conversación.

Si, el calentón se le iba al maldito en cinco segundos. Qué lástima que él no pudiera decir lo mismo.

—¿Cómo?

Ricky negó con la cabeza, con esa sonrisita creída que tanto le ponía de los nervios a Alex. Después cogió el botellín de agua, dándole un buen sorbo antes de contestar:

—Era solo por curiosidad. Si crees que te estaba pidiendo una cita o algo así, lo siento. Se supone que eres tú el que tiene que ligar conmigo, ¿no?

Alejandro no pudo evitar arquear los labios de forma molesta.

—Sí, claro.

Ricky asintió, dándole unas palmaditas en la rodilla.

—Voy a ver a mis hermanas, ya que es Feria Real en el pueblo. Así que estaré ausente.

Si, ausente físicamente, pero no en su puñetera cabeza y eso es lo que a Alex le traía por el camino de la amargura.

Si solo pudiera pegarle de hostias al sentimiento ñoño de querer apretarlo entre sus brazos y mandar a la mierda esa «relación», por Dios si lo haría.

El problema era ese, que por mucho que lo hubiera intentando, era imposible. Lo supo cuando recibió esa llamada telefónica, cuando el susto de lo que podía haber pasado le sacudió el cuerpo como un rayo.

Tenía que estar con Ricky, aunque eso lo volviera loco.

¿Estar con él?

Sus ojos suspicaces viajaron hacia la cara de Ricky, que al darse cuenta alzó ambas cejas y se encogió de hombros. Un «¿qué?» más que evidente, apareció en su rostro.

Alejandro no contestó, siguió mirándolo fijamente.

Si ya una vez, Ricardo había ido a ligar con cualquier fulana aun estando apalabrando una «relación» con él, ahora que se encontraba solo en una feria con todas esas tipas rondándolo… Porque siendo sinceros, Ricky era un imán para las mujeres y joder si podía entenderlo, también lo era para él.

Su cabello entrelargo y castaño era bastante vistoso, las facciones atractivas de su cara ni se dijera, su sonrisa maliciosa traía de cabeza a la mayoría de las mujeres, pero lo que más le gustaba a Alex eran sus ojos verdes.

Habría muchas «Sammy» esperando para hincarle el diente en el pueblo donde se criaron. Debería estar loco si lo dejaba ir solo, ese bastardo era capaz de dejarlas preñadas con solo una mirada.

¡No, no, no! Imposible, tenía que prohibírselo, tenía que ¿prohibírselo? No, por supuesto que no, eso jodería su plan de cortejo, o más bien, Ricky lo mandaría directamente a la mierda.

La única manera era acompañarlo, seguirlo a donde fuera, así podría tenerlo vigilado, eso era.

No, eso no era. ¡Era una maldita mariquita celosa! Le daban ganas de echarse a llorar.

—Hace mucho tiempo que no voy al pueblo —dijo como si nada, sentándose mejor en el sillón y entrelazando sus dedos.

Intentaba que pareciera que le ponía extrema atención a la jugada que explicaban en pantalla. Y creyó que surtía efecto, bien, hasta que Ricky se cruzó de piernas y dejó caer su espalda contra el blandito respaldar.

—Aaaaajá. Por supuesto. Podría llevarte, aunque tendríamos que pasar antes a por un collar.

Alex se giró, con el ceño fruncido y preparado para cualquier burla.

—¿Un collar?

Ricky meneó su mano para hacerlo evidente.

—Por supuesto, todo buen perro guardián necesita un collar. ¿O eso no es lo que tú tienes planeado hacer?

Alejandro golpeó la mesa, girándose sorpresivamente hacia Ricardo, quién no le cedió ni un centímetro, ni siquiera pareció inmutarse ya que la expresión burlona de su cara no cambió.

—Si no fueras tan ligerito con las tías no tendría que hacerlo.

Ahora sí, la cara de Ricky cambió, una sombra cayó sobre ella a la vez que se incorporaba mejor en el sillón. Estaba claro que le había tocado un punto sensible.

—Te he dicho millones de veces que no he estado ligando con ninguna tía, ¿te queda claro? —hasta el mismo Ricardo se sorprendió de lo fría que su voz salió—. Vente si quieres, pero lo que yo haga o deje hacer, por ahora, no es asunto tuyo.

Alejandro sintió la impetuosa necesidad de gritarle que si era de su incumbencia. Que lo quería para él y que no dejaría que ninguna fulana se lo quitara. Pero entonces, el «por ahora» se abrió paso en su mente y todo lo demás quedó momentáneamente paralizado.

Eso era una ¿esperanza? No, no podía ser, ¿o sí?

—Voy contigo y se acabó. Te recojo en la puerta de tu hotel, déjame listo lo que vayas a llevar y vendré a recogerlo antes de pasar por ti.

Ricky asintió sorprendido, quitándole la cerveza y dándole un buen trago antes de que Alex pudiera evitarlo.

—Que conveniente es tener un perro guardián.

Alejandro le gruñó y Ricardo se rio.

Todavía tenían que especificar algunos puntos del viaje, pero lo dejarían para después, cuando el presentador terminara de decir los resultados de la quiniela.

Cuando Alex soltó el papelito sobre la mesa y se quejó frustrado, tocándose la frente y refunfuñando sin parar, Ricky volvió a sonreír.


Adoraba al muy bastardo. 

4 comentarios:

  1. Otro capítulo leído. Y sí, los hombres son unos completos inútiles en eso de hacer dos cosas a la vez, y aunque el pobre Alejandro ni con ser el único en su especie e hacer mas que los otros hombres de Su especie, ni así logra una con Ricardo. Mira que este tipo en verdad las anda con todas que hasta entiendo la frustración de Alejandro. Pobre, como salir andando sí con cada avance se topa con un muro de sarcasmo e ironía. Jo, sí Ricky me saque hasta mi de las casillas, sí estuviera en el lugar de Alejandro por supuesto. Porque de estar en su lugar, aun no se como aguanta Alejandro tantas pullas, supongo que esa es la verdadera amistad. Aunque sea una muy rara y el tipo este un poco a un paso de un hospital psiquiátrico, jajaja que ganas le tiene de molestar a Alejandro, supongo que por eso me identifico mas con Alejandro que con Ricky. Sí, creo que soy del tipo sumiso. No sirvo para ser como Ricky y no digo que ni estaría mal conocer a alguien como Ricky, o mejor aún, a un par como este, pero no quiero estar en el papel de Alejandro. Creo que prefiero ser Iván, y reírme de las charlatanerías de ambos. Jajaja me gusta mucho Iván, el pobre se vé que paso mucho con lo de su ex. Sea lo que sea que le hizo, aunque me hago la idea en que va. Bruja traicionera, y encima lo hace aún a pesar de sus hija. Pero bueno, realmente me gustan estos personajes nuevos se notan que son buenos amigos todos. Me da curiosidad la situación de Julio y no se sí lo planteas en el siguiente capítulo, de seguro que sí, así que a leerlo voy pero pronto. Adrián se ha visto muy compresivo, tomando en cuenta lo que tuvo que digerir en poco tiempo. De seguro que es porque se siente identificado de alguna manera, y me muero por saber quien es y me doy una idea pero no quiero adelantarme a los pronósticos. Mejor leo el otro capítulo y ya no me lío mas.
    Antes de despedirme, solo quiero decir que me alegra que Ricky se pusiera celoso en dos copas, porque aquí me cabreaba que fuera Alejandro el único que pareciera frustrado. Y ese Ricky no puede siempre tener el control no? Menos sí uno esta enamorado

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    1. Guau, que desglose del capítulo tan impresionante...
      Se que hay gente que le gusta más Ricky que a otros, yo en realidad, le prefiero sobre Alejandro. Me siento identificada con Ricky, muchas veces decimos estupideces solo para evadir la realidad, para escondernos de lo que creemos que piensan los demás sobre nosotros. Ricky es así, esa personalidad se ha creado a base de muchos temores y complejos, y fíjate, después es guapo y está buenísimo (o eso dice Alejandro) y sin embargo, él no lo ve así.
      Pica a Alejandro porque así se siente vivo, cada vez que le gana con su lengua soez se siente un poco mejor, aunque nunca va a hacerle daño a Alejandro de verdad. Tu ponte en el lugar de Ricky y que venga tu mejor amiga y te haga cositas XD Pues en principio, a tí te cuesta asimilarlo y tampoco sabes las intenciones que tiene. Leches, Alex le dijo que solo quería follárselo una vez más, solo una!! Yo me hubiera sentido mal si fuera él.
      Pero vamos, que la relación de los dos, ese amor-odio, a mí me pone XD Me alegro que a tí, de alguna manera también.
      Como sé que ya has leído la novela entera, te adelanto que Ivan y Julio tendrán un libro propio, que supongo pondré algún adelanto en el blog principal, el mismo que viene al final del libro cuando se edite, vaya.
      Sobre Adrián, pues... también tendrá su novela pero con alguien que no se conoce todavía. O eso creo, como me canse mucho la de Ivan y Julio, que tiene que ser complicada con los niños y tal... pues a lo mejor no me dan ganas de seguir con la saga, la verdad que en principio tengo previstos tres libros, pero puede que acaben en dos.
      Estoy segura que los dos están enamorados, solo que no saben demostrarlo por igual.
      Gracias por leerme, todavía me quedan comentarios tuyos que responder, gracias!!

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  2. Ya me estaba preguntando cual sería el desencadenante para que estos dos hablaran sobre una posible relación. Buena esa de mandar al chico al hospital.
    Oh, por todos los Dioses, ese hombre lo pone tan difícil. Aunque me encanta las reacciones que provoca en Alex. El que se me hace tierno es él xD
    Y vaya, hasta que Ricky le dice "algo bonito" a Alex. Pensé que lo decía con su usual sarcasmo.
    No puedo estar más de acuerdo con la conclusión de Alex: Ricky sólo se excita tocándole los cojones. Y como también aclaró, ojalá fuera literal. Cada quien con sus fetiches, jaja.
    Ese Alex de colegiala celosa, lo amo. Pero yo creo que a Ricky también le gustó eso ¡a mi no me engaña!
    Espero que ese viaje ayude a su ¿relación?

    Será poco lo que diga por que me leí este capítulo como en tres o cuatro partes (entre la comida y visitas), y esto es de lo que más me acuerdo.

    A pesar de eso, igual lo pude disfrutar, en especial la última parte.

    Saludos. :)

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    1. Jajajaja, gracias Marya!! Tus comentarios me hacen mucha gracia. Se ve que Ricky como que te da risa por su ironía pero no es un personaje que termine de hacerte tilín, no??? No sé, por tus comentarios sigues blindando a Alex, y yo lo veo muy bien.
      Sobre lo del hospital, si que lo puse como un desencadenante, pues cuando llevas mucho tiempo con una persona, nunca piensas en que vas a perderlo, así que a veces alargas mucho las decisiones por la seguridad de que siempre estarán ahí. Así que... aunque fue un asunto sin importancia, Alex se dio cuenta de lo mucho que quería a Ricky, jeje. Y el otro también por supuesto... aunque más, más adelante.
      Alex es muuuy celoso, pero vamos... que Ricky también, ya lo verás, ya lo verás!!!
      Un besito y gracias!!

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