CASI DOS COPAS
Ricardo dio otro sorbo a su
cerveza y se sentó en el amplio sillón. Todo estaba lleno de mocosos. Parecía
que se reproducían o algo así, porque cada vez veía más. Aguantó un eructo con
la boca cerrada y siguió buscando por la habitación.
Hacía casi media hora que no
veía a Alex.
No es que realmente le
preocupara, pero bien, estaba un poco interesado en donde podría estar. En una
esquina de pie y apoyados en la barra de bar que había en un rincón del salón,
se encontraban Iván y Julio, intercambiando una conversación privada, o eso es
lo que parecía.
Julio tenía la cara encogida y sus
ojos se mantenían vidriados, demasiado brillantes.
Ricky se sentó bien en el filo
del sillón, un tanto sorprendido y por qué negarlo, preocupado. Algo le estaba
pasando a Julio, de eso estaba seguro.
Buscó entre los niños que había
en el suelo frente a él, cabellos castaños, cabellos castaños, ahí estaba. Sin
pensárselo mucho, tiró del cuello de la camiseta del chiquillo y lo levantó.
Unos enormes ojos negros se giraron hacia él.
—Ey, Lolo, ¿ha pasado algo en
casa últimamente?
El niño pareció replanteárselo,
alzando los ojitos y colocándose graciosamente una mano en la barbilla. Ricky
no pudo evitar sonreír, este niño era un pillo.
—Escuché a papá llorar ayer por
la noche. Daniel dice que nos vamos a cambiar de colegio y Rubén lleva dos días
sin ir a casa. Pero es mejor, así puedo comerme la pizza toda yo solo —después
volvió a quedar callado y Ricky pudo ver algo de la inteligencia del niño
corriendo por sus ojos—. Ricardo… —pronunció de forma graciosa—, ¿a papá le
pasa algo?
Ouch, puede que preguntarle al niño
no hubiera sido una de sus mejores ideas. Con una sonrisa amable –o eso
intentó– le acarició la cabecita.
—No le pasa nada. Cosas de
mayores. Olvida lo que he dicho y sigue jugando tranquilamente, ¿ok?
—¡Ok! —gritó el niño feliz,
poniéndose una mano en la frente como si fuera un militar.
Ricky volvió a revolverle el
cabello, esta vez por gracioso y se levantó hacia donde estaban sus dos amigos.
Lo más seguro es que Julio lo mandara al carajo o se diera la vuelta cuando lo
viera llegar. Era de dominio público que aun siendo amigos, sus personalidades
chocaban demasiado como para considerarse íntimos. Sin embargo, si ocurría algo
lo suficientemente gordo como para hacer que Julio llorara, buff, él quería saberlo, maldita sea.
Estaba a punto de llegar a
ellos, los cuales ni siquiera se habían dado cuenta todavía de su proximidad,
cuando algo le hizo parar de lleno sobre sus talones. Sus ojos se giraron hacia
la cocina, encontrando una larga melena rizada. Sabía quién era, porque tras
ese pelo se encontraba un culo de infarto y una cintura hecha justo para la
mano de un hombre.
Sara.
En vez de dar dos pasos hacia
delante y terminar de restar la distancia que le separaba de Julio e Iván,
prefirió desviarse hacia la derecha. Se apoyó en la columna como quién no
quiere la cosa, aun con la cerveza en la mano y dándole un profundo sorbo,
mientras intentaba estirar algo más la cabeza para mirar en el interior de la
reducida estancia.
Hizo una mueca cuando se
encontró de cara con Alejandro. Ella intentaba arrimarse a él y sin embargo, su
amigo negaba con la cabeza, enumerando algo con los dedos.
Estaban discutiendo.
La espalda de Sara se curvó
hacia delante, a la vez que alzaba su mano y la colocaba sobre la cara de Alex.
Ricky se atragantó con la
cerveza, bajándola de golpe y girando ya, con total descontrol, su cuerpo hacia
la cocina.
Los ojillos marrones de
Alejandro se movían frenéticamente, intentando no colocarlos en ningún lado.
Estaba nervioso, Ricardo había pasado los suficientes años a su lado, para
poder identificar esos gestos. Las grandes manos se agarraron a la encimera y
volvió a negar con la cabeza, mordiéndose el labio.
Ricky soltó un bufido de
fastidio y fue entonces cuando percibió el asentimiento de Adrián a su lado.
Con todo el coraje del mundo, Ricardo se volvió hacia su amigo y volvió a
bufar, pero está vez en toda su cara.
—¿Qué? —preguntó, en un tono de
clara advertencia.
Adrián intentó mantener la
calma, pasándose una mano por la cara.
—Que te molesta.
—¿El qué? —siguió contestando
fríamente, Ricardo.
Adrián alzó una ceja, como si
la pregunta fuera evidente y el disgusto a Ricky le hubiera entumecido el
cerebro.
—Que la zorra esté intentando
camelarlo de nuevo —alzó la mano para señalar como Sara intentaba posar ambas
manos en el pecho de Alejandro—. ¡Oh por favor, Ricardo, si solo le hace falta
echarse encima y restregarle las tetas por la cara!
Ricky miró unos segundos hacia
la cocina, lo suficiente para verificar la exclamación de Adrián y volvió a
retirar la cara.
Bueno sí, admitía que le
molestaba. El porqué, es lo que no entendía. Estaba tonteando con Alex, pero en
realidad, sin ninguna finalidad romántica. Había hablado antes con Adrián sobre
tener una relación romántica con Alejandro, pero nunca había tomado esa
posibilidad seriamente.
Solo quería que Alex intentara
ligárselo, reírse en toda su cara de los intentos frustrados y pasado ese mes,
echarían un buen polvo y así cumpliría. Ya está.
Tragó saliva antes de volver a
echar una nueva mirada: Alejandro tenía la boca ocupada.
Ocupaba con el hocico de la
zorra, evidentemente.
Bien, bien, suponía que así es
como debía ser desde un principio.
—Creo que es hora de que me
vaya.
Dejó la cerveza sobre la barra
y caminó hacia la entrada, chocó bruscamente con el hombro de Julio y ni
siquiera se volvió para disculparse, siguió adelante hasta que la puerta de la
calle se cerró.
Adrián le devolvió la mirada a
su primo Iván, el cual seguía con Julio en la esquina, pero demasiado asombrado
por la reacción de Ricardo como para tragarse la curiosidad y preguntar.
Adrián suspiró y se encogió de
hombros. Eso fue todo el intercambio que hubo.
Durante los próximos segundos
todo quedó inmóvil y en silencio, hasta que el estruendo de un cristal roto
procedente de la cocina fue indicio suficiente para alertarlos. Iván dejó a
Julio allí y junto a Adrián se acercaron a la puerta.
Se quedaron con la boca abierta
ante lo que vieron.
Sara había lanzado una botella
de batido al suelo, dejando todo el chocolate desparramado por el gres.
Alejandro se encontraba apoyado sobre la encimera con una clara marca rojiza en
la mejilla. Las palabras que siguieron a la desastrosa imagen tampoco fueron
muy halagüeñas.
—¡Maldito pervertido! Fui una
tonta por volver a intentarlo, eres un… un… —Sara dio un bote lo
suficientemente grande como para que sus rizos negros volaran rodeándola—,
¡asqueroso!
Iván se apartó a tiempo pero
Adrián se vio impulsado hacia el bastidor de la puerta cuando la mujer pasó
como un huracán entre ellos. Después de que se recuperaran de la sorpresa, una
risa tonta escapó de la garganta de Iván, que se adentró en la cocina
sentándose en la pequeña mesa amarilla que había frente a Alex.
—¿Qué diablos le hiciste?
Alejandro chasqueó la lengua
con disgusto, sobándose la cara.
¿Hacerle? ¿Él? ¡Esa puñetera
mujer estaba loca!
—Empezamos hablando sobre toda
la mierda que aún tenía en mi casa, después en algún punto de la conversación
empezó a restregarse contra mi brazo y después me besó. Me sentí… —Alex negó
con la cabeza, medio confundido—, acorralado. Así que la empujé. Bueno, un poco
demasiado fuerte —lanzó un gruñido de fastidio mientras se sobaba las sienes.
Vaya día, vaya semana. ¡Vaya mierda!—. Se tragó la mesa.
Adrián no pudo evitar lanzar
unas cuantas carcajadas, se golpeó el muslo mientras se reía hasta que llegó a
la mesa junto a su primo.
—¿Qué creías, que te iba a
violar o algo? ¡Oh, vamos, Alex!
Alejandro puso mala cara,
rascándose la mejilla golpeada y totalmente confundido.
Bueno, en anteriores
relaciones, le había gustado que una mujer tomara la iniciativa, que lo
provocara y con el pedazo par de tetas que tenía Sara, buff, suponía que quedaba todo dicho.
Sin embargo, cuando se acercó,
con los redondos pechos sobre su brazo, esos labios rojos y mojados, había algo
mal. Eso no era lo que él quería. A su cabello rizado le faltaban tonos castaños,
a sus ojos negros un malicioso toque verde.
Si, algo no se veía adecuado.
Estaba mal.
¿Eh? ¿Castaño, verde? ¡El que
estaba mal era él!
—¡Joder!
Iván se cruzó de brazos y
chistó negativamente.
—Ya es tarde para que te
arrepientas, dudo que esa fiera de ahí vuelva de nuevo, a no ser que sea para
morderte o partirte la cabeza con cualquier botella que encuentre a mano.
—Como si me importara —gruñó
Alex, había problemas en su jodida cabeza más importantes que esa zorra. La
mirada confundida de Iván le dijo que no le pillada por donde iba, así que
antes de que pudiera formular alguna pregunta, Alejandro levantó la mano,
cortándolo—. No digas nada. Ahora mismo no tengo ganas de hablar de eso.
Adrián alzó una ceja. ¡Oh, así
que era eso!
Alejandro había retirado a Sara
porque no era Ricardo. Simple y claramente. Por supuesto, eso no decía que
estuviera enamorado del otro hombre ni mucho menos. Pero había algo
relativamente romántico entre ellos, como para que la comparación con su ex
novia fuera suficiente motivo para rechazarla.
Eso era bueno o lo sería, si
Ricardo no hubiera creído ver algo que no era realmente lo que estaba pasando.
¡Auch, Alex estaba en un problema!
Adrián carraspeó la garganta
intentando disimular, aunque reconocía que era malditamente malo en ello.
—Ricardo acaba de marcharse,
parece que no se encontraba bien. Pensé en seguirlo pero… bueno, creí mejor que
lo hicieras tú —cuando la mirada suspicaz de Alex se clavó en él, Adrián se
puso algo nervioso—. O bien, puedes simplemente llamarlo.
—¿Y porque no lo llamas tú?
—gruñó Alejandro.
Adrián tartamudeó un poco,
pensando que decir sin delatarse. Al final, empezó a cabrearse, pues ¿quién le
mandaba a él meterse en esos berenjenales? Sacudió sus manos bruscamente y se
marchó con un «haz lo que quieras».
Iván con ambas cejas alzadas,
señaló la dirección por la cual se había marchado su primo.
—¿Y a ese qué diablos le pasa?
Alex bufó, girando la cara
hacia el lado contrario.
—¿A mí qué me cuentas? Si tú no
lo sabes que es tu primo…
Iván asintió, su primo sería
siempre un pequeño y lindo bicho raro.
—¿Sigues amando a Sara?
Alejandro se sorprendió ante la
pregunta sorpresa.
No estaba preparado para
contestar ni a esa, ni a ninguna de las otras que Iván pudiera hacerle. Sin
embargo, estaba demasiado confundido, puede que una conversación con su amigo
–por supuesto sin contar detalles– le disiparía algunas dudas.
Durante unos segundos, confirmó
a Iván con la mirada que lo estaba pensando y recapacitó: ¿Amaba a Sara?
No tardó mucho en obtener la
respuesta y eso no pudo más que sorprenderle. El «no» apareció muy pronto. Le
atraía, la deseaba, había presumido ante la gente de novia por el simple hecho
de que estaba buena.
Después, la personalidad de
Sara era tranquila, no solía tirar trastos a la cabeza ni contradecir sus
demandas. Se podía describir como alguien dócil o eso había creído antes de que
intentara golpearlo con el batido de chocolate. Simplemente: por no pelear y
tener un gran sexo, supuso que podría ser la mujer indicada para mantener una
relación duradera. Su primera relación duradera.
Pero no, no la amaba y por
mucho tiempo que pasara con ella, no lo haría. La única mujer que había amado
en su vida, había sido María. Y tampoco dudó en dejarla tirada en su pueblo
natal cuando decidió venir a la ciudad a estudiar, así que…
—No, me gustaba como a
cualquier hombre le puede gustar una mujer con sus curvas, pero… no la amaba.
Iván asintió, suspirando como
si se hubiera quitado un peso de encima.
¿Estaba su amigo aliviado por
su negativa?
—Eso es bueno. Esa mujer tiene
dos caras, Alex –quedó pensativo durante unos segundo y terminó chistando la
lengua-. Hay algo que… no te he dicho.
La curiosidad fue demasiado,
así que se echó hacia delante, apremiándolo a que siguiera.
—Cuéntame.
Iván parecía reacio a decir
algo y con eso ya le daba a entender que no sería nada agradable. Pero aun así,
quería saberlo.
—¿Nunca te has preguntado… como
Diana y Sara se hicieron amigas?
—¿No? —dijo Alejandro
confundido.
Eso pensaba Iván. Se rascó la
cabeza con molestia y siguió hablando, pero esta vez sin mirar a Alex a los
ojos.
—No es fácil decir esto pero…
creo que todos sabéis de dónde saca Diana su dinero y no precisamente de la tienda
de alta costura que puso cuando regresó después de su… «desaparición». En una
de esas cenas de acompañamiento se encontró con Sara. Desde entonces se
hicieron amigas. Vamos que… Sara ya hacía esas… cosas, antes de empezar a salir
contigo.
—¿Chica de compañía? —soltó
Alex, casi sin poder contener su furia—. ¿Estás diciendo que esa zorra, se
tiraba a viejos chorreantes de millones mientras se metía en mi cama?
Iván se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Alejandro no podía creérselo,
había estado pensando en casarse –aunque muy remotamente– con una puta de lujo,
aunque se dijera de forma fina y su amigo no le había dicho nada. Era... ¡una
putada!
—¿Y me lo dices ahora?
—Yo creía que estabas enamorado
de ella —se apresuró a decir Iván, dando un paso hacia Alejandro. Se veía el
dolor y la confusión en sus ojos, Alex supo que había estado ensayando como
decírselo durante mucho tiempo—. De verdad que no quería joderte, simplemente
te veías tan bien con ella. Viviendo juntos y todo. Decirte que ella hacía… esa
clase de cosas, no es como decir que había robado un chicle cuando tenía diez
años.
Alex asintió, un poco confuso.
Maldita zorra, no pasaba un solo día en el que no se decepcionara por algo. Ni
uno.
—No importa —dijo al final,
intentando sonreír a Iván, aunque por la expresión de su amigo, supuso que no
le había salido muy bien—. No te preocupes, gracias por decírmelo.
Iván volvió a asentir, era lo
único que podía hacer, pues un «lo siento» no serviría de mucho en esos
momentos.
Lo que Iván no sabía, es que la
verdadera preocupación de su amigo, era más problemática que todo eso.
* * * * * * * * * * * * *
Alex detuvo sus pasos cuando
vio el final de la calle. Se había encaminado sin pensarlo hasta casi llegar a
la puerta del bar que había por debajo de la casa de Ricky.
Apenas era jueves y ni siquiera
sabía si esa noche su amigo trabajaba.
Se echó contra la pared
mientras se lo pensaba mejor, es decir, no había llamado a Ricardo aun sabiendo
que se había ido del cumpleaños porque no se sentía bien. Después de descubrir
lo de Sara, necesitaba un tiempo para pensar, calibrar todo lo que había pasado
en su vida durante el último mes.
Primero había dejado su
relación con su novia del último año, poco después tuvo una noche de sexo loco
con su mejor amigo, un hombre. A la otra semana el cumpleaños, otra patada en
los riñones, y ahora se encontraba al final de una cuesta sin saber que mierda
iba a hacer.
Otra cosa que había estado
replanteándose seriamente, es si valía la pena intentar contentar a Ricky para
que esa noche de sexo ocurriera. Solo quería follar y el maldito de su amigo le
había pedido todo una recreación de flores y bombones.
Nunca se había tomado esas
molestias para echar un polvo, ¿iba a empezar ahora a sus treinta y cinco y por
un tío?
Ridículo.
Miró la puerta del bar y el
único balcón del piso de Ricardo. Se mordió el labio y siguió dudando.
Finalmente, con un bajo gruñido, entró al bar apresuradamente, compró dos
paquetes de cervezas y salió de nuevo colándose en el zaguán de al lado.
Las escaleras aunque
ascendentes, parecía que lo llevarían directo al infierno.
Se intentó deshacer del
pesimismo y se obligó a subirlas, todo fuera por probar de nuevo ese delicioso
y estrecho…
«Oh, no, no vayas por ahí Alex
o acabarás intentando violarlo en vez de ligártelo y vamos, que el hospital
está bastante lejos para llegar vivo después de la paliza que te metería ese
bastardo» pensó, sacudiendo la cabeza.
Llegó a la puerta y respiró
hondo antes de llamar. Nada.
Ouch, ¿puede que no estuviera en
casa? Lo volvió a intentar y después de la quinta vez sacó su teléfono móvil.
Hizo un intento.
Para su completo horror, el
timbre de himno del Madrid sonó justo
detrás de él. Dio tal bote que juró que sus órganos internos habían cambiado de
lugar.
—¿Pero qué demonios? —gruñó,
mirando con el ceño fruncido a Ricky.
Ricardo se rio, negando con la
cabeza y sacándose las llaves del bolsillo. Empezó a abrir la puerta.
—Eso debería decirlo yo.
Cualquiera se asustaría si viera a un acosador frente a su casa —cuando por fin
dio un paso dentro del piso se volvió con cara de damisela indefensa—. ¿Tengo
que temer que me vayas a violar o algo así? Un virgen como yo se asustaría si
de repente te abres la camisa y me enseñas todo ese pelo.
Alex puso mala cara, ahí iba de
nuevo su carácter de mierda.
—Virgen tendrás tú las orejas,
mamarracho. Y no, no puedo violarte, se supone que ahora estoy intentando algo
de ligoteo —Alejandro se sonrojó
tontamente cuando ascendió su mano y le enseñó los dos paquetes de cerveza—.
¿Te apetece una birra?
Para su completo asombro, Ricky
se estirazó y alzó una ceja. Su cara parecía entre seria y decepcionada.
—Que romántico, ¿lo próximo que
me traerás será un vibrador o me invitarás a una cita en un sexshop?
Alejandro carraspeó la garganta.
Bien, maldita sea, esto no era
lo suyo y parecía que había quedado bastante evidente.
—¿Tendría que haber traído
flores y chocolate? —soltó con brusquedad. No quiso que sonara irónico pero no
pudo evitarlo.
Ricardo quedó pensativo pero al
final sonrió, negando con la cabeza y apartándose de la puerta para dejarlo
entrar.
—Un Don Pérignon y dos entradas para el derbi de la semana que viene,
hubiera sido la hostia. Oh, siéntate donde quieras —dijo mientras comenzaba a
quitarse la camisa de su uniforme.
Alex no contestó o más bien no
pudo. Tenía la sangre concentrándose en otro sitio así que su cerebro había
quedado relativamente en pausa. Solo consiguió sentarse en el sillón mientras
sus ojos seguían los movimientos de los largos dedos de Ricky, acechando cada
botón, pasándolos a estirones sensuales por cada ojal.
Un momento, ¿estirones
sensuales?
Oh, Dios, realmente se le
estaba yendo la cabeza.
A Ricardo pareció no importarle
el silencio de Alejandro, lo ignoró y se fue hacia el dormitorio, dejando la
puerta abierta –no sabía si con premeditación o no– mientras pasaba la camisa
por sus hombros.
Desde su posición, Alex podía
ver la forma de su espalda, los músculos de sus brazos contraerse a la vez que
su espalda se doblaba.
Era magnífico.
Ni con todo el ejercicio del
mundo podría a llegar a tener una musculatura tan perfecta como la de Ricky.
Nada exagerada, pero sí muy bien moldeada, con cada inserción en su sitio y la
grasa justa para darle esa forma lograda.
Guau, simplemente, guau.
No se dio cuenta de que estaba
casi babeando por la imagen del torso de Ricky hasta que los ojos verdes
brillaron hacia su dirección. Ricky no le dijo nada, pero la expresión de su
cara y ese toque malicioso se lo decía todo: le había atrapado de pleno.
Alex tosió e intentó disimular.
Se pasó una mano por el
pantalón intentando pensar en algo con lo que quitarle hierro al desliz voyeur que acababa de tener.
—Entonces, ¿quieres que compre
entradas para el derbi? —después se lo replanteó mejor—. ¿Para las gradas del Madrid o del Barça?
Escuchó otra risita desde el
dormitorio y cuando subió la cabeza para mirar se dio cuenta de que esta vez,
su amigo había encajado un poco la puerta. Solo veía un poco de la cama, el
lado contrario al que Ricky se quitaba la ropa.
Estupendo, primero le enseñaba
la carne y después se la escondía. Maldito sádico.
¡Ouch! Ahí estaba de nuevo pensando
cosas raras.
Contuvo la respiración cuando
los pantalones cayeron sobre la cama junto con algo negro, algo que previamente
había estado pegado a… frotándose con…
¡¿Qué demonios estaba
pensando?! ¡Era un puto pervertido!
No, si al final, tenía que
darle la razón en algo a la zorra de Sara.
—Mejor en zona neutral, es
gracioso, ni siquiera nosotros que vamos juntos somos del mismo equipo. Si las
consigues y el Madrid gana, te daré
una pequeña recompensa para que no te pongas triste.
Eso sí que captó la atención de
Alejandro. Tuvo el impulso de levantarse del sillón y correr hacia el
dormitorio, pero se contuvo. Con mucho esfuerzo, pero lo hizo.
—Una… —se relamió los labios,
nervioso—, ¿recompensa?
Ahí estaba de nuevo la
maliciosa sonrisa de Ricky.
—Eso es —escuchó ahora más
cerca.
Ricardo salió de la habitación
con una camisa de mangas cortas y unos pantalones cortos, demasiado cortos.
¿Dónde diablos se había comprado eso? ¡Enseñaban mucho! ¿Ricardo no habría
salido con eso a la calle, cierto?
El sillón se hundió a su lado,
así que se giró para escuchar a su amigo. Si había dicho algo antes, se había
perdido en algún rincón de su cabeza.
—¿El qué? —interrumpió Alex. Le
gustaba ir al punto, a lo que importaba en ese momento y si tenía que ver con chicha, mucho mejor.
Ricky suspiró graciosamente, dándole
una leve colleja que fue respondida con un profundo ceño molesto.
Su sonrisa se agrandó, ¡como
disfrutaba enfadándolo!
—He pensado que… si haces eso
por mí, yo podría hacer algo por ti —lo dijo de forma suave, un poco más
sensual de lo que nunca hubiera intentando. Reconocía que era algo raro pues
con una mujer no había necesidad de hacerlo pero, solo por ver la expresión
bobalicona que se le había quedado a Alejandro, suponía que merecía la pena—.
Ya sabes, si tú me das un gusto a mí, yo tengo que darte otro a ti.
—¿Gusto? —preguntó nervioso,
apretando las manos en puños contra la tela áspera de su vaqueros, ya que no se
atrevía a ponerlas en ningún otro sitio cerca de Ricky. La tentación era
demasiado grande.
—Lo entenderás cuando llegue el
momento, ahora… —se inclinó hacia Alex, podía sentir sus temblores, la forma de
auto-controlarse. Ricky tenía que reconocer que se estaba excitando un poco.
Era algo bastante halagador tener un hombre como Alejandro casi perdiendo los
estribos por tirarlo al suelo y darle placer. Casi le rozó el pecho, la
respiración de su amigo golpeándole la mejilla. Esperó hasta que lo vio
acercarse un poco. Oh, ¿iba a intentar besarlo? Soltó una risita que
desconcertó a Alex, aunque no tanto como lo que Ricardo dijo a continuación—:
¿Nos bebemos la cerveza?
Alejandro miró la lata menearse
ante sus ojos e intentó calmarse. Durante unos segundos tuvo el impulso de
golpear la cerveza y lanzarla a tres metros mientras él mismo se lanzaba contra
Ricky.
No, era mucho peor. Había
estado a punto de besarlo.
Pero estaba tan cerca, con esos
hermosos ojos verdes fijos en su cara, sus labios curvados en una mueca
irónica, el olor afrutado de sus cabellos rozándole la nariz.
¡Maldita sea, no era impotente!
Iba a acabar más frustrado de
lo que ya estaba con este jodido juego.
Al final no hizo nada de eso,
cogió la cerveza y se echó en el sillón, casi tendiéndose en él.
Tras todas sus paranoias e
intentando relajarse, vio a Ricky intercalar una sonrisa satisfecha con un
bostezo. Alex no sabía cuál era el horario de su amigo, pero podía haber estado
toda la noche y parte de ese día de guardia, así que estaría cansado.
¿Si tenía tanto sueño porque no
lo echaba a patadas de allí?
—¿Cansado? —le preguntó, sintiéndose
un poco fuera de lugar si en realidad le estaba estorbando.
—Un poco —contestó. Ricky se
levantó con mucho esfuerzo y encendió la tele. Puso el Gol TV para después volver a echarse en el sillón casi contra Alex,
eso sí, cogiendo antes su cerveza y dándole un buen sorbo. Con total descaro
apoyó la cabeza contra el hombro de Alejandro y le sonrió mordazmente,
invitándole con la picarona sonrisa a que protestara. Al no obtener reacción
alguna por parte de su amigo, sus labios se movieron lentamente y dijo—: ¿Me
haces de almohada?
¿Almohada?
Alex estuvo a punto de
apretarse los huevos por el calentón que le subió por la entrepierna.
Le hacía de almohada y de
cualquier cosa que él quisiera, sobre todo si eso les llevaba al mueble blando
de cuatro patas que había a pocos metros de su posición.
Respiró hondo e intentó
mantener la racionalidad siempre presente.
—Si estás tan cansado puedo
marcharme y dejarte descansar. Es mi culpa al aparecerme por aquí sin siquiera
llamarte.
Ricky bostezó, desperezándose
bruscamente y por consiguiente, echándose más sobre Alex. Alejandro ahogó un
gemido cuando el codo de Ricardo quedó justo sobre su ingle. Iba a morir de un
calentón, además de que la temperatura ambiental tampoco ayudaba mucho.
—Yo estoy muy a gusto así, pero
bueno, si quieres marcharte ahí tienes la puerta.
—Ajá.
Y ya está.
Eso fue todo lo que Alex dijo.
Ni el mismo Dios descendiendo del cielo podría moverlo de aquella posición. Era
raro. Se repetía una y otra vez que aquello no era normal, que algo estaba mal
en su puñetera cabeza.
Pero la respiración acompasada
de Ricky mirando tranquilamente la televisión, el delicioso aroma que
desprendía su cuerpo ahora sin ningún rastro a esa colonia barata que solía
usar, el reconfortante calor de su cuerpo sobre su brazo y parte de su pecho, el
roce de sus cabellos revueltos cerca de su cuello…
Todo en su conjunto era
delicioso.
Se sentía bien. Sus nervios se
habían ido. No esperaba gritos, ni quejas. Solo estaban viendo deportes y ya.
Nada más.
Se sorprendió sonriendo como un
idiota pero no intentó ocultarlo, además de que Ricky parecía un tanto
inactivo. Solo se movía un poco para reacomodarse y volvía a quedar quieto, en
silencio. Alex estaba seguro que no tardaría mucho en quedarse dormido.
Miró el respaldar del sillón,
Ricky podría echarse mejor sobre él si pudiera pasar un brazo alrededor de sus
hombros. Es verdad que sería una posición jodidamente íntima, pero más de la
que ya habían compartido el sábado pasado, no.
Así que, ¿qué más daba?
Movió sus rodillas para echarse
un poco más hacia arriba y observó de reojo la cara de Ricardo. Sus párpados
empezaban a caer. Alex sacó despacio su brazo, Ricky simplemente se levantó un
poco, mirándolo con una ceja alzada. Más movimiento del que Alejandro esperaba.
—¿Te estás meando o algo?
—preguntó, sin malicia ni nada. El sueño lo dejaba bastante noqueado.
Alex negó con la cabeza,
levantando el brazo por fin sobre el respaldo del sillón.
—Solo estaba un poco incómodo
con el brazo aplastado. Puedes volver… a… echarte, si quieres.
Ricky asintió, bostezó y se
echó de nuevo sobre el pecho de Alex, cogiendo débilmente el mando para bajarle
algo la voz a la tele.
—Así mejor —dijo, golpeando
graciosamente uno de los pectorales de Alex—. Duro.
Alejandro no sabía si reírse o
no. Nunca había visto a Ricardo comportándose así. La verdad es que no
recordaba ningún momento en el que lo encontrara cansado, borracho sí, pero con
sueño creía que no.
Estaba milagrosamente dócil y
lo mejor, para cuando terminó el informe sobre los partidos de liga del fin de
semana, ya había quedado roque.
Se sentía como un maldito
pervertido embobado mirándolo.
No se había fijado nunca en lo
largas que tenía las pestañas, de un color castaño claro y que le daban un
toque bastante angelical.
Durmiendo, porque como abriera
la boca…
La cuestión era, que dormido se
veía más mono que atractivo.
Ahora se sintió un poco mejor.
Cualquier hombre podría reconocer –si se lo permitía– que Ricky era guapo. Por
lo menos, eso podía haber sido otra razón para lo que había ocurrido –¿o estaba
ocurriendo?– entre ellos.
Después de media hora más,
hasta a él le empezó a entrar sueño.
Miró el reloj que había colgado
en la pared sobre la televisión y dio gracias de que tuviera los números
bestialmente grandes porque si tuviera que enfocar la vista, no dudaba en que
preferiría quedarse durmiendo sin saberlo.
Las doce de la noche. Tendría
que irse, mañana debía levantarse temprano para hablar con el contratista de
una nueva obra, esta vez una pequeña. Ya estaba harto de las urbanizaciones de
lujo en plena crisis.
¿Debía levantarse y dejarlo
durmiendo en el sillón o mejor lo despertaba para que pudiera cerrar la puerta
e irse a la cama?
¿Sería capaz de despertarlo con
esa carita tranquila que tenía?
Buff, Ricky lo había sorprendido
gratamente esta noche.
De repente, se escuchó el himno
del Madrid. Era el móvil de Ricardo.
Buscó con la mirada sobre la
mesa y a su alrededor, hasta que se dio cuenta de que provenía del pantalón de
su amigo. Se inclinó para meter la mano en el diminuto bolsillo de sus más
diminutos pantalones e intentó no pensar nada obsceno sobre ellos mientras
trataba de hacer otra cosa. Dos acciones a la vez era el límite para su mente
masculina, más que la mayoría de los demás tíos, así que suponía que eso ya era
algo.
Cogió el móvil e intentó no
mover el brazo que aguantaba el peso de Ricky. Su amigo se movió un poco pero
siguió durmiendo, siquiera pestañeó con el tono de la llamada tan cerca de su
cara. Alejandro pensó que tendría que estar verdaderamente cansado.
Miró la pantalla. Número
desconocido.
Esperó a que terminara la
llamada, no quería convertirse en un entrometido, pero cuando acabó y volvió a
sonar, decidió cogerlo. Ya lo había hecho anteriormente y a Ricky no le había
importado, no creía que lo fuera a hacer ahora.
—¿Sí? —preguntó bajito. Ricardo
seguía sin despertarse.
Hubo un silencio al otro lado,
después una lenta respiración y una ligera tos.
—¿Ricardo? —preguntó la voz de
mujer.
Alejandro no lo pudo evitar,
todo su cuerpo se tensó.
No, no debía hacerse ideas
apresuradas, podía ser cualquiera, hasta alguna de sus dos hermanas.
—Lo siento —consiguió decir a
través de sus dientes apretados—. «Ricky» está en estos momentos durmiendo,
pero si me dices quién eres le diré que has llamado.
Por los ruiditos que Alex podía
escuchar al otro lado del teléfono, suponía que la mujer estaba un poco
contrariada. Tardó varios segundos en decidirse pero al final habló:
—Perdona que te encargue esto,
pero… dile que soy Sammy, que la última vez no quedamos en nada concreto y que
me gustaría que me llamara.
Los dedos de Alejandro apretaron
el móvil con tanta fuerza que juró que lo oyó crujir.
Debería aceptar y despacharla,
pero no podía. Su curiosidad era mucho más grande o puede que fuera por ese
resquemor que le carcomía el pecho.
¿Estaba nervioso?
Tragó saliva antes de
preguntar:
—Sammy… —tanteó el terreno—,
¿eres la chica con la que estuvo hace poco?
Por supuesto que no tenía ni
idea de lo que estaba diciendo, Ricky no le había contado nada, pero la chica
no lo sabía, así que ahí podía tener un buen punto.
—Solo dile que me lo pasé muy
bien el domingo por la noche y que… —la mujer parecía no querer ceder a las
trampas de Alex—, a pesar de todo, me gustaría volver a quedar con él. ¿Se lo
dirás? De todas formas, mañana volveré a llamarlo otra vez. Gracias.
Y colgó.
¡La muy perra le había colgado!
Ni siquiera le dio tiempo para amenazarla
y dejarle bien claro que no podía volver a llamar de nuevo a Ricky si no quería
que le arrancara todos los pelos de…
¡Un maldito momento! Bueno,
últimamente estos momentos se estaban haciendo habituales, ejem, ¡¿pero qué diablos le pasaba?! Parecía una mariquita celosa
rastreándole los mensajes a su marido.
¡Se sentía tan avergonzado!
Sin poder contenerse, empujó el
cuerpo de Ricky hacia el otro extremo del sillón, haciendo que cayera como una
pieza de dominó.
A pesar del golpe tardó unos
segundos en reaccionar. Cuando se dio cuenta de lo que había pasado, miró a
Alejandro con una expresión sombría que le cogió desprevenido, pero de todas
formas su furia era demasiado fuerte como para tenerlo en cuenta.
—¿Qué diablos crees que haces,
gilipollas? —gruñó Ricky rascándose la cabeza y sentándose bien en el sillón,
con las piernas separadas y en una postura más que masculina.
—Me marcho.
Ricardo lanzó una enfadada
carcajada.
—¿Y para eso necesitas lanzarme
al otro lado de la habitación?
Alejandro no contestó, se puso
de pie y se estirazó la ropa.
Sin mirarlo, le lanzó el móvil
en el regazo y se dirigió a la puerta. Quería volverse y decir algo, estuvo
resistiéndose porque no quería incrementar la pelea pero no puedo evitarlo,
cuando rozó el tirador se giró como un peonza.
—Ha llamado «Sammy». Se lo pasó
muy bien el domingo y quiere que la vuelvas a llamar.
Ricky asintió, todavía medio
dormido, revisando las llamadas entrantes en su teléfono. Parecía que intentaba
hacer memoria y ponerle cara al nombre.
Cuando lo consiguió volvió a asentir.
—Oh, la tía de la falda bufanda
—bostezó desinteresadamente—. Supongo que tendría un buen polvo porque estaba
bien buena.
Esa respuesta hizo que Alex
dudara.
Se acercó un poco más al
sillón, intentando no ceder lo suficiente para quitarle importancia sin saber
si realmente debía hacerlo.
—¿Supones?
Ricky alzó la vista hacia él,
pensativo. Después de unos segundos, abrió la boca y se echó a reír, negando
con la cabeza.
—¿Eres imbécil? Crees que me
acosté con ella, ¿no? De verdad lo crees —y esta vez no fue una pregunta.
Alex carraspeó sintiéndose un
poco estúpido.
—Eso es lo que ella insinuó.
Ricky chistó negativamente con
la lengua, mirando de reojo a Alex, esta vez con algo extraño recorriendo su
mirada.
—Tú, mejor que nadie, conoces
mi pequeño… «complejo». ¿Crees que me acostaría con una tía el primer día que
me la ligo?
—¿Pero te la ligaste? —gruñó
Alex, sintiendo la tensión en su mandíbula.
Ricardo se levantó, con una
maliciosa sonrisa en la cara, aunque esta vez parecía ocultar algo de cabreo en
ella –o eso creyó Alejandro.
—¿Quién le comió la boca a su
ex en la cocina durante un cumpleaños lleno de mocosos? ¡Eres un maldito
pervertido! —gritó cómicamente, pero ahora sí, claramente enfadado—. Aunque
bueno, supongo que ahí reside un poco tu encanto.
Lo que iba a contestar durante
la primera pregunta de Ricky, murió ante la confusión que le creó el final de
esta.
—¡No soy un puto pervertido! Y
no le estaba comiendo la boca, fue ella la que se abalanzó sobre mí.
—¿Sabes que eso es lo que dicen
todos los violadores durante el juicio?
Alex abrió la boca pero la
cerró sin saber que contestar y Ricky meneó las cejas animándolo a atreverse a
decir algo más. No surtió efecto. Alejandro lanzó un gruñido y con un «vete a la
mierda» alto y claro, salió del piso dando un fuerte portazo.
Ricardo farfulló entre dientes,
dejándose caer en el sillón. Se colocó una mano sobre los ojos y bufó.
—Soy un idiota.
* * * * * * * * * * * * *
—Ricardo, es hora de tu ronda.
—Voy, voy.
Ricky se desperezó en la silla
de recepción donde había estado dando una cabezadita en vez de mirar las
cámaras de seguridad.
Bajó las botas que tenía sobre
la mesa al suelo, haciendo un ruido bronco y ganándose una mueca molesta del
conserje.
En realidad, le importaba bien
poco lo que aquel cincuentón pensara de él y después de unas cuantas miradas de
mala hostia que le había dirigido, sabía que no se atrevería a acusarlo con
ningún superior.
Estiró de su camisa para
abrocharse los botones que anteriormente había abierto para dormir mejor, cogió
la linterna y volvió a bostezar mientras se revolvía el pelo. Últimamente
parecía tener mucho más sueño de lo normal, pero bueno, su trabajo era nocturno
la mayoría de las veces, así que eso jodía bastante sus horas de dormir.
Se tocó el cinturón para
asegurarse que llevaba la porra y comenzó a andar por el amplio recibidor. Dio
una vuelta por los pasillos y salió al exterior, rodeando todas las
instalaciones.
Nada. Este mes había sido mucho
más tranquilo de lo normal.
Lo que suponía que no estaba lo
suficientemente tranquila era su conciencia. Puede que se hubiera comportado
como un idiota. El jueves por la noche no acabó muy bien y lo reconocía. Su
maldito orgullo no le dejaba llamar a Alex, y bueno, el otro capullo tampoco le
había llamado a él.
Todavía no había empezado a
martirizarlo y hacerlo pasar vergüenza –que sería acojonantemente divertido– y
ya se sentía un poco culpable. Y la verdad, es que era ridículo, «él» culpable.
Siempre había jodido todo lo posible a Alex y nunca se había sentido de esa
forma.
El muy bastardo se vio en el
derecho a enfadarse por una tipa de dos horas de charla, cuando se había
atrevido a besar delante de todo el mundo a su ex novia. Que por cierto, ex
novia que lo había dejado por su gustillo por el sexo anal, consecuencia por la
cual había estado acosándolo en su casa hasta echar un maldito polvo que
ninguno de los dos sabía de dónde diablos había venido.
La pregunta graciosa era:
¿ambos estaban celosos? ¡Era realmente ridículo!
Ni siquiera tenían esa clase de
relación, y de verdad que él no tenía nada contra los maricones, a ver, cada
uno podía hacer con su culo lo que quisiera, pero…
¿Alex y él?
Y lo peor es que como siguieran
con el jueguecito masoquista, terminarían lamiéndose las bolas mutualmente y
nunca mejor dicho.
Tenía que terminar con todo eso
antes de que se viera desnudo y con un delantal dándole naranjita con chocolate
en la boca a Alex.
Ricky se paró de lleno y tuvo
un escalofrío ante la idea, después no pudo evitar echarse a reír. ¡Puede que
fuera hasta divertido! Si le metía el cacho por la nariz, claro está. Otra
risita maliciosa.
Si el conserje lo viera,
pensaría que aparte de ser un flojo también se le había caído un tornillo. Lo
que no sabía, es que lo que se le iba a perder era el tapón de la puerta
trasera si no iba con cuidado.
Volvió a reírse.
Bien, tenía que dejar de pensar
en gilipolleces y darse prisa.
Anduvo ahora más apresurado de
nuevo hacia la recepción, le daría tiempo a otra buena siesta antes de que le
tocara cambiar de turno. O eso creyó, antes de escuchar un ligero sonido en la
cocina.
Un sollozo.
Tenía que reconocer que a veces
este trabajo le daba algo de repelús, no era la primera vez que había escuchado
algo así y después no había nadie dentro de la estancia. Pero si quería
mantener su puesto, no podía simplemente darlo por sentado e ignorarlo.
Hizo sus pisadas más
silenciosas y abrió un poco la puerta. Ahora fue un lamento ahogado y varios
lloriqueos.
Vale, esto no era nada sin
«explicación», sonaba muy humano.
Entró despacio, con la alarma
justo bajo su dedo para avisar a la policía en cuanto considerara la situación.
Lo que vio cuando pasó las encimeras de la cocina fue la escena más
escalofriante y por qué no, peligrosa, a la que había tenido que enfrentarse en
toda su vida.
No hacía falta ser un lince
para saber que era un matrimonio con su hijo. El marido no paraba de acuchillar
a la mujer que parecía muerta si no fuera por los gorgoteos que hacía con la
boca. El niño lloraba a un lado, agarrándose la cabeza y encogiéndose contra el
mueble blanco.
Presionó el botón con rapidez
un par de veces, tenía que dejar claro que esto era una emergencia y una de las
muy gordas. Sin pensárselo y aprovechando que el tipo no le había visto entrar,
saltó sobre él y lo cogió de los brazos, intentando aplastarlo contra el suelo
mientras hacía fuerza contra su pecho.
—¡Suelta el maldito cuchillo!
—gritó, golpeándole la mano.
Cuando por fin lo consiguió,
cogió el arma y la lanzó al otro lado, haciendo que se deslizara por el suelo
hasta golpear la pared en el otro extremo. Lo que no esperó es que el otro
tipo, extranjero por sus gritos en un idioma incomprensible, le golpeara en la
cara.
Ricky lanzó un quejido y cayó
hacia atrás, sacudiendo la cabeza para aclararse la vista. Sus reflejos le
dieron el tiempo justo para poner su mano frente a la cara e interceptar el
golpe de su propia porra.
¿Cuándo diablos la había cogido
el desquiciado?
Forcejearon durante varios
segundos más, el hombre era malditamente alto y aunque Ricky le superaba en
fuerza, no podía enfrentarse a una agresividad tan grande.
Consiguió golpearle en la sien,
echándolo hacia atrás. Parecía que entre el golpe y el alcohol que el bastardo
llevaba encima, no podía levantarse o por lo menos durante los próximos
segundos.
Ricardo se apresuró a coger al
niño después de verificar tristemente que la mujer estaba muerta e intentó
salir de allí. Justo cuando levantaba al pequeño, un dolor profundo, casi como
si su cráneo se estuviera desquebrajando, le cruzó toda la cabeza.
Lo próximo que sintió, fue el
duro suelo golpeando su nariz cuando cayó…
Nada más.
* * * * * * * * * * * * *
Alejandro se aseguró que la
carpeta de plástico transparente que llevaba bajo el brazo estuviera bien
sujeta. Lo único que le faltaba era que perdiera algunos de esos documentos y
se pegaría un tiro.
La cosa no podía ir peor.
Su cabreo con Ricky se había
desinflado casi en el momento que había llegado a su coche esa misma noche.
Hasta sintió el estúpido impulso de darse la vuelta y correr de nuevo escaleras
arriba para intentar arreglar las cosas.
Su orgullo le dio una buena
bofetada en la cara para que despejara su mente. Ricky se había ido a ligar
justo cuando acababan de acordar que estarían, ¿estarían qué? Bueno, cualquier
mierda que hubiera entre ellos, pero ahí estaba.
Alex se sentía como un puto
cornudo y sabía que era una estupidez caer en ese tópico.
Ricky no era su pareja, maldita
sea, era un hombre y estaban hablando de un solo polvo. Pero lo que le cabreaba
realmente, es que habían quedado en volver a repetirlo y mientras eso ocurría
–cosa que encima, tenía que currarse él– Ricky se había ido a ligar cuando en
cierta manera, era exclusivamente suyo.
Debería darse de hostias él
mismo por pensar de ese modo, pero vamos, siendo realistas, le jodería
inmensamente si Ricky hubiera terminado acostándose con esa tipa. Y vaya,
estaba casi seguro de que si no tuviera ese «gran» complejo, lo habría hecho.
Bueno, por esa regla de tres, si no tuviera ese problema a lo mejor tampoco le
hubiera dado la oportunidad a él.
Era una maldita comedera de olla.
Miró el letrero del edificio
frente a él y empujó con desgana la puerta. Pasó olímpicamente del primer
escritorio, sentándose directamente frente a la mesa de Iván. Soltó la carpeta
sobre la mesa y dio un gruñido en señal de saludo.
Iván levantó la cabeza de los
papeles que revisaba y lo miró por encima de las gafas para el cerca.
—Hola a ti también —con un
suspiro ante el silencio molesto, Iván se quitó las gafas y las soltó sobre la
mesa—. ¿Una mala semana? Oh, siento un deja
vu.
Alex lanzó una risita irónica
antes de volver a fruncir el ceño.
—Ahí tienes los malditos
papeles que me pediste. Esta vez, todo correctamente.
Iván hizo un asentimiento
mientras los verificaba, acercando la cara un poco más de la cuenta al no tener
las gafas. Pasó unas cuantas hojas y cerró la carpeta sobre la mesa.
—Están bien, aunque tendría que
revisarlos mejor después —tosió y miró a su compañera, que parecía enfrascada
en una Baja—. Ahora que no hay nadie,
que por cierto buena puntería, estamos a punto de cerrar —sacudió la mano para
que Alex no le interrumpiera—. Lo que decía, he estado pensando en todo lo que
ocurrió en el cumpleaños de Ainoa y creo que hay algo que no sé.
Alejandro se reacomodó en su
silla, Iván lo había pillado un poco con la guardia baja así que no consiguió
encajar bien la pregunta.
—No sé a qué te refieres, a
parte de mis problemas con Sara.
Iván negó con la cabeza,
alzando el dedo para señalar el ceño fruncido de Alex.
—Dejaste claro que no la
querías. Y tú que eres de los que te importan una mierda las mujeres, no me
hagas pensar que ese ceño te lo provoca ella. Por el amor de Dios, las únicas
veces que te lo veo es cuando Ricardo te tiene tan cabreado que tienes que
golpear algo para no pegarle a él —por la expresión pálida que había puesto su
amigo, Iván pensó que había dado en el clavo sin siquiera proponérselo—. ¿Ricardo?
¿Qué te ha hecho ahora ese loco?
Podía sentir toda la tensión
centrándose en su cuello. Alejandro se llevó una mano al cogote intentando que
un rápido masaje de sus dedos hiciera algo con la contractura. Funcionó igual
que si a Ricky le dabas un vaso de agua para que se callase.
—Son problemas entre nosotros
Iván, de verdad, no tienes que preocuparte. Además… —pensó como explicarlo,
porque debía ser justo en este tema—, quién lo empezó todo fui yo, aunque su
personalidad de mierda no ayuda mucho.
—Ricardo es un hombre tierno.
Alex dudó de si su mandíbula se
caería o no.
¿Ricky y tierno en una misma
frase?
Las carcajadas mentales no
tardaron en llegar. Definitivamente, a Iván en el INEM le daba tiempo hasta a fumarse
un porro entre horas.
—Estás loco —fue lo único que
salió de su boca.
Iván se rio, negando con la
cabeza. La expresión de Alejandro era malditamente graciosa, pero bueno, si en
realidad no se había parado a pensarlo era lógico que le pareciera imposible.
—A ver… contéstame a estas
preguntas. Seguidas, ni siquiera te pares a pensarlas, solo si o no —aunque
Alex lo miró como si fuera un psiquiatra pirado, Iván siguió a lo suyo—.
Empecemos: Ricardo tiene un chicle en el bolsillo, ve a un niño que va por la
calle y se le cae la piruleta al suelo. ¿Ricardo le daría su chicle al niño?
Alex abrió ampliamente los
ojos, Iván no se habían fumado un porro se había metido lejía en vena.
—¿Qué?
—Contesta a la pregunta, Alex.
—Sí, supongo que sí.
Iván hizo un ruidito de
asentimiento y siguió:
—Si Ricardo viera a una vieja
con muchas bolsas y supiera que vive cerca, ¿la ayudaría?
Alex se lo replanteó.
—¿Sí?
—Si Ricardo ve a una embarazada
que le han robado el bolso, ¿echaría a correr detrás del tipo?
—Maldita sea, sí.
—Ajá —siguió Iván, alzando un
solo dedo—. Última pregunta: si Ricardo te viera llorar —levantó la mano ante
la protesta de Alex—, ¿se acercaría a ti y te daría un pañuelo para intentar
consolarte, independientemente de lo que esté soltando por la boca?
Alejandro no lo había previsto,
pero recordó la pregunta de Ricky en la primera llamada telefónica postcoital.
Le había preguntado si tenía algún problema después de escuchar su voz
afectada, ya ni siquiera se acordaba que le había cabreado en ese momento.
También recordaba que le había
extrañado, pero ahora que Iván lo exponía de esa manera…
—Sí, supongo que Ricky
intentaría consolarme, a su manera pero lo haría.
Iván asintió, complacido de que
su estúpido razonamiento hubiera llegado a Alex.
—Pocos después de que nos
conociéramos en la universidad, me lo presentaste. Él vivía en un mundo
diferente, trabajando mientras nosotros bebíamos y terminábamos la carrera. Sin
embargo, a pesar de la mierda de vida que tenía y tiene —agregó—, nunca lo he
visto ser desagradable o agresivo con nadie. Joder, ni siquiera recuerdo
haberle visto pegarle un puñetazo a nadie, si amenazar pero nunca cumplir
—asintió con la cabeza y suspiró—. Es verdad que tiene un carácter de mierda
impresionante, le gusta hacer bromas irónicas y a veces se puede poner muy
pesado. Pero, ¿no te has dado cuenta que la mayoría de la atención de Ricardo
siempre está centrada en ti? A nosotros nos jode, sí, pero nada en comparación
a cómo te jode a ti.
—Somos amigos de la infancia —y
esa era la única excusa que Alex podía dar.
Estaba pensando en muchas
cosas, replanteándose todo lo que Iván le decía.
Podría ser verdad, Ricky y él
siempre habían estado juntos. Creía que había echado más de menos a Ricardo que
a su novia cuando se fue a la ciudad. Y eso que siempre le había parecido
jodidamente desquiciante, pero cuando tenía un problema, aunque no lo pidiera,
antes de darse cuenta ya tenía a Ricky a su lado.
Daba igual cuan mal lo estuviera
pasando, Ricky hacía que se olvidara de todo, aunque solo fuera por pensar en
qué contestar a esa lengua afilada suya. Siempre conseguía despejarle la mente.
Pero era normal, era su amigo.
Su amigo, ¿uno desea follarse a
su mejor amigo? ¿Estaban confundiendo las cosas? ¿Puede que hubiera visto a
Ricky como algo más que un simple amigo desde hace mucho tiempo y nunca se
hubiera dado cuenta?
El sentimiento estaba ahí, pero
no había querido reconocerlo y ahora mismo tampoco estaba seguro que etiqueta
ponerle a esa sensación. Ricardo era alguien importante en su vida, casi tanto
como su propia familia.
La revelación le hizo dar un
escalofrío. Miedo, le daba demasiado miedo para profundizar en tales
pensamientos.
Iván también notó que algo no
estaba bien porque pasó todo su torso sobre la mesa para agarrar a Alex de la
muñeca.
—Oye, tío. ¿Qué pasa?
—Ricky, para mí es…
Iván alzó una ceja confundido
cuando de pronto el móvil de Alex sonó y el himno del Barça se dejó escuchar. Hizo una mueca contrariada.
—¿Todavía tienes esa mierda
puesta?
Alejandro aún algo atontado, se
apresuró a meterse la mano en el bolsillo demasiado estrecho de sus pantalones
vaqueros.
—Es una especie de competición
con Ricky, quién ceda primero pierde y tiene que pagarle una borrachera al
otro. Y por Dios que no voy a perder, ese mulo no se flipa hasta que no devora
medio bar. Si todavía no estoy en crisis, ese maldito me deja.
Iván se sentó de nuevo en su
silla y se rio.
—Joder, sin duda.
Alex asintió con sus cejas y
aun con una sonrisita extraña en su cara, cogió la llamada.
Iván esperó a que terminara,
pero mientras pasaban los segundos, lo único que podía percibir era el murmullo
de una voz femenina hablar y hablar. La cara de Alex volvió a ponerse pálida,
pero esta vez parecía que le iba a dar un soponcio.
Iván se levantó, casi asustado
de la reacción que pudiera tener su amigo. Quería gritarle un «¿Qué pasa?»
astronómico para saber que estaba ocurriendo, pero la forma en la que Alex se
agarraba al brazo de su silla metálica, con la mano libre, le persuadió.
—¿Pero está bien? Qui… quiero
decir… ¿se ha despertado ya? —el aliento escapaba a borbotones entrecortados de
sus labios, poniendo aún más nervioso a Iván—. Si, entiendo. Voy ahora mismo.
Gracias por llamar —y colgó.
—¿Qué? —preguntó Iván. Al ver
que no contestaba rodeó la mesa para cogerlo del brazo—. ¡Por Dios, Alex! ¡¿Qué
mierda está pasando?!
Alejandro sentía que se mareaba,
era terror, un miedo que no había sentido nunca en su vida. Sus cuerdas vocales
parecían haberse echado un nudo, porque necesitó dos estrujones más de Iván
para reaccionar.
Alzó los ojos dilatados hacia
la asustada mirada azul que le exigía una respuesta desde arriba. Antes de
contestar se sujetó a los brazos de su amigo para poder levantarse. Las
rodillas le parecían gelatina y sentía que le quemaban los párpados.
¡No podía echarse a llorar como
una quinceañera!
Tragó saliva y sacudió su
cabeza, tenía que despejarla, tranquilizarse un poco.
—Ricky tuvo un forcejeo anoche.
Le pegaron con una porra en la cabeza y todavía sigue inconsciente. No me han
querido decir nada más… no sé si… creo que no hay peligro pero… tengo… —Alex se
mojó los labios, señalando hacia la puerta—, tengo que ir. Quiero estar ahí,
con él. No puedo quedarme aquí sin saber que…
Iván asintió, palmeándole el
hombro para que callara. Lo entendía, maldita sea, Ricardo también era amigo
suyo.
—Vamos, yo te llevo, con esas
manos de gelatina no puedes conducir —cogió a Alex del brazo, temeroso de que
perdiera el equilibrio y se paró ante el escritorio de su compañera antes de
salir—. Cierra por mí, ¿vale?
Pasó un brazo por los hombros
de Alejandro, dándole leve palmaditas en la espalda. Cuando llegaron al coche y
Alex se acomodó en el asiento del copiloto, Iván suspiró. Sus manos también
temblaban visiblemente y podía sentir la amenaza del calor de las lágrimas en
el rabillo del ojo.
Entendía completamente lo que
su otro amigo sentía. Todos querían a Ricky, aunque fuera un grano en el culo.
¡Maldita, sea, por supuesto que
lo querían!
* * * * * * * * * * * * *
Todo el viaje se hizo muy
rápido.
La recepcionista fue clara y
concisa, tranquilizándolos mientras los enviaba a planta y eso sin duda, ya era
muy buena señal. También le informaron de que el alta estaba ya programada para
la mañana del día siguiente, eso era aún mejor.
Iván notaba el alivio mientras
andaba por el pasillo donde se encontraban los pacientes de traumatismos. Sus
manos habían dejado de temblar y su garganta se había abierto, consiguiendo
respirar con facilidad.
El que no parecía haberse
recuperado de igual manera era Alex, que pasaba una mano por la pared mientras
andaba. Mantenía una cara seria, una expresión dura, Iván sabía que había
sentido vergüenza por su primera y un poco exagerada reacción. Y eso que le
había dejado claro una y otra vez que no tenía de que preocuparse, que era
normal, él casi se había comportado igual.
—Respira hombre, antes de que
te falte el oxígeno y te desmayes.
Alejandro volteó
sorpresivamente la cara hacia Iván, alzando una ceja mientras se detenía.
—Eso mismo me dijo Ricky hace
poco… —y era un recuerdo un poco amargo.
Alex alzó la vista tristemente,
desde allí podía ver la puerta de la habitación en la que se suponía debería
estar Ricardo. Ahora ya, sabiendo que estaba bien, le daba miedo atravesarla,
no quería enfrentar sus sentimientos, reconocerlos. Era difícil tener que
contenerse cuando ya sabías casi sin duda, lo que pasaba.
Una mano reconfortadora en su
hombro, le sacó una suave sonrisa.
—Vamos hombre. Estás hablando
de él como si estuviera muerto —suspiró despacio y la mano que momentos antes
estuvo fija, ahora le palmeaba tranquilizadoramente—. Alex, tío, solo fue un
golpe, está bien, si le van a dar el Alta quiere decir que no hay nada de lo
que preocuparse. Dentro de dos o tres días ya estará trabajando de nuevo.
Eso no era para nada un
consuelo. Mientras Ricky trabajara en eso de la seguridad, Alejandro estaba
seguro que este no sería el último susto que se llevaría.
Se quitó la mano de Iván de
encima con un moderado movimiento y le instó con la cabeza a seguir adelante.
Los pies de ambos comenzaron a
caminar. La puerta se iba acercando hasta que quedaron plantados delante de
ella. Estaba cerrada. Alex alzó la mano para abrirla, sus dedos apenas habían
rozado el pomo cuando la dejó caer.
No podía.
Tenía demasiado miedo como para
enfrentarse de cara a ello. No era solo el saber que Ricky había pasado por ese
mal momento, el susto de no saber si estaba bien, también tenía que añadirle el
descubrimiento de ese sentimiento, la casi definición que se había inscrito a
fuego en su mente.
Puede que él siempre hubiera a…
ama…
—¿Alex? —la voz sobresaltó a
Alejandro, que simplemente miró a su amigo sin contestar—. ¿Quieres que pase yo
primero?
Eso estaría bien. Le dejaría un
tiempo para pensar, para tantear la situación. Y la primera persona que Ricky
viera, no sería él. Eso en cierto modo le tranquilizaba, no quería hacer alguna
locura, reaccionar de forma extraña y delatadora como hacía media hora.
¡Había estado a punto de
echarse a llorar!
Se había contenido bien,
mordiéndose el labio hasta que el primer arrebato de miedo se había calmado.
Que Iván también tuviera los ojos vidriados le había aliviado un poco, puede
que hasta le hubiera sorprendido, pues no esperaba que su amigo apreciara tanto
a Ricky.
Y ese sí que era un pensamiento
estúpido y desquiciado en ese momento.
Iván le confirmó con la mirada
que iba a pasar y abrió la puerta, adentrándose unos pasos hasta girarse frente
a la primera cama. La otra, por lo que podía ver desde la puerta, estaba
desocupada.
Menos mal, porque pobre del que
tuviera que compartir habitación con el loco ese.
Escuchó el «hola» de Iván, eso
quería decir que Ricky estaba despierto, sin embargo, no recibió respuesta y
desde allí tampoco podía ver más allá de los pies de la cama. Sus ojos se
encontraron con los de Iván que le miraban interrogativos, pero más extrañado
estaba él de que la conversación no hubiera continuado.
Bueno, casi ni siquiera empezó.
¿Eso era una mala señal?
Alejandro sintió un miedo
irracional subirle de nuevo por la columna, la enfermera le había dicho que
estaba bien, entonces, ¿qué pasaba?
Antes de darse cuenta sus pies
ya habían cogido el camino, chocándose casi con el brazo de Iván cuando frenó
en seco para mirar a la cama.
Entonces lo vio.
Estaba bien. Soñoliento pero
bien. Quiso tirarse de los pelos por el tonto susto. Ricky estaba tendido en la
cama, bostezando y rascándose el estómago en su ridículo pijama de hospital. Ni
siquiera estaba usando la sábana.
Así que por eso no le contestó
a Iván. Seguro que le despachó con la mano porque quería seguir durmiendo. Ese
maldito carácter de mierda que tenía el muy, el muy…
—¡Tú! —gruñó, acercándose por
el lado izquierdo y pellizcándole un brazo para que lo mirada—. ¡Despiértate,
maldita marmota!
Ricky movió su mano, dándole en
la cara a Alex y se volvió a girar.
Alejandro iba a matarlo, si no
se había muerto por ese pedazo de golpe en la cabeza iba a matarlo él a hostias
limpias.
Iván no pudo evitar reírse
cuando Alex, procurando no sacudirlo mucho por si acaso, le estiró de la
mejilla. Lo único que le faltaba era pegarle un bocado en la oreja. No sabía
por qué, pero le parecía jodidamente gracioso.
—¡Ya, ya! —se quejó Ricky—. Oh,
sois vosotros —dijo simplemente cuando vio a ambos amigos al lado de su cama—.
Y yo que tenía la esperanza de que los primeros que viera cuando me despertara
fueran los de España Directo.
Alex encogió más la cara, en
una mueca de total disgusto.
¿Y tanto miedo por este capullo?
Oh por favor, debería estar volviéndose loco.
—¿España Directo? —repitió Alejandro sin poder creerlo—. Iván,
búscame algo por ahí con lo que poder golpearle en la cabeza y rematarlo
—sonrió cuando le dio otro leve pellizco en el brazo—. Puede que le arreglemos
esa mente descompuesta, o matarlo, aunque cualquiera de las posibilidades sería
mejor que dejarle así.
—Yo también te quiero, Alex
—ironizó Ricky, mientras se sobaba el brazo.
Los pellizcos de Alejandro eran
una de las cosas que más odiaba en la vida. Pero no podía negar que la cara
contrariada de su amigo por el «te
quiero», era deliciosa. Se rio de él de forma tan evidente que Alex le
frunció el ceño, enseñándole los dos dedos en forma de pinza para que le
guardara un cierto respeto si no quería volver a ser castigado.
Iván se echó a reír, negando
con la cabeza.
—Vosotros nunca cambiáis —se acercó
lentamente a la cama, sentándose en la silla que había a su derecha—. Joder,
nos asustaste como el infierno. Estábamos en la oficina del INEM, cuando Alex
recibió la llamada. Casi le dio un soponcio y a mí un paro cardiaco —después sonrió,
dándole una palmadita en el borde de la cama—. No nos compensa ser amigos tuyos
con sustos como estos.
Ricky arqueó los labios cuando
escuchó la reacción de Alejandro, era agradable. Se giró para mirarlo pero este
parecía haber encontrado muy interesante la sábana, aunque eso sí, el colorcito
casi rojizo de sus mejillas no podía ocultarlo.
Tenía un montón de frases
graciosas que soltar ante ese hecho, aun así, prefirió callárselo y responderle
a Iván.
—No fue nada. El tipo me quitó
la porra en algún momento del forcejeo y me golpeó con ella cuando creía que lo
tenía noqueado. Gracias a Dios, la policía llegó antes de que le hiciera nada
al niño, así que supongo, que todo salió bien.
Iván alzó una ceja, curioso.
—¿Niño? ¿Pero que fue
exactamente lo que pasó?
Ricky sonrió, orgulloso de
poder contar su hazaña. Se estaba preparando para presumir sobre su historia
cuando el movimiento brusco de Alejandro le llamó la atención. Antes de poder
preverlo sintió un fuerte apretón en la mano. Alex se la cogía con tanta fuerza
que a lo mejor quería llevársela de recuerdo o algo.
—¡¿No fue nada?! —gruñó Alex,
sin poder contenerse—. Podían haberte matado. Has tenido suerte de que el golpe
no te abriera una brecha o te reventara algo. O puede que… pudieras haber
tenido algún derrame, quedarte en coma y Dios sabrá cuantas cosas más.
Ricky estaba tan sorprendido
que solo pudo poner una mueca afectada.
—Tengo la cabeza muy dura
—intentó bromear con una risita nerviosa—. No hay nada que pueda hacerme daño.
—Sí, claro. Rickyman, el superhéroe de los chistes
malos. ¡No me jodas! —buscó con prisa por toda la habitación—. ¿Tienes la
cabeza muy dura? Déjame que encuentre algo con lo que probarlo, juro que te
sacaré toda la mierda que tienes ahí dentro.
Tanto Ricky como Iván estaban
bastante sorprendidos por el comportamiento de Alejandro. Había pasado del
miedo a la furia en menos de unos pocos minutos. Estaba algo fuera de control,
comido por los nervios y sin poder apartar la mirada de la cara de Ricardo o
cualquier parte de su cuerpo. Como si quisiera asegurarse de que en verdad, no
tenía nada roto por ahí que le habían escondido.
Iván lo comprendía y también
podía sentir el desconcierto de Ricardo, el cual no sabía qué hacer o
contestar. Sus irónicas bromas tampoco ayudaban mucho en estos casos así que,
suponía que le tocaba a él.
—Pero bueno, cuéntanos que
pasó.
Ricky vio el cielo abierto, no
entendía la reacción de Alex ni porqué aun cuando él tiraba de su mano el otro
estúpido no se la soltaba. Alejandro siempre había sido el primero que no era
propenso a mostrar afecto en público y menos ese «tipo» de afecto.
¿Iván no había encontrado raro
que estuvieran agarrados de las manos?
Intentó despejar su cabeza y
agarrarse a la cuerda que su rubio amigo le había lanzado.
—A ver… había tenido algún que
otro percance antes, hasta una vez me encontré a dos parejas de rusos follando
en mitad del pasillo. ¡Oh Dios, eso sí que fue impresionante! —el gruñido de
advertencia de Alex le instó a seguir con el tema, aunque Ricky apreció la risita
de Iván—. Lo que decía, que en mitad de mi ronda nocturna escuché un ruido en
la cocina. Normalmente no es nada importante, pero cuando entré vi un
extranjero dándole de puñaladas a su mujer con el niño delante.
Alejandro arrugó la frente,
indignado. Iván por su cuenta asintió, mucho más tranquilo.
—Si bueno, eso está de moda
ahora. ¿Y qué pasó después?
Ricky se rio, negando con la
cabeza.
—Oye, que el de las bromas
irónicas soy yo.
Iván se encogió de hombros,
dándole oportunidad a Alejandro –al que esa conversación le parecía estúpida–
para entrometerse.
—¿Pulsaste la alarma? —las
cejas de Ricky se menearon en una señal de «obvio». Alejandro apretó los
dientes—. Y sin embargo, en vez de esperar a que llegara la policía vas y te
enfrentas contra un tipo que acababa de matar a su mujer a cuchillazos, si…
bueno… ¡¿Eres idiota?!
Ricky le dirigió una mirada
electrizante antes de contestarle. Odiaba cuando Alejandro le trataba como un
inconsciente.
—Había un niño. ¿Qué querías
que hiciera? ¿Qué me escondiera como un cobarde cuando no sabía si aquel hijo
de puta sería capaz de continuar con el crío cuando la mujer estuviera muerta?
No puedo quedarme quieto viendo algo así. ¡Joder!
Alex abrió la boca para
protestar pero entonces recordó algo. Sus ojos se encontraron con los de Iván,
el cual tenía una sonrisita prepotente y le hacía una mueca graciosa de «¿ves?
Ya te lo dije».
—Entiendo, vale. A lo mejor… yo
hubiera hecho lo mismo. Lo importante es que estás bien, aunque, reconóceme… —dijo
cogiendo a Ricky de la barbilla para que lo mirara—, que ese trabajo en una
mierda peligrosa.
Ricardo tosió, sacudiéndose la
mano de Alejandro y bajando los ojos hasta su pijama.
—Es un trabajo bueno para mí.
Yo no puedo… conseguir algo mejor —cuando la ira fue subiéndole hacia arriba,
se cegó un poco—. Además, eso a ti no te importa, ¿vale? ¿Qué eres, mi puta
madre? Pues lleva mucho tiempo muerta como para que ahora tenga que aguantarte
a ti.
—Ya se nota, porque si
estuviera viva a lo mejor tendrías un poco más de lucidez en esa puñetera
cabeza.
Ricky se volvió y agarró a Alex
del cuello de su camisa, Alejandro a su vez le agarró de la muñeca y ambos
terminaron mirándose fijamente. En cualquier momento, alguno de los dos podría
lanzarle un puñetazo al otro.
Iván suspiró.
—Bien, voy a por dos bocadillos
y comemos aquí arriba, ya que me está dando hambre. A parte, de que tengo que
llamar a Diana para que se haga cargo de las niñas. Vuelvo en un momento. Ah…
¿tú de que lo quieres? —cuando Alejandro no le contestó, se encogió de
hombros—. Supongo que no te importa. Tened cuidado, no quiero que cuando vuelta
Alejandro esté ocupando la otra cama y en vez de visitar a un enfermo, tenga
que visitar a dos.
No dijo nada más, salió de la
habitación procurando cerrar la puerta y dejarlos solos. Puede que eso fuera lo
que realmente necesitaban.
Ricky aflojó el agarre cuando
el dolor de cabeza volvió a hacerse un poco más fuerte. Soltó a Alejandro y se
tendió en la cama, echándose mano a la frente.
—¿Te duele la cabeza? —preguntó
un tanto preocupado, Alex.
—Noooo, que va. Con la porra no
me golpearon, me lavaron el pelo. ¿No lo hueles?
Alejandro gruñó, pegándole otro
–ahora un poco más leve– pellizco en el brazo.
—Lo que huelo es la mierda que
echas por la boca cada vez que hablas.
—¿Y tú porque te preocupas
tanto por esta mierda? Esto no entra en el jueguecito del ligoteo. Así que puedes irte a tu casa, no te lo tendré en cuenta.
Hala, vete.
Alex apretó la mandíbula.
Si no supiera que en verdad a
Ricky tendría que dolerle jodidamente la cabeza para mantenerse quieto en la
cama, ya le habría mandado al carajo y se habría largado. Pero no podía, no
podía irse y dejarlo allí. Iba a quedarse con él toda la noche y por la mañana
él mismo se cercioraría de llevarlo a casa y acostarlo en su cama.
Se aclaró la garganta, era
ahora o nunca. Si se lo pensaba, si dejaba que pasara más tiempo y seguía
replanteándoselo así, terminaría por escapar. Perdería todo lo que podía ganar
con esa relación.
¡Tenía que hacerlo en caliente!
—Estas dos semanas he estado
sintiéndome extraño —se atragantó un poco cuando Ricky bajó el brazo con el que
ocultaba sus ojos y lo miró, seriamente— No entendía que era lo que… sentía por
ti. Antes de ese polvo nunca había considerado la idea de que un hombre…
pudiera… ser… resultarme… no, no, parecerme… provocarme… Te deseo, Ricky —dijo
de pronto. Ricardo alzó una ceja, sorprendido—. Creía que todo quedaba ahí.
Pensaba que con un polvo más, este más lento y tranquilo, podría disfrutarlo lo
suficiente para crearme un buen recuerdo. Uno de esos… —tosió avergonzado—,
secretos que no le cuentas a nadie en toda tu vida. Pero… yo… cuan… cuando me
llamaron, nada más pensar que… —alzó una mano, señalando la cama de hospital y
su evidente estado—, fue como si se me cayera el mundo encima. Y entonces
pensé… que… tal vez, puede que… —se mojó los labios, golpeándose la frente con
la mano—. Sabes que lo mío no son las palabras. Solo quería decirte… que tal
vez… hayas sido importante para mí desde un principio. Ahora creo que… podría
estar…
—¿Estás enamorado de mí?
—preguntó Ricky con una risita—. Guau, supongo que esto… sí, es romántico.
Alejandro se quitó la mano de
la frente y estaba totalmente dispuesto a defender su orgullo, cuando se chocó
con la tonta expresión de Ricardo. Su risita seguía ahí, pero sus ojos
brillaban y el colorcito había vuelto a su cara. Estaba muy guapo. Mucho.
—Lo que quería decir es que tal
vez… siempre me haya sentido interesado en ti y nunca… nunca me lo haya planteado.
—¿Por qué eres un hombre y
creer que podrías estar enamorado de otro es impensable?
Alex lo sintió como un pequeño
ataque, aunque Ricky suavizó mucho la acusación.
—Bueno, ¿y tú qué? ¿Alguna vez
lo has pensado? —apremió, sin darle en realidad un sentido profundo a la
pregunta.
Ricky quedó callado, parecía
estar haciendo memoria, hasta que al final se volvió hacia Alejandro con una
sonrisa.
—No lo he pensado. Puede que
también esté enamorado de ti… —esperó a que Alejandro abriera la boca un tanto
esperanzado para decir—: o puede que no. Supongo que estaré más seguro una vez
que el proceso de ligoteo llegue a su
fin. Entonces te daré una respuesta. ¿Por qué…. —Ricky hizo un movimiento
gracioso con la cabeza—, me estás proponiendo algo, no?
Alejandro creyó que le
explotaría la cara.
Acababa de conseguir llegar al
punto de reconocer que «posiblemente» estuviera ena… bueno eso, de Ricky, y el
bastardo ya estaba otra vez tratando de ponerlo entre la espada y la pared.
Alex carraspeó la garganta y se
levantó de golpe de la silla.
—Puedes pensarlo… nos… daremos
un tiempo para ver cómo transcurre todo. Tenemos tiempo.
Ricky se rio, chistando
negativamente con la boca.
Alejandro no podía dejar de
mirar de reojo como los dedos de Ricardo acariciaban sus cabellos castaños y
los colocaba fuera de su cara en leves tirones.
Hasta eso le parecía sexy. Que
Dios le ayudara.
—No digas eso, que te estás
haciendo viejo… —volvió a bajar sus ojos hacia la entrepierna de Alex—. He oído
que la crisis de los cuarenta es muuuuy mala.
Alejandro lanzó un gruñido
frustrado y abrió la puerta.
—Debo estar loco —refunfuñó
antes de salir.
Ricky volvió a reírse.
* * * * * * * * * * * * *
Ricky bostezó, cambiando de
canal pesadamente.
Hacía un par de días que había
dejado el hospital y mañana se reincorporaba al trabajo de nuevo. Nada mal,
unos días de descanso por solo un golpecito en la cabeza le habían venido muy
bien.
Bueno, tenía que reconocer que
el guiri ese le había asustado como el demonio. Ahora que lo pensaba, aunque
tuvieran estaturas similares, el tipo ese era más delgado en comparación, pero
estaba tan desquiciado que eso le dio una fuerza sorprendente. Ricky no pudo
con él y eso hería un poco su orgullo.
La puerta de la cocina chirrió
y a los pocos segundos, Alejandro cruzó el salón, dejándose caer de golpe en el
sillón. Dejó sobre la mesita un botellín de agua y una cerveza, estaba claro
para quién era cada cosa.
Ricky soltó un gruñido cuando
le dio un fuerte sorbo al agua, por lo menos estaba súper fría, algo era algo.
—Mañana dejo el maldito Nolotil, así que… si vas a venir a
visitarme como todos los puñeteros días durante la última puta semana, tráeme
un paquete de Cruz Campo o no te abro
la jodida puerta.
Alex lo miró con una ceja
alzada, todavía observando de reojo los goles repetidos del Barça en el último partido.
—No he escuchado a nadie decir
tantos tacos en una sola frase.
Ricky sonrió, pasando un brazo
por detrás del sillón y colocando el botellín frío sobre el cuello de Alex.
—Y eso que no has escuchado
todos los tacos delante de tu nombre
que he soltado desde que tengo uso de razón.
—Maldita hostia, eso está frío
—gruñó Alejandro, golpeándole la mano para que la alejara de él.
—Mira quién habla, tú tampoco
eres un santo hablando, aunque… esa boca parezca divina —Ricky se rio ante la
cara impactada de Alex—. Anda mira, si te he soltado un piropo. ¡Ay, malditas
pastillas, que me nublan la mente! –soltó en un tonillo gracioso.
Alejandro cerró la boca y
apretó la cerveza entre sus dedos.
Tenía que decir algo para no
quedar como un total capullo, pero joder, no le venía nada a la mente. No era
raro que Ricky le ganara en un ataque verbal, pero que le dijera algo tan
provocativo como eso, le había dejado algo atontado.
Lo único que le faltaba es que
se sonrojara, y bueno, ya podía sentir el calor, ¡qué vergüenza! Lo suyo no era
pensar o decir bonitas frases, lo único que podía hacer era...
Se giró hacia Ricardo,
comiéndole terreno en el sofá hasta que casi estuvo sobre él. A Ricky le dio el
tiempo justo de soltar su agua sobre la mesa para que no se le derramara,
después, en vez de preocuparse mucho por el «supuesto» ataque de Alex, se
apresuró a cogerle también la cerveza dejándola en compañía del botellín.
—Si me manchas el sofá, te
azoto —Ricky sonrió malicioso cuando una extraña luz pasó por los ojos de
Alejandro. ¡Cómo le gustaba provocarlo!—. Bueno, eso no. Eres un pervertido y
puede que te guste.
Alejandro se mojó los labios,
acercándose más a la cara de su amigo. Cuando la puntita de ambas narices se
rozaron, dio un profundo gemido interior que le removió mil cosas por dentro.
—¿Y si soy yo quién te los doy
a ti? —puede que sonara brusco, pero Alex no podía controlarlo.
Ricky en vez de enfadarse o
algo parecido, sonrió, levantando su mano para pasar un dedo por la barba de
tres días de Alejandro.
—¿Ves? Eres un pervertido
—después su dedo bajó lentamente por la áspera piel, hasta colocarse en el algo
rellenito labio inferior—. Lo de antes iba en serio. Quitando la barriguita
cervecera, lo que más me llama la atención de ti es tu boca.
Alejandro encogió el ceño,
retirándose por fin y sentándose de nuevo en el sillón.
Cuando Ricky se ponía en ese
plan era insoportable.
—Dame unas semanas más en el
gimnasio y te demostraré que te equivocas, bastardo. Adiós barriga, lo juro.
¿Por qué siempre conseguía
ponerlo de mal humor en el mejor momento? Había intentado provocarlo día tras
día, pero o Ricky era de piedra o de verdad solo podía excitarse tocándole los
cojones… ¡y si por los menos fuera literalmente!
Cogió el mando de la televisión
y cambió de canal. Estaba tan enfadado que se lo llevaban los diablos. O puede
que más que ira, fuera desilusión, no lo tenía muy claro. Pero es que ni un
puto avance, nada. Ricky no le dejaba dar ni un paso más allá.
—¿Qué harás la semana que
viene?
Alejandro se giró un poco
confundido por el cambio de conversación.
Si, el calentón se le iba al
maldito en cinco segundos. Qué lástima que él no pudiera decir lo mismo.
—¿Cómo?
Ricky negó con la cabeza, con
esa sonrisita creída que tanto le ponía de los nervios a Alex. Después cogió el
botellín de agua, dándole un buen sorbo antes de contestar:
—Era solo por curiosidad. Si
crees que te estaba pidiendo una cita o algo así, lo siento. Se supone que eres
tú el que tiene que ligar conmigo, ¿no?
Alejandro no pudo evitar
arquear los labios de forma molesta.
—Sí, claro.
Ricky asintió, dándole unas palmaditas
en la rodilla.
—Voy a ver a mis hermanas, ya
que es Feria Real en el pueblo. Así
que estaré ausente.
Si, ausente físicamente, pero
no en su puñetera cabeza y eso es lo que a Alex le traía por el camino de la
amargura.
Si solo pudiera pegarle de
hostias al sentimiento ñoño de querer apretarlo entre sus brazos y mandar a la
mierda esa «relación», por Dios si lo haría.
El problema era ese, que por
mucho que lo hubiera intentando, era imposible. Lo supo cuando recibió esa
llamada telefónica, cuando el susto de lo que podía haber pasado le sacudió el
cuerpo como un rayo.
Tenía que estar con Ricky,
aunque eso lo volviera loco.
¿Estar con él?
Sus ojos suspicaces viajaron
hacia la cara de Ricky, que al darse cuenta alzó ambas cejas y se encogió de
hombros. Un «¿qué?» más que evidente, apareció en su rostro.
Alejandro no contestó, siguió
mirándolo fijamente.
Si ya una vez, Ricardo había ido
a ligar con cualquier fulana aun estando apalabrando una «relación» con él,
ahora que se encontraba solo en una feria con todas esas tipas rondándolo…
Porque siendo sinceros, Ricky era un imán para las mujeres y joder si podía
entenderlo, también lo era para él.
Su cabello entrelargo y castaño
era bastante vistoso, las facciones atractivas de su cara ni se dijera, su
sonrisa maliciosa traía de cabeza a la mayoría de las mujeres, pero lo que más
le gustaba a Alex eran sus ojos verdes.
Habría muchas «Sammy» esperando
para hincarle el diente en el pueblo donde se criaron. Debería estar loco si lo
dejaba ir solo, ese bastardo era capaz de dejarlas preñadas con solo una
mirada.
¡No, no, no! Imposible, tenía
que prohibírselo, tenía que ¿prohibírselo? No, por supuesto que no, eso jodería
su plan de cortejo, o más bien, Ricky lo mandaría directamente a la mierda.
La única manera era
acompañarlo, seguirlo a donde fuera, así podría tenerlo vigilado, eso era.
No, eso no era. ¡Era una
maldita mariquita celosa! Le daban ganas de echarse a llorar.
—Hace mucho tiempo que no voy
al pueblo —dijo como si nada, sentándose mejor en el sillón y entrelazando sus
dedos.
Intentaba que pareciera que le
ponía extrema atención a la jugada que explicaban en pantalla. Y creyó que
surtía efecto, bien, hasta que Ricky se cruzó de piernas y dejó caer su espalda
contra el blandito respaldar.
—Aaaaajá. Por supuesto. Podría
llevarte, aunque tendríamos que pasar antes a por un collar.
Alex se giró, con el ceño
fruncido y preparado para cualquier burla.
—¿Un collar?
Ricky meneó su mano para
hacerlo evidente.
—Por supuesto, todo buen perro
guardián necesita un collar. ¿O eso no es lo que tú tienes planeado hacer?
Alejandro golpeó la mesa,
girándose sorpresivamente hacia Ricardo, quién no le cedió ni un centímetro, ni
siquiera pareció inmutarse ya que la expresión burlona de su cara no cambió.
—Si no fueras tan ligerito con
las tías no tendría que hacerlo.
Ahora sí, la cara de Ricky
cambió, una sombra cayó sobre ella a la vez que se incorporaba mejor en el
sillón. Estaba claro que le había tocado un punto sensible.
—Te he dicho millones de veces
que no he estado ligando con ninguna tía, ¿te queda claro? —hasta el mismo
Ricardo se sorprendió de lo fría que su voz salió—. Vente si quieres, pero lo
que yo haga o deje hacer, por ahora, no es asunto tuyo.
Alejandro sintió la impetuosa
necesidad de gritarle que si era de su incumbencia. Que lo quería para él y que
no dejaría que ninguna fulana se lo quitara. Pero entonces, el «por ahora» se
abrió paso en su mente y todo lo demás quedó momentáneamente paralizado.
Eso era una ¿esperanza? No, no
podía ser, ¿o sí?
—Voy contigo y se acabó. Te
recojo en la puerta de tu hotel, déjame listo lo que vayas a llevar y vendré a
recogerlo antes de pasar por ti.
Ricky asintió sorprendido,
quitándole la cerveza y dándole un buen trago antes de que Alex pudiera
evitarlo.
—Que conveniente es tener un
perro guardián.
Alejandro le gruñó y Ricardo se
rio.
Todavía tenían que especificar
algunos puntos del viaje, pero lo dejarían para después, cuando el presentador
terminara de decir los resultados de la quiniela.
Cuando Alex soltó el papelito
sobre la mesa y se quejó frustrado, tocándose la frente y refunfuñando sin
parar, Ricky volvió a sonreír.
Adoraba al muy bastardo.
Otro capítulo leído. Y sí, los hombres son unos completos inútiles en eso de hacer dos cosas a la vez, y aunque el pobre Alejandro ni con ser el único en su especie e hacer mas que los otros hombres de Su especie, ni así logra una con Ricardo. Mira que este tipo en verdad las anda con todas que hasta entiendo la frustración de Alejandro. Pobre, como salir andando sí con cada avance se topa con un muro de sarcasmo e ironía. Jo, sí Ricky me saque hasta mi de las casillas, sí estuviera en el lugar de Alejandro por supuesto. Porque de estar en su lugar, aun no se como aguanta Alejandro tantas pullas, supongo que esa es la verdadera amistad. Aunque sea una muy rara y el tipo este un poco a un paso de un hospital psiquiátrico, jajaja que ganas le tiene de molestar a Alejandro, supongo que por eso me identifico mas con Alejandro que con Ricky. Sí, creo que soy del tipo sumiso. No sirvo para ser como Ricky y no digo que ni estaría mal conocer a alguien como Ricky, o mejor aún, a un par como este, pero no quiero estar en el papel de Alejandro. Creo que prefiero ser Iván, y reírme de las charlatanerías de ambos. Jajaja me gusta mucho Iván, el pobre se vé que paso mucho con lo de su ex. Sea lo que sea que le hizo, aunque me hago la idea en que va. Bruja traicionera, y encima lo hace aún a pesar de sus hija. Pero bueno, realmente me gustan estos personajes nuevos se notan que son buenos amigos todos. Me da curiosidad la situación de Julio y no se sí lo planteas en el siguiente capítulo, de seguro que sí, así que a leerlo voy pero pronto. Adrián se ha visto muy compresivo, tomando en cuenta lo que tuvo que digerir en poco tiempo. De seguro que es porque se siente identificado de alguna manera, y me muero por saber quien es y me doy una idea pero no quiero adelantarme a los pronósticos. Mejor leo el otro capítulo y ya no me lío mas.
ResponderEliminarAntes de despedirme, solo quiero decir que me alegra que Ricky se pusiera celoso en dos copas, porque aquí me cabreaba que fuera Alejandro el único que pareciera frustrado. Y ese Ricky no puede siempre tener el control no? Menos sí uno esta enamorado
Guau, que desglose del capítulo tan impresionante...
EliminarSe que hay gente que le gusta más Ricky que a otros, yo en realidad, le prefiero sobre Alejandro. Me siento identificada con Ricky, muchas veces decimos estupideces solo para evadir la realidad, para escondernos de lo que creemos que piensan los demás sobre nosotros. Ricky es así, esa personalidad se ha creado a base de muchos temores y complejos, y fíjate, después es guapo y está buenísimo (o eso dice Alejandro) y sin embargo, él no lo ve así.
Pica a Alejandro porque así se siente vivo, cada vez que le gana con su lengua soez se siente un poco mejor, aunque nunca va a hacerle daño a Alejandro de verdad. Tu ponte en el lugar de Ricky y que venga tu mejor amiga y te haga cositas XD Pues en principio, a tí te cuesta asimilarlo y tampoco sabes las intenciones que tiene. Leches, Alex le dijo que solo quería follárselo una vez más, solo una!! Yo me hubiera sentido mal si fuera él.
Pero vamos, que la relación de los dos, ese amor-odio, a mí me pone XD Me alegro que a tí, de alguna manera también.
Como sé que ya has leído la novela entera, te adelanto que Ivan y Julio tendrán un libro propio, que supongo pondré algún adelanto en el blog principal, el mismo que viene al final del libro cuando se edite, vaya.
Sobre Adrián, pues... también tendrá su novela pero con alguien que no se conoce todavía. O eso creo, como me canse mucho la de Ivan y Julio, que tiene que ser complicada con los niños y tal... pues a lo mejor no me dan ganas de seguir con la saga, la verdad que en principio tengo previstos tres libros, pero puede que acaben en dos.
Estoy segura que los dos están enamorados, solo que no saben demostrarlo por igual.
Gracias por leerme, todavía me quedan comentarios tuyos que responder, gracias!!
Ya me estaba preguntando cual sería el desencadenante para que estos dos hablaran sobre una posible relación. Buena esa de mandar al chico al hospital.
ResponderEliminarOh, por todos los Dioses, ese hombre lo pone tan difícil. Aunque me encanta las reacciones que provoca en Alex. El que se me hace tierno es él xD
Y vaya, hasta que Ricky le dice "algo bonito" a Alex. Pensé que lo decía con su usual sarcasmo.
No puedo estar más de acuerdo con la conclusión de Alex: Ricky sólo se excita tocándole los cojones. Y como también aclaró, ojalá fuera literal. Cada quien con sus fetiches, jaja.
Ese Alex de colegiala celosa, lo amo. Pero yo creo que a Ricky también le gustó eso ¡a mi no me engaña!
Espero que ese viaje ayude a su ¿relación?
Será poco lo que diga por que me leí este capítulo como en tres o cuatro partes (entre la comida y visitas), y esto es de lo que más me acuerdo.
A pesar de eso, igual lo pude disfrutar, en especial la última parte.
Saludos. :)
Jajajaja, gracias Marya!! Tus comentarios me hacen mucha gracia. Se ve que Ricky como que te da risa por su ironía pero no es un personaje que termine de hacerte tilín, no??? No sé, por tus comentarios sigues blindando a Alex, y yo lo veo muy bien.
EliminarSobre lo del hospital, si que lo puse como un desencadenante, pues cuando llevas mucho tiempo con una persona, nunca piensas en que vas a perderlo, así que a veces alargas mucho las decisiones por la seguridad de que siempre estarán ahí. Así que... aunque fue un asunto sin importancia, Alex se dio cuenta de lo mucho que quería a Ricky, jeje. Y el otro también por supuesto... aunque más, más adelante.
Alex es muuuy celoso, pero vamos... que Ricky también, ya lo verás, ya lo verás!!!
Un besito y gracias!!